Dios santo los perros ladran cuchillos
y en los ascensores
muñecos de hojalata
deciden mi vida y mi muerte;
estos halcones son bizcos
y no queda nada que salvar;
déjanos saber lo imposible
déjanos saber que los hombres fuertes mueren por hatajos,
déjanos saber que el amor se compra y se mantiene
como un perrito, un perro que ladra cuchillos
o un perro que ladra amor;
déjanos saber que vivir una vida
entre miles de millones de idiotas con sentimientos
moleculares
es en sí un arte;
déjanos conocer mañanas y noches y
perfidia;
déjanos marchar con la golondrina
déjanos linchar la última esperanza
déjanos encontrar el cementerio de elefantes
y el cementerio de los dementes;
deja a quienes cantan canciones propias
déjales cantar a los idiotas y los mentirosos
y los que planean estrategias
en un juego demasiado aburrido para los niños;
sólo hay una manera de vivir
y es solo,
y solo una manera de morir, y es la misma;
he oído desfilar a sus ejércitos
todos estos años:
qué pesadez:
lo que quieren y lo que han ganado;
qué pesadez que sean mis amos
y probablemente me sigan a la muerte
añadiendo más muerte a la muerte;
todo el camino es vació
me toco un anillito en el dedo
y respiro el aire
vapuleado.
Charles Bukowski.
lunes, 30 de septiembre de 2013
sábado, 28 de septiembre de 2013
"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 54
Por la mañana todo estaba muy silencioso y pensé, qué bien, se lo han debido llevar al hospital o a la morgue. Ahora puede que sea capaz de cagar de una puta vez. Me vestí y bajé por las escaleras hasta el baño y cagué largo y tendido. Luego volví a subir a mi habitación, me metí en la cama y dormí un rato más.
Me despertó alguien llamando a la puerta. Me incorporé y dije : —¡Adelante! —antes de poder pensarlo. Era una mujer vestida enteramente de verde. La blusa era escotada, llevaba la falda muy ajustada. Parecía una estrella de cine. Simplemente se quedó allí quieta mirándome durante algún rato. Yo estaba sentado en la cama, en calzoncillos, sosteniendo la sábana delante mío. Chinaski, el gran amante. Si yo fuera un hombre de verdad, pensé, la violaría, le prendería fuego a sus bragas, la obligaría a seguirme por toda la superficie del planeta, haría que se le saltasen las lágrimas con mis cartas de amor escritas en fino papel de seda de color rojo. Sus rasgos eran indefinidos; no se podía decir lo mismo de su cuerpo. Tenía la cara redonda, sus ojos parecían estar examinando los míos, pero su pelo estaba algo suelto y despeinado.
Tendría unos treinta y tantos años. Algo había, sin embargo, que la tenía excitada.
—El marido de la señora Adams murió la pasada noche —dijo.
—Ah —dije yo, preguntándome si se alegraría tanto como yo de que hubiese cesado el
ruido.
-—Y estamos haciendo una colecta para comprar flores para el funeral del señor
Adams.
—No creo que las flores tengan el menor significado para los muertos, no las necesitan
para nada —dije un poco desconcertado.
Ella titubeó.
—Pensamos que sería algo bonito y me gustaría saber si usted quiere contribuir.
—Me gustaría, pero acabo de llegar a Miami y estoy en la ruina.
—¿En la ruina?
—Buscando un trabajo. Estoy tras ello, como dicen. Me gasté mis últimos quince centavos en un tarro de mantequilla de cacahuete y una barra de pan. El pan estaba verde, más verde que su vestido. Lo tiré al suelo y ni siquiera las ratas se han atrevido a tocarlo.
—¿Las ratas?
—No sé si las habrá en su cuarto.
—Pero cuando hablé con la señora Adams anoche le pregunté acerca del nuevo huésped, aquí somos todos como una familia, y ella me dijo que usted era escritor, que escribía para revistas como Esquire y Atlantic Mon-thly.
—Mierda, yo soy incapaz de escribir. Fue sólo por dar conversación. Le hace sentirse
mejor a la casera. Lo que necesito es un trabajo, cualquier tipo de trabajo.
—¿No puede contribuir con veinticinco centavos? Veinticinco centavos no le han de
representar nada.
—Mira, mona, yo necesito los veinticinco centavos más de lo que los puede necesitar
el fiambre del señor Adams.
—Respete a los muertos, joven.
—¿Y por qué no respetar a los vivos? Yo estoy solo y desesperado y tú tienes una pinta
magnífica con tu traje verde.
Ella se dio la vuelta, salió, bajó al vestíbulo, abrió la puerta de su habitación y nunca la
volví a ver.
Me despertó alguien llamando a la puerta. Me incorporé y dije : —¡Adelante! —antes de poder pensarlo. Era una mujer vestida enteramente de verde. La blusa era escotada, llevaba la falda muy ajustada. Parecía una estrella de cine. Simplemente se quedó allí quieta mirándome durante algún rato. Yo estaba sentado en la cama, en calzoncillos, sosteniendo la sábana delante mío. Chinaski, el gran amante. Si yo fuera un hombre de verdad, pensé, la violaría, le prendería fuego a sus bragas, la obligaría a seguirme por toda la superficie del planeta, haría que se le saltasen las lágrimas con mis cartas de amor escritas en fino papel de seda de color rojo. Sus rasgos eran indefinidos; no se podía decir lo mismo de su cuerpo. Tenía la cara redonda, sus ojos parecían estar examinando los míos, pero su pelo estaba algo suelto y despeinado.
Tendría unos treinta y tantos años. Algo había, sin embargo, que la tenía excitada.
—El marido de la señora Adams murió la pasada noche —dijo.
—Ah —dije yo, preguntándome si se alegraría tanto como yo de que hubiese cesado el
ruido.
-—Y estamos haciendo una colecta para comprar flores para el funeral del señor
Adams.
—No creo que las flores tengan el menor significado para los muertos, no las necesitan
para nada —dije un poco desconcertado.
Ella titubeó.
—Pensamos que sería algo bonito y me gustaría saber si usted quiere contribuir.
—Me gustaría, pero acabo de llegar a Miami y estoy en la ruina.
—¿En la ruina?
—Buscando un trabajo. Estoy tras ello, como dicen. Me gasté mis últimos quince centavos en un tarro de mantequilla de cacahuete y una barra de pan. El pan estaba verde, más verde que su vestido. Lo tiré al suelo y ni siquiera las ratas se han atrevido a tocarlo.
—¿Las ratas?
—No sé si las habrá en su cuarto.
—Pero cuando hablé con la señora Adams anoche le pregunté acerca del nuevo huésped, aquí somos todos como una familia, y ella me dijo que usted era escritor, que escribía para revistas como Esquire y Atlantic Mon-thly.
—Mierda, yo soy incapaz de escribir. Fue sólo por dar conversación. Le hace sentirse
mejor a la casera. Lo que necesito es un trabajo, cualquier tipo de trabajo.
—¿No puede contribuir con veinticinco centavos? Veinticinco centavos no le han de
representar nada.
—Mira, mona, yo necesito los veinticinco centavos más de lo que los puede necesitar
el fiambre del señor Adams.
—Respete a los muertos, joven.
—¿Y por qué no respetar a los vivos? Yo estoy solo y desesperado y tú tienes una pinta
magnífica con tu traje verde.
Ella se dio la vuelta, salió, bajó al vestíbulo, abrió la puerta de su habitación y nunca la
volví a ver.
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CHARLES BUKOWSKI FACTOTUM NOVELA COMPLETA
jueves, 26 de septiembre de 2013
FOTOGRAFÍA CHARLES BUKOWSKI (138)
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ARCHIVO FOTOGRÁFICO BUKOWSKI
martes, 24 de septiembre de 2013
"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 53
Miami era lo más lejos a donde podía ir sin abandonar el país. Llevé a Henry Miller conmigo y traté de leerlo a lo largo del viaje. Era bueno cuando era bueno, y viceversa. Acabé con una botella de whisky, luego otra, y otra. El viaje duró cuatro días y cinco noches. Aparte de un magreo de pierna y muslo a una jovencita de pelo castaño cuyos padres le habían dejado de pagar el colegio, no ocurrió nada interesante. Ella se bajó en mitad de la noche en un lugar del país particularmente árido y frío, y desapareció para siempre. Yo siempre he padecido de insomnio y en un autobús sólo me puedo dormir cuando estoy totalmente borracho. Ni siquiera lo intenté. Cuando llegamos no había dormido ni cagado en cinco días y apenas podía caminar. Era pasado el mediodía. De todos modos, me gustaba estar de nuevo andando por las calles.
SE ALQUILAN HABITACIONES. Subí y llamé al timbre. En estos casos, uno
siempre coloca la maleta fuera de la vista de la persona que va a abrir la puerta.
—Busco una habitación. ¿Cuánto cuesta?
—Seis dólares y medio a la semana.
—¿Puedo verla?
—Claro.
Entré y subí las escaleras detrás de ella. Tendría unos cuarenta y cinco años, pero su culo se movía graciosamente. He seguido a tantas mujeres de este modo por las escaleras, siempre pensando que si una agradable dama como ésta se ofreciera a cuidar de mí y alimentarme con guisos calientes y sabrosos y limpiarme los calcetines y los calzoncillos,
aceptaría al instante.
Abrió la puerta y miré dentro.
—Muy bien —dije—, está muy bien.
—¿Tiene usted algún trabajo?
—Trabajo propio.
—¿Puedo preguntarle qué hace?
—Soy escritor.
—¿Oh, ha escrito usted libros?
—Oh, todavía no estoy preparado para una novela. Sólo escribo artículos,
colaboraciones para revistas. No muy buenas, pero me voy ganando la vida.
—Está bien. Le daré la llave y le haré la ficha.
La seguí escaleras abajo. El culo no se movía tan garbosamente bajando las escaleras
como subiéndolas. Le miré la nuca y me imaginé besándola detrás de las orejas.
—Yo soy la señora Adams —dijo—. ¿Cómo se llama usted?
—Henry Chinaski.
Mientras me hacía la ficha, oí un sonido como si alguien estuviera aserrando madera proveniente de detrás de la puerta que estaba a nuestra izquierda —las serradas eran interrumpidas por fuertes bocanadas para coger aire. Cada respiración parecía ser la última, pero finalmente acababa por dar paso dolorosamente a otra nueva.
—Mi marido está enfermo —dijo la señora Adams mientras me entregaba el recibo y la llave sonriendo. Sus ojos eran de un adorable color avellana y brillaban. Me di la vuelta y subí las escaleras.
Cuando entré en mi habitación me acordé de que había dejado abajo la maleta. Bajé a recogerla. Cuando pasé junto a la puerta del señor Adams, los sonidos respiratorios eran mucho más fuertes. Subí la maleta, la tiré encima de la cama y volví a bajar las escaleras hasta la calle. Encontré un amplio bulevar yendo hacia el norte, entré en una tienda de comestibles y compré un tarro de mantequilla de cacahuete y una barra de pan. Tenía una navajita y con ella podría arreglármelas para extender la mantequilla sobre el pan y de este modo comer algo.
Cuando volví a la pensión me quedé un minuto en el vestíbulo y escuché al señor Adams y pensé, eso es la muerte. Luego subí a mi habitación y abrí la tarrina de mantequilla de cacahuete, y mientras escuchaba los sonidos moribundos del piso de abajo metí los dedos en ella. La comí directamente con los dedos. Estaba de puta madre. Luego abrí el pan. Estaba verde y correoso y tenía un agrio olor a moho. ¿Cómo podían vender pan así? ¿Qué clase de sitio era Florida? Tiré el pan al suelo, me desvestí, apagué la luz, me eché las mantas encima y me quedé allí tumbado en la oscuridad, escuchando.
SE ALQUILAN HABITACIONES. Subí y llamé al timbre. En estos casos, uno
siempre coloca la maleta fuera de la vista de la persona que va a abrir la puerta.
—Busco una habitación. ¿Cuánto cuesta?
—Seis dólares y medio a la semana.
—¿Puedo verla?
—Claro.
Entré y subí las escaleras detrás de ella. Tendría unos cuarenta y cinco años, pero su culo se movía graciosamente. He seguido a tantas mujeres de este modo por las escaleras, siempre pensando que si una agradable dama como ésta se ofreciera a cuidar de mí y alimentarme con guisos calientes y sabrosos y limpiarme los calcetines y los calzoncillos,
aceptaría al instante.
Abrió la puerta y miré dentro.
—Muy bien —dije—, está muy bien.
—¿Tiene usted algún trabajo?
—Trabajo propio.
—¿Puedo preguntarle qué hace?
—Soy escritor.
—¿Oh, ha escrito usted libros?
—Oh, todavía no estoy preparado para una novela. Sólo escribo artículos,
colaboraciones para revistas. No muy buenas, pero me voy ganando la vida.
—Está bien. Le daré la llave y le haré la ficha.
La seguí escaleras abajo. El culo no se movía tan garbosamente bajando las escaleras
como subiéndolas. Le miré la nuca y me imaginé besándola detrás de las orejas.
—Yo soy la señora Adams —dijo—. ¿Cómo se llama usted?
—Henry Chinaski.
Mientras me hacía la ficha, oí un sonido como si alguien estuviera aserrando madera proveniente de detrás de la puerta que estaba a nuestra izquierda —las serradas eran interrumpidas por fuertes bocanadas para coger aire. Cada respiración parecía ser la última, pero finalmente acababa por dar paso dolorosamente a otra nueva.
—Mi marido está enfermo —dijo la señora Adams mientras me entregaba el recibo y la llave sonriendo. Sus ojos eran de un adorable color avellana y brillaban. Me di la vuelta y subí las escaleras.
Cuando entré en mi habitación me acordé de que había dejado abajo la maleta. Bajé a recogerla. Cuando pasé junto a la puerta del señor Adams, los sonidos respiratorios eran mucho más fuertes. Subí la maleta, la tiré encima de la cama y volví a bajar las escaleras hasta la calle. Encontré un amplio bulevar yendo hacia el norte, entré en una tienda de comestibles y compré un tarro de mantequilla de cacahuete y una barra de pan. Tenía una navajita y con ella podría arreglármelas para extender la mantequilla sobre el pan y de este modo comer algo.
Cuando volví a la pensión me quedé un minuto en el vestíbulo y escuché al señor Adams y pensé, eso es la muerte. Luego subí a mi habitación y abrí la tarrina de mantequilla de cacahuete, y mientras escuchaba los sonidos moribundos del piso de abajo metí los dedos en ella. La comí directamente con los dedos. Estaba de puta madre. Luego abrí el pan. Estaba verde y correoso y tenía un agrio olor a moho. ¿Cómo podían vender pan así? ¿Qué clase de sitio era Florida? Tiré el pan al suelo, me desvestí, apagué la luz, me eché las mantas encima y me quedé allí tumbado en la oscuridad, escuchando.
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CHARLES BUKOWSKI FACTOTUM NOVELA COMPLETA
domingo, 22 de septiembre de 2013
"DESAYUNO" DE CHARLES BUKOWSKI
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VÍDEOS BUKOWSKI
viernes, 20 de septiembre de 2013
"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 52
Me desperté bañado en sudor. La pierna de Jan estaba encima de mi tripa. La aparté.
Entonces me levanté y fui al baño. Tenía diarrea.
Pensé, bueno, sigo vivo y estoy aquí sentado y nadie me está jodiendo.
Entonces me levanté y me limpié, eché un vistazo a mi obra; vaya un plato, pensé, qué
adorable y poderosa peste. Entonces vomité y tiré de la cadena. Estaba muy pálido. Un escalofrío me convulsionó todo el cuerpo, como una sacudida; luego me vino una andanada de calor, me ardían el cuello y las orejas, se me puso la cara roja. Me sentí mareado y cerré los ojos, sujetándome al lavabo con ambas manos. Se me pasó.
Salí y me senté al borde de la cama, liando un cigarrillo. No me había limpiado muy bien. Cuando me levanté a buscar una cerveza había una húmeda mancha marrón en la colcha. Entré en el baño y me volví a limpiar. Luego me senté en la cama con mi cerveza y esperé a que Jan se despertase.
En el patio de la escuela había aprendido por primera vez que era un idiota. Era objeto de burlas y bromas y me tomaban el pelo como a los otros dos idiotas del colegio. Mi única ventaja frente a los otros dos, a quienes golpeaban y perseguían en jauría, consistía en que yo era bastante bestia. Cuando me acosaban no me acojonaba. Nunca me atacaron y al final se
iban a por alguno de los otros y le daban de hostias mientras yo observaba.
Jan se movió, entonces se despertó y me miró.
—Estás despierto.
—Sí.
—Ayer fue un infierno de noche.
—¿La noche? Mierda, es lo que ocurrió durante el día lo que me preocupa.
—¿Qué quieres decir?
—Ya sabes lo que quiero decir.
Jan se levantó y entró en el baño. Yo le serví un opor-to con hielo y lo dejé en la
mesilla de noche.
Ella volvió, se sentó y cogió la bebida.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó.
—Estoy aquí, después de haber matado a un tío y me preguntas cómo me encuentro.
—¿Qué tío?
—Acuérdate. No estabas tan borracha. Estábamos en Los Alamitos, arrojé al viejo por
el hueco del asiento. Tu aspirante a amante con los ojos azules con 60.000 dólares al año.
—Estás loco.
—Jan, estás alcoholizada, no te enteras de nada. Yo también lo estoy, pero tú estás
peor que yo.
—Ayer no estuvimos en Los Alamitos. Tú odias las carreras de cuarto de milla.
—Recuerdo incluso los nombres de los caballos a los que aposté.
—Ayer nos pasamos todo el día aquí metidos. Me estuviste hablando de tus padres.
Tus padres te odiaban. ¿No es cierto?
—Sí.
—Así que ahora estás un poco tarumba. Por la falta de amor. Todo el mundo necesita
amor. Forma parte de uno mismo.
—La gente no necesita amor, lo que necesita es triunfar en una cosa o en otra. Puede
ser en el amor, pero no es imprescindible.
—La Biblia dice: «Ama a tu prójimo».
—Eso puede querer decir que le dejes en paz. Voy a salir a comprar un periódico.
Jan bostezó y sacó sus tetas. Eran de un interesante color oro tostado —como un
bronceado algo sucio.
—Trae una botellita de whisky, ya que sales.
Me vestí y bajé por la colina hasta la Tercera calle. Había un drugstore al final de la colina y un bar al lado. El sol se alzaba débil, algunos coches iban hacia el este y otros hacia el oeste. Se me ocurrió que si todo el mundo condujese en la misma dirección, todos los problemas se arreglarían.
Compré un periódico. Me puse a pasar las páginas y a leerlo por encima. No se
mencionaba para nada la muerte de un apostador de caballos en Los Alamitos. Por supuesto, había ocurrido en el Condado de Orange. Tal vez en el Condado de Los Angeles sólo se
mencionaban los crímenes locales.
Compré media pinta de Grand Dad en la tienda de licores y subí la colina andando.
Doblé el periódico bajo el brazo y abrí la puerta del apartamento. Le lancé la botella a Jan.
—Hielo, agua y una buena dosis para cada uno. Estoy volviéndome loco.
Jan entró en la cocina a preparar las bebidas y yo me senté en un sillón. Abrí el periódico y miré los resultados de las carreras en Los Alamitos. Leí el resultado de la quinta carrera: Three-Eyed Pete estaba a 9 a 2 y había perdido por media cabeza ante el segundo
favorito.
Cuando Jan trajo mi bebida, me la eché de un trago al coleto.
—Te puedes quedar con el coche —dije—, y la mitad del dinero que tengo es tuyo.
—¿Hay otra mujer, no?
—No.
Puse todo el dinero junto y lo extendí sobre la mesa de la cocina. Había 312 dólares y
algo de cambio. Le di a Jan las llaves del coche y 150 dólares.
—¿Es Mitzi, no?
—No.
—Ya no me quieres.
—¿Vas a acabar con todas esas gilipolleces?
—¿Te has cansado de follar conmigo, no?
—Sólo llévame hasta la estación de la Greyhound. ¿Te importa?
Se metió en el baño y comenzó a arreglarse. Estaba dolida.
—Todo se ha acabado entre nosotros. Ya no es como al principio.
Me serví otro trago y no respondí. Jan salió del baño y me miró.
—Hank, quédate conmigo.
—No.
Volvió a entrar y no dijo palabra. Saqué mi maleta y comencé a meter mis escasas
posesiones en ella. Cogí el reloj. Jan no lo iba a necesitar.
Me dejó en la terminal de autobuses Greyhound. Apenas me dio tiempo a sacar la maleta y ya se había ido. Entré y compré un billete. Luego di una vuelta por la estación y me senté en los incómodos bancos junto a los demás pasajeros. Estábamos allí todos sentados, contemplándonos unos a otros y contemplando el vacío. Mascábamos chicle, bebíamos café, entrábamos en los retretes, orinábamos, nos dormíamos. Nos sentábamos en los duros bancos de espera y fumábamos cigarrillos que no queríamos fumar. Observábamos a los demás y no nos gustaba lo que veíamos. Mirábamos las cosas de los mostradores y de las máquinas expendedoras: patatas fritas, revistas, cacahuetes, bestsellers, goma de mascar, pastillas para el aliento, dulces de regaliz, silbatos de juguete.
Entonces me levanté y fui al baño. Tenía diarrea.
Pensé, bueno, sigo vivo y estoy aquí sentado y nadie me está jodiendo.
Entonces me levanté y me limpié, eché un vistazo a mi obra; vaya un plato, pensé, qué
adorable y poderosa peste. Entonces vomité y tiré de la cadena. Estaba muy pálido. Un escalofrío me convulsionó todo el cuerpo, como una sacudida; luego me vino una andanada de calor, me ardían el cuello y las orejas, se me puso la cara roja. Me sentí mareado y cerré los ojos, sujetándome al lavabo con ambas manos. Se me pasó.
Salí y me senté al borde de la cama, liando un cigarrillo. No me había limpiado muy bien. Cuando me levanté a buscar una cerveza había una húmeda mancha marrón en la colcha. Entré en el baño y me volví a limpiar. Luego me senté en la cama con mi cerveza y esperé a que Jan se despertase.
En el patio de la escuela había aprendido por primera vez que era un idiota. Era objeto de burlas y bromas y me tomaban el pelo como a los otros dos idiotas del colegio. Mi única ventaja frente a los otros dos, a quienes golpeaban y perseguían en jauría, consistía en que yo era bastante bestia. Cuando me acosaban no me acojonaba. Nunca me atacaron y al final se
iban a por alguno de los otros y le daban de hostias mientras yo observaba.
Jan se movió, entonces se despertó y me miró.
—Estás despierto.
—Sí.
—Ayer fue un infierno de noche.
—¿La noche? Mierda, es lo que ocurrió durante el día lo que me preocupa.
—¿Qué quieres decir?
—Ya sabes lo que quiero decir.
Jan se levantó y entró en el baño. Yo le serví un opor-to con hielo y lo dejé en la
mesilla de noche.
Ella volvió, se sentó y cogió la bebida.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó.
—Estoy aquí, después de haber matado a un tío y me preguntas cómo me encuentro.
—¿Qué tío?
—Acuérdate. No estabas tan borracha. Estábamos en Los Alamitos, arrojé al viejo por
el hueco del asiento. Tu aspirante a amante con los ojos azules con 60.000 dólares al año.
—Estás loco.
—Jan, estás alcoholizada, no te enteras de nada. Yo también lo estoy, pero tú estás
peor que yo.
—Ayer no estuvimos en Los Alamitos. Tú odias las carreras de cuarto de milla.
—Recuerdo incluso los nombres de los caballos a los que aposté.
—Ayer nos pasamos todo el día aquí metidos. Me estuviste hablando de tus padres.
Tus padres te odiaban. ¿No es cierto?
—Sí.
—Así que ahora estás un poco tarumba. Por la falta de amor. Todo el mundo necesita
amor. Forma parte de uno mismo.
—La gente no necesita amor, lo que necesita es triunfar en una cosa o en otra. Puede
ser en el amor, pero no es imprescindible.
—La Biblia dice: «Ama a tu prójimo».
—Eso puede querer decir que le dejes en paz. Voy a salir a comprar un periódico.
Jan bostezó y sacó sus tetas. Eran de un interesante color oro tostado —como un
bronceado algo sucio.
—Trae una botellita de whisky, ya que sales.
Me vestí y bajé por la colina hasta la Tercera calle. Había un drugstore al final de la colina y un bar al lado. El sol se alzaba débil, algunos coches iban hacia el este y otros hacia el oeste. Se me ocurrió que si todo el mundo condujese en la misma dirección, todos los problemas se arreglarían.
Compré un periódico. Me puse a pasar las páginas y a leerlo por encima. No se
mencionaba para nada la muerte de un apostador de caballos en Los Alamitos. Por supuesto, había ocurrido en el Condado de Orange. Tal vez en el Condado de Los Angeles sólo se
mencionaban los crímenes locales.
Compré media pinta de Grand Dad en la tienda de licores y subí la colina andando.
Doblé el periódico bajo el brazo y abrí la puerta del apartamento. Le lancé la botella a Jan.
—Hielo, agua y una buena dosis para cada uno. Estoy volviéndome loco.
Jan entró en la cocina a preparar las bebidas y yo me senté en un sillón. Abrí el periódico y miré los resultados de las carreras en Los Alamitos. Leí el resultado de la quinta carrera: Three-Eyed Pete estaba a 9 a 2 y había perdido por media cabeza ante el segundo
favorito.
Cuando Jan trajo mi bebida, me la eché de un trago al coleto.
—Te puedes quedar con el coche —dije—, y la mitad del dinero que tengo es tuyo.
—¿Hay otra mujer, no?
—No.
Puse todo el dinero junto y lo extendí sobre la mesa de la cocina. Había 312 dólares y
algo de cambio. Le di a Jan las llaves del coche y 150 dólares.
—¿Es Mitzi, no?
—No.
—Ya no me quieres.
—¿Vas a acabar con todas esas gilipolleces?
—¿Te has cansado de follar conmigo, no?
—Sólo llévame hasta la estación de la Greyhound. ¿Te importa?
Se metió en el baño y comenzó a arreglarse. Estaba dolida.
—Todo se ha acabado entre nosotros. Ya no es como al principio.
Me serví otro trago y no respondí. Jan salió del baño y me miró.
—Hank, quédate conmigo.
—No.
Volvió a entrar y no dijo palabra. Saqué mi maleta y comencé a meter mis escasas
posesiones en ella. Cogí el reloj. Jan no lo iba a necesitar.
Me dejó en la terminal de autobuses Greyhound. Apenas me dio tiempo a sacar la maleta y ya se había ido. Entré y compré un billete. Luego di una vuelta por la estación y me senté en los incómodos bancos junto a los demás pasajeros. Estábamos allí todos sentados, contemplándonos unos a otros y contemplando el vacío. Mascábamos chicle, bebíamos café, entrábamos en los retretes, orinábamos, nos dormíamos. Nos sentábamos en los duros bancos de espera y fumábamos cigarrillos que no queríamos fumar. Observábamos a los demás y no nos gustaba lo que veíamos. Mirábamos las cosas de los mostradores y de las máquinas expendedoras: patatas fritas, revistas, cacahuetes, bestsellers, goma de mascar, pastillas para el aliento, dulces de regaliz, silbatos de juguete.
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CHARLES BUKOWSKI FACTOTUM NOVELA COMPLETA
miércoles, 18 de septiembre de 2013
"DOS PUNTOS DE VISTA" DE CHARLES BUKOWSKI
Mi amigo dice, ¿cómo puedes escribir tantos poemas
desde esa ventana? yo escribo desde el útero,
me dice, el ente oscuro del dolor,
el punto preciso del dolor.
bueno, eso es de lo más impresionante
sólo que sé que a ambos nos rechazan a
menudo, fumamos un montón de cigarrillos,
bebemos más de la cuenta e intentamos robarnos las
mujeres uno al otro, lo que no es poesía en absoluto.
y él me lee sus poemas
siempre me lee sus poemas
y escucho y no digo gran cosa,
miro por la ventana,
y ahí está la misma calle
mi calle,
mi calle borracha, llovida, soleada,
llena de críos,
y por la noche observo su calle
a veces,
cuando cree que no miro,
el par de coches que avanzan en silencio,
el mismo viejo, aún vivo, en su
paseo nocturno,
las persianas de las casas echadas,
el amor a fracasado pero
se aferra y
luego ceja.
pero ahora es de día y hay niños
que algún día serán viejos y mujeres
que atraviesan últimos momentos,
esos niños corren en torno a un coche rojo
lanzando buenos gritos llenos de nada,
entonces mi amigo deja su poema.
bueno, ¿qué te parece?, me pregunta.
prueba tal y cual, menciono una revista,
y entonces curiosamente,
pienso en guitarras bajo el mar
intentando hacer música;
es triste y bueno y quedo.
me ve plantado delante de la ventana.
¿qué hay ahí afuera?
mira, le digo,
y verás...
tiene once años menos que yo.
se aparta de la ventana. me hace falta un cerveza
me he quedado sin cerveza.
me voy a la nevera
y el asunto queda zanjado.
Charles Bukowski.
desde esa ventana? yo escribo desde el útero,
me dice, el ente oscuro del dolor,
el punto preciso del dolor.
bueno, eso es de lo más impresionante
sólo que sé que a ambos nos rechazan a
menudo, fumamos un montón de cigarrillos,
bebemos más de la cuenta e intentamos robarnos las
mujeres uno al otro, lo que no es poesía en absoluto.
y él me lee sus poemas
siempre me lee sus poemas
y escucho y no digo gran cosa,
miro por la ventana,
y ahí está la misma calle
mi calle,
mi calle borracha, llovida, soleada,
llena de críos,
y por la noche observo su calle
a veces,
cuando cree que no miro,
el par de coches que avanzan en silencio,
el mismo viejo, aún vivo, en su
paseo nocturno,
las persianas de las casas echadas,
el amor a fracasado pero
se aferra y
luego ceja.
pero ahora es de día y hay niños
que algún día serán viejos y mujeres
que atraviesan últimos momentos,
esos niños corren en torno a un coche rojo
lanzando buenos gritos llenos de nada,
entonces mi amigo deja su poema.
bueno, ¿qué te parece?, me pregunta.
prueba tal y cual, menciono una revista,
y entonces curiosamente,
pienso en guitarras bajo el mar
intentando hacer música;
es triste y bueno y quedo.
me ve plantado delante de la ventana.
¿qué hay ahí afuera?
mira, le digo,
y verás...
tiene once años menos que yo.
se aparta de la ventana. me hace falta un cerveza
me he quedado sin cerveza.
me voy a la nevera
y el asunto queda zanjado.
Charles Bukowski.
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POEMAS BUKOWSKI
lunes, 16 de septiembre de 2013
"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 51
Jan y yo estábamos en Los Alamitos. Era sábado. Las carreras de cuarto de milla eran una novedad por aquel entonces. En dieciocho segundos eran un ganador o un jodido perdedor. En aquellos días las tribunas consistían en filas superpuestas de simples bancos de madera sin barnizar. Se estaba llenando de gente cuando llegamos, así que extendimos unos periódicos en nuestros asientos para señalar que estaban ocupados. Luego bajamos al bar a estudiar nuestros programas...
En la cuarta carrera llevábamos 18 dólares ganados descontando gastos. Hicimos nuestras apuestas para la siguiente carrera y volvimos a nuestros asientos. Un viejo bajito de pelo gris estaba sentado en mitad de nuestros periódicos.
—Señor, estos son nuestros asientos.
—Estos asientos no están numerados.
—Ya sé que no son asientos numerados. Pero es una cuestión de común cortesía. Verá... hay gente que llega aquí temprano, gente pobre, como usted y como yo, que no pueden pagar la entrada a los asientos reservados; esta gente extiende periódicos en sus asientos para indicar que están ocupados. Es como un convenio ¿sabe? un convenio de
cortesía... porque si los pobres no se comportan decentemente entre sí, nadie lo va a hacer.
—Estos asientos NO están reservados.
Se acomodó un poco más en los periódicos que habíamos puesto allí.
—Jan, siéntate. Yo me quedaré de pie.
Jan trató de sentarse.
—Córrase un poco —le dije—, si no puede ser un caballero, no sea un cerdo.
Dejó un poco de sitio y Jan se sentó. Mi caballo, que estaba 7 a 2, salía de la valla más
exterior. Hizo una mala salida y tuvo que correr retrasado. Remontó en el último momento para quedar en fotografía junto al favorito a 6 a 5. Aguardé esperanzado. Subieron a la barra el número del otro caballo. Yo había apostado 20 dólares a ganador.
—Necesito un trago.
Dentro había un tablero totalizador de apuestas. Los dividendos de la siguiente carrera ya estaban puestos cuando entramos. Le pedimos bebidas a un tío que parecía un oso polar. Jan se miró en el espejo, preocupándose por la flaccidez de sus mejillas y las bolsas bajo sus ojos. Yo nunca me miraba en los espejos. Jan cogió su bebida.
—Ese viejo de nuestro asiento, tiene carácter. Es un viejo zorro con un par de cojones.
—No me agrada.
—Te dejó en mantillas.
—¿Qué quieres que le haga a un viejo?
—Si hubiese sido más joven tampoco hubieses podido hacerle nada.
Eché un vistazo al totalizador. Three-Eyed Pete estaba a 9 a 2, parecía tan bueno como el primer o el segundo favoritos. Acabamos nuestras bebidas y le aposté 5 dólar res a ganador. Cuando volvimos a los bancos, el viejo seguía allí sentado. Jan se sentó junto a él.
Las piernas de ambos se apretaban.
—¿Cómo se gana la vida? —le preguntó Jan.
—Vivo de las rentas. Me saco sesenta mil al año, libres de impuestos.
—¿Entonces por qué no va a los asientos reservados?
—Eso es prerrogativa mía.
Jan se pegó más a su lado. Le sonrió con la más bella de sus sonrisas.
—¿Sabe que tiene unos ojos azules preciosos?
—Uh, huh.
—¿Cómo se llama?
—Tony Endicott.
—Yo me llamo Jan Meadows. Me apodan Neblina.
Los caballos se colocaron en la valla de salida y comenzó la carrera. Three-Eyed Pete
salió el primero. Sacó una cabeza de ventaja todo el recorrido. En los últimos treinta metros el chico sacó la fusta, pegándole en el culo. El segundo favorito hizo un pequeño remate final. Otra vez quedaron en fotografía y supe que había perdido.
—¿Tienes un cigarrillo? —le preguntó Jan a Endicott. El le pasó uno, ella se lo puso en la boca, y con el cuerpo pegado al suyo, él se lo encendió. Se miraron a los ojos. Yo me agaché y le agarré por el cuello de la camisa.
—Señor, está usted en mi asiento.
—Sí. ¿Qué piensa hacer al respecto?
—Mire bajo sus pies. ¿Ve el hueco que hay bajo el asiento? Es una caída de siete
metros hasta el suelo. Le puedo tirar por ahí.
—No tiene cojones.
Subieron el número del segundo favorito. Había per-dido. De una patada le metí una de sus piernas por el hueco y empecé a empujarle. El se resistió, era sorprendentemente fuerte. Me clavó los dientes en la oreja izquierda; me estaba arrancando la oreja de un mordisco. Le puse los dedos alrededor de la garganta y empecé a ahogarle. Tenía un largo pelo blanco que le crecía en mitad de la garganta. Tosía y trataba de coger aire. Abrió la boca y pude zafar mi oreja. Le metí la otra pierna por el hueco. Tuve un flash en mi cerebro con una foto de Zsa Zsa Gabor: fría, muy arreglada, inmaculada, llena de perlas, con sus pechos a punto de salirse por el ancho escote... luego los labios, que jamás serían míos, dijeron no. Los dedos del viejo se aferraban al banco. Estaba suspendido bajo las tribunas. Le pisé una mano. Luego le pisé la otra. Cayó al vacío. Fue cayendo muy despacio. Pegó contra el suelo, rebotó una vez, subió más alto de lo que yo esperaba, volvió a caer, rebotó una segunda vez, muy poco, y se quedó tendido inmóvil en el suelo. No se veía nada de sangre. La gente a nuestro alrededor pasaba de todo, con las narices metidas en sus programas.
—Venga, larguémonos de aquí —dije yo.
Salimos por la verja lateral. La gente seguía estudiando sus apuestas. Era una tarde benigna, no demasiado ca-lurosa, un clima agradablemente templado. Salimos fuera del hipódromo, pasamos los locales del club y vimos a través de la verja a los caballos salir de los cajones, recorriendo el lento círculo hasta la meta. Fuimos hasta la explanada del parking, subimos al coche y nos marchamos de allí. Conduje de vuelta a la ciudad, cruzando primero por los depósitos de petróleo y las fábricas, luego por el campo abierto pasando pequeñas granjas, tranquilas, agradables, con el heno ordenado en doradas pilas, los graneros con la pintura blanca gastaba bajo el sol ponienr te, pequeñas granjas asentadas en altos cerros, perfectas y acogedoras. Cuando llegamos a nuestro apartamento descubrimos que no había nada que beber. Mandé a Jan a que comprara algo. Cuando volvió, nos sentarnos y bebimos, sin hablar apenas.
En la cuarta carrera llevábamos 18 dólares ganados descontando gastos. Hicimos nuestras apuestas para la siguiente carrera y volvimos a nuestros asientos. Un viejo bajito de pelo gris estaba sentado en mitad de nuestros periódicos.
—Señor, estos son nuestros asientos.
—Estos asientos no están numerados.
—Ya sé que no son asientos numerados. Pero es una cuestión de común cortesía. Verá... hay gente que llega aquí temprano, gente pobre, como usted y como yo, que no pueden pagar la entrada a los asientos reservados; esta gente extiende periódicos en sus asientos para indicar que están ocupados. Es como un convenio ¿sabe? un convenio de
cortesía... porque si los pobres no se comportan decentemente entre sí, nadie lo va a hacer.
—Estos asientos NO están reservados.
Se acomodó un poco más en los periódicos que habíamos puesto allí.
—Jan, siéntate. Yo me quedaré de pie.
Jan trató de sentarse.
—Córrase un poco —le dije—, si no puede ser un caballero, no sea un cerdo.
Dejó un poco de sitio y Jan se sentó. Mi caballo, que estaba 7 a 2, salía de la valla más
exterior. Hizo una mala salida y tuvo que correr retrasado. Remontó en el último momento para quedar en fotografía junto al favorito a 6 a 5. Aguardé esperanzado. Subieron a la barra el número del otro caballo. Yo había apostado 20 dólares a ganador.
—Necesito un trago.
Dentro había un tablero totalizador de apuestas. Los dividendos de la siguiente carrera ya estaban puestos cuando entramos. Le pedimos bebidas a un tío que parecía un oso polar. Jan se miró en el espejo, preocupándose por la flaccidez de sus mejillas y las bolsas bajo sus ojos. Yo nunca me miraba en los espejos. Jan cogió su bebida.
—Ese viejo de nuestro asiento, tiene carácter. Es un viejo zorro con un par de cojones.
—No me agrada.
—Te dejó en mantillas.
—¿Qué quieres que le haga a un viejo?
—Si hubiese sido más joven tampoco hubieses podido hacerle nada.
Eché un vistazo al totalizador. Three-Eyed Pete estaba a 9 a 2, parecía tan bueno como el primer o el segundo favoritos. Acabamos nuestras bebidas y le aposté 5 dólar res a ganador. Cuando volvimos a los bancos, el viejo seguía allí sentado. Jan se sentó junto a él.
Las piernas de ambos se apretaban.
—¿Cómo se gana la vida? —le preguntó Jan.
—Vivo de las rentas. Me saco sesenta mil al año, libres de impuestos.
—¿Entonces por qué no va a los asientos reservados?
—Eso es prerrogativa mía.
Jan se pegó más a su lado. Le sonrió con la más bella de sus sonrisas.
—¿Sabe que tiene unos ojos azules preciosos?
—Uh, huh.
—¿Cómo se llama?
—Tony Endicott.
—Yo me llamo Jan Meadows. Me apodan Neblina.
Los caballos se colocaron en la valla de salida y comenzó la carrera. Three-Eyed Pete
salió el primero. Sacó una cabeza de ventaja todo el recorrido. En los últimos treinta metros el chico sacó la fusta, pegándole en el culo. El segundo favorito hizo un pequeño remate final. Otra vez quedaron en fotografía y supe que había perdido.
—¿Tienes un cigarrillo? —le preguntó Jan a Endicott. El le pasó uno, ella se lo puso en la boca, y con el cuerpo pegado al suyo, él se lo encendió. Se miraron a los ojos. Yo me agaché y le agarré por el cuello de la camisa.
—Señor, está usted en mi asiento.
—Sí. ¿Qué piensa hacer al respecto?
—Mire bajo sus pies. ¿Ve el hueco que hay bajo el asiento? Es una caída de siete
metros hasta el suelo. Le puedo tirar por ahí.
—No tiene cojones.
Subieron el número del segundo favorito. Había per-dido. De una patada le metí una de sus piernas por el hueco y empecé a empujarle. El se resistió, era sorprendentemente fuerte. Me clavó los dientes en la oreja izquierda; me estaba arrancando la oreja de un mordisco. Le puse los dedos alrededor de la garganta y empecé a ahogarle. Tenía un largo pelo blanco que le crecía en mitad de la garganta. Tosía y trataba de coger aire. Abrió la boca y pude zafar mi oreja. Le metí la otra pierna por el hueco. Tuve un flash en mi cerebro con una foto de Zsa Zsa Gabor: fría, muy arreglada, inmaculada, llena de perlas, con sus pechos a punto de salirse por el ancho escote... luego los labios, que jamás serían míos, dijeron no. Los dedos del viejo se aferraban al banco. Estaba suspendido bajo las tribunas. Le pisé una mano. Luego le pisé la otra. Cayó al vacío. Fue cayendo muy despacio. Pegó contra el suelo, rebotó una vez, subió más alto de lo que yo esperaba, volvió a caer, rebotó una segunda vez, muy poco, y se quedó tendido inmóvil en el suelo. No se veía nada de sangre. La gente a nuestro alrededor pasaba de todo, con las narices metidas en sus programas.
—Venga, larguémonos de aquí —dije yo.
Salimos por la verja lateral. La gente seguía estudiando sus apuestas. Era una tarde benigna, no demasiado ca-lurosa, un clima agradablemente templado. Salimos fuera del hipódromo, pasamos los locales del club y vimos a través de la verja a los caballos salir de los cajones, recorriendo el lento círculo hasta la meta. Fuimos hasta la explanada del parking, subimos al coche y nos marchamos de allí. Conduje de vuelta a la ciudad, cruzando primero por los depósitos de petróleo y las fábricas, luego por el campo abierto pasando pequeñas granjas, tranquilas, agradables, con el heno ordenado en doradas pilas, los graneros con la pintura blanca gastaba bajo el sol ponienr te, pequeñas granjas asentadas en altos cerros, perfectas y acogedoras. Cuando llegamos a nuestro apartamento descubrimos que no había nada que beber. Mandé a Jan a que comprara algo. Cuando volvió, nos sentarnos y bebimos, sin hablar apenas.
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sábado, 14 de septiembre de 2013
"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 50
Tenía mis ganancias y el dinero de las apuestas, no tenía nada que hacer salvo quedarme por. ahí tumbado y vaguear, y a Jan eso le gustaba. Pasadas dos semanas tenía ya el seguro de paro y nos relajábamos y follábamos y nos recorríamos los bares y todas las semanas bajaba al Departamento de Desempleo del Estado de California y guardaba cola y recibía mi hermoso taloncito. Sólo tenía que responder a tres preguntas :
—¿Está usted capacitado para trabajar?
—¿Desea trabajar?
—¿Aceptaría un empleo?
—¡Sí! ¡Sí! ¡SI! —contestaba siempre.
Tenía que darles también una lista de tres compañías en las que hubiera intentado conseguir trabajo durante la semana. Yo cogía los nombres y las direcciones de la guía telefónica. Siempre me sorprendía cuando alguno de los solicitantes respondía «No» a cualquiera de las tres preguntas. Sus cheques eran inmediatamente anulados y se les conducía a otro despacho donde consejeros especialmente entrenados les ayudaban a encauzar sus pasos por el camino correcto.
Pero a pesar de los cheques del paro y el respaldo del dinero del hipódromo, mi capital empezó a desvanecerse. Tanto Jan como yo éramos totalmente irresponsables cuando bebíamos duro y todos nuestros problemas empezaron con las multas. Cada dos por tres estaba bajando a la cárcel de mujeres de Lincoln Heights para sacar a Jan. Bajaba en el ascensor acompañada por una de las tremendas matronas guardianas, casi siempre con un ojo morado o un labio roto y muy a menudo una dosis de ladillas, cortesía de algún maníaco que se hubiese encontrado en un bar o en cualquier otro sitio. Entonces venía el dinero de la fianza y los costes del juicio, además de una obligación impartida por el juez de asistir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos durante seis meses. Yo también me llevé mi tanda de condenas, fianzas y gastos de juicio. Jan me sacaba de la cárcel acusado de una variedad de cargos que iban desde intento de violación hasta asalto y desde exhibición indecente a escándalo público —perturbar la paz era también uno de mis cargos favoritos. La mayoría de estas acusaciones no nos suponían tener que pasar ninguna temporada en la cárcel —mientras las fianzas fuesen pagadas—, pero era un gasto continuo y considerable. Me acuerdo de una noche en la que se nos quedó el coche repentinamente parado justo a la puerta del parque Mac Arthur. Miré por el retrovisor y dije:
—Muy bien, Jan, estamos de suerte. Un coche viene justo detrás nuestro y nos va a
empujar. Menos mal que siempre hay algún alma caritativa en esta mierda de mundo.
Entonces volví a mirar:
—¡Agárrate el CULO, Jan, nos va a pegar un TRASTAZO!
El hijo de puta no había reducido en ningún momento la velocidad y nos pegó de lleno por detrás, de tal modo que el asiento delantero nos lanzó contra el parabrisas. Salí del coche y le pregunté al tío si había aprendido a conducir en la China. También me cagué en toda su familia. Vino la policía y me preguntó si no me importaba soplar un poco en su globito.
—No lo hagas —me dijo Jan, pero yo pasé de escucharla. De algún modo, tenía la convicción de que, como el tío había tenido la culpa dándonos el golpe, yo no podía estar intoxicado. Lo último que recuerdo es cómo me metían en el coche patrulla mientras Jan se quedaba allí junto a nuestro coche avenado con el asiento delantero caído hacia delante. Incidentes como este —que no paraban, uno tras otro— nos costaron mucho dinero. Y poco a poco nuestras vidas iban derrumbándose por separado.
—¿Está usted capacitado para trabajar?
—¿Desea trabajar?
—¿Aceptaría un empleo?
—¡Sí! ¡Sí! ¡SI! —contestaba siempre.
Tenía que darles también una lista de tres compañías en las que hubiera intentado conseguir trabajo durante la semana. Yo cogía los nombres y las direcciones de la guía telefónica. Siempre me sorprendía cuando alguno de los solicitantes respondía «No» a cualquiera de las tres preguntas. Sus cheques eran inmediatamente anulados y se les conducía a otro despacho donde consejeros especialmente entrenados les ayudaban a encauzar sus pasos por el camino correcto.
Pero a pesar de los cheques del paro y el respaldo del dinero del hipódromo, mi capital empezó a desvanecerse. Tanto Jan como yo éramos totalmente irresponsables cuando bebíamos duro y todos nuestros problemas empezaron con las multas. Cada dos por tres estaba bajando a la cárcel de mujeres de Lincoln Heights para sacar a Jan. Bajaba en el ascensor acompañada por una de las tremendas matronas guardianas, casi siempre con un ojo morado o un labio roto y muy a menudo una dosis de ladillas, cortesía de algún maníaco que se hubiese encontrado en un bar o en cualquier otro sitio. Entonces venía el dinero de la fianza y los costes del juicio, además de una obligación impartida por el juez de asistir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos durante seis meses. Yo también me llevé mi tanda de condenas, fianzas y gastos de juicio. Jan me sacaba de la cárcel acusado de una variedad de cargos que iban desde intento de violación hasta asalto y desde exhibición indecente a escándalo público —perturbar la paz era también uno de mis cargos favoritos. La mayoría de estas acusaciones no nos suponían tener que pasar ninguna temporada en la cárcel —mientras las fianzas fuesen pagadas—, pero era un gasto continuo y considerable. Me acuerdo de una noche en la que se nos quedó el coche repentinamente parado justo a la puerta del parque Mac Arthur. Miré por el retrovisor y dije:
—Muy bien, Jan, estamos de suerte. Un coche viene justo detrás nuestro y nos va a
empujar. Menos mal que siempre hay algún alma caritativa en esta mierda de mundo.
Entonces volví a mirar:
—¡Agárrate el CULO, Jan, nos va a pegar un TRASTAZO!
El hijo de puta no había reducido en ningún momento la velocidad y nos pegó de lleno por detrás, de tal modo que el asiento delantero nos lanzó contra el parabrisas. Salí del coche y le pregunté al tío si había aprendido a conducir en la China. También me cagué en toda su familia. Vino la policía y me preguntó si no me importaba soplar un poco en su globito.
—No lo hagas —me dijo Jan, pero yo pasé de escucharla. De algún modo, tenía la convicción de que, como el tío había tenido la culpa dándonos el golpe, yo no podía estar intoxicado. Lo último que recuerdo es cómo me metían en el coche patrulla mientras Jan se quedaba allí junto a nuestro coche avenado con el asiento delantero caído hacia delante. Incidentes como este —que no paraban, uno tras otro— nos costaron mucho dinero. Y poco a poco nuestras vidas iban derrumbándose por separado.
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jueves, 12 de septiembre de 2013
FOTOGRAFÍA CHARLES BUKOWSKI (137)
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ARCHIVO FOTOGRÁFICO BUKOWSKI
martes, 10 de septiembre de 2013
"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 49
En el almacén de repuestos trabajaba cada vez menos. El señor Mantz, el dueño, se
acercaba hasta el oscuro rincón donde yo estaba agachado poniendo con desgana nuevas
piezas en los estantes y me preguntaba:
—Chinaski, ¿se encuentra bien?
—Sí.
—¿No está enfermo?
—No.
Entonces Mantz se alejaba. La escena se repitió una y otra vez con mínimas variaciones. Una vez me sorprendió haciendo un dibujo del callejón, de vuelta de uno de mis recados. Mis bolsillos estaban repletos de dinero de apuestas. Las resacas no eran tan malas, teniendo en cuenta que eran causadas por el mejor whisky que el dinero podía comprar.
Seguí allí dos semanas más recibiendo mis cheques. Entonces, un miércoles por la mañana, Mantz me esperó plantado junto a la línea central de repisas cercana a su oficina. Me llamó con un gesto. Cuando entré en su oficina, había vuelto a sentarse detrás de su escritorio.
—Siéntese, Chinaski.
En el centro del escritorio había un cheque, puesto boca abajo. Cogí el cheque
deslizándolo por la mesa de cristal y me lo guardé en la cartera sin mirarlo.
—¿Sabía ya que íbamos a despedirle?
—No, pero a los patrones no cuesta mucho adivinarles las intenciones.
—Chinaski, no ha dado golpe en todo el mes, y lo sabe.
—Un hombre se rompe el alma trabajando y ustedes no lo aprecian.
—Usted no se ha estado rompiendo el alma, Chinaski.
Me quedé mirándome los zapatos durante un rato. No sabía qué decir. Entonces le
miré.
—Le he estado dando mi tiempo. Es todo lo que tengo que dar, es todo lo que un
hombre tiene. Por un cochino dólar cada cuarto de hora.
—Acuérdese de que nos suplicó por este trabajo. Dijo que el trabajo era su segundo
hogar.—...dándole mi tiempo para que usted pueda vivir en su mansión en lo alto de la colina
y tener los lujos que desee. Si hay alguien que haya perdido en este trato, en este puto arreglo
...ese he sido yo, ¿entiende?
—Está bien, Chinaski.
—¿Está bien?
—Sí. Váyase.
Me quedé allí de pie. Mantz estaba vestido con un conservador traje marrón, camisa
blanca y corbata rojo oscura. Traté de acabar la discusión con algo tajante.
—Mantz, quiero mi seguro de paro. No quiero tener ningún problema con eso. Ustedes siempre están tratando de arrebatarle a un obrero sus derechos. Así que no me ponga ningún problema o volveré aquí y se las tendrá que ver conmigo.
—Conseguirá el subsidio. ¡Ahora lárguese de una puñe-tera vez!
Me largué de una puñetera vez.
acercaba hasta el oscuro rincón donde yo estaba agachado poniendo con desgana nuevas
piezas en los estantes y me preguntaba:
—Chinaski, ¿se encuentra bien?
—Sí.
—¿No está enfermo?
—No.
Entonces Mantz se alejaba. La escena se repitió una y otra vez con mínimas variaciones. Una vez me sorprendió haciendo un dibujo del callejón, de vuelta de uno de mis recados. Mis bolsillos estaban repletos de dinero de apuestas. Las resacas no eran tan malas, teniendo en cuenta que eran causadas por el mejor whisky que el dinero podía comprar.
Seguí allí dos semanas más recibiendo mis cheques. Entonces, un miércoles por la mañana, Mantz me esperó plantado junto a la línea central de repisas cercana a su oficina. Me llamó con un gesto. Cuando entré en su oficina, había vuelto a sentarse detrás de su escritorio.
—Siéntese, Chinaski.
En el centro del escritorio había un cheque, puesto boca abajo. Cogí el cheque
deslizándolo por la mesa de cristal y me lo guardé en la cartera sin mirarlo.
—¿Sabía ya que íbamos a despedirle?
—No, pero a los patrones no cuesta mucho adivinarles las intenciones.
—Chinaski, no ha dado golpe en todo el mes, y lo sabe.
—Un hombre se rompe el alma trabajando y ustedes no lo aprecian.
—Usted no se ha estado rompiendo el alma, Chinaski.
Me quedé mirándome los zapatos durante un rato. No sabía qué decir. Entonces le
miré.
—Le he estado dando mi tiempo. Es todo lo que tengo que dar, es todo lo que un
hombre tiene. Por un cochino dólar cada cuarto de hora.
—Acuérdese de que nos suplicó por este trabajo. Dijo que el trabajo era su segundo
hogar.—...dándole mi tiempo para que usted pueda vivir en su mansión en lo alto de la colina
y tener los lujos que desee. Si hay alguien que haya perdido en este trato, en este puto arreglo
...ese he sido yo, ¿entiende?
—Está bien, Chinaski.
—¿Está bien?
—Sí. Váyase.
Me quedé allí de pie. Mantz estaba vestido con un conservador traje marrón, camisa
blanca y corbata rojo oscura. Traté de acabar la discusión con algo tajante.
—Mantz, quiero mi seguro de paro. No quiero tener ningún problema con eso. Ustedes siempre están tratando de arrebatarle a un obrero sus derechos. Así que no me ponga ningún problema o volveré aquí y se las tendrá que ver conmigo.
—Conseguirá el subsidio. ¡Ahora lárguese de una puñe-tera vez!
Me largué de una puñetera vez.
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domingo, 8 de septiembre de 2013
"DESAYUNO" DE CHARLES BUKOWSKI
Despertar esas mañanas en la celda para borrachos,
el labio inferior partido, dientes flojos, el cerebro anegado
de
una cacofonía que no era tuya, con
todos esos desconocidos cubiertos de harapos, ruidosos
ahora en su sueño demente, sin otra
compañía que un retrete sin asiento,
un suelo frío y duro
y una ley
ajena.
y siempre había una voz madrugadora, un vozarrón:
¡DESAYUNO!
por lo general no lo querías
pero si lo querías,
antes de poder aclararte las ideas
y ponerte de pie
la puerta de la celda se cerraba
de golpe.
ahora cada mañana es como un lento sueño
satisfecho. busco las zapatillas, me las pongo,
hago lo del baño, luego bajo las
escaleras entre un remolino de cuerpos peludos, soy
el que da de comer, el dios, limpio los cuencos de los
gatos, abro
las latas y les hablo y se entusiasman y
profieren sus ruidillos ansiosos.
pongo los cuencos conforme cada gato se acerca a
su propio cuenco, luego vuelvo a llenar el bebedero
y los veo a los cinco comer
en paz.
regreso escaleras arriba al dormitorio
donde mi mujer sigue dormida, me meto bajo
las mantas con ella, le doy la espalda al sol
y no tardo en volverme a dormir.
hay que morir unas cuantas veces antes de poder
vivir de verdad.
Charles Bukowski.
el labio inferior partido, dientes flojos, el cerebro anegado
de
una cacofonía que no era tuya, con
todos esos desconocidos cubiertos de harapos, ruidosos
ahora en su sueño demente, sin otra
compañía que un retrete sin asiento,
un suelo frío y duro
y una ley
ajena.
y siempre había una voz madrugadora, un vozarrón:
¡DESAYUNO!
por lo general no lo querías
pero si lo querías,
antes de poder aclararte las ideas
y ponerte de pie
la puerta de la celda se cerraba
de golpe.
ahora cada mañana es como un lento sueño
satisfecho. busco las zapatillas, me las pongo,
hago lo del baño, luego bajo las
escaleras entre un remolino de cuerpos peludos, soy
el que da de comer, el dios, limpio los cuencos de los
gatos, abro
las latas y les hablo y se entusiasman y
profieren sus ruidillos ansiosos.
pongo los cuencos conforme cada gato se acerca a
su propio cuenco, luego vuelvo a llenar el bebedero
y los veo a los cinco comer
en paz.
regreso escaleras arriba al dormitorio
donde mi mujer sigue dormida, me meto bajo
las mantas con ella, le doy la espalda al sol
y no tardo en volverme a dormir.
hay que morir unas cuantas veces antes de poder
vivir de verdad.
Charles Bukowski.
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POEMAS BUKOWSKI
viernes, 6 de septiembre de 2013
"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 48
Las discusiones eran siempre las mismas. Entonces lo comprendí muy bien —los grandes amantes eran siempre hombres ociosos. Yo follaba mejor siendo un vagabundo desocupado que siendo un salta-cronómetros.
Jan comenzó su contraataque, que consistía en discutir conmigo, enfurecerme y luego salir corriendo por las calles y más tarde entrar en los bares. Todo lo que tenía que hacer era sentarse sola en la barra y las bebidas, las ofertas, venían rápido. A mí no me pareció que eso fuese honesto por su parte, naturalmente.
La mayoría de las noches se repetía la misma canción. Ella me gritaba, agarraba su bolso y se largaba pegando un portazo. Era efectivo; habíamos vivido juntos y nos habíamos amado durante mucho tiempo, tenía que afectarme y me afectaba. Pero siempre la dejaba irse y me sentaba sin remedio en mi silla bebiendo mi whisky y conectaba la radio para escuchar un poco de música clásica. Sabía que ella estaba ahí fuera, y sabía que alguien más estaría con ella, pero tenía que dejar que ocurriera, tenía que dejar que las cosas siguiesen su propio curso.Pero cierta noche, estaba ahí sentado cuando algo se quebró en mi interior, pude sentir
como se quebraba, algo se agitó y creció dentro de mí y entonces me levanté y bajé los cuatro pisos de escaleras hasta la calle. Bajé por la Tercera y Unión Street hasta la Sexta y luego seguí por la Sexta hasta Alvarado. Pasé por las puertas de los bares y supe que estaba en uno de ellos. Tuve una intuición, entré en uno y allí estaba Jan sentada al fondo de la barra. Llevaba un pañuelo de seda verde y blanco extendido en bandolera. Estaba sentada entre un hombre flaco con una gran verruga en la nariz y otro que era una pequeña joroba de carne amontonada con gafas vestido con un viejo traje negro.
Jan me vio llegar. Alzó su cabeza y a pesar de la penumbra del bar la vi palidecer. Me
acerqué hasta ponerme detrás de ella, pegado a su taburete.
—¡Traté de hacer de ti una mujer, pero nunca serás otra cosa que una maldita puta!
La pegué una bofetada del revés y la tiré de la banqueta. Cayó con dureza al suelo y se puso a chillar. Cogí su bebida y me la acabé. Luego me fui tranquilamente caminando hacia la salida. Cuando llegué allí, me di la vuelta.
—Ahora, si hay alguien, aquí... al que no le guste lo que acabo de hacer... sólo tiene
que decirlo.
No hubo respuesta. Supuse que les había gustado lo que acababa de hacer. Fui
caminando de regreso por la calle Alvarado.
Jan comenzó su contraataque, que consistía en discutir conmigo, enfurecerme y luego salir corriendo por las calles y más tarde entrar en los bares. Todo lo que tenía que hacer era sentarse sola en la barra y las bebidas, las ofertas, venían rápido. A mí no me pareció que eso fuese honesto por su parte, naturalmente.
La mayoría de las noches se repetía la misma canción. Ella me gritaba, agarraba su bolso y se largaba pegando un portazo. Era efectivo; habíamos vivido juntos y nos habíamos amado durante mucho tiempo, tenía que afectarme y me afectaba. Pero siempre la dejaba irse y me sentaba sin remedio en mi silla bebiendo mi whisky y conectaba la radio para escuchar un poco de música clásica. Sabía que ella estaba ahí fuera, y sabía que alguien más estaría con ella, pero tenía que dejar que ocurriera, tenía que dejar que las cosas siguiesen su propio curso.Pero cierta noche, estaba ahí sentado cuando algo se quebró en mi interior, pude sentir
como se quebraba, algo se agitó y creció dentro de mí y entonces me levanté y bajé los cuatro pisos de escaleras hasta la calle. Bajé por la Tercera y Unión Street hasta la Sexta y luego seguí por la Sexta hasta Alvarado. Pasé por las puertas de los bares y supe que estaba en uno de ellos. Tuve una intuición, entré en uno y allí estaba Jan sentada al fondo de la barra. Llevaba un pañuelo de seda verde y blanco extendido en bandolera. Estaba sentada entre un hombre flaco con una gran verruga en la nariz y otro que era una pequeña joroba de carne amontonada con gafas vestido con un viejo traje negro.
Jan me vio llegar. Alzó su cabeza y a pesar de la penumbra del bar la vi palidecer. Me
acerqué hasta ponerme detrás de ella, pegado a su taburete.
—¡Traté de hacer de ti una mujer, pero nunca serás otra cosa que una maldita puta!
La pegué una bofetada del revés y la tiré de la banqueta. Cayó con dureza al suelo y se puso a chillar. Cogí su bebida y me la acabé. Luego me fui tranquilamente caminando hacia la salida. Cuando llegué allí, me di la vuelta.
—Ahora, si hay alguien, aquí... al que no le guste lo que acabo de hacer... sólo tiene
que decirlo.
No hubo respuesta. Supuse que les había gustado lo que acababa de hacer. Fui
caminando de regreso por la calle Alvarado.
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CHARLES BUKOWSKI FACTOTUM NOVELA COMPLETA
miércoles, 4 de septiembre de 2013
"EL CERDO EN EL SETO" DE CHARLES BUKOWSKI
¿Sabes?, conduciendo por esta ciudad o cualquier otra ciudad
caminando por esta ciudad o cualquier otra ciudad veo
gente con ventanas de la nariz, dedos, pies,
ojos, bocas, orejas, barbillas, cejas y demás.
entro en un café, me siento y pido el desayuno,
miro en torno y soy consciente de cráneos y esque-
letos mientras veo a un tipo meterse
un trozo de tocino en la boca y morir un poco
y no me gusta contemplar la muerte porque
podría haber algún lugar al que ir más adelante
y ya he tenido suficientes líos aquí mismo sólo por estar aquí
pero
igual es culpa de todas las serpientes en urnas de cristal,
no pueden moverse, respirar ni matar y deberían
dejarlas salir y deberían vaciar las
cárceles también en cuanto tenga mi luger a punto y
los perros sueltos.
los edificios están todos mal construidos y el cuerpo
humano también; a veces veo a bailarines dar saltitos
y pienso: qué feo y qué violento,
el cuerpo humano está mal hecho, es desgarbado y
estúpido...¿en comparación con qué? en comparación con
el cactus
y el leopardo. bueno,
mis mujeres siempre me han dicho: ~¡qué negativo eres!~,
y yo las he mirado y he respondido: ~la realidad
me parece negativa~. ¿en comparación con qué? la
irrealidad.
y a pesar de todo eso he disfrutado más que cualquiera
de ellos, son positivos y andan deprimidos, y yo soy negativo
y feliz. bueno,
podría ser todo culpa de bomberos que están ahí sentados
a la espera
de un incendio, podría ser culpa de algún tipo en Moscú
que viola
a una cría de 6 años, o podría ser porque la niebla ya no
es niebla tal como solía ser: fresca, húmeda, refrescante,
sino que ahora todo es hiriente. han encontrado a un tipo
que jugaba
al fútbol americano en la U.C.L.A que no sabía leer ni
escribir
pero, joder, qué fuerza tenía qué cuerpo, podría haber
pasado desapercibido pero se encabronó y mató a su camello
y averiguaron que después de todo no tenía mucho
de universitario, sino que era más bien un pececillo de
colores que alguien tenía como mascota
lo que me recuerda
que apenas nadie tiene ya pececillos de colores; cuando era
crío, ¿sabes?, en una de cada 3 casas había peces de colores.
¿qué fue de eso? algunos hasta tenían
estanques con pececillos en el jardín trasero con musgo
viscoso y
docenas de peces de colores, pequeños, medianos, grandes,
se alimentaban de migas de pan y algunos cabronazos se
volvían tan gordos y estúpidos que subían a la superficie y
se quedaban flotando,
un ojo al sol, derrotados, como una mala nueva
de Dios, pero la gente también se da por vencida cuando
no debería.
Una vez
hubo un boxeador de los grandes, ganó 5 millones de
dólares por un campeonato,
el Macho Man, nunca había sido derrotado pero se topó
con un tipo que podía vérselas con él y tras unos asaltos
le dio la espalda y dijo:
no más
cualquiera diría que por 5 millones podría haber
aguantado un poco
de dolor, he visto a hombres cuya vida entera se iba al
carajo por
55 centavos a la hora o menos.
bueno,
igual es la masonería o igual es la bomba de agua, o igual
es el
cerdo en el seto, o igual es el final de la suerte. los ángeles
vuelan
bajo esta noche con alas en llamas, tu madre es víctima de
sus vulgares pesadillas mientras 40 grifos gotean, el gato
tiene
leucemia, sólo quedan 245 días hasta Navidad, y mi
técnico
dental me odia.
así que ahora
despierto con el cuello rígido en vez de la
polla tiesa y
tú
siempre puedes localizarme aquí en
el este de Hollywood pero
por favor por favor por favor
no lo
intentes.
Charles Bukowski.
caminando por esta ciudad o cualquier otra ciudad veo
gente con ventanas de la nariz, dedos, pies,
ojos, bocas, orejas, barbillas, cejas y demás.
entro en un café, me siento y pido el desayuno,
miro en torno y soy consciente de cráneos y esque-
letos mientras veo a un tipo meterse
un trozo de tocino en la boca y morir un poco
y no me gusta contemplar la muerte porque
podría haber algún lugar al que ir más adelante
y ya he tenido suficientes líos aquí mismo sólo por estar aquí
pero
igual es culpa de todas las serpientes en urnas de cristal,
no pueden moverse, respirar ni matar y deberían
dejarlas salir y deberían vaciar las
cárceles también en cuanto tenga mi luger a punto y
los perros sueltos.
los edificios están todos mal construidos y el cuerpo
humano también; a veces veo a bailarines dar saltitos
y pienso: qué feo y qué violento,
el cuerpo humano está mal hecho, es desgarbado y
estúpido...¿en comparación con qué? en comparación con
el cactus
y el leopardo. bueno,
mis mujeres siempre me han dicho: ~¡qué negativo eres!~,
y yo las he mirado y he respondido: ~la realidad
me parece negativa~. ¿en comparación con qué? la
irrealidad.
y a pesar de todo eso he disfrutado más que cualquiera
de ellos, son positivos y andan deprimidos, y yo soy negativo
y feliz. bueno,
podría ser todo culpa de bomberos que están ahí sentados
a la espera
de un incendio, podría ser culpa de algún tipo en Moscú
que viola
a una cría de 6 años, o podría ser porque la niebla ya no
es niebla tal como solía ser: fresca, húmeda, refrescante,
sino que ahora todo es hiriente. han encontrado a un tipo
que jugaba
al fútbol americano en la U.C.L.A que no sabía leer ni
escribir
pero, joder, qué fuerza tenía qué cuerpo, podría haber
pasado desapercibido pero se encabronó y mató a su camello
y averiguaron que después de todo no tenía mucho
de universitario, sino que era más bien un pececillo de
colores que alguien tenía como mascota
lo que me recuerda
que apenas nadie tiene ya pececillos de colores; cuando era
crío, ¿sabes?, en una de cada 3 casas había peces de colores.
¿qué fue de eso? algunos hasta tenían
estanques con pececillos en el jardín trasero con musgo
viscoso y
docenas de peces de colores, pequeños, medianos, grandes,
se alimentaban de migas de pan y algunos cabronazos se
volvían tan gordos y estúpidos que subían a la superficie y
se quedaban flotando,
un ojo al sol, derrotados, como una mala nueva
de Dios, pero la gente también se da por vencida cuando
no debería.
Una vez
hubo un boxeador de los grandes, ganó 5 millones de
dólares por un campeonato,
el Macho Man, nunca había sido derrotado pero se topó
con un tipo que podía vérselas con él y tras unos asaltos
le dio la espalda y dijo:
no más
cualquiera diría que por 5 millones podría haber
aguantado un poco
de dolor, he visto a hombres cuya vida entera se iba al
carajo por
55 centavos a la hora o menos.
bueno,
igual es la masonería o igual es la bomba de agua, o igual
es el
cerdo en el seto, o igual es el final de la suerte. los ángeles
vuelan
bajo esta noche con alas en llamas, tu madre es víctima de
sus vulgares pesadillas mientras 40 grifos gotean, el gato
tiene
leucemia, sólo quedan 245 días hasta Navidad, y mi
técnico
dental me odia.
así que ahora
despierto con el cuello rígido en vez de la
polla tiesa y
tú
siempre puedes localizarme aquí en
el este de Hollywood pero
por favor por favor por favor
no lo
intentes.
Charles Bukowski.
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POEMAS BUKOWSKI
lunes, 2 de septiembre de 2013
"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 47
La nueva vida no le sentó bien a Jan. Ella estaba acostumbrada a sus cuatro polvos diarios y a verme pobre y humilde. Después de la jornada en el almacén y luego de la carrera salvaje y el sprint final a través del parking y túnel abajo, no me quedaba mucho amor en el cuerpo. Cuando llegaba por la noche, ella siempre estaba sumergida en su vaso de vino.
—El señor juegacaballos —me decía al entrar. Estaba completamente vestida; con tacones altos, medias de ny-lon y las piernas cruzadas bien altas, balanceando el pie—. El gran señor juegacaballos. Sabes, cuando te conocí me gustaba el modo que tenías de cruzar una habitación, andabas como si fueses atravesando paredes, como si lo poseyeses todo, como si nada importase. Ahora consigues tener unos cuantos pavos en el bolsillo y dejas de ser el mismo. Actúas como un estudiante de dentista o un fontanero.
—No me empieces a largar ningún rollo de fontaneros, Jan.
—No me has hecho el amor en dos semanas.
—El amor toma muchas formas. El mío ha tomado una forma más sutil.
—No me has follado en dos semanas.
—Ten paciencia. En seis meses estaremos de vacaciones en Roma, en París...
—¡Mírate! Sirviéndote ese whisky bueno y dejándome a mí aquí tirada bebiendo este
vino barato pudretripas.
Yo me relajaba en una silla y movía los cubitos de hielo con el whisky. Llevaba puesta una costosa camisa amarilla, bastante chillona, y unos pantalones nuevos, verdes con rayitas blancas.
—¡El gran señor juegacaballos!
—Te doy el alma, te doy sabiduría y luz y música y un poco de diversión. Aparte, soy
el más grande jugador de caballos del mundo.
—¡Mierda de caballo!
—No, jugador de caballos. —Me bebí el whisky, me levanté y me serví otro.
—El señor juegacaballos —me decía al entrar. Estaba completamente vestida; con tacones altos, medias de ny-lon y las piernas cruzadas bien altas, balanceando el pie—. El gran señor juegacaballos. Sabes, cuando te conocí me gustaba el modo que tenías de cruzar una habitación, andabas como si fueses atravesando paredes, como si lo poseyeses todo, como si nada importase. Ahora consigues tener unos cuantos pavos en el bolsillo y dejas de ser el mismo. Actúas como un estudiante de dentista o un fontanero.
—No me empieces a largar ningún rollo de fontaneros, Jan.
—No me has hecho el amor en dos semanas.
—El amor toma muchas formas. El mío ha tomado una forma más sutil.
—No me has follado en dos semanas.
—Ten paciencia. En seis meses estaremos de vacaciones en Roma, en París...
—¡Mírate! Sirviéndote ese whisky bueno y dejándome a mí aquí tirada bebiendo este
vino barato pudretripas.
Yo me relajaba en una silla y movía los cubitos de hielo con el whisky. Llevaba puesta una costosa camisa amarilla, bastante chillona, y unos pantalones nuevos, verdes con rayitas blancas.
—¡El gran señor juegacaballos!
—Te doy el alma, te doy sabiduría y luz y música y un poco de diversión. Aparte, soy
el más grande jugador de caballos del mundo.
—¡Mierda de caballo!
—No, jugador de caballos. —Me bebí el whisky, me levanté y me serví otro.
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