lunes, 23 de agosto de 2010

CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 19

Dee Dee tenía que recoger a su hijo en el aeropuerto. Volvía de Inglaterra, donde había pasado las vacaciones. Tenía 17 años, me dijo ella, y su padre era un ex concertista de piano. Se había metido en las anfetas y la coca y más tarde se había quemado las manos en un accidente. No pudo seguir tocando el piano. Se habían divorciado tiempo atrás.

El hijo se llamaba Renny. Dee Dee le había hablado de mí en varias conferencias trasatlánticas. Llegamos al aeropuerto cuando el avión de Renny acababa de aterrizar. Dee Dee y Renny se abrazaron. Era alto y delgado, bastante pálido. Un mechón de pelo le caía sobre uno de los ojos. Nos dimos la mano.
Fui a coger el equipaje mientras Renny y Dee Dee charlaban. El la llamaba

«Mami». Cuando llegamos al coche saltó al asiento trasero y dijo:
—¿Mami, me compraste la bici?
—Ya la he encargado. La recogeremos mañana.
—¿Es una buena bici, Mami? Quiero una de diez velocidades con freno de mano y
cordones en los pedales.
—Es una buena bici, Renny.

—¿Estás segura de que estará lista?
Regresamos. Yo me quedé a pasar la noche. Renny tenía su propio dormitorio.
Por la mañana nos sentamos todos juntos a la mesa de la cocina, esperando a que

llegara la asistenta. Finalmente Dee Dee se levantó y nos preparó el desayuno. Renny dijo:
—¿Mami, cómo haces para romper un huevo?
Dee Dee me miró. Sabía lo que yo estaba pensando. Me quedé en silencio.
—Está bien, Renny, ven aquí y te lo enseñaré.
Renny se acercó hasta la cocina. Dee Dee cogió un huevo.
—¿Ves? Sólo tienes que romper la cáscara con el borde de la cazuela... así... y dejar
caer el huevo fuera de la cáscara... así...
—Oh...
—Es muy simple.
—¿Y cómo lo cocinas?
—Lo freímos. En mantequilla.
—Mami, no puedo comerme ese huevo.
—¿Por qué?
—¡Porque has roto su refugio!
Dee Dee se dio la vuelta y me miró. Sus ojos decían: «Hank, no digas ni una
puñetera palabra...»
Unas pocas mañanas más tarde estábamos otra vez todos a la mesa de la cocina.
Estábamos comiendo mientras la asistenta trabajaba. Dee Dee le dijo a Renny:
—Ahora ya tienes tu bicicleta. Quiero que hoy vayas a comprar una caja de latas de

Coca Cola. Cuando vuelva a casa quiero tener algunas para beber.
—Pero Mami, ¡las Cocas pesan mucho! ¿No puedes traerlas tú?
—Renny, yo trabajo todo el día y acabo cansada. Compra esas Cocas.
—Pero Mami, hay una cuesta. Tengo que subir pedaleando la cuesta.
—No hay cuesta. ¿De qué cuesta hablas?
—Bueno, no puedes verla con tus ojos, pero está ahí...
—Renny, vas a comprar esas Cocas, ¿entiendes?
Renny se levantó, se fue a su dormitorio y cerró de un portazo.
Dee Dee miró hacia otro lado.
—Me está poniendo a prueba. Quiere saber si le quiero.
—Yo compraré las Cocas —dije.
—No hace falta —dijo ella—, yo las traeré.
Al final no las compró ninguno de nosotros.

Unos días más tarde estábamos Dee Dee y yo en mi casa recogiendo el correo y
echando un vistazo cuando sonó el teléfono. Era Lydia.
—Hola —dijo—, estoy en Utah.
—Encontré tu nota —dije yo.
—¿Qué tal estás?
—Todo va bien.
—En Utah se está muy bien en verano. Deberías venirte por aquí. Iríamos de

camping. Están todas mis hermanas.
—No puedo ir ahora.
—¿Por qué?
—Bueno, estoy con Dee Dee.
—¿Dee Dee?
—Bueno, sí...
—Sabía que utilizarías ese número de teléfono —dijo—. ¡Te dije que usarías ese
número!

Dee Dee estaba junto a mí.
—Por favor —me dijo—, dile que me deje hasta septiembre.
—Olvídate de ella —dijo Lydia—. Al infierno con ella. Vente aquí a verme.
—No puedo abandonarlo todo sólo porque tú me llames. Además —dije—, voy a

quedarme con Dee Dee hasta septiembre.
—¿Septiembre?
—Sí.
Lydia aulló. Fue un aullido largo y potente. Luego colgó.

Después de aquello. Dee Dee me mantuvo alejado de mi casa. Una vez, cuando estábamos allí recogiendo mi correo, me di cuenta de que el cable del teléfono estaba desenchufado.
—Jamás vuelvas a hacer esto —le dije.

Dee Dee me llevaba a largas excursiones costa arriba y costa abajo. Hacíamos viajes a las montañas. íbamos a subastas, a ver películas, conciertos de rock, iglesias, amigos, a cenas y almuerzos, shows de magia, picnics y circos. Sus amigos nos fotografiaban juntos.

El viaje a Catalina fue horrible. Esperé con Dee Dee en la sala de pasajeros. Tenía una resaca de campeonato. Dee Dee me consiguió un Alka-Seltzer y un vaso de agua. La única cosa que ayudaba era una muchachita sentada enfrente nuestro. Tenía un hermoso cuerpo, largas piernas magníficas y llevaba una minifalda. Con la minifalda llevaba calcetines largos, un cinturón claveteado y llevaba bragas rosas debajo de la falda roja. Llevaba incluso zapatos de tacón alto.
—Te la estás comiendo con los ojos, ¿no? —dijo Dee Dee.

—No puedo parar.
—Es una putilla.
—Seguramente.
La putilla se levantó y se puso a jugar al pinball, meneando el culo para ayudar al
movimiento de las bolas. Luego se sentó otra vez, enseñando más que nunca.
El hidroavión amerizó, descargó y luego nosotros aguardamos en el muelle a poder
embarcar. El aeroplano era rojo, construido en 1936, tenía dos hélices, un piloto y 8 o 10

asientos.
Si no me estrello con este avión, habré engañado al mundo, pensé.
La chica de la minifalda no subió.
¿Por qué siempre que veías una mujer como ésa tenías que estar con otra mujer?
Entramos y tratamos de acomodarnos.
—Oh —dijo Dee Dee—. ¡Estoy tan excitada! ¡Me voy a sentar junto al piloto!

Así que despegamos y Dee Dee iba sentada con el piloto. Los vi conversando. Ella disfrutaba la vida, o por lo menos eso parecía. Más tarde aquello no significaría mucho para mí, me refiero a su excitada y feliz reacción ante la vida, de alguna manera me acabaría irritando, dejándome sin ningún sentimiento. Ni siquiera me aburría.

Volamos y luego amerizamos, muy rudamente, haciendo vuelo raso sobre las olas y luego chocando con el agua dando botes, levantando salpicaduras. Era parecido a ir en una motora. Después arribamos a otro muelle y Dee Dee se acercó a mí y me contó todo absolutamente sobre el hidroavión y el piloto, y su conversación. Había una gran pieza rajada en el techo y ella le había preguntado al piloto «¿No es esto peligroso?» y él le había contestado «Carajo si lo sé».

Dee Dee había reservado una habitación en un hotel junto a la playa, en el piso de arriba. No había refrigerador, así que ella consiguió una neverita de plástico y la llenó de hielo para mi cerveza. Había un televisor en blanco y negro y un baño. Mucha clase.

Fuimos a dar un paseo por la playa. Los turistas eran de dos tipos; o muy jóvenes o muy viejos. Los viejos andaban por pares, hombre y mujer, con sus sandalias y gafas de sol y sombreros de paja y pantalones cortos y camisas de colores salvajes. Eran gordos y pálidos con venas azules en las piernas y sus caras estaban hinchadas y blancas bajo el sol. Se derretían por todas partes, pliegues y bolsas de piel colgaban de sus mejillas y barbillas.

Los jóvenes eran esbeltos y parecían estar hechos de goma. Las chicas no tenían tetas y sus traseros eran pequeñitos, y los chicos tenían caras tiernas y blandas y sonreían y se ruborizaban y se reían. Y todos ellos parecían contentos, los chavalines y los viejos. No tenían mucho que hacer, pero deambulaban bajo el sol y parecían satisfechos.

Dee Dee entraba en las tiendas. Estaba encantada con las tiendas, comprando collarcitos, ceniceros, perros de juguete, postales, pañuelos, figurines, y parecía feliz con todo.
—¡Oooh,mi ra!

Hablaba con los dueños de las tiendas. Parecía que le agradaban. Le prometió a una señora que le escribiría cuando volviese a casa. Tenían un amigo mutuo, un tío que tocaba la batería en una banda de rock.

Dee Dee compró una jaula con dos periquitos y regresamos al hotel. Abrí una
cerveza y puse la televisión. No había mucha elección posible.
—Vamos a dar otro paseo —dijo Dee Dee—. Se está tan bien afuera.

—Yo me voy a quedar aquí a descansar.
—¿No te importa si me voy sola?
—Me parece bien.

Me besó y se fue. Apagué la televisión y abrí otra cerveza. No había otra cosa que hacer en aquella isla salvo emborracharme. Me acerqué a la ventana. En la playa de abajo Dee Dee estaba sentada junto a un tío joven, hablando alegremente, sonriendo y gesticulando con las manos. El tío le sonreía a su vez. Me sentía bien no formando parte de aquello. Me alegraba de no estar enamorado, de no ser feliz con el mundo. Me gustaba estar en desacuerdo con todo. La gente enamorada a menudo se ponía cortante, peligrosa. Perdían su sentido de la perspectiva. Perdían su sentido del humor. Se ponían nerviosos, psicóticos, aburridos. Incluso se convertían en asesinos.

Dee Dee estuvo fuera dos o tres horas. Miré un poco la tele y escribí dos o tres poemas en una máquina de escribir portátil. Poemas de amor, sobre Lydia. Los escondí en mi maleta. Bebí algo más de cerveza.
Entonces llamó Dee Dee y entró:

—¡Oh, he pasado un rato de lo másma ra v illo so! Primero subí a la barca de suelo de cristal. ¡Pudimos ver todos los diferentes tipos de peces, todo! Luego encontré otra barca que lleva a la gente a sus yates. Este chico me dejó montar durante horas ¡por un dólar! Tenía la espalda quemada por el sol y yo se la froté con una loción. Estaba
terriblemente quemado. Llevamos a la gente a sus yates. ¡Y deberías haber visto a la gente

en aquellos yates! La mayoría hombres, viejos verdes decrépitos con jovencitas. Las muchachitas llevaban todas botas y estaban borrachas y drogadas, por los suelos, gimiendo y suspirando. Algunos de los viejos tenían también muchachitos, pero la mayoría prefería a las chicas, algunas veces tenían dos o tres o cuatro a su lado. Todos los yates apestaban a droga y alcohol y lujuria. ¡Era maravilloso!

—Suena bien. Me gustaría tener tu habilidad para encontrar gente interesante.
—Puedes venir mañana. Podrás montar todo el día por un dólar.
—Paso.
—¿Has escrito algo?
—Un poco.
—¿Es bueno?
—Nunca se sabe hasta dieciocho días más tarde.

Dee Dee se acercó a ver a los periquitos, habló con ellos. Era una mujer buena. Me gustaba. Se interesaba de verdad por mí, quería que yo hiciera las cosas bien, que escribiera bien, que follara bien, que luciera bien. Yo lo notaba. No estaba mal. Quizás algún día volásemos juntos a Hawai. Me levanté y me acerqué por detrás a darle un beso en la oreja derecha, justo debajo del lóbulo.
—Oh,Ha n k —dijo ella.

De vuelta en Los Ángeles después de nuestra semana en Catalina, una noche
estábamos en mi casa, lo cual era poco usual. Ya era entrada la madrugada. Estábamos

tumbados en la cama, desnudos, cuando sonó el teléfono en la habitación de al lado.
Era Lydia.
—¿Hank?
—¿Sí?
—¿Dónde has estado?
—En Catalina.
—¿Con ella?
—Sí.
—Escucha, después de que me hablaras de ella me volví loca. Tuve un asunto. Fue
con un homosexual. Algo asqueroso.
—Te he echado de menos, Lydia.

—Quiero volver a Los Ángeles.
—Eso estaría bien.
—¿Si vuelvo contigo la dejarás?
—Es una buena mujer, pero si vuelves la dejaré.
—Voy a volver. Te quiero, vejestorio.
—Yo también te quiero.
Seguimos hablando. No sé cuánto tiempo estuvimos hablando. Cuando acabamos
volví al dormitorio. Dee Dee parecía dormida.

—¿Dee Dee? —le dije.
Levanté uno de sus brazos. Estaba inerte. La carne parecía de goma.
—Deja de bromear, Dee Dee, sé que no estás dormida.

No se movía. Miré alrededor y descubrí que su frasco de somníferos estaba vacío. Antes estaba lleno. Yo había probado aquellas píldoras. Una sola te dejaba dormido, sólo que era como si te noquearan y te enterraran bajo tierra.
—Te has tomado las píldoras...
—No... me... importa... que vuelvas con ella... No me... importa...

Fui corriendo a la cocina y cogí un cubo, volví y lo dejé en el suelo bajo la cama. Entonces cogí la cabeza de Dee Dee y haciéndola asomar fuera de la cama metí mis dedos en su garganta. Vomitó. Le levanté la cabeza y dejé que respirara un momento luego repetí el proceso. Lo hice una y otra vez. Dee Dee siguió vomitando. Una de las veces, al levantarle la cabeza, se le cayeron los dientes. Se quedaron allí sobre la sábana, los de arriba y los de abajo.
—Ooooh... mis dientes —dijo, o intentó decir.
—No te preocupes por tus dientes. Volví a meterle los dedos en la garganta. Luego
la volví a levantar.
—No quiedo —dijo ella— que veaf mif dienddes...
—Están bien, Dee Dee. La verdad es que no son feos.
—Oooooh...

Revivió lo suficiente para volverse a colocar sus dientes.
—Llévame a casa —dijo—, quiero irme a casa.
—Me quedaré contigo. No quiero dejarte sola esta noche.
—¿Pero al final me dejarás?
—Vamos a vestirnos —dije.
Valentino habría conservado a las dos, Lydia y Dee Dee. Por eso murió tan joven.

ENLACE " CAPITULO 20 "

5 comentarios:

el incongruente dijo...

me perdí...¿quién es Valentino?

DILZIA dijo...

cierto quien es valentino

Anónimo dijo...

Creo q habla de Rodolfo Valentino.

Dario Armesto dijo...

yo tampoco se quien es valentino, pero que buen cierre que le dio al capitulo, casi siempre se luce en los finales.

gabriel dijo...

Rodolfo Valentino, uno de los héroes de Dee Dee junto a Fairbanks. Lee el capítulo del cementerio.