miércoles, 4 de agosto de 2010

CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 7

Empezamos a descender sobre Kansas City, el piloto dijo que la temperatura era de cinco grados y allí estaba yo con mi ligera chaqueta deportiva y mi camisa californiana, pantalones veraniegos, calcetines de nylon y zapatos agujereados. Cuando aterrizamos y bajamos por la escalerilla todo el mundo estaba poniéndose abrigos, guantes, gorros y bufandas. Dejé que fueran primero y luego bajé yo. Allí estaba Frenchy apoyado contra una pared esperándome. Frenchy era profesor de arte dramático y coleccionaba libros, sobre todo míos.

—¡Bienvenido a Kansas Shitty,* Chinaski! —dijo, y me pasó una botella de tequila. Me tomé un buen trago y le seguí hasta el aparcamiento. No llevaba equipaje, sólo un portafolio lleno de poemas. El coche estaba calentito y era cómodo. Nos pasamos la botella.
La carretera estaba cubierta de hielo.
—No todo el mundo puede conducir por este jodido hielo —dijo Frenchy—. Tienes
que saber bien por dónde te andas.
Abrí el portafolio y empecé a leerle a Frenchy un poema de amor que Lydia me
había dado en el aeropuerto:
«...tu púrpura polla curva como una...»
«...cuando aprieto tus granos, balas de pus como esperma...»
—¡Oh MIERDA! —gritó Frenchy. El coche empezó a girar. Frenchy le daba
vueltas al volante.
—Frenchy —le dije, cogiendo la botella de tequila y echando un trago— no hay
nada que hacer.
Salimos en trompo de la carretera y caímos en una profunda cuneta que dividía la
autopista. Le pasé la botella.

Salimos del coche y trepamos por la cuneta. Hicimos dedo a los coches que pasaban, ofreciéndoles lo que quedaba de la botella. Finalmente paró un coche. Un tipo de veintitantos años, borracho, estaba al volante.

—¿Dddóndevais tíos?
—A un recital poético —dijo Frenchy.
—¿Un recital poético?
—Sí, en la universidad.
—Vale, subbid.
Era un vendedor de licores. El asiento trasero estaba repleto de cajas de cerveza.
—Coged una cerveza —dijo—, y pasadme una a mí.

Nos llevó hasta allí. Llegamos atravesando el campus y aparcamos en mitad del césped frente al auditorio. Sólo llevábamos quince minutos de retraso. Salí del coche, vomité y luego los tres entramos juntos. Habíamos parado a por una botella de vodka para entonarme en la lectura.
Leí durante unos veinte minutos, entonces dejé los poemas.
—Esta mierda me aburre —dije—, vamos a hablar cara a cara.

Acabé insultando a gritos al público mientras ellos me gritaban cosas a mí. No era un mal público. Ellos lo estaban haciendo gratis. Después de unos treinta minutos, dos profesores me sacaron de allí.
—Tenemos una habitación para usted, Chinaski —dijo uno de ellos—, en el dormitorio de mujeres.
—¿En el dormitorio de mujeres?
—Sí, una habitación muy bonita.

...Era verdad. En la tercera planta. Uno de los profesores había traído una botella de whisky. El otro me dio un cheque por la lectura, más el billete de avión y nos sentamos y hablamos y nos bebimos el whisky. Acabé fuera de combate. Cuando volví en mí todo el mundo se había ido y todavía quedaba la mitad de la botella. Me senté, bebiendo y pensando. Eh, tú eres Chinaski, el legendario Chinaski. Tienes una imagen. Ahora estás en el dormitorio de mujeres. Aquí hay cientos de mujeres,cien to s de ellas.
Sólo tenía puestos mis calzoncillos y los calcetines. Salí al pasillo y me acerqué a la
primera puerta que vi. Llamé.
—¡Eh, soy Henry Chinaski, el inmortal escritor! ¡Abridme! ¡Quiero enseñaros
algo!
Oí a las chicas soltando risitas.
—Muy bien, a ver —dije—. ¿Cuántas sois? ¿Dos? ¿Tres? No importa. ¡Puedo con
tres! ¡No hay problema! ¿Me oís? ¡Abridme! ¡Tengo aquí esta cosa ENORME y púrpura!

¡Escuchad, voy a golpear la puerta con ella!
Golpeé con el puño la puerta. Ellas seguían con sus risitas.
—¿Así que no queréis dejar entrar a Chinaski, eh? ¡Bueno, pues OS JODEIS!
Probé en la siguiente puerta.
—¡Eh, nenas, soy el mejor poeta de los últimos dieciocho siglos! ¡Abrid la puerta!
¡Quiero enseñaros una cosa! ¡Dulce carnaza para vuestros labios vaginales!
Probé en la siguiente puerta.

Probé en todas las puertas de aquel piso y luego bajé por las escaleras y probé en todas las puertas del segundo piso y luego todas las puertas del primero. Llevaba el whisky conmigo y me estaba cansando. Parecía que hubieran pasado horas desde que había dejado mi habitación. Iba bebiendo mientras andaba de un lado a otro. No hubo suerte.

Me había olvidado de dónde estaba mi habitación, en qué piso estaba. Todo lo que quería en esos momentos era volver a mi habitación. Probé de nuevo en todas las puertas, esta vez silenciosamente, muy consciente de mis calzones y calcetines. No hubo suerte. «Los más grandes hombres son los más solitarios.»

De vuelta en el tercer piso, uno de los picaportes respondió y la puerta se abrió. Allí estaba mi portafolio con los poemas... los vasos vacíos, los ceniceros llenos de colillas... mis pantalones, mi camisa, mis zapatos, mi chaqueta. Era una visión maravillosa. Cerré la puerta, me senté en la cama y acabé la botella de whisky que me había acompañado durante todo mi peregrinaje.

Me desperté. Era ya de día. Estaba en un sitio extraño, limpio, con dos camas, cortinas, televisión, baño. Parecía una habitación de motel. Me levanté y abrí la puerta. Había nieve y hielo. Cerré la puerta y miré a mi alrededor. Era inexplicable. No tenía la menor idea de dónde estaba. Tenía una depresión y una resaca terribles. Cogí el teléfono e hice una llamada de larga distancia a Los Ángeles para hablar con Lydia.
—¡Nena, no sé dónde estoy!

—¿No habías ido a Kansas City?
—Lo hice. Pero ahora no sé dónde estoy ¿entiendes? ¡He abierto la puerta y no hay
nada más que carreteras heladas, hielo, nieve!
—¿Dónde estabas hospedado?
—La última cosa que recuerdo es que tenía una habitación en el dormitorio de
mujeres.
—Bueno, lo más probable es que hicieras alguna de tus gilipolleces y te hayan
trasladado a un motel. No te preocupes. Aparecerá alguien que se haga cargo de ti.
—Cristo, ¿no te importa nada mi situación?
—Tú te lo buscas con tus gilipolleces. Tú generalmente siempre haces el gilipollas
de una forma impecable.
—¿Qué quieres decir con «generalmente siempre»?
—No eres más que un asqueroso borracho. Date una ducha caliente.
Colgó.
Me fui hasta la cama y me tumbé. Era una habitación de motel muy agradable, pero
le faltaba carácter. La cagaría si me diera una ducha. Pensé en poner la televisión.
Al final me quedé dormido.
Alguien llamó a la puerta. Dos relucientes universitarios estaban allí, listos para
llevarme al aeropuerto. Me senté en el borde de la cama calzándome los zapatos.
—¿Nos da tiempo de tomar un par de copas en el aeropuerto antes del vuelo? —

pregunté.
—Claro, señor Chinaski —dijo uno de ellos—, lo que usted quiera.
—Muy bien —dije—, entonces vámonos echando hostias.

ENLACE " CAPITULO 8 "

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Esta interesante

alexandra fraccascia dijo...

Interesante....