miércoles, 6 de octubre de 2010

CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 46

Al mediodía siguiente sonó el teléfono. Era Lydia de nuevo.
—¿Bueno, volvió con el champagne?
—¿Quién?
—Tu puta.
—Sí, volvió.

—¿Luego qué ocurrió?
—Nos bebimos el champagne. Era del bueno.
—¿Qué ocurrió después?
—Bueno, ya sabes, mierda...
Oí un largo y demencial aullido, como el de una loba en mitad del hielo ártico,
herida y abandonada para morir sola... Colgó.
Dormí la mayor parte de la tarde y aquella noche fui a las carreras nocturnas.

Perdí 32 dólares, subí al Volks y regresé. Aparqué, atravesé el porche y metí la llave en la cerradura. Todas las luces estaban dadas. Miré alrededor mío. Todos los muebles estaban patas arriba, las cubiertas de la cama por los suelos. Todos mis libros faltaban de los estantes, incluyendo los libros que había escrito, 20 o así. Y había desaparecido mi máquina de escribir y mi tostadora y mi radio y mis pinturas.
Lydia, pensé.

Lo único que había dejado era la televisión porque sabía que nunca la veía.
Salí fuera y allí estaba el coche de Lydia, pero ella no estaba en él.
—¡Lydia —dije—, eh, nena!
Anduve por la calle de un lado a otro y entonces vi sus pies, los dos, saliendo de
detrás de un árbol junto a la pared de una casa de apartamentos. Me acerqué al árbol y dije:
—¿Oye, qué coño pasa contigo?
Lydia se quedó allí quieta. Tenía dos bolsas de compra llenas con mis libros y una
carpeta con mis pinturas.
—Mira, me tienes que devolver mis libros y pinturas. Me pertenecen.

Lydia salió de detrás del árbol, gritando. Sacó las pinturas fuera y comenzó a despedazarlas. Lanzó los pedazos por el aire y luego los pisoteó cuando cayeron al suelo. Llevaba sus botas vaqueras.
Luego sacó mis libros y empezó a lanzarlos por la calle, por la hierba, por todas
partes.
—¡Aquí están tus pinturas! ¡Aquí están tus libros! ¡Y NO ME HABLES DE TUS
MUJERES! ¡NO ME HABLES DE TUS MUJERES!
Luego se fue corriendo hacia mi patio con un libro mío en su mano, el más reciente.
Obras selectas de Henry Chinaski.Chilló :

—¿Así que quieres que te devuelva tus libros? ¡Aquí están tus malditos libros! ¡Y NO ME HABLES DE TUS MUJERES! ¡NO QUIERO OÍR HABLAR DE TUS MUJERES!
Empezó a golpear los paneles de cristal de mi puerta. Cogió las Obras selectas de
Henry Chinaski y fue rompiendo panel por panel gritando;
—¿Quieres que te devuelva tus libros? ¡Aquí están tus malditos libros! ¡Y NO ME

HABLES DE TUS MUJERES!
Yo me quedé allí parado mientras ella chillaba y rompía cristales.
¿Dónde estará la policía? me preguntaba. ¿Dónde?

Entonces Lydia bajó corriendo por el camino del patio, dobló rápidamente a la izquierda entre los cubos de basura y fue por la acera hasta la siguiente casa de apartamentos. Detrás de un pequeño arbusto estaban mi máquina de escribir, mi tostadora y mi radio.

Lydia cogió mi máquina de escribir y fue corriendo con ella hasta el centro de la calle. Era una pesada y antigua máquina modelo estándar. Lydia la levantó por encima de su cabeza con las dos manos y la estampó contra la calzada. El rodillo y varias otras piezas salieron volando. Volvió a levantarla otra vez, la alzó por encima de su cabeza y gritó:
—¡NO ME HABLES DE TUS MUJERES! —estampándola otra vez contra la
calzada.Luego subió de un salto en su coche y se fue.
Quince minutos más tarde apareció un coche de policía.
—Es un Volkswagen naranja. Se le conoce como la COSA, parece un tanque. No
recuerdo el número de la matrícula, pero las letras son HZY, ¿vale?
—¿Dirección?
Les di su dirección...
Fue suficiente, la trajeron. La oí maldiciendo en el asiento trasero mientras
llegaban.

—¡QUIETA AHÍ! —dijo uno de los policías al salir. Vino conmigo hasta mi casa. Entró pisando algo de cristal roto. Por alguna razón enfocó su linterna hacia el techo y las esquinas del techo.
—¿Quiere presentar cargos? —me preguntó.

—No. Ella tiene hijos. No quiero que los pierda. Su ex marido está tratando de quitárselos. Pero por favor, díganle que se supone que la gente no debe andar por ahí haciendo estas cosas.
—De acuerdo —dijo él—, firme esto.
Escribió en un pequeño cuaderno con papel a rayas. Firmé que yo, Henry Chinaski,

no iba a presentar cargos contra Lydia Vanee.
Se fue. Cerré lo que quedaba de la puerta, me fui a la cama y traté de dormir.
Tras una hora o así sonó el teléfono. Era Lydia. Había vuelto a su casa.
—TU, HIJO-DE-PUTA: ¡COMO ME VUELVAS A HABLAR DE TUS
MUJERES HARÉ OTRA VEZ LO MISMO!
Colgó.

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