Realicé varias incursiones prácticas por los barrios bajos para prepararme ante el futuro. No me gustó lo que vi. Entre sus hombres y mujeres no había ninguna osadía o brillantez especial. Deseaban lo que todo el mundo deseaba. Existían también ciertos obvios casos mentales a los que permitían deambular sin perturbarlos. Yo había observado que tanto en el extremo muy rico o muy pobre de la sociedad, a menudo se permitía que los locos se mezclaran libremente con los demás. También sabía que yo no era completamente sano. Todavía sabía, como cuando era niño, que albergaba algo extraño en mi interior. Me sentía como destinado a ser un asesino, un asaltante de bancos, un santo, un violador, un monje, un ermitaño. Necesitaba algún sitio aislado para esconderme. Los barrios bajos eran desagradables. La vida del hombre normal y sano era tediosa, peor que la muerte. Parecía no haber alternativa posible. Y la educación también era una trampa. La poca educación a la que me había permitido acceder me había hecho más suspicaz. ¿Qué es lo que eran los doctores, abogados y científicos? Tan sólo eran hombres que habían permitido que los privaran de su libertad de pensar y actuar como individuos. Volví a mi cobertizo y bebí...
Ahí sentado bebiendo consideré la idea del suicidio, pero sentí un extraño cariño por mi cuerpo, por mi vida. A pesar de sus cicatrices y marcas, me pertenecían. Me miraría en el espejo del armario y sonriendo burlonamente diría: si te vas a ir de esta vida, puedes llevarte a ocho, diez o veinte contigo...
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lunes, 11 de abril de 2011
"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 58 (ÚLTIMO)
sábado, 9 de abril de 2011
"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 57
Un día, después de la clase de Inglés, la señorita Curtis me pidió que me quedara.
Tenía unas piernas magníficas y ceceaba al hablar. Había algo producido por la combinación del ceceo y sus piernas que me ponía caliente. Debía de tener unos 32 años, era culta y tenía estilo, pero al igual que todos los demás era una maldita liberal y eso demostraba poca originalidad o carácter; sólo adoración por Franky Roosevelt. Me gustaba Franky a causa de sus programas para los pobres durante la Depresión. El también tenía estilo. Realmente no creo que le importaran un bledo los pobres, pero era un gran actor, con una magnífica voz al servicio de una excelente oratoria. Pero quería meternos en la guerra. Así él entraría en los libros de Historia. Los presidentes en tiempo de guerra tenían más poder y, después, se les dedicaban más páginas. La señorita Curtis era una réplica del viejo Franky, sólo que con mejores piernas. El pobrecito Franky no tenía piernas bonitas pero sí un maravilloso cerebro. En muchos otros países hubiera sido un dictador prepotente.
Cuando salió el último estudiante, me acerqué a la mesa de la señorita Curtis. Ella me sonrió. Yo había observado sus piernas durante horas y ella lo sabía. Ella sabía lo que yo quería y que no tenía nada que enseñarme. Sólo había dicho una cosa que yo memoricé. No era idea suya, obviamente, pero me gustó:
—No se debe sobreestimar la estupidez de la masa.
—Señor Chinaski —dijo mirándome— tenemos ciertos estudiantes en esta clase que piensan que son muy listos.
—¿Sí?
—El señor Felton es nuestro alumno más inteligente.
—De acuerdo.
—¿Qué es lo que le preocupa?
—¿Qué?
—Hay algo... que le molesta.
—Tal vez.
—Este es su último semestre, ¿no es cierto?
—¿Cómo lo sabe usted?
Tenía unas piernas magníficas y ceceaba al hablar. Había algo producido por la combinación del ceceo y sus piernas que me ponía caliente. Debía de tener unos 32 años, era culta y tenía estilo, pero al igual que todos los demás era una maldita liberal y eso demostraba poca originalidad o carácter; sólo adoración por Franky Roosevelt. Me gustaba Franky a causa de sus programas para los pobres durante la Depresión. El también tenía estilo. Realmente no creo que le importaran un bledo los pobres, pero era un gran actor, con una magnífica voz al servicio de una excelente oratoria. Pero quería meternos en la guerra. Así él entraría en los libros de Historia. Los presidentes en tiempo de guerra tenían más poder y, después, se les dedicaban más páginas. La señorita Curtis era una réplica del viejo Franky, sólo que con mejores piernas. El pobrecito Franky no tenía piernas bonitas pero sí un maravilloso cerebro. En muchos otros países hubiera sido un dictador prepotente.
Cuando salió el último estudiante, me acerqué a la mesa de la señorita Curtis. Ella me sonrió. Yo había observado sus piernas durante horas y ella lo sabía. Ella sabía lo que yo quería y que no tenía nada que enseñarme. Sólo había dicho una cosa que yo memoricé. No era idea suya, obviamente, pero me gustó:
—No se debe sobreestimar la estupidez de la masa.
—Señor Chinaski —dijo mirándome— tenemos ciertos estudiantes en esta clase que piensan que son muy listos.
—¿Sí?
—El señor Felton es nuestro alumno más inteligente.
—De acuerdo.
—¿Qué es lo que le preocupa?
—¿Qué?
—Hay algo... que le molesta.
—Tal vez.
—Este es su último semestre, ¿no es cierto?
—¿Cómo lo sabe usted?
viernes, 8 de abril de 2011
"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 56
En la fachada de una pensión vi un cartel que anunciaba habitaciones libres y paré el taxi. Le pagué al taxista, me acerqué al porche y toqué el timbre. Tenía un ojo amoratado por la pelea, abierta la ceja del otro, la nariz hinchada y los labios partidos. Mi oreja izquierda tenía un color rojo brillante y cada vez que me la tocaba una descarga eléctrica sacudía mi cuerpo.
Un viejo vino a abrir la puerta. Llevaba una camiseta y parecía que se la
hubiese rociado con chile y judías. Su pelo era gris y estaba despeinado,
necesitaba un afeitado y fumaba un cigarrillo babeado que apestaba.
—¿Es usted el dueño? —pregunté.
—Aja.
—Necesito una habitación.
—¿Trabaja?
—Soy escritor.
—No tiene aspecto de escritor.
—¿Y qué aspecto tienen los escritores?
No respondió.
Luego dijo:
—2.50 $ por semana.
—¿Puedo verla?
Eructó y dijo:
—Sígame...
Cruzó un espacioso vestíbulo. No había alfombra en el suelo. El parquet
de madera crujía y se hundía al pisarlo. Oí la voz de un hombre que provenía de una de las habitaciones.
—¡Chúpamela, pedazo de mierda!
—Tres dólares —contestó una voz de mujer.
—¿Tres dólares? ¡Te voy a dar por culo!
Sonó una fuerte bofetada y ella chilló. Seguimos andando.
Un viejo vino a abrir la puerta. Llevaba una camiseta y parecía que se la
hubiese rociado con chile y judías. Su pelo era gris y estaba despeinado,
necesitaba un afeitado y fumaba un cigarrillo babeado que apestaba.
—¿Es usted el dueño? —pregunté.
—Aja.
—Necesito una habitación.
—¿Trabaja?
—Soy escritor.
—No tiene aspecto de escritor.
—¿Y qué aspecto tienen los escritores?
No respondió.
Luego dijo:
—2.50 $ por semana.
—¿Puedo verla?
Eructó y dijo:
—Sígame...
Cruzó un espacioso vestíbulo. No había alfombra en el suelo. El parquet
de madera crujía y se hundía al pisarlo. Oí la voz de un hombre que provenía de una de las habitaciones.
—¡Chúpamela, pedazo de mierda!
—Tres dólares —contestó una voz de mujer.
—¿Tres dólares? ¡Te voy a dar por culo!
Sonó una fuerte bofetada y ella chilló. Seguimos andando.
miércoles, 6 de abril de 2011
"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 55
Un par de noches más tarde Becker vino a verme. Supongo que mis padres le dieron mis señas o me localizó a través de la Universidad. Yo tenía anotados mi nombre y dirección en la oficina de empleo de la Universidad bajo el calificativo de «trabajos no especializados». «Trabajaré en cualquier cosa honesta», había escrito en mi tarjeta. Nadie llamó.
Becker se sentó en una silla mientras yo servía un poco de vino. Llevaba
puesto un uniforme de los marines.
—Veo que te han cogido —dije.
—Perdí mi trabajo con la Western Union. Era la única solución que me
quedaba.
Le pasé su bebida.
—¿Entonces no eres un patriota?
—Demonios, no.
—¿Por qué los marines?
—Oí hablar de la dureza de su campamento. Quise ver si era capaz de
pasar la prueba.
—Y lo hiciste.
—Lo hice. Hay unos cuantos locos ahí. Hay peleas casi todas las noches.
Nadie las detiene. Casi se matan los unos a los otros.
—Me gusta eso.
—¿Por qué no te unes a nosotros?
—No me gusta levantarme temprano por las mañanas y recibir órdenes.
—¿Y cómo te lo vas a hacer?
—No lo sé. Cuando se me acabe el último centavo, me acercaré a las
colas de la Beneficencia.
—Hay tíos verdaderamente raros en los marines.
—Los hay en todos los sitios.
Le serví a Becker otro vino.
—El problema es —dijo— que no tienes mucho tiempo para escribir.
—¿Todavía quieres ser escritor?
—Claro. ¿Y tú qué?
—También —contesté—, pero es bastante desesperanzador.
—¿Quieres decir que no eres lo suficientemente bueno?
—No, son ellos los que no son suficientemente buenos.
—¿Qué es lo que quieres decir?
—¿Lees las revistas? ¿Los libros de «Mejores Narraciones Cortas del
Año»? Al menos hay una docena de ellos.
—Sí, los leo...
—¿Lees el New Yorker? ¿ElHarp er's? ¿ElAtl antic?
—Claro...
—Estamos en 1940. Todavía están publicando basura del sigloXIX, pesada, elaborada, pretenciosa. O bien te entra dolor de cabeza leyéndola o bien te quedas dormido.
—¿Qué es lo que falla?
—No son más que trucos y lugares comunes, pequeños jueguecitos de
intriga.
—Da la impresión de que te han rechazado.
—Sé que merechazarían. ¿Para qué gastar en sellos? Necesito vino.
—Voy a abrirme camino —dijo Becker—. Verás un día mis libros en los
escaparates.
—No hablemos de escribir.
—He leído tus cosas —dijo Becker—. Estás demasiado amargado y odias
todas las cosas.
—No hablemos de escribir.
—Si miras a Thomas Wolfe...
—¡Maldito sea Thomas Wolfe! ¡Suena como una vieja al teléfono!
—Vale, ¿quién es tu autor?
—James Thurber.
—Ese destripador de la clase media alta...
—Elsabe que todo el mundo está loco.
—Thomas Wolfe habla de la tierra...
—Sólo los gilipollas hablan sobre las tareas del escritor...
—¿Me estás llamando gilipollas?
—Sí...
Le serví otro vino y luego otro más para mí.
—Eres un tonto por ponerte ese uniforme.
—Primero me llamas gilipollas y luego tonto. Pensé que éramos amigos.
—Y lo somos, sólo que no creo que te estés cuidando.
—Cada vez que te veo tienes una copa en las manos. ¿Aeso le llamas
cuidarte?
—Es el mejor método que conozco. Sin la bebida hace tiempo que me
hubiera cortado mi maldito cuello.
—Eso es un cuento.
—Es un cuento que funciona. Los predicadores de la plaza Pershing
tienen su Dios. ¡Yo me bebo la sangre del mío!
Alcé mi vaso y me bebí hasta la última gota.
—Te estás escapando de la realidad —dijo Becker.
—¿Y por qué no?
—Nunca serás un escritor si huyes de la realidad.
—¿De qué coño hablas? ¡Eso es lo quehacen los escritores!
Becker se puso en pie.
—Cuando me hables, no alces la voz.
—¿Qué prefieres hacer, levantarme la polla?
—¡Tú no tienes polla!
Le cogí de improviso con un derechazo que aterrizó tras su oreja. El vaso
voló de su mano y él cruzó la habitación tambaleándose. Becker era un tío fuerte, mucho más que yo. Chocó con la esquina de la cómoda, giróse, y estrellé otro puñetazo contra su rostro. Se quedó balanceándose cerca de la ventana abierta y tuve miedo de volverle a atizar porque podía caerse a la calle.
Becker intentó recomponerse sacudiendo la cabeza para aclararse.
—Vale ya —dije—, peguémonos otro trago. La violencia me da náuseas.
—De acuerdo —contestó Becker.
Cruzó la habitación y recogió su vaso. El vino barato que yo bebía no estaba cerrado con corcho sino con un tapón a rosca. Desenrosqué el tapón de otra botella. Becker me tendió su vaso y lo rellené. Me serví otro vaso y posé la botella. Becker vació el suyo. Yo el mío.
—Sin rencor —dije.
—Demonios, no, compañero —dijo Becker mientras posaba el vaso. Justo entonces me clavó un derechazo en el estómago. Me doblé y al hacerlo me cogió por la nuca, agachándome aún más, y me propinó un rodillazo en la cara. Caí de rodillas, la sangre manando de mi nariz y empapando mi camisa.
—Sírveme otro trago, compañero —dije—, y pensemos que ya ha pasado
todo.
—Levántate —replicó Becker—, eso era sólo el capítulo primero.
Me puse en pie y avancé hacia Becker. Bloqueé su gancho justo a la altura de mi codo y le aticé un directo en la nariz. Becker se tambaleó hacia atrás, Ambos sangrábamos abundantemente por la nariz.
Salté sobre él. Ambos luchamos ciegamente. Paré algunos puñetazos pero me incrustó otro en la boca del estómago. Me agaché y entonces le propiné un gancho en la barbilla. Fue un magnífico golpe. Un golpe de suerte. Becker cayó de lado y chocó contra la cómoda. Su nuca se estrelló contra el espejo y el espejo saltó hecho añicos. Estaba grogui. Le tenía en mis manos. Le aferré por la pechera de su camisa y le aticé un derechazo tras su oreja derecha. Cayó sobre la alfombra donde se mantuvo a cuatro patas. Crucé la habitación y me serví otro vaso con mano insegura.
—Becker —le dije—, suelo pegarme cerca de dos veces por semana. Tan
sólo me entraste de mala manera.
Vacié mi vaso. Becker se levantó. Se quedó un rato mirándome. Luego
vino a mi encuentro.
—Becker —dije— escucha...
Hizo una finta con su derecha y me atizó en la boca con la izquierda. Comenzamos a pegarnos de nuevo. No nos defendíamos apenas. Sólo nos pegábamos y pegábamos y pegábamos. Me tiró sobre una silla y la silla se desmoronó. Me puse en pie y le paré mientras venía. Osciló hacia atrás y le incrusté otro derechazo. Se estrelló contra la pared y toda la habitación se sacudió. Saltó hacia adelante y me golpeó en la frente. Vi lucecitas verdes, amarillas, rojas... Entonces me dio en las costillas y luego un derechazo en la cara. Yo disparé mi derecha y fallé.
Maldita sea, pensé, ¿es que nadieoye todo este ruido? ¿Por qué no
vienen y paran la pelea? ¿Por qué no llaman a la policía?
Becker se abalanzó de nuevo contra mí. No pude parar su derechazo circular y todo se acabó para mí...
Cuando volví en mí, estaba oscuro, era de noche y yo estaba justo debajo de la cama. Sólo sobresalía mi cabeza. Debí de haberme arrastrado hasta ahí. Yo era un cobarde. Había vomitado encima. Me arrastré desde debajo de la cama.
Eché un vistazo al espejo roto y a la silla destrozada. La mesa estaba al revés. Intenté ponerla bien. Me caí al suelo. Dos de las patas de la mesa no estaban encajadas. Intenté arreglarlas lo mejor que pude. Me mantuve en pie un momento y caí de nuevo. La alfombra estaba roja de vino y vómito. Encontré una botella de vino caída sobre ella. Quedaba un poco. Lo bebí y eché un vistazo a mi alrededor buscando más. No había nada. Nada más que beber. Puse la cadena de la puerta. Encontré un cigarrillo, lo encendí y me paré frente a la ventana mirando a la calle Temple. Hacía buena noche.
Entonces alguien dio golpes en la puerta.
—¿Señor Chinaski?
Era la señorita Kansas. No estaba sola. Oí otras voces susurrantes.
Estaba con sus pequeños amigos morenos.
—¿Señor Chinaski?
—¿Sí?
—Quiero entrar en su habitación.
—¿Para qué?
—Quiero cambiarle las sábanas.
—Estoy enfermo. No puedo dejarla entrar.
—Sólo quiero cambiar las sábanas. Serán sólo unos minutos.
—No. No puedo dejarla entrar. Venga mañana.
Les oí susurrar. Luego oí cómo bajaban al vestíbulo. Me senté en la cama. Necesitaba malamente un trago. Era sábado por la noche y la ciudad entera estaba borracha.
¿Y si podía escabullirme y salir?
Me acerqué a la puerta y la abrí de golpe, dejando la cadena puesta, para atisbar por la rendija. En la cima de las escaleras estaba uno de los filipinos, el amigo de la señorita Kansas. Tenía un martillo en sus manos y estaba arrodillado. Me miró, hizo una mueca y clavó un clavo en la alfombra. Pretendía estar claveteando la alfombra. Cerré la puerta.
Realmente necesitaba beber algo. Di vueltas por la habitación. ¿Por qué todo el mundo podía estar bebiendo excepto yo? ¿Cuánto tiempo iba a tener que estar en esa maldita habitación? Abrí la puerta de nuevo. La escena era la misma. El filipino me miró, hizo una mueca y clavó otro clavo en el suelo. Cerré la puerta.
Cogí mi maleta y empecé a meter mis pocas pertenencias.
Todavía tenía un poco del dinero que había ganado jugando, pero sabía que no era suficiente para pagar por los estropicios de la habitación. Ni ganas que tenía de hacerlo. Verdaderamente no había sido mía la culpa. Debían de haber parado la pelea. Y encima Becker había roto el espejo...
Ya había hecho la maleta y la sujetaba con una mano mientras sostenía mi máquina de escribir portátil con la otra. Esperé unos segundos frente a la puerta y luego miré de nuevo hacia afuera. El filipino seguía allí. Quité la cadena de la puerta, la abrí de golpe y corrí hacia la escalera.
—¡Eh! ¿Adonde va? —preguntó el hombrecillo. Aún seguía arrodillado sobre una rodilla. Comenzó a alzar el martillo y le golpeé en la cabeza con la máquina de escribir. Sonó horriblemente. Bajé las escaleras, crucé el vestíbulo y salí a la calle.
Quizás había matado al tipo.
Bajé corriendo por la calle Temple. Divisé un taxi libre y salté dentro.
—Bunker Hill —dije— ¡y rápido!.
Becker se sentó en una silla mientras yo servía un poco de vino. Llevaba
puesto un uniforme de los marines.
—Veo que te han cogido —dije.
—Perdí mi trabajo con la Western Union. Era la única solución que me
quedaba.
Le pasé su bebida.
—¿Entonces no eres un patriota?
—Demonios, no.
—¿Por qué los marines?
—Oí hablar de la dureza de su campamento. Quise ver si era capaz de
pasar la prueba.
—Y lo hiciste.
—Lo hice. Hay unos cuantos locos ahí. Hay peleas casi todas las noches.
Nadie las detiene. Casi se matan los unos a los otros.
—Me gusta eso.
—¿Por qué no te unes a nosotros?
—No me gusta levantarme temprano por las mañanas y recibir órdenes.
—¿Y cómo te lo vas a hacer?
—No lo sé. Cuando se me acabe el último centavo, me acercaré a las
colas de la Beneficencia.
—Hay tíos verdaderamente raros en los marines.
—Los hay en todos los sitios.
Le serví a Becker otro vino.
—El problema es —dijo— que no tienes mucho tiempo para escribir.
—¿Todavía quieres ser escritor?
—Claro. ¿Y tú qué?
—También —contesté—, pero es bastante desesperanzador.
—¿Quieres decir que no eres lo suficientemente bueno?
—No, son ellos los que no son suficientemente buenos.
—¿Qué es lo que quieres decir?
—¿Lees las revistas? ¿Los libros de «Mejores Narraciones Cortas del
Año»? Al menos hay una docena de ellos.
—Sí, los leo...
—¿Lees el New Yorker? ¿ElHarp er's? ¿ElAtl antic?
—Claro...
—Estamos en 1940. Todavía están publicando basura del sigloXIX, pesada, elaborada, pretenciosa. O bien te entra dolor de cabeza leyéndola o bien te quedas dormido.
—¿Qué es lo que falla?
—No son más que trucos y lugares comunes, pequeños jueguecitos de
intriga.
—Da la impresión de que te han rechazado.
—Sé que merechazarían. ¿Para qué gastar en sellos? Necesito vino.
—Voy a abrirme camino —dijo Becker—. Verás un día mis libros en los
escaparates.
—No hablemos de escribir.
—He leído tus cosas —dijo Becker—. Estás demasiado amargado y odias
todas las cosas.
—No hablemos de escribir.
—Si miras a Thomas Wolfe...
—¡Maldito sea Thomas Wolfe! ¡Suena como una vieja al teléfono!
—Vale, ¿quién es tu autor?
—James Thurber.
—Ese destripador de la clase media alta...
—Elsabe que todo el mundo está loco.
—Thomas Wolfe habla de la tierra...
—Sólo los gilipollas hablan sobre las tareas del escritor...
—¿Me estás llamando gilipollas?
—Sí...
Le serví otro vino y luego otro más para mí.
—Eres un tonto por ponerte ese uniforme.
—Primero me llamas gilipollas y luego tonto. Pensé que éramos amigos.
—Y lo somos, sólo que no creo que te estés cuidando.
—Cada vez que te veo tienes una copa en las manos. ¿Aeso le llamas
cuidarte?
—Es el mejor método que conozco. Sin la bebida hace tiempo que me
hubiera cortado mi maldito cuello.
—Eso es un cuento.
—Es un cuento que funciona. Los predicadores de la plaza Pershing
tienen su Dios. ¡Yo me bebo la sangre del mío!
Alcé mi vaso y me bebí hasta la última gota.
—Te estás escapando de la realidad —dijo Becker.
—¿Y por qué no?
—Nunca serás un escritor si huyes de la realidad.
—¿De qué coño hablas? ¡Eso es lo quehacen los escritores!
Becker se puso en pie.
—Cuando me hables, no alces la voz.
—¿Qué prefieres hacer, levantarme la polla?
—¡Tú no tienes polla!
Le cogí de improviso con un derechazo que aterrizó tras su oreja. El vaso
voló de su mano y él cruzó la habitación tambaleándose. Becker era un tío fuerte, mucho más que yo. Chocó con la esquina de la cómoda, giróse, y estrellé otro puñetazo contra su rostro. Se quedó balanceándose cerca de la ventana abierta y tuve miedo de volverle a atizar porque podía caerse a la calle.
Becker intentó recomponerse sacudiendo la cabeza para aclararse.
—Vale ya —dije—, peguémonos otro trago. La violencia me da náuseas.
—De acuerdo —contestó Becker.
Cruzó la habitación y recogió su vaso. El vino barato que yo bebía no estaba cerrado con corcho sino con un tapón a rosca. Desenrosqué el tapón de otra botella. Becker me tendió su vaso y lo rellené. Me serví otro vaso y posé la botella. Becker vació el suyo. Yo el mío.
—Sin rencor —dije.
—Demonios, no, compañero —dijo Becker mientras posaba el vaso. Justo entonces me clavó un derechazo en el estómago. Me doblé y al hacerlo me cogió por la nuca, agachándome aún más, y me propinó un rodillazo en la cara. Caí de rodillas, la sangre manando de mi nariz y empapando mi camisa.
—Sírveme otro trago, compañero —dije—, y pensemos que ya ha pasado
todo.
—Levántate —replicó Becker—, eso era sólo el capítulo primero.
Me puse en pie y avancé hacia Becker. Bloqueé su gancho justo a la altura de mi codo y le aticé un directo en la nariz. Becker se tambaleó hacia atrás, Ambos sangrábamos abundantemente por la nariz.
Salté sobre él. Ambos luchamos ciegamente. Paré algunos puñetazos pero me incrustó otro en la boca del estómago. Me agaché y entonces le propiné un gancho en la barbilla. Fue un magnífico golpe. Un golpe de suerte. Becker cayó de lado y chocó contra la cómoda. Su nuca se estrelló contra el espejo y el espejo saltó hecho añicos. Estaba grogui. Le tenía en mis manos. Le aferré por la pechera de su camisa y le aticé un derechazo tras su oreja derecha. Cayó sobre la alfombra donde se mantuvo a cuatro patas. Crucé la habitación y me serví otro vaso con mano insegura.
—Becker —le dije—, suelo pegarme cerca de dos veces por semana. Tan
sólo me entraste de mala manera.
Vacié mi vaso. Becker se levantó. Se quedó un rato mirándome. Luego
vino a mi encuentro.
—Becker —dije— escucha...
Hizo una finta con su derecha y me atizó en la boca con la izquierda. Comenzamos a pegarnos de nuevo. No nos defendíamos apenas. Sólo nos pegábamos y pegábamos y pegábamos. Me tiró sobre una silla y la silla se desmoronó. Me puse en pie y le paré mientras venía. Osciló hacia atrás y le incrusté otro derechazo. Se estrelló contra la pared y toda la habitación se sacudió. Saltó hacia adelante y me golpeó en la frente. Vi lucecitas verdes, amarillas, rojas... Entonces me dio en las costillas y luego un derechazo en la cara. Yo disparé mi derecha y fallé.
Maldita sea, pensé, ¿es que nadieoye todo este ruido? ¿Por qué no
vienen y paran la pelea? ¿Por qué no llaman a la policía?
Becker se abalanzó de nuevo contra mí. No pude parar su derechazo circular y todo se acabó para mí...
Cuando volví en mí, estaba oscuro, era de noche y yo estaba justo debajo de la cama. Sólo sobresalía mi cabeza. Debí de haberme arrastrado hasta ahí. Yo era un cobarde. Había vomitado encima. Me arrastré desde debajo de la cama.
Eché un vistazo al espejo roto y a la silla destrozada. La mesa estaba al revés. Intenté ponerla bien. Me caí al suelo. Dos de las patas de la mesa no estaban encajadas. Intenté arreglarlas lo mejor que pude. Me mantuve en pie un momento y caí de nuevo. La alfombra estaba roja de vino y vómito. Encontré una botella de vino caída sobre ella. Quedaba un poco. Lo bebí y eché un vistazo a mi alrededor buscando más. No había nada. Nada más que beber. Puse la cadena de la puerta. Encontré un cigarrillo, lo encendí y me paré frente a la ventana mirando a la calle Temple. Hacía buena noche.
Entonces alguien dio golpes en la puerta.
—¿Señor Chinaski?
Era la señorita Kansas. No estaba sola. Oí otras voces susurrantes.
Estaba con sus pequeños amigos morenos.
—¿Señor Chinaski?
—¿Sí?
—Quiero entrar en su habitación.
—¿Para qué?
—Quiero cambiarle las sábanas.
—Estoy enfermo. No puedo dejarla entrar.
—Sólo quiero cambiar las sábanas. Serán sólo unos minutos.
—No. No puedo dejarla entrar. Venga mañana.
Les oí susurrar. Luego oí cómo bajaban al vestíbulo. Me senté en la cama. Necesitaba malamente un trago. Era sábado por la noche y la ciudad entera estaba borracha.
¿Y si podía escabullirme y salir?
Me acerqué a la puerta y la abrí de golpe, dejando la cadena puesta, para atisbar por la rendija. En la cima de las escaleras estaba uno de los filipinos, el amigo de la señorita Kansas. Tenía un martillo en sus manos y estaba arrodillado. Me miró, hizo una mueca y clavó un clavo en la alfombra. Pretendía estar claveteando la alfombra. Cerré la puerta.
Realmente necesitaba beber algo. Di vueltas por la habitación. ¿Por qué todo el mundo podía estar bebiendo excepto yo? ¿Cuánto tiempo iba a tener que estar en esa maldita habitación? Abrí la puerta de nuevo. La escena era la misma. El filipino me miró, hizo una mueca y clavó otro clavo en el suelo. Cerré la puerta.
Cogí mi maleta y empecé a meter mis pocas pertenencias.
Todavía tenía un poco del dinero que había ganado jugando, pero sabía que no era suficiente para pagar por los estropicios de la habitación. Ni ganas que tenía de hacerlo. Verdaderamente no había sido mía la culpa. Debían de haber parado la pelea. Y encima Becker había roto el espejo...
Ya había hecho la maleta y la sujetaba con una mano mientras sostenía mi máquina de escribir portátil con la otra. Esperé unos segundos frente a la puerta y luego miré de nuevo hacia afuera. El filipino seguía allí. Quité la cadena de la puerta, la abrí de golpe y corrí hacia la escalera.
—¡Eh! ¿Adonde va? —preguntó el hombrecillo. Aún seguía arrodillado sobre una rodilla. Comenzó a alzar el martillo y le golpeé en la cabeza con la máquina de escribir. Sonó horriblemente. Bajé las escaleras, crucé el vestíbulo y salí a la calle.
Quizás había matado al tipo.
Bajé corriendo por la calle Temple. Divisé un taxi libre y salté dentro.
—Bunker Hill —dije— ¡y rápido!.
martes, 5 de abril de 2011
"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 54
Encontré una habitación en la calle Temple, en el distrito Filipino. Costaba 3.50 dólares a la semana y estaba en un segundo piso. Pagué a la patrona —una rubia de edad mediana— la renta de una semana. El retrete y la bañera estaban en el piso de abajo, pero tenía un orinal para mear.
En mi primera noche descubrí un bar justo a la derecha de la entrada. Me agradó enormemente. Todo lo que tenía que hacer era subir las escaleras y estaba en casa. El bar estaba lleno de hombrecillos oscuros, pero no me molestaban. Había oído toda clase de historias acerca de los filipinos: que les gustaban las chicas blancas, rubias en particular, que llevaban estiletes, que como todos tenían el mismo tamaño ahorraban entre siete para comprarse un buen traje y se turnaban para llevarlo durante la semana... George Raft había dicho por ahí que los filipinos crearon la moda de situarse en las esquinas haciendo girar pequeñas cadenas de oro de quince o
diecinueve centímetros, cada cadena simbolizando el tamaño del pene.
El camarero era filipino.
—Tú eres nuevo aquí, ¿no? —preguntó.
—Vivo arriba. Soy estudiante.
—No doy crédito.
Eché unas monedas sobre la barra.
—Dame una Eastside.
Volvió con la botella.
—¿Dónde puede uno conseguir una chica? —pregunté.
Recogió las monedas.
—No sé nada —replicó mientras se dirigía a la caja registradora.
La primera noche cerré el bar. Nadie me importunó. Unas pocas rubias salieron con los filipinos. Los hombres eran bebedores tranquilos. Se sentaban en pequeños grupos con las cabezas juntas, hablando y riendo suavemente. Me gustaban. Cuando el bar cerró, me levanté y el camarero me dijo: «Gracias.» Eso nunca se hacía en los bares americanos. Al menos no me lo hacían a mí.
Me gustaba mi nueva situación. Todo lo que ahora necesitaba era dinero.
Decidí seguir yendo a la Universidad. Al menos estaría en algún sitio durante el día. Mi amigo Becker había abandonado sus estudios. No había nadie que me importara mucho excepto, quizás, el profesor de Antropología, un conocido comunista. No enseñaba demasiada Antropología. Era un tipo grandón, accesible y agradable.
—Voy a explicaros cómo se fríe un buen filete —dijo a la clase—, primero dejáis que la sartén se ponga al rojo, luego bebéis un sorbo de whisky y después se vierte una capa de sal en la sartén. Echáis el filete dentro y dejáis que se haga un poco, pero no demasiado. Luego se le da la vuelta y se hace por el otro lado, bebéis otro sorbo de whisky, sacáis el filete y os lo coméis inmediatamente.
Una vez, cuando estaba tendido en el césped del campus, se acercó y se
tumbó junto a mí.
—Chinaski, tú no crees en toda esa palabrería nazi que esparces por ahí,
¿no es verdad?
—No podría decirlo. ¿Se cree usted toda su porquería?
—Por supuesto que sí.
—Buena suerte.
—Chinaski, no eres más que una viruta vienesa.
Se levantó, sacudiéndose la hierba y las hojas, y se fue...
Sólo llevaba dos días en Temple Street cuando Jimmy Hatcher me encontró. Golpeó en mi puerta una noche y cuando la abrí ahí estaba con otros dos chicos, compañeros de su fábrica de aviones, uno llamado Delmore
y el otro Pies Rápidos.
—¿Por qué le llaman Pies Rápidos?
—Cuando le dejes dinero, te enterarás.
—Entrad... ¿Cómo demonios me has encontrado?
—Tus padres te han hecho seguir por un detective privado.
—Maldita sea, saben cómo quitarle a un hombre la alegría de vivir.
—Quizás estén preocupados.
—Si están preocupados, que me envíen dinero.
—Alegan que te lo beberás.
—Entonces deja que se preocupen...
Entraron los tres y se sentaron en la cama y en el suelo. Tenían un quinto de botella de whisky y algunos vasos de papel. Jimmy sirvió el whisky.
—Tienes una cueva agradable.
—Es fantástica. Puedo ver el Ayuntamiento cada vez que saco la cabeza
por la ventana.
Pies Rápidos sacó una baraja de cartas del bolsillo. Estaba sentado en la
alfombra. Alzó la vista para mirarme.
—¿Juegas?
—Todos los días. ¿Tienes marcada la baraja?
—Oye, hijo de perra.
—No me provoques o te arranco la cabellera para colgármela en el
abrigo.
—¡Vamos, hombre, estas cartas son legales!
—Sólo juego al poker y al 21. ¿Cuál es el límite?
—Dos pavos.
—Echemos a suertes quién lleva la mano.
Me la llevé yo y dispuse que jugáramos en la forma habitual. No me gustaba demasiado el poker abierto, se necesitaba mucha suerte en esa modalidad. Mientras servía las cartas, Jimmy sirvió otra ronda.
—¿Cómo te lo montas, Hank?
—Hago trabajos escritos para otros.
—Brillante.
—Sí...
—Oíd, chicos —dijo Jimmy—, os dije que este tipo era un genio.
—Sí —dijo Delmore. Estaba sentado a mi derecha y le tocaba empezar.
—Apuesto veinte centavos —dijo.
Le seguimos en la apuesta.
—Tres cartas —pidió Delmore.
—Una —dijo Jimmy.
—Tres —pidió Pies Rápidos.
—Servido —repliqué.
—Otros veinte —dijo Delmore.
Los demás se plantaron pero yo dije:
—Subo a dos dólares y te las veo.
Delmore pasó, Jimmy pasó. Pies Rápidos me miró:
—¿Y qué más ves por la ventana, aparte del Ayuntamiento?
—Limítate a jugar. No estoy aquí para parlotear sobre el escenario o la
gimnasia.
—De acuerdo —dijo—, no sigo.
Puse mis cartas boca abajo y recogí las de los demás.
—¿Qué es lo que tienes? —preguntó Pies Rápidos.
—Paga por verlas o llora para siempre —dije mientras mezclaba mis cartas con las demás y barajaba, sintiéndome como Clark Gable antes que Dios le debilitara cuando el terremoto de San Francisco.
El servicio cambió de manos pero mi suerte se mantuvo la mayor parte del tiempo. Acababan de cobrar en la fábrica aeronáutica. Nunca lleves un montón de dinero a la morada de un pobre. El sólo puede perder lo poco que tiene. Por otro lado, es matemáticamente posible que pueda ganar todo lo que traigas. Lo que debes hacer, con el dinero y con los pobres, es no dejar que se acerquen demasiado.
De algún modo sentía que la noche iba a ser larga. Delmore abandonó
pronto y se fue.
—Camaradas —dije—, tengo una idea. Las cartas son demasiado lentas.
Juguemos a emparejar monedas, diez pavos la tirada, el número impar
gana.
—Vale —dijo Jimmy.
—Vale —contestó Pies Rápidos.
El whisky se había acabado. Estábamos atacando una botella mía de vino
barato.
—De acuerdo —dije—, tirad las monedas bien alto. Cazadlas con la palma
de la mano. Cuando diga «descubrid», comprobaremos el resultado.
Las tiramos al aire y las recogimos.
—¡Descubrid! —dije.
Yo era impar. Mierda. Veinte dólares, así de fácil.
—¡Tirad! —dije. Así hicimos.
—¡Descubrid! —dije.
Vencí otra vez.
—¡Tirad! —dije.
—¡Descubrid!
Pies Rápidos ganó.
Yo gané la siguiente vez.
Entonces le tocó a Jimmy.
Yo gané las otras dos veces.
—Esperad —dije—, tengo que mear.
Fui hasta el lavabo y meé. Habíamos acabado con la botella de vino. Abrí
la puerta del armario.
—Tengo otra botella de vino aquí —les dije.
Saqué casi todos los billetes de mi bolsillo y los tiré en el cajón. Volví,
abrí la botella y serví a todo el mundo.
—Mierda —dijo Pies Rápidos mirando su cartera—, estoy casi en la ruina.
—Yo también —dijo Jimmy.
—Me pregunto quién se llevó el dinero —repliqué yo.
No eran buenos bebedores. La mezcla del vino y el whisky fue mala para
ellos. Estaban tambaleándose un poco.
Pies Rápidos se cayó contra la cómoda tirando un cenicero al suelo. Se
partió en dos.
—Recógelo —dije.
—No recojo mierda —contestó.
—¡He dicho que lo recojas!
—No recogeré mierda.
Jimmy extendió la mano y recogió el cenicero.
—Salid de aquí —advertí.
—No me puedes echar —replicó Pies Rápidos.
—Muy bien —dije—, ¡tan sólo abre tu bocazaotra vez más, diuna
palabra más, y no serás luego capaz de sacar tu cabeza del agujero del culo!
—Vámonos, Pies Rápidos —dijo Jimmy.
Abrí la puerta y enfilaron por ella con paso inseguro. Les seguí hasta el
arranque de la escalera. Nos quedamos en pie unos instantes.
—Hank —dijo Jimmy—. Te veré de nuevo, tómatelo con calma.
—Muy bien, Jim...
—Escucha —empezó a decirme Pies Rápidos—. Tu...
Le aticé un directo a la boca. Se cayó de espaldas por las escaleras botando y dando vueltas. Era más o menos de mi mismo tamaño, un metro noventa y dos, y se podía oír el estrépito que causaba en toda la manzana. Dos filipinos y la patrona rubia estaban en el vestíbulo. Miraron a Pies Rápidos que yacía en el suelo, pero no se acercaron a él.
—¡Le has matado! —chilló Jimmy.
Bajó corriendo las escaleras y dio la vuelta al cuerpo de Pies Rápidos.
Pies Rápidos sangraba por la nariz y la boca. Jimmy sostuvo su cabeza y
alzó la vista para mirarme.
—Esto no ha estado bien, Hank...
—Sí. ¿Qué vais a hacer?
—Creo —dijo Jimmy— que volveremos para darte una buena...
—Espera un minuto —repliqué.
Volví a mi habitación y me serví un vaso de vino. No me gustaban los
vasos de papel de Jimmy y había estado bebiendo en una tarrina usada de gelatina. La etiqueta estaba aún pegada a un costado, manchada de
suciedad y vino. Volví a salir del cuarto.
Pies Rápidos estaba reviviendo. Jimmy le ayudaba a ponerse en pie.
Luego pasó el brazo de Pies Rápidos por encima de su hombro. Se quedaron
ahí plantados.
—¿Qué es lo que decías? —pregunté.
—Eres un tío feo, Hank. Necesitas que te enseñen una lección.
—¿Quieres decir que no soy guapo?
—Quiero decir que te comportas como un guarro...
—¡Llévate a tu amigo de aquí antes de que baje y acabe con él!
Pies Rápidos alzó su ensangrentada cabeza. Llevaba una florida camisa
hawaiana que ahora estaba salpicada de sangre.
Me miró y luego habló. Apenas pude oírle. Pero le oí. Sólo dijo:
—Voy a matarte...
—Sí —añadió Jimmy—, vendremos a por ti.
—¿AH sí, MAMONES? —vociferé—. ¡No ME VOY A NINGUNA PARTE! ¡CUANDO
QUERÁIS ME ENCONTRARÉIS EN LA HABITACIÓN NÚMERO 5! ¡OS ESTARÉ ESPERANDO!
HABITACIÓN NÚMERO 5. ¿OS ACORDARÉIS? ¡Y LA PUERTA ESTARÁ ABIERTA!
Alcé la tarrina de gelatina y bebí el vino. Luego les arrojé la tarrina. Lancé la tarrina con todas mis fuerzas pero mi puntería fue mala. Rebotó en la pared de la escalera, luego en el vestíbulo y pasó entre la patrona y los dos filipinos.
Jimmy se giró con Pies Rápidos camino hacia la salida y comenzaron a
andar lentamente. Fue un trayecto tedioso y agónico.
Volví a oír a Pies Rápidos; medio gimiendo y medio llorando, decir: «¡le
mataré... le mataré!»
Por fin cruzaron la puerta y desaparecieron.
La rubia patrona y los dos filipinos aún seguían en el vestíbulo mirándome. Yo estaba descalzo y llevaba cinco o seis días sin afeitarme. Necesitaba un corte de pelo. Sólo me peinaba una vez al día, por la mañana, y luego no me preocupaba más. Mis profesores de gimnasia siempre se estaban metiendo con mi postura:
—¡Tira loshombros hacia atrás! ¡Por qué miras alsuelo! ¿Qué coño hay
ahíab ajo?
Yo nunca crearía ninguna moda o estilo. Mi camiseta blanca estaba manchada con vino y repleta de quemaduras de cigarrillos y puros, con círculos de sangre y vómito. Además eramuy pequeña y no cubría mi ombligo. Y mis pantalones también me iban pequeños y no llegaban a cubrirme el tobillo y se ceñían fuertemente.
Los tres estaban plantados ahí abajo mirándome. Les devolví la mirada.
—¡Oíd, muchachos, subid a beber un trago!
Los dos hombrecillos se miraron e hicieron muecas. La patrona, una Carole Lombard desvaída, me miró impasible. Señorita Kansas, la llamaban. ¿Estaría enamorada de mí? Llevaba zapatos rosas de tacón alto y un traje de brillantes lentejuelas negras que me lanzaban pequeños destellos. Sus pechos eran algo que un mero mortal jamás podría ver, sólo los reyes, dictadores, gobernantes y filipinos.
—¿Alguien tiene un cigarrillo? —pregunté—. Me he quedado sin ninguno.
El hombrecillo oscuro que estaba en pie a un lado de la señorita Kansas hizo un leve movimiento con su mano derecha hacia el bolsillo de su chaqueta y un paquete de Camel saltó en el aire del vestíbulo. Hábilmente cogió el paquete con la otra mano. Con el invisible golpecito de un dedo en la base del paquete un cigarrillo sobresalió, largo, verídico, singular y expuesto, listo para ser cogido.
—¡Vaya, mierda, gracias! —dije.
Empecé a bajar las escaleras, di un paso en falso, casi me caigo y hube de agarrarme al pasamanos para enderezarme, reajustar mis percepciones y seguir bajando. ¿Estaba borracho? Me acerqué al hombrecillo que sostenía el paquete e hice una pequeña reverencia.
Cogí el Camel, lo tiré al aire, lo recogí y me lo embutí en la boca. Mi moreno amigo permaneció inescrutable, su mueca desaparecida al bajar yo las escaleras. Mi pequeño amigo se inclinó hacia adelante, cubriendo con el cuenco de sus manos una llama, y encendió mi cigarrillo.
Inhalé, exhalé.
—Escuchad, ¿por qué no subís todos a mi habitación y nos tomamos un
par de tragos?
—No —dijo el tío enano que había encendido mi cigarrillo.
—Quizás podamos oír a Beethoven o Bach en la radio. Soy un tío
educado, ¿sabéis? Soy estudiante...
—No —dijo el otro hombrecillo.
Pegué una gran calada del cigarrillo y luego miré a Carole Lombard, alias
señorita Kansas.
Luego volví a mirar a mis dos amigos.
—Ella esvuestra. Yo no la quiero. Ella es vuestra. Tan sólo venid arriba.
Beberemos un poco de vino. En la magnífica habitación número 5.
No hubo respuesta. Yo me balanceaba un poco sobre mis pies a medida que el vino y el whisky luchaban por poseerme. Dejé que el cigarrillo colgara de la comisura de mi boca mientras enviaba una voluta de humo. Continué oscilando el cigarrillo de ese modo.
Yo ya sabía lo de los estiletes. En el poco tiempo que llevaba ahí había visto dos representaciones con estilete. Desde mi ventana una noche, asomado para oír las sirenas, vi un cuerpo justo debajo de la ventana en la acera de la calle Temple, iluminado por la luna y los faroles. Y en otra ocasión también otro cuerpo. Noches del estilete. Una vez fue un blanco y la otra uno de ellos. En cada una de ellas la sangre corría por el pavimento, sangre verdadera, fluyendo por el suelo hasta caer en un sumidero, podías ver cómo goteaba en el sumidero sin sentido alguno... podía cabertanta sangre en un solo hombre.
—De acuerdo, amigos míos —les dije—. Sin rencor. Beberé solo.
Me di la vuelta y comencé a subir la escalera.
—Señor Chinaski —oí que decía la voz de la señorita Kansas.
Me giré y la miré, flanqueada como estaba por mis dos pequeños amigos.
—Vaya a su habitación y duerma. Si causa usted alguna otra molestia,
llamaré al Departamento de Policía de Los Angeles.
Me giré y seguí subiendo la escalera.
No es posible vivir en ningún lado, ni en esta ciudad, ni en este sitio, ni
en esta jodida existencia es posible la vida.
Mi puerta estaba abierta. Entré. Quedaba un tercio de botella de vino
barato.
—¿Quizás quedaba otra botella en el armario?
Abrí la puerta del armario. Ninguna botella. Pero sí decenas y veintenas de billetes por todos lados. Había un rollo de veinte metido en un par de zapatos viejos con agujeros en la suela; y en el cuello de una camisa colgaba un billete de diez; y en una vieja chaqueta otros diez asomaban en un bolsillo. La mayor parte del dinero estaba en el suelo.
Recogí un billete, lo metí en el bolsillo de mi pantalón, fui hasta la puerta,
la cerré y di vueltas a la llave; luego bajé la escalera camino al bar.
En mi primera noche descubrí un bar justo a la derecha de la entrada. Me agradó enormemente. Todo lo que tenía que hacer era subir las escaleras y estaba en casa. El bar estaba lleno de hombrecillos oscuros, pero no me molestaban. Había oído toda clase de historias acerca de los filipinos: que les gustaban las chicas blancas, rubias en particular, que llevaban estiletes, que como todos tenían el mismo tamaño ahorraban entre siete para comprarse un buen traje y se turnaban para llevarlo durante la semana... George Raft había dicho por ahí que los filipinos crearon la moda de situarse en las esquinas haciendo girar pequeñas cadenas de oro de quince o
diecinueve centímetros, cada cadena simbolizando el tamaño del pene.
El camarero era filipino.
—Tú eres nuevo aquí, ¿no? —preguntó.
—Vivo arriba. Soy estudiante.
—No doy crédito.
Eché unas monedas sobre la barra.
—Dame una Eastside.
Volvió con la botella.
—¿Dónde puede uno conseguir una chica? —pregunté.
Recogió las monedas.
—No sé nada —replicó mientras se dirigía a la caja registradora.
La primera noche cerré el bar. Nadie me importunó. Unas pocas rubias salieron con los filipinos. Los hombres eran bebedores tranquilos. Se sentaban en pequeños grupos con las cabezas juntas, hablando y riendo suavemente. Me gustaban. Cuando el bar cerró, me levanté y el camarero me dijo: «Gracias.» Eso nunca se hacía en los bares americanos. Al menos no me lo hacían a mí.
Me gustaba mi nueva situación. Todo lo que ahora necesitaba era dinero.
Decidí seguir yendo a la Universidad. Al menos estaría en algún sitio durante el día. Mi amigo Becker había abandonado sus estudios. No había nadie que me importara mucho excepto, quizás, el profesor de Antropología, un conocido comunista. No enseñaba demasiada Antropología. Era un tipo grandón, accesible y agradable.
—Voy a explicaros cómo se fríe un buen filete —dijo a la clase—, primero dejáis que la sartén se ponga al rojo, luego bebéis un sorbo de whisky y después se vierte una capa de sal en la sartén. Echáis el filete dentro y dejáis que se haga un poco, pero no demasiado. Luego se le da la vuelta y se hace por el otro lado, bebéis otro sorbo de whisky, sacáis el filete y os lo coméis inmediatamente.
Una vez, cuando estaba tendido en el césped del campus, se acercó y se
tumbó junto a mí.
—Chinaski, tú no crees en toda esa palabrería nazi que esparces por ahí,
¿no es verdad?
—No podría decirlo. ¿Se cree usted toda su porquería?
—Por supuesto que sí.
—Buena suerte.
—Chinaski, no eres más que una viruta vienesa.
Se levantó, sacudiéndose la hierba y las hojas, y se fue...
Sólo llevaba dos días en Temple Street cuando Jimmy Hatcher me encontró. Golpeó en mi puerta una noche y cuando la abrí ahí estaba con otros dos chicos, compañeros de su fábrica de aviones, uno llamado Delmore
y el otro Pies Rápidos.
—¿Por qué le llaman Pies Rápidos?
—Cuando le dejes dinero, te enterarás.
—Entrad... ¿Cómo demonios me has encontrado?
—Tus padres te han hecho seguir por un detective privado.
—Maldita sea, saben cómo quitarle a un hombre la alegría de vivir.
—Quizás estén preocupados.
—Si están preocupados, que me envíen dinero.
—Alegan que te lo beberás.
—Entonces deja que se preocupen...
Entraron los tres y se sentaron en la cama y en el suelo. Tenían un quinto de botella de whisky y algunos vasos de papel. Jimmy sirvió el whisky.
—Tienes una cueva agradable.
—Es fantástica. Puedo ver el Ayuntamiento cada vez que saco la cabeza
por la ventana.
Pies Rápidos sacó una baraja de cartas del bolsillo. Estaba sentado en la
alfombra. Alzó la vista para mirarme.
—¿Juegas?
—Todos los días. ¿Tienes marcada la baraja?
—Oye, hijo de perra.
—No me provoques o te arranco la cabellera para colgármela en el
abrigo.
—¡Vamos, hombre, estas cartas son legales!
—Sólo juego al poker y al 21. ¿Cuál es el límite?
—Dos pavos.
—Echemos a suertes quién lleva la mano.
Me la llevé yo y dispuse que jugáramos en la forma habitual. No me gustaba demasiado el poker abierto, se necesitaba mucha suerte en esa modalidad. Mientras servía las cartas, Jimmy sirvió otra ronda.
—¿Cómo te lo montas, Hank?
—Hago trabajos escritos para otros.
—Brillante.
—Sí...
—Oíd, chicos —dijo Jimmy—, os dije que este tipo era un genio.
—Sí —dijo Delmore. Estaba sentado a mi derecha y le tocaba empezar.
—Apuesto veinte centavos —dijo.
Le seguimos en la apuesta.
—Tres cartas —pidió Delmore.
—Una —dijo Jimmy.
—Tres —pidió Pies Rápidos.
—Servido —repliqué.
—Otros veinte —dijo Delmore.
Los demás se plantaron pero yo dije:
—Subo a dos dólares y te las veo.
Delmore pasó, Jimmy pasó. Pies Rápidos me miró:
—¿Y qué más ves por la ventana, aparte del Ayuntamiento?
—Limítate a jugar. No estoy aquí para parlotear sobre el escenario o la
gimnasia.
—De acuerdo —dijo—, no sigo.
Puse mis cartas boca abajo y recogí las de los demás.
—¿Qué es lo que tienes? —preguntó Pies Rápidos.
—Paga por verlas o llora para siempre —dije mientras mezclaba mis cartas con las demás y barajaba, sintiéndome como Clark Gable antes que Dios le debilitara cuando el terremoto de San Francisco.
El servicio cambió de manos pero mi suerte se mantuvo la mayor parte del tiempo. Acababan de cobrar en la fábrica aeronáutica. Nunca lleves un montón de dinero a la morada de un pobre. El sólo puede perder lo poco que tiene. Por otro lado, es matemáticamente posible que pueda ganar todo lo que traigas. Lo que debes hacer, con el dinero y con los pobres, es no dejar que se acerquen demasiado.
De algún modo sentía que la noche iba a ser larga. Delmore abandonó
pronto y se fue.
—Camaradas —dije—, tengo una idea. Las cartas son demasiado lentas.
Juguemos a emparejar monedas, diez pavos la tirada, el número impar
gana.
—Vale —dijo Jimmy.
—Vale —contestó Pies Rápidos.
El whisky se había acabado. Estábamos atacando una botella mía de vino
barato.
—De acuerdo —dije—, tirad las monedas bien alto. Cazadlas con la palma
de la mano. Cuando diga «descubrid», comprobaremos el resultado.
Las tiramos al aire y las recogimos.
—¡Descubrid! —dije.
Yo era impar. Mierda. Veinte dólares, así de fácil.
—¡Tirad! —dije. Así hicimos.
—¡Descubrid! —dije.
Vencí otra vez.
—¡Tirad! —dije.
—¡Descubrid!
Pies Rápidos ganó.
Yo gané la siguiente vez.
Entonces le tocó a Jimmy.
Yo gané las otras dos veces.
—Esperad —dije—, tengo que mear.
Fui hasta el lavabo y meé. Habíamos acabado con la botella de vino. Abrí
la puerta del armario.
—Tengo otra botella de vino aquí —les dije.
Saqué casi todos los billetes de mi bolsillo y los tiré en el cajón. Volví,
abrí la botella y serví a todo el mundo.
—Mierda —dijo Pies Rápidos mirando su cartera—, estoy casi en la ruina.
—Yo también —dijo Jimmy.
—Me pregunto quién se llevó el dinero —repliqué yo.
No eran buenos bebedores. La mezcla del vino y el whisky fue mala para
ellos. Estaban tambaleándose un poco.
Pies Rápidos se cayó contra la cómoda tirando un cenicero al suelo. Se
partió en dos.
—Recógelo —dije.
—No recojo mierda —contestó.
—¡He dicho que lo recojas!
—No recogeré mierda.
Jimmy extendió la mano y recogió el cenicero.
—Salid de aquí —advertí.
—No me puedes echar —replicó Pies Rápidos.
—Muy bien —dije—, ¡tan sólo abre tu bocazaotra vez más, diuna
palabra más, y no serás luego capaz de sacar tu cabeza del agujero del culo!
—Vámonos, Pies Rápidos —dijo Jimmy.
Abrí la puerta y enfilaron por ella con paso inseguro. Les seguí hasta el
arranque de la escalera. Nos quedamos en pie unos instantes.
—Hank —dijo Jimmy—. Te veré de nuevo, tómatelo con calma.
—Muy bien, Jim...
—Escucha —empezó a decirme Pies Rápidos—. Tu...
Le aticé un directo a la boca. Se cayó de espaldas por las escaleras botando y dando vueltas. Era más o menos de mi mismo tamaño, un metro noventa y dos, y se podía oír el estrépito que causaba en toda la manzana. Dos filipinos y la patrona rubia estaban en el vestíbulo. Miraron a Pies Rápidos que yacía en el suelo, pero no se acercaron a él.
—¡Le has matado! —chilló Jimmy.
Bajó corriendo las escaleras y dio la vuelta al cuerpo de Pies Rápidos.
Pies Rápidos sangraba por la nariz y la boca. Jimmy sostuvo su cabeza y
alzó la vista para mirarme.
—Esto no ha estado bien, Hank...
—Sí. ¿Qué vais a hacer?
—Creo —dijo Jimmy— que volveremos para darte una buena...
—Espera un minuto —repliqué.
Volví a mi habitación y me serví un vaso de vino. No me gustaban los
vasos de papel de Jimmy y había estado bebiendo en una tarrina usada de gelatina. La etiqueta estaba aún pegada a un costado, manchada de
suciedad y vino. Volví a salir del cuarto.
Pies Rápidos estaba reviviendo. Jimmy le ayudaba a ponerse en pie.
Luego pasó el brazo de Pies Rápidos por encima de su hombro. Se quedaron
ahí plantados.
—¿Qué es lo que decías? —pregunté.
—Eres un tío feo, Hank. Necesitas que te enseñen una lección.
—¿Quieres decir que no soy guapo?
—Quiero decir que te comportas como un guarro...
—¡Llévate a tu amigo de aquí antes de que baje y acabe con él!
Pies Rápidos alzó su ensangrentada cabeza. Llevaba una florida camisa
hawaiana que ahora estaba salpicada de sangre.
Me miró y luego habló. Apenas pude oírle. Pero le oí. Sólo dijo:
—Voy a matarte...
—Sí —añadió Jimmy—, vendremos a por ti.
—¿AH sí, MAMONES? —vociferé—. ¡No ME VOY A NINGUNA PARTE! ¡CUANDO
QUERÁIS ME ENCONTRARÉIS EN LA HABITACIÓN NÚMERO 5! ¡OS ESTARÉ ESPERANDO!
HABITACIÓN NÚMERO 5. ¿OS ACORDARÉIS? ¡Y LA PUERTA ESTARÁ ABIERTA!
Alcé la tarrina de gelatina y bebí el vino. Luego les arrojé la tarrina. Lancé la tarrina con todas mis fuerzas pero mi puntería fue mala. Rebotó en la pared de la escalera, luego en el vestíbulo y pasó entre la patrona y los dos filipinos.
Jimmy se giró con Pies Rápidos camino hacia la salida y comenzaron a
andar lentamente. Fue un trayecto tedioso y agónico.
Volví a oír a Pies Rápidos; medio gimiendo y medio llorando, decir: «¡le
mataré... le mataré!»
Por fin cruzaron la puerta y desaparecieron.
La rubia patrona y los dos filipinos aún seguían en el vestíbulo mirándome. Yo estaba descalzo y llevaba cinco o seis días sin afeitarme. Necesitaba un corte de pelo. Sólo me peinaba una vez al día, por la mañana, y luego no me preocupaba más. Mis profesores de gimnasia siempre se estaban metiendo con mi postura:
—¡Tira loshombros hacia atrás! ¡Por qué miras alsuelo! ¿Qué coño hay
ahíab ajo?
Yo nunca crearía ninguna moda o estilo. Mi camiseta blanca estaba manchada con vino y repleta de quemaduras de cigarrillos y puros, con círculos de sangre y vómito. Además eramuy pequeña y no cubría mi ombligo. Y mis pantalones también me iban pequeños y no llegaban a cubrirme el tobillo y se ceñían fuertemente.
Los tres estaban plantados ahí abajo mirándome. Les devolví la mirada.
—¡Oíd, muchachos, subid a beber un trago!
Los dos hombrecillos se miraron e hicieron muecas. La patrona, una Carole Lombard desvaída, me miró impasible. Señorita Kansas, la llamaban. ¿Estaría enamorada de mí? Llevaba zapatos rosas de tacón alto y un traje de brillantes lentejuelas negras que me lanzaban pequeños destellos. Sus pechos eran algo que un mero mortal jamás podría ver, sólo los reyes, dictadores, gobernantes y filipinos.
—¿Alguien tiene un cigarrillo? —pregunté—. Me he quedado sin ninguno.
El hombrecillo oscuro que estaba en pie a un lado de la señorita Kansas hizo un leve movimiento con su mano derecha hacia el bolsillo de su chaqueta y un paquete de Camel saltó en el aire del vestíbulo. Hábilmente cogió el paquete con la otra mano. Con el invisible golpecito de un dedo en la base del paquete un cigarrillo sobresalió, largo, verídico, singular y expuesto, listo para ser cogido.
—¡Vaya, mierda, gracias! —dije.
Empecé a bajar las escaleras, di un paso en falso, casi me caigo y hube de agarrarme al pasamanos para enderezarme, reajustar mis percepciones y seguir bajando. ¿Estaba borracho? Me acerqué al hombrecillo que sostenía el paquete e hice una pequeña reverencia.
Cogí el Camel, lo tiré al aire, lo recogí y me lo embutí en la boca. Mi moreno amigo permaneció inescrutable, su mueca desaparecida al bajar yo las escaleras. Mi pequeño amigo se inclinó hacia adelante, cubriendo con el cuenco de sus manos una llama, y encendió mi cigarrillo.
Inhalé, exhalé.
—Escuchad, ¿por qué no subís todos a mi habitación y nos tomamos un
par de tragos?
—No —dijo el tío enano que había encendido mi cigarrillo.
—Quizás podamos oír a Beethoven o Bach en la radio. Soy un tío
educado, ¿sabéis? Soy estudiante...
—No —dijo el otro hombrecillo.
Pegué una gran calada del cigarrillo y luego miré a Carole Lombard, alias
señorita Kansas.
Luego volví a mirar a mis dos amigos.
—Ella esvuestra. Yo no la quiero. Ella es vuestra. Tan sólo venid arriba.
Beberemos un poco de vino. En la magnífica habitación número 5.
No hubo respuesta. Yo me balanceaba un poco sobre mis pies a medida que el vino y el whisky luchaban por poseerme. Dejé que el cigarrillo colgara de la comisura de mi boca mientras enviaba una voluta de humo. Continué oscilando el cigarrillo de ese modo.
Yo ya sabía lo de los estiletes. En el poco tiempo que llevaba ahí había visto dos representaciones con estilete. Desde mi ventana una noche, asomado para oír las sirenas, vi un cuerpo justo debajo de la ventana en la acera de la calle Temple, iluminado por la luna y los faroles. Y en otra ocasión también otro cuerpo. Noches del estilete. Una vez fue un blanco y la otra uno de ellos. En cada una de ellas la sangre corría por el pavimento, sangre verdadera, fluyendo por el suelo hasta caer en un sumidero, podías ver cómo goteaba en el sumidero sin sentido alguno... podía cabertanta sangre en un solo hombre.
—De acuerdo, amigos míos —les dije—. Sin rencor. Beberé solo.
Me di la vuelta y comencé a subir la escalera.
—Señor Chinaski —oí que decía la voz de la señorita Kansas.
Me giré y la miré, flanqueada como estaba por mis dos pequeños amigos.
—Vaya a su habitación y duerma. Si causa usted alguna otra molestia,
llamaré al Departamento de Policía de Los Angeles.
Me giré y seguí subiendo la escalera.
No es posible vivir en ningún lado, ni en esta ciudad, ni en este sitio, ni
en esta jodida existencia es posible la vida.
Mi puerta estaba abierta. Entré. Quedaba un tercio de botella de vino
barato.
—¿Quizás quedaba otra botella en el armario?
Abrí la puerta del armario. Ninguna botella. Pero sí decenas y veintenas de billetes por todos lados. Había un rollo de veinte metido en un par de zapatos viejos con agujeros en la suela; y en el cuello de una camisa colgaba un billete de diez; y en una vieja chaqueta otros diez asomaban en un bolsillo. La mayor parte del dinero estaba en el suelo.
Recogí un billete, lo metí en el bolsillo de mi pantalón, fui hasta la puerta,
la cerré y di vueltas a la llave; luego bajé la escalera camino al bar.
domingo, 3 de abril de 2011
"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 53
Yo solía volver de clase bajando la colina de Westview. Nunca llevaba libros en la mano. Aprobé mis exámenes asistiendo a las clases y adivinando las respuestas. Jamás tuve que empollar los exámenes y conseguí las calificaciones «C» de aprobado. Y mientras bajaba la colina me metí en una enorme tela de araña. Empecé a romperla y quitármela de encima mientras buscaba a la araña. Entonces la vi: era una enorme y negra hija de puta. La aplasté. Había aprendido a odiar a las arañas. Cuando fuera al infierno, me devoraría una araña.
Durante toda mi vida en ese vecindario me había metido en telas de arañas, me habían atacado los cuervos y había vivido con mi padre. Todo era eternamente triste, sombrío y maldito. Incluso el tiempo era un tiempo de perros. O era insoportablemente cálido durante semanas o, si llovía, llovía durante cinco o seis días. El agua anegaba los jardines y penetraba en las casas. Quienquiera que fuera el que diseñó el sistema de drenaje, probablemente había sido bien pagado por su ignorancia en la materia.
Y mis propios asuntos iban de mal en peor, tal como cuando nací. La única diferencia era que ahora podía beber de vez en cuando, aunque nunca lo suficiente. El beber era lo único que evitaba que un hombre se sintiera desplazado e inútil. Todo lo demás era luchar y luchar, abriéndose paso a tajos. Y nada era interesante, nada. Todo el mundo era igual, reprimiéndose y controlándose. Y yo tenía que vivir con esos mamones el restode mis días, pensé. ¡Dios mío! Todos tenían un agujero en el culo y órganos sexuales y bocas y sobacos. Se sentaban y charloteaban y eran tan estúpidos como la cagada de un caballo. Las chicas tenían buen aspecto vistas a distancia, con el sol filtrándose entre sus ropas y cabellos. Pero cuando se acercaban y mostraban sus cerebros a través de la cháchara de sus bocas, te sentías con ganas de excavar una trinchera en una colina y esconderte con una ametralladora. Verdaderamente nunca sería capaz de ser feliz, casarme y tener hijos. Demonios, ni siquiera podía obtener trabajo como lavaplatos.
A lo mejor podría ser un asaltante de bancos. Algo realmente emocionante. Algo con relumbre y pasión. Sólo tenemos una oportunidad. ¿Por qué ser un limpiaventanas?
Encendí un cigarrillo y seguí bajando la colina. ¿Era yo el único en
agobiarme por un futuro sin posibilidades?
Vi otra de esas grandes arañas negras. Yacía en su telaraña justo a la altura de mi cara y en medio del camino. Cogí el cigarrillo y lo aplasté contra ella. La enorme araña se agitó de tal modo que las ramitas del arbusto donde afianzaba su telaraña se movieron. Saltó de su telaraña y cayó sobre la acera. Asesinas cobardes, todas eran unas cobardes asesinas. La aplasté con el zapato. Un día útil, había matado dos arañas y trastocado el equilibrio de la naturaleza, ahora nos iban a devorar los mosquitos y las moscas.
Seguí bajando la colina, estaba cerca del final cuando un gran arbusto empezó a agitarse. La Reina de las Arañas me perseguía. Avancé a su encuentro.
Mi madre saltó a la acera desde detrás del arbusto. —¡Henry, Henry! ¡No
vayas a casa, no vayas a casa, tu padre te matará!
—¿Y cómo va a hacerlo? Puedo darle de azotes en el trasero.
—¡No, estáfurioso, Henry! ¡No vayas a casa, te matará! ¡Te he estado
esperando durante horas!
Los ojos de mi madre se habían ensanchado por el miedo y tenían un
bello color castaño.
—¿Qué está haciendo en casa tan temprano?
—¡Tenía dolor de cabeza y le concedieron la tarde libre!
—Creí que estabas trabajando, ¿acaso no has encontrado un nuevo
trabajo?
Ella había conseguido por fin trabajo como guardesa de una casa.
—¡Vino y me recogió! ¡Estáfurio so! ¡Temata rá!
—No te preocupes, mamá, si intenta algo en contra mía voy a darle una
patada en el culo, te lo prometo.
—Henry, ¡ha encontrado tus narraciones y las ha leído!
—Jamás le pedí que lo hiciera.
—¡Las encontró en un cajón! ¡Las ha leído todas!
Yo había escrito diez o doce historias cortas. Dale a un hombre una máquina de escribir y se convierte en escritor. Había escondido las narraciones bajo el papel del fondo del cajón donde guardaba mis calzoncillos y calcetines.
—Bueno —dije—, el viejo ha estado rebuscando y se ha quemado los
dedos.
—¡Dijo que iba a matarte! ¡Dijo que ningún hijo suyo podía escribir
historias semejantes y vivir bajo el mismo techo que él!
La cogí por el brazo.
—Vamos a casa, mamá, y veamos qué es lo que hace...
—¡Henry, ha tirado todas tus ropas sobre el césped, toda tu ropa sucia,
tu máquina de escribir, tu maleta y tus narraciones!
—¿Mis narraciones?
—Sí, esas también...
—¡Le mataré!
Me separé de ella, crucé la calle 21 y bajé por la Avenida Longwood. Ella
me siguió.
—¡Henry, Henry, no vayas a casa!
La pobre mujer se aferraba a mi camisa.
—Henry, escucha, ¡consíguete una habitación en cualquier sitio! ¡Henry, tengo diez dólares! ¡Coge estos diez dólares y alquila una habitación en algún sitio!
Me giré. Ella sostenía los diez dólares en la mano.
—Olvídalo —contesté—, voy a ir.
—¡Henry, coge el dinero! ¡Hazlo por mí! ¡Hazlo por tu madre!
—Bueno, de acuerdo...
Cogí los diez y me los embutí en el bolsillo del pantalón.
—Gracias, es un montón de dinero.
—Está bien así, Henry. Te quiero, Henry, pero tienes que irte.
Corrió delante mío mientras me acercaba a casa. Entonces lo vi: todo estaba esparcido por el césped, todas mis ropas, limpias y sucias, la maleta abierta, calcetines, pijamas, camisas, un abrigo viejo, todo tirado por todos lados, sobre el césped y la acera. Y vi cómo el viento se llevaba mis manuscritos arrojándolos contra el sumidero y contra todas partes.
Mi madre corrió por la acera hasta la casa y yo grité de forma que
pudiera oírme:
—¡DILE QUE SALGA AQUÍ, QUE VOY A PARTIRLE LA CABEZA EN DOS!
Primero recogí mis manuscritos. Ese era el más bajo de los golpes, hacerme eso a mí. Era la única cosa que no tenía derecho a tocar. A medida que recogía las hojas del sumidero, del césped y la acera, comencé a sentirme mejor. Recogí todas las que pude, las metí en la maleta asentándolas bajo un zapato, y luego rescaté la máquina de escribir. Su maletín se había roto pero parecía estar bien. Miré todos mis andrajos esparcidos en derredor. Dejé la ropa sucia y los pijamas, que sólo eran un par, y de los desechados por él. No había gran cosa más que recoger. Cerré la maleta, recogí la máquina de escribir y comencé a andar. Pude ver dos caras atisbando tras las cortinas. Pero en seguida me olvidé mientras subía por Longwood, cruzaba la calle 21 y subía la colina de Westview. No me sentía muy distinto a como siempre me había sentido. Ni alegre ni deprimido; todo parecía ser sólo una continuación. Iba a coger el tranvía «W», cambiar de línea luego e ir a algún lugar del centro.
Durante toda mi vida en ese vecindario me había metido en telas de arañas, me habían atacado los cuervos y había vivido con mi padre. Todo era eternamente triste, sombrío y maldito. Incluso el tiempo era un tiempo de perros. O era insoportablemente cálido durante semanas o, si llovía, llovía durante cinco o seis días. El agua anegaba los jardines y penetraba en las casas. Quienquiera que fuera el que diseñó el sistema de drenaje, probablemente había sido bien pagado por su ignorancia en la materia.
Y mis propios asuntos iban de mal en peor, tal como cuando nací. La única diferencia era que ahora podía beber de vez en cuando, aunque nunca lo suficiente. El beber era lo único que evitaba que un hombre se sintiera desplazado e inútil. Todo lo demás era luchar y luchar, abriéndose paso a tajos. Y nada era interesante, nada. Todo el mundo era igual, reprimiéndose y controlándose. Y yo tenía que vivir con esos mamones el restode mis días, pensé. ¡Dios mío! Todos tenían un agujero en el culo y órganos sexuales y bocas y sobacos. Se sentaban y charloteaban y eran tan estúpidos como la cagada de un caballo. Las chicas tenían buen aspecto vistas a distancia, con el sol filtrándose entre sus ropas y cabellos. Pero cuando se acercaban y mostraban sus cerebros a través de la cháchara de sus bocas, te sentías con ganas de excavar una trinchera en una colina y esconderte con una ametralladora. Verdaderamente nunca sería capaz de ser feliz, casarme y tener hijos. Demonios, ni siquiera podía obtener trabajo como lavaplatos.
A lo mejor podría ser un asaltante de bancos. Algo realmente emocionante. Algo con relumbre y pasión. Sólo tenemos una oportunidad. ¿Por qué ser un limpiaventanas?
Encendí un cigarrillo y seguí bajando la colina. ¿Era yo el único en
agobiarme por un futuro sin posibilidades?
Vi otra de esas grandes arañas negras. Yacía en su telaraña justo a la altura de mi cara y en medio del camino. Cogí el cigarrillo y lo aplasté contra ella. La enorme araña se agitó de tal modo que las ramitas del arbusto donde afianzaba su telaraña se movieron. Saltó de su telaraña y cayó sobre la acera. Asesinas cobardes, todas eran unas cobardes asesinas. La aplasté con el zapato. Un día útil, había matado dos arañas y trastocado el equilibrio de la naturaleza, ahora nos iban a devorar los mosquitos y las moscas.
Seguí bajando la colina, estaba cerca del final cuando un gran arbusto empezó a agitarse. La Reina de las Arañas me perseguía. Avancé a su encuentro.
Mi madre saltó a la acera desde detrás del arbusto. —¡Henry, Henry! ¡No
vayas a casa, no vayas a casa, tu padre te matará!
—¿Y cómo va a hacerlo? Puedo darle de azotes en el trasero.
—¡No, estáfurioso, Henry! ¡No vayas a casa, te matará! ¡Te he estado
esperando durante horas!
Los ojos de mi madre se habían ensanchado por el miedo y tenían un
bello color castaño.
—¿Qué está haciendo en casa tan temprano?
—¡Tenía dolor de cabeza y le concedieron la tarde libre!
—Creí que estabas trabajando, ¿acaso no has encontrado un nuevo
trabajo?
Ella había conseguido por fin trabajo como guardesa de una casa.
—¡Vino y me recogió! ¡Estáfurio so! ¡Temata rá!
—No te preocupes, mamá, si intenta algo en contra mía voy a darle una
patada en el culo, te lo prometo.
—Henry, ¡ha encontrado tus narraciones y las ha leído!
—Jamás le pedí que lo hiciera.
—¡Las encontró en un cajón! ¡Las ha leído todas!
Yo había escrito diez o doce historias cortas. Dale a un hombre una máquina de escribir y se convierte en escritor. Había escondido las narraciones bajo el papel del fondo del cajón donde guardaba mis calzoncillos y calcetines.
—Bueno —dije—, el viejo ha estado rebuscando y se ha quemado los
dedos.
—¡Dijo que iba a matarte! ¡Dijo que ningún hijo suyo podía escribir
historias semejantes y vivir bajo el mismo techo que él!
La cogí por el brazo.
—Vamos a casa, mamá, y veamos qué es lo que hace...
—¡Henry, ha tirado todas tus ropas sobre el césped, toda tu ropa sucia,
tu máquina de escribir, tu maleta y tus narraciones!
—¿Mis narraciones?
—Sí, esas también...
—¡Le mataré!
Me separé de ella, crucé la calle 21 y bajé por la Avenida Longwood. Ella
me siguió.
—¡Henry, Henry, no vayas a casa!
La pobre mujer se aferraba a mi camisa.
—Henry, escucha, ¡consíguete una habitación en cualquier sitio! ¡Henry, tengo diez dólares! ¡Coge estos diez dólares y alquila una habitación en algún sitio!
Me giré. Ella sostenía los diez dólares en la mano.
—Olvídalo —contesté—, voy a ir.
—¡Henry, coge el dinero! ¡Hazlo por mí! ¡Hazlo por tu madre!
—Bueno, de acuerdo...
Cogí los diez y me los embutí en el bolsillo del pantalón.
—Gracias, es un montón de dinero.
—Está bien así, Henry. Te quiero, Henry, pero tienes que irte.
Corrió delante mío mientras me acercaba a casa. Entonces lo vi: todo estaba esparcido por el césped, todas mis ropas, limpias y sucias, la maleta abierta, calcetines, pijamas, camisas, un abrigo viejo, todo tirado por todos lados, sobre el césped y la acera. Y vi cómo el viento se llevaba mis manuscritos arrojándolos contra el sumidero y contra todas partes.
Mi madre corrió por la acera hasta la casa y yo grité de forma que
pudiera oírme:
—¡DILE QUE SALGA AQUÍ, QUE VOY A PARTIRLE LA CABEZA EN DOS!
Primero recogí mis manuscritos. Ese era el más bajo de los golpes, hacerme eso a mí. Era la única cosa que no tenía derecho a tocar. A medida que recogía las hojas del sumidero, del césped y la acera, comencé a sentirme mejor. Recogí todas las que pude, las metí en la maleta asentándolas bajo un zapato, y luego rescaté la máquina de escribir. Su maletín se había roto pero parecía estar bien. Miré todos mis andrajos esparcidos en derredor. Dejé la ropa sucia y los pijamas, que sólo eran un par, y de los desechados por él. No había gran cosa más que recoger. Cerré la maleta, recogí la máquina de escribir y comencé a andar. Pude ver dos caras atisbando tras las cortinas. Pero en seguida me olvidé mientras subía por Longwood, cruzaba la calle 21 y subía la colina de Westview. No me sentía muy distinto a como siempre me había sentido. Ni alegre ni deprimido; todo parecía ser sólo una continuación. Iba a coger el tranvía «W», cambiar de línea luego e ir a algún lugar del centro.
sábado, 2 de abril de 2011
"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 52
La guerra estaba yendo bastante bien en Europa. Al menos para Hitler. La mayoría de los estudiantes no se pronunciaban sobre el tema. Pero los profesores auxiliares eran casi todos izquierdistas y antihitlerianos. Parecía no haber derechistas entre los profesores, exceptuando al señor Glasgow, de Económicas, y lo era con discreción.
Lo correcto, intelectual y popular, era ir a la guerra contra Alemania para detener el avance del fascismo. En mi caso no tenía ningunas ganas de ir a la guerra para salvar mi modo actual de vida o el posible futuro que me esperaba. Yo no tenía Libertad. No tenía nada. Con Hitler quizás obtuviera un coño de cuando en cuando y una paga semanal de más de un dólar. Además, como había nacido en Alemania, tenía una cierta lealtad natural y no me gustaba ver cómo equiparaban a todos los alemanes con monstruos e idiotas. En los cines aceleraban las imágenes de las noticias para hacer que Hitler y Mussolini parecieran locos frenéticos. También, con todos los profesores en contra de Alemania, descubrí que personalmente me era imposible simplemente estar de acuerdo con ellos. Sin sentirme alienado, pero sí naturalmente contrariado, decidí oponerme a sus puntos de vista. Nunca había leído el Mein Kampf ni tenía deseos de hacerlo. Para mí, Hitler sólo era otro dictador, sólo que, en vez de mis regañinas a la hora de cenar, probablemente me volara los sesos o las pelotas si iba a la guerra a intentar pararle.
Algunas veces, cuando los profesores hablaban y hablaban sobre los horrores del nazismo (nos enseñaron a escribir «nazi» con «n» minúscula, incluso si encabezaba una frase) y el fascismo, yo me ponía en pie de un brinco y soltaba algún comentario:
—¡La supervivencia de la raza humana depende de una selección
responsable!
Lo que significaba: vigila con quién te vas a la cama; pero yo sólo sabía
eso. Realmente mosqueaba a todo el mundo.
No sé de dónde sacaba mis discursitos:
—Uno de los errores de la democracia es que el voto universal da lugar a
un líder común que nos conduce a una vida vulgar, apática y predecible.
Evitaba cualquier referencia directa a los judíos y los negros, los cuales nunca me habían ocasionado ningún problema. Todos mis problemas provenían de los blancos no judíos. Por lo tanto yo no era un nazi por temperamento o elección; fueron los profesores los que me hicieron seguir esa línea por parecerse y pensar como ellos y encima tener un prejuicio antialemán. Además yo había leído por ahí que si un hombre no creía o entendía verdaderamente la causa a la cual se adhería, de algún modo podía ser más convincente, lo que me daba una considerable ventaja sobre los profesores.
—Entrenad un caballo de tiro para convertirlo en uno de carreras y obtendréis un híbrido que no es ni veloz ni fuerte. ¡Una nueva Raza Dominadora surgirá de la selección premeditada y útil!
—No hay guerras buenas o malas. Lo único malo de una guerra es perderla. En todas las guerras ambos lados creen pelear por una Buena Causa. No se trata de saber quién tiene o no la razón, ¡se trata de comprobar quién tiene los mejores generales y el mejor ejército!
Me encantaba. Podía demostrar todo lo que me daba la gana.
Por supuesto estaba separándome más y más de las chicas. Pero de todos modos nunca había estado cerca. Creí que a causa de mis arrebatados discursos estaba solo en el campus, pero no fue así. Algunos más me habían escuchado. Un día, mientras me encaminaba a la clase de Reportajes de Actualidad, oí que alguien seguía mis pasos. Nunca me gustó que nadie me siguiera de cerca. Por eso me giré mientras andaba. Era el Delegado general de los estudiantes, Boyd Taylor. Era muy popular entre los estudiantes, el único tipo en la historia de la Universidad que había sido elegido Delegado por segunda vez.
—Oye, Chinaski, quiero hablar contigo.
Nunca me había fijado mucho en Boyd, era el típico joven americano bien parecido y con un futuro garantizado, siempre vestido con corrección, simpático y gentil, con cada pelo de su bigote perfectamente atusado. No tenía idea de cuál era su atractivo para los estudiantes. Se puso a mi lado y anduvo conmigo.
—¿No crees que no es bueno para ti, Boyd, que te vean caminar
conmigo?
—Ese es mi problema.
—De acuerdo. ¿Qué pasa?
—Chinaski, esto es sólo entre tú y yo, ¿entiendes?
—Claro.
—Escucha, no tengo fe en las acciones o ideales de tipos como tú.
—¿Entonces?
—Pero quiero que sepas que si ganáis, aquí y en Europa, aceptaría con
agrado estar a vuestro lado.
Sólo pude mirarle y reír.
Se quedó plantado mientras yo seguía andando. Nunca te fíes de un
hombre que tiene el bigote perfectamente igualado...
También otros habían estado escuchando. Saliendo de la clase de Reportajes de Actualidad, me encontré con Baldy que estaba con un chico de un metro cincuenta de alto por noventa centímetros de ancho. La cabeza del chico estaba hundida en sus hombros, tenía un cráneo totalmente redondo, orejas pequeñas, cabello perfilado, ojos de guisante y una boca pequeña y húmeda.
Un desquiciado, pensé, quizás un asesino.
—¡OYE, HANK! —aulló Baldy.
Me aproximé.
—Creí que habíamos acabado, LaCrosse.
—¡Oh, no! ¡Todavía quedangran des cosas por hacer!
¡Mierda! ¡Baldy también era uno de ésos!
¿Por qué la idea de la Raza Superior no atraía más que a los disminuidos
mentales y físicos?
—Quiero que conozcas a Igor Stirnov.
Me acerqué y nos dimos la mano. El apretó la mía con todas sus fuerzas.
Realmente me hizo daño.
—Suéltame —dije— o te voy a partir el cuello.
Igor me soltó.
—No confío en la gente que estrecha las manos con blandura. ¿Por qué lo
haces tú?
—Hoy estoy débil. Quemaron mi tostada del desayuno y al mediodía se
me cayó el batido de chocolate.
Igor se volvió hacia Baldy.
—¿Qué le pasa a este chico?
—No te preocupes por él. Actúa a su modo.
Igor volvió a mirarme.
—Mi padre era ruso blanco. Durante la Revolución le mataron los rojos.
¡Tengo que vengarme de esos bastardos!
—Ya veo...
Entonces otro estudiante se nos acercó.
—¡Oye, Fenster! —aulló Baldy.
Fenster se aproximó. Nos dimos la mano. Yo apenas apreté. No me gustaba dar la mano. El nombre de Fenster era Bob. En una casa de Glensdale iba a celebrarse una reunión, Americanos por el Partido Americano. Fenster era el representante por la Universidad. Fenster se fue y Baldy se inclinó para susurrarme en el oído:
—¡Son nazis!
Igor tenía un coche y cuatro litros de ron. Nos encontramos frente a la casa de Baldy. Igor pasó la botella. Buen licor, realmente quemaba las membranas de mi garganta. Igor conducía el coche como si fuera un tanque, sin detenerse en las señales de stop. La gente tocaba el claxon mientras pisaban el freno e Igor les blandía una pistola réplica de las de verdad.
—Oye, Igor —dijo Baldy—, muestra tu pistola a Hank.
Igor estaba conduciendo. Baldy y yo estábamos sentados atrás. Igor me
tendió la pistola. La miré.
—¡Es fantástica! —dijo Baldy—. La talló en madera y la pintó con betún
de zapatos. Parece de verdad, ¿no es cierto?
—Sí —contesté—. Incluso ha perforado un agujero en el cañón.
Devolví la pistola a Igor.
—Muy bonita —dije.
Me volvió a pasar el ron. Me pegué un trago y pasé la botella a Baldy. El
se quedó mirándome y dijo:
—¡Heil Hitler!
Fuimos los últimos en llegar. Era una casa grande y bonita. En la puerta
nos salió al paso un tipo gordo que tenía el aspecto de alguien que se había pasado toda la vida comiendo castañas junto al fuego. Parecía que los padres no estaban por ahí. Su nombre era Larry Kearny. Le seguimos a través del caserón y bajamos una escalera larga y oscura. Todo lo que yo podía distinguir eran los hombros y la nuca de Kearny. Evidentemente era un tipo bien alimentado y parecía mucho más saludable que Baldy, Igor o yo mismo. A lo mejor podíamos aprender algo allí.
Llegamos al sótano y encontramos varias sillas. Fenster nos hizo un signo aprobatorio con la cabeza. Había otros siete tipos que no conocía. Sobre un estrado se alzaba una mesa. Larry subió al estrado y se plantó tras la mesa. Detrás suyo, sobre la pared, se extendía una bandera americana. Larry se irguió muy erecto.
—¡Ahora juraremos nuestra lealtad a la bandera americana!
¡Dios mío! —pensé—. ¡Me he equivocado de sitio!
Nos alzamos y proferimos nuestros juramentos, pero yo me paré después
de «juro por»... y no dije qué.
Nos sentamos. Larry comenzó a hablar parapetado tras la mesa. Explicó que, ya que era la primera reunión que él presidía, cuando tuviéramos dos o más reuniones, cuando nos conociéramos entre nosotros, podríamos elegir un presidente. Pero mientras tanto...
—Nos enfrentamos, en América, a dos severas amenazas a nuestra libertad. Por un lado el azote del comunismo y por otro el alzamiento negro. A menudo trabajan conjuntamente. Nosotros, verdaderos americanos, nos reunimos aquí en un intento de contrarrestar este azote, esta amenaza. ¡Ha llegado hasta tal punto que ninguna chica blanca y decente puede andar por la calle sin ser acosada por un macho negro!
Igor pegó un brinco.
—¡Los mataremos!
—Los comunistas quieren arrebatarnos la riqueza por la que tanto hemos trabajado, por la que nuestros padres se desvivieron ysus padres antes que ellos se mataron a trabajar. ¡Los comunistas quieren entregar nuestro dinero a todo negro, homosexual, vagabundo, asesino y exhibicionista que camina por nuestras calles!
—¡Los mataremos! —¡Hemos de detenerlos! —¡Nos armaremos!
—Sí, nos armaremos. ¡Nos armaremos y reuniremos aquí para formular
un Plan Maestro para salvar a América!
El grupo entero aplaudió. Dos o tres vociferaron: «¡Heil Hitler!» Entonces
llegó el momento-de-conocernos-entre-nosotros.
Larry nos pasó unas cervezas frías y formamos pequeños corros para charlar, sin decirnos gran cosa, excepto que necesitábamos hacer mucho tiro al blanco para luego saber utilizar nuestras armas cuando llegara el momento.
Cuando fuimos a la casa de Igor tampoco parecía que estuvieran en ella sus padres. Igor cogió una sartén, puso en ella cuatro trozos de mantequilla y comenzó a derretirlos. Cogió el recipiente del ron, vertió una cantidad generosa y la calentó junto a la mantequilla.
—Esto es lo que beben los hombres —dijo. Luego observó a Baldy—.
¿Eres un hombre, Baldy?
Baldy ya estaba borracho. Se mantenía muy erguido con los brazos cayéndole a los costados.
—¡Sí, SOY UN HOMBRE! —y comenzó a llorar. Las lágrimas se deslizaron por
su rostro—. ¡Soy UN HOMBRE! —Se mantenía muy erguido y mientras rodaban
los lagrimones vociferaba—: ¡HEIL HITLER!
Igor me miró fijamente.
—¿Eres un hombre?
—No lo sé. ¿Está ya listo ese ron?
—No sé si confiar en ti. No estoy seguro de que seas uno de los nuestros.
¿Acaso eres un espía doble? ¿Eres un agente del enemigo?
—No.
—¿Eres uno de nosotros?
—No lo sé. Sólo estoy seguro de una cosa.
—¿Cuál es?
—No me caes bien. ¿Está ya preparado el ron?
—¿Ves? —dijo Baldy— . ¡Te dije que era un tipo despreciable!
—Veremos quién es el más despreciable cuando se acabe la noche —
contestó Igor.
Igor vertió la mantequilla derretida junto al hirviente ron, luego apagó el fuego y removió la mezcla. No me caía bien él, pero ciertamente era distinto y eso me gustaba. Encontró tres copas grandes y azules, con letras rusas inscritas en ellas. Vertió el ron con mantequilla en las copas.
—Muy bien —dijo— ¡bebeoslo!
—Mierda, está hirviendo —dije mientras trasegaba la copa. Estaba
demasiado caliente y atufaba a mantequilla.
Observé cómo Igor se bebía la suya. Vi sus pequeños ojos de guisante asomar por el borde de la copa. Se las arregló para trasegarlo mientras ríos de mantequilla con ron caían por las comisuras de su boca. El estaba estudiando a Baldy. Baldy permanecía plantado en píe observando su copa. Yo sabía desde tiempo antes que Baldy no tenía una afición natural a la bebida.
Igor miraba fijamente a Baldy.
—¡Bébelo!
—Sí, Igor, sí...
Baldy alzó la copa azul. Lo estaba pasando mal. Estaba demasiado caliente para él y no le gustaba cómo sabía. La mitad del contenido se deslizó por su barbilla y cayó sobre su camisa. La copa vacía se estrelló
contra el suelo de la cocina.
Igor se plantó frente a Baldy.
—¡Tú no eres un hombre!
—¡SOY UN HOMBRE, IGOR!¡SOY UN HOMBRE!
—¡MIENTES!
Igor le golpeó con un revés y la cabeza de Baldy cayó hacia un lado.
Propinó otro revés y enderezó la cabeza de Baldy. Este se puso firmes
manteniendo los brazos rígidos a los costados.
—Soy... un... hombre... Igor permaneció frente a él.
—¡Haré un hombre de ti!
—Vale —le dije a Igor—, déjale solo.
Igor salió de la cocina. Me serví otro ron. Era una bebida asquerosa pero
no había nada más.
Igor entró en la cocina. Estaba empuñando un revólver, un revólver de
verdad de seis tiros.
—Vamos a jugar ahora a la ruleta rusa —anunció.
—Sí, con el coño de tu madre —contesté.
—Yo jugaré, Igor —dijo Baldy—. ¡Jugaré! ¡Soy unho mbre!
—De acuerdo —contestó Igor—, sólo hay una bala en el revólver. Giraré
el tambor y te pasaré el revólver.
Igor dio vueltas al tambor y entregó el revólver a Baldy. Baldy lo cogió y
apuntó a su cabeza.
—Soy un hombre... soy un hombre... ¡lo haré! —Comenzó a llorar de
nuevo—. ¡Lo haré... porque soy un hombre...!
Baldy desvió la boca del revólver de su sien. Apuntó a otro sitio y apretó
el gatillo. Sonó un click.
Igor volvió a coger el arma, giró el tambor y me la tendió. Yo se la
devolví.
—Tú primero.
Igor volvió a girar el tambor, sostuvo el revólver contra la luz de modo
que viera la recámara y luego se lo aplicó a la sien. Sonó un click.
—Magnífico —dije—. Has mirado en la recámara para ver dónde estaba la
bala.
Igor dio vueltas al tambor y me pasó el revólver.
—Es tu turno.
Le devolví el arma.
—Guárdatelo —le repliqué.
Me aproximé a los fuegos para servirme otro ron. Mientras lo hacía sonó
un disparo. Miré al suelo. Al lado de mi pie, en el suelo de la cocina, había
un agujero de bala.
Me giré en redondo.
—Si vuelves a apuntarme con esa cosa otra vez, te mataré, Igor.
—¿Ah sí?
—Sí.
Permaneció frente a mí sonriendo. Lentamente comenzó a elevar el revólver. Yo esperé. Al poco lo bajó. Ya bastaba por esa noche. Fuimos hasta el coche e Igor nos llevó hasta casa. Pero primero paramos en el Parque Westlake, alquilamos una barca y remamos por el lago hasta acabarnos el ron.Con el último sorbo, Igor cargó el revólver y efectuó varios disparos contra el fondo de la barca. Estábamos a treinta metros de la orilla y tuvimos que nadar...
Era muy tarde cuando llegué a casa. Me arrastré sobre el arbusto de las bayas y trepé por la ventana. Me desvestí y fui a la cama mientras en la habitación próxima mi padre roncaba.
Lo correcto, intelectual y popular, era ir a la guerra contra Alemania para detener el avance del fascismo. En mi caso no tenía ningunas ganas de ir a la guerra para salvar mi modo actual de vida o el posible futuro que me esperaba. Yo no tenía Libertad. No tenía nada. Con Hitler quizás obtuviera un coño de cuando en cuando y una paga semanal de más de un dólar. Además, como había nacido en Alemania, tenía una cierta lealtad natural y no me gustaba ver cómo equiparaban a todos los alemanes con monstruos e idiotas. En los cines aceleraban las imágenes de las noticias para hacer que Hitler y Mussolini parecieran locos frenéticos. También, con todos los profesores en contra de Alemania, descubrí que personalmente me era imposible simplemente estar de acuerdo con ellos. Sin sentirme alienado, pero sí naturalmente contrariado, decidí oponerme a sus puntos de vista. Nunca había leído el Mein Kampf ni tenía deseos de hacerlo. Para mí, Hitler sólo era otro dictador, sólo que, en vez de mis regañinas a la hora de cenar, probablemente me volara los sesos o las pelotas si iba a la guerra a intentar pararle.
Algunas veces, cuando los profesores hablaban y hablaban sobre los horrores del nazismo (nos enseñaron a escribir «nazi» con «n» minúscula, incluso si encabezaba una frase) y el fascismo, yo me ponía en pie de un brinco y soltaba algún comentario:
—¡La supervivencia de la raza humana depende de una selección
responsable!
Lo que significaba: vigila con quién te vas a la cama; pero yo sólo sabía
eso. Realmente mosqueaba a todo el mundo.
No sé de dónde sacaba mis discursitos:
—Uno de los errores de la democracia es que el voto universal da lugar a
un líder común que nos conduce a una vida vulgar, apática y predecible.
Evitaba cualquier referencia directa a los judíos y los negros, los cuales nunca me habían ocasionado ningún problema. Todos mis problemas provenían de los blancos no judíos. Por lo tanto yo no era un nazi por temperamento o elección; fueron los profesores los que me hicieron seguir esa línea por parecerse y pensar como ellos y encima tener un prejuicio antialemán. Además yo había leído por ahí que si un hombre no creía o entendía verdaderamente la causa a la cual se adhería, de algún modo podía ser más convincente, lo que me daba una considerable ventaja sobre los profesores.
—Entrenad un caballo de tiro para convertirlo en uno de carreras y obtendréis un híbrido que no es ni veloz ni fuerte. ¡Una nueva Raza Dominadora surgirá de la selección premeditada y útil!
—No hay guerras buenas o malas. Lo único malo de una guerra es perderla. En todas las guerras ambos lados creen pelear por una Buena Causa. No se trata de saber quién tiene o no la razón, ¡se trata de comprobar quién tiene los mejores generales y el mejor ejército!
Me encantaba. Podía demostrar todo lo que me daba la gana.
Por supuesto estaba separándome más y más de las chicas. Pero de todos modos nunca había estado cerca. Creí que a causa de mis arrebatados discursos estaba solo en el campus, pero no fue así. Algunos más me habían escuchado. Un día, mientras me encaminaba a la clase de Reportajes de Actualidad, oí que alguien seguía mis pasos. Nunca me gustó que nadie me siguiera de cerca. Por eso me giré mientras andaba. Era el Delegado general de los estudiantes, Boyd Taylor. Era muy popular entre los estudiantes, el único tipo en la historia de la Universidad que había sido elegido Delegado por segunda vez.
—Oye, Chinaski, quiero hablar contigo.
Nunca me había fijado mucho en Boyd, era el típico joven americano bien parecido y con un futuro garantizado, siempre vestido con corrección, simpático y gentil, con cada pelo de su bigote perfectamente atusado. No tenía idea de cuál era su atractivo para los estudiantes. Se puso a mi lado y anduvo conmigo.
—¿No crees que no es bueno para ti, Boyd, que te vean caminar
conmigo?
—Ese es mi problema.
—De acuerdo. ¿Qué pasa?
—Chinaski, esto es sólo entre tú y yo, ¿entiendes?
—Claro.
—Escucha, no tengo fe en las acciones o ideales de tipos como tú.
—¿Entonces?
—Pero quiero que sepas que si ganáis, aquí y en Europa, aceptaría con
agrado estar a vuestro lado.
Sólo pude mirarle y reír.
Se quedó plantado mientras yo seguía andando. Nunca te fíes de un
hombre que tiene el bigote perfectamente igualado...
También otros habían estado escuchando. Saliendo de la clase de Reportajes de Actualidad, me encontré con Baldy que estaba con un chico de un metro cincuenta de alto por noventa centímetros de ancho. La cabeza del chico estaba hundida en sus hombros, tenía un cráneo totalmente redondo, orejas pequeñas, cabello perfilado, ojos de guisante y una boca pequeña y húmeda.
Un desquiciado, pensé, quizás un asesino.
—¡OYE, HANK! —aulló Baldy.
Me aproximé.
—Creí que habíamos acabado, LaCrosse.
—¡Oh, no! ¡Todavía quedangran des cosas por hacer!
¡Mierda! ¡Baldy también era uno de ésos!
¿Por qué la idea de la Raza Superior no atraía más que a los disminuidos
mentales y físicos?
—Quiero que conozcas a Igor Stirnov.
Me acerqué y nos dimos la mano. El apretó la mía con todas sus fuerzas.
Realmente me hizo daño.
—Suéltame —dije— o te voy a partir el cuello.
Igor me soltó.
—No confío en la gente que estrecha las manos con blandura. ¿Por qué lo
haces tú?
—Hoy estoy débil. Quemaron mi tostada del desayuno y al mediodía se
me cayó el batido de chocolate.
Igor se volvió hacia Baldy.
—¿Qué le pasa a este chico?
—No te preocupes por él. Actúa a su modo.
Igor volvió a mirarme.
—Mi padre era ruso blanco. Durante la Revolución le mataron los rojos.
¡Tengo que vengarme de esos bastardos!
—Ya veo...
Entonces otro estudiante se nos acercó.
—¡Oye, Fenster! —aulló Baldy.
Fenster se aproximó. Nos dimos la mano. Yo apenas apreté. No me gustaba dar la mano. El nombre de Fenster era Bob. En una casa de Glensdale iba a celebrarse una reunión, Americanos por el Partido Americano. Fenster era el representante por la Universidad. Fenster se fue y Baldy se inclinó para susurrarme en el oído:
—¡Son nazis!
Igor tenía un coche y cuatro litros de ron. Nos encontramos frente a la casa de Baldy. Igor pasó la botella. Buen licor, realmente quemaba las membranas de mi garganta. Igor conducía el coche como si fuera un tanque, sin detenerse en las señales de stop. La gente tocaba el claxon mientras pisaban el freno e Igor les blandía una pistola réplica de las de verdad.
—Oye, Igor —dijo Baldy—, muestra tu pistola a Hank.
Igor estaba conduciendo. Baldy y yo estábamos sentados atrás. Igor me
tendió la pistola. La miré.
—¡Es fantástica! —dijo Baldy—. La talló en madera y la pintó con betún
de zapatos. Parece de verdad, ¿no es cierto?
—Sí —contesté—. Incluso ha perforado un agujero en el cañón.
Devolví la pistola a Igor.
—Muy bonita —dije.
Me volvió a pasar el ron. Me pegué un trago y pasé la botella a Baldy. El
se quedó mirándome y dijo:
—¡Heil Hitler!
Fuimos los últimos en llegar. Era una casa grande y bonita. En la puerta
nos salió al paso un tipo gordo que tenía el aspecto de alguien que se había pasado toda la vida comiendo castañas junto al fuego. Parecía que los padres no estaban por ahí. Su nombre era Larry Kearny. Le seguimos a través del caserón y bajamos una escalera larga y oscura. Todo lo que yo podía distinguir eran los hombros y la nuca de Kearny. Evidentemente era un tipo bien alimentado y parecía mucho más saludable que Baldy, Igor o yo mismo. A lo mejor podíamos aprender algo allí.
Llegamos al sótano y encontramos varias sillas. Fenster nos hizo un signo aprobatorio con la cabeza. Había otros siete tipos que no conocía. Sobre un estrado se alzaba una mesa. Larry subió al estrado y se plantó tras la mesa. Detrás suyo, sobre la pared, se extendía una bandera americana. Larry se irguió muy erecto.
—¡Ahora juraremos nuestra lealtad a la bandera americana!
¡Dios mío! —pensé—. ¡Me he equivocado de sitio!
Nos alzamos y proferimos nuestros juramentos, pero yo me paré después
de «juro por»... y no dije qué.
Nos sentamos. Larry comenzó a hablar parapetado tras la mesa. Explicó que, ya que era la primera reunión que él presidía, cuando tuviéramos dos o más reuniones, cuando nos conociéramos entre nosotros, podríamos elegir un presidente. Pero mientras tanto...
—Nos enfrentamos, en América, a dos severas amenazas a nuestra libertad. Por un lado el azote del comunismo y por otro el alzamiento negro. A menudo trabajan conjuntamente. Nosotros, verdaderos americanos, nos reunimos aquí en un intento de contrarrestar este azote, esta amenaza. ¡Ha llegado hasta tal punto que ninguna chica blanca y decente puede andar por la calle sin ser acosada por un macho negro!
Igor pegó un brinco.
—¡Los mataremos!
—Los comunistas quieren arrebatarnos la riqueza por la que tanto hemos trabajado, por la que nuestros padres se desvivieron ysus padres antes que ellos se mataron a trabajar. ¡Los comunistas quieren entregar nuestro dinero a todo negro, homosexual, vagabundo, asesino y exhibicionista que camina por nuestras calles!
—¡Los mataremos! —¡Hemos de detenerlos! —¡Nos armaremos!
—Sí, nos armaremos. ¡Nos armaremos y reuniremos aquí para formular
un Plan Maestro para salvar a América!
El grupo entero aplaudió. Dos o tres vociferaron: «¡Heil Hitler!» Entonces
llegó el momento-de-conocernos-entre-nosotros.
Larry nos pasó unas cervezas frías y formamos pequeños corros para charlar, sin decirnos gran cosa, excepto que necesitábamos hacer mucho tiro al blanco para luego saber utilizar nuestras armas cuando llegara el momento.
Cuando fuimos a la casa de Igor tampoco parecía que estuvieran en ella sus padres. Igor cogió una sartén, puso en ella cuatro trozos de mantequilla y comenzó a derretirlos. Cogió el recipiente del ron, vertió una cantidad generosa y la calentó junto a la mantequilla.
—Esto es lo que beben los hombres —dijo. Luego observó a Baldy—.
¿Eres un hombre, Baldy?
Baldy ya estaba borracho. Se mantenía muy erguido con los brazos cayéndole a los costados.
—¡Sí, SOY UN HOMBRE! —y comenzó a llorar. Las lágrimas se deslizaron por
su rostro—. ¡Soy UN HOMBRE! —Se mantenía muy erguido y mientras rodaban
los lagrimones vociferaba—: ¡HEIL HITLER!
Igor me miró fijamente.
—¿Eres un hombre?
—No lo sé. ¿Está ya listo ese ron?
—No sé si confiar en ti. No estoy seguro de que seas uno de los nuestros.
¿Acaso eres un espía doble? ¿Eres un agente del enemigo?
—No.
—¿Eres uno de nosotros?
—No lo sé. Sólo estoy seguro de una cosa.
—¿Cuál es?
—No me caes bien. ¿Está ya preparado el ron?
—¿Ves? —dijo Baldy— . ¡Te dije que era un tipo despreciable!
—Veremos quién es el más despreciable cuando se acabe la noche —
contestó Igor.
Igor vertió la mantequilla derretida junto al hirviente ron, luego apagó el fuego y removió la mezcla. No me caía bien él, pero ciertamente era distinto y eso me gustaba. Encontró tres copas grandes y azules, con letras rusas inscritas en ellas. Vertió el ron con mantequilla en las copas.
—Muy bien —dijo— ¡bebeoslo!
—Mierda, está hirviendo —dije mientras trasegaba la copa. Estaba
demasiado caliente y atufaba a mantequilla.
Observé cómo Igor se bebía la suya. Vi sus pequeños ojos de guisante asomar por el borde de la copa. Se las arregló para trasegarlo mientras ríos de mantequilla con ron caían por las comisuras de su boca. El estaba estudiando a Baldy. Baldy permanecía plantado en píe observando su copa. Yo sabía desde tiempo antes que Baldy no tenía una afición natural a la bebida.
Igor miraba fijamente a Baldy.
—¡Bébelo!
—Sí, Igor, sí...
Baldy alzó la copa azul. Lo estaba pasando mal. Estaba demasiado caliente para él y no le gustaba cómo sabía. La mitad del contenido se deslizó por su barbilla y cayó sobre su camisa. La copa vacía se estrelló
contra el suelo de la cocina.
Igor se plantó frente a Baldy.
—¡Tú no eres un hombre!
—¡SOY UN HOMBRE, IGOR!¡SOY UN HOMBRE!
—¡MIENTES!
Igor le golpeó con un revés y la cabeza de Baldy cayó hacia un lado.
Propinó otro revés y enderezó la cabeza de Baldy. Este se puso firmes
manteniendo los brazos rígidos a los costados.
—Soy... un... hombre... Igor permaneció frente a él.
—¡Haré un hombre de ti!
—Vale —le dije a Igor—, déjale solo.
Igor salió de la cocina. Me serví otro ron. Era una bebida asquerosa pero
no había nada más.
Igor entró en la cocina. Estaba empuñando un revólver, un revólver de
verdad de seis tiros.
—Vamos a jugar ahora a la ruleta rusa —anunció.
—Sí, con el coño de tu madre —contesté.
—Yo jugaré, Igor —dijo Baldy—. ¡Jugaré! ¡Soy unho mbre!
—De acuerdo —contestó Igor—, sólo hay una bala en el revólver. Giraré
el tambor y te pasaré el revólver.
Igor dio vueltas al tambor y entregó el revólver a Baldy. Baldy lo cogió y
apuntó a su cabeza.
—Soy un hombre... soy un hombre... ¡lo haré! —Comenzó a llorar de
nuevo—. ¡Lo haré... porque soy un hombre...!
Baldy desvió la boca del revólver de su sien. Apuntó a otro sitio y apretó
el gatillo. Sonó un click.
Igor volvió a coger el arma, giró el tambor y me la tendió. Yo se la
devolví.
—Tú primero.
Igor volvió a girar el tambor, sostuvo el revólver contra la luz de modo
que viera la recámara y luego se lo aplicó a la sien. Sonó un click.
—Magnífico —dije—. Has mirado en la recámara para ver dónde estaba la
bala.
Igor dio vueltas al tambor y me pasó el revólver.
—Es tu turno.
Le devolví el arma.
—Guárdatelo —le repliqué.
Me aproximé a los fuegos para servirme otro ron. Mientras lo hacía sonó
un disparo. Miré al suelo. Al lado de mi pie, en el suelo de la cocina, había
un agujero de bala.
Me giré en redondo.
—Si vuelves a apuntarme con esa cosa otra vez, te mataré, Igor.
—¿Ah sí?
—Sí.
Permaneció frente a mí sonriendo. Lentamente comenzó a elevar el revólver. Yo esperé. Al poco lo bajó. Ya bastaba por esa noche. Fuimos hasta el coche e Igor nos llevó hasta casa. Pero primero paramos en el Parque Westlake, alquilamos una barca y remamos por el lago hasta acabarnos el ron.Con el último sorbo, Igor cargó el revólver y efectuó varios disparos contra el fondo de la barca. Estábamos a treinta metros de la orilla y tuvimos que nadar...
Era muy tarde cuando llegué a casa. Me arrastré sobre el arbusto de las bayas y trepé por la ventana. Me desvestí y fui a la cama mientras en la habitación próxima mi padre roncaba.
jueves, 31 de marzo de 2011
"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 51
Sólo conocí un estudiante en la Universidad que me gustara: Robert
Becker. El quería ser escritor.
—Voy a aprender todo lo que aquí me pueden enseñar sobre el arte de escribir. Va a ser como desmontar completamente un coche y luego montarlo de nuevo.
—Eso parece mucho trabajo —dije.
—Voy a hacerlo.
Becker era dos o tres centímetros más bajo que yo pero era rechoncho y
de fuerte complexión, con grandes hombros y brazos.
—Tuve una enfermedad infantil —me dijo—, tuve que estar en cama
durante un año apretando dos pelotas de tenis, una en cada mano. Sólo por
hacer eso he llegado a ser como soy.
Tenía un trabajo como mensajero nocturno y se pagaba las clases.
—¿Cómo obtuviste tu trabajo?
—Conocí a un tipo que conocía a un tipo.
—Seguro que te puedo dar una tunda.
—Quizás sí, quizás no. Sólo me interesa escribir.
Estábamos sentados en una habitación situada por encima del prado. Dos
chicos estaban mirándome.
Uno de ellos habló:
—¡Oye! —me preguntó—. ¿Te importa si te pregunto algo?
—Adelante.
—Bueno, solías ser un mariquita en la escuela elemental, me acuerdo de
ti. Y ahora eres un tío duro. ¿Qué pasó?
—No lo sé.
—¿Eres cínico?
—Probablemente.
—¿Eres feliz siendo cínico?
—Sí.
—¡Entonces no eres un cínico, porque los cínicos no son felices!
Los dos chicos ejecutaron unos pasos de vodevil y se fueron riendo.
—Te han hecho quedar mal —dijo Becker.
—No, exageraban demasiado.
—¿Eres cínico?
—Soy infeliz. Si fuera cínico, probablemente me sentiría mucho mejor.
Salimos de la habitación. Las clases se habían terminado. Becker quería
guardar sus libros en la taquilla. Nos acercamos hasta ellas y los guardamos.
Becker me pasó cinco o seis hojas de papel.
—Toma, lee esto. Es una narración breve.
Nos acercamos de nuevo a mi taquilla, la abrí y le tendí una bolsa de
papel.
—Toma un trago...
Era una botella de oporto.
Becker dio un sorbo y yo otro.
—¿Siempre guardas una botella en tu taquilla? —me preguntó.
—Lo intento.
—Escucha, esta noche libro. ¿Por qué no vienes y te presento a algunos
de mis amigos?
—La gente no me cae muy bien.
—Estos son tipos diferentes.
—¿Sí? ¿Dónde nos vemos? ¿En tu casa?
—No. Aquí, te escribiré la dirección... —empezó a escribir en un trozo de
papel.
—Escucha, Becker, ¿a qué se dedican esos amigos tuyos? —quise saber.
—Beben —dijo Becker.
Me guardé el papel en el bolsillo.
Esa noche después de cenar leí la narración de Becker. Era buena y me sentí celoso. Contaba cómo por la noche llevaba un telegrama en su bicicleta a una mujer hermosa. Su estilo era objetivo y claro y suavemente pudoroso. Becker reconocía estar influenciado por Thomas Wolfe, pero no se lamentaba y exageraba como hacía Wolfe. Su narración tenía sentimiento pero sin estar subrayado en letras de neón. Becker sabía escribir; sabía escribir mejor que yo.
Mis padres me habían conseguido una máquina de escribir y yo había intentado escribir algunas narraciones breves, pero sólo conseguí historias amargas y confusas. No es que fueran muy malas, pero parecían implorar, no tenían vitalidad propia. Mis historias eran más oscuras y extrañas que la de Becker, pero no servían. Bueno, una o dos de ellas me parecían buenas, pero creo que acerté por casualidad en lugar de dirigirlas desde el principio. Becker era claramente mejor. Quizás intentaría dedicarme a la pintura.
Esperé hasta que mis padres se hubieron dormido. Mi padre siempre roncaba fuertemente. Cuando le oí, abrí la ventana del dormitorio y me deslicé fuera cayendo sobre los arbustos de bayas. Al lado tenía el sendero y anduve lentamente en la oscuridad. Luego subí por la calle Longwood hasta la 21.a, torcí a la derecha y subí la colina por Westview hasta donde finalizaba la línea del «W». Pagué mi billete y anduve hasta la trasera del tranvía, me senté y encendí un cigarrillo. Si los amigos de Becker eran tan buenos como la narración que me había dado a leer, entonces iba a ser una noche de órdago.
Becker estaba ya en la dirección de la calle Beacon. Sus amigos estaban desayunando. Fui presentado. Estaba Harry, estaba Lana, estaba Tragón, Apestoso, estaba Pájaro de las Ciénagas, Ellis, Cara de Perro y, finalmente, estaba el Destripador. Todos sentados en torno a una gran mesa de desayuno. Harry tenía un trabajo legítimo en algún lugar, él y Becker eran los únicos que estaban empleados. Lana era la mujer de Harry, Tragón —su
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hijo— estaba sentado en una alta banqueta. Lana era la única mujer de la
reunión. Cuando me la presentaron, miró directamente a mis ojos y sonrió.
Todos eran jóvenes, delgados, y fumaban y liaban cigarrillos.
—Becker nos habló de ti —dijo Harry—. Dice que eres un escritor.
—Tengo una máquina de escribir.
—¿Vas a escribir sobre nosotros? —preguntó Apestoso.
—Prefiero beber.
—Perfecto. Vamos a hacer un concurso de bebida. ¿Tienes algún dinero?
—preguntó Apestoso.
—Dos dólares...
—Vale, la apuesta entonces es de dos dólares. ¡Que cotice todo el
mundo! —dijo Harry.
Eso hacía dieciocho dólares. El dinero tenía buen aspecto tirado sobre la
mesa. Apareció una botella junto con unos pequeños vasos.
—Becker nos dijo que tú crees que eres un tipo duro. ¿Eres un tipo duro?
—Claro.
—Bien, vamos a verlo...
La luz de la cocina era muy brillante. El whisky era puro, un whisky amarillo oscuro. Harry llenó los vasos. Semejante delicia. Mi boca, mi garganta, no podían esperar. La radio estaba encendida. «¡Oh, Johnny, oh,
Johnny, cómo sabes amar!» cantaba alguien.
—¡Hasta el hígado! —dijo Harry.
No había modo que yo perdiera. Podía beber durante días. Nunca había
tenido demasiado de beber.
Tragón tenía un diminuto vaso frente a él. Al alzar nosotros los nuestros y beberlos, él alzó el suyo y bebió. Todo el mundo pensó que era divertido, yo no creí que fuera muy divertido el que un enano así bebiera, pero no dije
nada.
Harry sirvió otra ronda.
—¿Has leído mi narración corta, Hank? —preguntó Becker.
—Sí.
—¿Qué te pareció?
—Es buena. Estás preparado. Todo lo que necesitas ahora es un poco de
suerte.
—¡Hasta el hígado! —dijo Harry.
La segunda ronda no fue ningún problema, todos la ingerimos, incluso
Lana.
Harry me miró.
—¿Te gustaría vomitar la bebida, Hank?
—No.
—Bien. En caso que lo hicieras, tenemos a Cara de Perro para evitarlo.
Cara de Perro era dos veces más grande que yo. Era tan hastiante estar en el mundo. Cada vez que mirabas a tu alrededor, siempre había algún tipo listo para destrozarte sin darte tiempo a respirar. Miré a Cara de Perro.
—¡Hola, compañero!
—Compañero tu padre —contestó—. Limítate a beberte la copa.
Harry rellenó los vasos saltándose el de Tragón, sin embargo, lo que
aprecié. Muy bien, los alzamos y bebimos. Entonces Lana pasó de la
competición.
—Mañana alguien tendrá que limpiar todo esto y despertar a Harry para
que trabaje —dijo.
Se sirvió la siguiente ronda. Justo en ese momento se abrió la puerta de sopetón y un chico grandón y bien parecido de unos 22 años entró corriendo en la habitación.
—Mierda, Harry —dijo—, ¡escóndeme! ¡Acabo de atracar una maldita
gasolinera!
—Mi coche está en el garage —replicó Harry—. ¡Túmbate en el suelo del
asiento trasero y quédate ahí!
Bebimos. Se sirvió otra ronda. Apareció una nueva botella. Los dieciocho dólares aún estaban en el centro de la mesa. Todos seguíamos en el asunto excepto Lana. Iba a hacer falta mucho whisky para derrotarnos.
—Oye —pregunté a Harry—, ¿no nos vamos a quedar sin bebida?
—Muéstrale, Lana...
Lana abrió las puertas superiores de un armario. Pude ver hileras e hileras de botellas de whisky, todas de la misma marca. Parecía ser el botín producto del asalto a un camión, y probablemente lo era. Y esos eran los miembros de la banda: Harry, Lana, Apestoso, Pájaro de las Ciénagas, Ellis, Cara de Perro y el Destripador, tal vez Becker y, seguramente, el chaval joven que se escondía ahora en el asiento trasero del coche de Harry. Me sentí honrado por beber con una parte tan activa de la población de Los Angeles. Dedicaría mi primera novela a Robert Becker. Y sería una novela mejor que la de «El Tiempo y el Río».
Harry siguió sirviendo rondas y seguimos trasegándolas. La cocina estaba
azulada por el humo de los cigarrillos.
Pájaro de las Ciénagas se retiró el primero. Tenía una larguísima nariz y sólo sacudió la cabeza, no más, no más, y todo lo que podías ver era su narizota oscilando entre la humareda azul.
Ellis fue el siguiente en caer derrotado. Tenía mucho pelo en el pecho
pero, evidentemente, no en sus pelotas.
Cara de Perro se retiró a continuación. Pegó un salto hasta el fregadero y vomitó. Al escucharle, Harry tuvo la misma idea y saltó hasta el cubo de basura, donde vomitó.
Con eso quedábamos Becker, Apestoso, Destripador y yo.
Becker fue el siguiente. Tan sólo cruzó los brazos sobre la mesa, apoyó la
cabeza, y se quedó frito.
—La noche es aún joven —dije—. Normalmente bebo hasta que sale el
sol.—¡Claro —dijo Destripador—, y también cagas en un cesto!
—Por supuesto, y tiene la forma de tu cabezota.
Destripador se levantó.
—¡Tú, hijo de perra! ¡Te voy a partir el culo!
Me lanzó un golpe a través de la mesa, falló y tiró la botella. Lana cogió
una fregona y limpió el suelo de líquido. Harry abrió otra botella.
—Siéntate, Des, o perderás la apuesta —dijo Harry.
Harry sirvió otra nueva ronda. La hicimos desaparecer.
Destripador se puso en pie, anduvo hasta la puerta trasera, la abrió y se
quedó mirando al cielo.
—Oye, Des, ¿qué demonios estás haciendo? —preguntó Apestoso.
—Estoy comprobando si tenemos luna llena.
—Bueno, ¿la hay?
No hubo respuesta. Oímos cómo caía por los escalones y aterrizaba sobre
el seto. Le dejamos allí.
Con eso quedábamos Apestoso y yo.
—Todavía no he visto a nadie derrotar a Apestoso —dijo Harry.
Lana acababa de acostar a Tragón. Volvió a la cocina.
—¡Jesús, hay cuerpos caídos por todos lados!
—Sirve más, Harry —dije yo.
Harry llenó el vaso de Apestoso y luego el mío. Sabía que no era capaz de bebérmelo, así que hice lo único que podía hacer. Pretendí que era algo fácil coger el vaso y beberlo de un trago. Apestoso se quedó mirándome.
—Vuelvo en seguida. Tengo que ir al cagadero.
Nos quedamos sentados esperando.
—Apestoso es un buen tipo —dije—. No deberías llamarle así. ¿Cómo se
ganó el apodo?
—No sé —contestó Harry—, alguien se lo puso.
—Ese chico escondido en tu coche. ¿Va a salir alguna vez?
—No hasta mañana.
Seguimos sentados esperando.
—Creo —dijo Harry— que es mejor que echemos un vistazo.
Abrimos la puerta del baño. Daba la impresión de que Apestoso no estaba en él. Entonces le vimos. Se había caído en la bañera. Sus pies sobresalían en un extremo. Sus ojos estaban cerrados y estaba
completamente ido. Volvimos a la mesa.
—El dinero es tuyo —dijo Harry.
—¿Qué tal si me dejáis contribuir algo por las botellas de whisky?
—Olvídalo.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, por supuesto.
Recogí el dinero y lo guardé en mi bolsillo delantero. Luego miré el vaso
de Apestoso.
—Es una pena desperdiciar este trago —dije.
—¿Quieres decir que vas a bebértelo? —preguntó Lana.
—¿Por qué no? Un trago para el camino...
Lo hice desaparecer.
—Muy bien, muchachos, ¡ha sido fantástico!
—Buenas noches, Hank.
Salí por la puerta trasera pasando por encima del cuerpo de Destripador. Encontré un callejón trasero y torcí a la izquierda. Anduve por él y vi un sedán Chevrolet de color verde. Me tambaleaba un poco a medida que me acercaba a él. Aferré la manija de la puerta trasera para afirmarme. La maldita puerta no estaba cerrada y se abrió de golpe haciéndome caer sobre la acera. Había luna llena y yo me di un fuerte golpe en el codo. El whisky me había subido de golpe. Me parecía imposible levantarme, pero tenía que hacerlo. Se suponía que yo era un chico duro. Me levanté y me caí contra la puerta medio abierta, afeitándome a ella, apoyándome en la manija. Permanecí un rato afirmándome y luego me senté en el asiento trasero del coche. Permanecí otro rato dentro. Luego comencé a vomitar. Me salió todo, vomité y vomité, cubriendo toda la trasera del Chevrolet. Luego volví a sentarme otro rato. Después me las arreglé para salir del coche. No me sentía tan mareado. Saqué mi pañuelo y limpié el vómito de mis pantalones y zapatos lo mejor que pude. Cerré la puerta del coche y seguí andando por el callejón. Tenía que encontrar el tranvía de la línea «W». Lo encontraría.
Y lo hice. Me subí en él. Bajé en la calle Westview, anduve por la 21.ay doblé al Sur por la Avenida Longwood hasta el número 2.122. Ascendí por el sendero del vecindario, encontré el arbusto de las bayas, trepé por encima de él y a través de la ventana abierta hasta entrar en mi dormitorio. Me desvestí y me metí en la cama. Debía de haberme tomado cerca de un litro de whisky. Mi padre roncaba aún, sólo que en ese momento de una forma más estruendosa y horrenda. De todos modos caí dormido.
Como siempre, llegué a la clase de Inglés del señor Hamilton con treinta minutos de retraso. Eran las 7.30 de la mañana. Me quedé fuera de la puerta y escuché. Estaban oyendo a Gilbert y Sullivan de nuevo. La misma canción sobre el mar y la Armada de la Reina. Hamilton no se cansaba de ellos. En el instituto tuve un profesor de Inglés que sólo nos hablaba de Poe, Poe, Edgar Allan Poe.
Abrí la puerta. Hamilton se acercó al tocadiscos y levantó la aguja. Luego
anunció a la clase:
—Cuando el señor Chinaski llega, sabemos que son las 7.30. El señor Chinaskisiempre llega a tiempo. El único problema es que es el tiempo incorrecto.
Hizo una pausa mirando a todas las caras de su clase. Parecía muy, muy
digno. Luego bajó la vista hasta mí.
—Señor Chinaski, da igual que llegue usted a las 7.30 o no llegue en absoluto. De cualquier modo le voy a calificar con una «D» en este curso 1.° de Inglés.
—¿Una «D», señor Hamilton? —pregunté con mi famoso gesto de burla—
. ¿Por qué no una «F»?
—Porque la «F», a veces, puede implicar la palabra «follar». Y no creo
que usted valga siquiera un polvo.
La clase entera aulló y rió y pateó y bramó. Yo me di la vuelta y salí
cerrando la puerta tras de mí. Crucé el vestíbulo oyendo aún sus carcajadas.
Becker. El quería ser escritor.
—Voy a aprender todo lo que aquí me pueden enseñar sobre el arte de escribir. Va a ser como desmontar completamente un coche y luego montarlo de nuevo.
—Eso parece mucho trabajo —dije.
—Voy a hacerlo.
Becker era dos o tres centímetros más bajo que yo pero era rechoncho y
de fuerte complexión, con grandes hombros y brazos.
—Tuve una enfermedad infantil —me dijo—, tuve que estar en cama
durante un año apretando dos pelotas de tenis, una en cada mano. Sólo por
hacer eso he llegado a ser como soy.
Tenía un trabajo como mensajero nocturno y se pagaba las clases.
—¿Cómo obtuviste tu trabajo?
—Conocí a un tipo que conocía a un tipo.
—Seguro que te puedo dar una tunda.
—Quizás sí, quizás no. Sólo me interesa escribir.
Estábamos sentados en una habitación situada por encima del prado. Dos
chicos estaban mirándome.
Uno de ellos habló:
—¡Oye! —me preguntó—. ¿Te importa si te pregunto algo?
—Adelante.
—Bueno, solías ser un mariquita en la escuela elemental, me acuerdo de
ti. Y ahora eres un tío duro. ¿Qué pasó?
—No lo sé.
—¿Eres cínico?
—Probablemente.
—¿Eres feliz siendo cínico?
—Sí.
—¡Entonces no eres un cínico, porque los cínicos no son felices!
Los dos chicos ejecutaron unos pasos de vodevil y se fueron riendo.
—Te han hecho quedar mal —dijo Becker.
—No, exageraban demasiado.
—¿Eres cínico?
—Soy infeliz. Si fuera cínico, probablemente me sentiría mucho mejor.
Salimos de la habitación. Las clases se habían terminado. Becker quería
guardar sus libros en la taquilla. Nos acercamos hasta ellas y los guardamos.
Becker me pasó cinco o seis hojas de papel.
—Toma, lee esto. Es una narración breve.
Nos acercamos de nuevo a mi taquilla, la abrí y le tendí una bolsa de
papel.
—Toma un trago...
Era una botella de oporto.
Becker dio un sorbo y yo otro.
—¿Siempre guardas una botella en tu taquilla? —me preguntó.
—Lo intento.
—Escucha, esta noche libro. ¿Por qué no vienes y te presento a algunos
de mis amigos?
—La gente no me cae muy bien.
—Estos son tipos diferentes.
—¿Sí? ¿Dónde nos vemos? ¿En tu casa?
—No. Aquí, te escribiré la dirección... —empezó a escribir en un trozo de
papel.
—Escucha, Becker, ¿a qué se dedican esos amigos tuyos? —quise saber.
—Beben —dijo Becker.
Me guardé el papel en el bolsillo.
Esa noche después de cenar leí la narración de Becker. Era buena y me sentí celoso. Contaba cómo por la noche llevaba un telegrama en su bicicleta a una mujer hermosa. Su estilo era objetivo y claro y suavemente pudoroso. Becker reconocía estar influenciado por Thomas Wolfe, pero no se lamentaba y exageraba como hacía Wolfe. Su narración tenía sentimiento pero sin estar subrayado en letras de neón. Becker sabía escribir; sabía escribir mejor que yo.
Mis padres me habían conseguido una máquina de escribir y yo había intentado escribir algunas narraciones breves, pero sólo conseguí historias amargas y confusas. No es que fueran muy malas, pero parecían implorar, no tenían vitalidad propia. Mis historias eran más oscuras y extrañas que la de Becker, pero no servían. Bueno, una o dos de ellas me parecían buenas, pero creo que acerté por casualidad en lugar de dirigirlas desde el principio. Becker era claramente mejor. Quizás intentaría dedicarme a la pintura.
Esperé hasta que mis padres se hubieron dormido. Mi padre siempre roncaba fuertemente. Cuando le oí, abrí la ventana del dormitorio y me deslicé fuera cayendo sobre los arbustos de bayas. Al lado tenía el sendero y anduve lentamente en la oscuridad. Luego subí por la calle Longwood hasta la 21.a, torcí a la derecha y subí la colina por Westview hasta donde finalizaba la línea del «W». Pagué mi billete y anduve hasta la trasera del tranvía, me senté y encendí un cigarrillo. Si los amigos de Becker eran tan buenos como la narración que me había dado a leer, entonces iba a ser una noche de órdago.
Becker estaba ya en la dirección de la calle Beacon. Sus amigos estaban desayunando. Fui presentado. Estaba Harry, estaba Lana, estaba Tragón, Apestoso, estaba Pájaro de las Ciénagas, Ellis, Cara de Perro y, finalmente, estaba el Destripador. Todos sentados en torno a una gran mesa de desayuno. Harry tenía un trabajo legítimo en algún lugar, él y Becker eran los únicos que estaban empleados. Lana era la mujer de Harry, Tragón —su
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hijo— estaba sentado en una alta banqueta. Lana era la única mujer de la
reunión. Cuando me la presentaron, miró directamente a mis ojos y sonrió.
Todos eran jóvenes, delgados, y fumaban y liaban cigarrillos.
—Becker nos habló de ti —dijo Harry—. Dice que eres un escritor.
—Tengo una máquina de escribir.
—¿Vas a escribir sobre nosotros? —preguntó Apestoso.
—Prefiero beber.
—Perfecto. Vamos a hacer un concurso de bebida. ¿Tienes algún dinero?
—preguntó Apestoso.
—Dos dólares...
—Vale, la apuesta entonces es de dos dólares. ¡Que cotice todo el
mundo! —dijo Harry.
Eso hacía dieciocho dólares. El dinero tenía buen aspecto tirado sobre la
mesa. Apareció una botella junto con unos pequeños vasos.
—Becker nos dijo que tú crees que eres un tipo duro. ¿Eres un tipo duro?
—Claro.
—Bien, vamos a verlo...
La luz de la cocina era muy brillante. El whisky era puro, un whisky amarillo oscuro. Harry llenó los vasos. Semejante delicia. Mi boca, mi garganta, no podían esperar. La radio estaba encendida. «¡Oh, Johnny, oh,
Johnny, cómo sabes amar!» cantaba alguien.
—¡Hasta el hígado! —dijo Harry.
No había modo que yo perdiera. Podía beber durante días. Nunca había
tenido demasiado de beber.
Tragón tenía un diminuto vaso frente a él. Al alzar nosotros los nuestros y beberlos, él alzó el suyo y bebió. Todo el mundo pensó que era divertido, yo no creí que fuera muy divertido el que un enano así bebiera, pero no dije
nada.
Harry sirvió otra ronda.
—¿Has leído mi narración corta, Hank? —preguntó Becker.
—Sí.
—¿Qué te pareció?
—Es buena. Estás preparado. Todo lo que necesitas ahora es un poco de
suerte.
—¡Hasta el hígado! —dijo Harry.
La segunda ronda no fue ningún problema, todos la ingerimos, incluso
Lana.
Harry me miró.
—¿Te gustaría vomitar la bebida, Hank?
—No.
—Bien. En caso que lo hicieras, tenemos a Cara de Perro para evitarlo.
Cara de Perro era dos veces más grande que yo. Era tan hastiante estar en el mundo. Cada vez que mirabas a tu alrededor, siempre había algún tipo listo para destrozarte sin darte tiempo a respirar. Miré a Cara de Perro.
—¡Hola, compañero!
—Compañero tu padre —contestó—. Limítate a beberte la copa.
Harry rellenó los vasos saltándose el de Tragón, sin embargo, lo que
aprecié. Muy bien, los alzamos y bebimos. Entonces Lana pasó de la
competición.
—Mañana alguien tendrá que limpiar todo esto y despertar a Harry para
que trabaje —dijo.
Se sirvió la siguiente ronda. Justo en ese momento se abrió la puerta de sopetón y un chico grandón y bien parecido de unos 22 años entró corriendo en la habitación.
—Mierda, Harry —dijo—, ¡escóndeme! ¡Acabo de atracar una maldita
gasolinera!
—Mi coche está en el garage —replicó Harry—. ¡Túmbate en el suelo del
asiento trasero y quédate ahí!
Bebimos. Se sirvió otra ronda. Apareció una nueva botella. Los dieciocho dólares aún estaban en el centro de la mesa. Todos seguíamos en el asunto excepto Lana. Iba a hacer falta mucho whisky para derrotarnos.
—Oye —pregunté a Harry—, ¿no nos vamos a quedar sin bebida?
—Muéstrale, Lana...
Lana abrió las puertas superiores de un armario. Pude ver hileras e hileras de botellas de whisky, todas de la misma marca. Parecía ser el botín producto del asalto a un camión, y probablemente lo era. Y esos eran los miembros de la banda: Harry, Lana, Apestoso, Pájaro de las Ciénagas, Ellis, Cara de Perro y el Destripador, tal vez Becker y, seguramente, el chaval joven que se escondía ahora en el asiento trasero del coche de Harry. Me sentí honrado por beber con una parte tan activa de la población de Los Angeles. Dedicaría mi primera novela a Robert Becker. Y sería una novela mejor que la de «El Tiempo y el Río».
Harry siguió sirviendo rondas y seguimos trasegándolas. La cocina estaba
azulada por el humo de los cigarrillos.
Pájaro de las Ciénagas se retiró el primero. Tenía una larguísima nariz y sólo sacudió la cabeza, no más, no más, y todo lo que podías ver era su narizota oscilando entre la humareda azul.
Ellis fue el siguiente en caer derrotado. Tenía mucho pelo en el pecho
pero, evidentemente, no en sus pelotas.
Cara de Perro se retiró a continuación. Pegó un salto hasta el fregadero y vomitó. Al escucharle, Harry tuvo la misma idea y saltó hasta el cubo de basura, donde vomitó.
Con eso quedábamos Becker, Apestoso, Destripador y yo.
Becker fue el siguiente. Tan sólo cruzó los brazos sobre la mesa, apoyó la
cabeza, y se quedó frito.
—La noche es aún joven —dije—. Normalmente bebo hasta que sale el
sol.—¡Claro —dijo Destripador—, y también cagas en un cesto!
—Por supuesto, y tiene la forma de tu cabezota.
Destripador se levantó.
—¡Tú, hijo de perra! ¡Te voy a partir el culo!
Me lanzó un golpe a través de la mesa, falló y tiró la botella. Lana cogió
una fregona y limpió el suelo de líquido. Harry abrió otra botella.
—Siéntate, Des, o perderás la apuesta —dijo Harry.
Harry sirvió otra nueva ronda. La hicimos desaparecer.
Destripador se puso en pie, anduvo hasta la puerta trasera, la abrió y se
quedó mirando al cielo.
—Oye, Des, ¿qué demonios estás haciendo? —preguntó Apestoso.
—Estoy comprobando si tenemos luna llena.
—Bueno, ¿la hay?
No hubo respuesta. Oímos cómo caía por los escalones y aterrizaba sobre
el seto. Le dejamos allí.
Con eso quedábamos Apestoso y yo.
—Todavía no he visto a nadie derrotar a Apestoso —dijo Harry.
Lana acababa de acostar a Tragón. Volvió a la cocina.
—¡Jesús, hay cuerpos caídos por todos lados!
—Sirve más, Harry —dije yo.
Harry llenó el vaso de Apestoso y luego el mío. Sabía que no era capaz de bebérmelo, así que hice lo único que podía hacer. Pretendí que era algo fácil coger el vaso y beberlo de un trago. Apestoso se quedó mirándome.
—Vuelvo en seguida. Tengo que ir al cagadero.
Nos quedamos sentados esperando.
—Apestoso es un buen tipo —dije—. No deberías llamarle así. ¿Cómo se
ganó el apodo?
—No sé —contestó Harry—, alguien se lo puso.
—Ese chico escondido en tu coche. ¿Va a salir alguna vez?
—No hasta mañana.
Seguimos sentados esperando.
—Creo —dijo Harry— que es mejor que echemos un vistazo.
Abrimos la puerta del baño. Daba la impresión de que Apestoso no estaba en él. Entonces le vimos. Se había caído en la bañera. Sus pies sobresalían en un extremo. Sus ojos estaban cerrados y estaba
completamente ido. Volvimos a la mesa.
—El dinero es tuyo —dijo Harry.
—¿Qué tal si me dejáis contribuir algo por las botellas de whisky?
—Olvídalo.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, por supuesto.
Recogí el dinero y lo guardé en mi bolsillo delantero. Luego miré el vaso
de Apestoso.
—Es una pena desperdiciar este trago —dije.
—¿Quieres decir que vas a bebértelo? —preguntó Lana.
—¿Por qué no? Un trago para el camino...
Lo hice desaparecer.
—Muy bien, muchachos, ¡ha sido fantástico!
—Buenas noches, Hank.
Salí por la puerta trasera pasando por encima del cuerpo de Destripador. Encontré un callejón trasero y torcí a la izquierda. Anduve por él y vi un sedán Chevrolet de color verde. Me tambaleaba un poco a medida que me acercaba a él. Aferré la manija de la puerta trasera para afirmarme. La maldita puerta no estaba cerrada y se abrió de golpe haciéndome caer sobre la acera. Había luna llena y yo me di un fuerte golpe en el codo. El whisky me había subido de golpe. Me parecía imposible levantarme, pero tenía que hacerlo. Se suponía que yo era un chico duro. Me levanté y me caí contra la puerta medio abierta, afeitándome a ella, apoyándome en la manija. Permanecí un rato afirmándome y luego me senté en el asiento trasero del coche. Permanecí otro rato dentro. Luego comencé a vomitar. Me salió todo, vomité y vomité, cubriendo toda la trasera del Chevrolet. Luego volví a sentarme otro rato. Después me las arreglé para salir del coche. No me sentía tan mareado. Saqué mi pañuelo y limpié el vómito de mis pantalones y zapatos lo mejor que pude. Cerré la puerta del coche y seguí andando por el callejón. Tenía que encontrar el tranvía de la línea «W». Lo encontraría.
Y lo hice. Me subí en él. Bajé en la calle Westview, anduve por la 21.ay doblé al Sur por la Avenida Longwood hasta el número 2.122. Ascendí por el sendero del vecindario, encontré el arbusto de las bayas, trepé por encima de él y a través de la ventana abierta hasta entrar en mi dormitorio. Me desvestí y me metí en la cama. Debía de haberme tomado cerca de un litro de whisky. Mi padre roncaba aún, sólo que en ese momento de una forma más estruendosa y horrenda. De todos modos caí dormido.
Como siempre, llegué a la clase de Inglés del señor Hamilton con treinta minutos de retraso. Eran las 7.30 de la mañana. Me quedé fuera de la puerta y escuché. Estaban oyendo a Gilbert y Sullivan de nuevo. La misma canción sobre el mar y la Armada de la Reina. Hamilton no se cansaba de ellos. En el instituto tuve un profesor de Inglés que sólo nos hablaba de Poe, Poe, Edgar Allan Poe.
Abrí la puerta. Hamilton se acercó al tocadiscos y levantó la aguja. Luego
anunció a la clase:
—Cuando el señor Chinaski llega, sabemos que son las 7.30. El señor Chinaskisiempre llega a tiempo. El único problema es que es el tiempo incorrecto.
Hizo una pausa mirando a todas las caras de su clase. Parecía muy, muy
digno. Luego bajó la vista hasta mí.
—Señor Chinaski, da igual que llegue usted a las 7.30 o no llegue en absoluto. De cualquier modo le voy a calificar con una «D» en este curso 1.° de Inglés.
—¿Una «D», señor Hamilton? —pregunté con mi famoso gesto de burla—
. ¿Por qué no una «F»?
—Porque la «F», a veces, puede implicar la palabra «follar». Y no creo
que usted valga siquiera un polvo.
La clase entera aulló y rió y pateó y bramó. Yo me di la vuelta y salí
cerrando la puerta tras de mí. Crucé el vestíbulo oyendo aún sus carcajadas.
miércoles, 30 de marzo de 2011
"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 50
Todo el mundo hacía gimnasia a la misma hora. La taquilla de Baldy estaba en la misma fila que la mía y separada por otras cuatro o cinco taquillas. Me acerqué a la mía antes que los demás. Baldy y yo teníamos un problema similar. Odiábamos los pantalones de lana porque picaban terriblemente, pero a nuestros padres les encantaba que lleváramos prendas de lana. Yo había resuelto el problema, para Baldy y para mí, y le había hecho partícipe de mi secreto. Todo lo que tenías que hacer era llevar el pijama bajo los pantalones de lana.
Abrí la taquilla y me desvestí. Me quité los pantalones y el pijama y escondí el pijama en la parte de arriba de la taquilla. Me puse los pantalones de gimnasia justo cuando los otros chicos estaban comenzando a entrar.
Baldy y yo teníamos grandes anécdotas con los pantalones del pijama,
pero la de Baldy era la mejor. Había salido con su chica una noche para
bailar un poco y a la mitad de un baile su chica preguntó:
—¿Qué es eso?
—¿Qué es qué?
—Hay algo que sobresale de la pernera de tu pantalón.
—¿Qué?
—¡Dios Santo! ¡Llevas elpi jama bajo tus pantalones!
—¿Oh? Oh, eso... se me debe de haber olvidado...
—¡Me voy ahora mismo!
Nunca volvió a citarse con Baldy.
Todos los chicos se estaban poniendo la ropa de gimnasia. Entonces
Baldy entró y abrió su taquilla.
—¿Cómo te va, compañero? —le pregunté.
—Oh, hola, Hank...
—Tengo clase de Inglés a las 7 de la mañana. Es un buen modo de
comenzar el día, sólo que deberían llamarla clase de «apreciación musical».
—Oh, sí, Hamilton. He oído hablar de él. Je, je, je...
Me acerqué a él.
Baldy se había desabrochado los pantalones. Di un tirón y se los bajé. Aparecieron unos pantalones de pijama listados en verde. Intentó subirse los pantalones, pero yo era demasiado fuerte para él.
—¡MIRAD, COMPAÑEROS, MIRAD! JESUCRISTO, ¡AQUÍ TENÉIS UN TIPO QUE VIENE A
CLASE EN PIJAMA!
Baldy estaba forcejeando. Su rostro estaba cárdeno. Un par de chicos se
acercaron a mirar. Entonces yo hice lo peor. Pegué un manotazo a su pijama
178
y lo bajé.
—¡Y VED ESTO!¡EL CABRONCETE NO ES SÓLO CALVO, SINO QUE APENAS TIENE POLLA!
¿QUÉ VA A HACER EL POBRECITO CUANDO SE ENFRENTE A UNA MUJER?
Un chicarrón que estaba cerca de mí dijo:
—Chinaski, ¡eres una basura!
—Sí —dijeron otros dos tipos—. Sí... sí... —oí varias voces más.
Baldy se subió los pantalones. Estaba llorando:
—¡Chinaski también lleva pijama! ¡Fueél quien hizo que yo los llevara!
¡Mirad en su taquilla, sólo mirad en su taquilla!
Baldy corrió hasta mi taquilla y abrió la puerta de par en par. Sacó toda
mi ropa pero no aparecieron los pantalones del pijama.
—¡Los ha escondido! ¡Los ha escondido en algún lugar!
Dejé mis ropas en el suelo y salí al campo cuando pasaban lista. Yo estaba en la segunda fila. Hice un par de flexiones y advertí que otro chicarrón estaba detrás de mí. Oí cómo pronunciaban su nombre, Sholom
Stodolsky.
—Chinaski —me dijo— eres una basura.
—No te metas conmigo, chaval. Tengo un temperamento muy inquieto.
—Bueno, pues me meto contigo.
—No me piques mucho, gordinflón.
—¿Conoces el sitio que hay entre el edificio de Biológicas y los campos de
tenis?
—Lo he visto.
—Te veré allí después de la gimnasia.
—Vale —contesté.
No aparecí. Después de la gimnasia pasé del resto de mis clases y cogí los tranvías necesarios para llegar a la plaza Pershing. Me senté en un banco y esperé ver algo de acción. Tuve que esperar mucho hasta que, finalmente, un ateo y un religioso comenzaron a discutir. No eran muy buenos. Yo era un agnóstico. Los agnósticos no tienen mucho que discutir. Dejé el parque y anduve bajando la Séptima hasta llegar a Broadway. Ese era el centro de la ciudad. No parecía haber gran cosa allí, sólo gente que esperaba que cambiaran los semáforos para que pudieran cruzar la calle. Entonces advertí que me comenzaban a picar las piernas. Me había dejado el pijama escondido en la taquilla. Había sido un día jodidamente estúpido desde el principio al fin. Salté a un tranvía de la línea «W» y me senté en la parte trasera mientras rodaba en dirección a casa.
Abrí la taquilla y me desvestí. Me quité los pantalones y el pijama y escondí el pijama en la parte de arriba de la taquilla. Me puse los pantalones de gimnasia justo cuando los otros chicos estaban comenzando a entrar.
Baldy y yo teníamos grandes anécdotas con los pantalones del pijama,
pero la de Baldy era la mejor. Había salido con su chica una noche para
bailar un poco y a la mitad de un baile su chica preguntó:
—¿Qué es eso?
—¿Qué es qué?
—Hay algo que sobresale de la pernera de tu pantalón.
—¿Qué?
—¡Dios Santo! ¡Llevas elpi jama bajo tus pantalones!
—¿Oh? Oh, eso... se me debe de haber olvidado...
—¡Me voy ahora mismo!
Nunca volvió a citarse con Baldy.
Todos los chicos se estaban poniendo la ropa de gimnasia. Entonces
Baldy entró y abrió su taquilla.
—¿Cómo te va, compañero? —le pregunté.
—Oh, hola, Hank...
—Tengo clase de Inglés a las 7 de la mañana. Es un buen modo de
comenzar el día, sólo que deberían llamarla clase de «apreciación musical».
—Oh, sí, Hamilton. He oído hablar de él. Je, je, je...
Me acerqué a él.
Baldy se había desabrochado los pantalones. Di un tirón y se los bajé. Aparecieron unos pantalones de pijama listados en verde. Intentó subirse los pantalones, pero yo era demasiado fuerte para él.
—¡MIRAD, COMPAÑEROS, MIRAD! JESUCRISTO, ¡AQUÍ TENÉIS UN TIPO QUE VIENE A
CLASE EN PIJAMA!
Baldy estaba forcejeando. Su rostro estaba cárdeno. Un par de chicos se
acercaron a mirar. Entonces yo hice lo peor. Pegué un manotazo a su pijama
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y lo bajé.
—¡Y VED ESTO!¡EL CABRONCETE NO ES SÓLO CALVO, SINO QUE APENAS TIENE POLLA!
¿QUÉ VA A HACER EL POBRECITO CUANDO SE ENFRENTE A UNA MUJER?
Un chicarrón que estaba cerca de mí dijo:
—Chinaski, ¡eres una basura!
—Sí —dijeron otros dos tipos—. Sí... sí... —oí varias voces más.
Baldy se subió los pantalones. Estaba llorando:
—¡Chinaski también lleva pijama! ¡Fueél quien hizo que yo los llevara!
¡Mirad en su taquilla, sólo mirad en su taquilla!
Baldy corrió hasta mi taquilla y abrió la puerta de par en par. Sacó toda
mi ropa pero no aparecieron los pantalones del pijama.
—¡Los ha escondido! ¡Los ha escondido en algún lugar!
Dejé mis ropas en el suelo y salí al campo cuando pasaban lista. Yo estaba en la segunda fila. Hice un par de flexiones y advertí que otro chicarrón estaba detrás de mí. Oí cómo pronunciaban su nombre, Sholom
Stodolsky.
—Chinaski —me dijo— eres una basura.
—No te metas conmigo, chaval. Tengo un temperamento muy inquieto.
—Bueno, pues me meto contigo.
—No me piques mucho, gordinflón.
—¿Conoces el sitio que hay entre el edificio de Biológicas y los campos de
tenis?
—Lo he visto.
—Te veré allí después de la gimnasia.
—Vale —contesté.
No aparecí. Después de la gimnasia pasé del resto de mis clases y cogí los tranvías necesarios para llegar a la plaza Pershing. Me senté en un banco y esperé ver algo de acción. Tuve que esperar mucho hasta que, finalmente, un ateo y un religioso comenzaron a discutir. No eran muy buenos. Yo era un agnóstico. Los agnósticos no tienen mucho que discutir. Dejé el parque y anduve bajando la Séptima hasta llegar a Broadway. Ese era el centro de la ciudad. No parecía haber gran cosa allí, sólo gente que esperaba que cambiaran los semáforos para que pudieran cruzar la calle. Entonces advertí que me comenzaban a picar las piernas. Me había dejado el pijama escondido en la taquilla. Había sido un día jodidamente estúpido desde el principio al fin. Salté a un tranvía de la línea «W» y me senté en la parte trasera mientras rodaba en dirección a casa.
lunes, 28 de marzo de 2011
"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 49
Busqué un trabajo durante todo el verano pero no pude encontrar ninguno. Jimmy Hatcher consiguió uno en una fábrica de aviones. Hitler estaba actuando en Europa y creando trabajos para los parados. Estuve con Jimmy el día que llenamos nuestros impresos de ingreso. Los rellenamos de igual modo, la única diferencia estaba en que en donde ponía «Lugar de Nacimiento» yo escribí Alemania y él Reading.
—Jimmy obtuvo un trabajo. Proviene del mismo instituto que tú y tiene tu edad —dijo mi madre—. ¿Por qué no conseguiste trabajo en la fábrica de aviones?
—Pueden distinguir a los que no les gusta trabajar —dijo mi padre—.
¡Todo lo que él desea hacer es sentarse sobre su culo haragán en el
dormitorio y escuchar su música sinfónica!
—Bueno, al chico le gusta la música. Eso es algo.
—¡Pero no haceNADA con esa afición! ¡No la convierte en algo útil!
—¿Qué debería hacer?
—Tendría que ir a un estudio de radio y decirles que le gusta ese tipo de
música y que le dieran trabajo radiándola. —Cristo, no se hace así, no es tan fácil. —¿Cómo lo sabes? ¿Lo has intentado? —Te lo puedo decir, así no se consigue.
Mi padre se introdujo en la boca una gran tajada de carne de cerdo. Una
grasienta porción colgaba de sus labios mientras mascaba. Era como si
tuviera tres labios. Luego lo deglutió todo y miró a mi madre.
—Ves, mamá, el chico no quiere trabajar.
Mi madre me miró:
—Henry, ¿por qué no tomas tu comida?
Finalmente se decidió que me matricularía en la Universidad de la Ciudad de Los Angeles. No había que abonar una fianza escolar y se podían comprar libros de segunda mano en la cooperativa de libros. Mi padre estaba simplemente avergonzado porque yo no trabajaba, y el ir a estudiar me haría obtener algo de respetabilidad. Eli LaCrosse (Baldy) había estado allí durante un curso. El me aconsejó.
—¿Cuál es la carrera más jodidamente fácil de aprobar? —le pregunté.
—Periodismo. Sus asignaturas son muy fáciles.
—De acuerdo. Seré periodista.
Miré el programa universitario.
—¿Y en qué consiste eso del Día de Orientación del que hablan aquí?
175
—Oh, sáltate todo eso, es una mierda.
—Gracias por advertirme, compañero. En su lugar iremos a ese bar que
está al otro lado del campus y nos tomaremos un par de cervezas.
—¡Totalmente de acuerdo!
—Claro.
Tras el Día de Orientación venía aquel en que te apuntabas en las materias que te interesaban. La gente corría arriba y abajo frenéticamente con papeles y cuadernos. Yo había llegado en el tranvía. Cogí el «W» hasta Vermont y luego el «V» en dirección Norte hacia Monroe. No sabía adonde iba toda esa gente ni lo que tenía que hacer yo. Me sentí mareado.
—Perdóname... —pregunté a una chica.
Ella giró la cabeza y siguió andando enérgicamente. Pasó un chico
corriendo y le así por el cinturón, deteniéndole.
—Oye, ¿qué demonios estás haciendo? —preguntó.
—Cállate. ¡Quiero saber qué coño pasa! ¡Quiero saber qué tengo que
hacer!
—Te lo explicaron todo ayer en Orientación.
—Oh...
Le solté y salió corriendo. Yo no sabía qué hacer. Pensé que sólo tenías que llegar hasta algún sitio y decirle a alguien que querías apuntarte a Periodismo, al curso de Iniciación Periodística, y ellos me darían una tarjeta con mi programa de clases. No era así. Esos tipos sabían lo que tenían que hacer y no hablarían. Me sentí como si estuviera otra vez en la escuela primaria, separado del grupo que sabía más de lo que yo sabía. Me senté en un banco y observé a la gente correr de arriba abajo. Quizás podía inventármelo todo. Les diría a mis padres que iba a la Universidad de la Ciudad de Los Angeles y vendría todos los días a tumbarme en el césped. Entonces vi a ese chico corriendo hacia mí. Era Baldy. Le cogí por el cuello.
—¡Oye, oye, Hank! ¿Qué te pasa?
—¡Te voy a dar para el pelo, gilipollas!
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
—¿Cómo coño me apunto a clase? ¿Qué tengo que hacer?
—¡Pensé que lo sabías!
—¿Cómo?¿Cómo iba a saberlo? ¿Acaso he nacido con ese conocimiento
adquirido y etiquetado, listo para consultarlo cada vez que lo necesite?
Le arrastré hasta un banco, sujetándolo aún por el cuello de su camisa.
—Ahora exponme, de forma clara e inteligente, todo lo que hay que
hacer y cómo. ¡Explícamelo bien y por ahora no te zurro!
Así Baldy me lo explicó todo. Al instante tuve mi día de Orientación
concentrado. Todavía le sujetaba por el cuello.
—Por ahora te voy a dejar. Pero algún día resolveré este asunto. Vas a
pagar por andar jodiéndome. No sabrás cuándo, pero caeré sobre ti.
Le dejé ir. Fue corriendo a reunirse con los que ya corrían. Yo no tenía necesidad de inquietarme o darme prisa. Iba a obtener las peores aulas, los peores profesores y el peor horario. Con lentitud fui paseando mientras me apuntaba a mis clases. Parecía que yo era el único estudiante despreocupado de todo el campus. Empecé a sentirme superior.
A las 7 de la mañana tenía clase de Inglés. Eran las 7.30 y yo estaba resacoso mientras permanecía en pie fuera del aula, escuchando junto a la puerta. Mis padres habían pagado mis libros y yo los había vendido para bebérmelos. Me escapé por la ventana del dormitorio la noche anterior y me acerqué al bar del barrio. Tenía una palpitante resaca de cerveza. Aún me sentía borracho. Abrí la puerta y entré. Me quedé de pie. El señor Hamilton, el profesor auxiliar de Inglés, estaba situado frente a la clase cantando. Funcionaba un tocadiscos y la clase cantaba a coro con el señor Hamilton. La canción era de Gilbert y Sullivan:
Ahora soy el gobernante de la Armada de la Reina...
He copiado todas las órdenes con letra redondilla...
Ahora soy el gobernante de la Armada de la Reina...
Permaneced pegados a vuestras mesas y nunca salgáis a la mar...
Y siempre seréis los gobernantes de la Armada de la Reina...
Fui hasta el fondo de la clase y encontré un asiento vacío. Hamilton apagó el tocadiscos. Estaba vestido con un traje blanco y negro y su camisa era naranja chillón. Se parecía a Nelson Eddy. Entonces se quedó mirando a
la clase, miró su reloj de pulsera y se dirigió a mí:
—¿Es usted el señor Chinaski?
Asentí con la cabeza.
—Llega usted con treinta minutos de retraso.
—Sí.
—¿Llegaría usted con treinta minutos de retraso a una boda o un funeral?
—No.
—¿Por qué no? Si no le importa explicarnos...
—Bueno, si el funeral fuera el mío, tendría que ser puntual. Si la boda fuera la mía, sería mi funeral. —Siempre fui rápido con la lengua, nunca aprendería.
—Mi querido señor —dijo el señor Hamilton—, hemos estado escuchando
a Gilbert y Sullivan para aprender a pronunciar bien. Por favor, levántese.
Me levanté.
—Ahora, cante por favor, «Permaneced pegados a vuestras mesas y no
salgáis nunca a la mar y siempre seréis los gobernantes de la Armada de la
Reina».
Seguí plantado en mi sitio.
—¡Bien, comience, por favor!
Canté toda la frase y me senté.
—Señor Chinaski, apenas pude oírle. ¿No podría usted cantar con un
poco más de energía?
Me levanté de nuevo, aspiré todo un océano de aire y vociferé:
—¡SI QUIERRES SER EL GOBERNANTE DE L'ARMADA DE LA
REBINA, PÉGATE ALA MESA Y NUUNCA BAYAS AL MAARRR!
La había cantado al revés.
—Señor Chinaski —dijo el señor Hamilton— siéntese, por favor.
Me senté. La culpa la tenía Baldy.
—Jimmy obtuvo un trabajo. Proviene del mismo instituto que tú y tiene tu edad —dijo mi madre—. ¿Por qué no conseguiste trabajo en la fábrica de aviones?
—Pueden distinguir a los que no les gusta trabajar —dijo mi padre—.
¡Todo lo que él desea hacer es sentarse sobre su culo haragán en el
dormitorio y escuchar su música sinfónica!
—Bueno, al chico le gusta la música. Eso es algo.
—¡Pero no haceNADA con esa afición! ¡No la convierte en algo útil!
—¿Qué debería hacer?
—Tendría que ir a un estudio de radio y decirles que le gusta ese tipo de
música y que le dieran trabajo radiándola. —Cristo, no se hace así, no es tan fácil. —¿Cómo lo sabes? ¿Lo has intentado? —Te lo puedo decir, así no se consigue.
Mi padre se introdujo en la boca una gran tajada de carne de cerdo. Una
grasienta porción colgaba de sus labios mientras mascaba. Era como si
tuviera tres labios. Luego lo deglutió todo y miró a mi madre.
—Ves, mamá, el chico no quiere trabajar.
Mi madre me miró:
—Henry, ¿por qué no tomas tu comida?
Finalmente se decidió que me matricularía en la Universidad de la Ciudad de Los Angeles. No había que abonar una fianza escolar y se podían comprar libros de segunda mano en la cooperativa de libros. Mi padre estaba simplemente avergonzado porque yo no trabajaba, y el ir a estudiar me haría obtener algo de respetabilidad. Eli LaCrosse (Baldy) había estado allí durante un curso. El me aconsejó.
—¿Cuál es la carrera más jodidamente fácil de aprobar? —le pregunté.
—Periodismo. Sus asignaturas son muy fáciles.
—De acuerdo. Seré periodista.
Miré el programa universitario.
—¿Y en qué consiste eso del Día de Orientación del que hablan aquí?
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—Oh, sáltate todo eso, es una mierda.
—Gracias por advertirme, compañero. En su lugar iremos a ese bar que
está al otro lado del campus y nos tomaremos un par de cervezas.
—¡Totalmente de acuerdo!
—Claro.
Tras el Día de Orientación venía aquel en que te apuntabas en las materias que te interesaban. La gente corría arriba y abajo frenéticamente con papeles y cuadernos. Yo había llegado en el tranvía. Cogí el «W» hasta Vermont y luego el «V» en dirección Norte hacia Monroe. No sabía adonde iba toda esa gente ni lo que tenía que hacer yo. Me sentí mareado.
—Perdóname... —pregunté a una chica.
Ella giró la cabeza y siguió andando enérgicamente. Pasó un chico
corriendo y le así por el cinturón, deteniéndole.
—Oye, ¿qué demonios estás haciendo? —preguntó.
—Cállate. ¡Quiero saber qué coño pasa! ¡Quiero saber qué tengo que
hacer!
—Te lo explicaron todo ayer en Orientación.
—Oh...
Le solté y salió corriendo. Yo no sabía qué hacer. Pensé que sólo tenías que llegar hasta algún sitio y decirle a alguien que querías apuntarte a Periodismo, al curso de Iniciación Periodística, y ellos me darían una tarjeta con mi programa de clases. No era así. Esos tipos sabían lo que tenían que hacer y no hablarían. Me sentí como si estuviera otra vez en la escuela primaria, separado del grupo que sabía más de lo que yo sabía. Me senté en un banco y observé a la gente correr de arriba abajo. Quizás podía inventármelo todo. Les diría a mis padres que iba a la Universidad de la Ciudad de Los Angeles y vendría todos los días a tumbarme en el césped. Entonces vi a ese chico corriendo hacia mí. Era Baldy. Le cogí por el cuello.
—¡Oye, oye, Hank! ¿Qué te pasa?
—¡Te voy a dar para el pelo, gilipollas!
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
—¿Cómo coño me apunto a clase? ¿Qué tengo que hacer?
—¡Pensé que lo sabías!
—¿Cómo?¿Cómo iba a saberlo? ¿Acaso he nacido con ese conocimiento
adquirido y etiquetado, listo para consultarlo cada vez que lo necesite?
Le arrastré hasta un banco, sujetándolo aún por el cuello de su camisa.
—Ahora exponme, de forma clara e inteligente, todo lo que hay que
hacer y cómo. ¡Explícamelo bien y por ahora no te zurro!
Así Baldy me lo explicó todo. Al instante tuve mi día de Orientación
concentrado. Todavía le sujetaba por el cuello.
—Por ahora te voy a dejar. Pero algún día resolveré este asunto. Vas a
pagar por andar jodiéndome. No sabrás cuándo, pero caeré sobre ti.
Le dejé ir. Fue corriendo a reunirse con los que ya corrían. Yo no tenía necesidad de inquietarme o darme prisa. Iba a obtener las peores aulas, los peores profesores y el peor horario. Con lentitud fui paseando mientras me apuntaba a mis clases. Parecía que yo era el único estudiante despreocupado de todo el campus. Empecé a sentirme superior.
A las 7 de la mañana tenía clase de Inglés. Eran las 7.30 y yo estaba resacoso mientras permanecía en pie fuera del aula, escuchando junto a la puerta. Mis padres habían pagado mis libros y yo los había vendido para bebérmelos. Me escapé por la ventana del dormitorio la noche anterior y me acerqué al bar del barrio. Tenía una palpitante resaca de cerveza. Aún me sentía borracho. Abrí la puerta y entré. Me quedé de pie. El señor Hamilton, el profesor auxiliar de Inglés, estaba situado frente a la clase cantando. Funcionaba un tocadiscos y la clase cantaba a coro con el señor Hamilton. La canción era de Gilbert y Sullivan:
Ahora soy el gobernante de la Armada de la Reina...
He copiado todas las órdenes con letra redondilla...
Ahora soy el gobernante de la Armada de la Reina...
Permaneced pegados a vuestras mesas y nunca salgáis a la mar...
Y siempre seréis los gobernantes de la Armada de la Reina...
Fui hasta el fondo de la clase y encontré un asiento vacío. Hamilton apagó el tocadiscos. Estaba vestido con un traje blanco y negro y su camisa era naranja chillón. Se parecía a Nelson Eddy. Entonces se quedó mirando a
la clase, miró su reloj de pulsera y se dirigió a mí:
—¿Es usted el señor Chinaski?
Asentí con la cabeza.
—Llega usted con treinta minutos de retraso.
—Sí.
—¿Llegaría usted con treinta minutos de retraso a una boda o un funeral?
—No.
—¿Por qué no? Si no le importa explicarnos...
—Bueno, si el funeral fuera el mío, tendría que ser puntual. Si la boda fuera la mía, sería mi funeral. —Siempre fui rápido con la lengua, nunca aprendería.
—Mi querido señor —dijo el señor Hamilton—, hemos estado escuchando
a Gilbert y Sullivan para aprender a pronunciar bien. Por favor, levántese.
Me levanté.
—Ahora, cante por favor, «Permaneced pegados a vuestras mesas y no
salgáis nunca a la mar y siempre seréis los gobernantes de la Armada de la
Reina».
Seguí plantado en mi sitio.
—¡Bien, comience, por favor!
Canté toda la frase y me senté.
—Señor Chinaski, apenas pude oírle. ¿No podría usted cantar con un
poco más de energía?
Me levanté de nuevo, aspiré todo un océano de aire y vociferé:
—¡SI QUIERRES SER EL GOBERNANTE DE L'ARMADA DE LA
REBINA, PÉGATE ALA MESA Y NUUNCA BAYAS AL MAARRR!
La había cantado al revés.
—Señor Chinaski —dijo el señor Hamilton— siéntese, por favor.
Me senté. La culpa la tenía Baldy.
domingo, 27 de marzo de 2011
"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 48
—¿Así que no pudiste mantener un empleo siquiera una semana?
Estábamos comiendo albóndigas y espaguettis. Mis problemas siempre se
discutían a la hora de cenar. La hora de la cena era casi siempre un
momento desgraciado.
No respondí a la pregunta de mi padre.
—¿Qué pasó? ¿Por qué te dieron la patada en el culo? —insistió.
No respondí.
—Henry, ¡contesta a tu padre cuando te habla! —chilló mi madre.
—¡No supo aguantar, eso es todo!
—Mírale la cara —dijo mi madre—, toda raspada y cortada. ¿Te pegó tu
jefe, Henry?
—No, madre...
—¿Por qué no comes, Henry? Parece que nunca tienes hambre.
—No puede comer —dijo mi padre—, no puede trabajar, no puede hacer
nada... ¡No merece ni que le den por culo!
—No deberías hablar así en la mesa, papaíto —reconvino mi madre.
—¡Bueno, es la pura verdad! —mi padre tenía una enorme pelota de espaguettis enrollada en su tenedor. Introdujo la masa en su boca y empezó a mascar, y mientras batía sus mandíbulas alanceó una albóndiga y se la metió en la boca, luego volvió a abrirla para añadir un pedazo de pan francés.
Recordé lo que Iván había dicho en Los hermanos Karamazov: «¿Quién
no desea asesinar a su padre?»
Mientras mi padre mascaba toda esa masa de comida, una larga hebra de espaguetti colgaba de una esquina de su boca. Al fin se dio cuenta y sorbió la hebra ruidosamente. Después cogió su taza de café, echó dos grandes cucharadas de azúcar, alzó la taza y bebió un largo sorbo que inmediatamente escupió sobre su plato y el mantel.
—¡Esta mierda está demasiadocaliente!
—Deberías tener más cuidado, papaíto —dijo mi madre.
Peiné todo el mercado del trabajo, como solían decir ellos, pero era una rutina monótona e inútil. Tenías que conocer a alguien para obtener un trabajo, aunque fuera el de cobrador de autobús. Por eso todo el mundo era lavaplatos, la ciudad entera estaba llena dé lavaplatos sin trabajo. Me sentaba con ellos por las tardes en la playa Pershing. Los evangelistas también estaban allí. Algunos tenían tambores, otros guitarras, y los arbustos y rincones estaban plagados de homosexuales.
—Algunos tienen dinero —me dijo un joven vagabundo—. Ese tipo me llevó a su apartamento y estuve dos semanas. Podía comer y beber todo lo que quisiera y me compró algunas ropas, pero me la mamó hasta dejarme seco, al cabo de un tiempo no podía ni tenerme en pie. Una noche cuando él dormía me arrastré fuera de allí. Fue horrible. Una vez me besó y le aticé un golpe que lo envió a través de la habitación. «Si vuelves a hacer eso —le dije—, ¡te mataré!»
La Cafetería Clifton era un sitio agradable. Si no tenías mucho dinero, te dejaban que pagaras lo que pudieras. Y si no tenías ningún dinero, no pagabas. Entraban algunos vagabundos y holgazanes y comían bien. El propietario era un viejo rico fuera de lo corriente. Yo nunca pude aprovecharme de ellos y comer hasta inflarme. Pedía un café y pastel de manzana y les pagaba veinticinco centavos. A veces me tomaba un par de rollitos de crema. El sitio era tranquilo y fresco, así como limpio. Había una gran fuente y podías sentarte cerca de ella e imaginar que todo iba bien. La Cafetería Philippe también era un sitio agradable. Podías tomarte un café por tres centavos y hacer que te lo rellenaran varias veces. Te sentabas todo el día sin parar de beber café y nunca exigían que te fueras, tuvieras el aspecto que tuvieras. Sólo pedían a los vagabundos que no trajeran su vino para beberlo allí. Los sitios como ese te proporcionaban un poco de esperanza cuando no tenías ninguna.
Los tipos de la plaza Pershing discutían todo el día acerca de si existía Dios o no. La mayoría de ellos no sabían exponer bien sus argumentos, pero de vez en cuando se enfrentaban algún religioso y un ateo que sabían hablar, y entonces montaban un buen espectáculo.
Cuando tenía algunas monedas solía ir al bar del sótano detrás del cine. Yo tenía 18 años pero me servían igual. Tenía el aspecto de tener cualquier edad. A veces parecía que tenía 25 y otras me sentía como si fuera un treinteañero. Llevaba el bar un chino que jamás hablaba con nadie. Todo lo que yo necesitaba era la primera cerveza, y después los homosexuales comenzaban a invitarme. Entonces me tomaba unos whiskies. Les sangraba unos cuantos whiskies y cuando se acercaban a mí me ponía antipático, les empujaba y salía. Al cabo de un tiempo me calaron y ya no me sirvió el sitio.
La biblioteca era el sitio más deprimente de los que iba. Me había quedado sin libros para leer. Al rato tan sólo aferraba algún libro gordo y me iba por ahí a mirar a las chicas. Siempre había una o dos en el edificio. Me sentaba a tres a cuatro sillas de distancia, pretendiendo que leía el libro, intentando parecer inteligente, deseando que alguna chica enganchara conmigo. Sabía que yo era feo, pero pensé que si aparentaba ser lo suficientemente inteligente tendría alguna oportunidad. Nunca funcionó. Las chicas sólo tomaban notas en sus cuadernos y luego se levantaban y salían mientras yo observaba cómo sus cuerpos se movían mágica y rítmicamente bajo sus limpios vestidos. ¿Qué habría hecho Máximo Gorky bajo esas circunstancias?
En casa siempre era igual. Nunca surgía la pregunta hasta después de los
primeros bocados de comida. Entonces mi padre me preguntaría:
—¿Encontraste trabajo hoy?
—No.
—¿Preguntaste en algún sitio?
—En muchos. Algunos de ellos los he visitado por segunda o tercera vez.
—No me lo creo.
Pero era cierto. También era cierto que algunas compañías ponían anuncios en el periódico todos los días y no tenían ningún trabajo que ofrecer. De ese modo el departamento de empleo de esas compañías tenía algo que hacer. También así se desperdiciaba el tiempo y se jodian las esperanzas de muchos desesperados.
—Encontrarás un trabajo mañana, Henry —decía siempre mi madre...
Estábamos comiendo albóndigas y espaguettis. Mis problemas siempre se
discutían a la hora de cenar. La hora de la cena era casi siempre un
momento desgraciado.
No respondí a la pregunta de mi padre.
—¿Qué pasó? ¿Por qué te dieron la patada en el culo? —insistió.
No respondí.
—Henry, ¡contesta a tu padre cuando te habla! —chilló mi madre.
—¡No supo aguantar, eso es todo!
—Mírale la cara —dijo mi madre—, toda raspada y cortada. ¿Te pegó tu
jefe, Henry?
—No, madre...
—¿Por qué no comes, Henry? Parece que nunca tienes hambre.
—No puede comer —dijo mi padre—, no puede trabajar, no puede hacer
nada... ¡No merece ni que le den por culo!
—No deberías hablar así en la mesa, papaíto —reconvino mi madre.
—¡Bueno, es la pura verdad! —mi padre tenía una enorme pelota de espaguettis enrollada en su tenedor. Introdujo la masa en su boca y empezó a mascar, y mientras batía sus mandíbulas alanceó una albóndiga y se la metió en la boca, luego volvió a abrirla para añadir un pedazo de pan francés.
Recordé lo que Iván había dicho en Los hermanos Karamazov: «¿Quién
no desea asesinar a su padre?»
Mientras mi padre mascaba toda esa masa de comida, una larga hebra de espaguetti colgaba de una esquina de su boca. Al fin se dio cuenta y sorbió la hebra ruidosamente. Después cogió su taza de café, echó dos grandes cucharadas de azúcar, alzó la taza y bebió un largo sorbo que inmediatamente escupió sobre su plato y el mantel.
—¡Esta mierda está demasiadocaliente!
—Deberías tener más cuidado, papaíto —dijo mi madre.
Peiné todo el mercado del trabajo, como solían decir ellos, pero era una rutina monótona e inútil. Tenías que conocer a alguien para obtener un trabajo, aunque fuera el de cobrador de autobús. Por eso todo el mundo era lavaplatos, la ciudad entera estaba llena dé lavaplatos sin trabajo. Me sentaba con ellos por las tardes en la playa Pershing. Los evangelistas también estaban allí. Algunos tenían tambores, otros guitarras, y los arbustos y rincones estaban plagados de homosexuales.
—Algunos tienen dinero —me dijo un joven vagabundo—. Ese tipo me llevó a su apartamento y estuve dos semanas. Podía comer y beber todo lo que quisiera y me compró algunas ropas, pero me la mamó hasta dejarme seco, al cabo de un tiempo no podía ni tenerme en pie. Una noche cuando él dormía me arrastré fuera de allí. Fue horrible. Una vez me besó y le aticé un golpe que lo envió a través de la habitación. «Si vuelves a hacer eso —le dije—, ¡te mataré!»
La Cafetería Clifton era un sitio agradable. Si no tenías mucho dinero, te dejaban que pagaras lo que pudieras. Y si no tenías ningún dinero, no pagabas. Entraban algunos vagabundos y holgazanes y comían bien. El propietario era un viejo rico fuera de lo corriente. Yo nunca pude aprovecharme de ellos y comer hasta inflarme. Pedía un café y pastel de manzana y les pagaba veinticinco centavos. A veces me tomaba un par de rollitos de crema. El sitio era tranquilo y fresco, así como limpio. Había una gran fuente y podías sentarte cerca de ella e imaginar que todo iba bien. La Cafetería Philippe también era un sitio agradable. Podías tomarte un café por tres centavos y hacer que te lo rellenaran varias veces. Te sentabas todo el día sin parar de beber café y nunca exigían que te fueras, tuvieras el aspecto que tuvieras. Sólo pedían a los vagabundos que no trajeran su vino para beberlo allí. Los sitios como ese te proporcionaban un poco de esperanza cuando no tenías ninguna.
Los tipos de la plaza Pershing discutían todo el día acerca de si existía Dios o no. La mayoría de ellos no sabían exponer bien sus argumentos, pero de vez en cuando se enfrentaban algún religioso y un ateo que sabían hablar, y entonces montaban un buen espectáculo.
Cuando tenía algunas monedas solía ir al bar del sótano detrás del cine. Yo tenía 18 años pero me servían igual. Tenía el aspecto de tener cualquier edad. A veces parecía que tenía 25 y otras me sentía como si fuera un treinteañero. Llevaba el bar un chino que jamás hablaba con nadie. Todo lo que yo necesitaba era la primera cerveza, y después los homosexuales comenzaban a invitarme. Entonces me tomaba unos whiskies. Les sangraba unos cuantos whiskies y cuando se acercaban a mí me ponía antipático, les empujaba y salía. Al cabo de un tiempo me calaron y ya no me sirvió el sitio.
La biblioteca era el sitio más deprimente de los que iba. Me había quedado sin libros para leer. Al rato tan sólo aferraba algún libro gordo y me iba por ahí a mirar a las chicas. Siempre había una o dos en el edificio. Me sentaba a tres a cuatro sillas de distancia, pretendiendo que leía el libro, intentando parecer inteligente, deseando que alguna chica enganchara conmigo. Sabía que yo era feo, pero pensé que si aparentaba ser lo suficientemente inteligente tendría alguna oportunidad. Nunca funcionó. Las chicas sólo tomaban notas en sus cuadernos y luego se levantaban y salían mientras yo observaba cómo sus cuerpos se movían mágica y rítmicamente bajo sus limpios vestidos. ¿Qué habría hecho Máximo Gorky bajo esas circunstancias?
En casa siempre era igual. Nunca surgía la pregunta hasta después de los
primeros bocados de comida. Entonces mi padre me preguntaría:
—¿Encontraste trabajo hoy?
—No.
—¿Preguntaste en algún sitio?
—En muchos. Algunos de ellos los he visitado por segunda o tercera vez.
—No me lo creo.
Pero era cierto. También era cierto que algunas compañías ponían anuncios en el periódico todos los días y no tenían ningún trabajo que ofrecer. De ese modo el departamento de empleo de esas compañías tenía algo que hacer. También así se desperdiciaba el tiempo y se jodian las esperanzas de muchos desesperados.
—Encontrarás un trabajo mañana, Henry —decía siempre mi madre...
viernes, 25 de marzo de 2011
"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 47
Los primeros tres o cuatro días en Mears-Starbuck fueron idénticos. De hecho, la similitud era un valor muy de fiar en Mears-Starbuck. El sistema de castas era algo plenamente aceptado. No había un solo vendedor que hablara con un almacenista, fuera de dos o tres frases superficiales. Y eso me afectaba. Pensaba sobre ello a medida que empujaba mi carrito por ahí. ¿Acaso era que los vendedores eran más inteligentes que los almacenistas? Ciertamente estaban mejor vestidos. Me molestaba que creyeran que su fachada era tan valiosa. Quizás si yo hubiera sido un vendedor me sentiría del mismo modo. No me preocupaba gran cosa de los otros almacenistas. Ni de los vendedores.
Ahora, pensé mientras empujaba el carrito, tengo este trabajo. ¿Es esto todo? No me extraña que la gente robe bancos. Había demasiados trabajos humillantes. ¿Por qué demonios no era yo un alto magistrado o un concertista de piano? Porque se necesitaba mucha preparación y costaba dinero. De todos modos, yo no quería ser nada. Y lo estaba consiguiendo.
Metí mi carrito en el ascensor y pulsé el botón.
Las mujeres querían a los hombres que ganaban dinero, querían hombres de éxito. ¿Cuántas mujeres de categoría vivían en chabolas de techo de uralita? Bueno, de todos modos yo no quería a ninguna mujer. No para vivir con ella. ¿Cómo podían los hombres vivir con las mujeres? ¿Qué importaba eso? Lo que yo quería era vivir en una cueva en el Colorado con víveres y comida para tres años. Me limpiaría el culo con arena. Cualquier cosa, cualquier cosa que evitara que me ahogase en esta existencia monótona, trivial y cobarde.
El ascensor subió. El albino aún lo controlaba.
—Oye, he oído que tú y Mewks os disteis un recorrido por los bares
anoche.
—Me invitó a algunas cervezas. No tengo un centavo.
—¿Os acostasteis?
—Yo no.
—¿Por qué no me lleváis con vosotros la próxima vez? Os mostraré cómo
conseguir echar un polvo.
—¿Y qué es lo que tú sabes?
—He estado por ahí. La semana pasada me conseguí una muchacha
china. Y sabes, es tal como dicen.
—¿Qué es lo que dicen?
Llegamos al sótano y se abrieron las puertas.
—No tienen la raja del coño vertical, sino horizontal.
Ferris me estaba esperando.
—¿Dónde demonios has estado?
—En la Sección de Jardinería.
—¿Qué hiciste, fertilizar las fucsias?
—Sí, solté una mierda en cada tiesto.
—Escucha, Chinaski...
—¿Sí?
—Las bromas aquí, las hago yo. ¿Entiendes?
—Entiendo.
—Bien, toma esto. Es un pedido para la Sección de Caballeros.
Me pasó la hoja del pedido.
—Localiza estos artículos, entrégalos, obtén una firma y vuelve.
La Sección de Caballeros estaba dirigida por el señor Justin Phillips Junior. Era un tipo bien criado y cortés de unos veintidós años. Se erguía muy erecto, tenía pelo negro, ojos negros y labios gruesos. Desgraciadamente apenas tenía pómulos, pero casi no se advertía. Su tez era pálida y vestía trajes oscuros con camisas pulcramente almidonadas. Las vendedoras le adoraban. Era sensible, inteligente y sagaz. También poseía una cierta antipatía, como si su antecesor se la hubiera pasado. Una vez rompió con la tradición para hablarme:
—Es una pena, ¿no?, que tengas esas feas marcas en la cara.
Mientras rodaba con mi carrito en dirección a la Sección de Caballeros, Justin Phillips estaba en pie muy erguido, con su cabeza levemente inclinada, mirando —como hacía la mayor parte del tiempo— arriba y abajo como si viera cosas que nosotros no distinguíamos. Quizás yo no reconocía la casta de alguien sólo con verle. Verdaderamente daba la impresión de que estaba por encima de lo que le rodeaba. Era un truco magnífico si podías realizarlo y encima te pagaban por ello. A lo mejor era eso lo que les gustaba a las chicas y a la Dirección. Realmente era un tipo demasiado bueno para lo que estaba haciendo, pero de todos modos lo hacía.
Llegué a su altura.
—Aquí está su pedido, señor Phillips.
Hizo como si no me viera, lo que me dolía por un lado y era un buen asunto por otro. Repuse los artículos que faltaban en los estantes mientras él miraba a un punto situado por encima del ascensor.
Entonces oí unas risas argentinas y alcé la vista. Provenían de una pandilla que se había graduado conmigo en Chelsey. Estaban probándose jerseys, pantalones y varias cosas más. Los conocía de vista solamente, ya que no habíamos hablado durante nuestros cuatro años de instituto. Su cabecilla era Jimmy Newhall. Había sido el centrocampista de nuestro equipo de rugby y no le habían derrotado en tres años. Su pelo era de un bonito color amarillo y el sol o las luces de las aulas colegiales parecían estar resaltando siempre sus reflejos. Tenía un poderoso cuello sobre el que se asentaba el rostro del adolescente perfecto esculpido por algún maestro. Todo en él era como debiera de ser: nariz, barbilla y demás rasgos. Y un cuerpo perfecto en consonancia con el rostro. Los que le rodeaban no eran tan perfectos como él, pero se aproximaban mucho. Revoloteaban alrededor
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probándose jerseys y riéndose, esperando ir a la Universidad del Sur de
California o la de Stanford.
Justin Phillips firmó mi recibo y me dirigí hacia el ascensor cuando oí una
voz:
—¡OH CIELOS, CIELOS, TIENES UN GRAN ASPECTO CON ESA INDUMENTARIA!
Me detuve, giré sobre mis talones e hice un saludo rutinario con mi mano
izquierda.
—¡Miradle! ¡El chico más duro de la ciudad después de Tommy Dorsey!
—Con su aspecto logra que Gable parezca un fontanero.
Dejé mi carrito y volví por mis pasos. No sabía lo que iba a hacer, tan sólo me planté frente a ellos, mirándolos. No me gustaban, nunca me habían gustado. Podrían parecer dioses para otros, pero no para mí. Había algo en sus cuerpos comparable a los de las mujeres. Eran cuerpos delicados que no se habían enfrentado a ninguna prueba. Eran unos bellos don nadie. Me enfermaban. Les odiaba. Eran parte de la pesadilla que siempre, de un modo u otro, me había acosado.
Jimmy Newhall me sonrió.
—Oye, almacenista, ¿cómo es que nunca formaste parte de nuestro
equipo?
—No era eso lo que yo quería.
—No hay huevos, ¿eh?
—¿Sabes donde está el parking en el tejado?
—Claro.
—Nos veremos allí...
Se encaminaron hacia el parking mientras yo me quitaba el delantal y lo
tiraba dentro del carrito. Justin Phillips Junior me sonrió.
—Querido chaval, te van a zurrar la badana.
Jimmy Newhall estaba esperándome rodeado por sus compañeros.
—¡Mirad al chico del almacén!
—¿Creéis que lleva ropa interior de señora?
Newhall estaba plantado al sol con su camisa y camiseta quitadas. Metía estómago y sacaba pecho. Tenía buen aspecto. ¿Dónde demonios me había metido? Sentí cómo temblaba mi labio inferior. Ahí, sobre el tejado, sentí miedo. Miré a Newhall, los dorados rayos del sol iluminaban su rubio cabello. Le había visto muchas veces sobre el campo de rugby. Había visto cómo ganaba muchas carreras de 50 y 60 yardas mientras yo deseaba que ganara el otro equipo.
Ahora estábamos mirándonos el uno al otro. Me dejé la camisa puesta.
Seguíamos plantados enfrentándonos.
Newhall dijo por fin:
—De acuerdo, ahora voy a por ti.
Empezó a moverse hacia adelante. Justo entonces apareció una viejecita
vestida de negro portando un montón de paquetes. Sobre su cabeza llevaba
un pequeño sombrero verde.
—¡Hola, chicos! —dijo la vieja.
—Hola, abuela.
—Maravilloso día...
La diminuta anciana abrió la puerta de su coche y metió dentro los
paquetes. Luego se giró hacia Jimmy Newhall.
—¡Oh, quémagní fico cuerpo tienes, hijo mío! ¡Apuesto a que podrías ser
Tarzán de los Monos!
—No, abuela —dije—, perdóneme pero él es elMono y los que están con
él son su tribu.
—Oh —dijo ella. Montó en su coche, lo arrancó y esperamos hasta que
salió del parking.
—Vale, Chinaski —dijo Newhall—, en el instituto eras famoso por tus
desprecios y tu maldita bocaza.Ahora voy a recetarte la cura.
Newhall saltó hacia adelante. Estaba preparado. Yo no tanto. Creí ver un pedazo de cielo cayendo sobre mí erizado de puños. Era más rápido que un mono, más rápido y más grande. No pude ni lanzarle un puñetazo, sólo sentí sus puños y eran duros como roca. Mirando de soslayo a través de mis ojos entrecerrados podía ver cómo sus puños volaban y aterrizaban. Dios mío, tenía potencia, parecía no acabar nunca y yo no tenía lugar donde meterme. Empecé a pensar que a lo mejor yo era un mariquita, que quizás debiera serlo y entonces rendirme.
Pero a medida que siguió golpeándome, mi miedo desapareció. Sólo estaba asombrado por su fuerza y energía. ¿De dónde la sacaba un cerdo como él? Estaba pleno. No pude ver nada más, mis ojos se cegaron con relámpagos rojos, verdes y púrpura, y entonces algo ROJO estalló dentro de mí... y sentí cómo me derrumbaba.
¿Es así como sucede?
Caí sobre una rodilla. Oí pasar un avión por encima. Deseé estar en él.
Sentí que algo corría por mi boca y barbilla... era sangre cálida manando de
mi nariz.
—Déjale, Jimmy, está acabado...
Miré a Jimmy.
—Tu madre es una pajillera —le dije.
—¡TE MATARÉ!
Newhall se abalanzó sobre mí antes de que me pudiera levantar. Me cogió por la garganta y rodamos y rodamos hasta quedar debajo de un Dodge. Oí cómo su cabeza se golpeaba contra algo.
No sé contra qué se dio, pero oí el crujido. Sucedió muy rápidamente y
los demás no se dieron cuenta.
Me levanté y Newhall también.
—Voy a matarte —dijo.
Newhall movió los puños como si fueran aspas de un molino. Esta vez no era tan terrible. Golpeaba con la misma furia pero había perdido algo. Ahora era más débil. Cuando me atizaba, no veía ya relámpagos de colores. Podía ver el cielo, los coches aparcados, las caras de sus amigos y a él mismo. Yo siempre había tardado en arrancar. Newhall estaba aún intentando cumplir su amenaza pero era mucho más débil. Y yo tenía unas manos pequeñas; pequeños puños que eran armas terribles.
Qué tiempos tan frustrantes fueron aquellos años: tener el deseo y la
necesidad de vivir pero no la habilidad.
Incrusté un derechazo en su estómago y le oí boquear, por lo que le
agarré por la nuca con mi izquierda y clavé otra derecha en la boca de su estómago. Entonces lo aparté de mí y le apliqué el un dos sobre su escultórico rostro. Vi la mirada de sus ojos y fue fantástico. Le estaba dando algo que nunca le habían dado. El estaba aterrorizado. Aterrorizado porque no sabía cómo encajar la derrota. Decidí acabar con él lentamente.
Entonces alguien me golpeó en la nuca. Fue un golpe fuerte. Me di la
vuelta y miré.
Era su amigo pelirrojo, Carl Evans.
Vociferé señalándole con el dedo:
—¡Maldito cabrón, apártate de mí! ¡Me enfrentaré con vosotros uno por
uno! ¡En cuanto termine con este menda tú serás el siguiente!
No me llevó mucho tiempo acabar con Jimmy. Incluso intenté realizar algunas fintas y bailoteos a su alrededor. Le propinaba algunos golpes cortos, saltaba en torno suyo y luego comenzaba a atizarle de pleno. El aguantó muy bien durante un rato y pensé que no podría acabar con su resistencia, cuando entonces me dirigió esa extraña mirada que parecía decir: oye, mira, quizás debiéramos ser amigos y tomarnos un par de cervezas juntos. Entonces se derrumbó.
Sus amigos se acercaron, le recogieron y, sosteniéndole, hablaron con él:
—¡Oye, Jim! ¿Estás bien?
—¿Qué es lo que te ha hecho el hijo de puta, Jim? Vamos a hacerle
pedazos, Jim. Tan sólo dínoslo.
—Llevadme a casa —replicó Jim.
Me quedé mirando cómo bajaban las escaleras sujetándole entre todos,
mientras uno de ellos llevaba su camisa y camiseta...
Fui al piso bajo para recoger mi carrito. Justin Phillips estaba
esperándome.
—No creí que regresaras —dijo sonriendo desdeñosamente.
—No confraternice con los trabajadores no cualificados —le contesté.
Cogí el carrito y empecé a arrastrarlo. Mis ropas estaban revueltas y mi cara no tenía precisamente buen aspecto. Anduve hasta el ascensor y pulsé el botón. El albino subió en el tiempo debido. Las puertas se abrieron.
—La noticia se ha esparcido —dijo—. He oído que eres el nuevo campeón
mundial de los pesos pesados.
Las noticias viajan velozmente en los lugares donde nunca sucede gran
cosa.
Ferris y su oreja rebanada me estaban esperando.
—¿Acaso te dedicas a zurrar la badana a nuestros clientes?
—Sólo a uno.
—No tenemos modo de saber cuándo empezarás con otro.
—Ese tipo me retó.
—Nos importa un comino. Todo lo que sabemos es que estás despedido.
—¿Y qué pasa con mi cheque?
—Lo recibirás por correo.
—Muy bien, hasta la vista...
—Un momento, necesito la llave de tu taquilla.
Saqué mi llavero que sólo tenía una llave, la saqué y se la entregué a
Ferris.
Anduve hasta la puerta del vestuario de los empleados y la abrí de par en par. Era una pesada puerta metálica que se abría con dificultad. Mientras lo hacía, dejando entrar así la luz del sol, me giré y dirigí un pequeño saludo a Ferris. No respondió. Sólo me devolvió la mirada. Luego la puerta se cerró. De algún modo me caía bien.
Ahora, pensé mientras empujaba el carrito, tengo este trabajo. ¿Es esto todo? No me extraña que la gente robe bancos. Había demasiados trabajos humillantes. ¿Por qué demonios no era yo un alto magistrado o un concertista de piano? Porque se necesitaba mucha preparación y costaba dinero. De todos modos, yo no quería ser nada. Y lo estaba consiguiendo.
Metí mi carrito en el ascensor y pulsé el botón.
Las mujeres querían a los hombres que ganaban dinero, querían hombres de éxito. ¿Cuántas mujeres de categoría vivían en chabolas de techo de uralita? Bueno, de todos modos yo no quería a ninguna mujer. No para vivir con ella. ¿Cómo podían los hombres vivir con las mujeres? ¿Qué importaba eso? Lo que yo quería era vivir en una cueva en el Colorado con víveres y comida para tres años. Me limpiaría el culo con arena. Cualquier cosa, cualquier cosa que evitara que me ahogase en esta existencia monótona, trivial y cobarde.
El ascensor subió. El albino aún lo controlaba.
—Oye, he oído que tú y Mewks os disteis un recorrido por los bares
anoche.
—Me invitó a algunas cervezas. No tengo un centavo.
—¿Os acostasteis?
—Yo no.
—¿Por qué no me lleváis con vosotros la próxima vez? Os mostraré cómo
conseguir echar un polvo.
—¿Y qué es lo que tú sabes?
—He estado por ahí. La semana pasada me conseguí una muchacha
china. Y sabes, es tal como dicen.
—¿Qué es lo que dicen?
Llegamos al sótano y se abrieron las puertas.
—No tienen la raja del coño vertical, sino horizontal.
Ferris me estaba esperando.
—¿Dónde demonios has estado?
—En la Sección de Jardinería.
—¿Qué hiciste, fertilizar las fucsias?
—Sí, solté una mierda en cada tiesto.
—Escucha, Chinaski...
—¿Sí?
—Las bromas aquí, las hago yo. ¿Entiendes?
—Entiendo.
—Bien, toma esto. Es un pedido para la Sección de Caballeros.
Me pasó la hoja del pedido.
—Localiza estos artículos, entrégalos, obtén una firma y vuelve.
La Sección de Caballeros estaba dirigida por el señor Justin Phillips Junior. Era un tipo bien criado y cortés de unos veintidós años. Se erguía muy erecto, tenía pelo negro, ojos negros y labios gruesos. Desgraciadamente apenas tenía pómulos, pero casi no se advertía. Su tez era pálida y vestía trajes oscuros con camisas pulcramente almidonadas. Las vendedoras le adoraban. Era sensible, inteligente y sagaz. También poseía una cierta antipatía, como si su antecesor se la hubiera pasado. Una vez rompió con la tradición para hablarme:
—Es una pena, ¿no?, que tengas esas feas marcas en la cara.
Mientras rodaba con mi carrito en dirección a la Sección de Caballeros, Justin Phillips estaba en pie muy erguido, con su cabeza levemente inclinada, mirando —como hacía la mayor parte del tiempo— arriba y abajo como si viera cosas que nosotros no distinguíamos. Quizás yo no reconocía la casta de alguien sólo con verle. Verdaderamente daba la impresión de que estaba por encima de lo que le rodeaba. Era un truco magnífico si podías realizarlo y encima te pagaban por ello. A lo mejor era eso lo que les gustaba a las chicas y a la Dirección. Realmente era un tipo demasiado bueno para lo que estaba haciendo, pero de todos modos lo hacía.
Llegué a su altura.
—Aquí está su pedido, señor Phillips.
Hizo como si no me viera, lo que me dolía por un lado y era un buen asunto por otro. Repuse los artículos que faltaban en los estantes mientras él miraba a un punto situado por encima del ascensor.
Entonces oí unas risas argentinas y alcé la vista. Provenían de una pandilla que se había graduado conmigo en Chelsey. Estaban probándose jerseys, pantalones y varias cosas más. Los conocía de vista solamente, ya que no habíamos hablado durante nuestros cuatro años de instituto. Su cabecilla era Jimmy Newhall. Había sido el centrocampista de nuestro equipo de rugby y no le habían derrotado en tres años. Su pelo era de un bonito color amarillo y el sol o las luces de las aulas colegiales parecían estar resaltando siempre sus reflejos. Tenía un poderoso cuello sobre el que se asentaba el rostro del adolescente perfecto esculpido por algún maestro. Todo en él era como debiera de ser: nariz, barbilla y demás rasgos. Y un cuerpo perfecto en consonancia con el rostro. Los que le rodeaban no eran tan perfectos como él, pero se aproximaban mucho. Revoloteaban alrededor
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probándose jerseys y riéndose, esperando ir a la Universidad del Sur de
California o la de Stanford.
Justin Phillips firmó mi recibo y me dirigí hacia el ascensor cuando oí una
voz:
—¡OH CIELOS, CIELOS, TIENES UN GRAN ASPECTO CON ESA INDUMENTARIA!
Me detuve, giré sobre mis talones e hice un saludo rutinario con mi mano
izquierda.
—¡Miradle! ¡El chico más duro de la ciudad después de Tommy Dorsey!
—Con su aspecto logra que Gable parezca un fontanero.
Dejé mi carrito y volví por mis pasos. No sabía lo que iba a hacer, tan sólo me planté frente a ellos, mirándolos. No me gustaban, nunca me habían gustado. Podrían parecer dioses para otros, pero no para mí. Había algo en sus cuerpos comparable a los de las mujeres. Eran cuerpos delicados que no se habían enfrentado a ninguna prueba. Eran unos bellos don nadie. Me enfermaban. Les odiaba. Eran parte de la pesadilla que siempre, de un modo u otro, me había acosado.
Jimmy Newhall me sonrió.
—Oye, almacenista, ¿cómo es que nunca formaste parte de nuestro
equipo?
—No era eso lo que yo quería.
—No hay huevos, ¿eh?
—¿Sabes donde está el parking en el tejado?
—Claro.
—Nos veremos allí...
Se encaminaron hacia el parking mientras yo me quitaba el delantal y lo
tiraba dentro del carrito. Justin Phillips Junior me sonrió.
—Querido chaval, te van a zurrar la badana.
Jimmy Newhall estaba esperándome rodeado por sus compañeros.
—¡Mirad al chico del almacén!
—¿Creéis que lleva ropa interior de señora?
Newhall estaba plantado al sol con su camisa y camiseta quitadas. Metía estómago y sacaba pecho. Tenía buen aspecto. ¿Dónde demonios me había metido? Sentí cómo temblaba mi labio inferior. Ahí, sobre el tejado, sentí miedo. Miré a Newhall, los dorados rayos del sol iluminaban su rubio cabello. Le había visto muchas veces sobre el campo de rugby. Había visto cómo ganaba muchas carreras de 50 y 60 yardas mientras yo deseaba que ganara el otro equipo.
Ahora estábamos mirándonos el uno al otro. Me dejé la camisa puesta.
Seguíamos plantados enfrentándonos.
Newhall dijo por fin:
—De acuerdo, ahora voy a por ti.
Empezó a moverse hacia adelante. Justo entonces apareció una viejecita
vestida de negro portando un montón de paquetes. Sobre su cabeza llevaba
un pequeño sombrero verde.
—¡Hola, chicos! —dijo la vieja.
—Hola, abuela.
—Maravilloso día...
La diminuta anciana abrió la puerta de su coche y metió dentro los
paquetes. Luego se giró hacia Jimmy Newhall.
—¡Oh, quémagní fico cuerpo tienes, hijo mío! ¡Apuesto a que podrías ser
Tarzán de los Monos!
—No, abuela —dije—, perdóneme pero él es elMono y los que están con
él son su tribu.
—Oh —dijo ella. Montó en su coche, lo arrancó y esperamos hasta que
salió del parking.
—Vale, Chinaski —dijo Newhall—, en el instituto eras famoso por tus
desprecios y tu maldita bocaza.Ahora voy a recetarte la cura.
Newhall saltó hacia adelante. Estaba preparado. Yo no tanto. Creí ver un pedazo de cielo cayendo sobre mí erizado de puños. Era más rápido que un mono, más rápido y más grande. No pude ni lanzarle un puñetazo, sólo sentí sus puños y eran duros como roca. Mirando de soslayo a través de mis ojos entrecerrados podía ver cómo sus puños volaban y aterrizaban. Dios mío, tenía potencia, parecía no acabar nunca y yo no tenía lugar donde meterme. Empecé a pensar que a lo mejor yo era un mariquita, que quizás debiera serlo y entonces rendirme.
Pero a medida que siguió golpeándome, mi miedo desapareció. Sólo estaba asombrado por su fuerza y energía. ¿De dónde la sacaba un cerdo como él? Estaba pleno. No pude ver nada más, mis ojos se cegaron con relámpagos rojos, verdes y púrpura, y entonces algo ROJO estalló dentro de mí... y sentí cómo me derrumbaba.
¿Es así como sucede?
Caí sobre una rodilla. Oí pasar un avión por encima. Deseé estar en él.
Sentí que algo corría por mi boca y barbilla... era sangre cálida manando de
mi nariz.
—Déjale, Jimmy, está acabado...
Miré a Jimmy.
—Tu madre es una pajillera —le dije.
—¡TE MATARÉ!
Newhall se abalanzó sobre mí antes de que me pudiera levantar. Me cogió por la garganta y rodamos y rodamos hasta quedar debajo de un Dodge. Oí cómo su cabeza se golpeaba contra algo.
No sé contra qué se dio, pero oí el crujido. Sucedió muy rápidamente y
los demás no se dieron cuenta.
Me levanté y Newhall también.
—Voy a matarte —dijo.
Newhall movió los puños como si fueran aspas de un molino. Esta vez no era tan terrible. Golpeaba con la misma furia pero había perdido algo. Ahora era más débil. Cuando me atizaba, no veía ya relámpagos de colores. Podía ver el cielo, los coches aparcados, las caras de sus amigos y a él mismo. Yo siempre había tardado en arrancar. Newhall estaba aún intentando cumplir su amenaza pero era mucho más débil. Y yo tenía unas manos pequeñas; pequeños puños que eran armas terribles.
Qué tiempos tan frustrantes fueron aquellos años: tener el deseo y la
necesidad de vivir pero no la habilidad.
Incrusté un derechazo en su estómago y le oí boquear, por lo que le
agarré por la nuca con mi izquierda y clavé otra derecha en la boca de su estómago. Entonces lo aparté de mí y le apliqué el un dos sobre su escultórico rostro. Vi la mirada de sus ojos y fue fantástico. Le estaba dando algo que nunca le habían dado. El estaba aterrorizado. Aterrorizado porque no sabía cómo encajar la derrota. Decidí acabar con él lentamente.
Entonces alguien me golpeó en la nuca. Fue un golpe fuerte. Me di la
vuelta y miré.
Era su amigo pelirrojo, Carl Evans.
Vociferé señalándole con el dedo:
—¡Maldito cabrón, apártate de mí! ¡Me enfrentaré con vosotros uno por
uno! ¡En cuanto termine con este menda tú serás el siguiente!
No me llevó mucho tiempo acabar con Jimmy. Incluso intenté realizar algunas fintas y bailoteos a su alrededor. Le propinaba algunos golpes cortos, saltaba en torno suyo y luego comenzaba a atizarle de pleno. El aguantó muy bien durante un rato y pensé que no podría acabar con su resistencia, cuando entonces me dirigió esa extraña mirada que parecía decir: oye, mira, quizás debiéramos ser amigos y tomarnos un par de cervezas juntos. Entonces se derrumbó.
Sus amigos se acercaron, le recogieron y, sosteniéndole, hablaron con él:
—¡Oye, Jim! ¿Estás bien?
—¿Qué es lo que te ha hecho el hijo de puta, Jim? Vamos a hacerle
pedazos, Jim. Tan sólo dínoslo.
—Llevadme a casa —replicó Jim.
Me quedé mirando cómo bajaban las escaleras sujetándole entre todos,
mientras uno de ellos llevaba su camisa y camiseta...
Fui al piso bajo para recoger mi carrito. Justin Phillips estaba
esperándome.
—No creí que regresaras —dijo sonriendo desdeñosamente.
—No confraternice con los trabajadores no cualificados —le contesté.
Cogí el carrito y empecé a arrastrarlo. Mis ropas estaban revueltas y mi cara no tenía precisamente buen aspecto. Anduve hasta el ascensor y pulsé el botón. El albino subió en el tiempo debido. Las puertas se abrieron.
—La noticia se ha esparcido —dijo—. He oído que eres el nuevo campeón
mundial de los pesos pesados.
Las noticias viajan velozmente en los lugares donde nunca sucede gran
cosa.
Ferris y su oreja rebanada me estaban esperando.
—¿Acaso te dedicas a zurrar la badana a nuestros clientes?
—Sólo a uno.
—No tenemos modo de saber cuándo empezarás con otro.
—Ese tipo me retó.
—Nos importa un comino. Todo lo que sabemos es que estás despedido.
—¿Y qué pasa con mi cheque?
—Lo recibirás por correo.
—Muy bien, hasta la vista...
—Un momento, necesito la llave de tu taquilla.
Saqué mi llavero que sólo tenía una llave, la saqué y se la entregué a
Ferris.
Anduve hasta la puerta del vestuario de los empleados y la abrí de par en par. Era una pesada puerta metálica que se abría con dificultad. Mientras lo hacía, dejando entrar así la luz del sol, me giré y dirigí un pequeño saludo a Ferris. No respondió. Sólo me devolvió la mirada. Luego la puerta se cerró. De algún modo me caía bien.
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