lunes, 26 de julio de 2010

CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 1


Tenía cincuenta años y no me había acostado con una mujer desde hacía cuatro. No tenía amigas. Las miraba cuando me cruzaba con ellas en la calle o dondequiera que las viese, pero las miraba sin ningún anhelo y con una sensación de inutilidad. Me masturbaba regularmente, pero la idea de tener una relación con una mujer —incluso en términos no sexuales— estaba más allá de mi imaginación. Tenía una hija de seis años de edad nacida fuera de matrimonio. Vivía con su madre y yo pagaba su mantenimiento. Yo había estado casado años antes, a la edad de 35. El matrimonio duró año y medio. Mi mujer se divorció de mí. Sólo una vez en mi vida había estado enamorado, pero ella murió de alcoholismo agudo. Murió a los 48 años, cuando yo tenía 38. Mi mujer era doce años más joven que yo. Creo que también ella está ahora muerta, aunque no estoy seguro. Me escribió después de divorciarnos todas las navidades una larga carta durante seis años. Yo nunca respondí...

No sé muy bien cuándo vi por primera vez a Lydia Vanee. Fue hace cerca de seis años y yo acababa de dejar un trabajo de doce años como empleado de correos para hacerme escritor. Estaba aterrorizado y bebía más que nunca. Estaba intentando empezar mi primera novela. Me bebía una botella de whisky y una docena de cervezas cada noche mientras escribía. Fumaba puros baratos y le pegaba a la máquina de escribir y escuchaba música clásica en la radio hasta que amanecía. Me había fijado un mínimo de diez páginas por noche, pero hasta el día siguiente, nunca podía saber cuántas páginas había escrito. Me levantaba por la mañana, vomitaba y entonces me iba hasta la sala y miraba en el sofá para ver cuántas hojas había. Siempre excedían de las diez. Unas veces había 17, otras 18, 23, 25 páginas. Por supuesto, el trabajo de cada noche tenía que ser corregido o tirado a la basura. Me llevó veintiuna noches escribir mi primera novela.

Los dueños del apartamento donde entonces vivía, que vivían en la parte de atrás, pensaban que estaba chiflado. Todas las mañanas, al despertarme me encontraba con una gran bolsa de papel marrón en el porche. El contenido solía variar, pero la mayoría de las veces las bolsas estaban llenas de tomates, rábanos, naranjas, cebolletas, botes de sopa y cebollas. Muchas noches me iba a beber cerveza con ellos hasta las cuatro o las cinco de la madrugada. El viejo acababa yéndose a dormir y su señora y yo nos cogíamos de la mano y a veces nos besábamos. Siempre le pegaba un buen beso en la puerta al despedirme. Su cara estaba terriblemente arrugada, pero ella no tenía la culpa. Era católica y tenía una pinta muy graciosa cuando se ponía su sombrerito rosa y se iba a misa los domingos.

Creo que conocí a Lydia Vanee en mi primer recital de poesía. Fue en una librería de la Avenida Kenmore, la librería Drawbridge. Estaba otra vez aterrorizado. Mucho más que aterrorizado. Cuando entré apenas cabía un alfiler. Peter, que llevaba la librería y vivía con una negra, tenía delante de él una pila de billetes.
—¡Mierda —me dijo—, si siempre pudiera llenar esto de igual manera tendría
bastante dinero para hacerme otro viaje a la India!
Yo entré y comenzaron a aplaudirme. En lo que se refería a lecturas poéticas, me
lucía la gloria por las pelotas.

Leí durante media hora y entonces hubo un descanso. Todavía estaba sobrio y podía sentir todos los ojos mirándome fijamente desde la oscuridad. Algunas personas subieron a hablar conmigo. Y luego, durante un momento de calma, subió Lydia Vanee. Yo estaba sentado a la mesa bebiendo cerveza. Ella puso ambas manos en el borde de la mesa y se inclinó para observarme. Tenía una larga cabellera castaña, nariz prominente y uno de sus ojos no acababa de conciliarse con el otro. Pero proyectaba vitalidad —una de esas personas que no pueden pasar desapercibidas. Sentí correr vibraciones entre nosotros. Algunas eran confusas y no parecían buenas vibraciones, pero allí estaban. Ella me miraba y yo la miraba a mi vez. Llevaba una chaqueta vaquera de ante con flecos en el cuello. Tenía unas buenas tetas. Le dije:
—Me gustaría rasgar esos flecos de tu chaqueta... Podríamos empezar aquí mismo.

Lydia se fue. No había funcionado. Nunca sabía qué decir a las mujeres. Pero ella tenía un verdadero culo. Contemplé aquel hermoso culo mientras se alejaba. La culera de sus jeans se ajustaba a él y se mecía mientras yo clavaba inmóvil mi mirada.

Acabé la segunda parte del recital y me olvidé de Lydia igual que olvidaba a las mujeres que me cruzaba por la calle. Recogí mi dinero, firmé algunos autógrafos en servilletas y trozos de papel, salí de allí y conduje de vuelta a casa.

Todavía seguía trabajando cada noche en la novela. Nunca comenzaba a escribir antes de las 6:18 de la tarde. Esa era la hora en que solía fichar en la oficina de correos. Ellos vinieron a las seis: Peter con Lydia Vanee. Abrí la puerta y Peter me dijo:
—¡Mira, Henry, mira lo que te traigo!

Lydia se subió a la mesilla del café. Sus jeans parecían más ajustados que nunca. Agitó su larga cabellera de un lado a otro. Era enloquecedora, era milagrosa. Por primera vez consideré la posibilidad de hacer realmente el amor con ella. Empezó a recitar poesía. Suya. Bastante mala. Peter intentó pararla.
—¡No! ¡Nada de poesía rimada en casa de Henry Chinaski!
—Déjala, Peter.

Quería contemplar sus nalgas. Ella no paraba de moverse en aquella vieja mesa. Entonces se puso a bailar. Agitaba los brazos. La poesía era terrible, el cuerpo y la locura no lo eran en absoluto.
Lydia bajó de un salto.
—¿Te ha gustado, Henry?
—¿El qué?

—La poesía.
—No mucho.
Lydia se quedó allí de pie con sus hojas de poemas en la mano. Peter la abrazó.
—¡Vamos a joder! —le dijo—. ¡Venga, vamos a joder!
Ella se separó de un empujón.

—¡Está bien —dijo Peter—, entonces me voy!
—Pues vete. Yo tengo mi coche —dijo Lydia—, puedo volver sola a casa.
Peter se fue hacia la puerta. Entonces paró y se dio la vuelta.
—¡Muy bien, Chinaski! ¡No te olvides de lo que te he traído!

Dio un portazo y desapareció. Lydia se sentó en el sofá. Yo me senté a su lado, ligeramente separado. La miré. Se la veía maravillosa. Estaba asustado. Me incliné hacia ella y toqué su pelo. Era mágico. Retiré mi mano.
—¿Es de verdad tuyo todo este pelo? —le pregunté.
—Sí —dijo ella.
Puse mi mano bajo su barbilla y torpemente traté de dirigir su cabeza hacia la mía.

No se me daban muy bien estas situaciones. La besé suavemente.
Lydia se levantó de un salto.
—Debo irme. Estoy pagando a una canguro.
—Oye —le dije—, quédate. Yo la pagaré, sólo quédate un rato más.
—No, no puedo —dijo ella—, debo irme.

Se fue hacia la puerta. La seguí. Abrió la puerta. Entonces se volvió hacia mí. Me acerqué a ella una última vez. Aproximó su cara y me dio un beso pequeñísimo. Luego me puso un puñado de papeles en la mano y se marchó. La puerta se cerró. Me senté en el sofá con los papeles en mis manos y la oí poner en marcha el coche.

Los poemas estaban grapados juntos, fotocopiados, y se titulabanELLLLL A . Leí unos cuantos. Eran interesantes, llenos de humor y sexualidad, pero estaban muy mal escritos. Eran de Lydia y sus tres hermanas —todas igual de alegres, valientes y sexys. Eché las hojas a un lado y abrí una botella de whisky. Ya había oscurecido. En la radio sonaban Mozart y Brahms y los Bee.

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1 comentario:

Anónimo dijo...

este libro lo he leído más de 5 veces, cambió mi vida por completo y lo atesoro como algo muy mío, pues siento a Bokowski como alguien muy cercano a mi. No he conocido a un hombre que aborde a las mujeres del modo tan desprolijo que él describe en Mujeres.