sábado, 11 de diciembre de 2010

CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 88

Así que me sorprendió que un par de noches más tarde sonara el teléfono y fuera Cassie.
—¿Qué estás haciendo, Hank?
—Aquí sentado...

—¿Por qué no vienes por aquí?
—Me gustaría...
Me dio la dirección.
—Tengo mucha bebida —dijo—, no tienes que traer nada.
—Quizás no debería beber nada.
—No te preocupes.
—Si me lo pones tú, beberé. Si no, no.
—No te preocupes por eso.

Me vestí, salté al Volks y fui para allá. ¿Cuántas vicisitudes podían ocurrirle a un hombre? Los dioses estaban de mi parte, aunque tarde. ¿Quizás fuese una prueba? ¿Quizás fuese un truco? Atraer a Chinaski y luego cortarle en rodajas. Sabía que eso acabaría ocurriendo. ¿Pero qué podías hacer tras una cuenta de 8 cuando sólo quedan dos asaltos para acabar el combate?

El apartamento de Cassie estaba en el segundo piso. Pareció alegrarse de verme. Un enorme perro negro saltó sobre mí. Eraeno rm e, musculoso y macho. Puso sus patas sobre mis hombros y me lamió la cara. Lo aparté de un empujón. Se quedó allí moviendo el rabo y soltando extraños gruñidos. Era descomunal.

—Este es Elton —dijo Cassie.
Fue a la nevera y sacó vino.
—Esto es lo que vas a beber. Tengo mucho.

Llevaba un traje largo verde que le caía a la perfección. Era como una serpiente. Llevaba unos zapatos adornados con piedrecitas verdes y una vez más vi lo largo que era su pelo, no sólo largo sino abundante, tal masa de cabello era. Le llegaba casi hasta el culo. Sus ojos eran grandes y de color azul verdoso, algunas veces más azules que verdes y otras veces lo contrario, depende, de qué luz les diera. Vi dos de mis libros en su biblioteca, dos de los mejores.

Cassie se sentó, abrió el vino y sirvió dos copas.
—El otro día conectamos los dos. Algo especial. No quería perderlo —dijo ella.
—Yo disfruté —dije.

—¿Quieres un aupador?
—Vale.
Sacó dos. Cápsulas negras. Las mejores. Me tragué la mía con el vino.
—Tengo el mejor camello de la ciudad. Nunca me engaña —dijo.
—Muy bien.

—¿Has estado alguna vez enganchado?

—Traté algún tiempo con la coca, pero no aguantaba las bajadas. Me daba miedo entrar al día siguiente en la cocina porque había un cuchillo de carnicero. Aparte, 50 o 75 pavos diarios es algo que supera mis posibilidades.

—Tengo algo de coca.
—Paso.
Sirvió más vino.
No sé por qué, pero con cada nueva mujer parecía que fuese la primera vez, casi
como si nunca antes hubiera estado con una. Besé a Cassie. Mientras la besaba, dejé correr

una mano por todo aquel pelo.
—¿Quieres que ponga música?
—No, la verdad es que no.
—Conocías a Dee Dee Bronson, ¿no?
—Sí, rompimos.
—¿Has oído lo que ocurrió?
—No.
—Primero perdió su trabajo, luego se fue a México. Conoció a un torero retirado.
El torero la trató a patadas y se llevó todos sus ahorros, siete mil dólares.
—Pobre Dee Dee: de mí a eso.
Cassie se levantó. La vi cruzar la habitación. Su culo se movía y vibraba bajo el

apretado vestido verde. Volvió con papelillos y algo de hierba. Lió un porro.
—Luego tuvo un accidente de coche.
—No sabía conducir. ¿La conocías bien?
—No, pero en el negocio se oyen cosas.
—Vivir hasta que te mueres es un trabajo duro —dije.
Cassie me pasó el porro.
—Tu vida parece en orden —me dijo.
—¿De verdad?
—Me refiero a que no te luces o tratas de impresionar como otros hombres. Tienes
una naturalidad divertida.
—Me gusta tu culo y también tu cabello —dije—, y tus labios y tus ojos y tu vino y

tu casa y tus porros. Pero no estoy en orden.
—Escribes mucho de mujeres.
—Ya sé. A veces me pregunto sobre qué escribiré después de esto.
—Tal vez no se acabe.
—Todo se acaba.
—Pásame el porro.

—Claro, Cassie.
Dio una calada y luego la besé. Eché su cabeza hacia atrás tirándole del pelo. Forcé
sus labios a abrirse. Fue largo. Luego la dejé.
—¿Te gusta, no? —preguntó ella.
—Para mí es más personal que joder.
—Creo que tienes razón.

Fumamos y bebimos varias horas, luego nos fuimos a la cama. Nos besamos y jugamos. Fue bueno y duro y la cogí bien, pero pasados diez minutos supe que no iba a conseguirlo. Otra vez había bebido demasiado. Empecé a sudar y a cansarme. Di unas cuantas sacudidas más y lo dejé.
—Lo siento, Cassie...

Vi cómo bajaba su cabeza hasta mi pene. Estaba todavía duro. Empezó a lamerlo. El perro subió de un salto a la cama y yo lo eché de una patada. Contemplé a Cassie chupándome la polla. La luz de la luna venía a través de la ventana y yo podía verla claramente. Cogió la punta de mi verga en su boca y la chupó suavemente. Luego se la metió toda y se lo hizo bien, corriendo su lengua arriba y abajo por todo lo largo mientras succionaba. Era glorioso.

Cogí con una mano su pelo y lo alcé por encima de su cabeza. Todo aquel pelo mientras me la chupaba. Duró largo tiempo pero al final me sentí a punto de correrme. Ella también lo notó y redobló sus esfuerzos. Empecé a soltar gemidos y pude oír al perro gimiendo en la alfombra conmigo. Me gustaba. Me eché hacia atrás lo más que pude para prolongar el placer. Entonces, acariciando y sujetando todavía su pelo, exploté en su boca.
Cuando me desperté a la mañana siguiente Cassie se estaba vistiendo.
—No pasa nada —dijo—, puedes seguir durmiendo. Sólo asegúrate de cerrar la
puerta cuando te vayas.
—Está bien.

Después de que se fuera me di una ducha. Luego encontré una cerveza en la nevera, la bebí, me vestí, dije adiós a Elton, me aseguré de que la puerta quedaba cerrada, subí al Volks y volví a casa.

ENLACE " CAPITULO 89 "

2 comentarios:

Raul-Lilloy dijo...

Hosti. Mogollon vale. Por que los hispanoparlante nos tenemos que tragar la jerga madrileña

Raul-Lilloy dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.