lunes, 28 de febrero de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 33

El aparato de rayos ultravioletas emitió un click y se apagó. Me lo habían
aplicado ya en ambos lados. Me quité las gafas y comencé a vestirme. La

señorita Ackermann entró en la habitación.
—Todavía no —dijo—, quédate sin ropa.
¿Qué es lo que va a hacerme?, pensé.
—Siéntate al borde de la mesa.
Me senté y empezó a darme un ungüento en la cara. Era una substancia
espesa y cremosa.
—Los doctores han decidido seguir otro tratamiento. Vamos a vendar tu
cara para efectuar el drenaje.
—Señorita Ackermann, ¿qué fue de aquel hombre de la enorme nariz?

¿Aquella que continuaba creciendo?
—¿El señor Sleeth?
—El hombre las napias.
—Ese era el señor Sleeth.
—No le he vuelto a ver. ¿Llegó a curarse?
—Está muerto.
—¿Quiere decir que murió a causa de esa narizota?
—Se suicidó. —La señorita Ackermann continuó aplicándome el

ungüento.
Y entonces oí cómo un hombre vociferaba en la habitación de al lado:
—Joe, ¿dónde estás? Joe, ¡dijiste que volverías! Joe, ¿dónde estás?
La voz era tan sonora, tan triste y agónica.
—Ha hecho lo mismo todas las tardes durante esta semana —dijo la
señorita Ackermann—, y Joe no ha venido a buscarle.
—¿No le pueden ayudar?
—No lo sé. Todos se tranquilizan al final. Ahora dame tu dedo y sostén

este taco mientras te vendo. Así, ya está. Eso es. Ahora sigamos. Muy bien.
—¡Joe! ¡Joe! ¡Dijiste que volverías!, ¿Dónde estás, Joe?
—Venga, sigue sujetando el taco con tu dedo. Sostenlo. ¡Te voy a vendar

muy bien! Aguanta. Voy a asegurar los vendajes.
Y en un momento terminó.
—Muy bien, ponte la ropa. Te veré pasado mañana. Hasta luego, Henry.
—Adiós, señorita Ackermann.

Me vestí, salí de la habitación y crucé el pasillo. Había un espejo sobre una máquina de cigarrillos en el vestíbulo de la entrada. Me miré en el espejo. Era fantástico. Tenía la cabeza completamente vendada.

Absolutamente blanca. No se distinguía nada salvo mis ojos, la boca y las orejas, y algún mechón de pelo en lo alto de mi cabeza. Me sentíaoculto. Era maravilloso. Me planté en medio del vestíbulo y encendí un cigarrillo. Había algunos pacientes internos sentados por ahí leyendo periódicos y revistas. Me sentí excepcional y maligno. Nadie podía saber qué es lo que me había pasado. Un accidente de coche. Una pelea a muerte. Un asesinato. Fuego. Nadie tenía ni idea.
Salí del vestíbulo y me planté en la acera. Aún podía oírle: ¡Joe! ¡Joe!
¿Dónde estás, Joe?
Joe no iba a venir. No valía la pena confiar en ningún otro ser humano.
Los hombres no se merecían esa confianza, fueran quienes fueran.

Al volver a casa en el tranvía me senté al fondo, fumando cigarrillos que sobresalían de mi cabeza vendada. La gente me miraba pero me importaba un pito. Había más temor que espanto en sus ojos. Deseé que siempre fuera así.Continué hasta el final de la línea y me bajé. La tarde daba paso
al crepúsculo y yo me erguía en la esquina del Boulevard Washington y la Avenida Westview observando a la gente. Los pocos que tenían trabajo volvían a sus casas desde sus empleos. Mi padre pronto estaría de vuelta a casa desde su trabajo inexistente. Yo no tenía trabajo, tampoco iba a la escuela. No hacía nada. Estaba vendado y plantado en una esquina fumando un cigarrillo. Yo era un tipo duro, un tipo peligroso. Sabía muchas cosas. Sleeth se había suicidado... Yo no iba a suicidarme. Mejor matar a alguno. Me llevaría a cuatro o cinco conmigo. Les enseñaría lo que significaba jugar conmigo.

Una mujer cruzó la calle en mi dirección. Tenía unas magníficas piernas. Miré directamente a sus ojos y luego pasé revista a sus piernas; y cuando pasaba me quedé mirando su culo. Fotografié su culo. Memoricé las características de su culo y las costuras de sus medias de seda.
Nunca hubiera podido hacer eso sin mis vendas.

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1 comentario:

Alisson Vallejo dijo...

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