martes, 5 de abril de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 54

Encontré una habitación en la calle Temple, en el distrito Filipino. Costaba 3.50 dólares a la semana y estaba en un segundo piso. Pagué a la patrona —una rubia de edad mediana— la renta de una semana. El retrete y la bañera estaban en el piso de abajo, pero tenía un orinal para mear.

En mi primera noche descubrí un bar justo a la derecha de la entrada. Me agradó enormemente. Todo lo que tenía que hacer era subir las escaleras y estaba en casa. El bar estaba lleno de hombrecillos oscuros, pero no me molestaban. Había oído toda clase de historias acerca de los filipinos: que les gustaban las chicas blancas, rubias en particular, que llevaban estiletes, que como todos tenían el mismo tamaño ahorraban entre siete para comprarse un buen traje y se turnaban para llevarlo durante la semana... George Raft había dicho por ahí que los filipinos crearon la moda de situarse en las esquinas haciendo girar pequeñas cadenas de oro de quince o

diecinueve centímetros, cada cadena simbolizando el tamaño del pene.
El camarero era filipino.
—Tú eres nuevo aquí, ¿no? —preguntó.
—Vivo arriba. Soy estudiante.
—No doy crédito.
Eché unas monedas sobre la barra.
—Dame una Eastside.
Volvió con la botella.
—¿Dónde puede uno conseguir una chica? —pregunté.
Recogió las monedas.
—No sé nada —replicó mientras se dirigía a la caja registradora.

La primera noche cerré el bar. Nadie me importunó. Unas pocas rubias salieron con los filipinos. Los hombres eran bebedores tranquilos. Se sentaban en pequeños grupos con las cabezas juntas, hablando y riendo suavemente. Me gustaban. Cuando el bar cerró, me levanté y el camarero me dijo: «Gracias.» Eso nunca se hacía en los bares americanos. Al menos no me lo hacían a mí.
Me gustaba mi nueva situación. Todo lo que ahora necesitaba era dinero.

Decidí seguir yendo a la Universidad. Al menos estaría en algún sitio durante el día. Mi amigo Becker había abandonado sus estudios. No había nadie que me importara mucho excepto, quizás, el profesor de Antropología, un conocido comunista. No enseñaba demasiada Antropología. Era un tipo grandón, accesible y agradable.
—Voy a explicaros cómo se fríe un buen filete —dijo a la clase—, primero dejáis que la sartén se ponga al rojo, luego bebéis un sorbo de whisky y después se vierte una capa de sal en la sartén. Echáis el filete dentro y dejáis que se haga un poco, pero no demasiado. Luego se le da la vuelta y se hace por el otro lado, bebéis otro sorbo de whisky, sacáis el filete y os lo coméis inmediatamente.
Una vez, cuando estaba tendido en el césped del campus, se acercó y se
tumbó junto a mí.
—Chinaski, tú no crees en toda esa palabrería nazi que esparces por ahí,

¿no es verdad?
—No podría decirlo. ¿Se cree usted toda su porquería?
—Por supuesto que sí.
—Buena suerte.
—Chinaski, no eres más que una viruta vienesa.
Se levantó, sacudiéndose la hierba y las hojas, y se fue...

Sólo llevaba dos días en Temple Street cuando Jimmy Hatcher me encontró. Golpeó en mi puerta una noche y cuando la abrí ahí estaba con otros dos chicos, compañeros de su fábrica de aviones, uno llamado Delmore

y el otro Pies Rápidos.
—¿Por qué le llaman Pies Rápidos?
—Cuando le dejes dinero, te enterarás.
—Entrad... ¿Cómo demonios me has encontrado?
—Tus padres te han hecho seguir por un detective privado.
—Maldita sea, saben cómo quitarle a un hombre la alegría de vivir.
—Quizás estén preocupados.
—Si están preocupados, que me envíen dinero.
—Alegan que te lo beberás.
—Entonces deja que se preocupen...

Entraron los tres y se sentaron en la cama y en el suelo. Tenían un quinto de botella de whisky y algunos vasos de papel. Jimmy sirvió el whisky.
—Tienes una cueva agradable.
—Es fantástica. Puedo ver el Ayuntamiento cada vez que saco la cabeza
por la ventana.
Pies Rápidos sacó una baraja de cartas del bolsillo. Estaba sentado en la

alfombra. Alzó la vista para mirarme.
—¿Juegas?
—Todos los días. ¿Tienes marcada la baraja?
—Oye, hijo de perra.
—No me provoques o te arranco la cabellera para colgármela en el

abrigo.
—¡Vamos, hombre, estas cartas son legales!
—Sólo juego al poker y al 21. ¿Cuál es el límite?
—Dos pavos.
—Echemos a suertes quién lleva la mano.

Me la llevé yo y dispuse que jugáramos en la forma habitual. No me gustaba demasiado el poker abierto, se necesitaba mucha suerte en esa modalidad. Mientras servía las cartas, Jimmy sirvió otra ronda.
—¿Cómo te lo montas, Hank?

—Hago trabajos escritos para otros.
—Brillante.
—Sí...
—Oíd, chicos —dijo Jimmy—, os dije que este tipo era un genio.
—Sí —dijo Delmore. Estaba sentado a mi derecha y le tocaba empezar.
—Apuesto veinte centavos —dijo.
Le seguimos en la apuesta.
—Tres cartas —pidió Delmore.
—Una —dijo Jimmy.
—Tres —pidió Pies Rápidos.
—Servido —repliqué.
—Otros veinte —dijo Delmore.
Los demás se plantaron pero yo dije:
—Subo a dos dólares y te las veo.
Delmore pasó, Jimmy pasó. Pies Rápidos me miró:
—¿Y qué más ves por la ventana, aparte del Ayuntamiento?
—Limítate a jugar. No estoy aquí para parlotear sobre el escenario o la

gimnasia.
—De acuerdo —dijo—, no sigo.
Puse mis cartas boca abajo y recogí las de los demás.
—¿Qué es lo que tienes? —preguntó Pies Rápidos.

—Paga por verlas o llora para siempre —dije mientras mezclaba mis cartas con las demás y barajaba, sintiéndome como Clark Gable antes que Dios le debilitara cuando el terremoto de San Francisco.

El servicio cambió de manos pero mi suerte se mantuvo la mayor parte del tiempo. Acababan de cobrar en la fábrica aeronáutica. Nunca lleves un montón de dinero a la morada de un pobre. El sólo puede perder lo poco que tiene. Por otro lado, es matemáticamente posible que pueda ganar todo lo que traigas. Lo que debes hacer, con el dinero y con los pobres, es no dejar que se acerquen demasiado.
De algún modo sentía que la noche iba a ser larga. Delmore abandonó
pronto y se fue.
—Camaradas —dije—, tengo una idea. Las cartas son demasiado lentas.
Juguemos a emparejar monedas, diez pavos la tirada, el número impar

gana.
—Vale —dijo Jimmy.
—Vale —contestó Pies Rápidos.
El whisky se había acabado. Estábamos atacando una botella mía de vino
barato.
—De acuerdo —dije—, tirad las monedas bien alto. Cazadlas con la palma

de la mano. Cuando diga «descubrid», comprobaremos el resultado.
Las tiramos al aire y las recogimos.
—¡Descubrid! —dije.
Yo era impar. Mierda. Veinte dólares, así de fácil.
—¡Tirad! —dije. Así hicimos.
—¡Descubrid! —dije.
Vencí otra vez.
—¡Tirad! —dije.

—¡Descubrid!
Pies Rápidos ganó.
Yo gané la siguiente vez.
Entonces le tocó a Jimmy.
Yo gané las otras dos veces.
—Esperad —dije—, tengo que mear.
Fui hasta el lavabo y meé. Habíamos acabado con la botella de vino. Abrí
la puerta del armario.
—Tengo otra botella de vino aquí —les dije.
Saqué casi todos los billetes de mi bolsillo y los tiré en el cajón. Volví,

abrí la botella y serví a todo el mundo.
—Mierda —dijo Pies Rápidos mirando su cartera—, estoy casi en la ruina.
—Yo también —dijo Jimmy.
—Me pregunto quién se llevó el dinero —repliqué yo.
No eran buenos bebedores. La mezcla del vino y el whisky fue mala para
ellos. Estaban tambaleándose un poco.
Pies Rápidos se cayó contra la cómoda tirando un cenicero al suelo. Se

partió en dos.
—Recógelo —dije.
—No recojo mierda —contestó.
—¡He dicho que lo recojas!
—No recogeré mierda.
Jimmy extendió la mano y recogió el cenicero.
—Salid de aquí —advertí.
—No me puedes echar —replicó Pies Rápidos.
—Muy bien —dije—, ¡tan sólo abre tu bocazaotra vez más, diuna
palabra más, y no serás luego capaz de sacar tu cabeza del agujero del culo!
—Vámonos, Pies Rápidos —dijo Jimmy.
Abrí la puerta y enfilaron por ella con paso inseguro. Les seguí hasta el

arranque de la escalera. Nos quedamos en pie unos instantes.
—Hank —dijo Jimmy—. Te veré de nuevo, tómatelo con calma.
—Muy bien, Jim...
—Escucha —empezó a decirme Pies Rápidos—. Tu...

Le aticé un directo a la boca. Se cayó de espaldas por las escaleras botando y dando vueltas. Era más o menos de mi mismo tamaño, un metro noventa y dos, y se podía oír el estrépito que causaba en toda la manzana. Dos filipinos y la patrona rubia estaban en el vestíbulo. Miraron a Pies Rápidos que yacía en el suelo, pero no se acercaron a él.
—¡Le has matado! —chilló Jimmy.
Bajó corriendo las escaleras y dio la vuelta al cuerpo de Pies Rápidos.
Pies Rápidos sangraba por la nariz y la boca. Jimmy sostuvo su cabeza y

alzó la vista para mirarme.
—Esto no ha estado bien, Hank...
—Sí. ¿Qué vais a hacer?
—Creo —dijo Jimmy— que volveremos para darte una buena...
—Espera un minuto —repliqué.
Volví a mi habitación y me serví un vaso de vino. No me gustaban los
vasos de papel de Jimmy y había estado bebiendo en una tarrina usada de gelatina. La etiqueta estaba aún pegada a un costado, manchada de
suciedad y vino. Volví a salir del cuarto.
Pies Rápidos estaba reviviendo. Jimmy le ayudaba a ponerse en pie.
Luego pasó el brazo de Pies Rápidos por encima de su hombro. Se quedaron

ahí plantados.
—¿Qué es lo que decías? —pregunté.
—Eres un tío feo, Hank. Necesitas que te enseñen una lección.
—¿Quieres decir que no soy guapo?
—Quiero decir que te comportas como un guarro...
—¡Llévate a tu amigo de aquí antes de que baje y acabe con él!
Pies Rápidos alzó su ensangrentada cabeza. Llevaba una florida camisa

hawaiana que ahora estaba salpicada de sangre.
Me miró y luego habló. Apenas pude oírle. Pero le oí. Sólo dijo:
—Voy a matarte...
—Sí —añadió Jimmy—, vendremos a por ti.
—¿AH sí, MAMONES? —vociferé—. ¡No ME VOY A NINGUNA PARTE! ¡CUANDO
QUERÁIS ME ENCONTRARÉIS EN LA HABITACIÓN NÚMERO 5! ¡OS ESTARÉ ESPERANDO!
HABITACIÓN NÚMERO 5. ¿OS ACORDARÉIS? ¡Y LA PUERTA ESTARÁ ABIERTA!

Alcé la tarrina de gelatina y bebí el vino. Luego les arrojé la tarrina. Lancé la tarrina con todas mis fuerzas pero mi puntería fue mala. Rebotó en la pared de la escalera, luego en el vestíbulo y pasó entre la patrona y los dos filipinos.
Jimmy se giró con Pies Rápidos camino hacia la salida y comenzaron a
andar lentamente. Fue un trayecto tedioso y agónico.
Volví a oír a Pies Rápidos; medio gimiendo y medio llorando, decir: «¡le
mataré... le mataré!»
Por fin cruzaron la puerta y desaparecieron.

La rubia patrona y los dos filipinos aún seguían en el vestíbulo mirándome. Yo estaba descalzo y llevaba cinco o seis días sin afeitarme. Necesitaba un corte de pelo. Sólo me peinaba una vez al día, por la mañana, y luego no me preocupaba más. Mis profesores de gimnasia siempre se estaban metiendo con mi postura:
—¡Tira loshombros hacia atrás! ¡Por qué miras alsuelo! ¿Qué coño hay
ahíab ajo?

Yo nunca crearía ninguna moda o estilo. Mi camiseta blanca estaba manchada con vino y repleta de quemaduras de cigarrillos y puros, con círculos de sangre y vómito. Además eramuy pequeña y no cubría mi ombligo. Y mis pantalones también me iban pequeños y no llegaban a cubrirme el tobillo y se ceñían fuertemente.
Los tres estaban plantados ahí abajo mirándome. Les devolví la mirada.
—¡Oíd, muchachos, subid a beber un trago!

Los dos hombrecillos se miraron e hicieron muecas. La patrona, una Carole Lombard desvaída, me miró impasible. Señorita Kansas, la llamaban. ¿Estaría enamorada de mí? Llevaba zapatos rosas de tacón alto y un traje de brillantes lentejuelas negras que me lanzaban pequeños destellos. Sus pechos eran algo que un mero mortal jamás podría ver, sólo los reyes, dictadores, gobernantes y filipinos.
—¿Alguien tiene un cigarrillo? —pregunté—. Me he quedado sin ninguno.

El hombrecillo oscuro que estaba en pie a un lado de la señorita Kansas hizo un leve movimiento con su mano derecha hacia el bolsillo de su chaqueta y un paquete de Camel saltó en el aire del vestíbulo. Hábilmente cogió el paquete con la otra mano. Con el invisible golpecito de un dedo en la base del paquete un cigarrillo sobresalió, largo, verídico, singular y expuesto, listo para ser cogido.
—¡Vaya, mierda, gracias! —dije.

Empecé a bajar las escaleras, di un paso en falso, casi me caigo y hube de agarrarme al pasamanos para enderezarme, reajustar mis percepciones y seguir bajando. ¿Estaba borracho? Me acerqué al hombrecillo que sostenía el paquete e hice una pequeña reverencia.

Cogí el Camel, lo tiré al aire, lo recogí y me lo embutí en la boca. Mi moreno amigo permaneció inescrutable, su mueca desaparecida al bajar yo las escaleras. Mi pequeño amigo se inclinó hacia adelante, cubriendo con el cuenco de sus manos una llama, y encendió mi cigarrillo.
Inhalé, exhalé.
—Escuchad, ¿por qué no subís todos a mi habitación y nos tomamos un
par de tragos?
—No —dijo el tío enano que había encendido mi cigarrillo.
—Quizás podamos oír a Beethoven o Bach en la radio. Soy un tío
educado, ¿sabéis? Soy estudiante...
—No —dijo el otro hombrecillo.
Pegué una gran calada del cigarrillo y luego miré a Carole Lombard, alias
señorita Kansas.
Luego volví a mirar a mis dos amigos.
—Ella esvuestra. Yo no la quiero. Ella es vuestra. Tan sólo venid arriba.
Beberemos un poco de vino. En la magnífica habitación número 5.

No hubo respuesta. Yo me balanceaba un poco sobre mis pies a medida que el vino y el whisky luchaban por poseerme. Dejé que el cigarrillo colgara de la comisura de mi boca mientras enviaba una voluta de humo. Continué oscilando el cigarrillo de ese modo.

Yo ya sabía lo de los estiletes. En el poco tiempo que llevaba ahí había visto dos representaciones con estilete. Desde mi ventana una noche, asomado para oír las sirenas, vi un cuerpo justo debajo de la ventana en la acera de la calle Temple, iluminado por la luna y los faroles. Y en otra ocasión también otro cuerpo. Noches del estilete. Una vez fue un blanco y la otra uno de ellos. En cada una de ellas la sangre corría por el pavimento, sangre verdadera, fluyendo por el suelo hasta caer en un sumidero, podías ver cómo goteaba en el sumidero sin sentido alguno... podía cabertanta sangre en un solo hombre.

—De acuerdo, amigos míos —les dije—. Sin rencor. Beberé solo.
Me di la vuelta y comencé a subir la escalera.
—Señor Chinaski —oí que decía la voz de la señorita Kansas.
Me giré y la miré, flanqueada como estaba por mis dos pequeños amigos.
—Vaya a su habitación y duerma. Si causa usted alguna otra molestia,

llamaré al Departamento de Policía de Los Angeles.
Me giré y seguí subiendo la escalera.
No es posible vivir en ningún lado, ni en esta ciudad, ni en este sitio, ni
en esta jodida existencia es posible la vida.
Mi puerta estaba abierta. Entré. Quedaba un tercio de botella de vino
barato.
—¿Quizás quedaba otra botella en el armario?

Abrí la puerta del armario. Ninguna botella. Pero sí decenas y veintenas de billetes por todos lados. Había un rollo de veinte metido en un par de zapatos viejos con agujeros en la suela; y en el cuello de una camisa colgaba un billete de diez; y en una vieja chaqueta otros diez asomaban en un bolsillo. La mayor parte del dinero estaba en el suelo.
Recogí un billete, lo metí en el bolsillo de mi pantalón, fui hasta la puerta,
la cerré y di vueltas a la llave; luego bajé la escalera camino al bar.

ENLACE " CAPITULO 55 "

1 comentario:

Hella dijo...

Alguien por favor dígame qué es una viruta vienesa!! Wtf?