martes, 25 de mayo de 2010

CHARLES BUKOWSKI "NOVELA CARTERO" - CAPITULO 3

CAPÍTULO III






1


No exigí nada del divorcio, no fui a los tribunales. Joyce me dio el coche. Ella no conducía. Todo lo que había perdido eran 3 o 4 millones. Pero todavía tenía la Oficina de Correos.

Me encontré con Betty por la calle.

-Te he visto con esa perra hace algún tiempo. No es tu tipo de mujer.

-Ninguna lo es.

Le dije que era asunto acabado. Nos fuimos a tomar una cerveza. Betty había envejecido deprisa. Estaba más gorda. Las líneas habían cedido. Le caía carne bajo el mentón. Era triste. Pero yo también había envejecido.

Betty había perdido su trabajo. El perro se había escapado y lo hablan matado. Haba conseguido un trabajo de camarera que después perdió cuando derribaron el café para erigir un edificio de oficinas. Ahora vivía en una pequeña habitación de un hotel de perdedores. Ella cambiaba las sábanas y limpiaba loo baños. Le pegaba al vino. Sugirió que podíamos volver a juntarnos. Yo sugerí que podíamos esperar un tiempo. Acababa de salir de un mal rollo.

Ella se fue a poner su mejor vestido, con zapatos de

tacón alto, tratando de quedar resultona. Pero había algo en ella terriblemente triste.

Conseguimos una botella de whisky y algo de cerveza, fuimos a mi casa, en el cuarto piso de un viejo edificio de apartamentos. Cogí el teléfono y llamé diciendo que estaba enfermo. Me senté frente a Betty. Ella cruzó las piernas, balanceó sus tacones, se rió un poco. Era como en los viejos tiempos. Casi. Algo se había perdido.

Por aquella época, cuando llamabas diciendo que estabas enfermo, la Oficina de Correos mandaba una enfermera a examinarte, para asegurarse que no andabas por ahí de juerga en algún club nocturno o en un garito de póquer. Mi casa estaba cerca de la Oficina Central, así que les resultaba fácil venir a echarme un ojo. Betty y yo llevábamos allí unas dos horas cuando sonó un golpe en la puerta.

-¿Qué es eso?

-Tranquila -susurré--. !Cállate! Quítate esos zapatos de tacón, entra en la cocina y no hagas ningún ruido!

-¡AGUARDE UN MINUTO! -respondí a la puerta.

Encendí un cigarrillo para disimular mi aliento, luego me acerqué a la puerta y la entreabrí ligeramente. Era la enfermera. La misma de siempre. Me conocía.

-¿Ahora qué le pasa? -me preguntó.

Solté una voluta de humo.

-Tengo mal el estómago.

-¿Seguro?

-Es mi estómago, lo conozco bien.

-¿Puede firmarme este papel para demostrar que yo he venido aquí y que usted estaba en casa?

-Claro.

Desdobló un impreso y me lo dio. Lo firmé. Lo volvió a doblar.

-¿Irá mañana al trabajo?

-No lo puedo saber. Si estoy bien, iré. Si no, me quedaré aquí.

Me echó una fea mirada y se marchó. Yo sabia que había olido el whisky en mi aliento. ¿Era prueba suficiente? Probablemente no, demasiados tecnicismos, o quizás se estuviera riendo mientras montaba en el coche con su bolsito negro.

-Está bien -dije-, ponte los zapatos y sal.

-¿Quién era?

-Una enfermera de la Oficina de Correos.

-¿Se ha ido?

-Si.

-¿Hacen esto siempre?

-Hasta ahora nunca han fallado. ¡Vamos a tomar un buen trago para celebrarlo!

Entré en la cocina y serví dos de los buenos. Salí y le di a Betty el suyo.

-¡Salud! -dije.

Alzamos nuestras copas y brindamos.

Entonces sonó el reloj despertador, y era un sonido realmente fuerte.

Di un salto como si me hubieran pegado un tiro en la espalda. Betty brincó casi medio metro en el aire. Corrí hacia el reloj y quité la alarma.

-¡Jesús -dijo ella-, casi me cago encima!

Los dos empezamos a reírnos. Luego nos sentamos. Probamos nuestras copas.

-Yo tuve un novio que trabajaba para el condado -dijo ella-. Solían enviar un inspector, un tipo, pero no siempre, puede que una vez de cada 5. Así que una noche estaba yo bebiendo con Harry, así se llamaba, cuando alguien llamó a la puerta. Harry estaba sentado en el sofá completamente vestido: « ¡La hostia!», dijo, y se metió de un salto en la cama vestido y se tapó con la colcha. Yo metí las botellas y los vasos debajo de la cama y abrí la puerta. Entró aquel tipo y se sentó en el sofá. Harry llevaba incluso los zapatos y los calcetines, pero estaba tapado por la colcha. El tipo dijo: «¿Qué tal te encuentras, Harry?», y Harry dijo: «No muy bien. Ella ha venido a cuidarme, señalándome. Yo estaba allí sentada borracha perdida. «Bueno, espero que te mejores, Harry», dijo el tipo, y luego se fue. Estoy segura de que vio todas aquellas botellas y vasos debajo de la cama, y también estoy segura que sabia que los pies de Harry no eran así de grandes. Era una época muy agitada.

-Leches, no le dejan a uno vivir ¿no? Siempre quieren que estés dándole al manubrio.

-Ya lo creo.

Bebimos un poco más y luego nos fuimos a la cama, pero no fue lo mismo, nunca lo es. Habla un espacio entre nosotros, habían ocurrido cosas. La observé mientras se iba al baño, vi las arrugas y pliegues bajo sus nalgas. Pobre cosa. Pobre pobre cosa. Joyce había sido firme y dura, agarrabas un pedazo de su cuerpo y era cosa fina. Ahora ya no estaba tan bien. Era triste, era triste, era triste. Cuando Betty salió, no cantamos ni reímos, ni siquiera hablamos. Nos sentamos a beber en la oscuridad, fumando cigarrillos, y cuando nos fuimos a dormir, yo no puse los pies sobre el cuerpo o ella los suyos sobre el mío como solíamos hacer. Dormimos sin tocarnos.

Algo nos habían robado a los dos.



2


Telefoneé a Joyce.

-¿Cómo marcha la cosa con Alfiler Púrpura?

-No puedo entenderlo -dijo ella.

-¿Qué hizo cuando le dijiste que te habías divorciado?

-Estábamos sentados el uno frente al otro en la cafetería de empleados cuando se lo dije.

-¿Qué ocurrió?

-Dejó caer su tenedor. Se quedó con la boca abierta. Dijo: «¿Qué?».

- Entonces supo que ibas en serio.

-No puedo entenderlo. Me ha estado evitando desde entonces. Cuando lo veo en el hall sale corriendo. Ya no se sienta conmigo para comer. Parece... bueno, casi... frío.

Nena, hay otros hombres: Olvídate de ese tipo. Iza tus velas para una nueva aventura.

-Es difícil olvidarle. Quiero decir, su forma de ser. Sabe que tienes dinero?

-No, nunca se lo he dicho, no lo sabe.

- Bueno, si lo quieres...

-¡No, no! ¡No lo quiero de esa forma!

-D acuerdo entonces. Adiós, Joyce.

-Adiós, Hank.

No mucho tiempo después, recibí una carta suya. Estaba de vuelta en Texas. La abuela estaba muy enferma, no se esperaba que viviese mucho. La gente preguntaba por mí. Bla, bla, bla. Besos, Joyce.

Dejé la carta y pude imaginar al mosquito preguntándose cómo había podido yo dejarme perder todo aquello. El pequeño mamarracho con sus espasmos, pensando en mi como en un listo hijo de puta. Era duro dejarle allí sólo a merced de los coyotes de aquella forma.



3


Un día me hicieron personarme en el viejo Edificio Federal. Me tuvieron sentado los habituales 45 minutos o una hora y media.

Entonces dijo una voz:

-Señor Chinaski?

- Sí -dije yo.

-Entre.

El hombre me llevó a un escritorio. Allí estaba sentada una mujer. Tenia una pinta más bien sexy, andaba por los 38 o 39, pero parecía como si sus ambiciones sexuales hubieran sido dejadas de lado por otras cosas o hubieran sido simplemente ignoradas.

-Siéntese, señor Chinaski.

Me senté.

Nena, pensé, podría darte una cabalgada realmente buena.

-Señor Chinaski -dijo ella-, nos hemos estado preguntando si rellenó usted de forma adecuada este impreso.

-¿Uh?

-Me refiero a los antecedentes penales.

Me alcanzó la hoja. No había el menor atisbo de sexo en sus ojos.

Yo había puesto 8 o 10 arrestos comunes por borrachera. Era sólo una estimación aproximada. No tenla idea del número exacto.

-Bueno, ¿lo ha puesto usted todo? -me preguntó ella.

-Hummmm, hummm, déjeme pensar...

Yo sabía lo que ella quería. Quería que yo dijese “sí”, y entonces me tendría cogido.

-Déjeme ver... Hummm, hummm.

-¿Sí? -dijo ella.

-¡Oh, oh! ¡Dios mío!

-¿Qué?

-Es algo por estar bebido en un automóvil o por conducir en estado de embriaguez. Hace unos 4 años o así. No recuerdo la fecha exacta.

-¿Y fue un olvido?

-Sí, de verdad, lo pondré ahora.

-Está bien, póngalo.

Lo puse.

-Señor Chinaski. Tiene unos antecedentes terribles. Quiero que explique estos cargos y si es posible justifique su presente empleo con nosotros. _

-De acuerdo.

-Tiene diez días para responder.

Yo no deseaba tanto el trabajo. Pero ella me irritaba.

Llamé diciendo que estaba enfermo aquella noche después de comprar papel numerado y reglado y una carpeta azul de aspecto muy oficial. Me conseguí una botella de whisky y un paquete de 6 cervezas, luego me senté frente a la máquina y empecé a escribir. Tenia el diccionario a mano. De vez en . cuando lo abría por una página, encontraba alguna palabra larga e incomprensible y construía una frase o un párrafo a partir de ella. Me llevó 42 páginas. Acabé con un .Copias de esta declaración han sido retenidas para su distribución en prensa, televisión y otros medios de comunicación..

Yo me sentía lleno de mierda.

Ella se levantó de su escritorio y vino personalmente a buscarme.

-¿Señor Chinaski?

-¿Si?

Eran las 9 de la mañana. Un día después de su requisición para que respondiera de los cargos.

-Un minuto.

Se llevó las 42 páginas a su escritorio. Las leyó y las leyó y las leyó. Alguien se puso también a leerlas por encima de su hombro. Luego había, 2, 3, 4, S. Todos leyendo. 6, 7, 8, 9. Todos leyendo.

¿Qué demonios?, pensaba yo.

Luego oí una voz entre la multitud:

-¡Bueno, todos los genios son unos borrachos! -como si eso lo explicase todo. Otra vez demasiadas peIículas.

Ella se levantó del escritorio con las 42 páginas en su mano.

-¿Señor Chinaski?

-¿Si?

-Su caso todavía no está cerrado. Ya tendrá noticias nuestras.

-¿Mientras tanto continúo trabajando?

-Mientras tanto continúe trabajando.

-Buenos días -dije.



4


Una noche me asignaron el taburete de al lado dé Butchner. No estaba clasificando correo. Simplemente estaba allí sentado, hablando.

Una chica joven vino y se sentó a final del corredor. Oí a Butchner decir:

-¡Eh, tú, coño! ¿Quieres mi picha en tu chumino, eh? ¿Eso es lo que quieres, eh, zorra?

Yo seguí ordenando el correo. El jefe pasó a nuestro lado. Butchner dijo:

-¡Estás en mi lista, mamón! ¡Voy a cogerte bien, so mamón! ¡Podrido bastardo! ¡Soplapollas!

Los jefes nunca le decían nada a Butchner. Nadie le decía nada a Butchner.

Entonces le oí otra vez:

-¡Está bien, nene! ¡No me gusta la pinta de tu cara! ¡Estás en mi lista, cabrón! ¡Estás el primero en mi lista, cabrón! ¡Te voy a romper el culol ¡Eh, te estoy hablando a ti! ¿Me estás oyendo?

Era demasiado. Solté mi correo.

-¡Está bien -le dije-, recojo el reto! ¡Te voy a romper esa bocazal ¿Lo quieres aquí o salimos fuera?

Miré a Butchner. Estaba hablándole al techo, demente

-¡Te lo he dicho, estás el primero en mi lista! ¡Te voy a agarrar y te voy a dar una buena!

Por el amor de Cristo, pensé. ¡He caído como un imbécil! Los empleados estaban muy tranquilos, no podía culparles. Me levanté y fui a beber un poco de agua. Luego volví. 20 minutos más tarde, me levanté para el descanso de 10 minutos. Cuando volví, el supervisor estaba esperándome. Era un negro gordo que debía andar por los 50. Me gritó:

-¡CHINASKI!

-¿Qué ocurre, hombre? -dije yo.

-¡Ha abandonado su asiento un par de veces en 30 minutos!

-Si, fui a beber un trago de agua la primera vez. 30 segundos. Luego hice la pausa de descanso.

-Suponga que trabaja en una máquina. ¡No podría abandonar la máquina un par de veces en 30 minutos!

Toda la cara le refulgía de furia. Era anonadante. Yo no podía entenderlo.

-¡LE VOY A HACER UN EXPEDIENTE DE AMONESTACION!

-Está bien -dije yo.

Fui a sentarme junto a Butchner. El supervisor vino corriendo con la amonestación. Estaba escrita a mano, muy mal. Ni siquiera podía leerla. La habla escrito con tal furia que la letra le había salido toda inclinada y con borrones.

Doblé cuidadosamente el papel y me lo guardé en mi bolsillo trasero.

-¡Voy a matar a ese hijo de puta! -dijo Butchner.

-Espero que lo hagas, gordito -dije yo-, espero que lo hagas.



5


Una noche eran las 12, además de los supervisores, además de los empleados, además del hecho de que apenas

podías respirar en aquel amasijo de carne hacinada, además del olor putrefacto de los guisos de la cafetería «sin beneficios.

Además del CP1. Ciudad Primaria 1. Los antiguos esquemas no eran nada comparados con el Ciudad Primaria f, que contenía alrededor de 1/3 de las calles de la ciudad y los distritos en que estaban distribuidas. Yo vivía en una de las ciudades más grandes de los Estados Unidos. Eran un montón de calles. Y después de eso estaba el CP2. Y el CP3. Tenías que pasar cada examen en 90 días, 3 pruebas por cada uno, 95 por ciento como mínimo de acierto, 100 cartas en una urna de cristal, 8 minutos, fallabas y te dejaban probar a ser presidente de la General Motors, como había dicho aquel tipo. Para aquellos que conseguían pasar, los esquemas se hacían un poco más fáciles, la segunda o . la tercera vez. Pero con el horario nocturno de 12 horas y los días libres cancelados, era demasiado para la mayoría. De nuestro grupo inicial de 150 o 200, ya sólo quedábamos 17 o 18.

-¿Cómo puedo trabajar 12 horas por noche, dormir, comer, bañarme, hacer los viajes de ida y vuelta, ocuparme de la lavandería y la gasolina, el alquiler, cambiar neumáticos, hacer todas las pequeñas cosas que han de hacerse y todavía estudiar el esquema? -le pregunté a uno de los instructores

-No duerma -me dijo.

Le miré. No estaba tocando el trombón. El condenado imbécil hablaba en serio.



6


Descubrí que el único momento que tenía para estudiar era antes de dormirme. Estaba siempre demasiado

cansado codo para hacerme un desayuno, así que me compraba un paquete de cervezas, lo ponía en la silla que había ,unto a la cama, abría una lata, me echaba un

buen trago y abría el plano del esquema. Al llegar a la tercera cerveza, tenia que dejar el plano. No podías empollar tanto de golpe. Entonces me bebía el resto de la cerveza, sentado en la coma, mirando a la pared. Con la última lata me quedaba dormido. Cuando me despertaba, tenía el tiempo justo para bañarme, arreglarme, comer y volver al trabajo.

Y no te conseguías acostumbrar, cada vez te sentías más y más cansado. Yo siempre compraba el paquete de cervezas en el camino de vuelta, y una mañana desbarré totalmente. Subí las escaleras (no había ascensor) y metí la llave. La puerta se abrió. Alguien había cambiado de sitio todos los muebles, habían puesto una alfombra nueva. No, los muebles también eran nuevos.

Habla una mujer en el sofá. Tenía buena pinta. Joven. Buenas piernas. Rubia.

-Hola -dije-, ¿te apetece una cerveza?

-¡Holal -dijo ella-. Está bien, tomaré una.

--Me gusta como ha quedado arreglado el sitio -le

dije.

--Lo hice yo misma.

-¿Pero por qué?

-Me apetecía -dijo ella.

Bebimos de nuestras cervezas.

-Estás muy bien -dije yo. Dejé mi bote de cerveza y le di un beso. Puse mi mano en una de sus rodillas. Era una bonita rodilla.

Tomé otro trago de cerveza.

-Sf --dije--, realmente me gusta el aspecto del sitio. Con toda seguridad va a estimular mi espíritu.

-Me alegro. A mi marido también le gusta.

-¿Pero por qué a tu marido... ? ¿Qué? ¿Tu marido? ¿Oye, cuál es el número de este apartamento?

-El 309.

-¿El 309? ¡la hostia! ¡Me he equivocado de piso! Yo vivo en el 409. Mi llave abrió tu puerta.

-Siéntate, querido -dijo ella.

-No, no...

Cogí las 4 cervezas que quedaban.

-¿Por qué te vas? -preguntó ella.

Algunos hombres están locos -dije, yéndome hacia la puerta.

-¿Qué quieres decir?

-Quiero decir que algunos hombres están enamorados de sus esposas.

Ella se rió:

-No te olvides de dónde estoy.

Cerré la puerta y subí un piso más. Abrí mi puerta. No había nadie allí. Los muebles estaban viejos, todo desconectado, la alfombra prácticamente descolorida. El suelo lleno de latas de cerveza vacías. Estaba en el sitio correcto.



7


Mientras trabajaba en la estafeta de Dorsey oí a algunos veteranos comentar como Cipotón Greystone se había comprado una grabadora para aprender los esquemas. Cipotón habla leído las calles y distritos del esquema, grabándolo todo en la cinta, y luego lo habla aprendido escuchándolo. Cipotón era llamado Cipotón por razones obvias. Habla mandado a 3 mujeres al hospital con aquella cosa. Luego se lo habla hecho con un julón. Una maricona que se llamaba Carter. También había desgarrado a Carter. Carter había ido a un hospital a Boston. La broma habitual era decir que Carter se había tenido que ir hasta Boston porque no había bastante hilo en la Costa Oeste para coserle después de que Cipotón acabara con él. Verdad o no, lo cierto es que decidí probar la grabadora. Mis preocupaciones se habían terminado. Podía dejarla puesta mientras dormía. Había leído en algún sitio que podías aprender con tu subconsciente mientras dormías. Esa parecía la forma más fácil. Compré una grabadora y algunas cintas.

Leí el esquema en voz alta delante de la grabadora, me metí en la cama con mi cerveza y escuché.

-AHORA, HIGGINS SE CORTA EN HUNTER 42, MARKLEY 67, HUDSON 71, EVERGLADES 84. ¡Y AHORA ESCUCHA, ESCUCHA CHINASKI, PITTSFIELD SE CORTA EN ASHGROVE 21; SIMMONS 33, NEEDLES 461 ¡ESCUCHA, CHINASKI, ESCUCHA, WESTHAVEN SE CORTA EN EVERGREEN 11, MARKAM 24, WOODTREE 55! ¡CHINASKI, ATENCION CHINASKI! PARCHBLEAK SE CORTA...

No funcionaba. Mi voz me daba sueño. No pude pasar de la tercera cerveza.

Después de un tiempo, dejé de oír las cintas y de estudiar el esquema. Simplemente me bebía mis 6 latas de cerveza y me dormía. No podía entender nada. Incluso pensé en ir a ver a un psiquiatra. Me veía la escena:

-¿Sí, muchacho?.

-Bueno, verá... es esto.

-Siga. ¿Necesita el sofá?

-No, gracias, me dormiría.

-Siga, por favor.

-Bueno, necesito mi trabajo.

-Eso es razonable.

-Pero tengo que estudiar y pasar 3 esquemas más para conservarlo.

-¿Esquemas? ¿Qué son esos .esquemas?

-Bueno, es para cuando la gente no pone el distrito postal. Alguien tiene que clasificar esa carta. Así que te

nemos que estudiar estos esquemas y conocer todas las calles después de trabajar 12 horas por noche.

-¿Y?

-No puedo coger el plana. En cuanto lo hago, se me cae de la mano.

-¿No puede estudiar esos esquemas?

-No. Y tengo que clasificar 100 cartas en 8 minutos con una exactitud mínima de un 95 por ciento o estoy en la calle. Y yo necesito el trabajo.

-¿Por qué no puede estudiar esos esquemas?

-Eso es por lo que estoy aquí. Para preguntarle. Debo de estar loco. Pero están todas esas calles, y todas se cortan en diferentes direcciones. Aquí, mire.

Entonces le pasaba el esquema de 6 páginas, pegadas por arriba, con indicaciones en letra pequeñita a los lados.

El ojeaba las páginas.

-¿Y debe usted memorizar todo esto?

-Sí, doctor.

-Bueno, muchacho -devolviéndome el plano-, usted no está loco por no desear estudiar esto. En todo caso estaría loco si quisiera estudiarlo. Son 25 dólares.

Así que me analicé a mí mismo y me ahorré el dinero.

Pero había que hacer algo.

Entonces se me ocurrió. Eran alrededor de las 9 y diez de la mañana. Telefoneé al Edificio Federal, Departamento de Personal.

-Quiesiera hablar con la señorita Graves, por favor.

-¿Hola?

Allí estaba. La perra. Me acaricié las partes mientras hablaba con ella.

-Señorita Graves, soy Henry Chinaski. Le escribí una respuesta a su requisición sobre mis antecedentes, no sé si me recuerda.

-Nos acordamos de usted, señor Chinaski.

-¿Han tomado alguna decisión?

-Todavía no, ya se lo haremos saber.

-Está bien, entonces. Pero tengo un problema.

-¿Sí, señor Chinaski?

-Actualmente estoy estudiando el CP1 -hice una pausa.

-¿Sí? -preguntó ella.

-Lo encuentro muy difícil, lo encuentro casi imposible de estudiar y me preocupa pensar que puedo estar perdiendo mucho tiempo inútilmente. Me refiero a que si en cualquier momento puedo ser apartado del servicio postal, no me parece correcto pedirme que me estudie el esquema en estas condiciones.

-Está bien, señor Chinaski. Telefonearé al Departamento de Esquemas y les daré orden de que lo aparten a usted hasta que hayamos tomado una decisión.

-Gracias, señorita Graves.

-Buenos días -dijo ella; y colgó.

Era un buen día. Y después de haberme estado toqueteando mientras hablaba por teléfono, casi estuve a punto de bajar al apartamento 309. Pero decidí no correr peligro. Me hice unos huevos con tocino y lo celebré con una cerveza extra.



8


Sólo quedábamos 6 o 7. El CP1 era demasiado para ellos.

-¿Qué tal llevas el esquema, Chinaski? -me preguntaban.

-No hay problema.

-Muy bien, divídeme la Avenida Woodburn.

-¿Woodburn?

-Sí, Woodburn.

-Oye, no me gusta que me molesten con estas cosas

cuando estoy trabajando. Me aburre. Cada cosa a su tiempo.



9


En navidades estaba de vuelta con Betty. Guisó un pavo y bebimos. A Betty siempre le habían gustado los grandes árboles de Navidad. Este debía tener más de dos metros de alto y uno de ancho, cubierto con luces, bolas, campanillas y pijaditas por el estilo. Bebimos un par de botellas de whisky, hicimos el amor, nos comimos el pavo y bebimos algo más. Faltaba un clavo del soporte y éste no podía sostener el árbol. Yo estaba continuamente poniéndolo derecho. Betty, tumbada en la cama, pasaba de todo. Yo estaba bebiendo en el suelo con mis calzones puestos. Entonces me tumbé. Cerré los ojos. Algo me despertó. Abrí los ojos. Justo a tiempo de ver el enorme árbol cubierto de luces encendidas caer lentamente hacia mí, la estrella de la punta bajando como una daga. No sabía bien qué pasaba. Parecía el fin del mundo. No pude moverme. Las ramas del árbol me envolvieron. Estaba bajo él. Las bombillitas ardían

-¡OH, OH, DIOS MIO, PIEDAD! ¡SEÑOR AYUDAME! ¡CRISTO! ¡CRISTO! ¡SOCORRO!

Las bombillas me estaban quemando. Me eché hacia la izquierda, no pude salir, luego me eché a la derecha.

-¡ARGH!

Finalmente conseguí salir arrastrándome. Betty estaba arriba, de pie.

-¿Qué ha pasado? ¿Qué ocurre?

-¿ES QUE NO LO VES? ¡ESTE CONDENADO ARBOL HA INTENTADO ASESINARME!

-¿Qué?

-¡SI, MIRAME!

Tenia manchas rojas por todo mi cuerpo.

-¡Oh, pobrecito, mi niño!

Me levanté y quité el enchufe. Las luces se apagaron. La cosa estaba muerta.

-¡Oh, mi pobre árboll

-¿Tu pobre- árbol?

-¡Sí, era tan bonito!

-Lo levantaré por la mañana. Ahora no me fío de él. Le voy a dar el resto de la noche libre.

A Betty no le gustó aquello. Me vi venir una discusión, así que levanté la cosa, la apoyé contra una silla y apagué las luces. Si aquella cosa le hubiese quemado las tetas o el culo, la habría tirado por la ventana. Me pareció que yo estaba siendo demasiado amable.

Varios días después de Navidad me pasé a ver a Betty. Estaba sentada en su habitación, borracha, a las 8:45 de la mañana. No tenia muy buen aspecto, pero tampoco yo lo tenia. Parecía como si cada cliente del hotel le hubiera regalado una botella. Había vino, vodka, whisky, escocés, coñac barato. Las botellas llenaban su habitación.

-¡Malditos imbéciles! ¿No saben hacer otra cosa mejor? ¡Si te bebes todo esto te matarál

Betty tan sólo me miró. Lo vi todo en esa mirada.

Tenia dos hijos que nunca venían a verla, nunca la escribían. Era una fregona en un hotel barato. Cuando yo la conocí por primera vez llevaba vestidos caros, sus finos tobillos se ajustaban a lujosos zapatos. Era prieta de carnes, casi hermosa, con unos ojos salvajes. Se reía. Había tenido un marido rico, ella había pedido el divorcio y él habla muerto en un accidente de coche, borracho, ardiendo hasta carbonizarse en Connecticut.

-Nunca conseguirás domeñarla -me dijeron.

Allí estaba ahora. Había tenido cierta ayuda.

-Escucha -le dije-, voy a llevarme todo este alcohol, Entiéndeme, te daré una botella de ves en cuando. No me lo beberé.

-Deja las botellas -dijo Betty. No me miró. Su habitación estaba en el último piso y ella estaba sentada en un sillón junto a la ventana mirando el tráfico mañanero.

Me acerqué a ella.

-Mira, estoy molido. Tengo que irme. ¡Pero por el amor de Dios, ten cuidado con toda esa bebida!

-Claro -dijo ella.

Me incliné y le di un beso de despedida.

Alrededor de una semana y media más tarde volví de nuevo. Nadie respondió a mi llamada.

-¡Betty! ¡Betty! ¿Estás bien?

Moví el pomo. La puerta estaba abierta. La cama estaba revuelta. Había una gran mancha de sangre en la sá. bana.

-¡Oh, mierda! -dije. Miré a mi alrededor. Todas las botellas habían desaparecido.

Apareció en la puerta la dueña del hotel, una señora francesa de mediana edad.

-Está en el Hospital General del Condado. Estaba muy enferma. Llamé anoche a una ambulancia.

-¿Se bebió todo lo que tenía?

-Tuvo alguna ayuda.

Bajé corriendo las escaleras y monté en el coche. Llegué allí. Conocía bien el sitio. Me dijeron el número de la habitación.

Había 3 o 4 camas en una habitación pequeña. Una mujer estaba sentada en la suya en mitad de camino, masticando una manzana y riéndose con dos visitantes femeninas. Aparté la cortina que cubría la cama de Betty, me senté en el borde y me incliné sobre ella.

-iBetty! ¡Betty!

Toqué su brazo.

-¡Bettyl

Sus ojos se abrieron. Eran otra vez hermosos. De un sosegado azul brillante.

-Sabía que tenías que ser tú -dijo.

Entonces cerró los ojos. Sus labios estaban cuarteados. Una baba amarilla se habla secado en la comisura izquierda de su boca. Cogí un pañuelo y se lo limpié. Lavé su cara, cuello y manos. Mojé otro pañuelo y escurrí un poco de agua en su lengua. Luego un poco más. Humedecí sus labios. Le arreglé el pelo. Oía a aquellas mujeres riéndose a través de la cortina que nos separaba.

-Betty, Betty, Betty. Por favor, quiero que bebas un poco de agua, sólo un sorbo de agua, no demasiado, sólo un sorbo.

Ella no respondió. Lo intenté durante diez minutos. Nada.

Le cayó más baba por la boca. Se la limpié.

Entonces me levanté y dejé caer de nuevo la cortina. Miré a las mujeres.

Salí y hablé con la enfermera que estaba sentada en el escritorio.

-¿Oiga, por qué no hacen nada por la mujer de la 45-c? Betty Williams.

-Estamos haciendo todo lo que podemos, señor.

-Pero allí no hay nadie.

-Hacemos nuestras rondas regulares.

-¿Pero dónde están los. doctores? No veo ningún doctor.

-El doctor ya la ha visto, señor.

-¿Por qué la dejan ahí, simplemente tumbada?

-Hemos hecho todo lo posible, señor.

-¡SEÑOR! SEÑOR! ¡SEÑOR! ¡OLVIDESE DE TODA ESA MIERDA DE «SEÑOR»1, ¿EH? Apuesto a que si estuviera ahí el presidente, o el gobernador, o el alcalde, o algún rico hijo de puta, esa habitación estaría llena de

doctores haciendo algo. ¿Por qué la dejan morir como si tal cosa? ¿Cuál es el pecado de ser pobre?

-Ya le he dicho, señor, que hemos hecho TODO lo que hemos podido.

-Volveré dentro de un par de horas.

-¿Es usted su marido?

-Fui algo parecido.

-¿Me puede dar su nombre y número de teléfono?

Se lo di y luego me marché.



10


El funeral era a las 10:30 de la mañana, pero ya hacía calor. Yo llevaba un traje negro de saldo que me había comprado apresuradamente. Era mi primer traje nuevo en mucho tiempo. Había localizado a su-hijo. Fuimos en su Mercedes-Benz nuevo. Había seguido su rastro por medio de un trozo de papel con la dirección de su suegro. Dos conferencias y conseguí encontrarlo. Para cuando llegó, su madre ya había muerto. Murió mientras yo estaba haciendo las llamadas telefónicas. El chico, Larry, siempre había sido un poco raro. Tenía el hábito de robar los coches de los amigos, pero entre los amigos y el juez consiguió no ir a parar ala cárcel. Luego entró en el ejército, allí recibió un programa de educación y al salir encontró un trabajo bien pagado. Fue entonces cuando dejó de ver a su madre, cuando encontró aquel trabajo.

-¿Dónde está tu hermana? -le pregunté.

-No lo sé.

-Este es un buen coche. Ni siquiera se oye el motor. Larry sonrió. Aquello le gustó.

Ibamos 3 personas al funeral: el hijo, él amante y la hija subnormal de la dueña del hotel. Se llamaba Marcia.

Marcia nunca decía nada. Simplemente se quedaba sentada, con una sonrisa inane en sus labios. Su piel era blanca como el esmalte. Tenía una mata de mortecino pelo amarillento y un sombrero que no se le ajustaba. A Marcia la había mandado la dueña del hotel en su lugar. La dueña tenía que vigilar el hotel.

Por supuesto, yo tenía una resaca mortal. Paramos a tomar un café.

Ya había habido problemas con el funeral. Larry tuvo una discusión con el cura católico. Había algunas dudas sobre si Betty era una verdadera católica. Finalmente se decidió hacer medio servicio. Bueno, medio servicio era mejor que nada.

También tuvimos problemas con las flores. Yo había comprado una corona de rosas. En la floristería se pasaron una tarde entera haciéndola. La florista había conocido a Betty. Habían bebido juntas unos años atrás, cuando Betty y yo teníamos la casa y el perro. Se llamaba Delsie. Yo siempre había querido meterme en las bragas de Delsie, pero nunca lo había conseguido.

Delsie me llamó por teléfono.

-¿Hank, qué coño les pasa a esos bastardos?

-¿Qué bastardos?

-Esos de la funeraria.

-¿Qué ha pasado?

-Bueno, envié al chico con la camioneta a dejar tu corona y no le quisieron dejar pasar. Dijeron que estaba cerrado. Sabes, es un camino bien largo hasta allí.

-¿Sí, DeIsie?

-Finalmente permitieron al chico dejar las flores dentro, pero no le dejaron ponerlas en el refrigerador. Así que el chico tuvo que dejarlas en el recibidor. ¿Qué demonios les pasa a esos tipos?

-No lo sé. ¿Qué demonios le pasa a todo el mundo en todas partes?

-No voy a poder ir al funeral. ¿Estás bien, Hank?

-¿Por qué no vienes a consolarme?

-Tendría que llevar a Paul. Paul era su marido.

-Olvídalo. Así que allí íbamos, camino de medio funeral.

Larry levantó la vista de su café.

-Te escribiré más tarde sobre la compra de una lápida. Ahora no tengo dinero.

-Está bien -dije.

Larry pagó los cafés, luego salimos y montamos en el Mercedes Benz.

-Espera un momento -dije.

-¿Qué ocurre? -preguntó Larry.

-Creo que nos hemos olvidado algo. Volví a entrar en el café.

-Marcia. Seguía sentada en la mesa.

-Nos vamos, Marcia. Se levantó y me siguió.

El cura leyó su cosa. Yo no escuché. Allí estaba el ataúd. Lo que había sido Betty estaba ahí dentro. Hacía mucho calor. El sol caía como una cortina amarilla. Una mosca volaba en círculos. A mitad del medio funeral dos tipos con monos de trabajo entraron trayendo mi corona. Las rosas estaban muertas, mustias y fenecidas bajo el calor. La apoyaron contra un árbol cercano. Casi al final del responso, mi corona empezó a inclinarse y cayó boca abajo. Nadie se molestó en levantarla. Entonces finalizó todo. Me acerqué al cura y le estreché la mano.

-Gracias.

El sonrió. Ya había dos sonrisas, la suya y la de Marcia. Por el camino, Larry dijo de nuevo

-Ya te escribiré acerca de la lápida. Todavía estoy esperando esa carta.



11


Subí al 409, me tomé un lingotazo de escocés con agua, cogí algo de dinero de encima de la cómoda y me fui al hipódromo. Llegué a tiempo para la primera carrera pero no jugué porque no había tenido tiempo de estudiar el programa.

Fui al bar a tomar un trago y vi a esta mulata alta que llevaba una vieja gabardina. Realmente iba vestida de pena, pero como yo me sentía de forma parecida, la llamé por su nombre lo suficientemente alto como para que me oyera al pasar:

-Vi, nena.

Ella se paró, luego se acercó.

-Hola, Hank. ¿Cómo estás?

La conocía de la Oficina Central de Correos. Ella trabajaba en otra estafeta, pero parecía más amistosa que la mayoría.

-Estoy un poco deprimido. Es el tercer funeral en 2 años. Primero mi madre, luego mi padre, hoy una vieja amiga.

Ella pidió algo. Yo abrí el programa.

Vamos a ver esta segunda carrera.

Ella se acercó más y apoyó un montón de pierna y pecho contra mi. Habla algo debajo de aquella gabardina. Yo siempre buscaba el caballo con pocos partidarios que pudiera batir al favorito. Si no encontraba ninguno que pudiera batir al favorito, apostaba al favorito.

Había ido al hipódromo después de los otros dos funerales y había ganado. Había algo en los funerales que te hacían ver las cosas mejor. Un funeral diario y seria rico.

El número 6 habla perdido por un cuello con el favorito en una carrera de una milla la última vez que había corrido. El 6 habla sido alcanzado por el favorito después

de llevar dos cuerpos de ventaja durante la recta final. El 6 había estado a 35/1. El favorito a 9/2. Los dos volvían a correr en una carrera de igual clase. El favorito ahora llevaba un kilo de más, de 58 a 59. El 6 seguía llevando 58 kilos, pero le habían dado la monta a un jockey menos popular, y también la distancia era de 1.700, cien metros más. La gente se figuraba que, ya que el favorito había cazado al 6 en una milla, seguramente lo cazaría aún con más facilidad con 100 metros más de recorrido. Eso parecía lógico. Pero las carreras de caballos no se mueven por lógica. Los preparadores a menudo matriculan sus caballos en condiciones aparentemente poco favorables para que el público no los apueste. El truco de la distancia, más el truco de un jockey poco popular, todo apuntaba a una galopada con buenos beneficios. Miré el totalizador. En la línea de la mañana estaba a 5. Ahora había pasado a 7 a 1.

-Es el número 6 -le dije a Vi.

-No, ese caballo es de los que se desinflan -dijo ella.

-Ya -dije yo, y me fui a ponerle 10 pavos a ganador al 6.

El 6 cogió la punta al salir de los cajones, fue marcando el paso en la recta de enfrente y entonces con un fácil esfuerzo sacó un cuerpo y medio de ventaja. Los demás le seguían. Se figuraban que el 6 cogería al mismo ritmo la curva y luego apretaría al entrar en la recta, entonces ellos irían a por él. Esa era la forma habitual de proceder. Pero el preparador le había dado al chico instrucciones diferentes. En mitad de la curva el chico aflojó las riendas y el caballo salió disparado hacia delante. Antes de que los otros jockeys pudieran reaccionar, el 6 les sacaba 4 cuerpos de ventaja. Al entrar en la recta el chico le dio un pequeño respiro, miró atrás y luego volvió a arrearle. Estaba saliendo bien. Entonces el favorito a 9/5 salió del paquete de atrás, y el hijo de puta se movía de verdad. Estaba tragándose los cuerpos de ventaja con facilidad. Parecía que iba a llegar a alcanzar a mi caballo. El favorito era el número 2. A mitad de la recta, el 2 estaba a medio cuerpo del 6, entonces el chico del 6 empezó a darle al látigo. El jockey del favorito había venido ya dándole al látigo. Siguieron durante el resto de la recta de igual forma, con ese medio cuerpo de diferencia, y así es como llegaron a la meta. Miré el totalizador. Mi caballo había subido a 8 a 1.

Volvimos al bar.

-La carrera no la ha ganado el mejor -dijo Vi.

-A mí no me importa cuál sea el mejor. Sólo me interesa el que llegue primero. Pide lo que quieras.

Pedimos.

-Está bien, chico listo. A ver si aciertas el siguiente.

-En seguida te lo digo, nena. Después de los funerales soy un demonio.

Apoyó aquella pierna y sus pechos contra mí. Tomé un sorbo de escocés y abrí el programa por la tercera carrera.

Eché un vistazo. Aquel día iban a cargarse a la gente. Acababa de ganar el caballo de estirón temprano, así que ahora el público estaba predispuesto a los caballos de salida rápida más que a los rematadores. La gente sólo puede guardar una carrera en su memoria. En parte es por culpa de los 25 minutos de espera entre carrera y carrera. Sólo pueden pensar en lo que acaba de ocurrir.

La tercera carrera era de 1.200 metros. Ahora el caballo veloz, el de salida rápida, era el favorito. Había perdido su última carrera por corta cabeza en 1.400 metros, manteniendo el primer puesto durante todo el recorrido hasta el último tranco, donde le habían cazado. El caballo n .o 8 era el que andaba más cerca de él. Había estado 3 °, a cuerpo y medio del favorito, acortando gran distancia en el remate final. La gente se figuraba que si el 8 no había alcanzado al favorito en 1.400 metros, cómo coño iba a cazarlo con 200 metros menos de carrera. La gente siempre volvía a sus casas sin un pavo. El caballo que había ganado la carrera de 1.400 metros no corría hoy.

-Es el número 8 -le dije a Vi.

-La distancia es demasiado corta. Nunca lo conseguirá -dijo Vi

El 8 había subido de 6 a 9 a 1.

Cobré lo de la carrera anterior y puse diez pavos a ganador al 8. Si apuestas demasiado fuerte, tu caballo pierde. O cambias de idea y apuestas a otro. Diez a ganador era una buena y cómoda apuesta.

El favorito tenia buena pinta. Salió de los cajones primero, cogió la cuerda y sacó dos cuerpos de ventaja. El 8 corría abierto, siguiente al último, acercándose gradualmente a la cuerda. El favorito todavía prometía bastante al entrar en la recta. El chico empezó a bracear al 8, que ahora iba el quinto, y le hizo probar el látigo. Entonces el favorito empezó a flojear, pero todavía llevaba dos cuerpos de ventaja en mitad de la recta. En ese momento el 8 se disparó, volando como el viento, y ganó por dos cuerpos y medio cíe ventaja. Miré el totalizador. Seguía 9 a 1.

Volvimos al bar. Vi apoyó de veras su cuerpo sobre mí.

Gané 3 de las 5 carreras restantes. Por aquel entonces sólo se corrían 8 carreras en vez de 9. De cualquier forma, con 8 carreras fue suficiente aquel día. Compré un par de cigarros puros y montamos en mi coche. Vi había venido en autobús. Paré para comprar una botella y luego fuimos a mi casa.



12


Vi echó un vistazo a su alrededor.

-¿Qué hace un tío como tú viviendo en un sitio como

éste?

-Eso es lo que todas las chicas me preguntan.

-Es lo que se dice una ratonera.

-Me hace seguir siendo modesto.

-Vamos a mi casa.

-De acuerdo.

Subimos en mi coche y me dijo dónde vivía. Paramos a comprar un par de grandes filetes, vegetales, artículos para ensalada, patatas, pan, más bebida.

En la entrada de su edificio de apartamentos había un cartel:

ESTA PROHIBIDO HACER RUIDO 0 PROVOCAR ALTERCADOS DE CUALQUIER CLASE.

LOS TELEVISORES HAN DE ESTAR APAGADOS A LAS 10 DE LA NOCHE.

AQUI VIVE GENTE QUE TRABAJA.

Era un cartel grande escrito con pintura roja.

-Me gusta el pasaje que trata de los televisores -dije yo.

Cogimos cl ascensor. Tenía un apartamento bonito. Entré las bolsas en la cocina, encontré dos vasos y serví dos whiskys.

-Ve sacando las cosas. Ahora vuelvo.

Saqué las cosas, las puse en el fregadero. Me tomé otra copa. Vi volvió. Iba toda vestida. Pendientes, zapatos de tacón, falda corta. Tenia buena pinta. Algo fea de cara, pero con un buen culo, muslos y tetas. Ideal para un polvo salvaje.

-Hola -dije yo-, soy un amigo de Vi. Dijo que volvería ahora. ¿Quieres una copa?

Ella se rió, entonces agarré aquel cuerpazo y la besé. Sus labios estaban fríos como diamantes, pero sabían bien.

-¡Estoy hambrienta -dijo-, déjame cocinar!

-Yo también estoy hambriento. ¡Te comeré a ti!

Ella se rió. Le di un beso corto, agarrándola del culo, luego me fui al salón con mi copa, me senté, estiré las piernas y suspiré.

Podría quedarme aquí, pensé, ganaría dinero en el hipódromo mientras ella me cuidaba, ayudándome a pasar los malos momentos, dándome masajes con aceite en el cuerpo, cocinándome, hablándome, acostándose conmigo. Por supuesto, siempre habría alguna pelea que otra. Así es la naturaleza de la mujer: les gusta el intercambio de trapos sucios, una pizca de chillidos, una pizca de drama. Luego un intercambio de juramentos. Yo no era muy bueno en el intercambio de juramentos.

Estaba ya algo colocado con el whisky. En mi mente, ya me había mudado allí.

Vi tenia todo en marcha. Salió con su copa y se sentó en mí regazo, me besó, metiéndome la lengua en la boca. Mi'polla se puso como una roca frente a su firme trasero. Agarré un puñado de nalga. Apreté.

-Quiero enseñarte algo -dijo ella.

-Ya lo sé, pero vamos a esperar a después de cenar.

-¡Oh, no me refiero a eso!

Me incliné hacia ella y le di una ración de lengua.

Vi se apartó levantándose.

-No, quiero enseñarte una foto de mi hija. Está en Detroit con mi madre, pero va a venir dentro de nada para ingresar en el colegio.

-¿Cuántos años tiene?

-6.

-¿Y el padre?

-Me divorcié de Roy. El hijo de puta no era bueno. Todo lo que hacia era beber y jugar a los caballos.

-¿Ah, sí?

Salió con la foto y me la puso en la mano. Eché una mirada. El fondo era muy oscuro, todo se veía negro.

-¡Oye, Vi, es realmente negra! ¿Por Dios, no tienes el suficiente sentido como para tomarle la foto con un fondo más claro?

-Es de su padre. Los genes negros dominan.

-Ya, ya lo veo.

-La foto la hizo mi madre.

-Estoy seguro de que tu hija es un encanto.

-Si, verdaderamente es un encanto.

Vi volvió a dejar la foto y entró en la cocina.

¡La eterna foto! Las mujeres con sus fotos. Era lo mismo una y otra y otra vez. Vi se asomó por la puerta de la cocina.

-¡No bebas muchol ¡Ya sabes lo que tenemos que hacer!

-No te preocupes, nena, tendré algo para ti. Mientras tanto, ¡tráeme una copal He tenido un día duro. Mitad de escocés y mitad de agua.

-Sírvetela tú mismo, fanfarrón.

Di la vuelta a mi sillón y encendí la televisión.

-Si quieres otro buen día en el hipódromo, macuca, mejor que le traigas al señor Fanfarrón una copa. ¡Y ahora mismo¡

Vi había acabado finalmente apostando a mi caballo en la última carrera. Era un bicho a 5 a 1 que no había hecho una carrera decente en 2 años. Yo aposté simplemente porque estaba a 5 a 1 cuando debería haber estado a 20. El caballo había ganado fácilmente por seis cuerpos. El cabrón era un fijo de cabeza a rabo, lo habían estado sujetando en las carreras anteriores.

Levanté la mirada y allí había una mano con una copa extendiéndose por encima de mi hombro.

-Gracias, nena.

-Sí, Bwana -se rió ella.



13


En la cama, tenia Algo frente a mi, pero no podía hacer nada con ello. Bregaba y bregaba y bregaba. VI era muy paciente. Seguí esforzándome y deudo sacudidas, pero había bebido demasiado,

-Lo siento, nena -dije, y me eché a un lado, Empaco a dormirme.

Entonces algo me despertó. Era Vi. 3e me había montado encima y estaba dándome una cabalgada.

-¡Sigue, nena, sigue! -le dije,

Arqueaba mi espalda hacia atrás de vez en cuando. Ella me miraba con ojillos voraces. ¡Estaba siendo violado por una alta hechicera mulata¡ Por un momento, me sentí excitado.

`Entonces le dije:

-Mierda. Déjalo, nena. Ha sido un día muy duro. Ya habrá mejor ocasión.

Ella se bajó. La cosa se fue abajo como un ascensor express.



14


Por la mañana la oí andar. Se movía de un lado a otro sin parar.

Eran alrededor de las 10:30 de la mañana. Me sentía mal. No quería mirarla. 15 minutos más, entonces me levantarla.

Ella me sacudió:

-¡Oye, tienes que irte antes de que aparezca mi amiga

-¿Qué pasa? Me la tiraré también.

-Ya -se rió ella-, ya.

Me levanté. Tosí, gangajeé. Lentamente, me puse mi ropa.

--Me haces sentirme como un trapo -le dije-. ¡No puedo ser tan malo! Alguna cosa buena ha de haber en mí.

Acabé de vestirme. Fui al baño y me eché algo de agua en la cara, tepe peiné. Si sólo pudiera peinarme la cara, pensé, pero no puedo.

Salí.

-Vi

-¿Sí?

-No te mosquees demasiado. No fuiste tú. Fue la priva. Ya me ha pasado otras veces.

-De acuerdo, entonces no bebas tanto. A ninguna mujer le gusta quedar segunda ante una botella.

-¿Por qué no me apuestas a colocado, entonces?

-¡Oh, para ya!

-¿Oye, necesitas algo de dinero, nena?

Abrí mi cartera y saqué uno de veinte. Se lo di.

-¡Vaya, erés un encanto!

Su mano acarició mi mejilla, me dio un beso cariñoso en la comisura de la boca.

-Conduce con cuidado.

-Claro, nena.

Conduje con cuidado todo el camino hasta el hipódromo.



15


Me tenían en la oficina del consejero en una de las salas tragarais del segundo piso.

-Déjeme ver qué tal aspecto tiene, Chinaski.

Me miró:

-¡Agh! Qué mala pinta tiene. Mejor me tomo una píldora.

En efecto, abrió un bote y se tomó una.

-Está bien, señor Chinaski, nos gustaría saber dónde ha estado usted estos dos días.

-Doliéndome afligido.

-¿Doliéndose? ¿Doliéndose por qué?

-Por un funeral. Una vieja amiga. Un día para empaquetarla en el féretro. Otro día de luto.

-Pero no ha telefoneado, señor Chinaski.

-Ya.

-Y quiero decirle algo, Chinaski, a titulo personal.

-Vale.

-Cuando usted no telefonea, ¿sabe lo que está diciendo?

-No.

-Señor Chinaski, está diciendo: "Que se joda la Oficina de Correos".

-¿Sí?

-Sí, señor Chinaski, ¿sabe lo que eso significa?

-No. ¿Qué significa?

-Eso significa, señor Chinaski, ¡que la Oficina de Correos le va a joder a usted!

Entonces se inclinó hacia atrás y me miró.

-Señor Feathers -le dije-, por mi puede usted irse al carajo.

-No te pongas gallito, Henry. Te puedo joder bien.

-Por favor, diríjase a mí por mi apellido, señor. Sólo exijo de usted un poco de respeto.

-Me pides respeto, pero tú...

-De acuerdo. Sabemos donde aparca usted, señor Feathers.

-¿Qué? ¿Es eso una amenaza?

-Los negros de aquí me adoran. Los tengo camelados.

-¿Que los negros te adoran?

-Me dan agua. Hasta me jodo a sus mujeres. O al menos lo intento.

-Está bien. Esto se está yendo de mano. Repórtese en su puesto de trabajo.

Me entregó mi volante. Estaba preocupado, el pobre desgraciado. Yo no me había camelado a los negros. No me había camelado a nadie más que a Feathers. Pero no se le podía culpar por preocuparse. Un supervisor había sido arrojado por las escaleras. A otro le habían metido la navaja en el culo. Otro había sido acuchillado en la tripa mientras esperaba en el pasillo la señal del turno de las 3 de la mañana. Justo en la misma Oficina Central. No volvimos a verle jamás.

Al poco de hablar yo con él, Feathers se fue de la Oficina Central. No sé exactamente adónde, pero desde luego lejos de la Oficina Central.



16


Una mañana, hacia las 10 sonó el teléfono.

-¿Señor Chinaski?

Reconocí la voz y empecé a acariciarme los cojones.

-Ummmmmh -dije.

Era la señorita Graves, aquella perra.

-¿Estaba usted dormido?

-Sí, sí, señorita Graves, pero siga. Está bien, está bien. -Bueno, su asunto ha quedado aclarado.

-Ummmh, ummmh.

-Así que se lo hemos notificado al departamento de esquemas.

-Ummhmmh.

-Tiene usted que hacer su CP1 de aquí a dos semanas.

-¿Qué? Eh, espere un momento...

-Eso es todo, señor Chinaski. Buenos días.

Colgó.



17


Bueno, cogí el plano de esquemas y lo relacionaba todo con historias de sexo y edad. Este tío vivía en una casa con tres mujeres. Azotaba a una (su nombre era el nombre d@ la calle y su edad el número por donde se cortaba); ro comía a otra (lo mismo), y simplemente se jodía a la tete cera (lo mismo). Luego estaban todos estos maricas y ~ de ellos (su nombre era Avenida Manfred) tenía 33 años..., etc., etc., etc.

Estoy seguro de que no me hubieran dejado entrar en aquella cabina de cristal si hubieran sabido lo que pensaba mientras miraba todas aquellas cartas. Todas me parecían como viejas amigas.

Aun así, me hice un lío con algunas de mis orgías. IR¡@@ 94 ala primera vez.

Diez días más tarde, cuando volví, sabía 14 que haría cada uno con quién.

Conseguí el 100 por cien en 5 minutos.

Y recibí una carta de felicitación del Director General de Correos de la ciudad.



18


Poco después de eso me hice regular y eso me supuso un horario de 8 horas por noche, que era bastante diferente a 12, y además vacaciones con paga. De las 150 o 200 que habíamos entrado, sólo quedábamos dos.

Entonces conocí en la estafeta a David Janko. Era un joven blanco de veintipocos años. Cometí el error de mencionarle algo sobre música clásica. Yo solía refugiarme en la música clásica porque era la única casa que podía escuchar mientras bebía cerveza en la cama por la mañana temprano. Si la escuchas mañana tras mañana te haces capaz de recordar cosas. Y cuando Joyce se divorció de mí, yo me había guardado por error dos volúmenes de Las vidas de los compositores clásicos y modernos en una de mis maletas. La mayoría de las vidas de estos hombres habían sido tan tortuosas y sufridas que yo disfrutaba leyendo sobre ellas, pensando, bueno, yo también estoy en el infierno y ni siquiera puedo escribir música.

Pero tuve que abrir la boca. Janko y otro tío estaban discutiendo y yo acabé con la discusión diciéndoles la fecha de nacimiento de Beethoven, cuándo había compuesto la Tercera Sinfonía y una idea generalizada (en tanto que confusa) sobre lo que los críticos opinaban de esta sinfonía.

Era demasiado para Janko. Inmediatamente me tomó equivocadamente por una persona instruida. Se sentaba en el taburete de al lado y empezaba a quejarse y a gimotear, noche tras noche, a cuál más larga, sobre la miseria que carcomía profundamente su atormentada alma. Tenia una voz terriblemente chillona y quería que todo el mundo le oyese. Yo distribuía las cartas y escuchaba, escuchaba, escuchaba, pensando: ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo conseguir que este hijo de puta chiflado se calle?

Me iba todas las noches a casa mareado y enfermo. Me estaba matando con el sonido de su voz.



19


Yo empezaba a las 6:18 de la tarde y Dave Janko no empezaba hasta las 10:36, así que podía haber sido peor. Como tenía a las 10:06 un descanso de media hora para cenar, volvía a mi puesto normalmente en el momento en que él entraba. Entraba directamente buscando un taburete a mi lado. Janko, además de dárselas de mente elevada, se las daba de gran conquistador. Según él, era asaltado en los portales por hermosas jóvenes, que le seguían por las calles. No le dejaban descansar, al pobre. Pero yo nunca le vi hablar con una sola mujer en el trabajo. Ellas tampoco le hablaban.

Llegaba:

-¡EH, HANK! ¡VAYA MAMADA QUE ME HAN HECHO HOY!

No hablaba, aullaba. Aullaba toda la noche.

-¡CRISTO, SE ME HA COMIDO ENTERO! ¡Y ERA JOVEN! ¡PERO ERA REALMENTE UNA PROFESIONAL!

Yo encendía un cigarrillo.

Entonces tenia que oír toda la historia sobre cómo se habían conocido.

- TUVE QUE SALIR A COMPRAR UN POCO DE PAN, ¿SABES?

Entonces, desde el primer al último detalle de lo que ella había dicho, lo que él había dicho, lo que habían hecho, etc.

Por aquella época salió una ley que obligaba a la Oficina de Correos a pagar a los empleados auxiliares el tiempo que trabajaban más la mitad. Por lo tanto, la Oficina de Correos nos cargaba esa mitad más de tiempo a los empleados regulares.

Ocho o diez minutos antes de acabar mi jornada, a las 2:48, aparecía un mensajero

-¡Atención por favor! ¡Todos los empleados regulares que hayan entrado a las 6:18 de la tarde tienen que trabajar una hora extra!

Janko sonreía, se inclinaba y vertía algo más de su ponzoña sobre mi.

Entonces, 8 minutos antes de que acabara mi novena hora, el mensajero entraba de nuevo.

-¡Atención, por favor! ¡Todos los regulares que hayan entrado a las 6:18 de la tarde han de trabajar dos horas extra!

Entonces, 8 minutos antes de que acabara mi décima hora:

-¡Atención por favor! ¡Todos los empleados regulares que hayan entrado a las 6:18 de la tarde han de trabajar 3 horas extra!

Mientras tanto, Janko no paraba ni un momento.

-ESTABA SENTADO EN ESTE DRUGSTORE, SABES, Y ENTONCES ENTRARON DOS SEÑORAS CON CLASE. SE ME SENTO UNA A CADA LADO...

El chico me estaba asesinando, pero yo no conseguía encontrar manera de escapar. Recordaba todos los empleos en que había trabajado. Siempre se me habían pegado los chiflados. Yo les gustaba.

Entonces Janko me enseñó su novela. No sabía escribir a máquina y había hecho que se la mecanografiara un profesional. Estaba encuadernada con unas lujosas cubiertas de cuero negro. El titulo era muy romántico.

-LEELA Y DIME QUE TE PARECE -me dijo.

-Ya -dije.



20


Me la llevé a casa, me metí en la cama, abrí una cerveza y empecé.

Empezaba bien. Hablaba sobre las penurias que había pasado Janko viviendo en míseras habitaciones, muriéndose de hambre mientras trataba de conseguir un trabajo. Tenia problemas con las agencias de empleo. Y había un tío al que conocía en un bar, parecía un tío muy instruido, que no hacía más que pedirle dinero prestado que nunca le devolvía.

Era escritura honesta.

Quizás he menospreciado a este hombre, pensé.

Tenía esperanzas por él mientras leía. Pero entonces la novela se derrumbó. Por alguna razón, en el momento en que empezaba a escribir sobre la Oficina de Correos, la cosa perdía realidad.

La novela iba cada vez a peor. Acababa con él asistiendo a la ópera. Llegaba el descanso. Dejaba su asiento para alejarse de la estúpida y tosca muchedumbre. Bueno, en eso me tenía de su parte. Entonces, rodeando una columna, ocurría. Ocurría muy rápidamente. Se topaba de bruces con esta culta, exquisita, hermosura. Casi la tiraba al suelo.

El diálogo seguía de este modo:

-¡Oh, lo siento muchísimo!

-No pasa nada...

-Yo no quería... ya sabe... le pido perdón...

-¡Oh, no pasa nada, se lo aseguro!

-Pero me refiero a que, no la he visto... yo no pretendía...

-Está bien. No pasa nada...

El diálogo del encontronazo se extendía durante página y media.

El pobrecillo estaba verdaderamente chiflado.

La cosa se resumía de esta manera: aunque ella iba paseando sola entre las columnas, bueno, la verdad es que estaba casada con un doctor, pero el doctor no entendía de ópera, y por eso, no le importaban tres pepinos cosas como el Bolero de Ravel, ni tan siquiera El sombrero de tres picos de Falla. Yo ahí estaba de parte del doctor:

Del encontronazo de estas dos almas sensibles, algo se formaba. Se veían en los conciertos y después echaban uno rápido (esto era sugerido más que relatado, ya que ambos eran demasiado delicados para joder simplemente).

Bueno, se acababa. La pobre hermosa criatura amaba a su marido y amaba al héroe (Janko). No sabía qué hacer, así que, por supuesto, se suicidaba. Dejaba a los dos, el doctor y Janko, meditando solos en sus cuartos de baño.

Le dije al chico:

-Empieza bien, pero tienes que quitar ese diálogo del encontronazoal-doblar-la-columna. Es muy malo...

-¡NO! -dijo él-. ¡NO QUITO NI UNA PALABRA!

Siguieron los meses y la novela volvía cada dos por tres a la conversación.

-¡CRISTO! -decía él-. ¡NO PUEDO IRME A NUEVA YORK A LAMER EL CULO A LOS EDITORES!

-Mira, chico, ¿por qué no dejas este trabajo? Enciérrate en una habitación a escribir. Haz tu vida.

-UN TIO COMO TU PUEDE HACERLO -decía-, PORQUE TIENES PINTA DE MUERTO DE HAMBRE. LA GENTE TE CONTRATARA PORQUE PENSARAN QUE NO PUEDES CONSEGUIR OTRO TRABAJO Y QUE NO TE IRAS. PERO A MI NO ME CONTRATAN PORQUE ME MIRAN Y VEN LO INTELIGENTE QUE SOY Y PIENSAN, BUENO, UN HOMBRE INTELIGENTE COMO ESTE NO SE QUEDARA MUCHO TIEMPO CON NOSOTROS, ASI QUE NO TIENE SENTIDO QUE LO CONTRATEMOS.

-Sigo diciendo lo mismo, enciérrate en una habitación y escribe.

-¡PERO NECESITO COMER!

-Menos mal que otros no pensaron lo mismo. Menos mal que Van Gogh no pensaba así.

-¡A VAN GOGH LE COMPRABA LAS PINTURAS SU HERMANO! -me dijo.

ENLACE " CAPITULO IV "

1 comentario:

Leo Sánchez dijo...

Hola.
Gracias por subir la novela. Hasta ahora me ha gustado. Suerte!