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lunes, 10 de febrero de 2014

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 86

El mercado de trabajo en granjas estaba entre la Quinta y la calle San Pedro. Tenías que presentarte allí a las 5 de la mañana. Aún era de noche cuando llegué. Los hombres estaban ahí quietos, sentados o de pie, liando cigarrillos, hablaban poco. Todos aquellos "lugares tenían siempre el mismo olor —olor a sudor rancio, orina y vino barato.

El día anterior había ayudado a Jan a mudarse a casa de un tío gordo, funcionario de hacienda, que vivía en Kingsley Drive. Me quedé en el vestíbulo fuera de su vista y observé cómo el tío la besaba; luego entraron juntos en el apartamento y la puerta se cerró. Salí y bajé caminando por la calle solo, fijándome por primera vez en la cantidad de pedazos de papel volatineros y la basura acumulada cubriendo las aceras. Nos habían echado del apartamento. Tenía 2 dólares y ocho centavos. Jan me prometió que esperaría hasta que mi suerte cambiara, pero me resultó difícil creérmelo. El funcionario de hacienda se llamaba Jim Bemis, tenía una oficina en Alva-rado Street y mucha pasta.
—Le odio cuando me folla —me había dicho Jan. Ahora probablemente le estaba
diciendo lo mismo acerca de mí.

Las naranjas y los tomates estaban apilados en cestas y aparentemente eran gratuitos. Cogí una naranja, mordí la piel y chupé el zumo. Había agotado mi seguro de desempleo después de que me echaran del hotel Sans.

Un tío de unos cuarenta años se me acercó. Su cabello parecía muerto, de hecho no parecía un cabello humano, sino más bien cordones de hilo. La potente luz que venía del techo le daba un aspecto cadavérico. Tenía lunares marrones en la cara, la mayoría

acumulados alrededor de su boca. De cada uno surgían dos o tres pelos negros.
—¿Qué tal? —me dijo.
—Bien.
—¿Te gustaría que te la chupase?
—No, creo que no.
—Estoy caliente, tío, estoy excitado. Lo hago muy bien, de verdad.
—Mira, lo siento, no me va.

Se alejó cabreado. Miré a mi alrededor en la gran nave. Había unos cincuenta hombres esperando. Había también diez o doce contratistas sentados en sus escritorios o paseando por ahí. Fumaban cigarrillos y parecían más preocupados que los vagabundos. Los contraristas estaban separados de nosotros por una pesada verja de alambre, del suelo al techo. Alguien la había pintado de amarillo. De un amarillo muy Cuando un contratista quería hacer una transacción con un vagabundo, quitaba el cerrojo y abría una ventanilla de cristal que había en la verja. Cuando finalizaba el papeleo, el contratista corría la ventanilla y le echaba el cerrojo, y cada vez que esto ocurría, la esperanza parecía desvanecerse. Todos nos incorporábamos cuando se descorría la ventanilla, cada oportunidad era nuestra oportunidad, pero cuando se cerraba, la esperanza se evaporaba. Entonces nos mirábamos unos a otros.

A lo largo de la pared trasera, detrás de la valla amarilla y de los contratistas, estaban seis pizarras. Había tiza blanca y borradores, igual que en la escuela primaria. Cinco de las pizarras estaban limpias, aunque todavía se podían percibir vestigios fantasmales de anteriores mensajes, de trabajos ya concretados y perdidos para siempre en lo que a nosotros concernía.
Había un mensaje en la sexta pizarra:
SE NECESITAN RECOLECTORES DE TOMATES EN BASKERFIELD

Yo creía que las máquinas cosechadoras habían acabado para siempre con los recogedores de tomates. Pero no era así. Al parecer el material humano era más barato que las máquinas. Y las máquinas se averiaban. Ajá.

Me fijé en las personas que aguardaban —no había orientales, ni judíos, ni apenas negros. La mayoría de estos parias eran blancos pobres o chícanos. Los dos o tres negros que había estaban ya borrachos de vino.

Entonces uno de los contratistas se levantó. Era un hombre de gran envergadura con barriga de bebedor de cerveza. Lo primero que veías era su camisota amarilla con rayas negras verticales. La camisa estaba superalmi-donada y llevaba brazaletes para mantener subidas las mangas, igual que los fotógrafos del siglo pasado. Se acercó y descorrió la ventanilla de cristal de la verja amarilla.
—¡Muy bien! ¡Hay un camión en la parte trasera que va para Baskerfield!
Corrió la ventanilla y echó el cerrojo, luego volvió a sentarse en su escritorio y
encendió un cigarrillo.

Durante un momento nadie se movió. Entonces uno por uno aquellos que estaban sentados en los bancos comenzaron a levantarse y a estirarse. Sus rostros permanecían inexpresivos. Los hombres que habían estado arrojando los restos de sus cigarrillos al suelo y apagándolos con las plantas de los pies empezaron a circular cuidadosamente. Un lento éxodo general comenzó; todo el mundo se dirigió hacia una puerta lateral que daba a un patio vallado.
El sol estaba saliendo. Nos miramos los unos a los otros, de verdad, por vez primera.
Algunos sonrieron al reconocer alguna cara familiar.

Nos pusimos en fila, dirigiéndonos a empujones hacia la parte trasera del camión, a la luz del alba. Era la hora de moverse. Estábamos subiendo a un camión del ejército veterano de la segunda guerra mundial con un techo de lona agujereada. Nos fuimos acercando, empujándonos con rudeza, pero al mismo tiempo tratando de mostrarnos un poco educados. Entonces sentí que alguien me tiraba de los hombros. Retrocedí.
La capacidad del camión era admirable. El enorme capataz mexicano permanecía

subido a la caja del camión metiendo a la gente para adentro.
—Bueno, bueno, venga, venga...
La gente iba entrando con lentitud, como si se introdujese en la boca de la ballena.

Los pude ver apelotonados dentro del camión y me fijé en sus rostros; estaban charlando con calma y sonriendo. Me repelían y al mismo tiempo me sentía muy solo. Entonces decidí que podía cosechar tomates, decidí meterme. Alguien me embistió desde atrás. Era una gorda mexicana que parecía muy sofocada. La cogí de las caderas y la ayudé a subir. Era muy pesada y difícil de manejar. Finalmente hice firme en algo; parecía que una de mis manos se había sumergido en lo más recóndito de su obeso culo. Conseguí hacerla indiferente.
subir. Entonces busqué un apoyo con mi mano y me dispuse a subir. Era el último. El capataz
mexicano me puso el pie en la mano.
—No —me dijo—, ya tenemos suficientes.
El motor del camión se puso en marcha, renqueó, se caló. El conductor volvió a
intentarlo. Arrancó y se fueron.

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jueves, 6 de febrero de 2014

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 85

Los domingos eran cojonudos porque estaba solo, y no tardé en llevarme una botellita de whisky al trabajo. Uno de estos domingos, después de una noche de borrachera brutal, la botellita mañanera me dio la puntilla; perdí la noción de todo. Aquella noche, al llegar a casa, tenía la vaga impresión de haber tenido una actividad algo inusual. Se lo dije a Jan a la mañana siguiente, antes de irme al trabajo.
—Creo que ayer jodí la marrana. Pero a lo mejor son todo figuraciones mías.
Entré y fui a fichar en el reloj. Mi ficha no estaba en el panel. Me di la vuelta y fui a ver

a la vieja que llevaba la oficina de personal. Cuando me vio pareció ponerse nerviosa.
—Señora Farrington, ha desaparecido mi ficha del reloj.
—Henry, yo siempre creí que eras un chico decente.
-¿Sí?
—¿Es que ya no te acuerdas de lo que hiciste? —me preguntó, mirando nerviosamente
a su alrededor.
—No, señora.
—Estabas borracho. Encerraste al señor Pelvington en el retrete de caballeros y no le

dejabas salir. Le tuviste encerrado durante media hora.
—¿Qué le hice?
—No querías dejarle salir.
—¿Quién es?
—El gerente de este hotel.
—¿Y qué más hice?

—Estuviste sermoneándole sobre cómo dirigir este hotel. El señor Pelvington ha estado en el negocio de hostelería durante treinta años. Le dijiste que las prostitutas debían ser hospedadas sólo en el primer piso y que debían someterse a exámenes médicos periódicos. No hay prostitutas en este hotel, Chinaski.

—Oh, ya lo sé, señora Pelvington.
—Farrington.
—Señora Farrington.

—También le dijiste al señor Pelvington que sólo hacían falta dos hombres para descargar los camiones en vez de diez, y que cesarían las sustracciones si a cada empleado se le diera una langosta viva para llevar a casa cada noche, en una jaula especialmente construida que pudiera llevarse en autobuses y tranvías.
—Tiene usted un gran sentido del humor, señora Farrington.

—El guardia de seguridad no consiguió que soltaras al señor Pelvington. Le rompiste la gabardina, estabas frenético. Fue sólo después de que llamáramos a la policía cuando le dejaste libre.
—¿Debo presumir que estoy despedido?
— Presumes correctamente, Chinaski.
Salí por detrás de una pila de cestas de langostas. Cuando la señora Farrington dejó de mirarme, torcí hacia la cafetería de personal. Todavía tenía mi tarjeta de ali-

mentación. Podía tomarme un último almuerzo de categoría. La comida era tan buena como la que les daban a los clientes en el piso de arriba y además te ponían mayores raciones. Agarré mi tarjeta y entré en la cafetería, cogí una bandeja, cuchillo y tenedor, una taza y varias servilletas de papel. Me acerqué al mostrador de la cocina. Entonces levanté la mirada. Clavado a la pared detrás del mostrador había un pedazo de cartón con una rotunda frase escrita en letras grandes:
NO LE DEN DE COMER A HENRY CHINASKI
Volví a dejar la bandeja y los cubiertos sin que se dieran cuenta. Salí de la cafetería.
Atravesé el patio de carga, luego salí al callejón. Me crucé con otro vagabundo.
—¿Tienes un cigarro, colega?
Saqué dos, le di uno y yo tomé el otro. Se lo encendí, luego encendí el mío. El se fue
hacia el este y yo hacia el oeste.

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martes, 28 de enero de 2014

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 84

El hotel Sans era el mejor de toda la ciudad de Los Angeles. Era un viejo hotel, pero tenía clase y un encanto que se echaba a faltar en los establecimientos más modernos. Estaba en la parte baja de la ciudad, directamente cruzando el parque.

Era utilizado para convenciones de hombres de negocios y por putas de lujo de talento casi legendario —las cuales al final de sus lucrativas noches solían siempre dar una buena propina a los botones. Se oían también historias de botones que se habían hecho millonarios —fogosos botones con pollas de cuarenta centímetros que habían tenido la suerte de conocer y casarse con alguna rica cliente entrada en años. Y la comida, la LANGOSTA, los grandes chefs negros con larguísimos gorros blancos, que lo sabían todo, no sólo acerca de la gastronomía, sino también acerca de la vida y acerca de mí y acerca de todo.
Se me asignó a la sección de abastecimiento. Aquella sección de abastecimiento tenía estilo; había diez tíos para descargar cada camión, cuando sólo eran necesarios dos, como
máximo. Yo llevaba mis mejores trajes. Nunca toqué nada.

Descargábamos (descargaban) todo aquello que entraba en el hotel, sobre todo alimentos. Parecía que los ricos no comían otra cosa que langostas. Continuamente llegaban cestas y cestas de ellas, deliciosamente rosadas y enormes, moviendo sus pinzas y antenas.
—¿Te gustan estas cosas, eh, Chinaski?
—Sí. Oh, sí —asentía yo.
Un día me llamó la señora de la oficina de personal. La oficina estaba al fondo del

patio de carga.
—Quiero que te encargues de esta oficina los domingos, Chinaski.
—¿Qué tengo qué hacer?
—Sólo contestar el teléfono y contratar a los friegaplatos del domingo.
—¡De acuerdo!
El primer domingo fue cosa fina. Me senté allí como un magnate. Al rato entró un
hombre de edad.
—¿Sí, compadre? —le pregunté.
Llevaba puesto un traje de los caros, pero estaba arrugado y mas bien sucio; y los
puños se estaban empezando a deshilacliar. Sostenía su sombrero entre las manos.
—Oiga —me dijo—. ¿No necesitan a alguien que sea un buen conversador? ¿Alguien
que pueda alternar con la gente y charlar con ella? Tengo un cierto bagaje cosmopolita,

cuento historias entretenidas. Puedo hacer reír a la gente.
-¿Sí?
—Oh, sí.
—Hágame reír.
—Oh, usted no entiende. El escenario ha de ser el adecuado, el ambiente, el decorado,

ya sabe...
—Hágame reír.
—Señor...
—¡No le podemos contratar, es usted un pasmarote!
Los friegaplatos se contrataban al mediodía. Salí de la oficina con paso tranquilo.
Había allí cuarenta vagabundos apelotonados.
—¡Muy bien, oídme, necesitamos cinco tipos buenos! ¡Cinco buenos de verdad! ¡No
alcohólicos ni pervertidos, ni comunistas ni exhibicionistas! ¡Han de tener tarjeta de la

seguridad social! ¡Muy bien, sacadlas y mostradlas bien alto!
Sacaron las tarjetas. Las agitaron.
¡Eh, yo tengo tarjeta, mírala!
¡Hey,
colega,
aquí,
aquí!
¡Dame
a

el
currele!
Yo los miré con calma por encima.
—Bueno, tú, el de la mancha de mierda en el cuello de la camisa —señalé—, da un
paso al frente.
—Esto no es una mancha de mierda, señor. Es salsa de carne.
¡Bueno yo qué sé, capullo,tienes más pinta de haber estado comiendo cagallones que saboreando roast beef!

¡Ah,
¡a ja ja ja!
—se
rieron
los
vagabundos—.
¡Ah
jajajaja!

—¡Bueno, ahora necesito cuatro buenos friegaplatos! ¡Tengo cuatro perras chicas en mi mano. Las voy a lanzar al aire. ¡Los cuatro hombres que me las traigan de vuelta, lavarán hoy los platos!
Lancé las monedas al aire por encima de la chusma. Los cuerpos saltaron y cayeron al suelo, las ropas se desgarraron, se oyeron blasfemias, un hombre dio un alarido, hubo muchos puñetazos. Luego los cuatro afortunados vinieron hasta mí, uno por uno, respirando fuertemente, cada cual con su monedita. Les di sus tarjetas de trabajo y los mandé a la cafetería de personal para que antes se alimentasen bien. Los otros vagabundos fueron bajando lentamente la rampa de camiones, salieron y se alejaron caminando por el callejón hacia la tierra baldía de los arrabales de Los Angeles, en domingo.

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viernes, 24 de enero de 2014

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 83

La Repostería Nacional estaba cerca. Me dieron un gorro blanco y un delantal. Hacían bollitos, galletas, pasteles y todo eso. Como yo había señalado en mi solicitud mis dos años de universidad, me dieron el puesto de Hombre del Coco. El Hombre del Coco se ponía en lo alto de una percha, metía la pala en el barril de coco desmenuzado y echaba los blancos copos al interior de una máquina. La máquina hacía el resto: espolvoreaba el coco en los pasteles y otras zarandajas que pasaban por debajo. Era un trabajo fácil y digno. Y allí estaba yo, vestido de blanco, arrojando a paletadas el niveo coco pulverizado al interior de la máquina. Al otro lado de la sala había docenas de muchachas, también vestidas de blanco, con sus cofias. Yo no sabía muy bien lo que hacían, pero estaban siempre atareadas. Trabajábamos por las noches.

Ocurrió en mi segunda noche. Empezó lentamente, dos de las chicas comenzaron a cantar: «¡Oh, Henry, oh Henry, qué gran amante eres! ¡Oh, Henry, oh Henry, nos llevas al cielo!». Más y más chicas se fueron uniendo. Al poco rato estaban todas cantando. Yo pensé, está claro que esto va por mí.

El supervisor irrumpió gritando.
—¡Bueno, bueno, chicas, ya es suficiente!
Yo introduje mi pala con calma en el polvo de coco y lo acepté todo...
Llevaba allí dos o tres semanas cuando sonó un timbre durante la última tanda de

pasteles. Se oyó una voz por los altavoces.
—Todos los hombres acudan a la parte posterior del edificio.
Un hombre con traje de ejecutivo se nos aproximó.
—Vengan aquí —dijo.
Llevaba una carpeta con una hoja de papel. Los hombres se agruparon a su alrededor.
Todos estábamos vestidos con nuestros delantales blancos. Yo me quedé al borde del
círculo.

—Estamos entrando en un período de descenso de ventas —dijo el tío—. Lamento decirles que vamos a tener que despedirles a todos hasta que las cosas vuelvan a marchar bien. Ahora, si quieren ponerse en fila delante mío, anotaré sus nombres, números de teléfono y direcciones. Cuando vuelvan a ir bien las cosas, serán los primeros en saberlo.

Los muchachos empezaron a formar una fila, dándose codazos y empujones. Yo ni siquiera intenté acercarme. Contemplé a todos mis colegas dando religiosamente sus nombres y direcciones. Estos, pensé, son los tíos que bailan con tanto garbo en las fiestas. Fui hasta mi arma-rito, colgué mis blancas vestiduras, dejé mi pala apoyada junto a la puerta y me largué.

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lunes, 20 de enero de 2014

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 82

Era otra casa de tubos de luz fluorescente: la Compañía Honeybeam. La mayoría de las cajas eran de metro y medio a dos metros de largas, y pesadas de manejar. La jornada era de diez horas. El procedimiento era bastante simple: ibas a la línea de ensamblaje y cogías los tubos, los llevabas a la parte trasera y los metías en las cajas. La mayoría del personal era mexicano o negro. Los negros se metían conmigo y me acusaban de querer pasarme de listo. Los mexicanos se quedaban detrás observando en silencio. Cada día era una batalla —tanto por mi vida como para conseguir evitar al jefe de empaquetado, Monty. Se pasaban el día buscándome las cosquillas.

—¡Hey, chico, chico! ¡Ven aquíí, chicoo! ¡Chico, quiero hablar contigo!
Era el pequeño Eddie. El pequeño Eddie sabía cómo hacerlo.
Yo no contesté.
— ¡Chico, estoy hablando contigo!
—Eddie, ¿te gustaría tener un gancho de carretilla bien metido en el culo mientras
cantas Old Man River?
—¿Cómo es que tiene todos esos agujeros en la cara, blanquito? ¿Te caíste encima de
una taladradora cuando dormías?
—¿Cómo es que tienes esa cicatriz en el labio? ¿Es que tu novio se ató una navaja en la
polla?Salí fuera a la hora del café y me las tuve que ver con Big Angel. Big Angel me infló a

hostias pero yo le coloqué alguna buena, no me dejé llevar por el pánico y me mantuve firme. Sabía que sólo tenía diez minutos para cebarse conmigo y eso me ayudó a aguantarlo. Lo que más me dolió fue un dedo gordo que me metió en el ojo. Volvimos a entrar al trabajo juntos, jadeando y resoplando.
—No eres gran cosa —dijo él.
—Trata de repetirlo un día que no esté con resaca. Te correré a hostias por todo el

patio.
—Muy bien —dijo—, ven un día fresco y limpito y veremos qué pasa.
Decidí no aparecer nunca por ahí fresco y limpito.
Lo mejoi era cuando la línea de ensamblaje no podía con nuestro ritmo y nos quedábamos esperando. La línea de ensamblaje estaba formada principalmente por joven-citas mexicanas de hermosa piel y ojos oscuros; llevaban pantalones vaqueros ajustados y ajustados suéteres y pendientes llamativos. Eran tan jóvenes y saludables y efi- cientes y relajadas... Eran buenas obreras, y de vez en cuando alguna levantaba la vista y decía algo y entonces había explosiones de risa y miradas de reojo mientras yo miraba como se reían con sus tejanos ajustados y sus suéteres ajustados y pensaba: si una de ellas estuviese en la cama esta noche conmigo, me podría tragar toda esta mierda mucho más fácilmente. Todos pensábamos lo mismo. Y a la vez pensábamos: todas pertenecen a algún otro. Bueno, qué demonios. Qué más daba. En quince años pesarían noventa kilos y serían sus hijas las que harían soñar a obreros desesperados.

Me compré un coche viejo de ocho años y permanecí en el trabajo todo el mes de diciembre. Entonces vino la fiesta de Navidad. Era el 24 de diciembre. Habría bebidas, comida, música, baile. A mí no me gustaban las fiestas. No sabía bailar y la gente me asustaba, especialmente la gente de las fiestas. Trataban de ser sexys y alegres e ingeniosos, y aunque creían que conseguían serlo, no era así. Llegaban a ser todo lo contrario. Sus intentos forzados sólo conseguían empeorarlo.
Así que cuando Jan se inclinó junto a mí y me dijo:
—Que le den por culo a esa fiesta, quédate en casa conmigo. Nos emborracharemos

aquí —no me costó mucho trabajo decidirme.
El día después de Navidad, me hablaron de la fiesta. El pequeño Eddie me dijo:
—Christine lloró porque no apareciste.
—¿Quién?
—Christine, esa chiquita mexicana tan graciosa.
—¿Quién es?
—Trabaja en la última fila, en ensamblaje.
—Corta el rollo.
—Sí. Lloró y lloró. Alguien dibujó un gran retrato tuyo con perilla y todo y lo colgó de
la pared. Debajo escribieron: «¡Dame otro trago!»
—Lo siento, tío, tuve un compromiso.

—No pasa nada. Ella al final dejó de llorar y bailó conmigo. Se puso borracha y empezó a tirar pasteles y se puso aún más borracha y bailó con todos los muchachos negros. Baila de lo más sexy. Al final se fue a casa con Big Angel.
—Big Angel probablemente le metió el dedo gordo en el ojo —dije jo.
La víspera de Año Nuevo, después de la pausa para el almuerzo, Morris me llamó y me

dijo:
—Quiero hablar contigo.
—Muy bien.
—Ven por aquí.
Morris me llevó a un oscuro rincón junto a una pila de cajas de empaquetado.
—Mira, vamos a tener que despedirte.
—Bueno, ¿este es mi último día?
—Sí.
— ¿ ESTÁ listo el cheque?
—No, te lo enviaremos por correo.
—De acuerdo.

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martes, 14 de enero de 2014

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 81

El siguiente trabajo tampoco me duró mucho. No llegó a ser más que una pequeña escala. Era una pequeña compañía especializada en artículos de Navidad: luces, guirnaldas, Santa Claus, árboles de papel y todo eso. Al contratarme me dijeron que el trabajo sólo duraría hasta el día de Acción de Gracias; que después del día de Acción de Gracias ya no se hacía negocio. Eramos media docena de tíos contratados bajo las mismas condiciones. Decían que éramos «hombres de almacén», pero nuestro trabajo consistía, más que nada, en cargar y descargar camiones. Aunque también, un hombre de almacén era un tío que se pasaba mucho tiempo por ahí fumando cigarrillos, en un estado medio adormilado y sin hacer nada. Pero ninguno de los seis duramos hasta el día de Acción de Gracias. Por iniciativa mía íbamos todos los días a un bar a almorzar. Nuestros períodos de almuerzo se fueron alargando más y más. Una tarde simplemente pasamos de volver. Pero a la mañana siguiente, como buenos chicos, nos presentamos allí de nuevo. Nos dijeron que no querían volver a vernos.
—Ahora —dijo el director—, voy a tener que contratar a otra maldita pandilla de
vagos.—Y despedirlos el día de Acción de Gracias —dijo uno de nosotros.

—Escuchad —dijo el director—. ¿Queréis trabajar un día más?
—¿Para que usted tenga tiempo de entrevistar y contratar a nuestros sustitutos?
—Cogedlo o dejadlo —dijo él.
Lo cogimos y trabajamos todo el día, riéndonos como descosidos y lanzándonos cajas
de cartón por el aire. Luego recogimos nuestros cheques de despido y volvimos a nuestras
habitaciones y a nuestras mujeres borrachas.

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viernes, 10 de enero de 2014

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 80

La siguiente cosa que ocurrió fue que contrataron a una chica japonesa. Yo siempre había tenido la extraña convicción, durante mucho tiempo, de que, después que todos los problemas y el dolor desaparecieran, una chica japonesa vendría un buen día a mí y juntos viviríamos felices para siempre. No con una felicidad excesiva, sino con facilidad, entendimiento profundo e intereses mutuos. Las mujeres japonesas tenían una hermosa estructura ósea. La forma del cráneo y ese modo en que se aprieta la piel con la edad, eran algo adorable; la piel tensada del tambor. A las mujeres americanas se les ablandaba la cara más y más y finalmente se les caía. Hasta sus culos se les caían también, de forma indecente. La fuerza de ambas culturas era asimismo muy diferente: las mujeres japonesas entendían instintivamente el ayer, el hoy y el mañana. Llamadlo sabiduría. Y tenían el poder de la firme/a. Las mujeres americanas sólo sabían de] hoy y tendían a romperse en pedazos cuando un solo día les iba mal.

Así que me quedé cantidad con la chica nueva. Aparte, seguía bebiendo duro con Jan, lo cual me descerrajaba a tope el cerebro, me daba una extraña sensación ventilada, lo hacía funcionar entre cabriolas y quiebros y torbellinos, me daba mucha marcha. Así que el primer día que se acercó con un puñado de facturas, le dije:

—Eh, ven que te agarre. Quiero besarte.
—¿Qué?
—Ya me has oído.
Se fue. Mientras se alejaba me di cuenta de que tenía una leve cojera. Comprendí el
significado: era el dolor y el peso de los siglos.

Empecé a acosarla como un borracho congestionado y caliente atravesando Texas en un autobús Greyhound. Ella estaba intrigada —comprendía mi chifladura—. La estaba conquistando sin enterarme.
Un día llamó por teléfono un cliente preguntando si teníamos disponibles botes de un
galón de cola de pegar y ella vino a mirar entre unas cajas almacenadas en un rincón. La vi y

le pregunté si podía ayudarla. Ella me dijo:
—Ectoy buscando una caja de cola de pegar con un sello de 2-G.
—¿2-G, eh? —le dije.
Puse mi brazo alrededor de su cintura.
—Vamos a hacerlo. Tú eres la sabiduría de siglos y yo soy yo. Estamos hechos el uno
para el otro.
Empezó a soltar risitas como una mujer americana. —Eh —dije—, las chicas
japonesas no hacen esas cosas. ¿Qué coño pasa contigo?

Se dejó apresar por mis brazos. Vi una pila de cajas de pintura apoyadas contra la pared. La llevé hasta allí y gentilmente ]a hice sentarse en la pila de cajas. La hice tumbarse. Me puse encima y comencé a besarla, subiéndole el vestido. Entonces entró Danny, uno de los empleados. Danny era virgen. Danny iba a clase de pintura por las noches y se quedaba dormido durante el día en el trabajo. No sabía distinguir el arte de las colillas de cigarrillos.
—¿Qué diablos está ocurriendo aquí? —dijo, y luego se fue corriendo hacia la oficina

central.
Bud me mandó llamar a su oficina a la mañana siguiente.
—Sabrás que a ella también la tenemos que despedir.
—Ella no tuvo la culpa.
—Estaba contigo ahí detrás.
—Yo la forcé.
—Ella accedió, según Danny.
—¡Qué coño sabrá Danny de eso! A la única cosa a la que ha accedido en su vida es a

su mano.
—El os vio.
—¿Qué vio? Ni siquiera llegué a bajarle las bragas.
—Esto es un lugar de trabajo.
—¿Qué me dice de Mary Lou?
—Yo te contraté porque pensé que eras un empleado de envíos competente.

—Gracias. Y acabo siendo despedido por tratar de follarme a una exótica de ojos rasgados con una cojera en la pierna izquierda encima de cuarenta galones de pintura de garrafón que, por cierto, han estado vendiendo al departamento de arte del City College de L.A. como si fuera de primera categoría. Tal vez debería denunciarles a la oficina de Defensa del Consumidor.

—Aquí está tu cheque. Estás despedido.
—Está bien. Nos veremos en Santa Anita.
—Claro.
En el cheque había un día extra de pago. Nos dimos la mano y luego me fui.

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lunes, 6 de enero de 2014

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 79

El almacén iba hacia la quiebra. Los pedidos eran cada vez más pequeños. Cada día había menos cosas que hacer. Despidieron al amigo de Picasso y me pusieron a limpiar los retretes, vaciar las papeleras y colocar el papel higiénico. Todas las mañanas barría y regaba la acera juntoa la puerta del almacén. Una veza la semana lavabalas ventanas.
Un día decidí limpiar mi propio terreno. Una de las cosas que hice fue limpiar el cuarto del cartón, donde yo guardaba todas las cajas de cartón vacías que se utilizaban para los envíos. Las saqué todas y barrí toda la mierda acumulada. Mientras lo limpiaba me apercibí de una pequeña caja gris oblonga en el fondo del cuartucho. La cogí y la abrí. Contenía veinticuatro pinceles de pelo de camello de tamaño grande. Eran soberbios y hermosos y valían diez dólares cada uno. Yo no sabía qué hacer. Me quedé mirándolos durante algún rato, entonces cerré la caja, salí al callejón y los metí en un cubo de basura. Luego volví a meter todas las cajas de cartón vacías en el cuartito.

Aquella noche salí lo más tarde posible. Me fui hasta el café de al lado y pedí un café y tarta de manzana. Luego salí, bajé por la avenida y doblé por la esquina del callejón. Subí por el callejón y estaba a mitad de camino cuando vi a Bud y Mary Lou bajar por el otro extremo. No podía hacer otra cosa que seguir caminando. Era inevitable. Nos acercamos cada vez más. Finalmente, al pasar a su lado, dije: —Hola. —Ellos dijeron : —Hola —y seguí caminando. Subí hasta el final del callejón, crucé la calle y me metí en un bar. Me senté. Estuve sentado un rato y me tomé una cerveza y luego otra más. Una mujer al final de la barra me preguntó si tenía un cerilla. Me acerqué hasta ella y le encendí el pitillo; mientras lo hacía, se tiró un pedo. Le pregunté si vivía en el barrio. Me dijo que era de Montana. Me acordé de una noche desgraciada que había pasado en Cheyenne, Wyoming, que está bas- tante cerca de Montana. Finalmente salí y regresó al callejón.

Me acerqué al bote de basura y miré dentro. Aún seguía allí: la caja gris y oblonga. No parecía vacía. Me la metí por el cuello de la camisa y la solté; cayó, se deslizó por mi pecho y fue a asentarse junto a mi barriga. Volví andando a casa.

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jueves, 2 de enero de 2014

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 78

El señor Manders se acercó adonde yo estaba trabajando, se paró allí y me observó. Yo estaba empaquetando un voluminoso pedido de pinturas y él se quedó allí mirándome. Manders había sido el primer dueño del almacén, pero su esposa se había fugado con un negro y él había empezado a beber. Bebió hasta arruinarse. Ahora era sólo un vendedor y otro hombre era el dueño del negocio.
—¿Está poniendo etiquetas de FRAGIL en estos paquetes?
—Sí.
—¿Lo empaqueta todo bien? ¿Con un buen relleno de papel de periódico y paja?
—Creo que lo hago bien.
—¿Tiene suficientes etiquetas de FRÁGIL?
—Sí, hay un cajón lleno debajo de este banco.
—¿Está seguro de que sabe lo que hace? Usted no tiene pinta de empleado de envíos.
—¿Y qué pinta debería de tener?
—Normalmente llevan delantales. Usted no lleva delantal.
—Ah.
—Los de Smith y Barnsley han llamado para decir que han recibido rota una jarra de

cola en un envío.
No contesté.
—Si se le acaban las etiquetas de FRÁGIL, dígamelo.
—Cómo no.
Manders se fue andando por el pasillo. Entonces se paró, se dio la vuelta y me miró.
Corté algo de cinta adhesiva del rollo y con especial cuidado precinté el paquete. Manders se

volvió y siguió caminando.
Bud vino corriendo.
—¿Cuántos bastidores de metro y medio hay disponibles?
—Ninguno.
—Hay un tío que quiere cinco bastidores de metro y medio para ahora mismo. Los está
esperando. Hazlos rápidamente.

Se fue corriendo. Un bastidor es una plancha de contrachapado con un borde de goma. Se usa en serigrafía. Subí al ático y cogí una larga plancha de madera, señalé secciones de metro y medio y las serré. Luego empecé a taladrar agujeros en uno de los bordes. Colocabas la tira de goma después de taladrar unos agujeros. Luego tenías que pegar bien la goma de modo que quedase absolutamente recta y ajustada. Si el borde de goma no quedaba perfectamente recto y nivelado, el proceso de serigrafía no funcionaba. Y la puta goma tenía la manía de torcerse y levantarse y resistirse.

Bud volvió pasados tres minutos.
—¿Tienes ya listos esos bastidores?
—No.
Volvió corriendo a la parte delantera. Yo taladraba, apretaba tornillos, lijaba. Pasados

cinco minutos regresó de nuevo.
—¿Tienes ya listos esos bastidores?
—No.
Volvió a irse corriendo.
Tenía acabado un bastidor y estaba a mitad de otro cuando vino otra vez.
—Olvídalo ya, se ha marchado —dijo, y regresó caminando a la parte delantera...

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sábado, 28 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 77

Paul era uno de los empleados de la tienda. Era gordo, tendría unos 28 años. Sus ojos eran muy grandes, vidriosos e hinchados. Le pegaba a las pastillas. Me enseñó un puñado. Todas de diferentes colores y tamaños.
—¿Quieres unas cuantas?
—No.
—Vamos, coge una.

—Bueno.
Cogí una amarilla.
—Yo me las tomo todas —me dijo—. Son cosas dia-
bólicas. Unas me quieren hacer subir, otras me quieren hacer bajar. Yo dejo que luchen

dentro de mí.
—Se supone que eso debe dar bastante palo.
—Ya lo sé. ¿Oye, por qué no te vienes a mi casa después del trabajo?
—Tengo una mujer.
—Cualquiera tiene una mujer. Pero yo tengo algo mejor.
—¿Qué?

—Mi novia me compró esta maquinita por mi cumpleaños. Follamos con ella. Se mueve para arriba y para abajo, no tenemos que hacer ningún esfuerzo. Todo el esfuerzo lo hace la máquina.
—Suena bien.
—Tú y yo podemos usar la máquina. Hace mucho ruido, pero no pasa nada mientras la
usemos antes de las diez de la noche.
—¿Y quién se pone encima?
—¿Eso qué importa? A mí me da igual por un lado que por otro. Joder o que me jodan,

es lo mismo.
—¿Es lo mismo?
—Claro, no importa. Lo echaremos a suertes.
—Lo tengo que pensar.
—Bueno, ¿quieres otra pastilla?
—Sí. Dame otra amarilla.
—Te veré a la salida.
—Vale.
Paul me abordó a la salida.
—¿Y bien?
—No puedo hacerlo, Paul. Yo soy heterosexual.
—Es una máquina cojonuda. Una vez que te pongas con la máquina, pasaras de todo.
—No puedo hacerlo.
—Bueno, de todos modos ven y te enseñaré mi colección de pildoras.
—De acuerdo. Eso sí.
Cerré la puerta trasera del almacén. Luego salimos juntos por delante. Mary Lou
estaba sentada en la oficina fumando un cigarrillo y charlando con Bud.
—Buenas noches, tíos —dijo Bud con una ancha sonrisa cruzándole la cara...
La casa de Paul estaba a una manzana hacia el sur. Tenía un apartamento en una planta
baja con las ventanas dando a la Séptima calle.
—Aquí está la máquina —dijo. La puso en marcha.

—Mírala, mírala. Suena como una lavadora. La mujer del piso de arriba, cuando me ve por las escaleras me dice: «Paul, se ve que es usted un hombre muy limpio. Le oigo lavar la ropa tres o cuatro veces a la semana».
—Apágala —dije yo.
—Mira mis pastillas. Tengo miles de pastillas, millares. Muchas ni siquiera sé para
qué sirven.

Paul tenía todos los frascos en la mesilla de la cocina. Había once o doce frascos, todos de diferentes tamaños y formas, rellenos de pildoras de múltiples colores. Era algo hermoso. Mientras lo contemplaba, abrió un frasco, sacó tres o cuatro pastillas y se las tragó. Luego

abrió otro frasco y se tomó otro par de pastillas. Luego abrió un tercer frasco.
—Venga, qué demonios —me dijo—, vamos a ponernos con la máquina.
—Parece que va a llover. Tengo que irme.
—¡Muy bien! —dijo él—. ¡Si no quieres follarme, me follaré yo solo!
Cerré la puerta detrás mío y salí a la calle. Oí como ponía la máquina en marcha.

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martes, 24 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 76

Bud se acercó empujando la carretilla con tres botes de un galón de pintura. Los puso en la mesa de empaquetado. Llevaban la etiqueta de rojo carmesí. Me entregó tres etiquetas. En éstas ponía bermellón.
—Se nos ha acabado el bermellón —me dijo—. Quita las etiquetas de los botes y pega

éstas de bermellón.
—Pero hay bastante diferencia entre el carmesí y el bermellón —dije yo.
—Tú ocúpate sólo de cambiarlas.
Me pasó unos trapos y una cuchilla. Mojé los trapos con agua y envolví con ellos los
botes. Luego, con la cuchilla, raspé las etiquetas y pegué las nuevas.
Bud volvió unos pocos minutos después. Traía un bote de azul ultramarino y una
etiqueta de azul cobalto. Bueno, el tío se estaba enrollando...

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viernes, 20 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 75

Mary Lou era una de las chicas que trabajaban en la oficina central. Mary Lou tenía estilo. Conducía un Cadillac de tres años y vivía con su madre. Ligaba con miembros de la Filarmónica de Los Angeles, directores de cine, cameramans, abogados, inspectores de hacienda, ciruja nos, monstruos sagrados, ex-aviadores, bailarines de ballet y otras figuras de relieve como luchadores o futbolistas. Pero nunca se había llegado a casar ni había dejado

jamás la oficina central de las Gráficas Querubín, excepto alguna que otra vez para un polvete rápido con Bud en el lavabo de señoras, entre risitas, con la puerta cerrada y pensando que todos nos habíamos ido a casa. También era bastante religiosa y le encantaba apostar a los caballos, pero preferiblemente con un asiento reservado y, preferiblemente en Santa Anita. Hollywood Park le parecía un picadero de pencos. Estaba desesperada y a la vez era selectiva y, en cierto modo, hermosa, pero no tenía detrás a tantos hombres locos por ella como para tenérselo tan creído.

Una de sus tareas era traerme una copia de las órdenes de envío después de haberlas mecanografiado. Los empleados cogían otra copia de las mismas órdenes de la cesta y las rellenaban cuando no estaban esperando clientes, luego yo las emparejaba antes de empaquetar el material. La primera vez que vino con las órdenes llevaba puesta una ajustada falda negra, zapatos de tacón, una blusa blanca y un pañuelo dorado y negro alrededor del cuello. Tenía una nariz respingona muy atractiva, un trasero maravilloso y unas tetas cosa fina. Era una chica espigada. Con clase.

—Bud me ha dicho que eres pintor —me dijo.
—A ratos.
—Oh, me parece maravilloso. Tenemos a gente tan interesante trabajando aquí.
—¿Qué quieres decir?

—Bueno, el hombre de la limpieza, por ejemplo, es un anciano; Maurice, se llama, y es francés. Viene una vez a la semana y limpia el almacén. También pinta. Todas sus pinturas, pinceles y lienzos los compra aquí. Pero es bastante extraño. Nunca habla, sólo mueve la

cabeza y señala. Simplemente señala las cosas que quiere comprar.
— Uh, huh
—Es bastante extraño.
—Uh, huh.
—La semana pasada fui al lavabo de señoras y él esta-
ba allí, fregando en la oscuridad. Se había pasado allí cerca de una hora.

—Uh.
—Tú tampoco hablas mucho.
—O, sí, sí que hablo, no pasa nada.
Mary Lou se dio la vuelta y se alejó. Me fijé en sus nalgas, que transmitían su seductor
contoneo a todo el cuerpo. Era mágica. Algunas mujeres eran mágicas.

Había empaquetado algunos pedidos cuando vi llegar al viejo. Tenía un descuidado bigote gris desparramado alrededor de la boca. Era pequeño y encogido. Iba vestido de negro, con una bufanda roja atada al cuello y una boina azul en la cabeza. Debajo de la boina surgía una abundante y desgreñada cabellera gris.

Los ojos de Maurice eran lo más distintivo de todo su ser; eran de un verde vivido y parecían mirar desde remotas profundidades del interior de su cráneo. Cejas tupidas. Iba fumando un largo y estrecho cigarro.
—Hola, chico —me dijo.
Apenas tenía acento francés. Se sentó en el extremo de la mesa de empaquetado y
cruzó las piernas.
—Creí que usted no hablaba nunca.
—Ah, ya. Cojones. Yo no mearía en un agujero por ellos. ¿Para qué andarme con

chácharas y jodiendas?
—¿Por qué limpia los retretes a oscuras?
—Es por Mary Lou. La espío. Entonces me la casco y me corro por el suelo. Luego lo
friego. Ella lo sabe.
—¿Es usted pintor?

—Sí, estoy trabajando en un lienzo en mi habitación. Tan grande como esta pared. Pero no es un mural, es un gran lienzo. Estoy pintando la vida de un hombre —desde su nacimiento a través de la vagina, a lo largo de toda su existencia y finalmente hasta su sepultura. Observo a la gente en el parque. Los utilizo. Esa Mary Lou, debe dar gusto follar

con ella, ¿verdad?
—Tal vez. Puede ser un espejismo.
—Yo viví en Francia. Conocí a Picasso.
—¿De veras?
—Mierda, ya lo creo. Un tío cojonudo.
—¿Cómo le conoció?
—Llamé a su puerta.
—¿Se molestó?
—No, no se molestó en absoluto.
—Hay gente a la que no le gusta Picasso.
—Hay gente a la que no le gusta nadie que sea famoso.
—Y hay gente a la que no le gusta nadie que no lo sea.
—La gente no cuenta. Yo no mearía en un agujero por ella.
—¿Qué dijo Picasso?
—Bueno, yo le hice una pregunta, le dije: «Maestro: ¿qué tengo que hacer para

mejorar mi trabajo?»
—¿Contestó con tópicos?
—No, se enrolló bien.
—¿Qué dijo?
—Me dijo: «Mira, yo no puedo decirte nada sobre tu trabajo. Yo qué sé. Tu trabajo te

lo tienes que hacer todo tú solo. Pasa de los demás».
—Ja.
—Sí.
—Está bien.
—Sí. ¿Tienes una cerilla?
Le pasé las cerillas. Su cigarro se había apagado.
—Mi hermano es rico —me dijo—, pero no quiere saber nada de mí. No le gusta que

yo beba. No le gusta que pinte.
—Pero su hermano no ha conocido a Picasso.
Maurice se levantó y sonrió.
—No, no ha conocido a Picasso.
Se alejó por el pasillo hacia la parte delantera del almacén, con el humo del cigarro
subiéndole por encima del hombro. Se había quedado con mi caja de cerillas.

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lunes, 16 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 74

Los negocios no parecían ir muy bien. Los envíos eran pocos y reducidos. El jefe, Bud,
vino hasta donde yo estaba, sentado en la mesa de despachos, fumándome un puro.
—Cuando las cosas estén tranquilas, puedes irte a tomar una taza de calé ahí a la
esquina. Pero asegúrate de estar de vuelta cuando vengan los camiones a recoger los pedidos.
—Claro.
—Y mantén la cesta bien repleta de impresos de factura. Ten una buena provisión de
impresos.
—De acuerdo.
—También mantén los ojos alerta y cuida de que nadie entre por atrás y nos robe cosas. Tenemos a un montón de zarrapastrosos merodeando por estos callejones.
—De acuerdo.
—¿Tienes suficientes etiquetas de FRAGIL?
—Sí.

—No tengas miedo de poner un buen montón de etiquetas de FRAGIL en los paquetes. Y si sales, házmelo saber. Rellena con paja y periódicos los paquetes con material bueno, especialmente las pinturas envasadas en cristal.
—Cuidaré de todo.

—De acuerdo. Y cuando no haya nada que hacer, puedes salir fuera y tomarte una taza de café. Ahí está el café de Montie. Tienen a una camarera con unas tetas de campeonato, tienes que verlas. Se pone blusas escotadas y todo el rato se está agachando y la visión es algo memorable. Y la tarta de manzana es del día.
—De acuerdo.

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jueves, 12 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 73

Un par de días después encontré un anuncio en el periódico solicitando un empleado de distribución en un almacén de artículos para arte. El almacén estaba muy cerca de donde vivíamos, pero me quedé dormido y no me pasé por ahí hasta las 3 de la tarde. Cuando llegué, el jefe estaba hablando con un solicitante. No sé a cuántos otros habría ya entrevistado. Una chica me dio un impreso para que lo rellenara. El tío aquel parecía que le estaba dando una buena impresión al jefe. Estaban los dos riéndose. Rellené el impreso y aguardé. Finalmente me llamaron.

—Quiero decirle algo. Ya he aceptado otro trabajo esta mañana —le conté—, pero ocurre que entonces vi su anuncio. Vivo en la esquina de al lado. Pensé que sería más agradable trabajar en un lugar tan cercano a mi casa. Aparte, tengo la pintura como hobby. Pensé que podría conseguir un descuento en algunos de los materiales que suelo usar.
—Los empleados tienen el 15 % de descuento. ¿Cuál es el nombre del último sitio que
le ha empleado?

—La compañía Jones-Hammer, electricidad. Voy a supervisar su departamento de distribución. Está bajando la calle Alameda, justo debajo del matadero. Debería presentarme a las 8 de la mañana.
—Bueno, aún queremos entrevistar a algunos solicitantes más.
—De acuerdo. No espero obtener este trabajo. Sólo se me ocurrió probarlo porque me
pilla muy cerca. Tienen mi número de teléfono en el impreso. Pero una vez que empiece a

trabajar con la Jones-Hammer, no estaría bien que les diera plantón.
—¿Está usted casado?
—Sí. Con un hijo. Un niño, Tommy, de 3 años.
—De acuerdo, tendrá noticias nuestras.
A las 6 :30 de la tarde sonó el teléfono.
—¿Señor Chinaski?
-¿Sí?
—¿Todavía desea el trabajo?
—¿Dónde?
—En la compañía Gráfica Querubín de artículos para arte.
—Bien, sí.
—Entonces preséntese a las 8 :30 de la mañana.

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martes, 10 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 72

Eramos unos cuarenta o cincuenta en las clases de aprendizaje. Nos sentábamos todos
en pequeñas sillas pupitre en fila fijadas al suelo. Cada silla tenía una plataforma de madera

en el brazo derecho. Era igual que en los viejos días en clase de biología o química.
Smithson pasó lista.
—¡Peters!
—Yep.
—Calloway.
—Uh, huh.
—Me Bride...
(Silencio.)
—¿Mc Bride?
—Ah, sí.

Siguió la lista. Pensé que estaba muy bien que hubiera tantas vacantes de trabajo, aunque también me preocupaba un poco —probablemente harían que nos enfrentáramos de alguna manera. La ley del más fuerte. En América siempre había gente buscando trabajo. Siempre había un montón de cuerpos utilizables para reemplazar a otros. Y yo quería ser escritor. Casi todo el mundo era escritor. No todo el mundo pensaba en que podía ser dentista o mecánico de automóviles, pero todo el mundo sabía que podía ser escritor. De aquellos cincuenta tíos de la clase, probablemente quince o más pensaban que eran escritores. Casi todo el mundo usaba palabras y podía también escribirlas, en consecuencia casi todo el mundo podía ser escritor. Pero la mayoría de los hombres, por fortuna, no son escritores, ni siquiera conductores de taxi, y algunos —bastantes— desgraciadamente no son nada.
Smithson acabó de pasar lista y miró a su alrededor.
—Estamos aquí reunidos —comenzó, entonces paró de hablar. Miró a un tío negro de

la primera fila.
—¿Spencer?
-¿Sí?
—Le has quitado el alambre a tu gorra, ¿no?
—Sí.

—Bueno, veamos, tú estás sentado en tu taxi con tu gorra metida hasta las orejas como Doug Mc Arthur, y una buena señora con su bolsa de la compra se acerca y quiere coger el taxi y tú estás ahí sentado tal cual con tu brazo colgando fuera de la ventanilla y ella te mira y, claro, piensa que eres un cowboy. Pensará que eres un cowboy y no querrá montar en tu taxi. Cogerá el autobús. Esas pijadas están bien en el ejército, si eres un general victorioso en el Pacífico, pero esto es la compañía Yelloçw Cab de Taxis.
Spencer se agachó, cogió el alambre del suelo y lo volvió a colocar en la gorra.
Necesitaba el trabajo.

—Bueno, la mayoría de vosotros os creéis que sabéis conducir ¿eh, tíos? Pero el hecho es que muy poca gente sabe conducir, sólo sabe guiar a medias. Cada vez que conduzco por la calle me maravillo de que no ocurran más accidentes. Cada día veo a dos o tres personas saltarse un disco en rojo como si no existiera. Yo no soy un predicador, pero puedo deciros esto: con la vida que lleva la gente se está volviendo loca y su locura se manifiesta en la forma como conduce. Yo no estoy aquí para deciros cómo tenéis que vivir. Para eso ir a ver a vuestro rabino o a vuestro cura o a vuestra puta. Yo estoy aquí para enseñaros a conducir. Trato de mantener bajas nuestras tasas de seguro y manteneros vivos para que podáis volver por la noche a vuestras casas a comeros el chocho de vuestras mujeres.
—Hostia —dijo el chico que estaba a mi lado—, el viejo Smithson tiene labia, ¿eh?
—Todo hombre es un poeta —dije yo.

—Ahora —dijo Smithson— y, maldita sea, Mc Bride, despierta y escúchame... Bueno, ¿cuándo es el único momento en que un hombre puede perder el control de su taxi sin poder evitarlo?
—¿Cuando se le ponga dura? —dijo algún coñón.

—Mendoza, si no puedes conducir con la polla dura no nos sirves. Algunos de nuestros mejores choferes con ducen con la polla tiesa durante todo el día y también toda la noche.
Los chicos se rieron.
—Venga, ¿cuándo es el único momento en que un hombre puede perder el control de

su coche sin poder hacer nada para remediarlo?
Nadie respondió. Yo levanté la mano.
—¿Sí, Chinaski?
—Un hombre puede perder el control de su coche cuando estornuda.
—Correcto.
—Me sentí de nuevo como un alumno aventajado. Era igual que en los días en el City
College de L.A. —malas calificaciones, pero bueno para enrollarme en clase con los
profesores.
—De acuerdo, cuando estornudas ¿qué es lo que tienes que hacer?
Cuando levantaba otra vez la mano se abrió la puerta y un hombre entró en la

habitación. Se acercó y se me plantó delante.
—¿Es usted Henry Chinaski?
—Sí.
Me quitó de la cabeza la gorra de taxista, casi con rabia. Todo el mundo se quedó

mirándome. El rostro de Smithson permaneció inexpresivo e imparcial.
—Sígame —me dijo el hombre.
Le seguí por el corredor hasta su oficina.
—Siéntese.
Me senté.
—Hemos investigado acerca de usted, Chinaski. -¿Sí?
—Tiene dieciocho detenciones por borrachera y una por conducir borracho.
—Pensé que si lo ponía en la solicitud no me contratarían.
—Nos mintió.
—He dejado de beber.
—No importa. Desde el momento en que ha falsificado su solicitud queda anulado su
contrato.
Me levanté y me largué. Bajé caminando por la acera
junto al edificio del cáncer. Volví a nuestro apartamento. Jan estaba en la cama.
Llevaba puestas unas bragas rosas de encaje. Uno de los lados estaba sujeto con un imper-

dible. Ya estaba borracha.
—¿Cómo te ha ido, papi?
—No quieren saber nada de mí.
—¿Y cómo es eso?
—No quieren homosexuales.
—Oh, bueno. Hay vino en la nevera. Ponte un vaso y ven a la cama.
Eso hice.

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viernes, 6 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 71

Janeway Smithson era una pequeña, enfermiza y canosa caricatura gallinácea de un hombre. Nos metió a cinco o seis tíos en un taxi y nos dirigimos al lecho del río de L.A. Por aquellos días, el río de Los Angeles era un puro fraude —no había agua, sólo un ancho, llano y seco cauce de cemento. Los vagabundos vivían allí abajo por centenares, en pequeños huecos en el hormigón bajo los puentes. Algunos habían puesto incluso macetas con plantas delante de sus refugios. Todo lo que necesitaban para vivir como reyes era calor enlatado (los tubos de calefacción) y lo que recogían del vecino vertedero de basura. Estaban bronceados y relajados y la mayoría de ellos tenían un aspecto mucho más saludable que cualquier típico hombre de negocios de Los Angeles. Aquellos hombres no tenían problemas con las esposas, los impuestos, los caseros, gastos de entierros, dentistas, intereses bancarios, reparaciones de automóvil, ni votos en una cabina con la cortinita cerrada.

Janeway Smithson llevaba en la compañía veinticinco años y era lo suficientemente imbécil como para enorgullecerse de ello. Llevaba una pistola en su bolsillo derecho y presumía de haber parado el taxi en menos tiempo y menos metros en el test de frenado que cualquier otro hombre en toda la historia de la compañía. Mirando a Janeway Smithson pensé que aquel rollo del récord o era una mentira o había sido una puta casualidad. Aparte, como cualquier otro hombre con veinticinco años de servicio en una misma compañía, Smithson era un demente total.

—Muy bien —dijo—, Bowers, tú eres el primero. Pon a esta soplapollas de máquina a ochenta por hora y manténla así. Yo llevo esta pistola en mi mano derecha y el cronómetro en la izquierda. Cuando yo dispare, tú frenas. Si no tienes reflejos para parar lo bastante pronto, estarás esta tarde vendiendo plátanos verdes en el cruce de la Séptima y Broadway... ¡No, jodido imbécil! ¡No mires a la pistola! ¡Mira al frente! Te voy a cantar una nana, voy a hacer que te duermas. Nunca adivinarás cuándo este hijo de puta que te habla va a disparar.

Disparó en este instante. Bowers pisó el freno. Botamos y rebotamos y el coche derrapó. Nubes de polvo se alzaban de debajo de las ruedas mientras patinábamos entre grandes pilares de hormigón. Finalmente el coche con un chirrido dio una última sacudida y se paró. Alguien en el asiento trasero estaba sangrando por la nariz.
—¿Lo he conseguido? —preguntó Bowers.
—Eso no te lo voy a decir —dijo Smithson, haciendo unas anotaciones en su libreta
negra—. Muy bien, De Esprito, ahora te toca a ti.

De Esprito cogió el volante y volvimos otra vez a lo mismo. Los conductores se fueron turnando mientras corríamos por el cauce del río de arriba a abajo, quemando frenos y neumáticos y pegando tiros con la pistola. Me tocó el último.
—Chinaski —dijo Smithson.
Me puse al volante y aceleré el coche hasta los noventa.
—Tú tienes el récord, ¿eh pistoletas? ¡Te voy a borrar del mapa, te voy a dar una
patada en el culo! —le dije.
—¿Qué?

—¡Quítate la cera de los oídos! ¡Te voy a pisotear, pistoletas! ¡Yo le di una vez la mano a Max Baer! ¡Yo fui una vez mecánico de Tex Ritter! ¡Despídete de tu mierdo-so record!
—¡Estás conduciendo con el freno pisado! ¡Quita el pie del maldito freno!
—¡Cántame una nana, pistoletas! ¡Cántame tu cancion-cita! ¡Tengo cuarenta cartas de
amor de Mae West en mi petaca!
—¡Nunca podrás batir mi record!

No aguardé al disparo. Pisé los frenos. Había supuesto bien su reacción. El pistoletazo y el frenazo sonaron al mismo tiempo. Batí su record mundial por cuatro metros y nueve décimas de segundo. Eso es lo que dijo al principio. Entonces cambió de tono y me acusó de haber hecho trampa. Yo dije:
—Está bien, tío, ponme la marca que te salga de los cojones, pero vámonos del río. No
va a llover y está claro que no vamos a pescar ni un puto pez.

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lunes, 2 de diciembre de 2013

"FCATÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 70

La compañía Yellow Cab de taxis en L.A. está situada en el extremo sur de la Tercera calle. Hileras e hileras de taxis amarillos descansan bajo el sol en las explanadas. Está cerca de la Sociedad Americana contra el Cáncer. Yo había visitado la Sociedad Americana contra el Cáncer hacía poco, pensando que tendría consultas gratis. Tenía bultos por todo el cuerpo, desmayos, escupía sangre, y fui hasta allá; sólo conseguí que me dieran una cita para tres semanas más tarde. Como a todo buen chico americano, me habían dicho siempre: Agarra el cáncer a tiempo. Pero luego, cuando ibas a agarrarlo a tiempo, te hacían esperar tres semanas para una consulta. Esa es la diferencia entre lo que se dice y la realidad.

Después de tres semanas volví y me dijeron que podían hacerme algunos exámenes gratis, pero que podía pasar esos exámenes y no saber realmente si tenía cáncer o no. Sin embargo, si les daba 25 dólares y pasaba otro examen, podía estar bastante seguro de que no tenía cáncer. Para estar absolutamente seguro, después de pasar e] examen de 25 dólares, tendría que seguir con el examen de 75 dólares, y si pasaba también ése, podía estar tranquilo. Significaría que mi problema era de alcoholismo o de nervios o de taquicardia. Te hablaban con franqueza, bien clarito, aquellas gatitas con las batas blancas de la Sociedad Americana contra el Cáncer, y yo dije: en otras palabras 100 dólares. Uhmm, hum, asintieron, y yo salí y me sumergí en una borrachera de tres días y todos los bultos desaparecieron junto a los desmayos y los esputos de sangre.

Cuando fui a la compañía Yellow Cab de taxis pasé por el edificio del cáncer y me acordé de que había cosas peores que andar buscando un trabajo que no deseabas. Entré y pareció lo bastante sencillo, los mismos historiales de siempre, preguntas, etc. La única novedad fueron las huellas dactilares, pero yo sabía cómo dejarme tomar las huellas dactilares así que relajé la mano y los dedos y los apreté en la tinta. La chica me felicitó por mi destreza. No sospechó que la había adquirido en las comisarías. El señor Yellow me dijo que volviese al día siguiente para las clases de aprendizaje, y Jan y yo lo celebramos por la noche.

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jueves, 28 de noviembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 69

Perdí aquel trabajo rápidamente, igual que tantos otros. Nunca me importaba mucho perderlos —a excepción de una vez: era el trabajo más facilón que jamás había tenido, y me jodió mucho quedarme sin él. Fue durante la segunda guerra mundial. Estaba trabajando para la Cruz Roja en San Francisco, conduciendo un camión lleno de enfermeras y botellas y neveras a lo largo de varias pequeñas ciudades. Recogíamos sangre para el socorro de guerra. Les descargaba el camión a las enfermeras y luego tenía todo el resto del día libre para pasear por ahí, dormir en el parque, lo que fuera. Al final del día, las enfermeras almacenaban las botellas llenas en los frigoríficos y yo limpiaba las gotas de sangre de los tubos de goma en el retrete más cercano. Normalmente estaba sobrio, pero mientras estrujaba los tubos con mis dedos intentaba convencerme de que las gotas de sangre eran pececitos o bonitos bichejos que se movían traviesamente, lo cual me servía para no vomitar todo el almuerzo.

El trabajo con la Cruz Roja era bueno. Incluso llegué a citarme con una de las enfermeras. Pero una mañana me equivoqué de puente al salir de la ciudad y me perdí, yendo a parar a unos aserraderos, quién sabe dónde, con un camión lleno de enfermeras, agujas y botellas vacías. Los bestias de los leñadores empezaron a decir que nos iban a violar a todos y algunas de las enfermeras se empezaron a poner nerviosas. Volvimos por fin al puente y cogimos el camino correcto. Me había hecho un lío con

los pueblos y cuando finalmente llegamos a la iglesia donde los donantes de sangre nos estaban esperando, llevábamos un retraso de dos horas y quince minutos. El jardincillo de la iglesia estaba repleto de donantes, doctores y curas furiosos. Al otro lado del Atlántico, Hitler aprovechaba cualquier mínimo retraso. Perdí aquel trabajo allí y entonces, una lástima.

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domingo, 24 de noviembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 68

Cogí la tarjeta que me dieron en el Departamento Estatal de Empleo y me fui a que me hicieran la entrevista en el trabajo. Estaba a unas pocas manzanas al este de Main Street, un poco más arriba de los aserraderos. Era una compañía que comerciaba con frenos de automóviles. Les enseñé la tarjeta y rellené un impreso de solicitud. Alargué el tiempo de permanencia en mis trabajos anteriores, convirtiendo los días en meses y los meses en años. La mayoría de las compañías no se preocupaban de investigar. Con las empresas que se ocupaban de comprobar los informes de sus empleados, yo tenía poco futuro. Rápidamente se descubría que tenía un récord de antecedentes policiales. La casa de repuestos de frenos no se ocupaba de investigaciones. Cuando llevabas dos o tres semanas en el trabajo, otro problema era que todos los empleados querían que te unieras a su sindicato, pero para entonces, por lo general, ya me habían echado o me había ido.
El tío echó una ojeada a mi impreso y luego se volvió en plan chistoso hacia las dos
mujeres que estaban en la oficina:
—Este tío quiere un trabajo. ¿Creéis que será capaz de quedarse con nosotros?
Algunos trabajos eran increíblemente fáciles de conseguir. Recuerdo un sitio en el que

entré, me senté en una silla y bostece. El tío que estaba detrás del escrito rio me preguntó:
—¿Sí, qué desea usted?
—Mierda —contesté—, creo que necesito un trabajo.
—Contratado.

Otros trabajos, sin embargo, me resultaban imposibles de conseguir. La Compañía de Gas del Sur de California ponía anuncios en los periódicos que prometían altos sueldos, jubilación temprana, etc. No sé cuántas veces me acercé hasta allí y rellené sus impresos de solicitud amarillos ni cuántas me senté en aquellas duras sillas observando las grandes fotos enmarcadas de tuberías y enormes depósitos de gas. Nunca llegué ni por un pelo a ser contratado, y cada vez que veía a un empleado de la compañía me ponía a examinarlo con mucho ahínco, tratando de descubrir qué tenía él que no tuviera yo.

El hombre de los repuestos de frenos me hizo subir por una angosta escalera. Se llamaba George Henley. George me enseñó el cuarto donde yo iba a trabajar, muy pequeño, oscuro, con una sola bombilla y una minúscula ventanilla que daba a un callejón.
—Bueno —me dijo—. ¿Ves esas cajas de cartón? Tienes que meter las zapatas de los
frenos dentro de las cajas, así.
Henley me enseñó cómo.

—Tenemos tres tipos de cajas, cada una impresa de diferente manera. Unas son para nuestras «Zapatas de freno super duraderas», las otras son para nuestras «Su-per zapatas de freno» y las terceras son para nuestras «Zapatas de freno Standard». Las zapatas están aquí al lado apiladas.
—Pero a mí me parecen todas iguales. ¿Cómo las voy a distinguir?

—No hace falta. Todas son el mismo modelo. Sólo tienes que dividirlas en tercios. Y cuando acabes de empaquetar todas las zapatas, baja abajo y te pondré a hacer alguna otra cosa. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. ¿Cuando empiezo?
—Empieza ahora mismo. Y no se te ocurra fumar. Aquí arriba, no. Si tienes que fumar,
te bajas. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
El señor Henley cerró la puerta. Le oí bajar las escaleras. Abrí la ventanilla y
contemplé el mundo desde allí. Luego me senté, me relajé y fumé un cigarrillo.

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miércoles, 20 de noviembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 67

Al día siguiente hacia el mediodía volvimos a lo mismo, Jan con sus zapatos de tacón.
—Quiero que hoy hagas para los dos un buen estofado de ternera —dijo—. No hay
ningún hombre que sepa hacer el estofado como tú. Es tu mayor talento.
—Mil estofadas gracias —le dije.

Seguían siendo veinte manzanas de distancia. Jan se sentó de nuevo en el banco, quitándose los zapatos, mientras yo entraba en la oficina de administración. Era la misma chica.—Soy Henry Chinaski —dije.

-¿Sí?
—Estuve ayer aquí.
-¿Sí?
—Dijo que mi cheque estaría listo para hoy.
—Oh.
La chica empezó a rebuscar entre sus papeles.
—Lo siento, señor Chinaski, pero su cheque aún no ha llegado.
—Pero me dijo que estaría listo.
—Lo siento, señor, a veces los cheques de liquidación tardan algún tiempo.
—Quiero mi cheque. Lo siento, señor.
—Tú no sientes nada, nena, no sabes lo que es sentir algo. Yo sí que lo sé. Quiero ver

al jefe de tus jefes. Ahora.
La chica cogió un teléfono.
—¿Señor Handler? Hay un señor llamado Chinaski que quiere verle para hablar de un

cheque de liquidación.
Hubo algo más de conversación. Finalmente la chica me miró.
—Despacho 309.

Fui al despacho 309. Había un rótulo que decía «John Handler». Abrí la puerta. Handler estaba solo. El director ejecutivo del más poderoso periódico de la costa Oeste. Me senté en la silla enfrente suyo.

—Bueno, John —le dije—, me dieron la patada en el culo, me pillaron durmiendo en el retrete de señoras. Mi señora y yo hemos venido aquí dos días seguidos pateándonos veinte manzanas sólo para que nos digan que tú no has hecho el cheque, y bueno, tú sabes que eso es pura palabrería. Todo lo que quiero es que me den ese cheque y emborracharme. Puede que eso no suene muy caballeresco, pero es asunto mío. Si no recibo ese cheque no sé muy bien lo que puedo llegar a hacer.

Entonces le miré en plan duro, estilo Casablanca.
—¿Tienes un cigarrillo?
John Handler me dio un pitillo. Incluso me lo encendió. Una de dos, pensé, o me tiran
una red encima o consigo el cheque.
Handler cogió el teléfono.
—Señorita Gimms, se le debe un cheque a Henry Chinaski. Lo quiero aquí en menos
de cinco minutos. Gracias —colgó el teléfono.
—Oye, John —le dije—, yo he estudiado dos años de periodismo en el City College de
L.A. ¿No me podríais contratar como reportero, eh?
—Lo siento, estamos sobrados de personal.

Challamos un poco y después de unos minutos entró una chica y le entregó el cheque a John. El se inclino por encima del escritorio y me lo dio. Un tío decente. Luego me enteré que murió al poco tiempo, pero Jan y yo conseguimos nuestro estofado de ternera con verduras y nuestro vino francés y pudimos seguir viviendo.

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