domingo, 22 de agosto de 2010

CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 18

Por la mañana Dee Dee me llevó a Sunset Strip a desayunar. El Mercedes era negro y relucía bajo el sol. Pasamos los casinos y las salas de fiesta y los restaurantes de lujo. Me acomodé en mi asiento, tosiendo con mi cigarrillo. Bueno, pensé, otras veces me ha ido peor. Una o dos escenas vinieron como flashes a mi cabeza. Un invierno en Atlanta congelándome, era medianoche, no tenía dinero ni sitio donde dormir y subí las escaleras de una iglesia esperando poder entrar y calentarme. La puerta de la iglesia estaba cerrada. Otra vez en El Paso, durmiendo en un banco del parque, un policía me despertó por la mañana pegándome en las suelas de los zapatos con su porra. Seguía pensando todavía en Lydia. Las partes buenas de nuestra relación eran como una rata revolviéndose y mordiéndome en el estómago.

Dee Dee aparcó junto a un lujoso restaurante. Había un patio con sillas y mesas en el que la gente se sentaba a comer, charlando y bebiendo café. Pasamos junto a un hombre negro con botas, jeans y una gruesa cadena de plata alrededor del cuello. Su casco de motociclista, gafas y guantes estaban sobre la mesa. Estaba con una rubia delgadita vestida con un mono color menta, allí sentada chupándose el dedito. El sitio estaba repleto. Todo el mundo parecía joven, higiénico, blando. Nadie nos miró. Todo el mundo charlaba con calma.

Entramos dentro y un pálido muchacho de mínimas nalgas, con un ajustado pantalón plateado, un grueso cinturón remachado y una ligera blusa dorada nos sentó en una mesa. Tenía las orejas agujereadas y llevaba pequeños pendientes azules. Su finísimo

bigotillo parecía púrpura.
—¿Qué pasa Dee Dee? —dijo.
—Desayuno, Donny.
—Una bebida, Donny —dije yo.
—Yo sé lo que necesita, Donny. Dale un Golden Flower doble.
Pedimos el desayuno y Dee Dee dijo:
—Tardarán un rato en traérnoslo. Aquí cocinan todo lo que se pide.
—No te gastes mucho Dee Dee.
—Todo va a la cuenta de gastos de representación.
Sacó una libretita negra.
—Vamos a ver. ¿A quién he invitado a desayunar? ¿A Elton John?
—¿No está en África...?
—Ah, es verdad. Bueno, ¿qué tal Cat Stevens?
—¿Quién es ese?
—¿No lo conoces?
—No.
—Bueno, yo lod e scu b rí. Puedes ser Cat Stevens.

Donny trajo la bebida y se puso a hablar con Dee Dee. Parecían conocer a la misma gente. Yo no conocía a nadie. Costaba mucho lograr excitarme. No me importaba. No me gustaba Nueva York. No me gustaba Hollywood. No me gustaba el rock. No me gustaba nada. Quizás tuviese miedo. Eso era, sentía miedo. Quería sentarme solo en una habitación con las persianas bajadas. Me recreé un poco con ello. Yo era un chiflado. Un lunático. Y Lydia se había ido.

Acabé mi bebida y Dee Dee me pidió otra. Empecé a sentirme como un chulo mantenido y era magnífico. Ayudaba a mi melancolía. No hay nada peor que estar en la ruina y ser abandonado por tu mujer. Nada que beber, sin trabajo, sólo las paredes, sentarse allí mirando a las paredes y cavilando. Así es como vuelven las mujeres a ti, pero hace daño y a ellas también las debilita. O eso me gustaba creer.

El desayuno era bueno. Huevos guarnecidos con una variedad de frutas... piña, melocotones, peras... grandes nueces de temporada. Era un buen desayuno. Acabamos y Dee Dee me pidió otra copa. El pensamiento de Lydia todavía continuaba dentro de mí, pero Dee Dee me gustaba. Su conversación era inteligente y entretenida. Conseguía hacerme reír, que era lo que necesitaba. Mi risa estaba allí concentrada dentro de mí esperando a salir como un volcán: JA JA JAJÁ JA, oh dios mío oh JAJAJAJAJA. Me sentía muy bien cuando ocurría. Dee Dee sabía unas cuantas cosas acerca de la vida. Dee Dee sabía que lo que le pasaba a uno le pasaba a la mayoría de nosotros. Nuestras vidas no eran tan diferentes, aunque nos gustase pensar lo contrario.

El dolor es extraño. Un gato que mata a un pájaro, un coche accidentado, un incendio... llega el dolor, BANG, y allí está, se introduce en ti. Es real. Y para cualquiera que te vea, parecerás un imbécil. Como si te hubiese caído una idiotez repentina. No hay cura para ello mientras no encuentres a alguien que comprenda cómo te sientes y sepa cómo ayudarte.
Volvimos a su coche.
—Conozco justo el lugar donde llevarte para que te animes —dijo Dee Dee. Yo no
contesté. Me dejaba llevar como si fuera un inválido. Lo que era.
Le dije a Dee Dee que parase en un bar. Uno de los suyos. El camarero la conocía.
—Este —me dijo mientras entrábamos—, es el bar donde se dejan caer muchos
escritores. Y también gente de teatro.

Todos me disgustaron inmediatamente, ahí sentados actuando como seres inteligentes y superiores. Tratando de anularse entre sí. La peor cosa para un escritor es conocer a otro escritor, y peor que eso, conocer a muchos escritores. Como moscas en la misma trampa.
—Vamos a coger una mesa —dije yo. Y allí estaba, un escritor de 65 dólares a la semana sentado en una sala con otros escritores, escritores de mil dólares a la semana. Lydia, pensé, estoy prosperando. Te arrepentirás. Algún día entraré en restaurantes de lujo y seré reconocido. Tendrán reservada una mesa especial para mí en el fondo, junto a la cocina.

Nos trajeron nuestras bebidas y Dee Dee me miró.
—Eres bueno con la lengua. Nunca nadie me lo ha comido tan bien.
—Lydia me enseñó. Luego yo le añadí algunos toques propios.

Un joven de piel oscura se levantó y se acercó hasta nuestra mesa. Dee Dee nos presentó. El chico era de Nueva York, escribía para elVillage Voice y otras revistas de Nueva York. Dee Dee y él se entregaron por un rato al típico peloteo de nombres y entonces él preguntó:
—¿Qué hace tu marido?
—Tengo un gimnasio —dije—. Boxeadores. Cuatro buenos chicos mexicanos. Y
un chaval negro, un verdadero bailarín. ¿Cuánto pesas tú?
—78 kilos. ¿Fuiste boxeador? Tu cara parece haber recibido buenas zurras.
—He recibido unas cuantas. Podemos meterte en los 70 kilos. Necesito un peso
ligero sudaca.
—¿Cómo has sabido que yo era sudamericano?

—Estás sosteniendo el cigarrillo con la mano izquierda. Pásate por el gimnasio de Main Street. El lunes por la mañana. Empezaremos a entrenarte. Los cigarrillos fuera. ¡Puedes ir tirando ése!
—Oye, tío, yo soy escritor. Uso una máquina de escribir. ¿Nunca has leído nada
mío?
—Yo sólo leo la página de sucesos... asesinatos, violaciones, peleas, estafas,
accidentes y la columnita de Ann Landers.
—Dee Dee —dijo él—, tengo una entrevista con Rod Stewart dentro de treinta
minutos. Tengo que irme. —Se fue.
Dee Dee pidió otro par de copas.
—¿Por qué no te puedes comportar decentemente con las personas? —me
preguntó.
—Por miedo —dije yo.
—Ya estamos —dijo ella, y entró con el coche en el cementerio de Hollywood.
—Hermoso —dije yo—, realmente hermoso. Me había olvidado completamente de
la muerte.

Dimos una vuelta con el coche. La mayoría de las tumbas estaban sobre tierra. Eran como pequeñas casitas, con pilares y escalones frontales. Y cada una tenía una puerta de hierro cerrada. Dee Dee aparcó y bajamos. Se puso a manipular una de las puertas. Contemplé su trasero mientras trabajaba con la puerta. Pensé en Nietzsche. Allí estábamos: un semental germánico y una yegua judía. Mi tierra natal me adoraría.

Volvimos al Mercedes y Dee Dee aparcó junto a la puerta de uno de los panteones más grandes. Allí todos estaban embutidos en las paredes y había filas y filas de ellos. Algunos tenían flores, en pequeñas vasijas, pero la mayoría estaban marchitas. La mayoría de los nichos no tenían flores. Algunos de ellos tenían al marido y la mujer juntos. En algunos casos el nicho estaba vacío y aguardando. En todos los casos el marido era el primero en morir.

Dee Dee me cogió de la mano y me hizo cruzar la esquina. Y allí estaba, cercano al fondo, Rodolfo Valentino. Muerto en 1926. No vivió mucho. Decidí que yo viviría hasta los 80. Pensé en tener 80 y joderme a una muchachita de 18 años. Si había algún modo de cachondearse del rollo de la muerte era ése.

Dee Dee cogió una de las macetillas para las flores y la metió en su bolsillo. Lo típico. Agarrar aquello que no estuviera atado. Todo pertenecía a todo el mundo. Salimos y Dee Dee dijo:
—Quiero sentarme en la tumba de Tyrone Power. Era mi actor favorito. ¡Le
adoraba!

Fuimos y nos sentamos en la tumba de Tyrone, junto a su losa. Entonces nos levantamos y fuimos a ver la sepultura de Douglas Fairbanks padre. Muy buena. Con un foco reflector privado frente a la losa y un cuidado estanque. El estanque estaba lleno de nenúfares y flores acuáticas. Subimos por unas escaleras y detrás de la tumba había un sitio para sentarse. Nos sentamos. Vi una pequeña grieta en la pared de la tumba con hormiguitas rojas entrando y saliendo. Observé a las hormigas durante un rato, luego puse mi brazo alrededor de Dee Dee y la besé, un beso largo largo y bueno. íbamos a ser buenos amigos.

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5 comentarios:

Anónimo dijo...

Nunca he entendido eso del sudamericano y la mano izquierda. ¿Es que así fuman?, no se, soy mexicano y me quedé con la curiosidad, por eso caí aquí. Saludos!

Anónimo dijo...

Lo de la mano izquierda no entendimiento, soy sudamericano y no se por que

Alex Marcelo dijo...

pienso que lo dijo por que por aquel entonces la política de izquierda estaba muy fuerte por acá, con las dictaduras y demás, ahora mismo, esta región siempre a sido algo ligada al izquierdismo, Bukowski es brillante.

Anónimo dijo...

Es confusa la parte cuando esta hablando con el sudamericano y de repente aparecen en un panteon

Anónimo dijo...

Estaba provocándolo. No le contesta sobre cómo supo que era sudamericano, sino que continúa siendo irónico con él; le menciona lo de la mano izquierda porque los zurdos son buenos para el boxeo (y los latinos, en general, mejores para el boxeo que para las artes, no son buenos escritores). De hecho uds. no comprendieron el texto. :D