sábado, 28 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 77

Paul era uno de los empleados de la tienda. Era gordo, tendría unos 28 años. Sus ojos eran muy grandes, vidriosos e hinchados. Le pegaba a las pastillas. Me enseñó un puñado. Todas de diferentes colores y tamaños.
—¿Quieres unas cuantas?
—No.
—Vamos, coge una.

—Bueno.
Cogí una amarilla.
—Yo me las tomo todas —me dijo—. Son cosas dia-
bólicas. Unas me quieren hacer subir, otras me quieren hacer bajar. Yo dejo que luchen

dentro de mí.
—Se supone que eso debe dar bastante palo.
—Ya lo sé. ¿Oye, por qué no te vienes a mi casa después del trabajo?
—Tengo una mujer.
—Cualquiera tiene una mujer. Pero yo tengo algo mejor.
—¿Qué?

—Mi novia me compró esta maquinita por mi cumpleaños. Follamos con ella. Se mueve para arriba y para abajo, no tenemos que hacer ningún esfuerzo. Todo el esfuerzo lo hace la máquina.
—Suena bien.
—Tú y yo podemos usar la máquina. Hace mucho ruido, pero no pasa nada mientras la
usemos antes de las diez de la noche.
—¿Y quién se pone encima?
—¿Eso qué importa? A mí me da igual por un lado que por otro. Joder o que me jodan,

es lo mismo.
—¿Es lo mismo?
—Claro, no importa. Lo echaremos a suertes.
—Lo tengo que pensar.
—Bueno, ¿quieres otra pastilla?
—Sí. Dame otra amarilla.
—Te veré a la salida.
—Vale.
Paul me abordó a la salida.
—¿Y bien?
—No puedo hacerlo, Paul. Yo soy heterosexual.
—Es una máquina cojonuda. Una vez que te pongas con la máquina, pasaras de todo.
—No puedo hacerlo.
—Bueno, de todos modos ven y te enseñaré mi colección de pildoras.
—De acuerdo. Eso sí.
Cerré la puerta trasera del almacén. Luego salimos juntos por delante. Mary Lou
estaba sentada en la oficina fumando un cigarrillo y charlando con Bud.
—Buenas noches, tíos —dijo Bud con una ancha sonrisa cruzándole la cara...
La casa de Paul estaba a una manzana hacia el sur. Tenía un apartamento en una planta
baja con las ventanas dando a la Séptima calle.
—Aquí está la máquina —dijo. La puso en marcha.

—Mírala, mírala. Suena como una lavadora. La mujer del piso de arriba, cuando me ve por las escaleras me dice: «Paul, se ve que es usted un hombre muy limpio. Le oigo lavar la ropa tres o cuatro veces a la semana».
—Apágala —dije yo.
—Mira mis pastillas. Tengo miles de pastillas, millares. Muchas ni siquiera sé para
qué sirven.

Paul tenía todos los frascos en la mesilla de la cocina. Había once o doce frascos, todos de diferentes tamaños y formas, rellenos de pildoras de múltiples colores. Era algo hermoso. Mientras lo contemplaba, abrió un frasco, sacó tres o cuatro pastillas y se las tragó. Luego

abrió otro frasco y se tomó otro par de pastillas. Luego abrió un tercer frasco.
—Venga, qué demonios —me dijo—, vamos a ponernos con la máquina.
—Parece que va a llover. Tengo que irme.
—¡Muy bien! —dijo él—. ¡Si no quieres follarme, me follaré yo solo!
Cerré la puerta detrás mío y salí a la calle. Oí como ponía la máquina en marcha.

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martes, 24 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 76

Bud se acercó empujando la carretilla con tres botes de un galón de pintura. Los puso en la mesa de empaquetado. Llevaban la etiqueta de rojo carmesí. Me entregó tres etiquetas. En éstas ponía bermellón.
—Se nos ha acabado el bermellón —me dijo—. Quita las etiquetas de los botes y pega

éstas de bermellón.
—Pero hay bastante diferencia entre el carmesí y el bermellón —dije yo.
—Tú ocúpate sólo de cambiarlas.
Me pasó unos trapos y una cuchilla. Mojé los trapos con agua y envolví con ellos los
botes. Luego, con la cuchilla, raspé las etiquetas y pegué las nuevas.
Bud volvió unos pocos minutos después. Traía un bote de azul ultramarino y una
etiqueta de azul cobalto. Bueno, el tío se estaba enrollando...

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domingo, 22 de diciembre de 2013

"TRISTEZA EN EL AIRE" DE CHARLES BUKOWSKI

Aquí estoy sentado a solas
como un pringado

escuchando a Chopin

el aire nocturno entra
por las
cortinas rasgadas.

hoy he ganado 546 en el hipódromo pero
ahora estoy pensando que
morir es algo de lo más extraño y
vulgar.

espero que no me haga falta
dentadura postiza antes de
palmar.

* * *

Wm. Holden se abrió la cabeza
contra una mesita de centro
cuando estaba borracho y se
desangró hasta morir;
llevaba rígido y muerto 4 días
cuando lo encontraron.

me pregunto cómo palmó Chopin.

las cosas pasan, eso no es nada nuevo

aquí en L.A.
he visto a cantidad de buenos
boxeadores mexicanos
ir y venir
subir al
cuadrilátero
jóvenes y relucientes de
ambición
y luego
desvanecerse.

¿a dónde van?
¿dónde están esta noche
mientras escucho a Chopin?

¿igual ando metido en un asunto
mejor?

me parece que no.

los escritores también decaen
pronto
olvidan cómo abrir brecha
con una
frase dura y directa
luego se ponen a dar clase
escriben artículos críticos
rezongan
se vuelven rancios
desaparecen.

* * *

Holden tropezó con una
alfombra y
se golpeó la cabeza contra la
mesita
tenía un nivel de alcohol
en sangre de 22.

yo también
me he venido abajo
muchas veces por lo general
por culpa de un cable de teléfono.

detesto los teléfonos
de todas maneras
cada vez que suena uno
doy un brinco.

la gente me pregunta: ~¿por qué
saltas cada vez que suena
el teléfono?~

si no lo saben
no se lo puedes explicar.

hace cada vez más frió.
voy a cerrar la ventana.
la cierro.

Chopin continúa.

cuando bebes solo
como Wm. Holden
a veces tienes
algo en la cabeza
que no le puedes contar
a nadie.

en muchos casos
es mejor guardar
silencio.

no nos pusieron aquí para
disfrutar de días y noches
tranquilos

y cuando suene
el teléfono
tú también averiguarás que
nos hemos equivocado
todos de asunto

y si no sabes a
qué me refiero
es que no sientes la
tristeza en el aire.

Charles Bukowski.

viernes, 20 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 75

Mary Lou era una de las chicas que trabajaban en la oficina central. Mary Lou tenía estilo. Conducía un Cadillac de tres años y vivía con su madre. Ligaba con miembros de la Filarmónica de Los Angeles, directores de cine, cameramans, abogados, inspectores de hacienda, ciruja nos, monstruos sagrados, ex-aviadores, bailarines de ballet y otras figuras de relieve como luchadores o futbolistas. Pero nunca se había llegado a casar ni había dejado

jamás la oficina central de las Gráficas Querubín, excepto alguna que otra vez para un polvete rápido con Bud en el lavabo de señoras, entre risitas, con la puerta cerrada y pensando que todos nos habíamos ido a casa. También era bastante religiosa y le encantaba apostar a los caballos, pero preferiblemente con un asiento reservado y, preferiblemente en Santa Anita. Hollywood Park le parecía un picadero de pencos. Estaba desesperada y a la vez era selectiva y, en cierto modo, hermosa, pero no tenía detrás a tantos hombres locos por ella como para tenérselo tan creído.

Una de sus tareas era traerme una copia de las órdenes de envío después de haberlas mecanografiado. Los empleados cogían otra copia de las mismas órdenes de la cesta y las rellenaban cuando no estaban esperando clientes, luego yo las emparejaba antes de empaquetar el material. La primera vez que vino con las órdenes llevaba puesta una ajustada falda negra, zapatos de tacón, una blusa blanca y un pañuelo dorado y negro alrededor del cuello. Tenía una nariz respingona muy atractiva, un trasero maravilloso y unas tetas cosa fina. Era una chica espigada. Con clase.

—Bud me ha dicho que eres pintor —me dijo.
—A ratos.
—Oh, me parece maravilloso. Tenemos a gente tan interesante trabajando aquí.
—¿Qué quieres decir?

—Bueno, el hombre de la limpieza, por ejemplo, es un anciano; Maurice, se llama, y es francés. Viene una vez a la semana y limpia el almacén. También pinta. Todas sus pinturas, pinceles y lienzos los compra aquí. Pero es bastante extraño. Nunca habla, sólo mueve la

cabeza y señala. Simplemente señala las cosas que quiere comprar.
— Uh, huh
—Es bastante extraño.
—Uh, huh.
—La semana pasada fui al lavabo de señoras y él esta-
ba allí, fregando en la oscuridad. Se había pasado allí cerca de una hora.

—Uh.
—Tú tampoco hablas mucho.
—O, sí, sí que hablo, no pasa nada.
Mary Lou se dio la vuelta y se alejó. Me fijé en sus nalgas, que transmitían su seductor
contoneo a todo el cuerpo. Era mágica. Algunas mujeres eran mágicas.

Había empaquetado algunos pedidos cuando vi llegar al viejo. Tenía un descuidado bigote gris desparramado alrededor de la boca. Era pequeño y encogido. Iba vestido de negro, con una bufanda roja atada al cuello y una boina azul en la cabeza. Debajo de la boina surgía una abundante y desgreñada cabellera gris.

Los ojos de Maurice eran lo más distintivo de todo su ser; eran de un verde vivido y parecían mirar desde remotas profundidades del interior de su cráneo. Cejas tupidas. Iba fumando un largo y estrecho cigarro.
—Hola, chico —me dijo.
Apenas tenía acento francés. Se sentó en el extremo de la mesa de empaquetado y
cruzó las piernas.
—Creí que usted no hablaba nunca.
—Ah, ya. Cojones. Yo no mearía en un agujero por ellos. ¿Para qué andarme con

chácharas y jodiendas?
—¿Por qué limpia los retretes a oscuras?
—Es por Mary Lou. La espío. Entonces me la casco y me corro por el suelo. Luego lo
friego. Ella lo sabe.
—¿Es usted pintor?

—Sí, estoy trabajando en un lienzo en mi habitación. Tan grande como esta pared. Pero no es un mural, es un gran lienzo. Estoy pintando la vida de un hombre —desde su nacimiento a través de la vagina, a lo largo de toda su existencia y finalmente hasta su sepultura. Observo a la gente en el parque. Los utilizo. Esa Mary Lou, debe dar gusto follar

con ella, ¿verdad?
—Tal vez. Puede ser un espejismo.
—Yo viví en Francia. Conocí a Picasso.
—¿De veras?
—Mierda, ya lo creo. Un tío cojonudo.
—¿Cómo le conoció?
—Llamé a su puerta.
—¿Se molestó?
—No, no se molestó en absoluto.
—Hay gente a la que no le gusta Picasso.
—Hay gente a la que no le gusta nadie que sea famoso.
—Y hay gente a la que no le gusta nadie que no lo sea.
—La gente no cuenta. Yo no mearía en un agujero por ella.
—¿Qué dijo Picasso?
—Bueno, yo le hice una pregunta, le dije: «Maestro: ¿qué tengo que hacer para

mejorar mi trabajo?»
—¿Contestó con tópicos?
—No, se enrolló bien.
—¿Qué dijo?
—Me dijo: «Mira, yo no puedo decirte nada sobre tu trabajo. Yo qué sé. Tu trabajo te

lo tienes que hacer todo tú solo. Pasa de los demás».
—Ja.
—Sí.
—Está bien.
—Sí. ¿Tienes una cerilla?
Le pasé las cerillas. Su cigarro se había apagado.
—Mi hermano es rico —me dijo—, pero no quiere saber nada de mí. No le gusta que

yo beba. No le gusta que pinte.
—Pero su hermano no ha conocido a Picasso.
Maurice se levantó y sonrió.
—No, no ha conocido a Picasso.
Se alejó por el pasillo hacia la parte delantera del almacén, con el humo del cigarro
subiéndole por encima del hombro. Se había quedado con mi caja de cerillas.

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lunes, 16 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 74

Los negocios no parecían ir muy bien. Los envíos eran pocos y reducidos. El jefe, Bud,
vino hasta donde yo estaba, sentado en la mesa de despachos, fumándome un puro.
—Cuando las cosas estén tranquilas, puedes irte a tomar una taza de calé ahí a la
esquina. Pero asegúrate de estar de vuelta cuando vengan los camiones a recoger los pedidos.
—Claro.
—Y mantén la cesta bien repleta de impresos de factura. Ten una buena provisión de
impresos.
—De acuerdo.
—También mantén los ojos alerta y cuida de que nadie entre por atrás y nos robe cosas. Tenemos a un montón de zarrapastrosos merodeando por estos callejones.
—De acuerdo.
—¿Tienes suficientes etiquetas de FRAGIL?
—Sí.

—No tengas miedo de poner un buen montón de etiquetas de FRAGIL en los paquetes. Y si sales, házmelo saber. Rellena con paja y periódicos los paquetes con material bueno, especialmente las pinturas envasadas en cristal.
—Cuidaré de todo.

—De acuerdo. Y cuando no haya nada que hacer, puedes salir fuera y tomarte una taza de café. Ahí está el café de Montie. Tienen a una camarera con unas tetas de campeonato, tienes que verlas. Se pone blusas escotadas y todo el rato se está agachando y la visión es algo memorable. Y la tarta de manzana es del día.
—De acuerdo.

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jueves, 12 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 73

Un par de días después encontré un anuncio en el periódico solicitando un empleado de distribución en un almacén de artículos para arte. El almacén estaba muy cerca de donde vivíamos, pero me quedé dormido y no me pasé por ahí hasta las 3 de la tarde. Cuando llegué, el jefe estaba hablando con un solicitante. No sé a cuántos otros habría ya entrevistado. Una chica me dio un impreso para que lo rellenara. El tío aquel parecía que le estaba dando una buena impresión al jefe. Estaban los dos riéndose. Rellené el impreso y aguardé. Finalmente me llamaron.

—Quiero decirle algo. Ya he aceptado otro trabajo esta mañana —le conté—, pero ocurre que entonces vi su anuncio. Vivo en la esquina de al lado. Pensé que sería más agradable trabajar en un lugar tan cercano a mi casa. Aparte, tengo la pintura como hobby. Pensé que podría conseguir un descuento en algunos de los materiales que suelo usar.
—Los empleados tienen el 15 % de descuento. ¿Cuál es el nombre del último sitio que
le ha empleado?

—La compañía Jones-Hammer, electricidad. Voy a supervisar su departamento de distribución. Está bajando la calle Alameda, justo debajo del matadero. Debería presentarme a las 8 de la mañana.
—Bueno, aún queremos entrevistar a algunos solicitantes más.
—De acuerdo. No espero obtener este trabajo. Sólo se me ocurrió probarlo porque me
pilla muy cerca. Tienen mi número de teléfono en el impreso. Pero una vez que empiece a

trabajar con la Jones-Hammer, no estaría bien que les diera plantón.
—¿Está usted casado?
—Sí. Con un hijo. Un niño, Tommy, de 3 años.
—De acuerdo, tendrá noticias nuestras.
A las 6 :30 de la tarde sonó el teléfono.
—¿Señor Chinaski?
-¿Sí?
—¿Todavía desea el trabajo?
—¿Dónde?
—En la compañía Gráfica Querubín de artículos para arte.
—Bien, sí.
—Entonces preséntese a las 8 :30 de la mañana.

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martes, 10 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 72

Eramos unos cuarenta o cincuenta en las clases de aprendizaje. Nos sentábamos todos
en pequeñas sillas pupitre en fila fijadas al suelo. Cada silla tenía una plataforma de madera

en el brazo derecho. Era igual que en los viejos días en clase de biología o química.
Smithson pasó lista.
—¡Peters!
—Yep.
—Calloway.
—Uh, huh.
—Me Bride...
(Silencio.)
—¿Mc Bride?
—Ah, sí.

Siguió la lista. Pensé que estaba muy bien que hubiera tantas vacantes de trabajo, aunque también me preocupaba un poco —probablemente harían que nos enfrentáramos de alguna manera. La ley del más fuerte. En América siempre había gente buscando trabajo. Siempre había un montón de cuerpos utilizables para reemplazar a otros. Y yo quería ser escritor. Casi todo el mundo era escritor. No todo el mundo pensaba en que podía ser dentista o mecánico de automóviles, pero todo el mundo sabía que podía ser escritor. De aquellos cincuenta tíos de la clase, probablemente quince o más pensaban que eran escritores. Casi todo el mundo usaba palabras y podía también escribirlas, en consecuencia casi todo el mundo podía ser escritor. Pero la mayoría de los hombres, por fortuna, no son escritores, ni siquiera conductores de taxi, y algunos —bastantes— desgraciadamente no son nada.
Smithson acabó de pasar lista y miró a su alrededor.
—Estamos aquí reunidos —comenzó, entonces paró de hablar. Miró a un tío negro de

la primera fila.
—¿Spencer?
-¿Sí?
—Le has quitado el alambre a tu gorra, ¿no?
—Sí.

—Bueno, veamos, tú estás sentado en tu taxi con tu gorra metida hasta las orejas como Doug Mc Arthur, y una buena señora con su bolsa de la compra se acerca y quiere coger el taxi y tú estás ahí sentado tal cual con tu brazo colgando fuera de la ventanilla y ella te mira y, claro, piensa que eres un cowboy. Pensará que eres un cowboy y no querrá montar en tu taxi. Cogerá el autobús. Esas pijadas están bien en el ejército, si eres un general victorioso en el Pacífico, pero esto es la compañía Yelloçw Cab de Taxis.
Spencer se agachó, cogió el alambre del suelo y lo volvió a colocar en la gorra.
Necesitaba el trabajo.

—Bueno, la mayoría de vosotros os creéis que sabéis conducir ¿eh, tíos? Pero el hecho es que muy poca gente sabe conducir, sólo sabe guiar a medias. Cada vez que conduzco por la calle me maravillo de que no ocurran más accidentes. Cada día veo a dos o tres personas saltarse un disco en rojo como si no existiera. Yo no soy un predicador, pero puedo deciros esto: con la vida que lleva la gente se está volviendo loca y su locura se manifiesta en la forma como conduce. Yo no estoy aquí para deciros cómo tenéis que vivir. Para eso ir a ver a vuestro rabino o a vuestro cura o a vuestra puta. Yo estoy aquí para enseñaros a conducir. Trato de mantener bajas nuestras tasas de seguro y manteneros vivos para que podáis volver por la noche a vuestras casas a comeros el chocho de vuestras mujeres.
—Hostia —dijo el chico que estaba a mi lado—, el viejo Smithson tiene labia, ¿eh?
—Todo hombre es un poeta —dije yo.

—Ahora —dijo Smithson— y, maldita sea, Mc Bride, despierta y escúchame... Bueno, ¿cuándo es el único momento en que un hombre puede perder el control de su taxi sin poder evitarlo?
—¿Cuando se le ponga dura? —dijo algún coñón.

—Mendoza, si no puedes conducir con la polla dura no nos sirves. Algunos de nuestros mejores choferes con ducen con la polla tiesa durante todo el día y también toda la noche.
Los chicos se rieron.
—Venga, ¿cuándo es el único momento en que un hombre puede perder el control de

su coche sin poder hacer nada para remediarlo?
Nadie respondió. Yo levanté la mano.
—¿Sí, Chinaski?
—Un hombre puede perder el control de su coche cuando estornuda.
—Correcto.
—Me sentí de nuevo como un alumno aventajado. Era igual que en los días en el City
College de L.A. —malas calificaciones, pero bueno para enrollarme en clase con los
profesores.
—De acuerdo, cuando estornudas ¿qué es lo que tienes que hacer?
Cuando levantaba otra vez la mano se abrió la puerta y un hombre entró en la

habitación. Se acercó y se me plantó delante.
—¿Es usted Henry Chinaski?
—Sí.
Me quitó de la cabeza la gorra de taxista, casi con rabia. Todo el mundo se quedó

mirándome. El rostro de Smithson permaneció inexpresivo e imparcial.
—Sígame —me dijo el hombre.
Le seguí por el corredor hasta su oficina.
—Siéntese.
Me senté.
—Hemos investigado acerca de usted, Chinaski. -¿Sí?
—Tiene dieciocho detenciones por borrachera y una por conducir borracho.
—Pensé que si lo ponía en la solicitud no me contratarían.
—Nos mintió.
—He dejado de beber.
—No importa. Desde el momento en que ha falsificado su solicitud queda anulado su
contrato.
Me levanté y me largué. Bajé caminando por la acera
junto al edificio del cáncer. Volví a nuestro apartamento. Jan estaba en la cama.
Llevaba puestas unas bragas rosas de encaje. Uno de los lados estaba sujeto con un imper-

dible. Ya estaba borracha.
—¿Cómo te ha ido, papi?
—No quieren saber nada de mí.
—¿Y cómo es eso?
—No quieren homosexuales.
—Oh, bueno. Hay vino en la nevera. Ponte un vaso y ven a la cama.
Eso hice.

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viernes, 6 de diciembre de 2013

"FACTÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 71

Janeway Smithson era una pequeña, enfermiza y canosa caricatura gallinácea de un hombre. Nos metió a cinco o seis tíos en un taxi y nos dirigimos al lecho del río de L.A. Por aquellos días, el río de Los Angeles era un puro fraude —no había agua, sólo un ancho, llano y seco cauce de cemento. Los vagabundos vivían allí abajo por centenares, en pequeños huecos en el hormigón bajo los puentes. Algunos habían puesto incluso macetas con plantas delante de sus refugios. Todo lo que necesitaban para vivir como reyes era calor enlatado (los tubos de calefacción) y lo que recogían del vecino vertedero de basura. Estaban bronceados y relajados y la mayoría de ellos tenían un aspecto mucho más saludable que cualquier típico hombre de negocios de Los Angeles. Aquellos hombres no tenían problemas con las esposas, los impuestos, los caseros, gastos de entierros, dentistas, intereses bancarios, reparaciones de automóvil, ni votos en una cabina con la cortinita cerrada.

Janeway Smithson llevaba en la compañía veinticinco años y era lo suficientemente imbécil como para enorgullecerse de ello. Llevaba una pistola en su bolsillo derecho y presumía de haber parado el taxi en menos tiempo y menos metros en el test de frenado que cualquier otro hombre en toda la historia de la compañía. Mirando a Janeway Smithson pensé que aquel rollo del récord o era una mentira o había sido una puta casualidad. Aparte, como cualquier otro hombre con veinticinco años de servicio en una misma compañía, Smithson era un demente total.

—Muy bien —dijo—, Bowers, tú eres el primero. Pon a esta soplapollas de máquina a ochenta por hora y manténla así. Yo llevo esta pistola en mi mano derecha y el cronómetro en la izquierda. Cuando yo dispare, tú frenas. Si no tienes reflejos para parar lo bastante pronto, estarás esta tarde vendiendo plátanos verdes en el cruce de la Séptima y Broadway... ¡No, jodido imbécil! ¡No mires a la pistola! ¡Mira al frente! Te voy a cantar una nana, voy a hacer que te duermas. Nunca adivinarás cuándo este hijo de puta que te habla va a disparar.

Disparó en este instante. Bowers pisó el freno. Botamos y rebotamos y el coche derrapó. Nubes de polvo se alzaban de debajo de las ruedas mientras patinábamos entre grandes pilares de hormigón. Finalmente el coche con un chirrido dio una última sacudida y se paró. Alguien en el asiento trasero estaba sangrando por la nariz.
—¿Lo he conseguido? —preguntó Bowers.
—Eso no te lo voy a decir —dijo Smithson, haciendo unas anotaciones en su libreta
negra—. Muy bien, De Esprito, ahora te toca a ti.

De Esprito cogió el volante y volvimos otra vez a lo mismo. Los conductores se fueron turnando mientras corríamos por el cauce del río de arriba a abajo, quemando frenos y neumáticos y pegando tiros con la pistola. Me tocó el último.
—Chinaski —dijo Smithson.
Me puse al volante y aceleré el coche hasta los noventa.
—Tú tienes el récord, ¿eh pistoletas? ¡Te voy a borrar del mapa, te voy a dar una
patada en el culo! —le dije.
—¿Qué?

—¡Quítate la cera de los oídos! ¡Te voy a pisotear, pistoletas! ¡Yo le di una vez la mano a Max Baer! ¡Yo fui una vez mecánico de Tex Ritter! ¡Despídete de tu mierdo-so record!
—¡Estás conduciendo con el freno pisado! ¡Quita el pie del maldito freno!
—¡Cántame una nana, pistoletas! ¡Cántame tu cancion-cita! ¡Tengo cuarenta cartas de
amor de Mae West en mi petaca!
—¡Nunca podrás batir mi record!

No aguardé al disparo. Pisé los frenos. Había supuesto bien su reacción. El pistoletazo y el frenazo sonaron al mismo tiempo. Batí su record mundial por cuatro metros y nueve décimas de segundo. Eso es lo que dijo al principio. Entonces cambió de tono y me acusó de haber hecho trampa. Yo dije:
—Está bien, tío, ponme la marca que te salga de los cojones, pero vámonos del río. No
va a llover y está claro que no vamos a pescar ni un puto pez.

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lunes, 2 de diciembre de 2013

"FCATÓTUM" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 70

La compañía Yellow Cab de taxis en L.A. está situada en el extremo sur de la Tercera calle. Hileras e hileras de taxis amarillos descansan bajo el sol en las explanadas. Está cerca de la Sociedad Americana contra el Cáncer. Yo había visitado la Sociedad Americana contra el Cáncer hacía poco, pensando que tendría consultas gratis. Tenía bultos por todo el cuerpo, desmayos, escupía sangre, y fui hasta allá; sólo conseguí que me dieran una cita para tres semanas más tarde. Como a todo buen chico americano, me habían dicho siempre: Agarra el cáncer a tiempo. Pero luego, cuando ibas a agarrarlo a tiempo, te hacían esperar tres semanas para una consulta. Esa es la diferencia entre lo que se dice y la realidad.

Después de tres semanas volví y me dijeron que podían hacerme algunos exámenes gratis, pero que podía pasar esos exámenes y no saber realmente si tenía cáncer o no. Sin embargo, si les daba 25 dólares y pasaba otro examen, podía estar bastante seguro de que no tenía cáncer. Para estar absolutamente seguro, después de pasar e] examen de 25 dólares, tendría que seguir con el examen de 75 dólares, y si pasaba también ése, podía estar tranquilo. Significaría que mi problema era de alcoholismo o de nervios o de taquicardia. Te hablaban con franqueza, bien clarito, aquellas gatitas con las batas blancas de la Sociedad Americana contra el Cáncer, y yo dije: en otras palabras 100 dólares. Uhmm, hum, asintieron, y yo salí y me sumergí en una borrachera de tres días y todos los bultos desaparecieron junto a los desmayos y los esputos de sangre.

Cuando fui a la compañía Yellow Cab de taxis pasé por el edificio del cáncer y me acordé de que había cosas peores que andar buscando un trabajo que no deseabas. Entré y pareció lo bastante sencillo, los mismos historiales de siempre, preguntas, etc. La única novedad fueron las huellas dactilares, pero yo sabía cómo dejarme tomar las huellas dactilares así que relajé la mano y los dedos y los apreté en la tinta. La chica me felicitó por mi destreza. No sospechó que la había adquirido en las comisarías. El señor Yellow me dijo que volviese al día siguiente para las clases de aprendizaje, y Jan y yo lo celebramos por la noche.

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