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miércoles, 22 de agosto de 2012

"Una ciudad maligna" de Charles Bukowski (relato completo)

Frank bajó las escaleras. No le gustaban los ascensores.

Había muchas cosas que no le gustaban. Detestaba menos las escaleras de lo que detestaba los ascensores.

El empleado de recepción le llamó:

—¡Señor Evans! ¿Quiere venir un momento, por favor?

Asociaba la cara del empleado de recepción con un plato de gachas de maíz. Era todo lo que Frank podía hacer para no pegarle. El empleado de recepción miró a ver si había alguien en el vestíbulo, luego se acercó a él, inclinándose.

—Hemos estado observándole, señor Evans.

El empleado volvió a mirar hacia el vestíbulo, vio que no había nadie cerca, luego se aproximó de nuevo.

—Señor Evans, hemos estado observándole y creemos que está usted perdiendo el juicio.

El empleado se echó entonces hacia atrás y miró a Frank cara a cara.

—Tengo ganas de ir al cine —dijo Frank—. ¿Sabe dónde ponen una buena película en esta ciudad?

—No nos desviemos del asunto, señor Evans.

—De acuerdo, estoy perdiendo el juicio. ¿Algo más?

—Queremos ayudarle, señor Evans. Creo que hemos encontrado un trozo de su juicio, ¿le gustaría recuperarlo?

—De acuerdo, devuélvame ese trozo de mi juicio.

El empleado buscó debajo del mostrador y sacó algo envuelto en celofán.

—Aquí tiene, señor Evans.

—Gracias.

Frank lo metió en el bolsillo de la chaqueta y salió. Era una noche fresca de otoño y bajó la calle, hacia el Este. Paró en la primera bocacalle. Entró. Buscó en el bolsillo de la chaqueta, sacó el paquete y quitó el celofán. Parecía queso. Olía a queso. Dio un mordisco. Sabía a queso. Se lo comió todo. Luego salió de la calleja y volvió a seguir bajando la calle.

Entró en el primer cine que vio, pagó la entrada y se adentró en la oscuridad. Se sentó en la parte de atrás. No había mucha gente. El local olía a orina. Las mujeres de la pantalla vestían como en los años veinte y los hombres llevaban fijador en el pelo, peinado hacia atrás, apretado y liso. Las narices parecían muy largas y los hombres parecían llevar también pintura alrededor de los ojos. Ni siquiera hablaban. Las palabras aparecían debajo de las imágenes: BLANCHE ACABABA DE LLEGAR A LA GRAN CIUDAD. Un tipo de pelo liso y grasiento estaba haciendo beber a Blanche una botella de ginebra. Blanche se emborrachaba, al parecer. BLANCHE SE SENTÍA MAREADA. DE PRONTO EL LA BESO.

Frank miró a su alrededor. Las cabezas parecían balancearse por todas partes. No había mujeres. Los tipos parecían estar chupándosela unos a otros. Chupaban y chupaban. Parecían no cansarse. Los que se sentaban solos estaban al parecer meneándosela. El queso le había gustado. Ojalá el del hotel le hubiese dado más.

Y AQUEL HOMBRE EMPEZÓ A DESNUDAR A BLANCHE.

Cada vez que miraba, aquel tipo estaba más cerca de él. Cuando Frank volvía a mirar a la pantalla, el tipo se acercaba dos o tres asientos.

Y AQUEL INDIVIDUO VIOLO A BLANCHE MIENTRAS ESTA ESTABA INDEFENSA.

Volvió a mirar. El tipo estaba a tres butacas de distancia. Respiraba pesadamente. Luego, el tipo estaba ya en el asiento de al lado.

—Oh mierda —decía el tipo—, oh, mierda, oh, ooooh, ooooh, oooooh. ¡Ah, ah! ¡Uyyyyy! ¡Oh!

CUANDO BLANCHE DESPERTÓ A LA MAÑANA SIGUIENTE COMPRENDIÓ QUE HABÍA SIDO MANCILLADA.

Aquel tipo olía como si no se hubiese limpiado nunca el culo. Se inclinaba hacia él, le caían hilos de saliva por las comisuras de los labios.

Frank apretó el botón de la navaja automática.

—¡Cuidado! —le dijo a aquel tipo—. ¡Si te acercas más a lo mejor te haces daño con esto!

—¡Oh, Dios santo! —dijo el tipo. Se levantó y corrió por la fila hasta el pasillo. Luego bajó por el pasillo rápido hacia las filas delanteras. Había allí otros dos. Uno se la meneaba al otro y el otro se la chupaba. El que había estado molestando a Frank se sentó allí a mirar.

POCO DESPUÉS, BLANCHE ESTABA EN UNA CASA DE PROSTITUCIÓN.

Entonces a Frank le entraron ganas de mear. Se levantó y fue hacia el letrero: CABALLEROS. Entró. El lugar apestaba. Sintió náuseas, abrió la puerta del retrete, entró. Sacó el pijo y empezó a mear. Luego oyó un ruido.

—Oooooh mierda oooooh mierda ooooh ooooooh Dios mío es una serpiente una cobra oooh Dios mío oooh oooh!

En la partición que separaba los waters había un agujero. Vio el ojo de un tipo. Desvió el pijo y meó por el agujero.

—¡Ooooh ooooh, marrano! —dijo el tipo—. ¡Oooh eres un salvaje, un cacho mierda!

Oyó al tipo arrancar el papel higiénico y limpiarse la cara. Luego el tipo empezó a llorar. Frank salió del retrete y se lavó las manos. No le apetecía ya ver la película. Salió y volvió andando al hotel. Entró. El empleado de recepción le hizo una seña.

—¿Sí? —preguntó Frank.

—Por favor, señor Evans, lo siento mucho. Sólo era una broma.

—¿El qué? —Ya sabe.

—No, no sé.

—Bueno, lo de que estaba perdiendo el juicio. Es que he estado bebiendo, sabe. No se lo diga a nadie, si no me echarán. Es que estuve bebiendo. Ya sé que no está usted perdiendo el juicio. No era más que una broma.

—Sí estoy perdiendo el juicio —dijo Frank—. Y gracias por el queso.

Luego se volvió y subió las escaleras. Cuando llegó a la habitación, se sentó a la mesa. Sacó la navaja automática, apretó el botón, miró la hoja. Sólo estaba afilada, muy bien, por un lado. Podía clavar y cortar. Apretó de nuevo el botón y guardó la navaja en el bolsillo. Luego cogió pluma y papel y empezó a escribir:


Querida madre:

Esta es una ciudad maligna. Controlada por el Diablo. Hay sexo por todas partes y no se utiliza como instrumento de Belleza según los deseos de Dios, sino como instrumento de Maldad. Sí, la ciudad ha caído sin duda en manos del demonio, en manos del Maligno. Obligan a las jóvenes a beber ginebra y luego las desfloran y las obligan a entrar en casas de prostitución. Es terrible. Es increíble. Tengo el corazón destrozado.

Ayer estuve paseando a la orilla del mar. No exactamente a la orilla sino por unos acantilados, y luego me detuve y me senté allí respirando toda aquella Belleza. El mar, el cielo, la arena. La vida se convirtió en Bendición Eterna. Luego sucedió algo aún más milagroso. Tres pequeñas ardillas me vieron desde abajo y empezaron a subir por el acantilado. Vi sus caritas atisbándome desde detrás de las rocas y desde las hendiduras de los acantilados mientras subían hacia mí. Por último llegaron a mis pies. Sus ojos me miraban. Nunca, madre, he visto ojos más bellos... tan libres de Pecado: todo el cielo, todo el mar. La Eternidad estaba en aquellos ojos. Por último, me moví y ellas…

Alguien llamaba a la puerta. Frank se levantó, se acercó a la puerta, la abrió. Era el empleado de recepción.

—Por favor, señor Evans, tengo que hablar con usted.

—Muy bien, pase.

El recepcionista cerró la puerta y se quedó plantado frente a Frank. El empleado de recepción olía a vino.

—Por favor, señor Evans, no le hable al encargado de nuestro malentendido.

—No sé de qué me habla usted.

-—Es usted un gran tipo, señor Evans. Es que, sabe, he estado bebiendo.

—Le perdono. Ahora váyase.

—Hay algo que tengo que decirle, señor Evans.

—Está bien. ¿De qué se trata?

—Le quiero, señor Evans.

—¿Cómo? ¿Querrá decir usted que aprecia mi carácter, verdad?

—No, su cuerpo, señor Evans.

—¿Qué?

—Su cuerpo, señor Evans. ¡No se ofenda, por favor, pero quiero que usted me dé por el culo!

—¿Qué?

—QUE ME DE POR EL CULO, señor Evans. ¡Me ha dado por el culo la mitad de la Marina de los Estados Unidos! Esos muchachos saben lo que es bueno, señor Evans. No hay nada como un buen ojete.

—¡Salga usted inmediatamente de esta habitación!

El recepcionista le echó a Frank los brazos al cuello, luego posó su boca en la de Frank. La boca del empleado de recepción estaba muy húmeda y fría. Apestaba. Frank le dio un empujón.

—¡Sucio bastardo! ¡ME HAS BESADO!

—¡Le amo, señor Evans!

—¡Cerdo asqueroso!

Frank sacó la navaja, apretó el botón, surgió la hoja y Frank la hundió en el vientre del empleado de recepción. Luego la sacó.

—Señor Evans... Dios mío...

El empleado cayó al suelo. Se sujetaba la herida con ambas manos intentando contener la sangre.

—¡Cabrón! ¡ME HAS BESADO!

Frank se agachó y bajó la cremallera de la bragueta del empleado de recepción. Luego le cogió el pijo, lo estiró y cortó unos tres cuartos de su longitud.

—Oh Dios mío Dios mío Dios mío... —dijo el empleado.

Frank fue al baño, y tiró el trozo de carne en el water. Luego tiró de la cadena. Luego se lavó meticulosamente las manos con agua y jabón. Salió, se sentó otra vez a la mesa. Cogió la pluma.


...se fueron pero yo había visto la Eternidad.

Madre, debo irme de esta ciudad, de este hotel: el Diablo controla casi todos los cuerpos. Volveré a escribirte desde la próxima ciudad... quizá sea San Francisco o Portland, o Seattle. Tengo ganas de ir hacia el Norte. Pienso continuamente en ti y espero que seas feliz y te encuentres bien de salud, y que nuestro Señor te proteja siempre.

Recibe todo el cariño de tu hijo

Frank.

Escribió la dirección en el sobre, lo cerró, puso el sello y luego metió la carta en el bolsillo interior de la chaqueta que estaba colgada en el armario. Luego, sacó una maleta del armario, la colocó en la cama, la abrió, y empezó a hacer el equipaje.

jueves, 16 de agosto de 2012

"La gran boda zen" de Charles Bukowski (relato completo)

Yo iba en la parte de atrás, embutido entre el pan rumano, las salchichas de hígado, la cerveza, las gaseosas; con corbata verde, la primera corbata desde la muerte de mi padre diez años atrás. Ahora era el padrino de una boda zen, Hollis iba a casi ciento cuarenta por hora, y la barba de metro de Roy flotaba alrededor de mi cara. íbamos en mi Comer del 62, pero yo no podía conducir... no tenía seguro, dos accidentes conduciendo borracho y estaba medio trompa ya. Hollis y Roy habían vivido sin casarse tres años. Hollis mantenía a Roy. Yo sorbía cerveza sentado allí detrás. Roy me explicaba quiénes eran los miembros de la familia de Hollis uno por uno. A Roy le iba mejor con la mierda intelectual. O con la lengua. Las paredes de la casa en que vivían estaban cubiertas con fotos de ésas de tíos agachados hacia el chisme y chupando.
También una instantánea de Roy corriéndose al final de una paja. La había hecho Roy solo. Quiero decir, él mismo accionó la cámara. Un hilo o un alambre. Algún truco. Roy afirmaba haber tenido que meneársela seis veces para lograr la foto perfecta. Toda una jornada de trabajo. Allí estaba: aquel globo lechoso: una obra de arte. Hollis se desvió de la autopista. No era muy lejos. Algunos ricos tienen caminos de coches de kilómetro y medio. Este no estaba mal del todo: casi un kilómetro. Salimos. Jardines tropicales. Cuatro o cinco perros. Grandes bestias negras lanudas, estúpidas, babosas. No llegamos a la puerta: allí estaba él, el rico, de pie en la baranda, mirando hacia abajo, un vaso en la mano. Y Roy gritó:
—¡Ay, Harvey, cabrón, cuánto me alegro de verte!
Harvey esbozó una sonrisilla:
—También yo me alegro de verte, Roy.
Uno de aquellos grandes bichos lanudos y negros empezó a mordisquearme la pierna izquierda.
—¡Echa a tu perro, Harvey, cabrón, cuánto me alegro de verte! —grité.
—¡Aristóteles, vamos, BASTA ya!
Aristóteles se apartó, justo a tiempo.
Y.
Subimos y bajamos escaleras, con el salami, el pescado escabechado a la húngara, los camarones. Las colas de langosta. Los roscos de pan. Los culos de paloma troceados.
Cuando lo tuvimos todo allí, me senté y agarré una cerveza. Era el único que llevaba corbata. Era también el único que había comprado un regalo de boda. Lo escondí entre la pared y la pierna que Aristóteles había mordisqueado.
—Charles Bukowski...
Me levanté.
—Oh, Charles Bukowski.
—Uj juj.
Luego:
—Este es Marty.
—Hola, Marty.
—Y ésta es Elsie.
—Qué hay, Elsie.
—¿De veras —preguntó ella— rompes los muebles y las ventanas y te destrozas las manos y todo eso cuando, te emborrachas?
—Uj juj.
—Pues eres un poco viejo para eso.
—Vamos, Elsie, déjate de historias...
—Y ésta es Tina.
—Hola, Tina.
Me senté.
¡Nombres! Había estado casado con mi primera mujer dos años y medio. Una noche vino gente. Le había dicho a mi mujer: «Esta es Louie, la medio culo. Y ésta Marie, Reina de la Mamada Super Rápida, y éste Nick, el medio cojo». Luego me había vuelto a ellos y les había dicho: «Esta es mi mujer... ésta es mi mujer... ésta es...» y por último tuve que mirarla y preguntarle: «¿COMO DEMONIOS TE LLAMAS EN REALIDAD?»,
—Barbara.
—Esta es Barbara —dije...


No había llegado el maestro zen. Seguí sentado, soplando cerveza.
Luego llegó más gente. Fueron subiendo las escaleras. Eran todos familia de Hollis. Parecía que Roy no tuviera familia. Pobre Roy. No había trabajado un solo día en toda su vida. Cogí otra cerveza.
Seguían subiendo las escaleras: ex presidiarios, estafadores, lisiados, traficantes de artículos diversos. Familia y amigos. A docenas. Ningún regalo de boda. Ninguna corbata.
Me retrepé en mi rincón.
Había uno que estaba bastante jodido. Tardó veinticinco minutos en subir la escalera. Tenía unas muletas hechas a medida, unos chismes que parecían muy fuertes, con tiras redondas para los brazos. Y varios agarraderos especiales. Aluminio y goma. Nada de madera para aquel chico. Me lo figuré: material acuoso o un mal paso. Había recibido la metralla en la vieja silla de barbería con la toalla de afeitar húmeda y caliente sobre la cara. Sólo que no le habían dado en los puntos vitales.
Había otros. Alguien que daba clase en la Universidad de California, Los Angeles. Otro que traficaba en mierda con los barcos de pesca chinos por puerto San Pedro.
Me presentaron a los mayores asesinos y traficantes del siglo.
Yo, bueno yo traficaba por ahí.
Luego se acercó Harvey.
—Bukowski, ¿te apetece un poco de whisky con agua?
—Claro, Harvey, claro.
Fuimos hacia la cocina.
—¿Para qué es la corbata?
—Es que tengo rota la parte de arriba de la cremallera de los pantalones. Y los calzoncillos son demasiado cortos. El final de la corbata cubre la pelambrera apestosa que va encima del pijo.
—Creo que eres el maestro máximo del relato corto moderno. Nadie se aproxima siquiera a ti.
—Claro, Harvey. ¿Dónde está el whisky?
Harvey me enseñó la botella de whisky.
—Yo siempre bebo de éste... desde que tú lo mencionas en tus relatos.
—Pero Harv, ya he cambiado de marca. Encontré uno mucho mejor.
—¿Cómo se llama?
—Que me condenen si me acuerdo.
Busqué un vaso grande de agua y serví mitad whisky, mitad agua.
—Para los nervios —le dije—. Ya sabes.
—Claro, Bukowski.
Me lo bebí de un trago.
—¿Otra ronda?
—Claro.
Cogí el vaso y fui al salón principal y me senté en un rincón. Nueva animación: ¡El maestro zen HABÍA LLEGADO!
El maestro zen llevaba aquel atuendo tan fantástico y mantenía siempre los ojos entrecerrados. Quizá fueran así.
El maestro zen necesitaba mesas. Roy empezó a buscar mesas.
Y el maestro zen estaba muy tranquilo entretanto, muy afable. Terminé mi whisky, fui a por más. Volví.
Entró una chica de pelo dorado. Unos once años.
—Bukowski, he leído algunos de tus relatos. ¡Creo que eres el mejor escritor que he leído en mi vida!
Largos bucles rubios. Gafas. Cuerpo delgado.
—Muy bien, niña. Tú hazte mayor. Nos casaremos. Viviremos de tu dinero. Estoy ya cansándome. Puedes pasearme por ahí en una caja de cristal con agujeritos para respirar. Te dejaré joder con los chavales. Miraré, incluso.
—¡Bukowski! ¡Sólo porque tengo el pelo largo piensas que soy una chávala! ¡Me llamo Paul! ¡Nos presentaron! ¿No te acuerdas?
El padre de Paul, Harvey, me miraba. Vi sus ojos. Me di cuenta de que había decidido que yo no era tan buen escritor, en realidad. Puede incluso que fuese mal escritor. En fin, nadie logra engañar eternamente.
Pero el chaval era estupendo:
—¡Da igual, Bukowski! ¡Aún sigues siendo el mejor escritor que he leído! Papá me dejó leer algunos de tus relatos.
Entonces se apagaron todas las luces. Era lo que se merecía el chico, por bocazas...


Pero se encendieron velas por todas partes. Todo el mundo se dedicó a buscar velas, a buscar velas y a encenderlas.
—Mierda, son sólo los plomos. Hay que cambiarlos —dije.
Alguien dijo que no eran los plomos, que era otra cosa, así que cedí y mientras todos los enciendevelas seguían, yo entré en la cocina a por más whisky. Mierda, allí estaba Harvey.
—Tienes un hijo estupendo, Harvey. Tu chico, Peter...
—Paul.
—Perdona. Lo bíblico.
—Entiendo.
(Los ricos entienden; simplemente no obran en consecuencia.)
Harvey descorchó otra botella. Hablamos de Kafka. De Dos. De Turgueniev, de Gogol. Toda esa mierda sosa. Luego ya había velas por todas partes. El maestro zen quería empezar el asunto. Roy me había dado los dos anillos. Palpé. Aún seguían allí. Nos esperaban todos. Yo esperaba que Harvey se cayese al suelo después de haberse zampado todo aquel whisky. El no tenía aguante. Había bebido el doble que yo, y aún seguía en pie. No solía pasar. Nos habíamos liquidado media botella en los diez minutos de búsqueda de velas. Nos unimos de nuevo a la masa. Le pasé los anillos a Roy. Roy había informado días antes al maestro zen de que yo era un borracho... en quien no se podía confiar, débil de espíritu o vicioso. En consecuencia, durante la ceremonia, no había que pedirle a Bukowski los anillos porque Bukowski podía no estar allí o podía perder los anillos, o vomitar, o perder a Bukowski.
Así que por fin el asunto se ponía en marcha. El maestro zen empezó a jugar con su librito negro. No parecía muy grueso. Unas ciento cincuenta páginas, diría yo.
—Ruego —dijo el zen— que no fumen ni beban durante la ceremonia.
Vacié el vaso. Me puse a la derecha de Roy. Se vaciaban vasos por todas partes.
Luego, el maestro zen esbozó una sonrisilla boba.
Yo conocía las ceremonias nupciales cristianas por triste experiencia. Y la ceremonia zen se parecía, en realidad, a la cristiana. Con un pequeño volumen de chorradas añadidas. En determinado momento del asunto, se encendían tres varillas. El zen tenía una caja entera de aquellos chismes. Dos o trescientos. Después de encenderlas, se colocaba una en el centro de una jarra de arena. Aquella era la varilla zen. Luego, el maestro pidió a Roy que colocase su varilla encendida a un lado de la varilla zen y a Holis que colocase la suya al otro lado.
Pero las varillas no iban del todo bien. El maestro zen tuvo que inclinarse con media sonrisa y ajustar las varillas a nuevas profundidades y alturas.
Luego, sacó un aro de cuentas marrones.
Entregó el aro de cuentas a Roy.
—¿Ahora? —preguntó Roy.
Maldita sea, pensé, Roy siempre se ha dedicado a leerlo todo sobre cualquier cosa. ¿Por qué no lo ha hecho con su propia boda?
El zen se inclinó hacia delante y colocó la mano derecha de Hollis en la izquierda de Roy. Y luego las cuentas rodearon ambas manos.
—Quieres...
—Quiero...
(¿Aquello era zen?, pensé.)
—Y quieres tú, Hollis...
—Quiero...
Mientras tanto, a la luz de las velas, había un imbécil tomando cientos de fotos de la ceremonia. Me puso nervioso. Podría haber sido el FBI.
¡Clic! ¡Clic! ¡Clic!
Por supuesto, todos estábamos limpios. Pero era irritante porque resultaba poco delicado.
Luego me fijé en las orejas del maestro zen a la luz de las velas. La luz de las velas brillaba a través de ellas como si estuviesen hechas del más fino papel higiénico.
El maestro zen tenía las orejas más finas que yo había visto en toda mi vida. ¡Aquello era lo que le hacía sagrado! ¡Yo tenía que tener aquellas orejas! Para mi cartera o mi gato o mi memoria. Para meter debajo de la almohada.
Por supuesto, yo sabía que eran el whisky y el agua y la cerveza quienes hablaban por mí. Y luego, al mismo tiempo, olvidé esto por completo.
Seguí mirando fijamente las orejas del maestro zen.
Y seguían las palabras.
—...Y tú Roy, ¿prometes no tomar drogas mientras mantengas tu relación con Hollis?
Pareció producirse una pausa embarazosa. Luego, sus manos se apretaron entre las cuentas marrones:
—Prometo —dijo Roy—, no...
Pronto terminó. O pareció terminar. El maestro zen se irguió, con una levísima sonrisa.
Toqué a Roy en un hombro:
—Enhorabuena.
Luego me incliné. Cogí la cabeza de Hollis, besé sus espléndidos labios.
Aún seguían todos sentados. Una nación de subnormales.
Nadie se movía. Las velas brillaban como velas subnormales.
Me acerqué al maestro zen. Le estreché la mano:
—Gracias. Hizo usted muy bien la ceremonia.
Pareció realmente complacido. Me hizo sentirme un poco mejor. Pero todos los otros gángsters... mafiosos... eran demasiado orgullosos y estúpidos para estrecharle la mano a un oriental. Sólo otro besó a Hollis. Sólo otro estrechó la mano al maestro zen. Podría haber sido un matrimonio pistola en mano... ¡Toda aquella familia! En fin, yo habría sido el último en saber o el último al que se lo dijeran.
Después de terminada la boda, el ambiente era muy frío allí dentro. La gente estaba sentada, mirándose. Yo no era capaz de entender el género humano, pero alguien tenía que hacer el payaso. Me arranqué la corbata verde, la tiré al aire:
—¡EH! ¡MAMONES! ¿ES QUE NO TENÉIS HAMBRE?
Me lancé y empecé a agarrar queso y patas de cerdo escabechado y coños de gallina. Algunos, animados, se acercaron y empezaron a atacar la comida, no sabiendo qué otra cosa hacer.
Les dejé mascando y me fui a por el whisky y el agua.
Cuando estaba en la cocina, repostando, oí decir al maestro zen:
—Debo irme ya.
—Ooooh, no se vaya... —oí elevarse una vieja voz cascada y femenina entre la mayor asamblea de gángsters de los últimos tres años. Y ni siquiera ella parecía hablar sinceramente. ¿Qué demonios estaba haciendo yo allí con aquella gente? ¿O el profesor de la Universidad de California? No, el profesor de la Universidad de California pertenecía a aquello.
Debía ser un arrepentimiento. O algo. Algún acto para humanizar los procedimientos.
En cuanto oí al maestro zen cerrar la puerta de la calle, vacié mi vaso lleno de whisky. Luego atravesé corriendo el salón, iluminado por las velas y lleno de balbucientes cabrones, busqué la puerta (que fue todo un trabajo, durante unos instantes) y la abrí, y la cerré luego y allí estaba yo... unos quince escalones detrás del señor zen. Aún quedaban de cuarenta y cinco a cincuenta escalones para llegar al aparcamiento.
Le alcancé, bajando los escalones de dos en dos.
—¡Eh, maestro! —grité.
Zen se volvió.
—¿Sí, viejo?
—¿Viejo?
Los dos quedamos allí plantados, mirándonos, en aquella retorcida escalera, en el jardín tropical iluminado por la luna. Parecía momento adecuado para una relación más íntima. Entonces le dije:
—Quiero o tus jodidas orejas o tu jodida ropa: ¡ese albornoz color neón que llevas!
—¡Estás chiflado, viejo!
—Yo creí que el zen tenía más vigor, que no cabían en él esas afirmaciones tan directas y espontáneas. ¡Me desilusionas, maestro!
El zen juntó las manos y miró hacia arriba.
—Quiero —le dije— ¡o tu jodida ropa o tus jodidas orejas!
Siguió con las manos juntas, mirando hacia arriba.
Me lancé escaleras abajo, un poco tambaleante, pero sin caerme, lo cual me impidió partirme la cabeza, y mientras caía hacia delante, sobre él, intenté desviarme, pero me pudo el impulso y me convertí en algo suelto y sin dirección. El zen me cogió y me enderezó:
—Hijo mío, hijo mío...
Estábamos cuerpo a cuerpo. Le lancé un golpe. Le alcancé bastante bien. Le oí bufar. Retrocedió un paso. Volví al ataque. Erré. Muy a la izquierda. Caí entre unas plantas importadas del infierno. Me levanté. Avancé de nuevo hacia él. Y a la luz de la luna vi la parte delantera de mis pantalones... salpicada de sangre, cera de las velas y vómito.
—¡Encontraste a tu maestro, cabrón! —le notifiqué mientras avanzaba hacia él. El esperó. Los años de trabajo como factótum no habían resultado tan inútiles para los músculos. Conseguí atizarle un buen golpe en la barriga, con todos mis noventa kilos de peso.
Zen soltó un breve jadeo, suplicó una vez más al cielo, dijo algo en su cosa oriental, me dio un breve golpe de kárate, amablemente, y me dejó enrollado entre unos insensibles cactus mejicanos, que me parecieron plantas antropófagas de lo más profundo de las selvas brasileñas. Estuve reponiéndome tumbado allí, a la luz de la luna, hasta que aquella flor púrpura pareció avanzar hacia mi nariz y empezó a asfixiarme delicadamente.
Mierda, lleva por lo menos ciento cincuenta años introducirse en los Clásicos Harvard. No había elección: me liberé de aquel chisme y empecé a gatear otra vez escaleras arriba. Cerca de la cima, me puse de pie, abrí la puerta y entré. Nadie advirtió mi presencia. Todos seguían diciendo chorradas. Me metí en mi rincón. El golpe de kárate me había hecho un corte sobre la ceja izquierda. Busqué el pañuelo.
—¡Mierda! ¡Necesito un trago! —aullé.
Apareció Harvey con uno. Whisky puro. Lo vacié. ¿Por qué podía ser tan insensato el ronroneo de seres humanos hablando? Vi una mujer que me habían presentado como la madre de la novia, que estaba ahora enseñando abundante pierna, no tenía mal aspecto, todo aquel largo nylon con los caros zapatos de tacón, más las pequeñas puntas enjoyadas abajo junto a los dedos. Podría haber puesto caliente a un tonto, y yo sólo era medio tonto.
Me levanté, me acerqué a la madre de la novia, le alcé la falda hasta los muslos, besé rápidamente sus lindas rodillas y empecé a subir, besando.
La luz de las velas ayudaba. Todo.
—¡Eh! —se despertó bruscamente—. ¿Qué demonios hace?
—¡Menudo polvo voy a echarte! ¡Te vas a cagar de gusto! ¿Qué te parece?
Me empujó y caí hacía atrás sobre la alfombra. Luego, me vi tumbado de espaldas en el suelo, debatiéndome, intentando levantarme.
—¡Condenada amazona! —le grité.
Por último, tres o cuatro minutos después, logré levantarme. Alguien reía. Luego, sintiendo otra vez los píes asentados en el suelo, me dirigí a la cocina. Me serví un trago, me lo trinqué. Luego me serví otro y salí.
Allí estaban: todos los malditos parientes.
—¿Roy o Hollis? —pregunté—. ¿Por qué no abrís vuestro regalo de bodas?
—Claro —dijo Roy—, ¿por qué no?
El regalo estaba envuelto en cuarenta y cinco metros de papel de estaño. Roy estuvo un bueno rato desenvolviéndolo. Por fin, terminó.
—¡Feliz matrimonio! —grité.
Todos lo vieron. La habitación quedó en silencio.
Era un pequeño ataúd de artesanía, obra de uno de los mejores artesanos de España. Tenía incluso su fondo de fieltro rojo rosado. Era la reproducción exacta de un ataúd mayor, salvo que quizás estuviese hecho con más amor.
Roy me lanzó una mirada asesina, arrancó el folleto de instrucciones, en que explicaba qué había que hacer para conservar limpia la madera, lo metió dentro del ataúd y cerró la tapa.
Todos seguían callados. El único regalo no había tenido éxito. Pero pronto se recuperaron y empezaron otra vez a soltar chorradas.
Yo guardé silencio. En realidad, me había sentido muy orgulloso de mi pequeño ataúd. Me había pasado horas buscando un regalo. Había estado a punto de volverme loco. Luego lo había visto allí solo, en la estantería. Lo acaricié por fuera, lo volví, miré el interior. Era caro, pero había que pagar la perfecta artesanía. La madera. Las visagritas. Todo. Necesitaba también un pulverizador matahormigas. Encontré un Bandera Negra al fondo de la tienda. Las hormigas me habían hecho un hormiguero en casa, debajo de la puerta de entrada. Fui con aquello al mostrador. Había una chica joven, lo coloqué delante de ella, señalé el ataúd.
—¿Sabe usted lo que es esto?
—¿Qué?
—¡Esto es un ataúd!
Lo abrí y se lo enseñé.
—Esas hormigas están volviéndome loco. ¿Sabe usted lo que voy a hacer?
—¿Qué?
—Voy a matar a todas esas hormigas y a meterlas en este ataúd y a enterrarlas.
Se echó a reír.
—¡Lo mejor del día! —dijo.
Y es que ya no se puede uno burlar de los jóvenes; son de una especie totalmente superior. Pagué y salí de allí...
Pero ahora, en la boda, nadie se reía. Una olla a presión con una cinta roja les habría hecho felices. ¿O no?
Harvey, el magnate, finalmente, fue el más amable de todos. ¿Quizá porque podía permitirse ser amable? Recordé entonces algo que había leído, una cosa de los antiguos chinos:
«¿Preferirías ser rico o ser un artista?»
«Preferiría ser rico, pues según parece los artistas siempre han de sentarse a la entrada de las casas de los ricos.»
Eché un trago de la botella y no me preocupé más. En realidad, cuando volví en mí todo había terminado. Estaba en el asiento trasero de mi propio coche. Hollis conduciendo de nuevo, y de nuevo la barba de Roy flotando en mi cara. Eché otro trago de mi botella.
—Decidme, ¿tirasteis mi pequeño ataúd, amigos? ¡Os quiero mucho a los dos, y lo sabéis! ¿Por qué tirasteis mi pequeño ataúd?
—¡Vamos, Bukowski! ¡Aquí tienes tu ataúd!
Roy lo alzó hacia mí, lo echó hacia mí.
—¡Está bien, está bien!
—¿Lo quieres?
—¡No! ¡No! ¡Es mi regalo para vosotros! ¡Vuestro único regalo! ¡Quedáoslo! ¡Por favor!
—De acuerdo.
El resto del viaje fue bastante tranquilo. Yo vivía en una plazoleta cerca de Hollywood (por supuesto). Era difícil encontrar aparcamiento. Por fin dieron con un sitio a una media manzana de donde yo vivía. Aparcaron mi coche y me entregaron las llaves. Luego vi cómo cruzaban la calle hacia su propio coche. Les observé un momento, me volví camino de mi casa y cuando aún seguía observándoles y sujetando el resto de la botella de Harvey, se me enganchó el zapato en la pernera y caí al suelo. Como caí hacia atrás, de espaldas, el primer instinto fue proteger el resto de aquella excelente botella para que no se rompiera contra el cemento (como una madre con su niño), y al caer procuré hacerlo sobre los hombros manteniendo alzadas cabeza y botella. Salvé la botella, pero la cabeza chocó con la acera. ¡PAF!
Ambos se pararon y contemplaron mi caída. Quedé conmocionado, casi sin sentido, pero conseguí gritarles:
—¡Roy! ¡Hollis! ¡Ayudadme a llegar a la puerta de mi casa, por favor, me he hecho daño!
Se quedaron parados un momento, mirándome. Luego entraron en su coche, mirándome, encendieron el motor, dieron marcha atrás y, limpiamente, se alejaron.
Aquello era el pago por algo. ¿El ataúd? Fuera lo que fuera, el uso de mi coche, o yo como payaso y/o padrino... yo había dejado de ser útil. La especie humana me ha repugnado siempre. Y lo que les hacía repugnantes era, básicamente, la enfermedad relación-familia, que incluía matrimonio, intercambio de poder y ayuda, que como una llaga, una lepra, se convertía luego en tu vecino de la puerta de al lado, tu barrio, tu distrito, tu ciudad, tu condado, tu estado, tu nación... cada cual cogiendo el culo del otro en el panal de la supervivencia por pura estupidez y miedo animal.
Lo entendí todo allí, comprendí por qué me habían dejado, a pesar de mis súplicas.
Cinco minutos más, pensé. Si puedo seguir cinco minutos más aquí tumbado sin que me molesten, me levantaré y conseguiré llegar a casa, entrar. Era el último de los forajidos. No tenía nada que envidiar a Billy el Niño. Cinco minutos más. Dejadme que llegue hasta mi cueva. Me enmendaré. La próxima vez que me inviten a una de sus funciones, les diré dónde pueden meterse la invitación. Cinco minutos. No necesito más.
Pasaron dos mujeres, se volvieron y me miraron.
—¡Oh, mira! ¿Qué le pasará?
—Está borracho.
—No está enfermo, ¿verdad?
—Qué va, mira cómo agarra esa botella, como si fuese un niño de pecho.
Oh, mierda. Les grité:
—¡VOY A CHUPAROS LA VAGINA A LAS DOS! ¡OS DEJARE SECO EL COÑO!
—¡Oooooh!
Las dos salieron corriendo y se metieron en el alto edificio encristalado. Cruzaron la puerta de cristal. Yo estaba allí fuera en la calle sin poder levantarme, padrino de alguna cosa. Todo lo que tenía que hacer era llegar hasta mi casa: treinta metros de distancia, que eran como tres millones de años luz. A treinta metros de una puerta alquilada. Dos minutos más y podría levantarme. Cada vez que lo intentaba me sentía más fuerte. Un viejo borracho siempre lo conseguiría, si le daban suficiente tiempo. Un minuto. Un minuto más. Podría haberlo conseguido.
Entonces, aparecieron. Parte de la disparatada estructura familiar del mundo. Locos, en realidad, que jamás se preguntan lo que les mueve a hacer lo que hacen. Dejaron encendida su luz roja al aparcar. Luego salieron. Uno levaba una linterna.
—Bukowski —dijo el de la linterna—, siempre metido en líos, ¿eh?
Conocía mi nombre de alguna parte, de otros tiempos.
—Mira —dije—, resbalé. Me di en la cabeza. Yo nunca pierdo el sentido o la coherencia. No soy peligroso. ¿Por qué no me ayudáis, muchachos, a llegar a mi puerta? Está a treinta metros. Dejadme que me eche en la cama y la duerma. ¿No creéis, realmente, que sería lo más decente?
—Señor, dos damas informaron que usted intentó violarlas.
—Caballeros, yo jamás intentaría violar a dos damas al mismo tiempo.
Uno de los policías mantenía enfocada su estúpida linterna hacia mi cara. Esto debía darle una gran sensación de superioridad.
—¡Sólo treinta metros para la Libertad! ¿Es que no lo comprenden?
—Eres el peor comediante de la ciudad, Bukowski. Danos una excusa mejor.
—Bien, veamos... Esta cosa que veis aquí espatarrada en el suelo, es el producto final de una boda, una boda zen.
—¿Quieres decir que una mujer intentó realmente casarse contigo?
—No conmigo, gilipollas...
El de la linterna la acercó a mi nariz.
—Exigimos respeto a los funcionarios de policía.
—Lo lamento. Por un momento se me olvidó.
Me bajaba la sangre por el cuello y luego hacia y sobre la camisa. Me sentía muy cansado... De todo.
—Bukowski —dijo el que acababa de utilizar la linterna—, ¿es que nunca vas a dejar de meterte en líos?
—Basta de coñazo —dije yo—, vamos a la cárcel.
Me esposaron y me metieron en el asiento de atrás. La misma vieja y triste escena de siempre.
Fuimos despacio, hablando de diversas cosas, cosas posibles y cosas disparatadas... como de ampliar el porche delantero, instalar una piscina o hacer una habitación más en la parte trasera para la abuela. Y en cuanto a los deportes (eran hombres auténticos) los Dodgers aún tenían una oportunidad. Pese a la feroz competencia de los otros dos o tres equipos que estaban a su altura. Vuelta a la familia: si los Dodgers ganaban, ganaban ellos. Si un hombre aterrizaba en la luna, ellos aterrizaban en la luna. Pero que un hombre que se muera de hambre les pida unos centavos... ¿no tiene identificación? jódete. Comemierda. Quiero decir, cuando iban vestidos de paisano. Aún no se ha dado el caso de un muerto de hambre que haya ido a pedirle unos centavos a un policía. Las estadísticas son claras.
Y, sí, me hicieron pasar por el molino. Después de encontrarme a treinta metros de mi casa. Después de ser el único humano en una casa llena de cincuenta y nueve personas.
Allí estaba, una vez más, en la larga cola de los de algún modo culpables. Los jóvenes no sabían lo que se avecinaba. Estaban embaucados con ese artilugio llamado La Constitución y sus Derechos. Los policías jóvenes, tanto en la jaula de la ciudad como en la del condado, se entrenaban con los borrachos. Tenían que demostrar que valían. Metieron, estando yo mirando, a un tipo en el ascensor y le subieron y le bajaron, sube y baja, sube y baja; cuando salió, apenas sabías quién era o lo que había sido... un negro que exigía a gritos respeto por los Derechos Humanos. Luego cogieron a un blanco que gritaba algo sobre DERECHOS CONSTITUCIONALES; le cogieron cuatro o cinco, y le agarraron por los pies tan deprisa que apenas pudo moverse, y cuando le trajeron otra vez le apoyaron contra la pared y se quedó allí temblando, con todo el cuerpo lleno de cintarazos rojos, allí temblando y tiritando.
Me sacaron la foto otra vez. Otra vez las huellas dactilares.
Me bajaron a la celda de los borrachos, abrieron la puerta.
Después, sólo fue cuestión de buscar un cuadrado de suelo entre los ciento cincuenta hombres que había. Aquello era un orinal. Vómitos y meadas por todas partes. Encontré un sitio entre mis camaradas. Yo era Charles Bukowski, figuraba en los archivos literarios de la Universidad de California, Santa Bárbara. Alguien pensaba allí que yo era un genio. Me estiré sobre las tablas. Oí una voz infantil. La voz de un muchacho.
—¡Se la chupo por veinticinco centavos, señor!
En principio, te quitan todo, las monedas, los billetes, los carnets, las llaves, los cuchillos, etc., y además los cigarrillos, y luego te dan el recibo. Que pierdes o vendes o te roban. Pero aún así, allí siempre había dinero y cigarrillos.
—Lo siento amigo —le dije—, me quitaron hasta el último céntimo.
Cuatro horas después, conseguí dormir.
Allí.
Padrino en una boda zen, y apuesto que ellos, la novia y el novio, ni siquiera jodieron aquella noche. Claro que alguien acabó bien jodido.

lunes, 9 de julio de 2012

"Doce monos voladores que no querían fornicar adecuadamente" de Charles Bukowski (relato completo)

Suena el timbre y abro la ventana lateral que hay junto a la puerta. Es de noche.
—¿Quién es? —pregunto.

Alguien se acerca a la ventana, pero no puedo verle la cara. Tengo dos luces sobre la máquina de escribir. Cierro de golpe la ventana, pero hay gente hablando fuera. Me siento frente a la máquina, pero aún siguen hablando allí fuera. Me levanto de un salto y abro furioso la puerta y grito:
—¡YA LES DIJE QUE NO MOLESTARAN, ROMPEHUEVOS!

Miro y veo a un tipo de pie al fondo de las escaleras y a otro en el porche, meando. Está meando en un arbusto a la izquierda del porche, colocado en el borde del porche; la meada se arquea en un sólido chorro, hacia arriba, y luego hacia los matorrales.
—¡Ese tipo está meando en mis plantas! —digo.
El tipo se echa a reír y sigue meando. Le agarro por los pantalones, le alzo y le tiro, aún meando,

por encima del matorral, hacia la noche. No vuelve.
—¿Por qué hizo eso? —dice el otro tío.
—Porque me dio la gana.
—Está usted borracho.
—¿Borracho? —pregunto.

Dobla la esquina y desaparece. Cierro la puerta y me siento de nuevo a la máquina. Muy bien, tengo este científico loco, ha enseñado a volar a los monos, tiene ya once monos con esas alas. Los monos son muy buenos. El científico les ha enseñado a hacer carreras. Hacen carreras alrededor de esos postes marcadores, sí. Ahora veamos. Hay que hacerlo bien. Para librarse de una historia tiene que haber jodienda, en abundancia a ser posible. Mejor que sean doce monos, seis machos y seis del otro género. Vale así. Ahí van. Empieza la carrera. Dan vuelta al primer poste. ¿Cómo voy a hacerles joder? Llevo dos meses sin vender un relato. Debía haberme quedado en aquella maldita oficina de correos. De acuerdo. Allá van. Rodean el primer poste. Quizá sólo se escapen volando. De pronto. ¿Qué tal eso? Vuelan hasta Washington, y se dedican a revolotear y saltar por el Capitolio cagando y meando sobre la gente, llenando la Casa Blanca con el aroma de sus cerotes. ¿No podría caerle un cerote encima al presidente? No, eso es pedir mucho. De acuerdo, que el cerote le caiga al secretario de estado. Se dan órdenes de acabar con ellos a tiros. Trágico, ¿verdad? ¿Y de joder qué? De acuerdo, de acuerdo. Veamos. Bueno, diez de ellos son abatidos a tiros, pobrecillos. Sólo quedan dos. Uno macho y uno del otro género. Al parecer no pueden localizarlos. Luego un policía cruza el parque una noche y allí están, los dos últimos, abrazados con las alas, jodiendo como diablos. El poli se acerca. El macho oye, vuelve la cabeza, alza la vista, esboza una estúpida sonrisa simiesca, sin dejar el asunto, y luego se vuelve y se concentra en su tarea. El policía le vuela la cabeza. La cabeza del mono, quiero decir. La hembra aparta al macho con disgusto y se incorpora. Para ser una mona, es bastante pequeñita. Por un momento, el policía piensa en, piensa... Pero no, sería demasiado, quizás, y además ella podría morderle. Mientras piensa esto, la mona se vuelve y levanta el vuelo. El poli apunta, dispara y la alcanza, ella cae. El poli se acerca corriendo. La mona está herida pero no de muerte. El poli mira a su alrededor, la levanta, se saca el chisme, prueba. No hay nada que hacer. Sólo cabe el capullo. Mierda. Tira la mona al suelo, se lleva el revólver a la sien y ¡BAM! Se
acabó.Vuelve a sonar el timbre.
Abro la puerta.

Eran tres tíos. Siempre estos tíos. Nunca viene una mujer a mear en mi porche, apenas si pasan siquiera mujeres por aquí. ¿Cómo se me van a ocurrir ideas? Ya casi se me ha olvidado lo que es joder. Pero dicen que es como lo de andar en bicicleta, que nunca se olvida. Es mejor que lo de andar en bicicleta.
Son Jack el Loco y dos que no conozco.
—Oye, Jack —digo—, creí que me había librado de ti.

Jack simplemente se sienta. Los otros dos se sientan. Jack me ha prometido no volver nunca, pero casi siempre está borracho, así que las promesas no significan mucho. Vive con su madre y pretende ser pintor. Conozco a cuatro o cinco tipos que viven con su madre o a costa de ella y que pretenden ser genios. Y todas las madres son iguales: «Oh, Nelson nunca ha conseguido que acepten sus trabajos. Va demasiado por delante de su época». Pero supongamos que Nelson es pintor y consigue colgar algo en una galería: «Oh, Nelson tiene un cuadro expuesto esta semana en las Galerías Warner-Finch. ¡Por fin reconocen su genio! Pide cuatro mil dólares por el cuadro. ¿Tú crees que es demasiado?». Nelson, Jack, Biddie, Norman, Jimmy y Katya. Mierda.
Jack lleva unos vaqueros azules, va descalzo, no tiene camisa ni camiseta, sólo lleva encima un chal
marrón. Uno de los otros, tiene barba y hace muecas y se ruboriza continuamente. El otro tío es sólo

gordo. Una especie de sanguijuela.
—¿Has visto últimamente a Borst? —pregunta Jack.
—No.
—¿Puedo tomar una de tus cervezas?
—No. Vosotros, amigos, venís, os bebéis todo mi material, os largáis y me dejáis en seco.
—De acuerdo.
Se levanta de un salto, sale y coge la botella de vino que había escondido debajo del cojín de la silla
del porche. Vuelve. Descorcha y echa un trago.
—Yo estaba abajo en Venice con esa chica y cien arcoiris.1

Creí que me habían guipado y subí corriendo a casa de Borst con la chica y los cien arcoiris. Llamé a la puerta y le dije «¡rápido, déjame pasar! ¡Tengo cien arcoiris y vienen siguiéndome!». Borst cerró la puerta. La abrí a patadas y entré con la chica. Borst estaba en el suelo, meneándosela a uno. Entré en el baño con la chica y cerré la puerta. Borst llamó. «¡No te atrevas a entrar aquí!» dije. Estuve allí con la chica sobre una hora. Echamos dos para divertirnos. Luego nos fuimos.
—¿Tiraste los arcoiris?
—No, que coño, era una falsa alarma. Pero Borst se cabreó mucho.

—Mierda —dije—, Borst no ha escrito un poema decente desde 1955. Le mantiene su madre. Perdona. Pero quiero decir que lo único que hace es ver la televisión, comer esas delicadas verduras y pasearse por la playa en camiseta y calzoncillos sucios. Cuando vivía con aquellos muchachos en Arania era un buen poeta. Pero no me cae simpático. No es un ganador. Como dice Huxley, Aldous, «todo hombre puede ser un...».

—¿Qué andas haciendo tú? —pregunta Jack.
—Nada, todo me lo rechazan —dije.
Mientras la sanguijuela seguía allí sentada sin hacer nada, el otro tipo empieza a tocar la flauta. Jack
alza su botella de vino. La noche es hermosa ahí en Hollywood, California. Entonces el tipo que vive en el patio de atrás se cae de la cama, borracho. Se oye un gran golpe. Estoy acostumbrado. Estoy acostumbrado a todo el patio. Todos están sentados en sus casas, con las persianas bajadas. Se levantan al mediodía. Tienen los coches fuera cubiertos de polvo, los neumáticos deshinchados, sin batería. Mezclan alcohol y droga y no tienen ningún medio visible de vida. Me gustan. No me molestan.

El tipo sube otra vez a la cama, se cae.
—Condenado y maldito imbécil —se le oye decir—, vuelve a esa cama.
—¿Qué ruido es ése? —pregunta Jack.

—El que vive ahí atrás. Es muy solitario. De vez en cuando bebe unas cervezas. Su madre murió el año pasado y le dejó veinte de los grandes. Se pasa la vida sentado en su casa, meneándosela y viendo los partidos de béisbol y las películas del oeste por la televisión. Antes trabajaba de ayudante en una gasolinera.
—Tenemos que largarnos —dice Jack—. ¿Quieres venir con nosotros?
—No —digo.
Explican que es algo relacionado con la Casa de Seven Gables. Van a ver a alguien relacionado con
la Casa de Seven Gables. No es el escritor, el productor ni los actores, es otro.
—No, no —digo, y se largan. Magnífica perspectiva.

Así que me siento otra vez con los monos. Si pudiese manipularlos, hacer algo con ellos. ¡Si consiguiese ponerlos a joder todos al mismo tiempo! ¡Eso es! ¿Pero cómo? ¿Y por qué? Piensa en el Ballet Real de Londres. ¿Pero por qué? Me estoy volviendo loco. Vale, el Ballet Real de Londres es buena idea. Doce monos volando mientras bailan ballet, sólo que antes de la representación alguien les da a todos cantáridas. Pero la cantárida es un mito, ¿no? ¡Vale, introduce otro científico loco con una

cantárida real! ¡No, no, oh Dios mío, no hay forma de arreglarlo!
Suena el teléfono. Lo cojo. Es Borst:
—¿Hank?
—¿Sí?
—Seré breve. Estoy arruinado.
—Sí, Jerry.
—Bueno, perdí mis dos patrocinadores. La bolsa y el duro dólar.
—Vaya, vaya.
—Bueno, siempre supe que esto iba a pasarme. Así que me voy de Venice. Aquí no puedo triunfar.

Me iré a Nueva York.
-¿Qué?
—Nueva York.
—Ya me pareció que decías eso, ya.
—En fin, bueno, ya sabes, no tengo un céntimo y creo que allí triunfaré, realmente.
—Claro, Jerry.
—El perder a mis patrocinadores es lo mejor que podía haberme ocurrido.
—¿De veras?

—Ahora me siento de nuevo luchando. Ya has oído hablar de esa gente que se pudre en la playa. Pues bien, eso es lo que he estado haciendo yo hasta ahora: pudriéndome. He conseguido salir de esto. Y no me preocupa. Salvo los baúles.
—¿Qué baúles?
—No termino de hacerlos. Así que mi madre vuelve de Arizona para vivir aquí mientras yo esté
fuera y para cuando vuelva, si es que vuelvo.
—Bien, Jerry, bien.
—Pero antes de ir a Nueva York voy a acercarme a Suiza y quizás a Grecia. Luego volveré a Nueva
York.
—De acuerdo, Jerry, ya me tendrás informado. Me gusta saber de tu vida.

Luego, otra vez con los monos. Doce monos que pueden volar, jodiendo. ¿Cómo hacerlo? Ya van doce botellas de cerveza. Busco mi dosis de whisky de reserva en el refrigerador. Mezclo un tercio de vaso de whisky con dos tercios de agua. Nunca debí salir de aquella maldita oficina de correos. Pero incluso aquí, de este modo, uno tiene su pequeña oportunidad. Esos doce monos jodiendo, por ejemplo. Si hubiese nacido en Arabia y fuese camellero no tendría siquiera esta oportunidad. Así que endereza la espalda y dedícate a esos monos. Se te ha concedido la bendición de un pequeño talento y no estás en la India, donde probablemente dos docenas de muchachos podrían escribir para ti si supiesen escribir. Bueno, quizá no dos docenas, quizá sólo una docena pelada.
Termino el whisky, bebo media botella de vino, me acuesto, lo olvido.

A la mañana siguiente, a las nueve, suena el timbre. Hay una chica negra allí con un chico blanco con cara de tonto y gafas sin montura. Me cuentan que hace tres meses en una fiesta prometí ir en barco con ellos. Me visto, entro en el coche con ellos. Me llevan hasta un apartamento y allí sale un tipo de pelo oscuro.
—Hola, Hank —dice.

No le conozco. Al parecer, le conocí en la fiesta. Saca pequeños salvavidas color naranja. Luego estamos en el muelle. No puedo diferenciar el muelle del agua. Me ayudan a bajar a un balanceante artilugio de madera que lleva a un muelle colgante. Entre el artilugio y el muelle flotante hay como un metro de separación. Me ayudan a pasar.
—¿Qué coño es esto? —pregunto—. ¿Nadie tiene un trago?

Esta no es mi gente. Nadie tiene bebida. Luego estoy en un pequeño bote de remos, alquilado, al que alguien ha unido un motor de medio caballo. El fondo del bote está lleno de agua en la que flotan dos peces muertos. No sé qué gente es ésta. Ellos me conocen. Magnífico. Magnífico. Salimos al mar. Bonito. Pasamos ante una rémora que flota casi en la superficie del agua. Una rémora, pienso, una rémora enroscada a un mono volador. No, eso es horrible. Vomito otra vez.
—¿Cómo está el gran escritor? —pregunta el tipo con cara de tonto que va en la proa de la barca, el
de las gafas sin montura.
—¿Qué gran escritor? —pregunto, pensando que está hablando de Rimbaud, aunque jamás

consideré a Rimbaud un gran escritor.
—Tú —dice.
—¿Yo? —digo—. Oh, muy bien. Creo que el año que viene me iré a Grecia.
—¿Grasa?2 —dice él—. ¿Para metértela en el culo?
—No —contesto—. En el tuyo.

Y seguimos hacia alta mar, donde Conrad triunfó. Al diablo con Conrad. Tomaré coca-cola con whisky en un dormitorio a oscuras en Hollywood en 1970, o en el año en que tú lees esto, sea el que sea. El año de la orgía simiesca que nunca sucedió. El motor farfulla y sorna en el mar. Vamos camino de Irlanda. No, es el Pacífico. Vamos camino del Japón. Al diablo.

jueves, 14 de julio de 2011

"UNA NOCHE HELADA" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Leslie caminaba bajo las palmeras. Pisó una cagada de perro. Eran las diez y cuarto en Hollywood Este. Aquel día el mercado había subido 22 puntos y los especialistas no eran capaces de explicar por qué. A los especialistas se les daba mucho mejor explicar las bajas del mercado. Los desastres les hacían felices. Hacía frío en Hollywood Este. Leslie se abrochó el botón del cuello de su abrigo y tiritó. Encogió los hombros para defenderse del frío.

Se aproximaba un hombrecillo de sombrero gris de fieltro. El hombrecillo tenía la cara tan opaca como la corteza de una sandía, sin expresión. Leslie sacó un cigarrillo y se plantó en el camino. No medía más de uno sesenta y cinco y debía de pesar treinta y cinco kilos. Tendría unos cuarenta y cinco años.
—¿Me da fuego? —le preguntó.
—Oh, sí...

El hombrecillo comenzó a buscar su encendedor y Leslie le asestó un rodillazo en la entrepierna. El hombrecillo soltó un gruñido, se dobló y Leslie le golpeó detrás de la oreja. Cuando cayó, Leslie se arrodilló, le dio la vuelta, sacó su navaja y lo degolló a la luz de la luna de aquella noche fría de Hollywood Este.

Todo le parecía muy extraño. Era como un sueño medio recordado. Leslie no estaba seguro de si aquello había sucedido en la realidad. Al principio, la sangre daba la sensación de no decidirse a salir, pero la herida era profunda y la sangre brotó. Leslie se apartó con asco. Se incorporó, se alejó. Luego volvió, buscó en el bolsillo de aquel hombre, encontró una caja de cerillas, encendió el cigarrillo y se alejó calle abajo, hacia su apartamento. Leslie nunca tenía cerillas. Era uno de esos hombres sin bolígrafos ni cajas de cerillas en los bolsillos...

Ya en el apartamento, se sentó a beberse un whisky con agua. En la radio daban una cosa de Copeland. Aunque Copeland no fuese gran cosa, siempre era mejor que Sinatra. Había que aceptar lo que te dieran y aprovecharlo al máximo. Eso es lo que decía siempre su padre. Su jodido viejo. A la mierda viejo. A la mierda todos los Niños de Jesús. A la mierda Billy Graham. A tomar todo el mundo por culo.

Llamaron a la puerta. Era Sonny. Un chaval rubio que vivía al otro lado del patio. Sonny era mitad hombre y mitad polla y estaba hecho un lío. La mayoría de los tíos que la tenían de buen tamaño tenían problemas después de echar un polvo. Pero Sonny era más agradable que la mayoría. Era afable, educado y no carecía de inteligencia. A veces hasta era ingenioso.

—Oye, Leslie, quiero hablar contigo unos minutos.
—Vale. Pero, escucha, estoy cansado. Pasé todo el día en el hipódromo.
—Te ha ido mal, ¿eh?
—Cuando fui a sacar el coche del aparcamiento, me di cuenta de que un hijo de puta me había

arrancado todo el parachoques. Cerdo.
—¿Y qué tal te fue con los caballos?
—Gané doscientos ochenta dólares. Pero estoy hecho polvo.
—Vale. No te pegaré la paliza.
—Perfecto. ¿De qué se trata? ¿De tu chica? ¿Por qué no la envías a tomar viento? Os sentiréis mejor
los dos.

—No, no se trata de mi chica. Sólo se trata..., mierda, no lo sé. Cosas que pasan, ¿comprendes? No
consigo hacer nada. No puedo empezar nada. Estoy como bloqueado. Ni una oportunidad a la vista.
—Cojones, eso es lo normal. La vida es así. Pero sólo tienes veintisiete años. Puede que aún tengas suerte y te enrolles con alguien.
—¿Qué hacías tú a mi edad?
—Estaba peor que tú. Andaba de noche, borracho, rondando por las calles a la espera de un milagro.

No hubo suerte.
—¿Eso es lo único que se te ocurría?
—Bueno, lo más difícil es saber cuál tiene que ser tu primer movimiento.
—Sí. Todo parece tan inútil.
—Asesinamos al Hijo de Dios. ¿Crees que ese Cabrón va a perdonarnos? ¡Puede que yo esté loco,
pero El seguro que no!
—Te pasas el día ahí tirado, con tu albornoz roto, medio borracho, pero eres la persona más cuerda que conozco.
—Vaya, eso me gusta. ¿Conoces a mucha gente?
Sonny se limitó a encogerse de hombros.
—Lo que necesito saber es: ¿hay una salida? ¿Alguna clase de salida?
—No, no hay salida, chaval. Los psiquiatras aconsejan que nos dediquemos a jugar al ajedrez, al billar o a coleccionar sellos. Cualquier cosa menos pensar en las cuestiones importantes.
—El ajedrez es muy aburrido.
—Todo es aburrido. No hay salida. ¿Sabes lo que solían tatuarse en los brazos algunos vagabundos de los viejos tiempos?: «NACÍ PARA LA MUERTE.» Parece un poco burdo, pero es sabiduría elemental.
—¿Qué crees que llevan tatuado ahora en los brazos los vagabundos?
—No sé. Probablemente: «JESÚS ES NUESTRO REDENTOR.»
—No podemos librarnos de Dios, ¿verdad?
—Quizás El no pueda librarse de nosotros.
—Bueno, sabes, siempre es un buen rollo hablar contigo. Después de hablar contigo siempre me siento mejor.
—Pues ya sabes, chaval, cuando quieras.

Sonny se levantó, abrió la puerta, la cerró y se fue. Leslie se sirvió otro whisky. Los Rams de Los Angeles habían reforzado su línea defensiva. Una buena táctica. Todo en la vida evolucionaba hacia actitudes de DEFENSA. El telón de acero, la mente de acero, la vida de acero...

Leslie terminó el whisky, se quitó los pantalones y se rascó el culo, metiéndose los dedos bien dentro. La gente que se curaba las almorranas era mema. Cuando no había con quién tratar, lo mejor era estar solo. Se sirvió otro whisky. Sonó el teléfono.
—¿Sí?

Era Francine. A Francine le gustaba impresionarle. A Francine le encantaba creer que le impresionaba. Pero era más pesada que un elefante. Leslie pensaba muchas veces en lo amable que era por su parte el dejarla hablar y aburrirle de ese modo. Un tipo normal le habría colgado el teléfono inmediatamente, le habría cortado el rollo como una guillotina.
¿Quién había escrito aquel excelente ensayo sobre la guillotina? ¿Camus? Sí, Camus. Camus también era un plomo. Pero el ensayo sobre la guillotina y El extranjero eran excepcionales.

—Hoy he comido en el Hotel Beverly Hills —dijo Francine—. Estuve sola en una mesa. Tomé ensalada y bebidas. Por allí estaba Dustin Hoffman con otros actores y actrices. Me puse a hablar con la gente de las otras mesas y todos me sonreían, y todas las mesas rebosaban de sonrisas y señales de asentimiento con sus cabecitas amarillas como narcisos. Yo seguía hablando y ellos sonriendo. Debían de pensar que estaba loca y que la única manera de librarse de mí era sonreír. Al final acabaron por ponerse nerviosos, ¿comprendes?

—Perfectamente.
—Pensé que te gustaría que te lo contara.
—Sí...
—¿Estás solo? ¿Quieres compañía?
—Esta noche estoy muy cansado, Francine.

Francine colgó al cabo de un rato. Leslie se desvistió, se rascó el culo otra vez y se fue al cuarto de baño. Se pasó el hilo dental entre los pocos dientes que le quedaban. Qué horror de colgajos. Pensó que debería arrancárselos a martillazos. La cantidad de peleas callejeras en que se había metido, y nadie le había hecho saltar los dientes delanteros. En fin, al final todo se resuelve por sí mismo y se caerían solos. Leslie puso un poco de pasta de dientes en el cepillo eléctrico e intentó matar el tiempo un poco. Después se sentó en la cama y pasó un rato con el último whisky y un cigarrillo. Algo que hacer mientras esperaba a ver qué cariz tomaban las cosas. Contempló la caja de cerillas que tenía en la mano y comprendió de pronto que era la que le había quitado al hombrecillo cara de sandía. La idea le sobresaltó. ¿Había sucedido
aquello realmente? Escudriñó la caja de cerillas. Leyó el anuncio impreso:
1.000 ETIQUETAS PERSONALES CON SU NOMBRE Y DIRECCIÓN SOLO POR 1,00 DOLAR
Vaya, pensó, no parece que sea muy caro.


Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

lunes, 11 de julio de 2011

"EL PAJARO QUE SE REMONTA" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Íbamos a hacerle una entrevista a la famosa poetisa Janice Altrice. El director de American Poetry me pagaba por ella 175 dólares. Me acompañaba Tony con su cámara. El iba a ganar 50 dólares por las fotografías. Yo había pedido prestada una grabadora. La casa quedaba retirada, en las montañas, tras una larga cuesta. Paré el coche, eché un trago de vodka y le pasé la botella a Tony.
—¿Ella bebe? —preguntó Tony.
—Probablemente no —dije.

Puse el coche en marcha y continuamos. Nos desviamos por una empinada y estrecha carretera de tierra. Janice estaba esperándonos. Vestía pantalones y blusa blanca, con cuello alto de encaje. Bajamos del coche y caminamos hacia ella, en la ladera del pradillo. Nos presentamos y puse en marcha la grabadora de

pilas.
—Tony va a sacarle unas fotos —le dije—. Procure ser natural.
—Por supuesto —dijo ella.
Subimos el pradillo y ella señaló hacia la casa.
—La compramos cuando los precios eran muy bajos. Ahora no podríamos permitírnosla.
Señaló luego una casa más pequeña que había en la ladera.
—Es mi estudio. Lo construimos nosotros mismos. Hasta tiene cuarto de baño. Vengan a verlo.
La seguimos. Señaló de nuevo.
—Esos setos de flores los plantamos nosotros mismos. Se nos dan muy bien las flores.
—Son maravillosas —dijo Tony.

Abrió la puerta del estudio y entramos. Era grande y fresco, con delicadas mantas indias y demás artesanías por las paredes. Había una chimenea, una librería, un escritorio grande con una máquina de escribir eléctrica, un gran diccionario, papel para escribir, cuadernos. Ella era pequeña, con el cabello muy corto. Las cejas tupidas. Sonreía mucho. En el rabillo del ojo tenía una profunda cicatriz que parecía como perfilada con una navaja.

—Vamos a ver —dije—, mide usted uno cincuenta y tres y pesa...
—Cuarenta y seis kilos.
—¿Edad?
Janice se echó a reír mientras Tony le sacaba una foto.
—Es prerrogativa de una mujer no contestar a esa pregunta. —Se echó a reír de nuevo—. Diga
simplemente que soy intemporal.

Era una mujer de aspecto majestuoso. Me la imaginaba detrás de una tribuna, en alguna universidad, leyendo sus poemas, respondiendo preguntas, instruyendo a una nueva generación de poetas, encauzándoles hacia la vida. Probablemente también tuviera las piernas hermosas. Intenté imaginármela en la cama, pero no pude.
—¿En qué está usted pensando? —me preguntó.
—¿Es usted intuitiva?

—Por supuesto. Les prepararé café. Los dos necesitan beber
algo.
—Tiene razón.

Janice preparó café y nosotros salimos fuera. Salimos por una puerta lateral. Había un terreno de juegos en miniatura, columpios y trapecios, montones de arena, cosas así. Un jovencito de diez años llegó corriendo cuesta abajo.
—Es Jason, mi hijo más pequeño, mi bebé —dijo Janice desde la puerta.
Jason era un joven dios de pelo enmarañado, rubio, con pantalones cortos y una holgada camisa

morada. Llevaba zapatitos de dos colores. Parecía sano y vivaz.
—¡Mamá, mamá! ¡Columpíame! ¡Venga, columpíame!
Jason corrió al columpio, se sentó y esperó.
—Ahora no, Jason, estamos ocupados.
—¡Columpíame, mamá, columpíame, venga!
—Ahora no, Jason...
—¡MAMA MAMA MAMA MAMA MAMA MAMA MAMA! —gritaba Jason.

Janice se acercó al columpio y empezó a columpiar a Jason. Jason iba y venía, subía y bajaba, y nosotros esperábamos. Al cabo de un buen rato, terminaron y Jason se bajó del columpio. De uno de los agujeros de la nariz le colgaba un consistente moco verde. Se me acercó.
—Me gusta masturbarme —dijo. Luego escapó corriendo.

—No le reprimimos —dijo Janice; después miró soñadoramente hacia las montañas—. Antes montábamos a caballo por aquí. Tuvimos que defender la tierra contra los especuladores. Pero el mundo exterior nos cerca cada vez más. Aún así es encantador. Después de caer del caballo y romperme una pierna fue cuando escribí El pájaro que se remonta, un coro de magia.
—Sí, me acuerdo —dijo Tony.

—Aquella secoya la planté yo hace veinticinco años —dijo, señalándola—. En aquellos tiempos, aquí no había más que nuestra casa. Pero las cosas cambian, ¿verdad? Sobre todo la poesía. Hay muchas cosas nuevas e interesantes. Y luego, hay tanta cosa horrible.

Volvimos al interior de la casa y nos sirvió el café. Nos sentamos a tomarlo. Le pregunté cuáles eran sus poetas favoritos. Janice mencionó rápidamente a algunos de los más jóvenes: Sandra Merrill, Cynthia Westfall, Roberta Lowell, Sister Sarah Norbert y Adrian Poor.
—Escribí mi primer poema en la escuela primaria, un poema con ocasión del día de la madre. Le

gustó tanto a la profesora que me pidió que lo leyese en clase.
—Su primera lectura de poesía, ¿verdad?
Janice se echó a reír.
—Sí, podríamos decir eso. Echo muchísimo de menos a mis padres. Hace ya veinte años que

murieron.
—Eso es insólito.
—El amor no tiene nada de insólito —dijo ella.
Había nacido en Huntington Beach y había vivido toda la vida en la costa Oeste. Su padre había sido
policía. Janice empezó a escribir sonetos en el instituto, donde tuvo la suerte de ser alumna de Inez Calire
Dickey.
—Ella me inició en la disciplina de la forma poética.
Janice sirvió más café.
—Siempre me tomé muy en serio lo de ser poeta. Fui alumna de Ivor Summers en Stanford.
Publiqué por primera vez en la Antología de poetas de la costa Oeste de Summers.

Summers influyó profundamente en ella. Al principio el grupo de Summers era un buen grupo: Ashberry Charleton, Webdon Wilbur y Mary Gather Henderson. Pero luego Janice se separó del grupo y se unió a los poetas de «arte mayor».

Janice estudió en la facultad de Derecho y estudió al mismo tiempo poesía. Después de licenciarse se hizo secretaria jurídica. Se casó con su amor del instituto a principios de los cuarenta. «Aquellos años de guerra fueron trágicos y sombríos.» Su marido era bombero. «Me convertí en una poetisa ama de casa.»
—¿Hay cuarto de baño? —pregunté.

—La puerta de la izquierda.
Entré en el cuarto de baño, mientras Tony daba vueltas, tomando fotos. Oriné y bebí un buen trago
de vodka. Me subí la cremallera, salí del cuarto de baño y me senté otra vez.
A finales de los años cuarenta, los poemas de Janice Altrice comenzaron a florecer en una serie de
publicaciones periódicas. Su primer libro, Ordeno que todo sea verde, lo publicó Alan Swillout. Le siguió
Pájaro, pájaro, pájaro, nunca mueras, y también lo publicó Swillout.

—Volví a la universidad —dijo—. La universidad de California, Los Angeles. Me licencié en periodismo y en inglés. Al año siguiente me doctoré en inglés. Y, desde principios de los sesenta, doy clases de inglés y de redacción aquí, en la universidad estatal.

Adornaban las paredes de Janice muchos premios. Una medalla de plata del Club Alphids porsu poema «Tintella»; un diploma de primer puesto del grupo poético de Lodestone Mountain por su poema «El tambor sabio». Había muchos premios y distinciones. Janice se acercó al escritorio y cogió una muestra del trabajo que estaba realizando. Nos leyó varios poemas largos. Revelaban una madurez impresionante. Le pregunté qué pensaba del escenario poético contemporáneo.

—Hay tantos —dijo— a quienes se da el nombre de poetas. Pero no tienen formación, no tienen sensibilidad para el oficio. Los salvajes han asaltado la fortaleza. No hay técnica, ni esmero, lo único que hay son ganas de gustar. Y estos nuevos poetas parecen admirarse muchísimo unos a otros. Me preocupa, y he hablado mucho de ello con mis amigos poetas. Todo poeta joven parece pensar que sólo necesita una máquina de escribir y unas cuantas cuartillas. No están preparados, no tienen ninguna preparación.
—Supongo que no —dije—. ¿Has tomado suficientes fotos, Tony?
—Sí —dijo Tony.
—Otra cosa que me inquieta —dijo Janice— es que los poetas asentados de la costa Este reciben

demasiados premios y becas. A los poetas de la coste Oeste se les ignora.
—¿Podría eso deberse a que los poetas de la costa Este son mejores? —pregunté.
—Por supuesto que no.
—Bueno —dije—, creo que es hora de que nos vayamos. Una última pregunta, ¿cómo aborda usted
la elaboración de un poema?

Hizo una pausa. Sus largos dedos tamborilearon delicadamente en la tela gruesa del sillón en el que se sentaba. La luz del sol poniente penetraba sesgada por la ventana y creaba largas sombras en la habitación. Habló despacio, como en un sueño:

—Comienzo a sentir un poema muchísimo tiempo antes de escribirlo. Se aproxima a mí, como un gato que cruza la alfombra. Con suavidad, pero no con menosprecio. Tarda en llegar siete u ocho días. Me siento deliciosamente agitada, nerviosa, es una sensación especial. Sé que está allí, y luego llega en una arremetida y todo resulta entonces fácil, muy fácil. ¡La gloria de crear un poema es tan majestuosa, tan sublime!

Apagué la grabadora.
—Gracias, Janice, le mandaré copia de la entrevista cuando se publique.
—Espero que todo haya ido bien.
—Todo ha ido muy bien, estoy seguro.

Nos acompañó hasta la puerta. Tony y yo bajamos la cuesta hasta el coche. Me volví una vez. Ella estaba allí. Le dije adiós con la mano. Sonrió y alzó también la mano. Entramos en el coche, doblamos la curva, paré el coche y destapé la botella de vodka.
—Deja un trago para mí —dijo Tony. Eché un trago y dejé otro para Tony.

Tony tiró la botella por la ventanilla. Nos alejamos, bajando de prisa, abandonando las montañas. En fin, mejor que trabajar lavando coches. Lo único que tenía que hacer era pasar a máquina lo que estaba grabado en la cinta y elegir dos o tres fotografías. Salimos de las montañas justo en la hora punta del tráfico. Fue horroroso. Podríamos haberlo cronometrado mejor.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

viernes, 8 de julio de 2011

"UNA CERVEZA EN EL BAR DE LA ESQUINA" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


No sé cuántos años hace, quince o veinte. Yo estaba sentado en casa. Era una noche de verano muy
calurosa y andaba aburrido.

Salí y anduve calle abajo. La mayoría de las familias ya habían cenado y estaban viendo la televisión. Subí hasta el bulevar. Al otro lado de la calle, había un bar de barrio, un viejo establecimiento decorado en madera, pintado en verde y blanco. Entré.
Después de una vida gastada por los bares, les había perdido casi todo el gusto. Cuando quería beber
algo, normalmente iba a una licorería, lo compraba, me lo llevaba a casa y me lo bebía solo.

Entré y elegí un taburete alejado de la masa. No es que me sintiese incómodo; me sentía fuera de lugar. Pero si quería salir de casa, no tenía otro sitio adonde ir. En nuestra sociedad, la mayoría de los lugares interesantes son contrarios a la ley o carísimos.

Pedí una cerveza y encendí un cigarrillo. No era más que un bar de barrio como otro cualquiera. Todo el mundo se conocía. Contaban chistes verdes y veían la tele. Sólo había una mujer, vieja, vestida de negro, con una peluca roja. Llevaba una docena de collares y no hacía más que encender el mismo cigarrillo una y otra vez. Me empezaron a entrar ganas de estar de nuevo en casa y decidí largarme de allí en cuanto acabara la cerveza.

Entró un hombre y se sentó en el taburete contiguo al mío. No alcé la vista, no me interesaba, pero, por la voz, calculé que debía de tener mi edad. En el bar le conocían. El camarero le llamó por su nombre y un par de habituales le saludaron. Se sentó allí a mi lado y estuvo con su cerveza tres o cuatro minutos.

Luego dijo:
—Hola, ¿qué hay?
—Nada de particular.
—¿Es usted nuevo en el barrio?
—No.
—No le había visto por aquí antes.
No contesté.
—¿Es usted de Los Angeles? —preguntó.
—Más que de ningún otro sitio.
—¿Cree que los Dodgers ganarán este año?
—No.
—¿No le gustan los Dodgers?
—No.
—¿Quién le gusta a usted?
—Nadie. No me gusta el béisbol.
—¿Qué le gusta?
—El boxeo. Los toros.
—Las corridas de toros son crueles.
—Sí, cuando se pierde, todo resulta cruel.
—Pero el toro no tiene ninguna oportunidad.
—Nadie la tiene.
—Es usted muy negativo. ¿Cree en Dios?
—En su clase de dios, no.
—¿Pues en qué clase?
—No estoy seguro.
—Yo he ido a la iglesia desde antes de tener uso de razón.
No contesté.
—¿Puedo invitarle a una cerveza? —preguntó.
—Desde luego.
Llegaron las cervezas.
—¿Leyó hoy los periódicos? —preguntó.
—Sí.
—¿Leyó lo de las cincuenta niñas que murieron en el incendio de ese orfanato de Boston?
—Sí.
—Horrible, ¿verdad?
—Supongo que sí.
—¿Losupone?
—Sí.
—¿No losabe?
—Supongo que si hubiera estado allí, habría tenido pesadillas durante el resto de mi vida. Pero es
muy diferente cuando uno se limita a leerlo en los periódicos.
—¿No siente lástima por las cincuenta niñitas que murieron abrasadas? Colgaban de las ventanas,
gritando.
—Supongo que fue espantoso. Pero usted lo vio sólo como un titular de un periódico, una noticia de

un periódico. Yo en realidad no pensé mucho en ello. Pasé la página.
—¿Quiere decir que no sintió nada?
—En realidad no.
Se quedó un momento en silencio y yo bebí un poco de su cerveza. Luego, gritó:
—¡Eh, aquí hay un tipo que dice que no sintió puñetera cosa cuando leyó lo de las cincuenta
huerfanitas que murieron abrasadas en Boston!
Todo el mundo me miró. Yo miraba mi cigarrillo. Hubo un minuto de silencio. Luego la mujer de la
peluca roja dijo:
—Si yo fuera hombre, le sacaría a patadas en el culo a la calle.
—¡Y además, no cree en Dios! —dijo el tipo que estaba a mi lado—. Y no le gusta el béisbol. Le
gustan los toros, ¡y le gusta ver morir en un incendio a las huerfanitas!

Pedí al camarero otra cerveza. Para mí. El camarero puso el botellín a mi lado con repugnancia. Había dos jóvenes jugando al billar. El más joven de los dos, un chaval grande, con camiseta de manga corta blanca, dejó el taco y se me acercó. Se me plantó detrás inspirando con fuerza, llenándose los pulmones, procurando que su pecho pareciese más grande.
—Este es un bar decente. Aquí no se admiten gilipollas. Les echamos a patadas. ¡Les damos una
buena zurra para que no vuelvan a asomar las narices por aquí!

Notaba su presencia a mi espalda. Alcé la botella y vertí la cerveza en el vaso, la bebí, encendí un cigarrillo. Con pulso bien firme. El siguió un rato allí plantado, después volvió por fin a la mesa de billar. El tipo que estaba sentado a mi lado se levantó del taburete y se trasladó más allá.
—Ese hijo de puta es negativo —le oí decir—. Odia a la gente.
—Si yo fuese un hombre —dijo la mujer de la peluca roja—, le daría una lección. No puedo soportar
a esa clase de cabrones.
—Así es como hablaban los tipos como Hitler —dijo alguien.
—Asqueroso gilipollas.

Terminé la cerveza, pedí otra. Los dos jóvenes seguían jugando al billar. Algunos se fueron y empezaron a apagarse los comentarios sobre mí, salvo los de la mujer de la peluca roja. Estaba más borracha que antes.

—¡Pijotero, pijotero..., eres un pijotero asqueroso! ¡Apestas como una alcantarilla! Seguro que odias también a tu padre, ¿verdad? A tu patria, a tu madre y a todo el mundo. ¡Puaf, os conozco muy bien a los tipos como tú! ¡Gilipollas, cobarde, asqueroso!

Por fin, hacia la una y media, se fue. Luego se marchó uno de los chavales que jugaban al billar. El de la camiseta blanca de manga corta se sentó al extremo de la barra y se puso a hablar con el tipo que me había invitado a una cerveza. A las dos menos cinco, me levanté, despacio, y me marché. Nadie me síguió. Subí por el bulevar, llegué a mi calle. Estaban apagadas las luces de las casas y de los apartamentos. Llegué hasta mi casa. Abrí la puerta y entré. En la nevera había una cerveza. La abrí y me la bebí.
Luego, me desvestí, fui al cuarto de baño, meé, me cepillé los dientes, apagué la luz, fui al
dormitorio, me metí en la cama y me dormí.

Charles Bukowski del libro Música de cañerías.

lunes, 4 de julio de 2011

"LA MEDIACIÓN" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Sonó el teléfono. Era Paul, el escritor. Estaba deprimido.
En Northridge.
—¿Harry?

—¿Sí?
—Nancy y yo hemos roto.
—¿Sí?
—Escucha, quiero volver con ella. ¿Puedes ayudarme? Salvo que quierastú volver con ella...
Harry sonrió al aparato.
—No, no quiero volver con ella, Paul.

—No sé lo que pasó. Ella empezó con el asunto del dinero. Empezó a gritar por el dinero. Me pasaba por las narices las facturas de teléfono. Bueno, he estado haciendo todo lo posible para sacar pasta. Teníamos el tinglado aquel. Barney y yo. Nos poníamos los trajes de pingüinos..., él recitaba un verso de un poema, yo recitaba el otro..., cuatro micrófonos..., teníamos el grupo aquel de jazz para la sintonía de fondo...

—Paul, los recibos del teléfono son cosa seria —dijo Harry—. No deberías utilizar su teléfono cuando estás achispado. Conoces a demasiada gente en Maine, Boston y New Hampshire. Nancy es un caso de neurosis de angustia. No puede poner en marcha el coche sin que le dé un ataque. Se pone el cinturón, empieza a temblar y a darle a la bocina. Está como una cabra. Y es igual en todos los terrenos. Entra en unos grandes almacenes

y se ofende porque hay un dependiente mascando chicle.
—Ella dice que te mantuvo durante tres meses.
—Mantuvo mi pijo. Básicamente con tarjetas de crédito.
—¿Eres tan bueno como dicen? Harry se echó a reír.
—Les doy alma. Eso no puede medirse en centímetros.
—Quiero volver con ella. Dime qué debo hacer.
—O chupas coño como un hombre o te buscas un trabajo.
—Perotú no trabajas.
—No te compares conmigo. Ese es el error que comete la mayoría.
—Pero ¿dónde puedo conseguir algo de pasta? Estoy sin blanca. ¿Qué puedo hacer?
—Chupar aire.
—¿Es que no sabes lo que es tener un poco de compasión?
—Los únicos que lo saben son los que la necesitan.
—Ya la necesitarás tú algún día.
—La necesito ahora..., sólo que la necesito en una forma distinta de la tuya.
—Lo que yo necesito es pasta, Harry, ¿cómo puedo conseguirla?

—Atraca un banco. Si lo consigues hacer limpiamente, estás salvado. Si te enganchan, habrás conseguido una celda en la cárcel, no tendrás que pagar recibos de electricidad, ni de teléfono, ni de gas, no tendrás que aguantar a mujeres gruñonas. Además, podrás aprender un oficio y ganarás cuatro centavos a la hora.
—Realmente sabes machacar a un hombre.
—Vale. Sácate el caramelo del culo y te diré algo.
—Ya está sacado.
—Te diré el motivo por el que Nancy te ha dejado por otro. Otro tipo, negro, blanco, rojo o amarillo.
Anota esta regla y estarás siempre a cubierto: una mujer raras veces abandona a una víctima sin tener otra a

mano.
—Amigo —dijo Paul—, lo que necesito es ayuda, no teorías.
—Si no entiendes la teoría, siempre necesitarás ayuda...
Harry descolgó el teléfono y marcó el número de Nancy.
—¿Sí? —contestó ella;
—Soy Harry.
—Me he enterado por un pajarito de que estuviste muy liada en México. ¿Es cierto?
—Ah, te refieres a...
—Un torero español arruinado, ¿no?
—Con unos ojosbellísimos. No como los tuyos. Que no hay quien los vea.
—No quiero que nadie me los vea.
—¿Por qué?
—Porque si viesen lo que pienso, no podría engañarles.
—Así que me has telefoneado para decirme que sigues usando gafas de sol.
—Eso ya lo sabes. Te he llamado para decirte que Paul quiere volver. ¿Te sirve de algo que te lo

diga?
—No.
—Ya me lo parecía.
—¿De veras te telefoneó?
—Sí.
—Bueno, he conseguido otro hombre. ¡Es maravilloso!
—Yo ya le dije a Paul que probablemente estabas interesada en algún otro.
—¿Cómo lo sabías?
—Lo sabía.
—¿Harry?
—¿Sí, muñeca?
—Vete a hacer puñetas...
Nancy colgó.

Vaya, pensó él, intento hacer de mediador y los dos se cabrean. Entró en el cuarto de baño y se miró la cara en el espejo. Qué rostro tan bondadoso tenía, Dios santo. ¿Es que no se daban cuenta? Comprensión. Nobleza. Localizó una espinilla cerca de la nariz. La apretó. Salió, negra y encantadora, arrastrando un rabillo de pus amarillo. Lo decisivo, pensó, es comprender a las mujeres y entender el amor. Amasó entre los dedos la espinilla. O quizá lo decisivo fuese tener huevos para cargarse limpiamente a un tipo. Se sentó a cagar mientras meditaba largamente en el tema.

Charles Bukowski del libro música de cañerías.

viernes, 1 de julio de 2011

La muerte del padre II


Mi madre había muerto el año anterior. Una semana después de la muerte de mi padre, estaba yo en su casa, solo. Estaba en Arcadia, y hacía años que lo más cerca que había llegado a estar del lugar, era cuando pasaba por la autopista camino de Santa Anita.

Los vecinos no me conocían. El funeral había terminado y me acerqué al fregadero, me serví un vaso de agua, lo bebí y luego salí al porche. Como no se me ocurría otra cosa que hacer, cogí la manguera, abrí el agua y empecé a regar las plantas. Mientras estaba allí regando, empezaron a correrse cortinas. Luego empezaron a salir de las casas. Una mujer cruzó la calle y se acercó.

miércoles, 29 de junio de 2011

La muerte del padre I de Charles Bukowski (relato completo)


En realidad, el funeral de mi padre fue como un pollo recalentado. Me senté en un bar de enfrente de la funeraria de Alhambra y pedí un café. Sería un viaje de nada hasta el hipódromo, cuando el asunto terminara. Entonces entró un hombre de cara terriblemente despellejada, con gafas muy redondas de lentes gruesos.
—Henry —me dijo. Luego, se sentó y pidió un café.
—Hola, Bert.
—Tu padre y yo nos hicimos muy buenos amigos. Hablábamos mucho de ti.
—A mí no me caía bien mi viejo —dije.
—Tu padre te quería, Henry. Tenía la esperanza de que te casaras con Rita. —Rita era la hija de Bert

domingo, 26 de junio de 2011

La araña de Charles Bukowski (relato completo)


Cuando llamó, él llevaba ya seis o siete cervezas en el cuerpo, o sea que fui a la nevera y cogí una para mí. Luego salí al porche y me senté. Parecía muy deprimido.
—¿Qué pasa, Max?
—Acabo de dejarme perder una. Se largó hace un par de horas.
—No sé a qué te refieres, Max.
Alzó la vista de la cerveza.
—Escucha, sé que no me vas a creer, pero hace cuatro años que no echo un polvo.
Le di a mi cerveza.

jueves, 23 de junio de 2011

Como conseguir que te publiquen (relato completo)


Dado que he sido un escritor underground toda mi vida, he conocido a bastantes editores extraños. Pero los más extraños de todos fueron H. R. Mulloch y su mujer Honeysuckle. Mulloch, ex-presidiario y ex-ladrón de diamantes, editaba la revistaDemise. Empecé a enviarle poesía e iniciamos una correspondencia. El decía que, debido a mi poesía, ya no podía leer la de ningún otro. Le contesté diciendo que a mí también me pasaba lo mismo. H. R. empezó a hablar de las posibilidades de editarme un libro de poemas y yo dije, vale, magnífico, adelante. El me contestó, no puedo pagar derechos, somos pobres como una rata. Yo contesté, vale, estupendo, olvidemos los royalties, yo soy tan pobre como la última teta arrugada de tu rata. El contestó, un momento, conozco a la mayoría de los escritores y son unos completos gilipollas y unos seres humanos deleznables. Le contesté, tienes razón, soy un completo gilipollas y un ser humano deleznable. De acuerdo, contestó, Honeysuckle y yo iremos a Los Angeles a echarte una ojeada.

sábado, 21 de mayo de 2011

"ESA PENA DE ESCORIA" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


El poeta Víctor Valoff no era un gran poeta. Tenía reputación local, les gustaba a las señoras y su mujer le mantenía. Siempre estaba dando lecturas en las librerías locales y a menudo se le oía en la radio estatal. Leía con voz sonora y espectacular, pero el tono nunca variaba. Víctor siempre estaba en trance. Supongo que era eso lo que atraía a las damas. Algunos de sus versos, por separado, parecían tener alma, pero si los considerabas todos como un conjunto, te dabas cuenta de que Víctor nunca decía nada, aunque lo dijera a gritos.

Pero Vicki, como la mayoría de las señoras, se dejaba deslumbrar fácilmente por los cretinos e insistió en ir a una lectura de Valoff. Era un viernes por la noche y hacía bastante calor en la librería feminista-lesbiana-revolucionaria. No cobraban entrada. Valoff leía gratis. Y además habría una exposición de ilustraciones suyas después de la lectura. Sus ilustraciones eran muy modernas. Un toque o dos, normalmente en rojo, y un pequeño epigrama en un color que hiciese contraste. Las muestras de su sabiduría eran de este calibre: Me afecta mucho el cielo verde, lloro azul, azur, azul, azur, azul...
Valoff era inteligente. Sabía que azul podía nombrarse de dos modos.

miércoles, 18 de mayo de 2011

"UNA MADRE" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


La madre de Eddie tenía los dientes saltones; yo también. Y recuerdo una vez que subíamos juntos la cuesta hacia la tienda y ella dijo: «Henry, los dos necesitamos una ortodoncia. ¡Tenemos una dentadura horrible!» Yo subía la cuesta con ella, orgullosísimo. Ella llevaba un vestido amarillo muy ceñido, de flores, y tacones altos y se movía la mar de ondulante, y los tacones hacían die, die, die en la acera y yo pensaba: voy con la madre de Eddie y ella va conmigo y subimos juntos la cuesta. No hubo más que eso; yo entré en la tienda a comprar una barra de pan para mis padres y ella compró sus cosas. No hubo más, eso fue todo.

Me gustaba ir a casa de Eddie. Su madre estaba siempre allí sentada en una butaca con un vaso en la mano, las piernas cruzadas, muy levantadas, podía verle dónde terminaban las medias y empezaba la piel desnuda. Me gustaba la madre de Eddie, era una auténtica señora. Cuando yo entraba, me decía: «¡Hola, Henry!», y sonreía y no se bajaba la falda. El padre de Eddie también me decía hola. Era un tipo grande y estaba allí sentado, también con un vaso en la mano. No era fácil encontrar trabajo en 1933; y, además, el padre de Eddie no podía trabajar. Había sido aviador en la Primera Guerra Mundial y le habían derribado. Tenía alambres en los brazos en vez de huesos, así que se pasaba la vida allí sentado, bebiendo con la madre de Eddie. Siempre estaba oscuro allí, en la sala donde se pasaban el día bebiendo. Pero la madre de Eddie se reía en todo momento.

domingo, 15 de mayo de 2011

"GOLPES EN EL VACIO" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Meg y Tony llevaron a la mujer de Tony al aeropuerto. En cuanto Dolly estuvo a bordo, fueron al bar
del aeropuerto a tomar algo. Meg pidió un whisky con soda. Tony con agua.
—Tu mujer confía en ti —dijo Meg.
—Sí —dijo Tony.
—Me pregunto si yo puedo confiar en ti.
—¿No te gustaría echar un polvo?
—Esa no es la cuestión.
—¿Cuál es la cuestión?
—La cuestión es que Dolly y yo somos amigas.
—Nosotros podemos ser amigos.
—De esa manera no.
—Tienes que ser moderna. Estamos en la edad moderna. La gente se divierte. Se desinhibe. Joden de
mil modos. Se tiran perros, niños, pollos, peces...
—A mí me gusta escoger. Tengo que sentirme interesada.
—No seas pueblerina. Sentir interés está pasado de moda. Si sigues por ese rollo mucho tiempo,
cuando te des cuenta, acabarás creyendo en el amor.

jueves, 12 de mayo de 2011

"¿HA LEÍDO A PIRANDELLO?" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Mi novia me había sugerido que me fuese de su casa, una casa muy grande, bonita y cómoda, con un patio trasero de una manzana de largo, cañerías que goteaban y ranas y grillos y gatos. En fin, salí de allí, tenía que irme, como sale uno de tales situaciones: con honor, valor y esperanza. Puse un anuncio en un periódico underground: «Escritor necesita habitación donde se dé al ruido de una máquina de escribir mejor acogida que a las risas de fondo de "I Love Lucky". Llego a cien dólares mensuales. Intimidad imprescindible.»

Tenía un mes para trasladarme, mientras mi chica estaba en Colorado en su reunión anual con la familia. Me tumbé en la cama a esperar que sonara el teléfono. Por fin sonó. Era un tipo que quería que me encargase de cuidar a sus tres hijos siempre que el «ansia creadora» se apoderara de él o de su esposa. Habitación y manutención gratuitas, yo podría escribir siempre que el ansia creadora no se apoderase de ellos. Le dije que me lo pensaría. Al cabo de dos horas el teléfono volvió a sonar: «¿Sí?», preguntó el tipo. «No», dije. «Sí —dijo él—. ¿Conoce a una mujer embarazada en apuros?» Le dije que intentaría buscarle una y colgué.

martes, 3 de mayo de 2011

"PORQUERÍA DE MUNDO" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Iba conduciendo por Sunset, ya de noche, cuando me detuve en un semáforo y vi en una parada de autobús a aquella pelirroja teñida, de cara ajada y brutal, empolvada, pintada, que decía: «Esto es lo que nos hace la vida.» Me la imaginé borracha, gritando a un hombre de un extremo a otro de la habitación y me alegré de no ser aquel hombre. Vio que la miraba y me hizo una seña: «Eh, ¿me llevas?» «Bueno», dije; cruzó corriendo dos carriles de tráfico para subir al coche. Seguimos y me enseñó un poco de pierna. No estaba mal. Seguí conduciendo sin decir nada. «Quiero ir a la calle Alvarado», dijo. Me lo había supuesto. Es por donde andan, por la Octava y Alvarado arriba, los bares del otro lado del parque y por las esquinas, hasta donde empieza el cerro. Había andado por aquellos bares bastantes años y conocía el ambiente. La mayoría de las chicas sólo querían un trago y un lugar para pasar el rato. En aquellos bares no tenían demasiada mala pinta. Nos acercábamos ya a Alvarado. «¿Puedes darme cincuenta centavos?», preguntó. Busqué y saqué dos monedas de veinticinco. «Debías dejarme darte un tiento por esto.» Se echó a reír. «Adelante.» Le subí el vestido y le di un pellizco suave justo donde terminaba la media. Estuve a punto de decirle: «¡Qué coño! Compremos unas cervezas y vayamos a mi casa.» Me vi a mí mismo ensartando aquel cuerpo delgado y casi pude oír los muelles. Luego me la imaginé sentada en una silla, soltando tacos y hablando y riendo. Pasé. Se bajó en Alvarado y la vi cruzar la calle caminando, intentando menear el culo, como si lo tuviera. Seguí conduciendo. Debía al Estado 600 dólares del impuesto sobre la renta. Tendría que prescindir de un polvo de vez en cuando. Aparqué junto a la entrada de Chinaman's, entré y pedí un cuenco de won ton de pollo. Al tipo que estaba sentado a mi derecha le faltaba la oreja izquierda. Tenía sólo un agujero en la cabeza, un agujero asqueroso, con mucho pelo alrededor. Ni rastro de la oreja. Miré el agujero y volví al won ton de pollo. Ya no me supo tan bien. Luego, entró otro tipo y se sentó a mi izquierda. Era un vagabundo. Pidió un café. Me miró.

sábado, 30 de abril de 2011

"UNA DAMA SALVAJE" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Monk entró. Aquello parecía más polvoriento y oscuro que los bares de siempre. Se dirigió al extremo más alejado de la barra y se sentó junto a una rubiales que estaba fumando un cigarrillo y bebiéndose una Hamm's. Cuando Monk se sentó, ella se tiró un pedo.
—Buenas noches —dijo él—. Me llamo Monk.
—Yo, Mud —dijo ella, lo que revelaba su edad de inmediato.

Cuando Monk se sentó, surgió un esqueleto de detrás de la barra, donde había estado sentado en un taburete. El esqueleto se acercó a Monk. Monk pidió un whisky con hielo y el esqueleto estiró los brazos y empezó a prepararlo. Derramó un poquito de whisky en la barra, pero logró servir lo que había pedido Monk y coger el dinero de éste, meterlo en la caja y devolver el cambio justo.