lunes, 12 de agosto de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 42

Vivíamos en el cuarto piso de una vieja casa de apartamentos; teníamos dos habitaciones en la parte trasera. La casa estaba construida al borde de un precipicio, de tal modo que cuando mirabas por la ventana parecía que estabas a una altura de doce pisos en vez de cuatro. Era muy semejante a vivir en el borde del mundo —un último lugar de descanso antes del salto al vacío.

Mientras tanto, nuestra racha de suerte en el hipódromo se había terminado, como se terminan todas las rachas de suerte. Nos quedaba muy poco dinero y bebíamos vino. Oporto y moscatel. Teníamos alineadas en el suelo de la cocina varias garrafas de vino, seis o siete; delante de ellas había cuatro o cinco botellas de litro, y delante tres o cuatro de medio litro.

—Algún día —le dije a Jan—, cuando se demuestre que el mundo tiene cuatro dimensiones en vez de sólo tres, un hombre podrá salir a dar un paseo y desaparecer porque sí. Sin funerales, sin lágrimas, sin ilusiones, sin cielo ni infierno. La gente estará por ahí sentada y se preguntará «¿Qué le ha pasado a George?». Y alguien dirá, «Bueno, no sé. Dijo que iba a por un paquete de cigarrillos».
—Oye —le pregunté—. ¿Qué hora es? Quiero saber la hora.

—Bueno, vamos a ver, pusimos en hora el reloj con la radio ayer a medianoche. Sabemos que se adelanta 35 minutos cada hora. Señala ahora las 7 y media de la tarde, pero sabemos que no es verdad porque todavía no está lo bastante oscuro. Muy bien. Esto son 7 horas y media. 7 veces 35 minutos son 245 minutos. La mitad de 35 son 17 y medio. Eso nos da 252 minutos y medio. De acuerdo, eso son 4 horas y 43 minutos y medio que le restamos y que nos lleva a las 3 menos 12 minutos y medio. Es la hora de almorzar y no tenemos nada que comer.

Nuestro reloj se había caído y se había averiado. Yo lo había arreglado. Le había quitado la tapa trasera y había descubierto una avería en el muelle principal y en la cuerda. La única manera de hacer que el reloj volviera a andar era acortar y tensar el muelle principal. Esto afectaba a la velocidad de las manecillas; casi podías ver cómo se movía el minutero.

—Vamos a abrir otra garrafa de vino —dijo Jan.
Realmente no teníamos nada más que hacer, sólo beber y hacer el amor.
Nos habíamos comido todo lo que se podía comer.
Por la noche salíamos de paseo y robábamos cigarrillos de las guanteras de los

automóviles aparcados.
—¿Quieres que haga unas tortitas? —preguntó Jan.
—No sé si podré con ninguna más.

No teníamos mantequilla ni manteca, y Jan freía las tortitas a palo seco. Tampoco había pasta de tortitas —era harina mezclada con agua. Salían totalmente encrespadas y duras.—¿Qué clase de hombre soy? —me pregunté en voz alta—. ¡Mi padre me advirtió que
acabaría de este modo! ¿Es que no puedo salir a la calle y conseguir algo? Voy a salir a la
calle a conseguir algo... Pero primero, un buen trago de vino.

Llené un vaso grande con oporto. Era de garrafa y tenía un sabor vil y nauseabundo, no podías pensar en ello mientras lo bebías a riesgo de vomitarlo al instante. Así que siempre proyectaba otra película en mi cinelandia mental cuando me pegaba un trago. Pensaba en un viejo castillo en Escocia cubierto de musgo —con puentes levadizos, aguas azules, árboles, cielo azul, nubes en cúmulos. O pensaba en una seductora dama quitándose un par de medias de seda muy muy lentamente. Esta vez escogí la película de las medias de seda.
Me tragué el vino.
—Me voy. Hasta luego, Jan.

—Hasta luego, Henry.

Bajé hasta el vestíbulo, pateándome los cuatro pisos de escaleras, con mucho cuidado al pasar por el apartamento del casero (estábamos atrasados con el alquiler) hasta llegar a la calle. Bajé por la colina. Estaba entre la sexta y Union Street. Crucé la sexta y me dirigí hacia el este. Allí había un pequeño mercado. Pasé junto al mercado, entonces me di media vuelta y me acerqué. La tienda de verduras estaba junto a la calle. Fuera había tomates, pepinos, naranjas, piñas y uvas. Me quedé mirándolo todo. Eché un vistazo al interior de la tienda; había un viejo con un delantal. Estaba hablando con una mujer.
Agarré un pepino, me lo guardé en el bolsillo y me alejé de allí. Estaba a unos cuantos
metros de distancia cuando oí que me gritaban:
—¡Eh, señor! ¡SEÑOR! ¡Deje ese PEPINO donde estaba o llamo a la POLICÍA! ¡Si
no quiere ir a la CARCEL, traiga aquí ESE PEPINO!

Me di la vuelta y recorrí el largo camino de regreso. Había tres o cuatro personas observando. Saqué el pepino de mi bolsillo y lo volví a poner en la cima de la pirámide. Luego me fui caminando hacia el oeste. Subí por Union Street hacia el lado oeste de la colina. Entré por el portal y me subí los cuatro pisos de escaleras. Abrí la puerta. Jan me miró desde detrás de su bebida.

—Soy un desastre —dije—, ni siquiera puedo robar un pepino.
—No pasa nada.
—Haz unas tortitas.
Me acerqué a la garrafa y me serví otro trago.

...Estaba montado en un camello cruzando el Sahara. Tenía una gran nariz, que se asemejaba en cierto modo al pico de un águila, pero aun así era muy hermoso, sí, con blancas vestiduras ajustadas con cordones verdes. Y tenía valor, había matado a más de uno. Llevaba una gran cimitarra sujeta a mi cinturón. Iba camino de la tienda donde una niña de catorce años bendecida con una gran sabiduría y un himen inmaculado me esperaba con ansiedad, tendida en un inmenso camastro oriental, recargado de ornatos...
La bebida bajó por mi esófago; el veneno sacudió mi cuerpo; pude oler la harina
quemándose. Serví un trago para Jan y me serví otro trago para mí.

En algún momento de aquellas noches infernales, acabó la segunda guerra mundial. La guerra nunca había sido para mí más que una vaga realidad, pero ahora había terminado. Y los trabajos que siempre habían sido difíciles de obtener, ahora lo iban a ser aún más. Me levantaba todas las mañanas y recorría todas las agencias públicas de empleo, empezando por el mercado de trabajo en granjas. Me levantaba a duras penas a las 4:30 de la madrugada, con resaca, y estaba normalmente de vuelta antes del mediodía. Caminaba de una agencia a otra, en un peregrinaje sin fin. A veces conseguía algún trabajo ocasional por un día descargando camiones, pero esto era sólo después de recurrir a una agencia privada que se llevaba un tercio de tus ganancias. En consecuencia, había muy poco dinero y nos íbamos retrasando más y más en el pago del alquiler. Pero manteníamos las botellas de vino en brava formación, hacíamos el amor, nos peleábamos y esperábamos.

Cuando teníamos un poco de dinero nos íbamos al gran Mercado Central y comprábamos carne barata para estofado, zanahorias, patatas, cebollas y apio. Lo poníamos todo en una cazuela y nos sentábamos a conversar, sabiendo que íbamos a comer, oliéndolo todo —las cebollas, las verduras, la carne— escuchando cómo se cocía. Liábamos cigarrillos y nos íbamos juntos a la cama y nos levantábamos y cantábamos canciones. A veces subía el casero y nos decía que no armásemos escándalo, recordándonos, de paso, que estábamos retrasados en el pago del alquiler. Los vecinos nunca se quejaban de nuestras peleas, pero no les gustaban nuestras canciones:
Tengo mucho de nada; Old man river; Botones y ballestas; A volteretas con las zarzas
voltereteras; Dios bendiga América; Deutschland über alies; El retrato de Bo-naparte; Me pongo triste cuando Hueve; Mantén alto tu lado soleado; No queda dinero en el banco; Quién teme al lobo feroz; Cuando cae el púrpura profundo; Una tara una tarea; Me casé con un ángel; Los pobres corderitos se han perdido; Quiero una chica igual que la chica que se casó con mi papá; Cómo demonios los vas a guardar en la granja; Si hubiera sabido que venías hubiera cocinado un pastel...

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1 comentario:

JUAN P. dijo...

Haces un gran trabajo, llegar a casa y encontrar un nuevo capitulo de factótum, le da un sentido especial a la lectura como si te la dieron por pequeñas partes con tal de que quedes queriendo mas y de hecho así es.