El siguiente trabajo tampoco me duró mucho. No llegó a ser más que una pequeña escala. Era una pequeña compañía especializada en artículos de Navidad: luces, guirnaldas, Santa Claus, árboles de papel y todo eso. Al contratarme me dijeron que el trabajo sólo duraría hasta el día de Acción de Gracias; que después del día de Acción de Gracias ya no se hacía negocio. Eramos media docena de tíos contratados bajo las mismas condiciones. Decían que éramos «hombres de almacén», pero nuestro trabajo consistía, más que nada, en cargar y descargar camiones. Aunque también, un hombre de almacén era un tío que se pasaba mucho tiempo por ahí fumando cigarrillos, en un estado medio adormilado y sin hacer nada. Pero ninguno de los seis duramos hasta el día de Acción de Gracias. Por iniciativa mía íbamos todos los días a un bar a almorzar. Nuestros períodos de almuerzo se fueron alargando más y más. Una tarde simplemente pasamos de volver. Pero a la mañana siguiente, como buenos chicos, nos presentamos allí de nuevo. Nos dijeron que no querían volver a vernos.
—Ahora —dijo el director—, voy a tener que contratar a otra maldita pandilla de
vagos.—Y despedirlos el día de Acción de Gracias —dijo uno de nosotros.
—Escuchad —dijo el director—. ¿Queréis trabajar un día más?
—¿Para que usted tenga tiempo de entrevistar y contratar a nuestros sustitutos?
—Cogedlo o dejadlo —dijo él.
Lo cogimos y trabajamos todo el día, riéndonos como descosidos y lanzándonos cajas
de cartón por el aire. Luego recogimos nuestros cheques de despido y volvimos a nuestras
habitaciones y a nuestras mujeres borrachas.
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