jueves, 29 de julio de 2010

CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 3

Una mañana, unos cuantos días después, entré en el patio de la casa de Lydia al mismo tiempo que ella venía por el callejón de ver a una amiga, Tina, que vivía en una casa de apartamentos en la esquina. Parecía eléctrica aquella mañana, muy parecida a la vez que vino a verme con la naranja.
—¡Ooooh! —dijo—. ¡Llevas una camisa nueva!
Era cierto. Me había comprado la camisa pensando en ella, en verla a ella. Sabía
que ella lo sabía y se estaba burlando de mí, pero no me importaba.
Lydia abrió la puerta y entramos. El barro estaba en el centro de la mesa de la
cocina cubierto con un paño húmedo. Quitó el paño.
—¿Qué te parece?

No faltaba nada. Las cicatrices estaban allí, la nariz de alcohólico, la boca de mono, los ojos estrechados hasta parecer rendijas, y tenía la boba y complacida sonrisa de un hombre feliz, ridículo, disfrutando de su suerte y preguntándose el porqué. Ella tenía 30 años y yo más de 50. Me daba igual.

—Sí —dije—, me has dejado clavado. Me gusta. Pero parece que está ya casi terminado. Creo que me va a dar pena cuando esté acabado. Han sido unas cuantas mañanas y tardes cojonudas.

—¿Te ha quitado horas de trabajo?
—No, yo sólo escribo cuando se hace de noche. No puedo escribir a la luz del día.
Lydia levantó su espátula y me miró.
—No te preocupes. Todavía me queda mucho por hacer. Quiero conseguir la
expresión perfecta.
Al primer descanso sacó una botella de whisky del refrigerador.
—Ah —dije yo.
—¿Cuánto quieres? —me preguntó enseñándome un largo vaso.

—Mitad y mitad.
Sirvió la bebida y yo me la eché al coleto.
—Ya he oído hablar de ti —dijo ella.
—¿El qué?
—De cómo echas a patadas a la gente fuera de tu casa. Que pegas a tus mujeres.
—¿Que pego a mis mujeres?
—Sí, me lo han contado.

Abracé a Lydia y nos dimos el beso más largo de nuestra vida. La sostuve contra el fregadero y empecé a frotar mi polla contra su vientre. Me apartó de un empujón pero la volví a coger en mitad de la cocina.

Su mano buscó la mía y la guió hacia el interior de sus pantalones, por dentro de sus bragas. Uno de mis dedos tocó el borde superior del coño. Estaba húmeda. Mientras continuaba besándola, le trabajé la raja con el dedo. Entonces saqué la mano, me aparté, cogí la botella y me serví otro trago. Me senté junto a la mesa y Lydia se puso en el otro lado y me miró. Luego comenzó de nuevo a trabajar con el barro. Me bebí con calma mi whisky.—Mira —dije—, sé cuál es tu tragedia.

—¿Qué?
—Sé cuál es tu tragedia.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno —dije—, olvídalo.
—Quiero saberlo.
—No quiero herir tus sentimientos.
—Quiero saber de qué hostias estás hablando.
—De acuerdo, si me pones otro trago te lo diré.
—Muy bien.
Lydia cogió mi vaso vacío y me sirvió medio whisky con agua. Lo bebí otra vez

con lentitud.
—¿Y bien? —preguntó ella.
—Demonios, ya sabes.
—¿Qué sé?
—Tienes el chocho grande.
—¿Qué?
—Ocurre con frecuencia. Tú has tenido dos niños.

Lydia se sentó en silencio, trabajando con el barro. Entonces dejó a un lado su herramienta. Se fue hasta la esquina de la cocina, junto a la puerta trasera. La vi inclinarse y quitarse las botas. Luego se bajó los pantalones y las bragas. Su coño estaba allí, mirándome directamente.
—Muy bien, hijo de puta —dijo—. Te voy a demostrar que estás equivocado.

Me quité los zapatos, pantalones y calzones. Me puse de rodillas en el suelo de linóleo y luego encima de ella, abrazándola. Empecé a besarla. Se me empalmó rápidamente y pude sentir cómo la penetraba.
Comencé a sacudir... uno, dos, tres...
Entonces se oyó un golpe en la puerta delantera. Era una llamada de niño —puños
pequeños, frenéticos, persistentes. Lydia me apartó rápidamente de un empujón.
—¡EsLisa! ¡Hoy no iba a la escuela! ¡Ha estado en...! —se levantó de un salto y
empezó a vestirse.
—¡Vístete! —me dijo.
Me puse la ropa tan rápido como pude. Lydia fue hasta la puerta y allí estaba su
hijita de cinco años:
—¡MAMA! ¡MAMA! ¡Me he cortado en un dedo!
Salí al recibidor. Lydia tenía a Lisa en su regazo.
—Ooooh, deja queMa m ita te lo vea. Ooooh, deja queMa mita te bese el dedo. Tu
Mami te lo curará.
—¡MAMI, me duele!
Miré el corte, era casi invisible.
—Oye —le dije finalmente a Lydia—, te veré mañana.
—Lo siento —dijo ella.
—Ya lo sé.

Lisa me miró, no paraban de caerle lágrimas.
—Lisa no dejaría que le ocurriese nadama lo a su Mamá —dijo Lydia.
Abrí la puerta, salí, la cerré y me dirigí hacia mi Mercury Comet de 1962.

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1 comentario:

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