jueves, 5 de agosto de 2010

CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 8

Volví, le hice el amor a Lydia unas cuantas veces, nos peleamos y salí una mañana del aeropuerto internacional de Los Ángeles para dar una lectura en Arkansas. Tuve la buena suerte de estar solo en el asiento. El capitán se anunció a sí mismo, lo pude oír correctamente, como el capitán Winehead [Cabeza de vino]. Cuando se acercó la azafata le pedí un trago.

Tenía la seguridad de que conocía a una de las azafatas. Vivía en Long Beach, había leído algunos de mis libros y me había escrito una carta incluyendo su foto y número de teléfono. La reconocí de la foto. Nunca había ido a verla, pero la había llamado algunas veces y una noche de borrachera nos habíamos gritado el uno al otro a través del teléfono.
Ella estaba allí de pie tratando de no mirarme mientras yo clavaba mis ojos en su culo y sus pechos y sus piernas.
Nos dieron el almuerzo, vimos el partido de la semana, el vino que servían me
quemaba la garganta y pedí dos Bloody Marys.

Cuando llegamos a Arkansas hice transbordo a un pequeño bimotor. Cuando se pusieron en marcha las hélices, las alas comenzaron a vibrar y a agitarse. Parecía que se fueran a desprender. Despegamos y la azafata preguntó si alguien deseaba una bebida. Para entonces todos necesitábamos una. Ella fue por todo el pasillo tropezando y balanceándose sirviendo las bebidas. Entonces dijo, a voz en grito:

—¡BEBANSELO TODO! ¡VAMOS A ATERRIZAR! —Bebimos y empezamos a aterrizar. Un rato más tarde estábamos otra vez arriba. La azafata preguntó si alguien deseaba una bebida. En ese momento todos necesitábamos una. Entonces dijo, a voz en grito:
—¡BEBAN RÁPIDO! ¡VAMOS A ATERRIZAR!
El profesor Peter James y su mujer, Selma, estaban allí esperándome. Selma

parecía una starlet de cine, pero con mucha más clase.
—Tienes una pinta magnífica —dijo Pete.
—Tu mujer tiene una pinta magnífica.
—Tienes dos horas hasta la lectura.
Pete condujo hasta su casa. Era una casa de dos pisos con el cuarto de invitados en
la planta baja. Pero la planta baja era un sótano. Bajamos por las escaleras y me enseñaron

mi habitación.
—¿Quieres comer algo? —me preguntó Pete.
—No, me parece que voy a vomitar.
Subimos al piso de arriba.
Entre bastidores, justo antes del recital, Pete llenó una jarra con vodka y zumo de
naranja.—Las lecturas las dirige una vieja. Le daría un patatús si se entera de que estás
bebiendo. Es una buena tipa, pero es de las que todavía creen que la poesía es cosa de
puestas de sol y palomas volando —me dijo.

Salí y me puse a leer. Cosa fácil. Eran como cualquier otra audiencia: no sabían cómo reaccionar ante algunos de los mejores poemas, y durante otros se reían cuando no debían. Seguí leyendo y sirviéndome de la jarra.

—¿Qué es lo que está bebiendo?
—Esto —dije—, es naranjada mezclada con vida.
—¿Tiene usted novia?
—Soy virgen.
—¿Por qué decidió hacerse escritor?
—La siguiente pregunta, por favor.
Leí algo más. Les dije que había volado con el capitán cabeza de vino y que había
visto el partido de la semana. Les dije que cuando estaba en buena forma espiritual, después de comer lavaba el plato inmediatamente. Leí algunos poemas más. Leí poemas hasta que la jarra de naranjada quedó vacía. Entonces les dije que daba por terminado el recital. Hubo un rato de firma de autógrafos y luego fuimos a celebrar una fiesta en casa de Pete...

Hice mi danza india, mi danza del vientre y mi danza de Culo-Loco-al-Aire. Es difícil beber cuando bailas. Y es difícil bailar cuando bebes. Pete sabía lo que se hacía. Había puesto sofás y sillones en línea para separar a los bailones de los bebedores. Cada cual podía hacer lo suyo sin molestar a los demás.
Pete se levantó. Miró por toda la habitación a las mujeres.
—¿Cuál quieres? —me preguntó.
—¿Es tan fácil?
—Es simplemente hospitalidad sureña.

Había una en la que me había fijado, algo mayor que las otras, con dientes protuberantes. Pero los dientes protuberaban de una manera perfecta, empujando hacia fuera los labios como una abierta flor apasionada. Deseaba poner mi boca junto a aquella boca. Llevaba una falda corta y a través de sus pantys se revelaban unas buenas piernas que no paraban de cruzarse y descruzarse mientras ella se reía y bebía y trataba de bajarse la falda sin conseguir que se quedara mucho rato tapando nada. Me senté a su lado.
—Hola, yo soy —empecé a decir...
—Sé quién eres. Estuve en tu recital.
—Gracias. Me gustaría comerte el coño. He conseguido hacerlo muy bien. Podría

volverte loca.
—¿Qué piensas de Allen Ginsberg?
—Oye, no cambies de conversación. Quiero tu boca, tus piernas, tu culo...
—Muy bien —dijo ella.
—Te veré pronto. Estoy en el dormitorio de abajo.
Me levanté, la dejé y me serví otra bebida. Un joven de cerca de dos metros de
altura se me acercó.

—Mira, Chinaski, no me creo nada de que andes viviendo en arrabales cochambrosos y conozcas a todos los traficantes de droga, macarras, putas, yonquis, apostadores de caballos, luchadores y borrachos...
—En parte es verdad.
—Todo cuento —dijo, y se fue. Un crítico literario.
Entonces me vino una rubia de unos 19 años con gafitas progres y una ancha

sonrisa. Una sonrisa imperturbable.
—Quiero joder contigo —me dijo—. Es esa cara tuya.
—¿Qué pasa con mi cara?
—Es magnífica. Me gustaría destrozarla con mi coño.
—Podría ocurrir lo contrario.
—No apuestes por ello.
—Tienes razón. Los coños son indestructibles.
Volví al sofá y comencé a jugar con las piernas de la tía con la falda corta y labios
jugosos en flor. Se llamaba Lillian.

Se acabó la fiesta y yo bajé al dormitorio con Lilly. Nos desnudamos y nos sentamos apoyados en las almohadas bebiendo vodka solo y mezclado. Había una radio y estaba sonando. Lilly me contó que había trabajado durante años para que su marido pudiera estudiar sin problemas y que él después de lograr el doctorado, la había abandonado.
—Vaya guarrada —dije.
—¿Tú has estado casado?
—Sí.
—¿Y qué pasó?

—Crueldad mental, según los papeles del divorcio.
—¿Y era verdad?
—Claro que sí, por ambas partes.
Besé a Lilly. Fue tan bueno como me había imaginado. La boca en flor estaba
abierta. Nuestros dientes chocaron, yo chupé los suyos. Nos separamos.
—Creo que tú —me dijo, mirándome con unos bellos y amplios ojos— eres uno de
los dos o tres mejores escritores de hoy en día.

Apagué rápidamente la lámpara. La besé más, jugué con sus pechos y el resto de su cuerpo, luego bajé a su entrepierna. Estaba borracho, pero creo que lo hice bien. Lo malo es que después no pude hacerlo de la otra manera. Bregué y bregué y bregué. Estaba empalmado, pero no me podía correr. Finalmente me eché a un lado y me dispuse a dormir...

Por la mañana Lilly estaba tumbada boca arriba, roncando. Me fui al baño, meé, me lavé los dientes y la cara. Después me arrastré de nuevo hacia la cama. Me la acerqué y empecé a jugar con sus partes. A mí siempre me ponen muy cachondo las resacas, no para besar ni chupar, sino para echar un polvo sin contemplaciones. Joder es la mejor cura para las resacas. Le di unos cuantos pases de manos. Respiraba tan feamente que preferí pasar de su boca de flor. La monté. Soltó un pequeño gemido. Para mí, era de puta madre. No creo que la diese más de veinte envites antes de correrme.
Después de un rato la oí levantarse y meterse en el baño. Lillian. Para cuando

volvió yo le había dado la espalda y estaba ya prácticamente dormido.
Pasados unos 15 minutos salió de la cama y comenzó a vestirse.
—-¿Qué ocurre? —le pregunté.
—Tengo que irme, he de llevar a mis hijos al colegio.
Lillian cerró la puerta y subió las escaleras.
Yo me levanté, entré en el baño y me quedé un rato mirando mi cara en el espejo.
A las diez de la mañana subí a tomar el desayuno. Me encontré con Pete y Selma. Selma tenía un aspecto magnífico. ¿Cómo se podía conseguir una Selma? Los perros de este mundo nunca acababan con una Selma. Los perros sólo acababan con perros. Selma nos sirvió el desayuno. Era hermosa y un hombre la poseía, un profesor universitario. Eso de alguna manera no era justo. Arrebatadores garañones educados. La educación era la nueva divinidad, y los hombres educados los nuevos poderosos hacendados.
—Ha sido un desayuno condenadamente bueno —les dije—, muchas gracias.
—¿Qué tal estuvo Lilly? —me preguntó Pete.
—Lilly estuvo muy bien.
—Esta noche tienes que leer otra vez, ya sabes. Será en un colegio más pequeño,
más conservador.
—De acuerdo, me andaré con cuidado.
—¿Qué vas a leer?
—Material viejo, supongo.
Acabamos nuestro café y fuimos a sentarnos en el salón. Sonó el teléfono. Pete lo
cogió, habló, luego se volvió hacia mí.

—Un tío del periódico local quiere entrevistarte. ¿Qué le digo?
—Dile que sí.
Pete dio la respuesta, luego fue a coger mi último libro y una pluma.
—Pensé que a lo mejor quieres escribir algo aquí para Lilly.
Abrí el libro por la página de título. «Querida Lilly» escribí, «siempre serás parte
de mi vida...
Henry Chinaski»

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