jueves, 11 de noviembre de 2010

CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 68

Eran las doce y media de un miércoles por la noche y yo estaba muy enfermo. Mi estómago estaba escocido pero me las arreglaba para ir metiéndome algunas cervezas. Tammie estaba conmigo y parecía de buen humor, Dancy estaba en casa de su abuela.
Aunque me sentía enfermo parecía, finalmente, que habían llegado buenos tiempos,
simplemente dos personas sintiéndose juntas.
Se oyó una llamada en la puerta. La abrí. Era el hermano de Tammie, Jay, con otro
joven, Filbert, un puertorriqueño bajito. Se sentaron y les di a cada uno una cerveza.
—Vamos a una película porno —dijo Jay.

Filbert se quedó allí quieto. Tenía un bigote negro muy cuidadosamente cortado y su cara era bastante inexpresiva. No despedía ningún tipo de rayos. Pensé en términos tales como vacío, tabla, muerte y cosas así.
—¿Por qué no dices nada, Filbert? —preguntó Tammie.
Él no abrió la boca.

Me levanté, fui a la cocina y vomité en el fregadero. Regresé y me senté. Tomé otra cerveza. Era muy cabreante no poder aguantar ni la cerveza. Simplemente me había pasado borracho demasiados días y noches seguidos. Necesitaba un descanso. Y necesitaba un

trago. Sólo cerveza. Yo creía que podría tragar bien la cerveza. Me eché un buen trago.
La cerveza no se quedaba. Fui al baño. Tammie llamó a la puerta.
—¿Hank, estás bien?
Me lavé la boca y abrí la puerta.
—Estoy malo, eso es todo.
—¿Quieres que me deshaga de ellos?
—Claro.
Volvió con ellos.
—Oíd, chicos, ¿por qué no subimos a mi casa?
Yo no me esperaba eso.

Tammie se había olvidado de pagar la cuenta de la luz, o no había querido, y se fueron a sentar con luz de velas. Se llevó una botella llena de cóctel Margarita ya mezclado que yo había comprado para ella aquel día.
Me senté a beber solo. La siguiente cerveza se quedó dentro.
Los pude oír hablando, al lado.
Entonces el hermano de Tammie se fue. Le vi pasar camino de su coche a la luz de
la luna...
Tammie y Filbert se quedaron solos, a la luz de las velas.

Me quedé allí sentado con las luces apagadas, bebiendo. Pasó una hora. Pude ver los reflejos de las velas en la oscuridad. Miré a mi alrededor. Tammie se había dejado los zapatos. Cogí los zapatos y me acerqué hasta su apartamento. Su puerta estaba abierta. Le oí decirle a Filbert...
—Bueno, de cualquier modo lo que quiero decir es que...
Me oyó acercarme.

—¿Henry, eres tú?
Le lancé sus zapatos. Se quedaron tirados junto a la puerta.
—Te olvidaste los zapatos —dije.
—Oh, Dios te bendiga —dijo ella.

Hacia las diez y media de la mañana siguiente, Tammie llamó a la puerta. Le abrí.
—Tú, maldita puta jodida.
—No me hables así —dijo ella.
—¿Quieres una cerveza?
—Bueno.
Se sentó.

—Bien, nos bebimos la botella de Margarita. Entonces mi hermano se fue. Filbert es un chico encantador. Se quedó allí quieto y apenas hablaba. «¿Cómo vas a volver a casa?», le pregunté, «¿Tienes coche?», y no tenía. Sólo se quedó allí sentado mirándome, entonces yo dije, «Bueno, yo tengo coche, te llevaré a casa». Así que le llevé a casa. La cosa es que como ya estaba allí me fui a la cama con él. Yo estaba muy borracha, pero él no me tocó. Dijo que tenía que levantarse temprano a la mañana siguiente para ir a trabajar. —Tammie se rió—. En un momento durante la noche trató de aproximárseme. Puse la almohada encima de mi cabeza y me entró la risa. El desistió. Después de que se fuera a trabajar fui a casa de mi madre y llevé a Dancy al colegio. Y ahora aquí estoy...
Al día siguiente, Tammie iba cargada de estimulantes. No paraba de entrar y salir
de casa a toda velocidad. Finalmente me dijo:
—Volveré esta noche. ¡Te veo por la noche!

—Olvídalo.
—¿Qué pasa contigo? Muchos hombres estarían contentos de verme esta noche.
Tammie cerró de un portazo. Había una gata preñada durmiendo en mi porche.
—¡Largo de aquí, zanahoria!
Cogí la gata preñada y se la lancé. Fallé por un pelo y la gata cayó en un arbusto
cercano.
La siguiente noche Tammie iba llena de anfetamina. Yo estaba borracho. Tammie y
Dancy se pusieron a gritarme desde la ventana.

—¡Vete a comer cagarrutas, so cagoncio! ¡JAJAJA!
—¡Vete a comer cagarrutas, cagoncio!
—¡Ah, balonazos! —contesté yo—. ¡Tetona de balones!
—¡Vete a comer tripas de rata, cagoncio!
—¡Cagoncio, cagoncio, cagoncio! ¡JAJAJAJA!
—¡Sesos de chorlito —respondí—, chuparme las pelusas del ombligo!
—Tú... —empezó Tammie.

De repente se oyeron varios disparos cercanos, en la calle o en el patio o en algún apartamento. Muy cerca. Era un barrio pobre con mucha prostitución y drogas, y ocasionalmente algún asesinato.
Dancy empezó a gritar desde la ventana:
—¡HANK! ¡HANK! ¡VEN AQUÍ, HANK! ¡HANK, HANK, HANK! ¡DATE
PRISA, HANK!
Fui corriendo. Tammie estaba en el suelo, con todo aquel pelo glorioso
desparramado. Me vio.
—Me han disparado —dijo débilmente—, me han disparado.
Señaló una mancha roja en sus pantalones. Ya no estaba bromeando. Estaba
aterrorizada.
Parecía una mancha de sangre, pero estaba seca. A Tammie le gustaba utilizar mis
pinturas. Me incliné y toqué la mancha. No le pasaba nada, excepto que había tomado

muchas pastillas.
—Escucha —le dije—, estás bien, no te preocupes...
Mientras salía por la puerta vino corriendo Bobby.
—Tammie, Tammie. ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
Bobby evidentemente había tenido que vestirse, lo que explicaba la demora.
Cuando pasó junto a mí le dije rápidamente:

—Tío, eres la hostia, siempre estás en mi vida.
Entró corriendo en el apartamento de Tammie seguido por el vecino de al lado, un
vendedor de coches usados, chiflado declarado.
Tammie vino unos días más tarde con un sobre.
—Hank, el casero me ha dado un anuncio de expulsión.
Me lo enseñó.

Lo leí con cuidado.
—Parece que va en serio —le dije.
—Le dije que le pagaría los atrasos, pero me dijo «¡Queremos que te vayas de aquí,
Tammie!».
—No puedes atrasarte tanto en el alquiler.
—Mira, tengo el dinero, sólo que no me gusta pagar.

Tammie siempre iba a la contra. Su coche no estaba registrado, la licencia le había expirado hacía mucho, y conducía sin carnet. Dejaba el coche aparcado durante días en zonas amarillas, zonas rojas, zonas blancas, aparcamientos reservados... Cuando la policía la paraba borracha o colocada o sin su carnet de identidad, les hablaba y siempre la dejaban ir. Tiraba los tickets de aparcamiento dondequiera que se los diesen.
—Conseguiré el teléfono del dueño. No pueden echarme a patadas de aquí. ¿Tienes

su teléfono?
—No.
En ese momento Irv, que tenía una casa de putas y que también era el matón de una
casa de masajes, pasó por allí. Medía cerca de dos metros. También tenía mejor cabeza que
los primeros 3.000 tíos que pudieras cruzarte por la calle.

Tammie salió corriendo:
—¡Irv! ¡Irv!
El se paró y se dio la vuelta. Tammie le plantó delante las tetas:
—¿Irv, tienes el número de teléfono del dueño de los apartamentos?
—No, no lo tengo.
—Irv, necesito el teléfono del dueño. ¡Dame su número y te la chupo!
—No tengo el número.

Fue hasta su puerta y puso la llave en la cerradura.
—¡Vamos, Irv, te hago una mamada si me lo dices!
—¿Lo dices en serio? —preguntó él, dubitativo, mirándola.
Entonces abrió la puerta, entró y la cerró.

Tammie se fue corriendo a otra puerta y llamó. Richard abrió cautelosamente, con la cadena puesta. Era calvo, vivía solo, era religioso, tenía unos 45 años y veía la televisión continuamente, Era rosado y limpio como una mujer. Se quejaba continuamente de los ruidos de mi apartamento. No podía dormir, decía. El casero le dijo que se mudara. El me odiaba. Ahora una de mis mujeres estaba en su puerta. Mantuvo puesta la cadena.
—¿Qué quieres? —farfulló.
—Mira, cielo, quiero el número de teléfono del dueño de los apartamentos... Tú has
vivido aquí muchos años. Sé que tienes ese número. Lo necesito.
—Lárgate —dijo él.
—Escucha, cielo, seré buena contigo... Un beso, te daré un enorme beso todo para
ti.

—¡Ramera! —dijo él—. ¡Buscona!
Richard cerró de un portazo. Tammie volvió a entrar en mi apartamento.
—¿Hank?
—¿Sí?
—¿Qué es una ramera? Sé lo que es una rama, ¿pero qué es una ramera?
—Una ramera, querida mía, es una puta.
—¡Cómo se atreve ese sucio hijo de puta!
Tammie salió y continuó llamando a las puertas de los otros apartamentos. O bien

no estaban o no contestaban.
—¡No es justo! ¿Por qué quieren echarme de aquí? ¿Qué les he hecho?
—No sé. Trata de recordar. Quizás salga algo.
—No puedo pensar en nada.
—Vente a vivir conmigo.
—No aguantarías a la niña.
—Tienes razón.

Pasaron los días. El dueño seguía sin dejarse ver, no le gustaba tratar con los inquilinos. El administrador estaba detrás de su aviso de expulsión. Incluso Bobby se hizo menos visible, tragando televisión, fumando su hierba y escuchando su estéreo.
—¡Hey, tío —me dijo—, me empieza a disgustar tu chica! Está jodiendo nuestra
amistad.
—Tienes razón, Bobby.

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