
Me arruiné, de nuevo, pero esta vez en el Barrio Francés de Nueva Orleans, y Joe Blanchard, director del periódico underground OVERTHROW me llevó a aquel sitio de la esquina, uno de esos edificios blancos y sucios de ventanas verdes y escaleras que suben casi en vertical. Era domingo y yo esperaba un envío de derechos, no, un adelanto por un libro pornográfico que había escrito para los alemanes, pero los alemanes no hacían más que escribirme contándome aquel cuento del propietario, el padre, que era un borracho, y ellos estaban endeudados porque el viejo les había retirado los fondos del banco, no, les había dejado sin pasta porque se la había gastado en beber y joder y correrse juergas y, en consecuencia, estaban arruinados, pero andaban dando los pasos necesarios para echar a patadas al viejo y tan pronto como...
Blanchard tocó el timbre.
Salió a la puerta la vieja gorda, que pesaría entre cien y ciento veinte kilos. Su vestido era como una inmensa sábana y tenía los ojos muy pequeños. Creo que era lo único pequeño que tenía. Era Marie Glaviano, propietaria de un café del Barrio Francés, un café muy pequeño. Esta otra cosa suya tampoco era grande: el café. Pero era un café majo, con manteles rojiblancos, platos caros y muy pocos clientes. Junto a la entrada había una de esas antiguas muñecas negras de pie. Esas viejas muñecas significan los buenos tiempos, los viejos tiempos. Pero los buenos y viejos tiempos ya se habían ido. Los turistas eran ya mirones. Sólo querían pasear por allí y mirar las cosas. No entraban en los cafés. Ni siquiera se emborrachaban. Nada era rentable ya. Los buenos tiempos se habían terminado. Nadie daba nada y nadie tenía dinero, y si lo tenían se lo guardaban. Era una nueva era y no precisamente muy interesante. Todos andaban buscando el modo de destrozar al otro, todos revolucionarios y cerdos. Era una buena diversión y además gratis, con lo que todos podían conservar su dinero en el bolsillo, si es que lo tenían.
