sábado, 7 de agosto de 2010

CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 9

Lydia y yo estábamos siempre peleándonos. Lo nuestro era sólo un flirt y eso me irritaba. Cuando comíamos fuera estaba seguro de que le echaba el ojo a algún hombre que estuviera detrás mío. Cuando venían amigos a visitarme y Lydia estaba allí podía oír cómo su conversación se iba haciendo más íntima y sexual. Siempre se sentaba muy pegada a mis amigos, colocándose lo más cerca posible. En cuanto a ella, le irritaba sobre todo mi forma de beber. Ella amaba el sexo y la bebida se interponía a veces a la hora de hacer el amor.

—O bien estás demasiado borracho para hacerlo por la noche o bien demasiado enfermo para hacerlo por la mañana —decía. Lydia se ponía furiosa con sólo verme beber una cerveza. Rompíamos «para siempre» por lo menos una vez a la semana, pero siempre nos las arreglábamos de algún modo para reconciliarnos. Había acabado de esculpir mi cabeza y me la había dado. Cuando rompíamos ponía la cabeza a mi lado en el asiento del coche, me iba conduciendo hasta su apartamento y la dejaba junto a su puerta en el porche.
Luego iba a una cabina telefónica, la llamaba y le decía:
—¡Tu maldita cabeza está junto a tu puerta! —Aquella cabeza iba continuamente
de un lado a otro...

Acabábamos de romper otra vez y yo me había deshecho de la cabeza. Estaba bebiendo, de nuevo era un hombre libre. Tenía un joven amigo, Bobby, un tío bastante blando que trabajaba en una librería perno y que también era fotógrafo. Vivía a un par de bloques de mi casa. Bobby tenía problemas consigo mismo y con su mujer, Valerie. Me llamó una noche y dijo que iba a traer a Valerie para que pasara la noche conmigo. Aquello sonaba bien. Valerie tenía 22 años, era absolutamente adorable, con largo cabello rubio, enloquecidos ojos azules y un bonito cuerpo. Como Lydia, también había pasado algún tiempo en un manicomio. Después de un rato les oí aparcar frente a mi casa. Valerie salió. Recordé cuando Bobby me había contado que, al presentar por primera vez a Valerie a sus padres, ellos habían apreciado mucho su vestido, que al parecer, les encantaba, y ella había dicho:
—Ya. ¿Y qué dicen del resto de mí? —subiéndose el vestido por encima de las
caderas. Y no llevaba ropa interior.

Valerie llamó a la puerta. Oí a Bobby marcharse. La dejé entrar. Tenía muy buena pinta. Serví dos de escocés con agua. Ninguno de los dos habló. Bebimos aquello y serví dos más. Luego yo dije:
—Venga, vamos a algún bar.

Subimos a mi coche. La Máquina de Goma estaba a la vuelta de la esquina. Unos días antes me había excedido un poco allí, pero nadie dijo nada cuando entramos. Nos sentamos a una mesa y pedimos bebidas. Seguíamos sin hablar. Yo sólo me sumergía en aquellos locos ojos azules. Estábamos sentados juntos y la besé. Su boca estaba fresca y abierta. La besé otra vez y nuestras piernas se apretaron juntas. Bobby tenía una bonita mujer. Estaba loco dejándola por ahí.
Decidimos cenar. Pedimos cada uno un filete, bebimos y nos besamos mientras

esperábamos. La camarera dijo:
—¡Oh, están enamorados! —y nos reímos.
Cuando llegaron los filetes Valerie dijo:
—No quiero comerme el mío.
—Tampoco yo quiero comerme el mío —dije yo.
Bebimos a lo largo de otra hora y entonces decidimos volver a mi casa. Mientras
aparcaba el coche, vi a una mujer en la acera. Era Lydia. Llevaba algo envuelto en la

mano. Salí del coche con Valerie y Lydia nos miró.
—¿Quién es? —preguntó Valerie.
—La mujer que amo —le contesté.
—¿Quién es esta puta? —chilló Lydia.
Valerie se dio la vuelta y salió corriendo calle abajo. Pude oír sus tacones altos
sonando en el pavimento.

—Vamos adentro —le dije a Lydia. Ella me siguió.
—Vine aquí a darte esta carta y parece que vine en el momento adecuado. ¿Quién
era ésa?—La mujer de Bobby. Sólo somos amigos.

—¿Ibas a jodértela, no?
—Mira, le dije quete amaba.
—¿Ibas a jodértela, no?
—Mira, nena...
De pronto me golpeó. Yo estaba delante de la mesita del café que estaba delante del

sofá. Me caí hacia detrás por encima de la mesita cayendo en el espacio entre la mesa y el sofá. Oí un portazo. Y cuando me levanté oí el motor del coche de Lydia ponerse en marcha. Entonces se fue.
Hija de la gran puta, pensé, en un minuto tengo dos mujeres y al siguiente no tengo
ninguna.

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