lunes, 11 de abril de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 58 (ÚLTIMO)

Realicé varias incursiones prácticas por los barrios bajos para prepararme ante el futuro. No me gustó lo que vi. Entre sus hombres y mujeres no había ninguna osadía o brillantez especial. Deseaban lo que todo el mundo deseaba. Existían también ciertos obvios casos mentales a los que permitían deambular sin perturbarlos. Yo había observado que tanto en el extremo muy rico o muy pobre de la sociedad, a menudo se permitía que los locos se mezclaran libremente con los demás. También sabía que yo no era completamente sano. Todavía sabía, como cuando era niño, que albergaba algo extraño en mi interior. Me sentía como destinado a ser un asesino, un asaltante de bancos, un santo, un violador, un monje, un ermitaño. Necesitaba algún sitio aislado para esconderme. Los barrios bajos eran desagradables. La vida del hombre normal y sano era tediosa, peor que la muerte. Parecía no haber alternativa posible. Y la educación también era una trampa. La poca educación a la que me había permitido acceder me había hecho más suspicaz. ¿Qué es lo que eran los doctores, abogados y científicos? Tan sólo eran hombres que habían permitido que los privaran de su libertad de pensar y actuar como individuos. Volví a mi cobertizo y bebí...

Ahí sentado bebiendo consideré la idea del suicidio, pero sentí un extraño cariño por mi cuerpo, por mi vida. A pesar de sus cicatrices y marcas, me pertenecían. Me miraría en el espejo del armario y sonriendo burlonamente diría: si te vas a ir de esta vida, puedes llevarte a ocho, diez o veinte contigo...



Era la noche de un sábado del mes de diciembre. Yo estaba en mi habitación y había bebido mucho más de lo usual, encendiendo cigarrillo tras cigarrillo, pensando en chicas, en la ciudad y sus trabajos y en los años que tenía por delante. Al mirarel porvenir, me gustaba muy poco lo que veía. Yo no era un misántropo ni un misógino, pero prefería estar solo. Era agradable sentarse solo en un recinto pequeño y beber y fumar. Siempre supe hacerme compañía.
Entonces oí la radio de la habitación de al lado. El tipo la tenía puesta a todo volumen. Sonaba una mareante canción de amor.
—¡Oye, compadre! —aullé—, ¡apaga esa cosa!
No hubo respuesta.
Me acerqué a la pared y di varios golpes.
—¡HE DICHO QUE APAGUES ESE MALDITO CACHARRO!
El volumen permaneció inalterable.
Salí y me planté frente a su puerta. Yo estaba en calzoncillos. Alcé la 216 pierna y di un patadón a la puerta. Se abrió de golpe. Había dos personas sobre el camastro, un tío viejo y gordo y una mujer gorda y vieja. Estaban follando. Una pequeña vela ardía en un rincón. El viejales estaba encima. Se detuvo y giró la cabeza para mirar. Ella miró desde su posición bajo él. La habitación estaba agradablemente decorada con cortinas y una pequeña alfombra.
—¡Oh! Perdonen...

Cerré la puerta y volví a mi habitación. Me sentí fatal. Los pobres tenían derecho a follar para abrirse camino entre sus pesadillas. Sexo y alcohol, quizás un poco de amor, era todo lo que tenían.

Me recosté y me serví un vaso de vino. Dejé abierta la puerta. La luz de la luna entró junto con los sonidos de la ciudad: juke boxes, automóviles, peleas, perros ladrando, radios... Estábamos todos metidos en lo mismo. Todos apilados en un inmenso retrete lleno de mierda. No había escapatoria, íbamos a desaparecer con una cascada de agua cuando tiraran de la cadena. Un pequeño gato pasó delante de mi puerta, se detuvo y miró al interior. Sus ojos estaban iluminados por la luna y eran rojos como el fuego. Unos ojos maravillosos.
—Ven, gatito... —extendí la mano como si tuviera comida en ella—.

Gatito, gatito...
El gato siguió su camino.
Escuché cómo apagaban la radio en la habitación de al lado.
Acabé mi vino y salí. Seguía en calzoncillos como antes. Los subí, ciñendo
bien mis partes. Me planté frente a la otra puerta. Había roto la cerradura.
Podía ver la luz de la vela en el interior. Habían entornado la puerta

empujándola con algún objeto, probablemente una silla.
Di unos suaves golpecitos a la puerta.
No hubo respuesta.
Volví a llamar.
Oí algo, entonces se abrió la puerta.

El tío gordo y viejo estaba de pie en el umbral. Su cara oculta por grandes pliegues de pena y dolor. Sólo destacaban sus cejas, bigote y dos ojos tristes.
—Escuche —dije—. Siento mucho lo que hice. ¿No querrían usted y su

chica venir a mi habitación y tomar un trago?
—No.
—¿O quizás pueda traerles algo de beber?
—No —dijo—, por favor déjenos solos.
Y cerró la puerta.

Me desperté con una de mis peores resacas. Normalmente duermo hasta el mediodía. Este día no pude. Me vestí, fui hasta el baño de la casa principal y me lavé. Salí, subí por el callejón, bajé la escalinata de la colina y de este modo llegué hasta la calle inferior.
Domingo, el día más jodido de todos.

Anduve por la Calle Mayor pasando frente a los bares. Las chicas de alquiler se sentaban cerca de las puertas de entrada con sus faldas bien subidas, balanceando las piernas rematadas por zapatos de tacón alto.
—Oye, cariño, ven aquí.

Calle Mayor, 5.a Este, Bunker Hill. Cagaderos de América.

No había sitio donde ir. Me metí en un salón recreativo. Di una vuelta mirando los distintos juegos, pero no tenía deseo alguno de jugar. Entonces vi a un marine frente a una máquina del millón. Sus dos manos aferraban los costados de la máquina en un intento de guiar la bola con todo su

cuerpo. Me aproximé y le cogí por el cuello y el cinturón.
—Becker, ¡exijo una maldita revancha!
Le solté y se dio la vuelta.
—No, no vale la pena.
—Apuesto tres contra dos.
—Pelotas —dijo—, te invito a un trago.
Salimos del salón recreativo y bajamos por la calle Mayor. Una chica de

la serie «B» aulló desde el interior de un bar:
—¡Oye, marine, entra aquí!
Becker se paró.
—Voy a entrar —dijo.
—No lo hagas. Son cucarachas humanas.
—Acabo de cobrar.
—Las chicas beben té y añaden agua a tu bebida. Las copas cuestan el
doble y después la chica desaparece.
Voy a entrar.

Becker entró. Uno de los mejores e inéditos escritores de América, vestido para matar y morir. Le seguí. Se acercó a una de las chicas y habló con ella. La chica se subió un poco la falda, balanceó sus altos tacones y rió. Ambos entraron en una cabina situada en un rincón. El camarero salió para tomar su pedido. La otra chica acodada en la barra me miró.

—Oye, cariño, ¿no quieres jugar?
—Sí, pero sólo cuando el juego es mío.
—¿Estás asustado o eres marica?
—Las dos cosas —repliqué mientras me sentaba al extremo de la barra.

Había un tipo entre nosotros con la cabeza apoyada en la barra. Su cartera había desaparecido. Cuando se despertara y se quejase, el camarero le sacaría a patadas o le entregaría a la policía.
Tras servir a Becker y su chica serie «B», el camarero volvió a la barra y

se acercó a mí.
—¿Sí?
—Nada.
—¿Ah sí? ¿Qué buscas por aquí?
—Estoy esperando a mi amigo —dije indicando con la cabeza la cabina

del rincón.
—Si estás sentado aquí, tienes que beber.
—Muy bien. Agua.
El camarero se fue y volvió con un vaso de agua.
—Dos centavos.
Le pagué.
La chica de la barra dijo al camarero:
—O es marica o está asustado.
El camarero no dijo nada. Entonces Becker le llamó y salió a tomar nota.

La chica me miró.
—¿Cómo es que no llevas el uniforme?
—No me gusta vestir como todos los demás.
—¿Tienes alguna otra razón?
—Las otras razones no te importan.
—Jódete —contestó.
El camarero volvió.
—Necesitas otra copa.
—Muy bien —dije pasándole otros centavos.
Una vez afuera, Becker y yo bajamos por la calle Mayor. —¿Cómo te fue?
—pregunté.
—Había un recargo por ocupar la cabina, más las dos bebidas, he tenido

que pagar 32 $.
—Cristo, yo podría emborracharme durante dos semanas con eso.
—Ella me cogió la polla bajo la mesa y me la acarició.
—¿Y qué es lo que decía?
—Nada. Sólo me masturbaba.
—Prefiero tocarme sólito la polla y guardarme los treinta y dos pavos.
—Pero ella era tan hermosa.
—Maldita sea, hombre, estoy llevando el paso con un perfecto idiota.
—Algún día escribiré todo esto. Estaré en las estanterías de las
bibliotecas:BE CKE R. Las chicas serie «B» son débiles, necesitan ayuda.
—Hablas demasiado de escribir —dije.
Encontramos otro bar cerca de la estación de autobuses. No era un sitio
ni frenético ni multitudinario. Sólo había un camarero y cinco o seis viajeros,

todos hombres. Así que Becker y yo nos sentamos.
—Pago yo —dijo Becker.
—Una botella de Eastside.
Becker pidió dos y luego me miró.
—Venga, sé un hombre, únete al Ejército y conviértete en marine.
—No me seduce la idea de ser un hombre.
—Me da la impresión de que siempre te estás metiendo con alguien.
—Sólo para entretenerme.
—Únete, te proporcionará tema para escribir.
—Becker, siempre hay temas sobre los que escribir.
—¿Entonces qué vas a hacer?
Señalé mi botella y luego la cogí.
—¿Cómo vas a montártelo? —preguntó Becker.
—Parece como si hubiera oído esa pregunta toda mi vida.

—¡Bueno, no sé lo que harás tú, pero yo voy a intentarlo todo! Guerras, mujeres, viajes, boda, niños, trabajos. ¡Cuando tenga un coche, lo desmontaré por completo y luego lo ensamblaré de nuevo! ¡Quiero conocer las cosas y qué es lo que las hace funcionar! Quisiera ser corresponsal en Washington D.C., quisiera estar ahí donde suceden las cosas.

—Washington es una mierda, Becker.
—¿Y las mujeres? ¿Casarse? ¿Niños?
—Mierda.
—¿Sííí? Bien, ¿qué es lo que tú quieres?

—Esconderme.
—Pobre imbécil. Necesitas otra cerveza.
Muy bien.
La cerveza fue servida.

Estábamos sentados y en silencio. Podía percibir cómo Becker pensaba en lo suyo, en ser un marine, un escritor, en acostarse con alguien. Probablemente llegará a ser un buen escritor. Reventaba de entusiasmo. Probablemente amaba muchas cosas: un halcón en pleno vuelo, el maldito océano, la luna llena, Balzac, puentes, obras de teatro, el premio Pulitzer, el piano, la maldita Biblia.
Había una pequeña radio en el bar y sonaba una canción popular. De
pronto se interrumpió la canción y una voz anunció:

—Acaba de llegar un boletín de noticias. Los japoneses han bombardeado Pearl Harbor. Repito: Los japoneses acaban de bombardear Pearl Harbor. ¡Se ordena que todo el personal militar vuelva inmediatamente a sus bases!
Nos miramos el uno al otro sin apenas entender lo que acabábamos de
oír.—Bien —dijo Becker—, eso es.
—Acábate la cerveza —le dije.
Becker dio un sorbo.
—Jesús, ¿y si algún estúpido hijo de puta me apunta con una metralleta

y aprieta el gatillo?
—Puede pasar perfectamente.
—Hank...
—¿Qué?
—¿Me acompañarás en el autobús hasta la base?
—No puedo hacerlo.
El camarero, un hombre de unos 45 años con un estómago protuberante
como una sandía y unos ojos cubiertos de pelo, se acercó a nosotros. Miró a

Becker:
—Bien, marine, ¿parece que tienes que volver a tu base, no?
Eso me irritó.
—Oye, tío gordo, deja que se acabe la cerveza, ¿vale?
—Seguro, seguro... ¿Quieres un trago por parte de la casa, marine? ¿Qué
tal una copa de buen whisky?
—No —dijo Becker— está bien así.
—Adelante —aconsejé a Becker—, acepta la copa. El tipo se cree que vas

a morir para salvar su bar.
—De acuerdo —dijo Becker—, tomaré esa copa.
El del bar miró a Becker.
—Tienes un amigo desagradable...
—Tan sólo dele su copa —repliqué.
Los otros pocos clientes estaban cloqueando frenéticamente acerca de
Pearl Harbor. Un momento antes ninguno se hablaba entre sí. Ahora estaban

electrizados. La Tribu estaba en peligro...
Becker consiguió su bebida. Era un whisky doble. Lo bebió de un trago.
—Nunca te conté esto —me dijo—, pero soy huérfano.
—Maldita sea.

—¿Al menos me acompañarás a la estación de autobuses?
—Claro.
Nos levantamos y dirigimos a la puerta.
El tipo del bar estaba secándose las manos en el delantal. Tenía el
delantal completamente arrugado y seguía secándose las manos con

excitación.
—¡Buena suerte, marine! —voceó.
Becker salió. Yo me detuve un instante en la puerta y miré al camarero.
—Primera Guerra Mundial, ¿no?
—Sí, sí... —dijo alegremente.

Alcancé a Becker y ambos corrimos hasta la estación de autobuses. Empezaba a llegar mucha gente en uniforme. Todo el lugar vibraba de excitación. Un marinero pasó corriendo.
—¡VOY A CARGARME UN JAPONÉS! —chilló.

Becker estaba sacando su billete. Uno de los tipos de uniforme iba acompañado de su novia. La chica estaba hablando, llorando, colgándose de él y besándole. El pobre Becker sólo me tenía a mí. Me quedé a un lado, esperando. Fue una larga espera. El mismo marinero que había chillado antes se me acercó.
—Oye, compadre, ¿no nos vas a ayudar? ¿Qué estás esperando ahí? ¿Por

qué no vienes y te alistas?
Su aliento olía a whisky. Tenía pecas y una gran nariz.
—Vas a perder tu autobús —le dije.
Se acercó al punto de salida de su autobús.
—¡Jodamos a los malditos cabrones japoneses! —dijo.
Becker finalmente consiguió su billete. Le acompañé hasta su autobús.

Era otra línea.
—¿Alguna noticia? —me preguntó.
—No.
La fila subía lentamente al autobús. La chica estaba llorando y hablando

rápida y quedamente a su soldado.
Becker llegó hasta la puerta. Le di un golpecito en el hombro:
—Eres el mejor que he conocido.
—Gracias, Hank.
—Adiós...

Salí de la estación, de repente había un montón de tráfico en la calle. La gente estaba conduciendo de mala manera, saltándose los semáforos y chillándose entre sí. Bajé por la calle Mayor. América estaba en guerra. Miré mi cartera: me quedaba un dólar. Conté mí dinero suelto: 67 centavos.

Anduve a lo largo de la calle Mayor. Las chicas «B» no iban a tener mucho trabajo hoy. Seguí andando. Llegué hasta el salón recreativo. No había nadie dentro. Sólo el dueño, de pie dentro de su taquilla. El sitio estaba oscuro y apestaba a meados.
Recorrí los pasillos oscuros entre las estropeadas máquinas.

Le llamaban «Salón de a Penique», pero la mayoría de los juegos costaban cinco centavos y algunos diez. Me paré ante la máquina de boxeo, mi favorita. Dos pequeños hombrecitos metálicos se enfrentaban dentro de una urna de cristal y tenían botones en sus barbillas. Había dos empuñaduras con gatillos, parecidas a las de las pistolas, y cuando apretabas los gatillos los brazos de tu boxeador golpeaban furiosamente. Podías mover al boxeador adelante y atrás y de lado a lado. Cuando golpeabas el botón de la barbilla del contrario éste se caía de espaldas, K.O. Cuando yo era niño y Max Schmeling noqueó a Joe Luis, yo salí corriendo a la calle buscando a mis amigos y vociferando: «¡Oíd, Max Schmeling noqueó
a Joe Luis!» Y nadie me respondió, nadie dijo nada, todos se apartaron con
las cabezas gachas.

Se necesitaban dos para jugar con esa máquina y no iba a jugar con el pervertido que dirigía el local. Entonces vi a un pequeño chaval mejicano de unos ocho o nueve años de edad. Se acercó andando por el pasillo. Era un

mejicanito de aspecto agradable e inteligente.
—Oye, chico.
—¿Sí, señor?
—¿Quieres jugar al boxeo conmigo?
—¿Gratis?
—Claro, pago yo. Escoge tu jugador.
Dio la vuelta a la máquina mirando a través del cristal. Parecía muy

serio. Luego dijo:
—Vale, escojo al de los calzones rojos, tiene mejor pinta.
—De acuerdo.
El chaval se instaló en su lado y miró a través del cristal. Observó a su

boxeador y luego a mí.
—Señor, ¿no sabe que ha empezado una guerra?
—Sí.
Seguimos ahí plantados.
—Tiene que introducir una moneda —dijo el chaval.
—¿Qué estás haciendo tú aquí? —le pregunté—. ¿Cómo es que no estás
en el colegio?
—Es domingo.

Metí una moneda de diez centavos. El chaval empezó a apretar sus gatillos y yo los míos. El chico había elegido mal. El brazo izquierdo de su boxeador estaba roto y sólo se movía a medias. Nunca podría llegar a tocar el botón de la barbilla del mío. El chaval sólo disponía del brazo derecho. Decidí tomármelo con calma. Mi jugador tenía calzones azules. Le moví hacia adelante y atrás embistiendo súbitamente. El chaval siguió moviendo el brazo derecho de su hombrecillo de rojos calzones. De pronto calzones azules se cayó bruscamente produciendo un sonido metálico.
—Le di, señor —dijo el chaval.
—Ganaste —dije.
El chaval estaba excitado. Se quedó mirando al calzones azules tumbado

sobre su culo.
—¿Quiere pelear otra vez, señor?
Hice una pausa, no sé por qué.
—¿Se quedó sin dinero, señor?
—Oh, no.
—Vale, entonces pelearemos.
Introduje otros diez centavos y calzones azules se puso en pie de un salto. El chaval empezó a apretar el gatillo del brazo derecho de su calzones rojos y éste movió y movió el brazo. Yo dejé que el mío permaneciera inmóvil un rato contemplando. Luego hice una seña con la cabeza al chaval e hice avanzar a calzones azules agitando sus dos brazos. Sentía que tenía que ganar. Me parecía muy importante. No sabía por qué era tan importante y seguí pensando: ¿por qué era tan importante?
Y otra parte de mí mismo respondió: sólo porque lo es.

Entonces calzones azules fue derribado de nuevo produciendo el mismo sonido metálico. Observé cómo yacía sobre su espalda encima de su pequeña esterilla de terciopelo verde.
Entonces me di la vuelta y salí.

FIN

8 comentarios:

marco dijo...

Que mal sabor te deja siempre el viejo Buko, ese amargo y rancio sabor de boca como al despertar resacoso, terminar de leerlo es necesidad de ingerir un trago y esperar que esa bebida lave toda esa miseria humana que aunque ingerida por los ojos es siempre en la boca donde refleja su sabor.

Bloody Party dijo...

Acabo de terminar de leer este libro, nunca había leído nada de Bukowski. Me reí un montón con tanta realidad, me sentí muy identificado con muchas cosas y como dice él "Cuando la verdad de alguien es la misma que la tuya y parece que la está contando sólo para ti... eso es fantástico". Sólo el final me dejó un poco en el aire, quisiera saber que continuo pasando, tiene alguna continuación?

Gracias. :)

Anónimo dijo...

Este es el tercer libro que leo de Bukowski... y todos sus finales me han dejado en el aire :(.

Anónimo dijo...

Excelente libro, lo leí de un tirón. Gracias por publicarlo. Coincido con el comentario de Bloody Party y la frase que citó...

Anónimo dijo...

Notable Bukowski, solo así podía terminar la senda del perdedor que me parece al final encontró una razón, para dejar de serlo.

Anónimo dijo...

Genial es inevitable el no coincidir en ciertos puntos de vista, o el no dejarte contaminar por esa singular miseria

Anónimo dijo...

Excelente, lo empecé y acabe de leer en medio de ese sentimiento de no lugar. Anoche, con una botella de vino barato, me encontré con que se acabó. El mejor interprete de un perdedor.

Anónimo dijo...

Mi comentario es que , al final charles perdio dos veces el juego con el mexicanito, dejando entrever el nombre de el libro , y los finales son finales ....muchos de uds ponen que tiene que haber una conclucion, pero la vida es asi ,nada empieza ni termina nunca , solo estamos rodeados por la eternidad y no hay principios ni finales , solo un fluir de acontecimientos .