domingo, 15 de mayo de 2011

"GOLPES EN EL VACIO" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Meg y Tony llevaron a la mujer de Tony al aeropuerto. En cuanto Dolly estuvo a bordo, fueron al bar
del aeropuerto a tomar algo. Meg pidió un whisky con soda. Tony con agua.
—Tu mujer confía en ti —dijo Meg.
—Sí —dijo Tony.
—Me pregunto si yo puedo confiar en ti.
—¿No te gustaría echar un polvo?
—Esa no es la cuestión.
—¿Cuál es la cuestión?
—La cuestión es que Dolly y yo somos amigas.
—Nosotros podemos ser amigos.
—De esa manera no.
—Tienes que ser moderna. Estamos en la edad moderna. La gente se divierte. Se desinhibe. Joden de
mil modos. Se tiran perros, niños, pollos, peces...
—A mí me gusta escoger. Tengo que sentirme interesada.
—No seas pueblerina. Sentir interés está pasado de moda. Si sigues por ese rollo mucho tiempo,
cuando te des cuenta, acabarás creyendo en el amor.


—¿Y qué? ¿Qué tiene el amor de malo, Tony?
—El amor es una forma de prejuicio. Amamos lo que necesitamos, amamos lo que nos hace
sentirnos bien, amamos lo que es conveniente. ¿Cómo puedes decir que amas a una persona
cuando hay diez mil personas en el mundo a las que amarías más si llegases a conocerlas? Pero

nunca las conoceremos.
—Sí, de acuerdo, pero hay que hacer todo lo posible.
—Concedido. Pero hay que tener en cuenta, de todos modos, que el amor sólo es consecuencia de un
encuentro al azar. La mayoría de la gente le da demasiada importancia. Sobre esta base, un buen polvo es

algo de lo que no hay por qué burlarse.
—Pero también es el resultado de un encuentro al azar.
—Tienes toda la razón del mundo. Acaba de beberte eso, anda. Tomaremos otro.
—Ya te veo venir, Tony; pero no te hagas ilusiones, que no resultará.
—Bueno —dijo Tony, haciendo una seña al camarero—. Tampoco voy a perder el sueño por ello...
Era un sábado por la noche. Volvieron al apartamento de Tony y pusieron la tele. No había mucho
que ver. Bebieron Tuborg y hablaron de la calidad del sonido del aparato.
—¿Sabes el de los caballos que eran demasiado listos para apostar por las personas? —preguntó
Tony.
—No.
—Bueno, es un dicho, sabes. No te lo vas a creer, pero tuve un sueño la otra noche... Estaba en los establos y venía un caballo por mí y me daba una sesión de entrenamiento. Un mono me tenía echados brazos y piernas alrededor del cuello y olía a vino barato. Eran las seis de la mañana y soplaba el viento frío de las montañas de San Gabriel. Aún más, había niebla. Me hicieron recorrer más de medio kilómetro al paso. Luego una carrera rápida, de treinta minutos y me devolvieron al establo. Entró un caballo y me dio dos huevos duros, pomelos, tostadas y leche. Luego había una carrera. Las gradas estaban llenas de caballos. Parecía sábado. Yo participaba en la quinta carrera. Llegué el primero y pagaron 32,40 dólares. Todo un sueño, ¿verdad?

—Te diré —dijo Meg.
Cruzó las piernas. Llevaba minifalda, pero no medias. Las
botas le cubrían las pantorrillas. Podía ver sus muslos desnudos y plenos.
—Todo un sueño.

Meg tenía treinta años. El carmín brillaba desmayadamente en sus labios. Era morena, cabello largo y negrísimo. No llevaba maquillaje ni perfume. Ni llevaba las uñas pintadas. Había nacido en el norte de Maine. Cuarenta y ocho kilos.
Tony se levantó a por otras dos cervezas. Cuando volvió, Meg dijo:
—Un sueño raro, pero muchos sueños lo son. Lo que te causa asombro es que sucedan cosas
extrañas en la vida...
—¿Por ejemplo?

—Lo de mi hermano Damián. Siempre andaba leyendo libros... misticismo, yoga, toda esa mierda. Entrabas en una habitación y allí estaba él cabeza abajo en pantalones cortos, como si nada. Hizo incluso un par de viajes a Oriente... la India, no sé qué otros sitios... Volvió con la cara chupada y medio loco. No pesaba más de treinta kilos. Pero siguió en la cosa. Luego, va y conoce a aquel tipo, Ram Da Beetle o algo parecido. Ese tipo tenía una tienda de campaña grande cerca de San Diego y cobraba a aquellos mamones 175 ólares por un seminario de cinco días. Tenía la tienda instalada en un acantilado sobre el mar. La mujer con la que se acostaba el Beetle era la dueña del terreno y le dejaba usarlo. Damion dice que Ram Da Beetle le proporcionó la revelación final que necesitaba. Y menudo susto. Yo vivía en aquel apartamento pequeño de Detroit y va él y aparece de repente y me dio un susto...

Tony estaba mirándole las piernas. Dijo:
—¿Un susto? ¿Qué susto?
—Bueno, en fin, verle aparecer así... —Meg cogió su Tuborg.
—Fue a visitarte.
—Bueno, podría decirse así. Pero déjame que lo exprese de modo más sencillo: Damián es capaz de

desmaterializar su cuerpo.
—¿Puede hacerlo? ¿Y qué pasa cuando lo hace?
—Que puede aparecer en cualquier otro sitio.
—¿Así por las buenas?
—Así por las buenas.
—¿Distancias largas?
—Pudo ir de la India a Detroit, hasta mi apartamento de Detroit.
—¿Y cuánto tardó?
—No sé. Unos diez segundos, quizá.
—Diez segundos..., vaya, vaya.
Estaban allí sentados, mirándose. Meg en el sofá, y Tony enfrente.
—Escucha, Meg, me vuelves loco. Mi mujer nunca se enteraría.
—No, Tony, no.
—¿Dónde está ahora tu hermano?
—Cogió un apartamento en Detroit. Trabaja en una fábrica de zapatos.
—Oye, ¿y por qué no se mete en la bóveda de un banco, coge el dinero y se larga? Podría

aprovechar sus dotes. ¿Para qué trabajar en una fábrica de calzado?
—Dice que esas dotes no pueden utilizarse para fines malos.
—Comprendo. Escucha, Meg, dejemos a tu hermano.
Tony se levantó y se sentó en el sofá junto a Meg.

—¿Sabes, Meg?, lo que es malo y lo que nos han enseñado que es malo, pueden ser cosas muy

distintas. La sociedad nos enseña que ciertas cosas son malas para mantenernos sometidos.
—¿Robar bancos, por ejemplo?
—Como joder sin utilizar los canales prescritos.
Tony agarró a Meg y la besó. Ella no se opuso. La besó otra vez. Ella deslizó la lengua en la boca de
Tony.
—Sigo pensando que no deberíamos hacerlo, Tony.
—Besas como si lo quisieras.
—Hace meses que no estoy con un hombre, Tony. Me cuesta mucho trabajo resistirme, pero Dolly y

yo somos amigas. Me fastidia hacerle esto.
—No se lo harás a ella. Me lo harás a mí,
—Ya sabes lo que quiero decir.
Tony la besó de nuevo, esta vez fue un beso largo, pleno. Sus cuerpos se apretaron.
—Vamos al dormitorio, Meg.
Ella le siguió. Tony empezó a desvestirse, tirando la ropa en una silla. Meg entró en el cuarto de

baño, que quedaba al lado. Se sentó y se puso a orinar con la puerta abierta.
—No quiero quedar embarazada y no tomo la pildora.
—No te preocupes.
—¿Cómo que no me preocupe?
—Tengo los conductos cortados.
—Todos decís lo mismo.
—Es verdad, me los cortaron.
Meg se levantó y tiró de la cadena.
—¿Y si alguna vez quieres tener un hijo?
—Yo nunca quiero tener un niño.
—Me parece horrible que un hombre se corte los conductos.
—Vamos, Meg, por amor de Dios, deja de moralizar y ven a la cama.
Meg entró desnuda en el dormitorio.
—En serio, Tony, me parece una especie de crimen contra la naturaleza.
—¿Y qué me dices del aborto? ¿También es un crimen contra la naturaleza?
—Por supuesto. Es un asesinato.
—¿Y los condones? ¿Y la masturbación?
—Oh, Tony, qué cosas dices, no es lo mismo.
—Ven a la cama antes de que nos muramos de viejos.
Meg se echó en la cama y Tony la abrazó.
—Ah, qué agradable es tocarte. Es como goma rellena de aire...
—¿De dónde has sacado eso, Tony? Dolly nunca me habló de tu chisme... ¡Es inmenso!
—¿Por qué habría de hablarte de eso?
—Tienes razón. ¡Méteme ese condenado chisme en seguida!
—¡Un momento, aguarda un momento!
—¡Vamos, lo quiero!
—¿Y Dolly? ¿Crees que está bien hacerle esto?
—¡Estará lamentándose por su madre moribunda! ¡A ella no le hace ninguna falta! ¡A mí sí!
—¡Está bien, está bien!
Tony la montó y la penetró.
—¡Eso es, Tony! ¡Ahora muévelo, muévelo!
Tony lo movió. Lo movió despacio y firme, como si fuese el brazo de una bomba de gasolina.
Flub, flub, flub, flub.
—¡Oh, so cabrón! ¡Oh, Dios mío, hijo de puta!

—¡Ya está bien, Meg! ¡Sal de esa cama! ¡Estás cometiendo un delito contra la decencia y la
confianza depositada en ti!
Tony sintió una mano en el hombro y luego sintió que le echaban a un lado. Se volvió y alzó la vista.

Había allí un hombre, de pie, con un niqui verde de manga corta y vaqueros.
—Oye, tú —dijo Tony—, ¿qué diablos haces en mi casa?
—¡Es Damián! —dijo Meg.
—¡Vístete, hermanita! ¡La vergüenza aún irradia de tu cuerpo!
—Oye, hijo de puta —dijo Tony desde la cama.
Meg ya estaba en el cuarto de baño, vistiéndose.
—¡Lo siento, Damián, lo siento muchísimo!
—Veo que llegué de Detroit justo a tiempo —dijo Damián—. Unos minutos más y habría sido

demasiado tarde.
—Diez segundos más —dijo Tony.
—Tú podrías vestirte también, amigo —dijo Damion, mirando a Tony.
—Oye, cabrón —dijo Tony—, da la casualidad de que yo vivo aquí. No sé quién te dejó entrar. Pero
creo que si quiero estar aquí en pelotas tengo todo el derecho.
—De prisa, Meg —dijo Damián—, te sacaré de este nido de pecado.
—Escucha, so cabrón —dijo Tony, levantándose y poniéndose los calzoncillos—. Tu hermana lo

quería y yo lo quería y eso son dos votos contra uno.
—Bah, bah —dijo Damián.
—Nada de bah bah —dijo Tony—. Ella estaba a punto de correrse y yo estaba a punto de correrme y
tú irrumpes aquí y obstaculizas una honrada decisión democrática, interrumpiendo un buen polvo a la

antigua.
—Recoge tus cosas, Meg. Voy a llevarte ahora mismo a casa.
—¡Sí, Damián!
—¡Voy a destrozarte, jodepolvos!
—Domínate, por favor. Odio la violencia.
Tony se lanzó hacia él. Damián desapareció.
—Estoy aquí, Tony. —Damiánn estaba de pie junto a la puerta del cuarto de baño.
Tony se lanzó a por él. Desapareció otra vez.
—Estoy aquí, Tony. —Damián estaba de pie encima de la cama, con zapatos y todo.
Tony cruzó corriendo la habitación, dio un salto, no encontró nada, voló sobre la cama y cayó al
suelo del otro lado. Se incorporó y miró a su alrededor.
—¡Damián! Damián, gilipollas, superman de fábrica de zapatos, ¿dónde estás? ¡Ven aquí, Damián!
¡Vamos, ven, Damián!
Tony sintió el golpe en la nuca. Vio un relampagueo rojizo y el rumor desvaído de un toque de
trompetas. Luego, cayó de bruces en la alfombra.
Fue el teléfono lo que le hizo recobrar el conocimiento al cabo de un rato. Logró llegar hasta la
mesita de noche, donde estaba el teléfono. Lo descolgó y se derrumbó en la cama.
—¿Tony?

—¿Sí?
—¿Eres Tony?
—Sí.
—Soy Dolly.
—Hola, Dolly. ¿Qué me cuentas, Dolly?
—No te hagas el gracioso, Tony. Mamá murió.
—¿Mamá?
—Sí, mi madre. Esta noche.
—Lo siento.
—Me quedaré al funeral. Volveré después del funeral.

Tony colgó. Vio en el suelo el periódico de la mañana. Lo cogió y se tumbó en la cama. Aún seguía la guerra en las Malvinas. Ambos bandos se acusaban de violar esto y aquello y lo de más allá. Aún seguían las hostilidades. ¿Es que no iba a acabar nunca aquella maldita guerra?

Tony se levantó y fue a la cocina. Encontró un poco de salami e hígado embuchado en la nevera. Se hizo un bocadillo de salami e hígado embuchado, con mostaza picante, salsa, cebolla y tomate. Vio que quedaba una botella de Tuborg. Bebió la Tuborg y comió el bocadillo de hígado y salami en la mesa de la cocina. Luego, encendió un cigarrillo y se quedó allí sentado, pensando. Bueno, a lo mejor la vieja dejó algo de dinero. Estaría bien. Estaría muy bien. Uno se merecía un poco de suerte después de una noche tan mala como aquélla.

2 comentarios:

Altaspelis dijo...

Gracias por esta pagina, gracias Bukowski por este cuento.

Anónimo dijo...

Simplemente, GENIAL, BRILLANTE.