jueves, 30 de diciembre de 2010
FOTOGRAFÍA CHARLES BUKOWSKI (26)
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ARCHIVO FOTOGRÁFICO BUKOWSKI
miércoles, 29 de diciembre de 2010
CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 99
Sara estaba preparando el pavo y yo estaba sentado en la cocina hablando con ella.
Los dos estábamos bebiendo vino blanco.
Sonó el teléfono. Me levanté a cogerlo. Era Debra.
—Sólo quería desearte feliz Navidad, pelele.
—Gracias, Debra, que Santa Claus se porte bien contigo.
Hablamos un rato, luego volví a sentarme.
—¿Quién era?
—Debra.
—¿Cómo está?
—Bien, supongo.
—¿Qué quería?
—Desearnos felices fiestas.
—Te gustará este pavo orgánico y la guarnición también. La gente come veneno,
puro veneno. América es uno de los países donde el cáncer de colon está en auge.
—Sí, a mí me duele mucho el culo, pero son las hemorroides. Ya me las cortaron una vez. Antes de operarte te meten una especie de serpiente por los intestinos con una pequeña luz incorporada y miran a ver si tienes cáncer. Es una serpiente muy larga. ¡Te la corren por todas las tripas!
Sonó otra vez el teléfono. Lo cogí. Era Cassie.
—¿Hola, cómo estás?
—Sara y yo estamos preparando un pavo.
—Te echo de menos.
—Feliz Navidad. ¿Cómo te va el trabajo?
—Muy bien. Tengo vacaciones hasta el dos de enero.
—¡Feliz año nuevo, Cassie!
—¿Qué coño pasa contigo?
—Estoy un poco volado. No estoy acostumbrado a beber vino en horas tan
tempranas.
—Llámame alguna vez.
—Cómo no.
Volví a la cocina.
—Era Cassie. La gente llama en Navidad. A lo mejor llama Drayer Baba.
—No lo hará.
—¿Por qué?
—Nunca habló en voz alta. Nunca habló y nunca tocó el dinero.
—Eso está muy bien. Déjame probar un poco de esa cosa.
—Está bien.
—No está mal.
Sonó otra vez el teléfono. Así solía ocurrir. Una vez que empezaba a sonar, no
paraba. Entré en el dormitorio y respondí.
—Hola —dije—. ¿Quién es?
—Tú, hijo de perra, ¿no me conoces?
—No, no caigo. —Era una mujer borracha.
—Adivina.
—¡Espera, ya sé!¡I ris !
—Sí,I ris. ¡Y estoy embarazada!
—¿Sabes quién es el padre?
—¿Y eso qué importa?
—Supongo que tienes razón. ¿Cómo van las cosas en Vancouver?
—Muy bien. Adiós.
Volví a la cocina.
—Era la bailarina del vientre canadiense —le dije a Sara.
—¿Qué tal está?
—Está llena de alegría navideña.
Sara metió el pavo en el horno y salimos al salón. Hablamos de trivialidades un
rato. Entonces sonó el teléfono de nuevo.
—Hola —dije.
—¿Eres Henry Chinaski? —era la voz de un joven.
—Sí.
—¿Eres Henry Chinaski, el escritor?
—Sí.
—¿De verdad?
—Sí.
—Bueno, somos una panda de tíos de Bel Air y nos gusta de verdad tu rollo, tío.
¡Lo apreciamos tanto que te vamos a recompensar, tío!
—¿Ah, sí?
—Sí, vamos a pasarnos por allí con unos cuantos paquetes de cerveza.
—Meteros esa cerveza por el culo.
—¿Qué?
—¡He dicho que os metáis la cerveza por el culo!
Colgué.
—¿Quién era? —preguntó Sara.
—Acabo de perder tres o cuatro lectores de Bel Air, pero he salido ganando.
Se hizo el pavo y lo saqué del horno, lo puse en una fuente, aparté mi máquina de escribir y todos mis papeles de la mesa de la cocina y lo dejé allí. Empecé a trincharlo mientras Sara preparaba las verduras de acompañamiento. Nos sentamos. Llené mi plato y Sara el suyo. Tenía buena pinta.
—Espero que ésa de las tetas no vuelva por aquí —dijo Sara. Parecía muy inquieta
ante la idea.
—Si viene, le daré un pedazo.
—¿Qué?
—He dicho que si viene le daré un pedazo. Tú puedes mirar —dije, señalando al
pavo.
Sara gritó. Se levantó. Estaba temblando. Entonces se fue corriendo al dormitorio. Miré mi pavo. No podía comérmelo. Había apretado otra vez el botón equivocado. Salí al salón con mi copa y me senté. Esperé quince minutos y luego puse el pavo y las verduras en la nevera.
Sara volvió a su casa al día siguiente y yo me tomé un sándwich de pavo frío a las tres de la tarde. Hacia las cinco se oyó un terrible aporreamiento en la puerta. La abrí. Eran Tammie y Arlene. Iban de anfetamina. Entraron y empezaron a saltar por todas partes, las
dos hablando a la vez.
—¿Tienes algo de beber?
—Mierda, Hank, ¿tienes algo de beber?
—¿Cómo te han ido las jodidas Navidades, tío?
—¿Cómo te han ido las jodidas Navidades?
—Hay algo de cerveza y vino en la heladera —dije.
(Siempre puedes descubrir a un nostálgico porque llama al congelador la heladera.)
Entraron bailando en la cocina y abrieron la nevera.
—¡Hey, hay un pavo ?
—Estamos hambrientas, Hank. ¿Podemos comer un poco de pavo?
—Claro.
Tammie salió con un muslo y lo mordió.
—¡Eh, este pavo está horroroso! ¡Necesita condimento!
Arlene salió con pedazos de carne en las manos.
—Sí, necesita especias. ¡Está muy soso! ¿No tienes especias?
—En la alacena —dije.
Saltaron y empezaron a rebuscar entre las especias. Luego las echaron sobre el
pavo.
—¡Ahora! ¡Esto está mejor!
—¡Sí, ahora sabe a algo!
—¡Pavo orgánico, mierda!
—¡Sí, es mierda!
—¡Quiero algo más!
—Yo también. Pero necesita especias.
Tammie salió y se sentó. Acababa de comerse el muslo. Entonces cogió el hueso del muslo, lo mordió y lo partió por la mitad, luego empezó a masticarlo. Yo estaba atónito. Estaba comiéndose el hueso del muslo, dejando caer astillas en la alfombra.
—¡Oye, te estás comiendo el hueso!
—¡Sí, está bueno!
Tammie regresó corriendo a la cocina a por más.
Al rato salieron las dos, cada una con una botella de cerveza.
—Gracias, Hank.
—Sí, gracias, tío.
Se sentaron, mamando sus cervezas.
—Bueno —dijo Tammie—, nos vamos.
—¡Sí, nos vamos a violar a algún escolar!
—¡Sí!
De un salto desaparecieron por la puerta. Entré en la cocina y miré en el refrigerador. El pavo parecía como si hubiese sido destrozado a zarpazos por un tigre. Las patas habían sido desgarradas. Parecía obsceno.
Sara vino la noche siguiente.
—¿Cómo está el pavo? —preguntó.
—Bien.
Entró y abrió la puerta de la nevera. Dio un grito. Salió corriendo.
—Dios mío, ¿qué ha ocurrido?
—Vinieron Tammie y Arlene. Creo que no habían comido en una semana.
—Oh, es repugnante. ¡Me ataca el corazón!
—Lo siento. Debería haberlas detenido. Iban dopadas de pastillas.
—Bueno, sólo hay una cosa que puedo hacer.
—¿El qué?
—Puedo hacerte una buena sopa de pavo. Compraré unas verduras.
—Está bien —le dije, y le di un billete de veinte.
Sara preparó la sopa aquella noche. Estaba deliciosa. Cuando se fue por la mañana,
me dio instrucciones de cómo calentarla.
Tammie llamó a la puerta hacia las 4 de la tarde. La dejé entrar y se fue derecho a
la cocina. Abrió la puerta del refrigerador.
—¿Eh, sopa, huh?
—Sí.
—¿Está buena?
—Sí.
—¿Te importa si la pruebo?
—En absoluto.
La oí encender la cocina. Luego la oí probarla.
—¡Dios! (Esto está soso! ¡Necesita especias!
La oí echando las especias. Luego la probó.
—¡Así estámejor! ¡Pero necesita más! Yo soy italiana , ya sabes. Ahora... esto...
¡Así está mejor! Ahora la calentaré, ¿puedo tomarme una cerveza?
—Claro.
Salió con su botella y se sentó.
—¿Me echas de menos? —me preguntó.
—Nunca lo sabrás.
—Creo que voy a conseguir otra vez trabajo en el Play Pen.
—Magnífico.
—Por ahí va gente espléndida, te dan buenas propinas. Un tío me dejaba cinco pavos cada noche de propina. Estaba enamorado de mí. Pero nunca me hizo la menor proposición. Sólo me miraba. Era extraño. Era un cirujano de recto y a veces se masturbaba al verme pasar. Podía olérselo, ya sabes.
—Bueno, cada uno se monta la vida como puede...
—Creo que la sopa está lista, ¿quieres un poco?
—No, gracias.
Tammie entró y la oí sacando cucharadas de la cazuela. Estuvo así largo rato.
Luego salió.
—Me puedes prestar cinco pavos hasta el viernes.
—No.
—Entonces dame sólo un dólar.
Le di un puñado de calderilla. Llegaba a un dólar y treinta y siete centavos.
—Gracias —dijo ella.
—No hay de qué.
Luego se fue por la puerta.
Sara vino la noche siguiente. Raras veces venía tan a menudo, era algo que tenía que ver con las fiestas, todo el mundo andaba perdido, medio loco, asustado. Yo tenía preparado el vino blanco y serví copas para los dos.
—¿Cómo va el restaurante?
—Mal. Apenas sacamos para mantenerlo abierto.
—¿Dónde están tus clientes?
—Todos han dejado la ciudad. Se han ido a alguna parte.
—Todos nuestros proyectos acaban haciendo agua. —No siempre. Hay gente a la que le sale todo bien. —Es verdad.
—¿Cómo está la sopa?
—A punto de terminarse.
—¿Te gustó?
—No he tomado mucha.
Sara entró en la cocina y abrió la puerta de la nevera.
—¿Qué le ha pasado a la sopa? Parece extraña.
Oí cómo la probaba. Luego corrió al fregadero y la escupió.
—¡Jesús, está envenenada! ¿Qué ha ocurrido? ¿Es que volvieron Tammie y Arlene
a tomar sopa también?
—Sólo Tammie.
Sara no gritó. Sólo tiró el resto de la sopa por el fregadero. La pude oír sollozando,
tratando de contenerse. Aquel pobre pavo orgánico había pasado unas jodidas Navidades.
Los dos estábamos bebiendo vino blanco.
Sonó el teléfono. Me levanté a cogerlo. Era Debra.
—Sólo quería desearte feliz Navidad, pelele.
—Gracias, Debra, que Santa Claus se porte bien contigo.
Hablamos un rato, luego volví a sentarme.
—¿Quién era?
—Debra.
—¿Cómo está?
—Bien, supongo.
—¿Qué quería?
—Desearnos felices fiestas.
—Te gustará este pavo orgánico y la guarnición también. La gente come veneno,
puro veneno. América es uno de los países donde el cáncer de colon está en auge.
—Sí, a mí me duele mucho el culo, pero son las hemorroides. Ya me las cortaron una vez. Antes de operarte te meten una especie de serpiente por los intestinos con una pequeña luz incorporada y miran a ver si tienes cáncer. Es una serpiente muy larga. ¡Te la corren por todas las tripas!
Sonó otra vez el teléfono. Lo cogí. Era Cassie.
—¿Hola, cómo estás?
—Sara y yo estamos preparando un pavo.
—Te echo de menos.
—Feliz Navidad. ¿Cómo te va el trabajo?
—Muy bien. Tengo vacaciones hasta el dos de enero.
—¡Feliz año nuevo, Cassie!
—¿Qué coño pasa contigo?
—Estoy un poco volado. No estoy acostumbrado a beber vino en horas tan
tempranas.
—Llámame alguna vez.
—Cómo no.
Volví a la cocina.
—Era Cassie. La gente llama en Navidad. A lo mejor llama Drayer Baba.
—No lo hará.
—¿Por qué?
—Nunca habló en voz alta. Nunca habló y nunca tocó el dinero.
—Eso está muy bien. Déjame probar un poco de esa cosa.
—Está bien.
—No está mal.
Sonó otra vez el teléfono. Así solía ocurrir. Una vez que empezaba a sonar, no
paraba. Entré en el dormitorio y respondí.
—Hola —dije—. ¿Quién es?
—Tú, hijo de perra, ¿no me conoces?
—No, no caigo. —Era una mujer borracha.
—Adivina.
—¡Espera, ya sé!¡I ris !
—Sí,I ris. ¡Y estoy embarazada!
—¿Sabes quién es el padre?
—¿Y eso qué importa?
—Supongo que tienes razón. ¿Cómo van las cosas en Vancouver?
—Muy bien. Adiós.
Volví a la cocina.
—Era la bailarina del vientre canadiense —le dije a Sara.
—¿Qué tal está?
—Está llena de alegría navideña.
Sara metió el pavo en el horno y salimos al salón. Hablamos de trivialidades un
rato. Entonces sonó el teléfono de nuevo.
—Hola —dije.
—¿Eres Henry Chinaski? —era la voz de un joven.
—Sí.
—¿Eres Henry Chinaski, el escritor?
—Sí.
—¿De verdad?
—Sí.
—Bueno, somos una panda de tíos de Bel Air y nos gusta de verdad tu rollo, tío.
¡Lo apreciamos tanto que te vamos a recompensar, tío!
—¿Ah, sí?
—Sí, vamos a pasarnos por allí con unos cuantos paquetes de cerveza.
—Meteros esa cerveza por el culo.
—¿Qué?
—¡He dicho que os metáis la cerveza por el culo!
Colgué.
—¿Quién era? —preguntó Sara.
—Acabo de perder tres o cuatro lectores de Bel Air, pero he salido ganando.
Se hizo el pavo y lo saqué del horno, lo puse en una fuente, aparté mi máquina de escribir y todos mis papeles de la mesa de la cocina y lo dejé allí. Empecé a trincharlo mientras Sara preparaba las verduras de acompañamiento. Nos sentamos. Llené mi plato y Sara el suyo. Tenía buena pinta.
—Espero que ésa de las tetas no vuelva por aquí —dijo Sara. Parecía muy inquieta
ante la idea.
—Si viene, le daré un pedazo.
—¿Qué?
—He dicho que si viene le daré un pedazo. Tú puedes mirar —dije, señalando al
pavo.
Sara gritó. Se levantó. Estaba temblando. Entonces se fue corriendo al dormitorio. Miré mi pavo. No podía comérmelo. Había apretado otra vez el botón equivocado. Salí al salón con mi copa y me senté. Esperé quince minutos y luego puse el pavo y las verduras en la nevera.
Sara volvió a su casa al día siguiente y yo me tomé un sándwich de pavo frío a las tres de la tarde. Hacia las cinco se oyó un terrible aporreamiento en la puerta. La abrí. Eran Tammie y Arlene. Iban de anfetamina. Entraron y empezaron a saltar por todas partes, las
dos hablando a la vez.
—¿Tienes algo de beber?
—Mierda, Hank, ¿tienes algo de beber?
—¿Cómo te han ido las jodidas Navidades, tío?
—¿Cómo te han ido las jodidas Navidades?
—Hay algo de cerveza y vino en la heladera —dije.
(Siempre puedes descubrir a un nostálgico porque llama al congelador la heladera.)
Entraron bailando en la cocina y abrieron la nevera.
—¡Hey, hay un pavo ?
—Estamos hambrientas, Hank. ¿Podemos comer un poco de pavo?
—Claro.
Tammie salió con un muslo y lo mordió.
—¡Eh, este pavo está horroroso! ¡Necesita condimento!
Arlene salió con pedazos de carne en las manos.
—Sí, necesita especias. ¡Está muy soso! ¿No tienes especias?
—En la alacena —dije.
Saltaron y empezaron a rebuscar entre las especias. Luego las echaron sobre el
pavo.
—¡Ahora! ¡Esto está mejor!
—¡Sí, ahora sabe a algo!
—¡Pavo orgánico, mierda!
—¡Sí, es mierda!
—¡Quiero algo más!
—Yo también. Pero necesita especias.
Tammie salió y se sentó. Acababa de comerse el muslo. Entonces cogió el hueso del muslo, lo mordió y lo partió por la mitad, luego empezó a masticarlo. Yo estaba atónito. Estaba comiéndose el hueso del muslo, dejando caer astillas en la alfombra.
—¡Oye, te estás comiendo el hueso!
—¡Sí, está bueno!
Tammie regresó corriendo a la cocina a por más.
Al rato salieron las dos, cada una con una botella de cerveza.
—Gracias, Hank.
—Sí, gracias, tío.
Se sentaron, mamando sus cervezas.
—Bueno —dijo Tammie—, nos vamos.
—¡Sí, nos vamos a violar a algún escolar!
—¡Sí!
De un salto desaparecieron por la puerta. Entré en la cocina y miré en el refrigerador. El pavo parecía como si hubiese sido destrozado a zarpazos por un tigre. Las patas habían sido desgarradas. Parecía obsceno.
Sara vino la noche siguiente.
—¿Cómo está el pavo? —preguntó.
—Bien.
Entró y abrió la puerta de la nevera. Dio un grito. Salió corriendo.
—Dios mío, ¿qué ha ocurrido?
—Vinieron Tammie y Arlene. Creo que no habían comido en una semana.
—Oh, es repugnante. ¡Me ataca el corazón!
—Lo siento. Debería haberlas detenido. Iban dopadas de pastillas.
—Bueno, sólo hay una cosa que puedo hacer.
—¿El qué?
—Puedo hacerte una buena sopa de pavo. Compraré unas verduras.
—Está bien —le dije, y le di un billete de veinte.
Sara preparó la sopa aquella noche. Estaba deliciosa. Cuando se fue por la mañana,
me dio instrucciones de cómo calentarla.
Tammie llamó a la puerta hacia las 4 de la tarde. La dejé entrar y se fue derecho a
la cocina. Abrió la puerta del refrigerador.
—¿Eh, sopa, huh?
—Sí.
—¿Está buena?
—Sí.
—¿Te importa si la pruebo?
—En absoluto.
La oí encender la cocina. Luego la oí probarla.
—¡Dios! (Esto está soso! ¡Necesita especias!
La oí echando las especias. Luego la probó.
—¡Así estámejor! ¡Pero necesita más! Yo soy italiana , ya sabes. Ahora... esto...
¡Así está mejor! Ahora la calentaré, ¿puedo tomarme una cerveza?
—Claro.
Salió con su botella y se sentó.
—¿Me echas de menos? —me preguntó.
—Nunca lo sabrás.
—Creo que voy a conseguir otra vez trabajo en el Play Pen.
—Magnífico.
—Por ahí va gente espléndida, te dan buenas propinas. Un tío me dejaba cinco pavos cada noche de propina. Estaba enamorado de mí. Pero nunca me hizo la menor proposición. Sólo me miraba. Era extraño. Era un cirujano de recto y a veces se masturbaba al verme pasar. Podía olérselo, ya sabes.
—Bueno, cada uno se monta la vida como puede...
—Creo que la sopa está lista, ¿quieres un poco?
—No, gracias.
Tammie entró y la oí sacando cucharadas de la cazuela. Estuvo así largo rato.
Luego salió.
—Me puedes prestar cinco pavos hasta el viernes.
—No.
—Entonces dame sólo un dólar.
Le di un puñado de calderilla. Llegaba a un dólar y treinta y siete centavos.
—Gracias —dijo ella.
—No hay de qué.
Luego se fue por la puerta.
Sara vino la noche siguiente. Raras veces venía tan a menudo, era algo que tenía que ver con las fiestas, todo el mundo andaba perdido, medio loco, asustado. Yo tenía preparado el vino blanco y serví copas para los dos.
—¿Cómo va el restaurante?
—Mal. Apenas sacamos para mantenerlo abierto.
—¿Dónde están tus clientes?
—Todos han dejado la ciudad. Se han ido a alguna parte.
—Todos nuestros proyectos acaban haciendo agua. —No siempre. Hay gente a la que le sale todo bien. —Es verdad.
—¿Cómo está la sopa?
—A punto de terminarse.
—¿Te gustó?
—No he tomado mucha.
Sara entró en la cocina y abrió la puerta de la nevera.
—¿Qué le ha pasado a la sopa? Parece extraña.
Oí cómo la probaba. Luego corrió al fregadero y la escupió.
—¡Jesús, está envenenada! ¿Qué ha ocurrido? ¿Es que volvieron Tammie y Arlene
a tomar sopa también?
—Sólo Tammie.
Sara no gritó. Sólo tiró el resto de la sopa por el fregadero. La pude oír sollozando,
tratando de contenerse. Aquel pobre pavo orgánico había pasado unas jodidas Navidades.
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CHARLES BUKOWSKI MUJERES NOVELA COMPLETA
martes, 28 de diciembre de 2010
FOTOGRAFÍA CHARLES BUKOWSKI (25)
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ARCHIVO FOTOGRÁFICO BUKOWSKI
lunes, 27 de diciembre de 2010
CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 98
Veía a Sara cada tres o cuatro días, en su casa o la mía. Dormíamos juntos, pero no jodíamos. Llegábamos muy cerca, pero nunca pasábamos de ese punto. Los preceptos de Drayer Baba se mantenían con firmeza.
Decidimos pasar las fiestas juntos en mi casa, la Navidad y Año Nuevo.
Sara llegó al mediodía del 24 en su furgoneta. La vi aparcar y luego salí a su encuentro. Llevaba maderas apiladas en la furgoneta. Iba a ser mi regalo de Navidad: me iba a- construir una cama. Mi cama era de broma. Un simple cuadrado de muelles, descuajaringado y herrumbroso. Sara había comprado también un pavo orgánico más los condimentos. Yo iba a pagar eso y el vino blanco. Y había pequeños regalos para cada uno de los dos.
Entramos las maderas y el pavo y accesorios y condimentos. Yo saqué mi caricatura de cama y puse un cartel: «Gratis». Se llevaron primero la cabecera, luego el somier herrumbroso y más tarde el colchón. Era un vecindario pobre.
Yo había visto la cama de Sara en su casa, había dormido en ella y me había gustado. Siempre me habían disgustado los colchones clásicos, por lo menos los que yo podía comprar. Había gastado la mitad de mi vida en camas que eran más a propósito para una lombriz que para un hombre de carne y hueso.
Sara había construido su propia cama y me iba a construir una igual. Una sólida plataforma de madera soportada por siete patas, cuatro en cada esquina y la séptima directamente en el medio, coronada por una firme cubierta de espuma de quince centímetros de grosor. Sara tenía buenas ideas. Yo aguantaba las patas y Sara clavaba los clavos. Era buena con el martillo. Sólo pesaba 49 kilos, pero sabía cómo clavar un clavo. Iba a ser una bonita cama.
No le costó mucho tiempo.
Luego la probamos, no sexualmente, mientras Drayer Baba sonreía por encima
nuestro.Dimos una vuelta buscando un árbol de Navidad. Yo no tenía un interés especial en
comprar un árbol (las Navidades siempre habían sido un tiempo muy triste durante mi niñez), y cuando encontramos todos los viveros vacíos, la falta de un árbol no me importó gran cosa. Sara estaba triste mientras regresábamos, pero después de llegar y tomarse unas copas de vino blanco, recobró su buen humor y se puso a colgar adornos navideños, luces y purpurina por todas partes, casi toda la purpurina por mi pelo.
Había leído que la gente se suicidaba más la víspera y el día de Navidad que cualquier otro día. La fiesta tenía poco o nada que ver con el nacimiento de Cristo, aparentemente.
Toda la música de la radio era enfermante y la televisión aún peor, así que la
apagamos y ella telefoneó a su madre en Maine.
Yo también hablé con la mamá y la verdad es que la mamá no parecía nada mal.
—En un principio —me dijo Sara—, pensé en emparejarte con mamá, pero ella es
un poco más vieja que tú.
—Olvídalo.
—Tiene buenas piernas.
—Olvídalo.
—¿Tienes prejuicios contra la vejez?
—Sí, contra la vejez de todo el mundo menos la mía.
—Te comportas como una estrella de cine. ¿Siempre has tenido mujeres 20 o 30
años más jóvenes que tú?
—No cuando yo tenía 20 años.
—Muy bien entonces. ¿Has tenido alguna vez una mujer más vieja que tú, me
refiero a haber vivido con ella?
—Sí, cuando yo tenía 25 viví con una mujer de 35.
—¿Cómo te fue?
—Fue terrible. Me enamoré.
—¿Qué es lo que fue terrible? —Me hizo ir a la universidad. —¿Y eso fue terrible?
—No era el tipo de universidad que tú piensas. Ella era la facultad y yo el cuerpo
estudiantil.
—¿Qué fue de ella?
—La enterré.
—¿Con honores? ¿La mataste?
—La bebida la mató.
—Feliz Navidad.
—Claro. Háblame de los tuyos.
—Paso.
—¿Demasiados?
—Demasiados, y aun así demasiado pocos.
Treinta o cuarenta minutos más tarde alguien llamó a la puerta. Sara se levantó y abrió. Entró una sex symbol. En Nochebuena. Yo no sabía quién era. Llevaba un traje de noche negro y ajustado y sus grandes tetas parecían que fueran a escapar del escote en cualquier momento. Era magnífica. Nunca había visto tetas como aquéllas, mostradas de
aquella manera, excepto en las películas.
—¡Hola, Hank!
Me conocía.
—Soy Edie. Me conociste una noche en casa de Bobby.
—¿Ah sí?
—¿Estabas demasiado borracho como para acordarte?
—Hola, Edie, ésta es Sara.
—Estaba buscando a Bobby. Pensé que a lo mejor estaba aquí.
—Siéntate y toma una copa.
Edie se sentó en un sillón a mi derecha, muy cerca de mí. Tendría unos 25 años. Encendió un cigarrillo y pegó un sorbo a su bebida. Cada vez que se inclinaba sobre la mesita del café yo estaba seguro de que iba a ocurrir, seguro de que aquellas tetas saldrían a respirar. Y tenía miedo de lo que yo pudiera hacer si aquello ocurría. No lo podía predecir. Nunca había sido un hombre de tetas, siempre un hombre de piernas. Pero Edie realmente sabía cómohacerlo. Yo tenía miedo y miraba de reojo a sus tetas sin saber si quería que se saliesen o se quedasen dentro.
—¿Conocías a Manny? —me preguntó—. Solía ir a casa de Bobby.
—Sí.
—Tuve que darle la papeleta. Era demasiado celoso, el cabrón. ¡Hasta contrató a un
detective privado para que me siguiera! ¡Imagínate! ¡Ese simplón saco de mierda!
—Ya.
—¡Odio a los hombres que son unos mangantes! ¡Odio a los zarrapastrosos!
—«Un buen hombre, en estos días, es difícil de encontrar» —dije yo—. Esa era una
canción de la Segunda Guerra Mundial. También estaba «No te sientes bajo el manzano
con nadie más que yo».
—Hank, estás balbuceando... —dijo Sara.
—Tómate otra copa, Edie —dije, y le serví otra.
—¡Los hombres son talesmierdas! —continuó—. Entré el otro día en un bar. Iba
con cuatro tipos, amigos. Nos sentamos a beber de un trago grandes vasos de cerveza, nos
retamos, ya sabes, pasando simplemente un buen rato, no estábamos molestando a nadie.
Entonces me vinieron ganas de jugar al billar. Me gusta jugar al billar. Creo que cuando
una dama juega al billar, muestra su clase.
—Yo no puedo jugar al billar —dije—, siempre rasgo el tapete. Y ni siquiera soy
una dama.
—Bueno, la cosa es que me levanté y me acerqué a la mesa y había un tío jugando solo. Me puse a su lado y le dije, «Oye, has tenido la mesa durante mucho tiempo. Mis amigos y yo queremos jugar un poco al billar. ¿Te importa dejarnos la mesa un rato?». Se volvió y me miró. Esperó. Entonces se rió sardónicamente y dijo: «De acuerdo».
Edie se animó y siguió su relato gesticulando con gran agitación mientras yo
miraba sus tetas.
—Me di la vuelta y les dije a mis amigos: «Tenemos la mesa». El tío estaba tirando su última bola cuando se le acerca un compadre suyo y le dice: «Eh, Ehnie, he oído que vas a dejar tu mesa». ¿Y sabes lo que le contesta este tío? Dice: «¡Sí, se la voy a dejar a esta zorra!». Yo lo oí y me cegué de ira. Este tío estaba inclinado sobre la mesa para darle a la bola. Yo cogí un palo de billar y le pegué en la cabeza lo más fuerte que pude. El tío se quedó tumbado sobre la mesa como muerto. Era conocido en el bar y tenía muchos amigos que se levantaron mientras mis amigos también se levantaban. ¡Chico, vaya trifulca! Pegando botellazos, rompiendo espejos... No sé cómo conseguimos salir de allí, pero el caso es que lo hicimos. ¿Tienes algo de mierda?
—Sí, pero no lío muy bien.
—Yo lo haré.
Edie lió un porro fino y apretado, como una profesional. Lo chupó y lo pegó, luego
me lo pasó.
—Así que volví la otra noche, sola. El dueño, que era el camarero, me reconoció. Se llama Claude. «Claude» le dije, «siento lo de ayer, pero ese tío de la mesa era un cabrón. Me llamó zorra».
Serví más copas. En otro minuto se le saldrían las tetas.
—El dueño dijo: «Está bien, olvídalo». Parecía un buen tipo. «¿Qué bebes?» me dijo. Yo me paseé por el bar y me tomé dos o tres copas gratis y él me dijo: «¿Sabes? Podría necesitar una camarera».
Edie pegó una calada al porro y siguió:
—Me habló de la otra camarera. «Atraía a los hombres, pero causaba muchos problemas. Jugaba con un hombre tras otro. Siempre estaba solicitada. Luego descubrí que estaba negociando por su lado. Utilizaba MI bar para vender su coño.»
—¿De veras? —preguntó Sara.
—Eso es lo que dijo. En cualquier caso, me ofreció contratarme de camarera, y dijo: «¡Sin triquiñuelas en el trabajo!». Le dije que cortara el rollo, que yo no era una de ésas. Pensé que quizás podría ahorrar algo de dinero para ir a la universidad a estudiar química y francés, es lo que siempre he querido. Entonces él dijo: «Ven aquí atrás, quiero enseñarte dónde guardamos las reservas de bebida y también quiero que te pruebes un uniforme que tengo. Aún no se ha estrenado y creo que es de tu tamaño». Así que entré con él en la pequeña trastienda a oscuras y él trató de agarrarme. Yo le aparté. Entonces me dijo: «Dame sólo un besito». «¡Vete a tomar por culo!» le dije. Era calvo y gordo y enano y tenía dientes postizos y lunares negros con pelos en las mejillas. Se abalanzó sobre mí y me agarró del culo con una mano y de una teta con la otra, tratando de besarme. Yo le volví a apartar de un empujón. «Tengo una mujer —dijo—, quiero a mi mujer, ¡no te preocupes!» Se echó otra vez sobre mí y yo le di una patada ya sabes dónde. Supongo que no tenía nada allí, ni siquiera se inmutó. «Te daréd in ero», me dijo. «¡Seréb u en o contigo!» Le dije que se comiera su mierda y se muriese. Así perdí otro trabajo.
—Es una triste historia -—dije.
—Oye —dijo Edie—, me tengo que ir. Feliz Navidad. Gracias por las bebidas.
Se levantó y yo la acompañé hasta la puerta, la abrí. Se fue por el patio. Yo regresé
y me senté.
—Hijo de puta —dijo Sara.
—¿Qué pasa?
—Si yo no hubiera estado aquí te la habrías jodido.
—Apenas la conozco.
—¡Todo ese tetamen! ¡Estabas aterrorizado! ¡Te daba miedo hastamira rl a!
—¿Qué hará vagando por ahí en Nochebuena?
—¿Por qué no se lo preguntaste?
—Dijo que estaba buscando a Bobby.
—Si yo no hubiera estado aquí te la habrías jodido.
—No sé. No hay forma de saberlo.
Entonces Sara se levantó y chilló. Empezó a sollozar y se fue corriendo a la otra
habitación. Me serví una copa. Las lucecitas de colores de las paredes lucían intermitentes.
Decidimos pasar las fiestas juntos en mi casa, la Navidad y Año Nuevo.
Sara llegó al mediodía del 24 en su furgoneta. La vi aparcar y luego salí a su encuentro. Llevaba maderas apiladas en la furgoneta. Iba a ser mi regalo de Navidad: me iba a- construir una cama. Mi cama era de broma. Un simple cuadrado de muelles, descuajaringado y herrumbroso. Sara había comprado también un pavo orgánico más los condimentos. Yo iba a pagar eso y el vino blanco. Y había pequeños regalos para cada uno de los dos.
Entramos las maderas y el pavo y accesorios y condimentos. Yo saqué mi caricatura de cama y puse un cartel: «Gratis». Se llevaron primero la cabecera, luego el somier herrumbroso y más tarde el colchón. Era un vecindario pobre.
Yo había visto la cama de Sara en su casa, había dormido en ella y me había gustado. Siempre me habían disgustado los colchones clásicos, por lo menos los que yo podía comprar. Había gastado la mitad de mi vida en camas que eran más a propósito para una lombriz que para un hombre de carne y hueso.
Sara había construido su propia cama y me iba a construir una igual. Una sólida plataforma de madera soportada por siete patas, cuatro en cada esquina y la séptima directamente en el medio, coronada por una firme cubierta de espuma de quince centímetros de grosor. Sara tenía buenas ideas. Yo aguantaba las patas y Sara clavaba los clavos. Era buena con el martillo. Sólo pesaba 49 kilos, pero sabía cómo clavar un clavo. Iba a ser una bonita cama.
No le costó mucho tiempo.
Luego la probamos, no sexualmente, mientras Drayer Baba sonreía por encima
nuestro.Dimos una vuelta buscando un árbol de Navidad. Yo no tenía un interés especial en
comprar un árbol (las Navidades siempre habían sido un tiempo muy triste durante mi niñez), y cuando encontramos todos los viveros vacíos, la falta de un árbol no me importó gran cosa. Sara estaba triste mientras regresábamos, pero después de llegar y tomarse unas copas de vino blanco, recobró su buen humor y se puso a colgar adornos navideños, luces y purpurina por todas partes, casi toda la purpurina por mi pelo.
Había leído que la gente se suicidaba más la víspera y el día de Navidad que cualquier otro día. La fiesta tenía poco o nada que ver con el nacimiento de Cristo, aparentemente.
Toda la música de la radio era enfermante y la televisión aún peor, así que la
apagamos y ella telefoneó a su madre en Maine.
Yo también hablé con la mamá y la verdad es que la mamá no parecía nada mal.
—En un principio —me dijo Sara—, pensé en emparejarte con mamá, pero ella es
un poco más vieja que tú.
—Olvídalo.
—Tiene buenas piernas.
—Olvídalo.
—¿Tienes prejuicios contra la vejez?
—Sí, contra la vejez de todo el mundo menos la mía.
—Te comportas como una estrella de cine. ¿Siempre has tenido mujeres 20 o 30
años más jóvenes que tú?
—No cuando yo tenía 20 años.
—Muy bien entonces. ¿Has tenido alguna vez una mujer más vieja que tú, me
refiero a haber vivido con ella?
—Sí, cuando yo tenía 25 viví con una mujer de 35.
—¿Cómo te fue?
—Fue terrible. Me enamoré.
—¿Qué es lo que fue terrible? —Me hizo ir a la universidad. —¿Y eso fue terrible?
—No era el tipo de universidad que tú piensas. Ella era la facultad y yo el cuerpo
estudiantil.
—¿Qué fue de ella?
—La enterré.
—¿Con honores? ¿La mataste?
—La bebida la mató.
—Feliz Navidad.
—Claro. Háblame de los tuyos.
—Paso.
—¿Demasiados?
—Demasiados, y aun así demasiado pocos.
Treinta o cuarenta minutos más tarde alguien llamó a la puerta. Sara se levantó y abrió. Entró una sex symbol. En Nochebuena. Yo no sabía quién era. Llevaba un traje de noche negro y ajustado y sus grandes tetas parecían que fueran a escapar del escote en cualquier momento. Era magnífica. Nunca había visto tetas como aquéllas, mostradas de
aquella manera, excepto en las películas.
—¡Hola, Hank!
Me conocía.
—Soy Edie. Me conociste una noche en casa de Bobby.
—¿Ah sí?
—¿Estabas demasiado borracho como para acordarte?
—Hola, Edie, ésta es Sara.
—Estaba buscando a Bobby. Pensé que a lo mejor estaba aquí.
—Siéntate y toma una copa.
Edie se sentó en un sillón a mi derecha, muy cerca de mí. Tendría unos 25 años. Encendió un cigarrillo y pegó un sorbo a su bebida. Cada vez que se inclinaba sobre la mesita del café yo estaba seguro de que iba a ocurrir, seguro de que aquellas tetas saldrían a respirar. Y tenía miedo de lo que yo pudiera hacer si aquello ocurría. No lo podía predecir. Nunca había sido un hombre de tetas, siempre un hombre de piernas. Pero Edie realmente sabía cómohacerlo. Yo tenía miedo y miraba de reojo a sus tetas sin saber si quería que se saliesen o se quedasen dentro.
—¿Conocías a Manny? —me preguntó—. Solía ir a casa de Bobby.
—Sí.
—Tuve que darle la papeleta. Era demasiado celoso, el cabrón. ¡Hasta contrató a un
detective privado para que me siguiera! ¡Imagínate! ¡Ese simplón saco de mierda!
—Ya.
—¡Odio a los hombres que son unos mangantes! ¡Odio a los zarrapastrosos!
—«Un buen hombre, en estos días, es difícil de encontrar» —dije yo—. Esa era una
canción de la Segunda Guerra Mundial. También estaba «No te sientes bajo el manzano
con nadie más que yo».
—Hank, estás balbuceando... —dijo Sara.
—Tómate otra copa, Edie —dije, y le serví otra.
—¡Los hombres son talesmierdas! —continuó—. Entré el otro día en un bar. Iba
con cuatro tipos, amigos. Nos sentamos a beber de un trago grandes vasos de cerveza, nos
retamos, ya sabes, pasando simplemente un buen rato, no estábamos molestando a nadie.
Entonces me vinieron ganas de jugar al billar. Me gusta jugar al billar. Creo que cuando
una dama juega al billar, muestra su clase.
—Yo no puedo jugar al billar —dije—, siempre rasgo el tapete. Y ni siquiera soy
una dama.
—Bueno, la cosa es que me levanté y me acerqué a la mesa y había un tío jugando solo. Me puse a su lado y le dije, «Oye, has tenido la mesa durante mucho tiempo. Mis amigos y yo queremos jugar un poco al billar. ¿Te importa dejarnos la mesa un rato?». Se volvió y me miró. Esperó. Entonces se rió sardónicamente y dijo: «De acuerdo».
Edie se animó y siguió su relato gesticulando con gran agitación mientras yo
miraba sus tetas.
—Me di la vuelta y les dije a mis amigos: «Tenemos la mesa». El tío estaba tirando su última bola cuando se le acerca un compadre suyo y le dice: «Eh, Ehnie, he oído que vas a dejar tu mesa». ¿Y sabes lo que le contesta este tío? Dice: «¡Sí, se la voy a dejar a esta zorra!». Yo lo oí y me cegué de ira. Este tío estaba inclinado sobre la mesa para darle a la bola. Yo cogí un palo de billar y le pegué en la cabeza lo más fuerte que pude. El tío se quedó tumbado sobre la mesa como muerto. Era conocido en el bar y tenía muchos amigos que se levantaron mientras mis amigos también se levantaban. ¡Chico, vaya trifulca! Pegando botellazos, rompiendo espejos... No sé cómo conseguimos salir de allí, pero el caso es que lo hicimos. ¿Tienes algo de mierda?
—Sí, pero no lío muy bien.
—Yo lo haré.
Edie lió un porro fino y apretado, como una profesional. Lo chupó y lo pegó, luego
me lo pasó.
—Así que volví la otra noche, sola. El dueño, que era el camarero, me reconoció. Se llama Claude. «Claude» le dije, «siento lo de ayer, pero ese tío de la mesa era un cabrón. Me llamó zorra».
Serví más copas. En otro minuto se le saldrían las tetas.
—El dueño dijo: «Está bien, olvídalo». Parecía un buen tipo. «¿Qué bebes?» me dijo. Yo me paseé por el bar y me tomé dos o tres copas gratis y él me dijo: «¿Sabes? Podría necesitar una camarera».
Edie pegó una calada al porro y siguió:
—Me habló de la otra camarera. «Atraía a los hombres, pero causaba muchos problemas. Jugaba con un hombre tras otro. Siempre estaba solicitada. Luego descubrí que estaba negociando por su lado. Utilizaba MI bar para vender su coño.»
—¿De veras? —preguntó Sara.
—Eso es lo que dijo. En cualquier caso, me ofreció contratarme de camarera, y dijo: «¡Sin triquiñuelas en el trabajo!». Le dije que cortara el rollo, que yo no era una de ésas. Pensé que quizás podría ahorrar algo de dinero para ir a la universidad a estudiar química y francés, es lo que siempre he querido. Entonces él dijo: «Ven aquí atrás, quiero enseñarte dónde guardamos las reservas de bebida y también quiero que te pruebes un uniforme que tengo. Aún no se ha estrenado y creo que es de tu tamaño». Así que entré con él en la pequeña trastienda a oscuras y él trató de agarrarme. Yo le aparté. Entonces me dijo: «Dame sólo un besito». «¡Vete a tomar por culo!» le dije. Era calvo y gordo y enano y tenía dientes postizos y lunares negros con pelos en las mejillas. Se abalanzó sobre mí y me agarró del culo con una mano y de una teta con la otra, tratando de besarme. Yo le volví a apartar de un empujón. «Tengo una mujer —dijo—, quiero a mi mujer, ¡no te preocupes!» Se echó otra vez sobre mí y yo le di una patada ya sabes dónde. Supongo que no tenía nada allí, ni siquiera se inmutó. «Te daréd in ero», me dijo. «¡Seréb u en o contigo!» Le dije que se comiera su mierda y se muriese. Así perdí otro trabajo.
—Es una triste historia -—dije.
—Oye —dijo Edie—, me tengo que ir. Feliz Navidad. Gracias por las bebidas.
Se levantó y yo la acompañé hasta la puerta, la abrí. Se fue por el patio. Yo regresé
y me senté.
—Hijo de puta —dijo Sara.
—¿Qué pasa?
—Si yo no hubiera estado aquí te la habrías jodido.
—Apenas la conozco.
—¡Todo ese tetamen! ¡Estabas aterrorizado! ¡Te daba miedo hastamira rl a!
—¿Qué hará vagando por ahí en Nochebuena?
—¿Por qué no se lo preguntaste?
—Dijo que estaba buscando a Bobby.
—Si yo no hubiera estado aquí te la habrías jodido.
—No sé. No hay forma de saberlo.
Entonces Sara se levantó y chilló. Empezó a sollozar y se fue corriendo a la otra
habitación. Me serví una copa. Las lucecitas de colores de las paredes lucían intermitentes.
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CHARLES BUKOWSKI MUJERES NOVELA COMPLETA
domingo, 26 de diciembre de 2010
FOTOGRAFÍA CHARLES BUKOWSKI (24)
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ARCHIVO FOTOGRÁFICO BUKOWSKI
sábado, 25 de diciembre de 2010
CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 97
Recibí una carta en el correo. Estaba remitida desde Hollywood.
Querido Chinaski:
He leído casi todos tus libros. Trabajo de mecanógrafa en un sitio de la avenida Cherokee. He colgado tu foto junto a mi escritorio. Es un cartel de una de tus lecturas. La gente me pregunta «¿Quién es ése?» y yo les digo, «Mi novio» y ellos dicen, «¡Dios mío!».
Le dejé a mi jefe uno de tus libros de relatos. La bestia con tres piernas y me dijo que no le había gustado. Dijo que no sabías escribir. Dijo que era mierda barata. Se enfadó mucho.
De cualquier manera, a mí me gustan tus cosas y me gustaría conocerte.
Dicen que soy bonita y bien formada. ¿Te gustaría conocerme?
Con amor.
Valencia
Dejaba dos números de teléfono, uno del trabajo y otro de casa. Eran las dos y
media de la tarde. Marqué el número del trabajo.
—¿Sí? —respondió una voz de mujer.
—¿Está Valencia?
—Yo soy Valencia.
—Soy Chinaski. Recibí tu carta.
—Pensé que llamarías.
—Tienes una voz sexy —le dije.
—Tú también.
—¿Cuándo puedo verte?
—Bueno, esta noche no tengo nada que hacer.
—Bien, ¿entonces esta noche?
—De acuerdo. Te veré después del trabajo. Nos podemos encontrar en un bar del
Bulevar Cahuenga, el Foxhole, ¿sabes dónde está?
—Sí.
—Entonces te veré a las seis...
Llegué y aparqué a la puerta del Foxhole. Encendí un cigarrillo y me quedé un rato sentado. Luego salí y entré en el bar. ¿Cuál era Valencia? Me quedé allí parado y nadie me dijo nada. Me acerqué a la barra y pedí un vodka-7 doble. Entonces oí mi nombre.
—¿Henry?
Miré a mi alrededor y allí estaba una rubia sola en un rincón. Cogí mi bebida y fui a sentarme. Tendría unos 38 años y no estaba tan bien formada. Estaba un poco gorda. Sus tetas eran muy grandes, pero le caían fláccidas. Tenía pelo corto rubio. Estaba hecha pesadamente y parecía cansada. Llevaba pantalones, blusa y botas. Ojos azul pálido. Muchas pulseras en cada brazo. Su cara no revelaba nada, aunque puede que alguna vez hubiera sido hermosa.
—Ha sido realmente un jodido día miserable —me dijo—, he escrito a máquina
hasta romperme el culo.
—Podemos salir otra noche cuando te sientas mejor —me apresuré a decirle.
—Oh, mierda, no hay problema. Otra copa y me quedaré como una rosa.
Valencia se volvió hacia la camarera.
—Otro vino.
Bebía vino blanco.
—¿Cómo te va la literatura? —me preguntó—. ¿Has sacado nuevos libros?
—No, pero estoy trabajando en una novela.
—¿Cómo se va a llamar?
—Todavía no tiene título.
—¿Va a ser buena?
—No sé.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. Yo acabé mi vodka y pedí otro. Valencia simplemente no era mi tipo en ningún sentido. Me desagradaba. Hay gente así, a la que nada más conocerlas ya desprecias.
—Hay una chica japonesa donde trabajo que hace todo lo posible para que me
despidan. Yo lo tengo arreglado con el jefe, pero esta perra me hace insoportable la vida.
Algún día le voy a dar una patada en el culo.
—¿De dónde eres?
—De Chicago.
—No me gusta Chicago.
—A mí sí.
Acabé mi bebida, ella la suya. Valencia me pasó su cuenta.
—¿Te importa pagar esto? También me tomé una ensalada de gambas.
Saqué las llaves para abrir el coche.
—¿Este es tu coche?
—Sí.
—¿Esperas que yo monte en un coche como éste?
—Mira, si no quieres montar, no montes.
Valencia subió. Sacó su espejo y empezó a maquillarse la cara mientras
conducíamos. Mi casa no estaba muy lejos. Aparqué.
Al entrar dijo:
—Este sitio está hecho una guarrada. Necesitas a alguien que o arregle.
Saqué el vodka y el 7-Up y preparé dos copas. Valencia se quitó las botas.
—¿Dónde está tu máquina de escribir?
—En la mesa de la cocina.
—¿No tienes un escritorio? Yo pensé que los escritores tenían escritorios.
—Algunos no tienen ni siquiera mesas de cocina.
—¿Has estado casado?
—Una vez.
—¿Qué es lo que fue mal?
—Empezamos a odiarnos mutuamente.
—Yo he estado casada cuatro veces. Todavía veo a mis ex maridos. Somos amigos.
—Bebe.
—Pareces nervioso.
—Estoy bien.
Valencia acabó su bebida, luego se estiró en el sofá. Puso la cabeza sobre mi hombro. Yo empecé a acariciar su pelo. Le serví otra copa y volví a acariciar su pelo. Podía mirar dentro de su blusa y verle las tetas. Me incliné y le di un largo beso. Su lengua asaeteó mi boca. La odiaba. Se me empezó a empalmar la polla. Nos besamos otra vez y le metí mano por dentro de la blusa.
—Sabía que te conocería algún día —me dijo.
La besé otra vez, en esta ocasión con cierto salvajismo. Sintió mi polla contra su
cabeza.
—¡Eh! —dijo.
—No es nada.
—Y un carajo. ¿Qué quieres hacer?
—No sé.
—Yo sí sé.
Valencia se levantó y fue al baño. Cuando salió estaba desnuda. Se metió bajo las sábanas. Yo me tomé otra copa, luego me desvestí y me metí en la cama. Aparté las sábanas. Vaya tetas descomunales. La mitad de ella eran tetas. Agarré una con mi mano lo mejor que pude y chupé el pezón. No respondió. Agarré las dos. Metí mi polla en medio. Los pezones seguían blandos. Acerqué mi polla a su boca y ella apartó la cara. Pensé en quemarle el culo con un cigarrillo. Vaya una masa de carne. Una buscona venida a menos. Las putas normalmente me ponían cachondo. Mi polla estaba dura pero mi espíritu no estaba en ello.
—¿Eres judía? —le pregunté.
—No.
—Pareces judía.
—No lo soy.
—Vives en el distrito Fairfax ¿no?
—Sí.
—¿Tus padres son judíos?
—¿Oye, a qué viene toda esta mierdaju dí a?
—No te avergüences. Algunos de mis mejores amigos son judíos.
Manipulé sus tetas otra vez.
—Pareces asustado. ¿Es que te acojonas?
Le meneé la polla en su cara.
—¿Parece esto acojonado?
—Es horrible. ¿De dónde has sacado todas esas venas?
—Me gustan.
La agarré del pelo y apreté su cabeza contra la pared chupándole los dientes mientras miraba fijamente a sus ojos. Luego empecé a jugar con su coño. Le costaba lo suyo. Al final se abrió y metí mi dedo. Luego empecé con el clítoris. Luego la monté. Mi polla estaba dentro de ella. Estábamos follando. No tenía el menor deseo de complacerla. Valencia estrechaba bien el chocho, pero no respondía. No me importaba. Embestí una y otra vez. Un polvo más. Una investigación. No había sensación de violación de por medio. La pobreza y la ignorancia alimentaban su propia razón. Ella era mía. Éramos dos animales en el bosque y yo la estaba matando. Se estaba corriendo, la perra. La besé y sus labios estaban finalmente abiertos. Metí mi lengua. Las paredes azules nos contemplaban. Valencia empezó a hacer pequeños sonidos. Yo me derramé.
Cuando salió del baño, yo ya estaba vestido. Dos copas preparadas en la mesa. Las
bebimos.
—¿Cómo es que vives en el distrito de Fairfax?
—Me gusta.
—¿Te llevo a casa?
—Si no te importa.
Vivía a dos manzanas al este de Fairfax.
—Aquí está mi casa —dijo—, la de la puerta con persiana.
—Parece un sitio agradable.
—Lo es. ¿Quieres entrar un rato?
—¿Tienes algo de beber?
—¿Te gusta el jerez?
—Cómo no...
Entramos. Había toallas en el suelo. Las metió de una patada bajo el sofá al pasar.
Luego salió con jerez. Del malo.
—¿Dónde está el baño? —le pregunté.
Tiré de la cadena para tapar el sonido, luego vomité el jerez. Tiré otra vez de la
cadena y salí.
—¿Otra copa? —me preguntó.
—Venga.
—Han venido los niños, por eso el sitio está hecho una leonera.
—¿Tienes niños?
—Sí, pero Sam se hace cargo de ellos.
Acabé mi bebida.
—Bueno, mira, gracias por la copa. Debo irme.
—De acuerdo. Ya tienes mi número de teléfono.
—Vale.
Valencia me acompañó hasta la puerta. Nos besamos. Luego me encaminé hacia mi
coche. Monté y me marché. Di la vuelta a la esquina, paré en doble fila, abrí la puerta y
vomité la otra copa.
Querido Chinaski:
He leído casi todos tus libros. Trabajo de mecanógrafa en un sitio de la avenida Cherokee. He colgado tu foto junto a mi escritorio. Es un cartel de una de tus lecturas. La gente me pregunta «¿Quién es ése?» y yo les digo, «Mi novio» y ellos dicen, «¡Dios mío!».
Le dejé a mi jefe uno de tus libros de relatos. La bestia con tres piernas y me dijo que no le había gustado. Dijo que no sabías escribir. Dijo que era mierda barata. Se enfadó mucho.
De cualquier manera, a mí me gustan tus cosas y me gustaría conocerte.
Dicen que soy bonita y bien formada. ¿Te gustaría conocerme?
Con amor.
Valencia
Dejaba dos números de teléfono, uno del trabajo y otro de casa. Eran las dos y
media de la tarde. Marqué el número del trabajo.
—¿Sí? —respondió una voz de mujer.
—¿Está Valencia?
—Yo soy Valencia.
—Soy Chinaski. Recibí tu carta.
—Pensé que llamarías.
—Tienes una voz sexy —le dije.
—Tú también.
—¿Cuándo puedo verte?
—Bueno, esta noche no tengo nada que hacer.
—Bien, ¿entonces esta noche?
—De acuerdo. Te veré después del trabajo. Nos podemos encontrar en un bar del
Bulevar Cahuenga, el Foxhole, ¿sabes dónde está?
—Sí.
—Entonces te veré a las seis...
Llegué y aparqué a la puerta del Foxhole. Encendí un cigarrillo y me quedé un rato sentado. Luego salí y entré en el bar. ¿Cuál era Valencia? Me quedé allí parado y nadie me dijo nada. Me acerqué a la barra y pedí un vodka-7 doble. Entonces oí mi nombre.
—¿Henry?
Miré a mi alrededor y allí estaba una rubia sola en un rincón. Cogí mi bebida y fui a sentarme. Tendría unos 38 años y no estaba tan bien formada. Estaba un poco gorda. Sus tetas eran muy grandes, pero le caían fláccidas. Tenía pelo corto rubio. Estaba hecha pesadamente y parecía cansada. Llevaba pantalones, blusa y botas. Ojos azul pálido. Muchas pulseras en cada brazo. Su cara no revelaba nada, aunque puede que alguna vez hubiera sido hermosa.
—Ha sido realmente un jodido día miserable —me dijo—, he escrito a máquina
hasta romperme el culo.
—Podemos salir otra noche cuando te sientas mejor —me apresuré a decirle.
—Oh, mierda, no hay problema. Otra copa y me quedaré como una rosa.
Valencia se volvió hacia la camarera.
—Otro vino.
Bebía vino blanco.
—¿Cómo te va la literatura? —me preguntó—. ¿Has sacado nuevos libros?
—No, pero estoy trabajando en una novela.
—¿Cómo se va a llamar?
—Todavía no tiene título.
—¿Va a ser buena?
—No sé.
Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. Yo acabé mi vodka y pedí otro. Valencia simplemente no era mi tipo en ningún sentido. Me desagradaba. Hay gente así, a la que nada más conocerlas ya desprecias.
—Hay una chica japonesa donde trabajo que hace todo lo posible para que me
despidan. Yo lo tengo arreglado con el jefe, pero esta perra me hace insoportable la vida.
Algún día le voy a dar una patada en el culo.
—¿De dónde eres?
—De Chicago.
—No me gusta Chicago.
—A mí sí.
Acabé mi bebida, ella la suya. Valencia me pasó su cuenta.
—¿Te importa pagar esto? También me tomé una ensalada de gambas.
Saqué las llaves para abrir el coche.
—¿Este es tu coche?
—Sí.
—¿Esperas que yo monte en un coche como éste?
—Mira, si no quieres montar, no montes.
Valencia subió. Sacó su espejo y empezó a maquillarse la cara mientras
conducíamos. Mi casa no estaba muy lejos. Aparqué.
Al entrar dijo:
—Este sitio está hecho una guarrada. Necesitas a alguien que o arregle.
Saqué el vodka y el 7-Up y preparé dos copas. Valencia se quitó las botas.
—¿Dónde está tu máquina de escribir?
—En la mesa de la cocina.
—¿No tienes un escritorio? Yo pensé que los escritores tenían escritorios.
—Algunos no tienen ni siquiera mesas de cocina.
—¿Has estado casado?
—Una vez.
—¿Qué es lo que fue mal?
—Empezamos a odiarnos mutuamente.
—Yo he estado casada cuatro veces. Todavía veo a mis ex maridos. Somos amigos.
—Bebe.
—Pareces nervioso.
—Estoy bien.
Valencia acabó su bebida, luego se estiró en el sofá. Puso la cabeza sobre mi hombro. Yo empecé a acariciar su pelo. Le serví otra copa y volví a acariciar su pelo. Podía mirar dentro de su blusa y verle las tetas. Me incliné y le di un largo beso. Su lengua asaeteó mi boca. La odiaba. Se me empezó a empalmar la polla. Nos besamos otra vez y le metí mano por dentro de la blusa.
—Sabía que te conocería algún día —me dijo.
La besé otra vez, en esta ocasión con cierto salvajismo. Sintió mi polla contra su
cabeza.
—¡Eh! —dijo.
—No es nada.
—Y un carajo. ¿Qué quieres hacer?
—No sé.
—Yo sí sé.
Valencia se levantó y fue al baño. Cuando salió estaba desnuda. Se metió bajo las sábanas. Yo me tomé otra copa, luego me desvestí y me metí en la cama. Aparté las sábanas. Vaya tetas descomunales. La mitad de ella eran tetas. Agarré una con mi mano lo mejor que pude y chupé el pezón. No respondió. Agarré las dos. Metí mi polla en medio. Los pezones seguían blandos. Acerqué mi polla a su boca y ella apartó la cara. Pensé en quemarle el culo con un cigarrillo. Vaya una masa de carne. Una buscona venida a menos. Las putas normalmente me ponían cachondo. Mi polla estaba dura pero mi espíritu no estaba en ello.
—¿Eres judía? —le pregunté.
—No.
—Pareces judía.
—No lo soy.
—Vives en el distrito Fairfax ¿no?
—Sí.
—¿Tus padres son judíos?
—¿Oye, a qué viene toda esta mierdaju dí a?
—No te avergüences. Algunos de mis mejores amigos son judíos.
Manipulé sus tetas otra vez.
—Pareces asustado. ¿Es que te acojonas?
Le meneé la polla en su cara.
—¿Parece esto acojonado?
—Es horrible. ¿De dónde has sacado todas esas venas?
—Me gustan.
La agarré del pelo y apreté su cabeza contra la pared chupándole los dientes mientras miraba fijamente a sus ojos. Luego empecé a jugar con su coño. Le costaba lo suyo. Al final se abrió y metí mi dedo. Luego empecé con el clítoris. Luego la monté. Mi polla estaba dentro de ella. Estábamos follando. No tenía el menor deseo de complacerla. Valencia estrechaba bien el chocho, pero no respondía. No me importaba. Embestí una y otra vez. Un polvo más. Una investigación. No había sensación de violación de por medio. La pobreza y la ignorancia alimentaban su propia razón. Ella era mía. Éramos dos animales en el bosque y yo la estaba matando. Se estaba corriendo, la perra. La besé y sus labios estaban finalmente abiertos. Metí mi lengua. Las paredes azules nos contemplaban. Valencia empezó a hacer pequeños sonidos. Yo me derramé.
Cuando salió del baño, yo ya estaba vestido. Dos copas preparadas en la mesa. Las
bebimos.
—¿Cómo es que vives en el distrito de Fairfax?
—Me gusta.
—¿Te llevo a casa?
—Si no te importa.
Vivía a dos manzanas al este de Fairfax.
—Aquí está mi casa —dijo—, la de la puerta con persiana.
—Parece un sitio agradable.
—Lo es. ¿Quieres entrar un rato?
—¿Tienes algo de beber?
—¿Te gusta el jerez?
—Cómo no...
Entramos. Había toallas en el suelo. Las metió de una patada bajo el sofá al pasar.
Luego salió con jerez. Del malo.
—¿Dónde está el baño? —le pregunté.
Tiré de la cadena para tapar el sonido, luego vomité el jerez. Tiré otra vez de la
cadena y salí.
—¿Otra copa? —me preguntó.
—Venga.
—Han venido los niños, por eso el sitio está hecho una leonera.
—¿Tienes niños?
—Sí, pero Sam se hace cargo de ellos.
Acabé mi bebida.
—Bueno, mira, gracias por la copa. Debo irme.
—De acuerdo. Ya tienes mi número de teléfono.
—Vale.
Valencia me acompañó hasta la puerta. Nos besamos. Luego me encaminé hacia mi
coche. Monté y me marché. Di la vuelta a la esquina, paré en doble fila, abrí la puerta y
vomité la otra copa.
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CHARLES BUKOWSKI MUJERES NOVELA COMPLETA
viernes, 24 de diciembre de 2010
FOTOGRAFÍA CHARLES BUKOWSKI (23)
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ARCHIVO FOTOGRÁFICO BUKOWSKI
jueves, 23 de diciembre de 2010
CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 96
No ocurrió mucho más durante el resto de su estancia. Bebimos, comimos, jodimos. No hubo peleas. Dábamos largos paseos por la costa, comíamos en chiringuitos de marisco. No me preocupaba de escribir. Había momentos en que era mejor mantenerse apartado de la máquina. Un buen escritor sabía cuándo no escribir. Cualquiera podía mecanografiar. Yo no sólo era un buen mecanógrafo; también sabía hablar y conocía la gramática. Pero sabía cuándo no escribir. Era igual que joder. Tenías que descansar de vez en cuando. Tenía un viejo amigo que a veces me escribía cartas, Jimmy Shannon. Escribía seis novelas al año, todas sobre incesto. No era de extrañar que se muriera de hambre. Mi problema es que no sabía dejar descansar mi polla igual que mi máquina de escribir. Eso sólo sucedía porque las mujeres eran algo que se conseguía por rachas imprevisibles, así que tenías que conseguir el mayor número posible antes de que algún otro lo hiciese. Creo que el hecho de que yo dejara de escribir durante diez años fue una de las cosas más afortunadas que podían haberme ocurrido. (Supongo que algunos críticos dirán que fue una de las cosas más afortunadas que pudieron ocurrirles también a los lectores.) Diez años de descanso para ambas partes. ¿Qué ocurriría si dejara de beber durante diez años?
Llegó el día de dejar a Iris Duarte en el avión de regreso. Era un vuelo matinal, lo cual lo hizo difícil. Yo estaba acostumbrado a levantarme después del mediodía; era un buen remedio para las resacas y me haría vivir cinco años más. No sentía tristeza mientras la llevaba al aeropuerto. El sexo había estado de puta madre; nos habíamos reído. Difícilmente podía recordar una temporada más cabal, ninguno de los dos exigía nada y sin embargo había habido un calor tierno, no había sido algo falto de sentimiento, carne muerta acoplada con carne muerta. Detestaba tipos así de relaciones, el tipo de relaciones sexuales de Los Ángeles, Hollywood, Bel Air, Malibu, Laguna Beach. Extraños al conocerse, extraños al despedirse. Un gimnasio de cuerpos innominados masturbándose mutuamente. La gente amoral suele considerarse más libre, pero a menudo carecen de la capacidad de sentir o de amar. Así que se hacían swingers. Los muertos jodiendo con los muertos. No había juego ni humor en su práctica, era una cópula de cadáveres. La moral era restrictiva, pero estaba afianzada en la experiencia humana a través de los siglos.
Algunas morales tendían a mantener a los hombres esclavizados en fábricas, en iglesias y fieles al estado. Otras morales simplemente tenían buen sentido. Era como un jardín lleno de frutas venenosas y frutas buenas. Tenías que saber cuál escoger y comer y cuál abandonar.
Mi experiencia con Iris había sido deliciosa y plena, aunque yo no estaba enamorado de ella ni ella de mí. Era fácil preocuparse y difícil no preocuparse. Yo me preocupaba. Nos sentamos en el Volks en la planta más alta del aparcamiento. Teníamos algo de tiempo. Tenía la radio encendida. Brahms.
—¿Te volveré a ver? —le pregunté.
—Creo que no.
—¿Quieres una copa en el bar?
—Me has convertido en una alcohólica, Hank. Estoy tan débil que apenas puedo
caminar.
—¿Sólo por la bebida?
—No.
—Entonces vamos a tomar una copa.
—¡Beber, beber, beber! ¿Es eso entodo lo que puedes pensar?
—No, pero es una buena manera de pasar momentos como éste.
—¿No puedes plantarles cara a las cosas?
—Puedo, pero prefiero no hacerlo.
—Eso es escapismo.
—Todo lo es: jugar al golf, dormir, comer, andar, discutir, correr, respirar, joder...
—¿Joder?
—Mira, estamos hablando como niños de colegio. Vamos a ver tu vuelo.
No estaba yendo bien. Yo quería besarla, pero sentía su reserva. Un muro. Iris no se
sentía bien, lo vi, y yo tampoco.
—De acuerdo —dijo ella—, iremos a comprobar mi vuelo y luego tomaremos una copa en el bar. Después me iré volando para siempre: llanamente, sencillamente, sin sufrimientos.
—¡Está bien! —dije yo.
Y así fue.
Camino de vuelta: Por el Bulevar Century, bajando a Crenshaw, subiendo por la
octava Avenida, luego por Arlington hacia Wilton. Decidí parar en mi lavandería y me fui a la derecha por el Bulevar Beverly. Entré en el patio que había detrás de Limpiezas Silverette y aparqué el Volks. Mientras lo hacía pasó una joven negra con un vestido rojo.
Tenía un movimiento maravilloso de culo y una forma de andar aún más maravillosa. Entonces el edificio me tapó la vista. Aquella chica sabía moverse; era como si la vida les diese a unas pocas mujeres una gracia especial que restase a las otras. Ella tenía este tipo de gracia indescriptible.
Salí tras ella y la contemplé por detrás. La vi volver la cabeza y mirarme. Entonces se quedó parada, observándome por encima del hombro. Entré en la lavandería. Cuando salí con mis cosas, ella estaba parada junto a mi Volks. Lo metí todo en el asiento de atrás. Luego me fui a meter en el asiento del conductor. Ella se quedó parada delante mío. Tendría unos 27 años con una cara redonda e impasible. Estábamos los dos muy cerca.
—Te he visto mirándome. ¿Por qué me mirabas?
—Te pido disculpas. No quería ofender.
—Quiero saber por qué me mirabas. Me estabas atravesando con la mirada.
—Mira, eres una hermosa mujer con un hermoso cuerpo. Te he visto pasar y te
miré. No pude remediarlo.
—¿Quieres una cita para esta noche?
—Bueno, eso sería magnífico, pero tengo un compromiso. Tengo cosas que hacer.
La rodeé y me metí en el coche. Ella se fue. Mientras lo hacía la oí murmurar,
«Zopenco rijoso».
Abrí el correo. Nada. Necesitaba reestructurarme. Había perdido algo que necesitaba. Miré en la nevera. Nada. Salí, monté en el Volks y conduje hasta el Elefante Azul, una tienda de licores. Compré una botella de Smirnoff y algo de 7-Up. Mientras volvía hacia mi casa, por el camino me acordé de que me había olvidado los cigarrillos.
Bajé por Western Avenue, giré a la izquierda en Hollywood Bulevar y luego a la derecha en Serrano. Buscaba un estanco para comprar tabaco. Justo en la esquina de Serrano con Sunset estaba otra chica negra, una alta mulata con zapatos negros de tacón alto y una minifalda. Mientras estaba allí parada con su minifalda pude ver un atisbo de bragas azules. Empezó a caminar y yo conduje a su lado. Pretendió no darse cuenta de mi presencia.
—¡Hey, nena!
Se paró. Yo pegué el coche al bordillo. Ella se acercó.
—¿Cómo estás? —le pregunté.
—Muy bien.
—¿Eres de fiar?
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero —dije — a que, ¿cómo puedo saber que no eres policía?
—¿Cómo puedo yo saber quetú no eres policía?
—Mírame a la cara, ¿tengo pinta de policía?
—Está bien —dijo ella—, pasa la esquina y aparca. Yo acudo allí.
Doblé la esquina y aparqué enfrente del bar de sandwiches del señor Famous. Ella
abrió la puerta y entró.
—¿Qué es lo que quieres? —me preguntó. Tendría treintaitantos años, un gran
diente de oro adornaba el centro de su sonrisa. Nunca le faltaría dinero.
—Mamada —dije.
—Veinte dólares.
—De acuerdo. Vámonos.
—Sube por la avenida Oeste hacia Franklin, dobla a la izquierda, ve a Harvard y
gira a la derecha.
Cuando llegamos a Harvard no había sitio para aparcar. Finalmente dejé el coche
en zona roja y salimos.
—Sígueme —dijo.
Era un cochambroso edificio de muchos pisos. Justo antes de llegar al vestíbulo, se fue a la derecha y la seguí por una escalera de cemento, contemplando su culo. Era extraño, pero todo el mundo tenía un culo. Era casi triste. Pero yo no quería su culo. Bajamos por una rampa y luego subimos por otras escaleras de cemento. Estábamos utilizando una especie de salida de incendio en vez del ascensor. Yo no tenía la menor idea de sus razones para hacer una cosa así. Pero necesitaba el ejercicio, si quería llegar a escribir gruesas novelas en mi vejez, como Knut Hamsun.
Finalmente llegamos a su apartamento y ella sacó la llave. La agarré de la mano.
—Espera un momento —le dije.
—¿Qué pasa?
—¿Tienes ahí dentro a un par de negrazos bastardos que me van a hacer picadillo y
dejarme tirado en algún callejón?
—No, no hay nadie aquí. Vivo con una amiga y no está en casa. Trabaja en los
almacenes Broadway.
—Dame la llave.
Abrí lentamente la puerta y luego le di una patada. Miré dentro. Llevaba mi navaja
pero no la saqué. Ella cerró la puerta tras de mí.
—Vamos al dormitorio —dijo.
—Espera un momento...
Abrí bruscamente la puerta de un armario y miré entre la ropa. Nada.
—¿Qué gilipolleces estás haciendo, tío?
—¡Yo no hago gilipolleces!
—Ay, la virgen...
Corrí dentro del baño y aparté de un manotazo la cortina de la ducha. Nada. Entré en la cocina y corrí la cortina de plástico que había debajo del fregadero. Sólo un mugriento cubo de basura. Examiné el otro dormitorio y el armario del mismo. Miré bajo la cama doble: una botella vacía de cerveza. Salí.
—Ven aquí —dijo ella.
Era un pequeño dormitorio, una mínima alcoba. Sábanas sucias. La manta en el
suelo. Me abrí la bragueta y la saqué.
—20 dólares —dijo ella.
—¡Pon tus labios en esta trompeta! ¡Déjala seca!
—20 dólares.
—Ya sé el precio. Gánatelo. Exprímeme los huevos.
—20 dólares por anticipado...
—¿Ah, sí? Te doy los veinte y ¿cómo sé que no llamarás a gritos a la policía? ¿Cómo sé que tu hermanito de dos metros que juega al baloncesto no va a venir con su navaja?—20 dólares, y no te preocupes. Te la chuparé. Te la chuparé bien.
—No confío en ti, zorra.
Me abroché los pantalones y salí de allí corriendo, bajando por todos los escalones
de cemento. Llegué al final, subí de un salto en el Volks y regresé a mi casa.
Comencé a beber. Mis estrellas no estaban en buen orden.
Sonó el teléfono. Era Bobby.
—¿Dejaste a Iris en el avión?
—Sí, Bobby, y quiero darte las gracias por mantener tus manos fuera por una vez.
—Mira, Hank, eso es una obsesión tuya. Eres viejo y te traes a todas estas chicas
jóvenes, entonces te pones nervioso cuando aparece un gato joven. Pierdes el culo.
—Incertidumbre personal... falta de confianza en mí mismo ¿verdad?
—Bueno...
—Está bien, Bobby.
—De cualquier manera, Valerie quería saber si te apetece venir a tomar una copa.
—¿Por qué no?
Bobby tenía algo de chocolate malo, realmente malo. Nos lo fuimos pasando. Tenía muchas cintas nuevas para el estéreo. También tenía a mi cantante favorito, Randy Newman, y lo puso, pero sólo a medio volumen por exigencia mía.
Así que escuchamos a Randy y fumamos y entonces Valerie nos hizo un desfile de modas. Tenía una docena de conjuntos sexy de Frederick's, y por lo menos 30 pares de zapatos colgando detrás de la puerta del baño.
Salió balanceándose sobre unos tacones de quince centímetros. Apenas podía andar. Navegó por toda la habitación, en equilibrio sobre los tacones. Su culo se meneaba y sus pequeños pezones se erguían endurecidos a través de su blusa transparente. Llevaba una fina cadena de oro alrededor del tobillo. Se contoneaba y nos miraba, haciendo algunos
encantadores movimientos sexuales.
—Cristo —dijo Bobby—, ¡oh... Cristo!
—¡Santa María la hostia madre de Dios! —dije yo.
Al pasar Valerie a mi lado la agarré del culo. Estaba por fin vivo, me sentía
extraordinariamente bien. Valerie entró en el baño para hacer un cambio de vestido.
Cada vez que salía, Valerie tenía mejor pinta, enloquecedora, enfurecedora. Todo el
proceso se estaba aproximando a un clímax.
Bebimos y fumamos y Valerie continuó saliendo con nuevas cosas. Un infierno de
espectáculo.
Se sentó en mi regazo y Bobby tiró algunas fotos.
Siguió la noche. Entonces miré a mi alrededor y Valerie y Bobby habían desaparecido. Entré en el dormitorio y vi a Valerie en la cama, desnuda a excepción de sus zapatos de alto tacón. Su cuerpo era firme y esbelto.
Bobby estaba todavía vestido y estaba chupando los pechos de Valerie, pasando del
uno al otro. Los pezones estaban alzados.
Bobby me miró.
—Eh, viejo, te he oído presumir muchas veces de cómo comes coños. ¿Qué te
parece esto?
Bobby se bajó y abrió las piernas de Valerie. Sus pelos del coño eran largos, rizados y enredados. Bobby empezó a lamer el clítoris. Era bastante bueno, pero le faltaba espíritu.
—Espera un momento, Bobby, no lo estás haciendo bien. Déjame que te enseñe.
Bajé allí. Empecé desde lejos y me fui acercando. Entonces lo agarré bien. Valerie respondió. Demasiado. Me agarró la cabeza con sus piernas y no me dejaba respirar. Me apretaba las orejas. Aparté la cabeza de allí.
—Bueno, Bobby, ¿has visto?
Bobby no contestó. Se dio la vuelta y entró en el baño. Yo estaba descalzo y sin pantalones. Me gustaba enseñar las piernas cuando bebía. Valerie se incorporó y me echó en la cama. Se inclinó y me tomó la polla con la boca. No era muy buena comparada con la mayoría. Comenzó con el viejo bombeo de cabeza y poco más tenía que ofrecer aparte de eso. Trabajó largo rato y yo vi que no lo iba a conseguir. Le aparté la cabeza, la puse en la almohada y la besé. Luego la monté. Había pegado unas 8 o 10 sacudidas cuando oí a Bobby detrás nuestro.
—Tío, quiero que te vayas.
—¿Qué coño pasa, Bobby?
—Quiero que vuelvas a tu casa.
Me aparté, me levanté, salí a la sala y me puse mis pantalones y zapatos.
—Eh, señor sangre fría —le dije a Bobby—, ¿qué te ocurre?
—Sólo quiero que te vayas de aquí.
—Muy bien, muy bien..
Volví a mi casa. Parecía que hubiera pasado mucho tiempo desde que había dejado a Iris Duarte en el avión. Debía haber llegado ya a Vancouver a estas alturas. Mierda, Iris Duarte, buenas noches.
Llegó el día de dejar a Iris Duarte en el avión de regreso. Era un vuelo matinal, lo cual lo hizo difícil. Yo estaba acostumbrado a levantarme después del mediodía; era un buen remedio para las resacas y me haría vivir cinco años más. No sentía tristeza mientras la llevaba al aeropuerto. El sexo había estado de puta madre; nos habíamos reído. Difícilmente podía recordar una temporada más cabal, ninguno de los dos exigía nada y sin embargo había habido un calor tierno, no había sido algo falto de sentimiento, carne muerta acoplada con carne muerta. Detestaba tipos así de relaciones, el tipo de relaciones sexuales de Los Ángeles, Hollywood, Bel Air, Malibu, Laguna Beach. Extraños al conocerse, extraños al despedirse. Un gimnasio de cuerpos innominados masturbándose mutuamente. La gente amoral suele considerarse más libre, pero a menudo carecen de la capacidad de sentir o de amar. Así que se hacían swingers. Los muertos jodiendo con los muertos. No había juego ni humor en su práctica, era una cópula de cadáveres. La moral era restrictiva, pero estaba afianzada en la experiencia humana a través de los siglos.
Algunas morales tendían a mantener a los hombres esclavizados en fábricas, en iglesias y fieles al estado. Otras morales simplemente tenían buen sentido. Era como un jardín lleno de frutas venenosas y frutas buenas. Tenías que saber cuál escoger y comer y cuál abandonar.
Mi experiencia con Iris había sido deliciosa y plena, aunque yo no estaba enamorado de ella ni ella de mí. Era fácil preocuparse y difícil no preocuparse. Yo me preocupaba. Nos sentamos en el Volks en la planta más alta del aparcamiento. Teníamos algo de tiempo. Tenía la radio encendida. Brahms.
—¿Te volveré a ver? —le pregunté.
—Creo que no.
—¿Quieres una copa en el bar?
—Me has convertido en una alcohólica, Hank. Estoy tan débil que apenas puedo
caminar.
—¿Sólo por la bebida?
—No.
—Entonces vamos a tomar una copa.
—¡Beber, beber, beber! ¿Es eso entodo lo que puedes pensar?
—No, pero es una buena manera de pasar momentos como éste.
—¿No puedes plantarles cara a las cosas?
—Puedo, pero prefiero no hacerlo.
—Eso es escapismo.
—Todo lo es: jugar al golf, dormir, comer, andar, discutir, correr, respirar, joder...
—¿Joder?
—Mira, estamos hablando como niños de colegio. Vamos a ver tu vuelo.
No estaba yendo bien. Yo quería besarla, pero sentía su reserva. Un muro. Iris no se
sentía bien, lo vi, y yo tampoco.
—De acuerdo —dijo ella—, iremos a comprobar mi vuelo y luego tomaremos una copa en el bar. Después me iré volando para siempre: llanamente, sencillamente, sin sufrimientos.
—¡Está bien! —dije yo.
Y así fue.
Camino de vuelta: Por el Bulevar Century, bajando a Crenshaw, subiendo por la
octava Avenida, luego por Arlington hacia Wilton. Decidí parar en mi lavandería y me fui a la derecha por el Bulevar Beverly. Entré en el patio que había detrás de Limpiezas Silverette y aparqué el Volks. Mientras lo hacía pasó una joven negra con un vestido rojo.
Tenía un movimiento maravilloso de culo y una forma de andar aún más maravillosa. Entonces el edificio me tapó la vista. Aquella chica sabía moverse; era como si la vida les diese a unas pocas mujeres una gracia especial que restase a las otras. Ella tenía este tipo de gracia indescriptible.
Salí tras ella y la contemplé por detrás. La vi volver la cabeza y mirarme. Entonces se quedó parada, observándome por encima del hombro. Entré en la lavandería. Cuando salí con mis cosas, ella estaba parada junto a mi Volks. Lo metí todo en el asiento de atrás. Luego me fui a meter en el asiento del conductor. Ella se quedó parada delante mío. Tendría unos 27 años con una cara redonda e impasible. Estábamos los dos muy cerca.
—Te he visto mirándome. ¿Por qué me mirabas?
—Te pido disculpas. No quería ofender.
—Quiero saber por qué me mirabas. Me estabas atravesando con la mirada.
—Mira, eres una hermosa mujer con un hermoso cuerpo. Te he visto pasar y te
miré. No pude remediarlo.
—¿Quieres una cita para esta noche?
—Bueno, eso sería magnífico, pero tengo un compromiso. Tengo cosas que hacer.
La rodeé y me metí en el coche. Ella se fue. Mientras lo hacía la oí murmurar,
«Zopenco rijoso».
Abrí el correo. Nada. Necesitaba reestructurarme. Había perdido algo que necesitaba. Miré en la nevera. Nada. Salí, monté en el Volks y conduje hasta el Elefante Azul, una tienda de licores. Compré una botella de Smirnoff y algo de 7-Up. Mientras volvía hacia mi casa, por el camino me acordé de que me había olvidado los cigarrillos.
Bajé por Western Avenue, giré a la izquierda en Hollywood Bulevar y luego a la derecha en Serrano. Buscaba un estanco para comprar tabaco. Justo en la esquina de Serrano con Sunset estaba otra chica negra, una alta mulata con zapatos negros de tacón alto y una minifalda. Mientras estaba allí parada con su minifalda pude ver un atisbo de bragas azules. Empezó a caminar y yo conduje a su lado. Pretendió no darse cuenta de mi presencia.
—¡Hey, nena!
Se paró. Yo pegué el coche al bordillo. Ella se acercó.
—¿Cómo estás? —le pregunté.
—Muy bien.
—¿Eres de fiar?
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero —dije — a que, ¿cómo puedo saber que no eres policía?
—¿Cómo puedo yo saber quetú no eres policía?
—Mírame a la cara, ¿tengo pinta de policía?
—Está bien —dijo ella—, pasa la esquina y aparca. Yo acudo allí.
Doblé la esquina y aparqué enfrente del bar de sandwiches del señor Famous. Ella
abrió la puerta y entró.
—¿Qué es lo que quieres? —me preguntó. Tendría treintaitantos años, un gran
diente de oro adornaba el centro de su sonrisa. Nunca le faltaría dinero.
—Mamada —dije.
—Veinte dólares.
—De acuerdo. Vámonos.
—Sube por la avenida Oeste hacia Franklin, dobla a la izquierda, ve a Harvard y
gira a la derecha.
Cuando llegamos a Harvard no había sitio para aparcar. Finalmente dejé el coche
en zona roja y salimos.
—Sígueme —dijo.
Era un cochambroso edificio de muchos pisos. Justo antes de llegar al vestíbulo, se fue a la derecha y la seguí por una escalera de cemento, contemplando su culo. Era extraño, pero todo el mundo tenía un culo. Era casi triste. Pero yo no quería su culo. Bajamos por una rampa y luego subimos por otras escaleras de cemento. Estábamos utilizando una especie de salida de incendio en vez del ascensor. Yo no tenía la menor idea de sus razones para hacer una cosa así. Pero necesitaba el ejercicio, si quería llegar a escribir gruesas novelas en mi vejez, como Knut Hamsun.
Finalmente llegamos a su apartamento y ella sacó la llave. La agarré de la mano.
—Espera un momento —le dije.
—¿Qué pasa?
—¿Tienes ahí dentro a un par de negrazos bastardos que me van a hacer picadillo y
dejarme tirado en algún callejón?
—No, no hay nadie aquí. Vivo con una amiga y no está en casa. Trabaja en los
almacenes Broadway.
—Dame la llave.
Abrí lentamente la puerta y luego le di una patada. Miré dentro. Llevaba mi navaja
pero no la saqué. Ella cerró la puerta tras de mí.
—Vamos al dormitorio —dijo.
—Espera un momento...
Abrí bruscamente la puerta de un armario y miré entre la ropa. Nada.
—¿Qué gilipolleces estás haciendo, tío?
—¡Yo no hago gilipolleces!
—Ay, la virgen...
Corrí dentro del baño y aparté de un manotazo la cortina de la ducha. Nada. Entré en la cocina y corrí la cortina de plástico que había debajo del fregadero. Sólo un mugriento cubo de basura. Examiné el otro dormitorio y el armario del mismo. Miré bajo la cama doble: una botella vacía de cerveza. Salí.
—Ven aquí —dijo ella.
Era un pequeño dormitorio, una mínima alcoba. Sábanas sucias. La manta en el
suelo. Me abrí la bragueta y la saqué.
—20 dólares —dijo ella.
—¡Pon tus labios en esta trompeta! ¡Déjala seca!
—20 dólares.
—Ya sé el precio. Gánatelo. Exprímeme los huevos.
—20 dólares por anticipado...
—¿Ah, sí? Te doy los veinte y ¿cómo sé que no llamarás a gritos a la policía? ¿Cómo sé que tu hermanito de dos metros que juega al baloncesto no va a venir con su navaja?—20 dólares, y no te preocupes. Te la chuparé. Te la chuparé bien.
—No confío en ti, zorra.
Me abroché los pantalones y salí de allí corriendo, bajando por todos los escalones
de cemento. Llegué al final, subí de un salto en el Volks y regresé a mi casa.
Comencé a beber. Mis estrellas no estaban en buen orden.
Sonó el teléfono. Era Bobby.
—¿Dejaste a Iris en el avión?
—Sí, Bobby, y quiero darte las gracias por mantener tus manos fuera por una vez.
—Mira, Hank, eso es una obsesión tuya. Eres viejo y te traes a todas estas chicas
jóvenes, entonces te pones nervioso cuando aparece un gato joven. Pierdes el culo.
—Incertidumbre personal... falta de confianza en mí mismo ¿verdad?
—Bueno...
—Está bien, Bobby.
—De cualquier manera, Valerie quería saber si te apetece venir a tomar una copa.
—¿Por qué no?
Bobby tenía algo de chocolate malo, realmente malo. Nos lo fuimos pasando. Tenía muchas cintas nuevas para el estéreo. También tenía a mi cantante favorito, Randy Newman, y lo puso, pero sólo a medio volumen por exigencia mía.
Así que escuchamos a Randy y fumamos y entonces Valerie nos hizo un desfile de modas. Tenía una docena de conjuntos sexy de Frederick's, y por lo menos 30 pares de zapatos colgando detrás de la puerta del baño.
Salió balanceándose sobre unos tacones de quince centímetros. Apenas podía andar. Navegó por toda la habitación, en equilibrio sobre los tacones. Su culo se meneaba y sus pequeños pezones se erguían endurecidos a través de su blusa transparente. Llevaba una fina cadena de oro alrededor del tobillo. Se contoneaba y nos miraba, haciendo algunos
encantadores movimientos sexuales.
—Cristo —dijo Bobby—, ¡oh... Cristo!
—¡Santa María la hostia madre de Dios! —dije yo.
Al pasar Valerie a mi lado la agarré del culo. Estaba por fin vivo, me sentía
extraordinariamente bien. Valerie entró en el baño para hacer un cambio de vestido.
Cada vez que salía, Valerie tenía mejor pinta, enloquecedora, enfurecedora. Todo el
proceso se estaba aproximando a un clímax.
Bebimos y fumamos y Valerie continuó saliendo con nuevas cosas. Un infierno de
espectáculo.
Se sentó en mi regazo y Bobby tiró algunas fotos.
Siguió la noche. Entonces miré a mi alrededor y Valerie y Bobby habían desaparecido. Entré en el dormitorio y vi a Valerie en la cama, desnuda a excepción de sus zapatos de alto tacón. Su cuerpo era firme y esbelto.
Bobby estaba todavía vestido y estaba chupando los pechos de Valerie, pasando del
uno al otro. Los pezones estaban alzados.
Bobby me miró.
—Eh, viejo, te he oído presumir muchas veces de cómo comes coños. ¿Qué te
parece esto?
Bobby se bajó y abrió las piernas de Valerie. Sus pelos del coño eran largos, rizados y enredados. Bobby empezó a lamer el clítoris. Era bastante bueno, pero le faltaba espíritu.
—Espera un momento, Bobby, no lo estás haciendo bien. Déjame que te enseñe.
Bajé allí. Empecé desde lejos y me fui acercando. Entonces lo agarré bien. Valerie respondió. Demasiado. Me agarró la cabeza con sus piernas y no me dejaba respirar. Me apretaba las orejas. Aparté la cabeza de allí.
—Bueno, Bobby, ¿has visto?
Bobby no contestó. Se dio la vuelta y entró en el baño. Yo estaba descalzo y sin pantalones. Me gustaba enseñar las piernas cuando bebía. Valerie se incorporó y me echó en la cama. Se inclinó y me tomó la polla con la boca. No era muy buena comparada con la mayoría. Comenzó con el viejo bombeo de cabeza y poco más tenía que ofrecer aparte de eso. Trabajó largo rato y yo vi que no lo iba a conseguir. Le aparté la cabeza, la puse en la almohada y la besé. Luego la monté. Había pegado unas 8 o 10 sacudidas cuando oí a Bobby detrás nuestro.
—Tío, quiero que te vayas.
—¿Qué coño pasa, Bobby?
—Quiero que vuelvas a tu casa.
Me aparté, me levanté, salí a la sala y me puse mis pantalones y zapatos.
—Eh, señor sangre fría —le dije a Bobby—, ¿qué te ocurre?
—Sólo quiero que te vayas de aquí.
—Muy bien, muy bien..
Volví a mi casa. Parecía que hubiera pasado mucho tiempo desde que había dejado a Iris Duarte en el avión. Debía haber llegado ya a Vancouver a estas alturas. Mierda, Iris Duarte, buenas noches.
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CHARLES BUKOWSKI MUJERES NOVELA COMPLETA
miércoles, 22 de diciembre de 2010
"VASOS VACIOS" entrevista de Sean Penn a Charles Bukowski
Vasos vacíos
Borracho mítico. Peleador impenitente. Apostador serial. Romántico recalcitrante. Ultimo beatnik. Primer punk. Ajeno a cualquier capilla o institución literaria, pero con lectores devotos en todo el mundo, hace diez años moría Charles Bukowski. Radar convocó a algunos de sus lectores argentinos de aquellos años para recordarlo. Y además reproduce la extraordinaria entrevista que le hizo Sean Penn en 1987 para la revista Interview, cuando el actor estaba a punto de participar de la filmación de Barfly (en un papel que finalmente haría Mickey Rourke).
POR SEAN PENN
Charles Bukowski nació en Andernach, Alemania, en 1920. A los tres años de edad llegó a los Estados Unidos y creció en Los Angeles. Actualmente reside en San Pedro, California, con su esposa, Linda. Famoso borracho, peleador y mujeriego, Genet y Sartre lo llamaron “el mejor poeta de los Estados Unidos”, pero sus amigos lo llaman Hank.
Bares:“Ya no voy mucho a bares. Saqué eso de mi sistema. Ahora, cuando entro a un bar, siento náuseas. Estuve en demasiados, es apabullante. Son para cuando uno es más joven: todo eso de irse a las manos con un tipo, hacerse el macho, levantarse minas. A mi edad, ya no lo necesito. Hoy sólo entro a los bares para mear. A veces cruzo la puerta y empiezo a vomitar”.
El alcohol: “El alcohol es probablemente una de las mejores cosas que han llegado a esta tierra, además de mí. Entonces nos llevamos bien. Es destructivo para la mayoría de la gente, pero yo soy un caso aparte. Hago todo mi trabajo creativo cuando estoy intoxicado. Incluso me ha ayudado con las mujeres. Siempre fui reticente durante el sexo, y el alcohol me ha permitido ser más libre en la cama. Es una liberación porque básicamente yo soy una persona tímida e introvertida, y el alcohol me permite ser este héroe que atraviesa el espacio y el tiempo, haciendo un montón de cosas atrevidas... Entonces el alcohol me gusta, cómo no”.
Fumar: “Me gusta fumar. El cigarrillo y el alcohol se equilibran. Yo solía despertarme de una borrachera y había fumado tanto que mis dos manos estaban amarillas, casi marrones, como si tuviera puestos guantes. Y me preguntaba: ‘¡Mierda! ¿Cómo se verán mis pulmones?’”.
Pelear: “La mejor sensación es cuando golpeás a un tipo que no se supone que puedas golpear. Una vez me metí con un tipo, me estaba insultando. Le dije: ‘Bueno, adelante’. No tuve ningún problema, le gané la pelea fácilmente. Estaba tirado en el piso. Tenía la nariz ensangrentada. Me dijo: ‘Jesús, te movés siempre tan lentamente que pensé que serías fácil. Y cuando empezó la condenada pelea, ya no podía ver tus manos, te volviste tan rápido. ¿Qué pasó?’. Le dije: ‘No sé, hombre. Así son las cosas. Uno ahorra para cuando tiene que usarlo’”.
Los gatos: “Es bueno tener un montón de gatos alrededor. Si uno se siente mal, mira a los gatos y se siente mejor, porque ellos saben que las cosas son como son. No hay por qué entusiasmarse y ellos lo saben. Por eso son salvadores. Cuantos más gatos uno tenga, más tiempo vivirá. Si tenés cien gatos, vivirás diez veces más que si tenés diez. Algún día esto será descubierto: la gente tendrá mil gatos y vivirá para siempre. Realmente es ridículo”.
Las mujeres y el sexo:
“Yo las llamo máquinas de quejarse. Las cosas con un tipo nunca están bien para ellas. Y cuando me tiran toda esa histeria... Tengo que salir, agarrar el auto e irme. A cualquier parte. Tomar una taza de café en algún lado. En cualquier lado. Cualquier cosa menos otra mujer. Supongo que están construidas de diferente manera, ¿no? Cuando la histeria empieza, se acaba todo. Uno se tiene que ir, ellas no entienden por qué. ‘¿Adónde vas?’, te gritan. ‘¡Me voy a la mierda, nena!’. Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Es puro boca a boca. Escuchan que Bukowski es ‘un cerdo macho chauvinista’, pero no chequean la fuente. Seguro, a veces pinto una mala imagen de las mujeres en mis cuentos, pero con los hombres hago lo mismo. Incluso yo salgo mal parado muchas veces. Si realmente pienso que algo es malo, digo que es malo, sea hombre, mujer, niño o perro. Las mujeres son tan quisquillosas, piensan que me las agarro con ellas en particular. Ése es su problema”.
La primera vez: “Mi primera vez fue la más rara. No sabía cómo hacerlo, y ella me enseñó a chuparle la concha y todas esas cosas de coger. Me acuerdo de que me decía: ‘Hank, sos un buen escritor, pero no sabés una mierda sobre las mujeres’. ‘¿Qué querés decir? Estuve con un montón de mujeres.’ ‘No, no sabés nada. Dejame enseñarte algunas cosas.’ Le dije que bueno y ella: ‘Sos buen estudiante, entendés rápido’. Eso fue todo. (Está un poco avergonzado. No por los detalles sino por el sentimentalismo del recuerdo.) Pero todo ese asunto de chupar conchas se puede poner un poco servil. Me gusta hacerlas gozar, pero... Todo está sobrevalorado. El sexo sólo es una gran cosa cuando no lo hacés”.
El sexo antes del sida (y su
casamiento):“Yo nada más entraba y salía de entre las sábanas. No sé, era como un trance, un trance de coger. Y las mujeres... uno les decía algo, las tomaba de la muñeca, ‘vamos, nena’, las guiaba hasta el dormitorio y se las cogía. Cuando uno entra en el ritmo, sigue adelante. Hay un montón de mujeres solitarias allá afuera. Son lindas, pero no se saben conectar. Están sentadas solas, van al trabajo, vuelven a la casa... es algo maravilloso para ellas que un tipo se les aparezca. Y si se sienta cerca, bebe y habla, es entretenimiento. Estuvo bien, tuve suerte. Las mujeres modernas... no te cosen los botones”.
Escribir: “Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador de una niña muy pequeña. Y la gente me acusó. Me hicieron entrevistas. Decían: ‘¿Le gusta violar a niñitas?’. Dije: ‘Por supuesto que no. Estoy fotografiando la vida’. Me metí en problemas con montones de cosas. Pero, por otro lado, los problemas venden libros. Pero, en última instancia, escribo para mí. (Da una larga pitada a su cigarrillo.) Es así. La pitada es para mí, la ceniza es para el cenicero. Eso es publicar. Nunca escribo de día. Es como ir al supermercado desnudo. Todo el mundo te puede ver. De noche es cuando se sacan los trucos de la manga... la magia”.
La poesía: “Siempre recuerdo que, en el patio de la escuela, cuando aparecía la palabra ‘poeta’ o ‘poesía’, todos los pendejos se reían y se burlaban. Puedo ver por qué: es un producto falso. Ha sido falso y snob y endogámico por siglos. Es ultradelicado, sobreapreciado. Es un montón de mierda. Durante siglos, la poesía es casi basura total. Es una farsa. Ha habido grandes poetas, no me entienda mal. Hay un poeta chino llamado Li Po. Podía poner más sentimiento, realismo y pasión en cuatro o cinco sencillas líneas que la mayoría de los poetas en sus doce o trece páginas de mierda. Y bebía vino también. Solía quemar sus poemas, navegar por el río y beber vino. Los emperadores lo amaban porque podían entender lo que decía. Por supuesto, sólo quemó sus poemas malos. Lo que yo quise hacer, si me disculpa, es incorporar el punto de vista de los obreros sobre la vida... los gritos de sus esposas que los esperan cuando vuelven del trabajo. Las realidades básicas de la existencia del hombre común... algo que pocas veces se menciona en la poesía desde hace siglos. Mejor, que quede registrado que dije que la poesía es una mierda desde hace siglos. Y una vergüenza”.
Céline: “La primera vez que leí a Céline, me fui a la cama con una caja grande de galletitas Ritz. Empecé a leerle y me comía una galletita Ritz, me reía, me comía una Ritz, leía. Leí la novela entera de un tirón y me terminé la caja de galletitas. Y me levanté y tomé agua. Tendrías que haberme visto. No me podía mover. Eso es lo que un buen escritor te puede hacer. Casi te puede matar. Un mal escritor puede hacerlo, también”.
Shakespeare: “Es ilegible y está sobrevalorado. Pero la gente no quiere escuchar esto. Uno no puede atacar templos. Ha sido fijado a lo largo de los siglos. Uno puede decir que tal es un pésimo actor, pero no puede decir que Shakespeare es mierda. Cuando algo dura mucho tiempo, los snobs empiezan a aferrarse a él, como ventosas. Cuando los snobs sienten que algo es seguro, se aferran. Pero si les decís la verdad, se ponen salvajes. No pueden soportarlo. Es atacar su propio proceso de pensamiento. Me desagradan”.
Su material de lectura favorito: “Leí en el The National Enquirer una nota titulada ‘¿Es su marido homosexual?’. Linda me dijo: ‘¡Tenés voz de puto!’. Yo dije: ‘Oh, sí, siempre me lo pregunté’. Ese artículo decía: ‘¿Su marido se depila las cejas?’. Y yo pensé, mierda, lo hago todo el tiempo. Ahora sé lo que soy. Me depilo las cejas, soy un puto. Es muy amable de parte de The National Enquirer decirme lo que soy”.
El humor y la muerte: “El último gran humorista era un tipo llamado James Thurber. Pero su humor era tan magnífico que tuvieron que ignorarlo. Este tipo era, podría decirse, un psiquiatra de las edades. Tenía algo ambiguo, hombre-mujer, veía cosas. Era sanador. Su humor era tan real que uno gritaba de risa, era como una liberación frenética. Aparte de Thurber, no puedo pensar en nadie... Yo tengo algo de humorista, pero no como él. No llamo humor a lo que tengo, lo llamo un ‘filo cómico’. Estoy colgado en eso. Casi todo lo que pasa es ridículo. Cagamos todos los días. Eso es ridículo, ¿no te parece? Tenemos que seguir meando, poniendo comida en nuestras bocas, nos sale cera de los oídos. Tenemos que rascarnos. Cosas feas y tontas, ¿o no? Las tetas no sirven para nada, salvo...”.
Nosotros: “La verdad es que somos monstruosidades. Si pudiéramos vernos, podríamos amarnos, darnos cuenta de lo ridículos que somos, con nuestros intestinos retorcidos por los que se desliza lentamente la mierda mientras nos miramos a los ojos y decimos: ‘Te amo’. Nos carbonizamos y producimos mierda, pero no nos tiramos pedos cerca del otro. Todo tiene un filo cómico”.
Ganar: “Y después nos morimos. Pero la muerte no nos ha ganado. No ha mostrado ninguna credencial. Nosotros hemos mostrado todas las credenciales. Con el nacimiento, ¿nos ganamos la vida? No realmente, pero de seguro la hija de puta nos tiene atrapados... La muerte me provoca resentimiento, la vida también, y mucho más estar atrapado entre las dos. ¿Sabés cuantas veces intenté suicidarme? Dame tiempo, sólo tengo 66 años. Sigo trabajando en eso. Cuando uno tiene tendencias suicidas, nada lo molesta, excepto perder en las carreras de caballos. ¿Por qué será? A lo mejor porque uno usa su mente en las carreras, no su corazón. Pero nunca cabalgué. No estoy muy interesado en el caballo sino en el proceso de acertar o no, selectivamente”.
Las carreras: “Traté de ganarme la vida con las carreras por un tiempo. Es doloroso. Es vigorizante. Todo está al límite, el alquiler, todo. Pero uno tiende a ser cuidadoso. Una vez estaba sentado en una curva. Había doce caballos en la carrera y estaban todos amontonados. Parecía un gran ataque. Todo lo que veía era esos grandes culos de caballo subiendo y bajando. Parecían salvajes. Miré esos culos de caballos y pensé: ‘Esto es una locura total’. Pero hay otros días en los que ganás cuatrocientos o quinientos dólares, ganás ocho o nueve carreras al hilo, y te sentís Dios, como si lo supieras todo. Y todo queda en su lugar”.
La gente: “No miro mucho a la gente. Es perturbador. Dicen que si mirás mucho a otra persona, te empezás a parecer a ella. Pobre Linda. La mayoría de las veces me la puedo pasar sin la gente. La gente no me llena, me vacía. No respeto a nadie. Tengo un problema en ese sentido. Estoy mintiendo pero, creeme, es verdad”.
La fama: “Es destructora. Es una puta, una perra, la destructora más grande de todos los tiempos. A mí me tocó la mejor parte porque soy famoso en Europa y desconocido aquí, en Estados Unidos. Soy uno de los hombres más afortunados. La fama es terrible. Es una media en una escala del denominador común, la meten trabajando a un nivel bajo. No tiene valor. Una audiencia selecta es mucho mejor”.
La soledad: “Nunca me sentí solo. He estado en una habitación, me he sentido suicida. Estuve deprimido, me he sentido horrible más allá de lo descriptible, pero nunca pensé que una persona podía entrar a una habitación y curarme. Ni varias personas. En otras palabras, la soledad no es algo que me molesta porque siempre tuve este terrible deseo de estar solo. Siento la soledad cuando estoy en una fiesta, o en un estadio lleno de gente vitoreando algo. Citaré a Ibsen: ‘Los hombres más fuertes son los más solitarios’. Nunca pensé: ‘Bueno, ahora va a entrar una rubia hermosa y vamos a garchar, y me va a frotar las bolas, y me voy a sentir bien’. No, eso no iba a ayudar. Viste cómo piensa la gente común: ‘Guau, es viernes a la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos acá sentados?’. Bueno, sí. Porque no hay nada allá afuera. Es estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen entre ellos. Nunca tuve la ansiedad de lanzarme a la noche. Me escondía en bares porque no quería esconderme en fábricas. Eso es todo. Les pido perdón a los millones, pero nunca me sentí solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar”.
El tiempo libre: “Es muy importante tener tiempo libre. Hay que parar por completo y no hacer nada por largos períodos para no perderlo todo. Seas un actor o una ama de casa, cualquier cosa, tiene que haber grandes pausas en las que no hacés nada. Uno se tira en una cama a mirar el techo. Hacer nada es muy, muy importante. ¿Y cuánta gente lo hace en la sociedad moderna? Muy poca. Por eso la mayoría está totalmente loca, frustrada, enojada y odiosa. Antes de casarme, o de conocer a muchas mujeres, bajaba las cortinas y me metía en la cama por tres o cuatro días. Me levantaba para cagar y para comer una lata de porotos. Después me vestía y salía a la calle, y el sol brillaba y los sonidos eran maravillosos. Me sentía poderoso, como una batería recargada. Pero, ¿sabés qué me tiraba abajo? El primer rostro humano que veía en la vereda. Esa cara nomás me hacía perder la mitad de la carga. Esta cara monstruosa, sin expresión, tonta, sin sentimientos, cargada de capitalismo. Pero aún así valía la pena, me quedaba la mitad de la carga todavía. Por eso el tiempo libre es importante. Y no digo tomarse tiempo para tener pensamientos profundos. Hablo de no pensar en absoluto. Sin pensamientos de progreso, sin pensamientos sobre uno mismo. Sólo ser un haragán. Es hermoso”.
La belleza: “No existe algo como la belleza, especialmente en un rostro humano, eso que llamamos fisonomía. Todo es un imaginado y matemático alineamiento de rasgos. Por ejemplo, si la nariz no sobresale mucho, si los costados están bien, si las orejas no son demasiado grandes, si el cabello no es demasiado largo. Es una mirada generalizadora. La gente piensa que ciertos rostros son hermosos, pero, realmente, no lo son. La verdadera belleza, por supuesto, viene de la personalidad. No tiene nada que ver con la forma de las cejas. Me dicen de tantas mujeres que son hermosas... pero cuando las veo, es como mirar un plato de sopa”.
La fealdad: “No existe. Hay algo llamado deformidad, pero la simple fealdad no existe. He dicho”.
Érase una vez: “Era invierno, yo me estaba muriendo de hambre intentando ser escritor en Nueva York. No había comido en tres o cuatro días. Así que finalmente dije: ‘Me voy a comer una gran bolsa de pochoclo’. Cada grano era como un churrasco. Tragaba y echaba pochoclo a mi estómago que decía ‘¡Gracias, gracias!’. Estaba en el paraíso, caminando por ahí, hasta que dos tipos pasaron a mi lado y uno le dijo al otro: ‘¡Jesús!’. El otro dijo: ‘¿Qué pasa?’ ‘¿Viste a ese tipo comiendo pochoclo? Dios, era horrible.’ Así que no pude disfrutar el resto del pochoclo. Pensé qué quisieron decir con eso de que ‘era horrible’. Yo estaba en el paraíso. Supongo que era un poco cochino. Ellos siempre pueden distinguir a un tipo hecho mierda”.
La prensa: “Disfruto las cosas malas que se dicen sobre mí. Aumenta la venta de libros y me hace sentir malvado. No me gusta sentirme bien porque soy bueno. ¿Pero malo? Sí. Me da otra dimensión. Me gusta ser atacado. ‘¡Bukowski es desagradable!’ Eso me hace reír, me gusta. ‘¡Es un escritor desastroso!’ Sonrío más. Me alimento de eso. Pero cuando un tipo me dice que dan un texto mío como material de lectura en una universidad, me quedo boquiabierto. No sé, me aterra ser demasiado aceptado. Siento que hice algo mal”.
El dedo: (Levanta el dedo meñique de su mano izquierda) “¿Viste alguna vez este dedo? (El dedo parece paralizado en una forma de “L”). Me lo rompí una noche, borracho. No sé por qué, pero nunca se acomodó. Pero funciona perfecto para la letra ‘a’ de la máquina de escribir, y qué demonios, le agrega algo a mi personaje”.
La valentía: “A la mayoría de la gente supuestamente valiente le falta imaginación. Es como si no pudieran concebir lo que sucedería si algo saliera mal. Los verdaderos valientes vencen a su imaginación y hacen lo que deben hacer”.
El miedo: “No sé nada sobre eso”.
(Se ríe.)
La violencia: “Creo que, la mayoría de las veces, la violencia es malinterpretada. Hace falta cierta violencia. En nosotros hay una energía que necesita ser sacada. Creo que si esa energía es contenida, nos volvemos locos. La paz última que todos deseamos no es un área deseable. De alguna manera, no estamos destinados a eso. Por eso me gusta ver peleas de boxeo, y por eso yo mismo las protagonizaba en mi juventud. A veces se llama violencia a la expulsión de energía con honor. Hay locura interesante y locura desagradable. Hay buenas y malas formas de violencia. Es un término vago. Está bien si no se hace a expensas de otros”.
El dolor físico: “Con el tiempo uno se endurece, aguanta el dolor físico. Cuando estaba en el Hospital General, un tipo entró y dijo: ‘Nunca vi a nadie aguantar la aguja con tanta frialdad’. Eso no es valentía. Si uno aguanta suficiente dolor, uno cede. Es un proceso, un ajuste. Pero no hay forma de acostumbrarse al dolor mental. Me mantengo lejos de él”.
La psiquiatría: “¿Qué consiguen los pacientes psiquiátricos? Una cuenta. Creo que el problema entre un psiquiatra y su paciente es que el psiquiatra actúa de acuerdo al libro, mientras que el paciente llega por lo que la vida le ha hecho. Y aunque el libro pueda tener cierta perspicacia, las páginas siempre son las mismas y cada paciente es diferente. Hay muchos más problemas individuales que páginas. Hay demasiada gente loca como para resolverlo diciendo: ‘Tantos dólares por hora, cuando suena el timbre terminamos’. Eso sólo puede llevar a una persona un poco loca a la locura total. Recién empiezan a abrirse y a sentirse bien cuando el psiquiatra dice: ‘Enfermera, arregle la próxima cita’. Todo es asquerosamente mundano. El tipo está ahí para quedarse con tu culo, no para curarte. Quiere tu dinero. Cuando suena el timbre, que entre el siguiente loco. Ahora, el loco sensible se va a dar cuenta de que cuando el timbre suena, significa que lo cagaron. No hay límites de tiempo para curar la locura, y no hay cuentas para eso, tampoco. Muchos de los psiquiatras que yo he visto parecen estar al límite ellos mismos, además. Pero están demasiado cómodos. Creo que el paciente quiere ver un poco de locura, no demasiado. Ah, los psiquiatras son totalmente inútiles. ¿Siguiente pregunta?”.
La fe: “La fe está bien para los que la tienen. Mientras no me la tiren por la cabeza. Tengo más fe en mi plomero que en el ser eterno. Los plomeros hacen un buen trabajo. Dejan que la mierda fluya”.
El cinismo: “Siempre me acusaron de cínico. Creo que el cinismo es una uva amarga. Es una debilidad. Es decir: ‘¡Todo está mal! ¿Entendés? ¡Esto no está bien! ¡Aquello no está bien!’. El cinismo es la debilidad que evita que nos ajustemos a lo que ocurre en el momento. El optimismo también es una debilidad. ‘El sol brilla, los pájaros cantan, sonríe.’ Eso es mierda también. La verdad está en algún lugar entre los dos. Lo que es, es. Si no estás listo para soportarlo, joderse”.
La moralidad convencional:
“Puede que no exista el infierno, pero los que juzgan pueden crearlo. Pienso que la gente está sobredomesticada. Uno tiene que averiguar lo que le pasa, y cómo va a reaccionar. Voy a usar un término extraño aquí: el bien. No sé de dónde viene, pero siento que hay un básico rasgo de bondad en cada uno de nosotros. No creo en Dios, pero creo en esta ‘bondad’, como un tubo dentro de nuestros cuerpos. Puede ser alimentada. Siempre es mágica, por ejemplo cuando en una autopista sobrecargada de tráfico un extraño hace lugar para que alguien pueda cambiar de mano... es esperanzador”.
Sobre ser entrevistado: “Es como ser arrinconado. Es vergonzoso. Por eso, no siempre digo toda la verdad. Me gusta jugar y burlarme un poco, así que doy información falsa sólo por el gusto de entretener y mentir. Así que si quieren saber algo sobre mí, no lean una entrevista. Ignoren ésta, también”.
Borracho mítico. Peleador impenitente. Apostador serial. Romántico recalcitrante. Ultimo beatnik. Primer punk. Ajeno a cualquier capilla o institución literaria, pero con lectores devotos en todo el mundo, hace diez años moría Charles Bukowski. Radar convocó a algunos de sus lectores argentinos de aquellos años para recordarlo. Y además reproduce la extraordinaria entrevista que le hizo Sean Penn en 1987 para la revista Interview, cuando el actor estaba a punto de participar de la filmación de Barfly (en un papel que finalmente haría Mickey Rourke).
POR SEAN PENN
Charles Bukowski nació en Andernach, Alemania, en 1920. A los tres años de edad llegó a los Estados Unidos y creció en Los Angeles. Actualmente reside en San Pedro, California, con su esposa, Linda. Famoso borracho, peleador y mujeriego, Genet y Sartre lo llamaron “el mejor poeta de los Estados Unidos”, pero sus amigos lo llaman Hank.
Bares:“Ya no voy mucho a bares. Saqué eso de mi sistema. Ahora, cuando entro a un bar, siento náuseas. Estuve en demasiados, es apabullante. Son para cuando uno es más joven: todo eso de irse a las manos con un tipo, hacerse el macho, levantarse minas. A mi edad, ya no lo necesito. Hoy sólo entro a los bares para mear. A veces cruzo la puerta y empiezo a vomitar”.
El alcohol: “El alcohol es probablemente una de las mejores cosas que han llegado a esta tierra, además de mí. Entonces nos llevamos bien. Es destructivo para la mayoría de la gente, pero yo soy un caso aparte. Hago todo mi trabajo creativo cuando estoy intoxicado. Incluso me ha ayudado con las mujeres. Siempre fui reticente durante el sexo, y el alcohol me ha permitido ser más libre en la cama. Es una liberación porque básicamente yo soy una persona tímida e introvertida, y el alcohol me permite ser este héroe que atraviesa el espacio y el tiempo, haciendo un montón de cosas atrevidas... Entonces el alcohol me gusta, cómo no”.
Fumar: “Me gusta fumar. El cigarrillo y el alcohol se equilibran. Yo solía despertarme de una borrachera y había fumado tanto que mis dos manos estaban amarillas, casi marrones, como si tuviera puestos guantes. Y me preguntaba: ‘¡Mierda! ¿Cómo se verán mis pulmones?’”.
Pelear: “La mejor sensación es cuando golpeás a un tipo que no se supone que puedas golpear. Una vez me metí con un tipo, me estaba insultando. Le dije: ‘Bueno, adelante’. No tuve ningún problema, le gané la pelea fácilmente. Estaba tirado en el piso. Tenía la nariz ensangrentada. Me dijo: ‘Jesús, te movés siempre tan lentamente que pensé que serías fácil. Y cuando empezó la condenada pelea, ya no podía ver tus manos, te volviste tan rápido. ¿Qué pasó?’. Le dije: ‘No sé, hombre. Así son las cosas. Uno ahorra para cuando tiene que usarlo’”.
Los gatos: “Es bueno tener un montón de gatos alrededor. Si uno se siente mal, mira a los gatos y se siente mejor, porque ellos saben que las cosas son como son. No hay por qué entusiasmarse y ellos lo saben. Por eso son salvadores. Cuantos más gatos uno tenga, más tiempo vivirá. Si tenés cien gatos, vivirás diez veces más que si tenés diez. Algún día esto será descubierto: la gente tendrá mil gatos y vivirá para siempre. Realmente es ridículo”.
Las mujeres y el sexo:
“Yo las llamo máquinas de quejarse. Las cosas con un tipo nunca están bien para ellas. Y cuando me tiran toda esa histeria... Tengo que salir, agarrar el auto e irme. A cualquier parte. Tomar una taza de café en algún lado. En cualquier lado. Cualquier cosa menos otra mujer. Supongo que están construidas de diferente manera, ¿no? Cuando la histeria empieza, se acaba todo. Uno se tiene que ir, ellas no entienden por qué. ‘¿Adónde vas?’, te gritan. ‘¡Me voy a la mierda, nena!’. Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Es puro boca a boca. Escuchan que Bukowski es ‘un cerdo macho chauvinista’, pero no chequean la fuente. Seguro, a veces pinto una mala imagen de las mujeres en mis cuentos, pero con los hombres hago lo mismo. Incluso yo salgo mal parado muchas veces. Si realmente pienso que algo es malo, digo que es malo, sea hombre, mujer, niño o perro. Las mujeres son tan quisquillosas, piensan que me las agarro con ellas en particular. Ése es su problema”.
La primera vez: “Mi primera vez fue la más rara. No sabía cómo hacerlo, y ella me enseñó a chuparle la concha y todas esas cosas de coger. Me acuerdo de que me decía: ‘Hank, sos un buen escritor, pero no sabés una mierda sobre las mujeres’. ‘¿Qué querés decir? Estuve con un montón de mujeres.’ ‘No, no sabés nada. Dejame enseñarte algunas cosas.’ Le dije que bueno y ella: ‘Sos buen estudiante, entendés rápido’. Eso fue todo. (Está un poco avergonzado. No por los detalles sino por el sentimentalismo del recuerdo.) Pero todo ese asunto de chupar conchas se puede poner un poco servil. Me gusta hacerlas gozar, pero... Todo está sobrevalorado. El sexo sólo es una gran cosa cuando no lo hacés”.
El sexo antes del sida (y su
casamiento):“Yo nada más entraba y salía de entre las sábanas. No sé, era como un trance, un trance de coger. Y las mujeres... uno les decía algo, las tomaba de la muñeca, ‘vamos, nena’, las guiaba hasta el dormitorio y se las cogía. Cuando uno entra en el ritmo, sigue adelante. Hay un montón de mujeres solitarias allá afuera. Son lindas, pero no se saben conectar. Están sentadas solas, van al trabajo, vuelven a la casa... es algo maravilloso para ellas que un tipo se les aparezca. Y si se sienta cerca, bebe y habla, es entretenimiento. Estuvo bien, tuve suerte. Las mujeres modernas... no te cosen los botones”.
Escribir: “Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador de una niña muy pequeña. Y la gente me acusó. Me hicieron entrevistas. Decían: ‘¿Le gusta violar a niñitas?’. Dije: ‘Por supuesto que no. Estoy fotografiando la vida’. Me metí en problemas con montones de cosas. Pero, por otro lado, los problemas venden libros. Pero, en última instancia, escribo para mí. (Da una larga pitada a su cigarrillo.) Es así. La pitada es para mí, la ceniza es para el cenicero. Eso es publicar. Nunca escribo de día. Es como ir al supermercado desnudo. Todo el mundo te puede ver. De noche es cuando se sacan los trucos de la manga... la magia”.
La poesía: “Siempre recuerdo que, en el patio de la escuela, cuando aparecía la palabra ‘poeta’ o ‘poesía’, todos los pendejos se reían y se burlaban. Puedo ver por qué: es un producto falso. Ha sido falso y snob y endogámico por siglos. Es ultradelicado, sobreapreciado. Es un montón de mierda. Durante siglos, la poesía es casi basura total. Es una farsa. Ha habido grandes poetas, no me entienda mal. Hay un poeta chino llamado Li Po. Podía poner más sentimiento, realismo y pasión en cuatro o cinco sencillas líneas que la mayoría de los poetas en sus doce o trece páginas de mierda. Y bebía vino también. Solía quemar sus poemas, navegar por el río y beber vino. Los emperadores lo amaban porque podían entender lo que decía. Por supuesto, sólo quemó sus poemas malos. Lo que yo quise hacer, si me disculpa, es incorporar el punto de vista de los obreros sobre la vida... los gritos de sus esposas que los esperan cuando vuelven del trabajo. Las realidades básicas de la existencia del hombre común... algo que pocas veces se menciona en la poesía desde hace siglos. Mejor, que quede registrado que dije que la poesía es una mierda desde hace siglos. Y una vergüenza”.
Céline: “La primera vez que leí a Céline, me fui a la cama con una caja grande de galletitas Ritz. Empecé a leerle y me comía una galletita Ritz, me reía, me comía una Ritz, leía. Leí la novela entera de un tirón y me terminé la caja de galletitas. Y me levanté y tomé agua. Tendrías que haberme visto. No me podía mover. Eso es lo que un buen escritor te puede hacer. Casi te puede matar. Un mal escritor puede hacerlo, también”.
Shakespeare: “Es ilegible y está sobrevalorado. Pero la gente no quiere escuchar esto. Uno no puede atacar templos. Ha sido fijado a lo largo de los siglos. Uno puede decir que tal es un pésimo actor, pero no puede decir que Shakespeare es mierda. Cuando algo dura mucho tiempo, los snobs empiezan a aferrarse a él, como ventosas. Cuando los snobs sienten que algo es seguro, se aferran. Pero si les decís la verdad, se ponen salvajes. No pueden soportarlo. Es atacar su propio proceso de pensamiento. Me desagradan”.
Su material de lectura favorito: “Leí en el The National Enquirer una nota titulada ‘¿Es su marido homosexual?’. Linda me dijo: ‘¡Tenés voz de puto!’. Yo dije: ‘Oh, sí, siempre me lo pregunté’. Ese artículo decía: ‘¿Su marido se depila las cejas?’. Y yo pensé, mierda, lo hago todo el tiempo. Ahora sé lo que soy. Me depilo las cejas, soy un puto. Es muy amable de parte de The National Enquirer decirme lo que soy”.
El humor y la muerte: “El último gran humorista era un tipo llamado James Thurber. Pero su humor era tan magnífico que tuvieron que ignorarlo. Este tipo era, podría decirse, un psiquiatra de las edades. Tenía algo ambiguo, hombre-mujer, veía cosas. Era sanador. Su humor era tan real que uno gritaba de risa, era como una liberación frenética. Aparte de Thurber, no puedo pensar en nadie... Yo tengo algo de humorista, pero no como él. No llamo humor a lo que tengo, lo llamo un ‘filo cómico’. Estoy colgado en eso. Casi todo lo que pasa es ridículo. Cagamos todos los días. Eso es ridículo, ¿no te parece? Tenemos que seguir meando, poniendo comida en nuestras bocas, nos sale cera de los oídos. Tenemos que rascarnos. Cosas feas y tontas, ¿o no? Las tetas no sirven para nada, salvo...”.
Nosotros: “La verdad es que somos monstruosidades. Si pudiéramos vernos, podríamos amarnos, darnos cuenta de lo ridículos que somos, con nuestros intestinos retorcidos por los que se desliza lentamente la mierda mientras nos miramos a los ojos y decimos: ‘Te amo’. Nos carbonizamos y producimos mierda, pero no nos tiramos pedos cerca del otro. Todo tiene un filo cómico”.
Ganar: “Y después nos morimos. Pero la muerte no nos ha ganado. No ha mostrado ninguna credencial. Nosotros hemos mostrado todas las credenciales. Con el nacimiento, ¿nos ganamos la vida? No realmente, pero de seguro la hija de puta nos tiene atrapados... La muerte me provoca resentimiento, la vida también, y mucho más estar atrapado entre las dos. ¿Sabés cuantas veces intenté suicidarme? Dame tiempo, sólo tengo 66 años. Sigo trabajando en eso. Cuando uno tiene tendencias suicidas, nada lo molesta, excepto perder en las carreras de caballos. ¿Por qué será? A lo mejor porque uno usa su mente en las carreras, no su corazón. Pero nunca cabalgué. No estoy muy interesado en el caballo sino en el proceso de acertar o no, selectivamente”.
Las carreras: “Traté de ganarme la vida con las carreras por un tiempo. Es doloroso. Es vigorizante. Todo está al límite, el alquiler, todo. Pero uno tiende a ser cuidadoso. Una vez estaba sentado en una curva. Había doce caballos en la carrera y estaban todos amontonados. Parecía un gran ataque. Todo lo que veía era esos grandes culos de caballo subiendo y bajando. Parecían salvajes. Miré esos culos de caballos y pensé: ‘Esto es una locura total’. Pero hay otros días en los que ganás cuatrocientos o quinientos dólares, ganás ocho o nueve carreras al hilo, y te sentís Dios, como si lo supieras todo. Y todo queda en su lugar”.
La gente: “No miro mucho a la gente. Es perturbador. Dicen que si mirás mucho a otra persona, te empezás a parecer a ella. Pobre Linda. La mayoría de las veces me la puedo pasar sin la gente. La gente no me llena, me vacía. No respeto a nadie. Tengo un problema en ese sentido. Estoy mintiendo pero, creeme, es verdad”.
La fama: “Es destructora. Es una puta, una perra, la destructora más grande de todos los tiempos. A mí me tocó la mejor parte porque soy famoso en Europa y desconocido aquí, en Estados Unidos. Soy uno de los hombres más afortunados. La fama es terrible. Es una media en una escala del denominador común, la meten trabajando a un nivel bajo. No tiene valor. Una audiencia selecta es mucho mejor”.
La soledad: “Nunca me sentí solo. He estado en una habitación, me he sentido suicida. Estuve deprimido, me he sentido horrible más allá de lo descriptible, pero nunca pensé que una persona podía entrar a una habitación y curarme. Ni varias personas. En otras palabras, la soledad no es algo que me molesta porque siempre tuve este terrible deseo de estar solo. Siento la soledad cuando estoy en una fiesta, o en un estadio lleno de gente vitoreando algo. Citaré a Ibsen: ‘Los hombres más fuertes son los más solitarios’. Nunca pensé: ‘Bueno, ahora va a entrar una rubia hermosa y vamos a garchar, y me va a frotar las bolas, y me voy a sentir bien’. No, eso no iba a ayudar. Viste cómo piensa la gente común: ‘Guau, es viernes a la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos acá sentados?’. Bueno, sí. Porque no hay nada allá afuera. Es estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen entre ellos. Nunca tuve la ansiedad de lanzarme a la noche. Me escondía en bares porque no quería esconderme en fábricas. Eso es todo. Les pido perdón a los millones, pero nunca me sentí solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar”.
El tiempo libre: “Es muy importante tener tiempo libre. Hay que parar por completo y no hacer nada por largos períodos para no perderlo todo. Seas un actor o una ama de casa, cualquier cosa, tiene que haber grandes pausas en las que no hacés nada. Uno se tira en una cama a mirar el techo. Hacer nada es muy, muy importante. ¿Y cuánta gente lo hace en la sociedad moderna? Muy poca. Por eso la mayoría está totalmente loca, frustrada, enojada y odiosa. Antes de casarme, o de conocer a muchas mujeres, bajaba las cortinas y me metía en la cama por tres o cuatro días. Me levantaba para cagar y para comer una lata de porotos. Después me vestía y salía a la calle, y el sol brillaba y los sonidos eran maravillosos. Me sentía poderoso, como una batería recargada. Pero, ¿sabés qué me tiraba abajo? El primer rostro humano que veía en la vereda. Esa cara nomás me hacía perder la mitad de la carga. Esta cara monstruosa, sin expresión, tonta, sin sentimientos, cargada de capitalismo. Pero aún así valía la pena, me quedaba la mitad de la carga todavía. Por eso el tiempo libre es importante. Y no digo tomarse tiempo para tener pensamientos profundos. Hablo de no pensar en absoluto. Sin pensamientos de progreso, sin pensamientos sobre uno mismo. Sólo ser un haragán. Es hermoso”.
La belleza: “No existe algo como la belleza, especialmente en un rostro humano, eso que llamamos fisonomía. Todo es un imaginado y matemático alineamiento de rasgos. Por ejemplo, si la nariz no sobresale mucho, si los costados están bien, si las orejas no son demasiado grandes, si el cabello no es demasiado largo. Es una mirada generalizadora. La gente piensa que ciertos rostros son hermosos, pero, realmente, no lo son. La verdadera belleza, por supuesto, viene de la personalidad. No tiene nada que ver con la forma de las cejas. Me dicen de tantas mujeres que son hermosas... pero cuando las veo, es como mirar un plato de sopa”.
La fealdad: “No existe. Hay algo llamado deformidad, pero la simple fealdad no existe. He dicho”.
Érase una vez: “Era invierno, yo me estaba muriendo de hambre intentando ser escritor en Nueva York. No había comido en tres o cuatro días. Así que finalmente dije: ‘Me voy a comer una gran bolsa de pochoclo’. Cada grano era como un churrasco. Tragaba y echaba pochoclo a mi estómago que decía ‘¡Gracias, gracias!’. Estaba en el paraíso, caminando por ahí, hasta que dos tipos pasaron a mi lado y uno le dijo al otro: ‘¡Jesús!’. El otro dijo: ‘¿Qué pasa?’ ‘¿Viste a ese tipo comiendo pochoclo? Dios, era horrible.’ Así que no pude disfrutar el resto del pochoclo. Pensé qué quisieron decir con eso de que ‘era horrible’. Yo estaba en el paraíso. Supongo que era un poco cochino. Ellos siempre pueden distinguir a un tipo hecho mierda”.
La prensa: “Disfruto las cosas malas que se dicen sobre mí. Aumenta la venta de libros y me hace sentir malvado. No me gusta sentirme bien porque soy bueno. ¿Pero malo? Sí. Me da otra dimensión. Me gusta ser atacado. ‘¡Bukowski es desagradable!’ Eso me hace reír, me gusta. ‘¡Es un escritor desastroso!’ Sonrío más. Me alimento de eso. Pero cuando un tipo me dice que dan un texto mío como material de lectura en una universidad, me quedo boquiabierto. No sé, me aterra ser demasiado aceptado. Siento que hice algo mal”.
El dedo: (Levanta el dedo meñique de su mano izquierda) “¿Viste alguna vez este dedo? (El dedo parece paralizado en una forma de “L”). Me lo rompí una noche, borracho. No sé por qué, pero nunca se acomodó. Pero funciona perfecto para la letra ‘a’ de la máquina de escribir, y qué demonios, le agrega algo a mi personaje”.
La valentía: “A la mayoría de la gente supuestamente valiente le falta imaginación. Es como si no pudieran concebir lo que sucedería si algo saliera mal. Los verdaderos valientes vencen a su imaginación y hacen lo que deben hacer”.
El miedo: “No sé nada sobre eso”.
(Se ríe.)
La violencia: “Creo que, la mayoría de las veces, la violencia es malinterpretada. Hace falta cierta violencia. En nosotros hay una energía que necesita ser sacada. Creo que si esa energía es contenida, nos volvemos locos. La paz última que todos deseamos no es un área deseable. De alguna manera, no estamos destinados a eso. Por eso me gusta ver peleas de boxeo, y por eso yo mismo las protagonizaba en mi juventud. A veces se llama violencia a la expulsión de energía con honor. Hay locura interesante y locura desagradable. Hay buenas y malas formas de violencia. Es un término vago. Está bien si no se hace a expensas de otros”.
El dolor físico: “Con el tiempo uno se endurece, aguanta el dolor físico. Cuando estaba en el Hospital General, un tipo entró y dijo: ‘Nunca vi a nadie aguantar la aguja con tanta frialdad’. Eso no es valentía. Si uno aguanta suficiente dolor, uno cede. Es un proceso, un ajuste. Pero no hay forma de acostumbrarse al dolor mental. Me mantengo lejos de él”.
La psiquiatría: “¿Qué consiguen los pacientes psiquiátricos? Una cuenta. Creo que el problema entre un psiquiatra y su paciente es que el psiquiatra actúa de acuerdo al libro, mientras que el paciente llega por lo que la vida le ha hecho. Y aunque el libro pueda tener cierta perspicacia, las páginas siempre son las mismas y cada paciente es diferente. Hay muchos más problemas individuales que páginas. Hay demasiada gente loca como para resolverlo diciendo: ‘Tantos dólares por hora, cuando suena el timbre terminamos’. Eso sólo puede llevar a una persona un poco loca a la locura total. Recién empiezan a abrirse y a sentirse bien cuando el psiquiatra dice: ‘Enfermera, arregle la próxima cita’. Todo es asquerosamente mundano. El tipo está ahí para quedarse con tu culo, no para curarte. Quiere tu dinero. Cuando suena el timbre, que entre el siguiente loco. Ahora, el loco sensible se va a dar cuenta de que cuando el timbre suena, significa que lo cagaron. No hay límites de tiempo para curar la locura, y no hay cuentas para eso, tampoco. Muchos de los psiquiatras que yo he visto parecen estar al límite ellos mismos, además. Pero están demasiado cómodos. Creo que el paciente quiere ver un poco de locura, no demasiado. Ah, los psiquiatras son totalmente inútiles. ¿Siguiente pregunta?”.
La fe: “La fe está bien para los que la tienen. Mientras no me la tiren por la cabeza. Tengo más fe en mi plomero que en el ser eterno. Los plomeros hacen un buen trabajo. Dejan que la mierda fluya”.
El cinismo: “Siempre me acusaron de cínico. Creo que el cinismo es una uva amarga. Es una debilidad. Es decir: ‘¡Todo está mal! ¿Entendés? ¡Esto no está bien! ¡Aquello no está bien!’. El cinismo es la debilidad que evita que nos ajustemos a lo que ocurre en el momento. El optimismo también es una debilidad. ‘El sol brilla, los pájaros cantan, sonríe.’ Eso es mierda también. La verdad está en algún lugar entre los dos. Lo que es, es. Si no estás listo para soportarlo, joderse”.
La moralidad convencional:
“Puede que no exista el infierno, pero los que juzgan pueden crearlo. Pienso que la gente está sobredomesticada. Uno tiene que averiguar lo que le pasa, y cómo va a reaccionar. Voy a usar un término extraño aquí: el bien. No sé de dónde viene, pero siento que hay un básico rasgo de bondad en cada uno de nosotros. No creo en Dios, pero creo en esta ‘bondad’, como un tubo dentro de nuestros cuerpos. Puede ser alimentada. Siempre es mágica, por ejemplo cuando en una autopista sobrecargada de tráfico un extraño hace lugar para que alguien pueda cambiar de mano... es esperanzador”.
Sobre ser entrevistado: “Es como ser arrinconado. Es vergonzoso. Por eso, no siempre digo toda la verdad. Me gusta jugar y burlarme un poco, así que doy información falsa sólo por el gusto de entretener y mentir. Así que si quieren saber algo sobre mí, no lean una entrevista. Ignoren ésta, también”.
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ENTREVISTAS A CHARLES BUKOWSKI
martes, 21 de diciembre de 2010
CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 95
El Día de Acción de Gracias, Iris preparó el pavo y lo metió en el horno. Bobby y Valerie vinieron a tomar unas copas, pero no se quedaron mucho tiempo. Era refrescante. Iris llevaba otro vestido, tan fascinante como el otro.
—Sabes —dijo—, no he traído bastante ropa. Mañana voy a ir con Valerie a
comprar a Frederick's. Voy a comprar unos zapatos realmente matadores. Te gustarán.
—Ya lo creo.
Entré en el baño. Había escondido la foto que me había enviado Tanya en el armario de las medicinas. Tenía el vestido levantado y no llevaba bragas. Se le podía ver el coño.E ra una zorra atractiva.
Cuando salí, Iris estaba lavando algo en el fregadero. La agarré por detrás, le di la
vuelta y la besé.
—¡Eres un perro viejo cachondón! —me dijo.
—¡Te voy a hacer sufrir esta noche, querida!
—¡Sí, por favor!
Bebimos toda la tarde, luego atacamos el pavo hacia las cinco o las seis. La comida nos sobró. Una hora más tarde empezamos otra vez a beber. Nos fuimos temprano a la cama, hacia las diez. No tuve ningún problema. Estaba lo bastante sobrio para pegar una buena cabalgada. En el momento que empecé a dar caderazos supe que lo iba a conseguir. No traté de complacer particularmente a Iris. Sólo fui adelante y le pegué un polvo de caballo a la antigua. La cama botaba y ella se contorsionaba. Luego empezó a gemir. Frené un poco, luego embestí como un descosido y la hendí. Pareció que llegaba al clímax conmigo. Claro que un hombre nunca podía saber. Me eché a un lado. Siempre me había gustado el jamón canadiense.
Al día siguiente vino Valerie y se fue con Iris a comprar a Frederick's, el templo de las fantasías eróticas. El correo llegó una hora más tarde. Venía otra carta de Tanya. Era más intimista.
Henry, querido...
Iba andando por la calle hoy y estos tíos me silbaron. Pasé a su lado sin hacerles caso. Los que más odio son los lavacoches. Te gritan cosas y sacan la lengua como si realmente pudieran hacer algo con ella, pero no hay un solo hombre entre ellos que pueda hacer nada. Tú lo sabes.
Ayer fui a esta tienda de ropa a comprar unos pantalones para Rex. Rex me había dado el dinero. Es incapaz de comprar sus cosas. Es algo que aborrece. Así que fui a esta tienda de ropa para hombre y cogí un par de pantalones. Había allí dos tíos de mediana edad y uno de ellos era el sarcasmo en persona. Mientras estaba eligiendo los pantalones se acercó, me cogió la mano y la puso en su polla. Le dije: «Eso es todo lo que tienes? ¡Vaya mierdecita!». Se rió y dijo algo inteligente. Encontré un bonito par de pantalones para Rex, verdes con rayas blancas. A Rex le gusta el verde. Entonces viene el tío este y me dice, «Vente a uno de los probadores». Bueno, sabes, los tíos sarcásticos siempre me han fascinado, así que entré en el probador con él. El otro tío nos vio entrar. Comenzamos a besarnos y él se abrió la bragueta. Se le empalmó y me puso la mano en ella. Seguimos besándonos y él me subió el vestido y miró mis bragas en el espejo. Jugaba con mi culo. Pero su polla nunca se puso dura de verdad, sólo a medias, y así se quedó. Le dije que se dejara de bobadas. Salió del probador con la polla fuera y se la guardó enfrente del otro tío. Estaban riéndose. Yo salí y pagué los pantalones. Me los envolvió. «Dile a tu marido que escogiste los pantalones en el probador». Se rió. «¡No eres más que un jodido ma ri c a!» le dije, «¡y tu compadre no es más que otro jodido marica!». Y lo eran. Casi todos los hombres son unos maricas ahora. Es muy difícil para una mujer. Yo tenía una amiga que se casó con un tío y un día volvió a casa y se lo encontró con otro hombre en la cama. No es extraño que todas las chicas tengan que estar comprando vibradores estos días. Es una jodida mierda. Bueno, escríbeme. Un beso,
Tanya
Querida Tanya:
He recibido tus cartas y tu foto. Estoy sentado aquí solo después del Día de
Acción de Gracias. Estoy con resaca. Me gusta tu foto. ¿Tienes más?
¿Has leído alguna vez a Celine? Me refiero al Viaje al fin de la noche. Después de aquello perdió los estribos y se volvió majareta, insultando a sus editores y lectores. Fue verdaderamente una pena. Su mente se disparó. Creo que llegó a ser un buen doctor. O quizás no. Tal vez su corazón no estuviese en ello. Quizás matase a sus pacientes.E so hubiera hecho una buena novela. Muchos doctores lo hacen. Te dan una pastilla y te mandan a la calle de nuevo. Necesitan dinero para pagar lo que su educación les costó. Así que abarrotan sus salas de espera y despachan a los clientes de cualquier manera. Te pesan, toman tu presión sanguínea, te dan una píldora y te mandan a casa sintiéndote aún peor. Un dentista se quedará con los ahorros de toda tu vida, pero al menos hace algo por tus dientes.
De cualquier modo, todavía escribo y me las arreglo para pagar el alquiler. Encuentro tus cartas interesantes. ¿Quién te hizo la foto sin bragas? Un buen amigo, sin duda. ¿Rex? Verás ¡me estoy poniendo celoso! Es una buena señal ¿no? Llamémoslo interés. O curiosidad...
Vigilaré el buzón. ¿Habrá más fotos?
Tuyo, sí, sí,
Henry
Se abrió la puerta y entró Iris. Quité la hoja de la máquina de escribir y la puse boca
abajo.
—¡Oh, Hank! ¡Me he comprado los zapatos de puta!
—¡Magnífico! ¡Magnífico!
—¡Me los voy a poner para ti! ¡Seguro que te encantan!
—¡Hazlo, nena!
Iris entró en el dormitorio. Cogí la carta de Tanya y la escondí bajo un taco de
papeles.Salió Iris. Los zapatos eran de un rojo brillante con unos tacones viciosamente
altos. Parecía una de las mayores putas de todos los tiempos. No tenían respaldo de talón y se le podía ver todo el pie a través del material transparente. Iris caminó de un lado a otro. Tenía un cuerpo aún más provocativo, y el culo se convertía en una de las maravillas de la tierra, caminando sobre esos zapatos se elevaba a alturas celestiales. Era enloquecedor. Se paró y me miró por encima del hombro, sonriendo. ¡Qué maravillosa hinchapollas! Tenía más cadera, más culo, más pantorrilla que nadie que pudiera yo recordar! Corrí a servir dos copas. Iris se sentó y cruzó altas las piernas. Se sentó enfrente mío. Los milagros en mi vida seguían ocurriendo. No podía comprenderlo.
Tenía la polla dura, palpitante, pugnando por reventar mis pantalones.
—Sabes lo que le gusta a un hombre —le dije.
Acabamos nuestra bebida. La llevé de la mano al dormitorio. La eché en la cama. Le subí el vestido y le bajé las bragas. Era un trabajo difícil. Se enganchaban en un zapato, con uno de los tacones, pero finalmente se las quité. Su vestido todavía cubría sus caderas. Levanté su culo y subí más el vestido. Ya estaba húmeda. Lo sentí con mis dedos. Iris estaba casi siempre húmeda, casi siempre a punto. Era totalmente disfrutable. Llevaba unas largas medias de nylon con ligas azules decoradas con rosas rojas.
Emplacé mi vara en la humedad. Sus piernas estaban levantadas en el aire y
mientras la acariciaba veía aquellos zapatos de zorra en sus pies, con tacones rojos afilados como punzones. Iris estaba lista para otra jodida de caballo a la antigua. El amor era para los que tocaban la guitarra, católicos y locos del ajedrez. Aquella perra con sus zapatos rojos y largas medias, se merecía lo que iba a recibir de mí. Traté de rajarla, de partirla en dos. Contemplaba aquella extraña cara medio india a la suave luz del sol que se filtraba por las cortinas. Era como un asesinato. La tenía. No tenía escapada. La empalé rugiendo, llegando casi hasta su cabeza y partiéndola por la mitad.
Me sorprendió que pudiera levantarse sonriendo e irse al baño. Casi parecía feliz. Se le habían caído los zapatos y estaban tirados a un lado de la cama. Mi polla todavía estaba dura. Cogí uno de los zapatos y pasé mi polla por él. Era de puta madre. Luego lo dejé en el suelo. Mientras Iris salía del baño, todavía sonriendo, mi polla se bajó.
—Sabes —dijo—, no he traído bastante ropa. Mañana voy a ir con Valerie a
comprar a Frederick's. Voy a comprar unos zapatos realmente matadores. Te gustarán.
—Ya lo creo.
Entré en el baño. Había escondido la foto que me había enviado Tanya en el armario de las medicinas. Tenía el vestido levantado y no llevaba bragas. Se le podía ver el coño.E ra una zorra atractiva.
Cuando salí, Iris estaba lavando algo en el fregadero. La agarré por detrás, le di la
vuelta y la besé.
—¡Eres un perro viejo cachondón! —me dijo.
—¡Te voy a hacer sufrir esta noche, querida!
—¡Sí, por favor!
Bebimos toda la tarde, luego atacamos el pavo hacia las cinco o las seis. La comida nos sobró. Una hora más tarde empezamos otra vez a beber. Nos fuimos temprano a la cama, hacia las diez. No tuve ningún problema. Estaba lo bastante sobrio para pegar una buena cabalgada. En el momento que empecé a dar caderazos supe que lo iba a conseguir. No traté de complacer particularmente a Iris. Sólo fui adelante y le pegué un polvo de caballo a la antigua. La cama botaba y ella se contorsionaba. Luego empezó a gemir. Frené un poco, luego embestí como un descosido y la hendí. Pareció que llegaba al clímax conmigo. Claro que un hombre nunca podía saber. Me eché a un lado. Siempre me había gustado el jamón canadiense.
Al día siguiente vino Valerie y se fue con Iris a comprar a Frederick's, el templo de las fantasías eróticas. El correo llegó una hora más tarde. Venía otra carta de Tanya. Era más intimista.
Henry, querido...
Iba andando por la calle hoy y estos tíos me silbaron. Pasé a su lado sin hacerles caso. Los que más odio son los lavacoches. Te gritan cosas y sacan la lengua como si realmente pudieran hacer algo con ella, pero no hay un solo hombre entre ellos que pueda hacer nada. Tú lo sabes.
Ayer fui a esta tienda de ropa a comprar unos pantalones para Rex. Rex me había dado el dinero. Es incapaz de comprar sus cosas. Es algo que aborrece. Así que fui a esta tienda de ropa para hombre y cogí un par de pantalones. Había allí dos tíos de mediana edad y uno de ellos era el sarcasmo en persona. Mientras estaba eligiendo los pantalones se acercó, me cogió la mano y la puso en su polla. Le dije: «Eso es todo lo que tienes? ¡Vaya mierdecita!». Se rió y dijo algo inteligente. Encontré un bonito par de pantalones para Rex, verdes con rayas blancas. A Rex le gusta el verde. Entonces viene el tío este y me dice, «Vente a uno de los probadores». Bueno, sabes, los tíos sarcásticos siempre me han fascinado, así que entré en el probador con él. El otro tío nos vio entrar. Comenzamos a besarnos y él se abrió la bragueta. Se le empalmó y me puso la mano en ella. Seguimos besándonos y él me subió el vestido y miró mis bragas en el espejo. Jugaba con mi culo. Pero su polla nunca se puso dura de verdad, sólo a medias, y así se quedó. Le dije que se dejara de bobadas. Salió del probador con la polla fuera y se la guardó enfrente del otro tío. Estaban riéndose. Yo salí y pagué los pantalones. Me los envolvió. «Dile a tu marido que escogiste los pantalones en el probador». Se rió. «¡No eres más que un jodido ma ri c a!» le dije, «¡y tu compadre no es más que otro jodido marica!». Y lo eran. Casi todos los hombres son unos maricas ahora. Es muy difícil para una mujer. Yo tenía una amiga que se casó con un tío y un día volvió a casa y se lo encontró con otro hombre en la cama. No es extraño que todas las chicas tengan que estar comprando vibradores estos días. Es una jodida mierda. Bueno, escríbeme. Un beso,
Tanya
Querida Tanya:
He recibido tus cartas y tu foto. Estoy sentado aquí solo después del Día de
Acción de Gracias. Estoy con resaca. Me gusta tu foto. ¿Tienes más?
¿Has leído alguna vez a Celine? Me refiero al Viaje al fin de la noche. Después de aquello perdió los estribos y se volvió majareta, insultando a sus editores y lectores. Fue verdaderamente una pena. Su mente se disparó. Creo que llegó a ser un buen doctor. O quizás no. Tal vez su corazón no estuviese en ello. Quizás matase a sus pacientes.E so hubiera hecho una buena novela. Muchos doctores lo hacen. Te dan una pastilla y te mandan a la calle de nuevo. Necesitan dinero para pagar lo que su educación les costó. Así que abarrotan sus salas de espera y despachan a los clientes de cualquier manera. Te pesan, toman tu presión sanguínea, te dan una píldora y te mandan a casa sintiéndote aún peor. Un dentista se quedará con los ahorros de toda tu vida, pero al menos hace algo por tus dientes.
De cualquier modo, todavía escribo y me las arreglo para pagar el alquiler. Encuentro tus cartas interesantes. ¿Quién te hizo la foto sin bragas? Un buen amigo, sin duda. ¿Rex? Verás ¡me estoy poniendo celoso! Es una buena señal ¿no? Llamémoslo interés. O curiosidad...
Vigilaré el buzón. ¿Habrá más fotos?
Tuyo, sí, sí,
Henry
Se abrió la puerta y entró Iris. Quité la hoja de la máquina de escribir y la puse boca
abajo.
—¡Oh, Hank! ¡Me he comprado los zapatos de puta!
—¡Magnífico! ¡Magnífico!
—¡Me los voy a poner para ti! ¡Seguro que te encantan!
—¡Hazlo, nena!
Iris entró en el dormitorio. Cogí la carta de Tanya y la escondí bajo un taco de
papeles.Salió Iris. Los zapatos eran de un rojo brillante con unos tacones viciosamente
altos. Parecía una de las mayores putas de todos los tiempos. No tenían respaldo de talón y se le podía ver todo el pie a través del material transparente. Iris caminó de un lado a otro. Tenía un cuerpo aún más provocativo, y el culo se convertía en una de las maravillas de la tierra, caminando sobre esos zapatos se elevaba a alturas celestiales. Era enloquecedor. Se paró y me miró por encima del hombro, sonriendo. ¡Qué maravillosa hinchapollas! Tenía más cadera, más culo, más pantorrilla que nadie que pudiera yo recordar! Corrí a servir dos copas. Iris se sentó y cruzó altas las piernas. Se sentó enfrente mío. Los milagros en mi vida seguían ocurriendo. No podía comprenderlo.
Tenía la polla dura, palpitante, pugnando por reventar mis pantalones.
—Sabes lo que le gusta a un hombre —le dije.
Acabamos nuestra bebida. La llevé de la mano al dormitorio. La eché en la cama. Le subí el vestido y le bajé las bragas. Era un trabajo difícil. Se enganchaban en un zapato, con uno de los tacones, pero finalmente se las quité. Su vestido todavía cubría sus caderas. Levanté su culo y subí más el vestido. Ya estaba húmeda. Lo sentí con mis dedos. Iris estaba casi siempre húmeda, casi siempre a punto. Era totalmente disfrutable. Llevaba unas largas medias de nylon con ligas azules decoradas con rosas rojas.
Emplacé mi vara en la humedad. Sus piernas estaban levantadas en el aire y
mientras la acariciaba veía aquellos zapatos de zorra en sus pies, con tacones rojos afilados como punzones. Iris estaba lista para otra jodida de caballo a la antigua. El amor era para los que tocaban la guitarra, católicos y locos del ajedrez. Aquella perra con sus zapatos rojos y largas medias, se merecía lo que iba a recibir de mí. Traté de rajarla, de partirla en dos. Contemplaba aquella extraña cara medio india a la suave luz del sol que se filtraba por las cortinas. Era como un asesinato. La tenía. No tenía escapada. La empalé rugiendo, llegando casi hasta su cabeza y partiéndola por la mitad.
Me sorprendió que pudiera levantarse sonriendo e irse al baño. Casi parecía feliz. Se le habían caído los zapatos y estaban tirados a un lado de la cama. Mi polla todavía estaba dura. Cogí uno de los zapatos y pasé mi polla por él. Era de puta madre. Luego lo dejé en el suelo. Mientras Iris salía del baño, todavía sonriendo, mi polla se bajó.
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CHARLES BUKOWSKI MUJERES NOVELA COMPLETA
lunes, 20 de diciembre de 2010
CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 94
En la noche del miércoles me encontraba en el aeropuerto esperando a Iris. Me senté y contemplé a las mujeres. Ninguna de ellas, excepto una o dos tenían tan buen cuerpo como Iris. Había algo que no marchaba bien en mí: tenía una verdadera obsesión sexual. Me imaginaba estando en la cama con cada mujer que veía. Era una interesante manera de pasar el tiempo de espera en un aeropuerto. Mu j e res: me gustaban los colores de sus ropas, su manera de andar, la crueldad de algunos rostros, de vez en cuando la belleza casi pura de una cara, total y encantadoramente femenina. Estaban por encima de nosotros, planeaban mejor y se organizaban mejor. Mientras los hombres veían el fútbol o bebían
cerveza o jugaban a los bolos, ellas, las mujeres, pensaban en nosotros, concentrándose, estudiando, decidiendo, si aceptarnos, descartarnos, cambiarnos, matarnos o simplemente abandonarnos. Al final no importaba, hicieran lo que hicieran, acabábamos locos y solos.
Había comprado para Iris y para mí un pavo descomunal. Estaba en mi fregadero, asomando las patas. Día de Acción de Gracias. Probaba que habías sobrevivido otro año con sus guerras, inflación, desempleo, contaminación, presidentes. Era un gran revoltijo neurótico de clanes: borrachos escandalosos, abuelas, hermanas, tías, niños chillones, futuros suicidas. Y no hay que olvidarse de la indigestión. Yo no era diferente de los demás. Allí estaba el enorme pavo apalancado en mi fregadero, muerto, decapitado, totalmente destripado. Iris lo iba a asar para mí.
Había recibido una carta por correo aquella tarde. La saqué de mi bolsillo y la releí.
Estaba remitida desde Berkeley.
Querido señor Chinaski:
Usted no me conoce pero soy una zorra atractiva. He salido con marineros y un conductor de camión, pero no me satisfacían. Quiero decir que jodíamos y luego nada más. No hay sustancia en esos hijos de puta. Tengo 22 años y una hija de 5, Aster. Vivo con un tío, pero no hay sexo, sólo vivimos juntos. Se llama Rex. Me gustaría ir a verle. Mi madre podría cuidar de Aster. Adjunto una foto mía. Escríbame si le parece bien. He leído algunos de sus libros. Son difíciles de encontrar en las librerías. Lo que me gusta de sus libros es que son fáciles de entender. Y también son divertidos.
Un abrazo
Tanya
Entonces llegó el avión de Iris. Fui a la ventana y la vi bajar. Tenía buena pinta. Se había recorrido todo el camino desde Canadá para verme. Llevaba una maleta. La saludé con la mano mientras entraba con los otros. Pasó la aduana y luego vino hacia mí. Nos besamos y se me empalmó un poco. Llevaba un vestido azul, práctico y ajustado, tacones altos y un pequeño sombrero coronando su cabeza. Era raro ver a una mujer con faldas. Todas las mujeres de Los Ángeles llevaban continuamente pantalones...
Como no teníamos que esperar su equipaje fuimos derecho a mi casa. Aparqué
delante y entramos por el patio juntos. Se sentó en el sofá mientras yo le preparaba una
copa. Iris miró mi biblioteca casera.
—¿Has escrito todos esos libros?
—Sí.
—No tenía idea de que hubieses escrito tantos.
—Los escribí.
—¿Cuántos?
—No sé. Veinte, veinticinco...
La besé, pasándole un brazo por la cintura, atrayéndomela. La otra mano la puse en
su rodilla.
Sonó el teléfono. Me levanté y lo cogí.
—¿Hank? —Era Valerie.
—¿Sí?
—¿Quién era ésa?
—¿Quién era quién?
—Aquella chica...
—Oh, es una amiga de Canadá.
—¡Hank, tú y tus malditas mujeres!
—Sí.
—Bobby quiere saber si tú y...
—Iris.
—Quiere saber si Iris y tú queréis venir a tomar una copa.
—Esta noche no. Tengo cosas que hacer.
—¡Esa chica tiene todo unc u e rpo!
—Lo sé.
—Está bien, quizás mañana.
—Quizás...
Colgué pensando que a Valerie probablemente también le gustaban las mujeres.
Bueno, eso estaba bien.
Serví dos copas más.
—¿A cuántas mujeres has esperado en aeropuertos? —me preguntó Iris.
—No tantas como crees.
—¿Has perdido la cuenta? ¿Cómo con tus libros?
—Las matemáticas son uno de mis puntos más débiles.
—¿Te gusta encontrarte con las mujeres en los aeropuertos?
—Sí. —No recordaba que Iris fuera tan habladora.
—¡Eres un cerdo! —Se rió.
—Nuestra primera pelea. ¿Tuviste un buen vuelo?
—Iba sentada al lado de un pelmazo. Cometí el error de dejar que me invitara a una
copa. Me comió la oreja de tanto hablar.
—Sólo estaba excitado. Eres una mujer sexy.
—¿Es todo lo que ves en mí?
—Por lo pronto veo mucho de eso. Tal vez vea otras cosas más adelante.
—¿Por qué quieres tantas mujeres?
—Es por culpa de mi niñez, sabes. Sin amor, sin afecto. Y en mi juventud tampoco
tuve gran cosa. Estoy jugando a una especie de recuperación...
—¿Sabrás cuándo habrás recuperado todo?
—Me parece que por lo menos necesito toda otra vida.
—¡Estás lleno de mierda!
—Me reí.
—Por eso escribo.
—Me voy a dar una ducha y cambiarme.
—Como quieras.
Fui a la cocina y levanté el pavo. Vi sus patas, su pelo púbico, su agujero, sus muslos; allí estaba. Me gustó que no tuviera ojos. Bueno, haríamos algo con aquella cosa. Ese era el siguiente paso. Oí la cadena del water. Si Iris no quería asarlo, lo asaría yo.
Cuando era joven, estaba deprimido todo el tiempo. Pero el suicidio ya no me parecía una posibilidad en mi vida. A mi edad quedaba ya muy poco que matar. Era bueno ser viejo, no importaba lo que dijeran. Era razonable que un hombre tuviera que llegar a los cincuenta años para escribir con un mínimo de claridad. Cuantos más ríos cruzabas, más sabías de ríos, es decir si sobrevivías a las turbulencias y a las rocas ocultas. Podía ser algo duro, a veces.
Iris salió. Llevaba puesto un vestido de una pieza azul y negro que parecía de seda. No era la típica chica americana, gustosa de apariencias desmesuradas. Ella era una mujer total, pero no te lo lanzaba a la cara. Las mujeres americanas llevaban aparatosas vestimentas que acababan haciéndolas parecer aún peor. Las únicas chicas americanas con naturalidad que quedaban estaban sobre todo en Texas y Louisiana.
Iris me sonrió. Tenía algo en cada mano. Alzó las manos por encima de la cabeza y empezó a hacer sonidos castañeantes. Empezó a bailar. O, aun más exactamente, a vibrar. Era como si estuviese siendo sacudida por corrientes eléctricas en el centro de su alma y que ese centro estuviese en su ombligo. Era encantador y puro, con el toque exacto de humor. La danza entera, mientras no apartaba los ojos de mí, tenía su propio significado,
un extraordinario sentido de su propio valor.
Acabó y yo aplaudí, le serví una copa.
—Pudo haber quedado mejor —dijo—. Se necesita un traje y música.
—Me ha gustado mucho.
—Iba a traer una cinta con la música, pero sabía que no tenías aparato.
—En efecto, de todos modos fue fabuloso.
Le di un beso cariñoso.
—¿Por qué no te vienes a vivir a Los Ángeles? —le pregunté.
—Todas mis raíces están en el Noroeste. Me gusta. Mis padres. Mis amigos. Todo
está allí ¿comprendes?
—Sí.
—¿Por qué no te vienes a Vancouver? Allá podrías escribir.
—Supongo que podría. Podría escribir hasta en la cima de un iceberg.
—Deberías intentarlo.
—¿El qué?
—Vancouver.
—Ya lo intentó Malcolm Lowry. Se le incendió la casa.
—Hay muchas casas.
—¿Qué pensaría tu padre?
—¿De qué?
—De nosotros.
cerveza o jugaban a los bolos, ellas, las mujeres, pensaban en nosotros, concentrándose, estudiando, decidiendo, si aceptarnos, descartarnos, cambiarnos, matarnos o simplemente abandonarnos. Al final no importaba, hicieran lo que hicieran, acabábamos locos y solos.
Había comprado para Iris y para mí un pavo descomunal. Estaba en mi fregadero, asomando las patas. Día de Acción de Gracias. Probaba que habías sobrevivido otro año con sus guerras, inflación, desempleo, contaminación, presidentes. Era un gran revoltijo neurótico de clanes: borrachos escandalosos, abuelas, hermanas, tías, niños chillones, futuros suicidas. Y no hay que olvidarse de la indigestión. Yo no era diferente de los demás. Allí estaba el enorme pavo apalancado en mi fregadero, muerto, decapitado, totalmente destripado. Iris lo iba a asar para mí.
Había recibido una carta por correo aquella tarde. La saqué de mi bolsillo y la releí.
Estaba remitida desde Berkeley.
Querido señor Chinaski:
Usted no me conoce pero soy una zorra atractiva. He salido con marineros y un conductor de camión, pero no me satisfacían. Quiero decir que jodíamos y luego nada más. No hay sustancia en esos hijos de puta. Tengo 22 años y una hija de 5, Aster. Vivo con un tío, pero no hay sexo, sólo vivimos juntos. Se llama Rex. Me gustaría ir a verle. Mi madre podría cuidar de Aster. Adjunto una foto mía. Escríbame si le parece bien. He leído algunos de sus libros. Son difíciles de encontrar en las librerías. Lo que me gusta de sus libros es que son fáciles de entender. Y también son divertidos.
Un abrazo
Tanya
Entonces llegó el avión de Iris. Fui a la ventana y la vi bajar. Tenía buena pinta. Se había recorrido todo el camino desde Canadá para verme. Llevaba una maleta. La saludé con la mano mientras entraba con los otros. Pasó la aduana y luego vino hacia mí. Nos besamos y se me empalmó un poco. Llevaba un vestido azul, práctico y ajustado, tacones altos y un pequeño sombrero coronando su cabeza. Era raro ver a una mujer con faldas. Todas las mujeres de Los Ángeles llevaban continuamente pantalones...
Como no teníamos que esperar su equipaje fuimos derecho a mi casa. Aparqué
delante y entramos por el patio juntos. Se sentó en el sofá mientras yo le preparaba una
copa. Iris miró mi biblioteca casera.
—¿Has escrito todos esos libros?
—Sí.
—No tenía idea de que hubieses escrito tantos.
—Los escribí.
—¿Cuántos?
—No sé. Veinte, veinticinco...
La besé, pasándole un brazo por la cintura, atrayéndomela. La otra mano la puse en
su rodilla.
Sonó el teléfono. Me levanté y lo cogí.
—¿Hank? —Era Valerie.
—¿Sí?
—¿Quién era ésa?
—¿Quién era quién?
—Aquella chica...
—Oh, es una amiga de Canadá.
—¡Hank, tú y tus malditas mujeres!
—Sí.
—Bobby quiere saber si tú y...
—Iris.
—Quiere saber si Iris y tú queréis venir a tomar una copa.
—Esta noche no. Tengo cosas que hacer.
—¡Esa chica tiene todo unc u e rpo!
—Lo sé.
—Está bien, quizás mañana.
—Quizás...
Colgué pensando que a Valerie probablemente también le gustaban las mujeres.
Bueno, eso estaba bien.
Serví dos copas más.
—¿A cuántas mujeres has esperado en aeropuertos? —me preguntó Iris.
—No tantas como crees.
—¿Has perdido la cuenta? ¿Cómo con tus libros?
—Las matemáticas son uno de mis puntos más débiles.
—¿Te gusta encontrarte con las mujeres en los aeropuertos?
—Sí. —No recordaba que Iris fuera tan habladora.
—¡Eres un cerdo! —Se rió.
—Nuestra primera pelea. ¿Tuviste un buen vuelo?
—Iba sentada al lado de un pelmazo. Cometí el error de dejar que me invitara a una
copa. Me comió la oreja de tanto hablar.
—Sólo estaba excitado. Eres una mujer sexy.
—¿Es todo lo que ves en mí?
—Por lo pronto veo mucho de eso. Tal vez vea otras cosas más adelante.
—¿Por qué quieres tantas mujeres?
—Es por culpa de mi niñez, sabes. Sin amor, sin afecto. Y en mi juventud tampoco
tuve gran cosa. Estoy jugando a una especie de recuperación...
—¿Sabrás cuándo habrás recuperado todo?
—Me parece que por lo menos necesito toda otra vida.
—¡Estás lleno de mierda!
—Me reí.
—Por eso escribo.
—Me voy a dar una ducha y cambiarme.
—Como quieras.
Fui a la cocina y levanté el pavo. Vi sus patas, su pelo púbico, su agujero, sus muslos; allí estaba. Me gustó que no tuviera ojos. Bueno, haríamos algo con aquella cosa. Ese era el siguiente paso. Oí la cadena del water. Si Iris no quería asarlo, lo asaría yo.
Cuando era joven, estaba deprimido todo el tiempo. Pero el suicidio ya no me parecía una posibilidad en mi vida. A mi edad quedaba ya muy poco que matar. Era bueno ser viejo, no importaba lo que dijeran. Era razonable que un hombre tuviera que llegar a los cincuenta años para escribir con un mínimo de claridad. Cuantos más ríos cruzabas, más sabías de ríos, es decir si sobrevivías a las turbulencias y a las rocas ocultas. Podía ser algo duro, a veces.
Iris salió. Llevaba puesto un vestido de una pieza azul y negro que parecía de seda. No era la típica chica americana, gustosa de apariencias desmesuradas. Ella era una mujer total, pero no te lo lanzaba a la cara. Las mujeres americanas llevaban aparatosas vestimentas que acababan haciéndolas parecer aún peor. Las únicas chicas americanas con naturalidad que quedaban estaban sobre todo en Texas y Louisiana.
Iris me sonrió. Tenía algo en cada mano. Alzó las manos por encima de la cabeza y empezó a hacer sonidos castañeantes. Empezó a bailar. O, aun más exactamente, a vibrar. Era como si estuviese siendo sacudida por corrientes eléctricas en el centro de su alma y que ese centro estuviese en su ombligo. Era encantador y puro, con el toque exacto de humor. La danza entera, mientras no apartaba los ojos de mí, tenía su propio significado,
un extraordinario sentido de su propio valor.
Acabó y yo aplaudí, le serví una copa.
—Pudo haber quedado mejor —dijo—. Se necesita un traje y música.
—Me ha gustado mucho.
—Iba a traer una cinta con la música, pero sabía que no tenías aparato.
—En efecto, de todos modos fue fabuloso.
Le di un beso cariñoso.
—¿Por qué no te vienes a vivir a Los Ángeles? —le pregunté.
—Todas mis raíces están en el Noroeste. Me gusta. Mis padres. Mis amigos. Todo
está allí ¿comprendes?
—Sí.
—¿Por qué no te vienes a Vancouver? Allá podrías escribir.
—Supongo que podría. Podría escribir hasta en la cima de un iceberg.
—Deberías intentarlo.
—¿El qué?
—Vancouver.
—Ya lo intentó Malcolm Lowry. Se le incendió la casa.
—Hay muchas casas.
—¿Qué pensaría tu padre?
—¿De qué?
—De nosotros.
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CHARLES BUKOWSKI MUJERES NOVELA COMPLETA
domingo, 19 de diciembre de 2010
MAMÁ de CHARLES BUKOWSKI
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VÍDEOS BUKOWSKI
sábado, 18 de diciembre de 2010
CHARLES BUKOWSKI "NOVELA MUJERES" - CAPITULO 93
Llegó el día de la lectura en Vancouver, 500 dólares más billete de avión. El patrocinador, Bart Mcintosh, estaba nervioso respecto al cruce de la frontera. Yo iba a volar a Seattle, él me recogería allí y cruzaríamos la frontera en coche. Luego, después de la lectura yo volaría desde Vancouver a Los Ángeles. No entendía lo que significaba todo esto, pero accedí a ello.
Así que allí estaba, otra vez en el aire, bebiéndome un doble vodka-7. Metido con los vendedores y los ejecutivos. Llevaba mi maletita con camisas limpias, ropa interior, calcetines, tres o cuatro libros de poemas más diez o doce poemas nuevos manuscritos. Y un cepillo de dientes y la pasta. Era ridículo ir a algún sitio para cobrar dinero por leer poesía. No me gustaba y siempre me parecía absolutamente idiota. Trabajar como una muía hasta que tenías cincuenta años en trabajos miserables, sin sentido, y de repente estar volando a través del país con una copa en la mano.
Mcintosh me estaba esperando en Seattle y subimos a su coche. Fue un viaje agradable porque ninguno de los dos habló mucho. La lectura estaba patrocinada de forma privada, yo lo prefería a las patrocinadas por universidades. Las universidades estaban asustadas; entre otras cosas les asustaban los poetas de vida rastrera, pero por otro lado tenían curiosidad por conocerlos.
Había una larga cola en la frontera, con un centenar de coches enfilados. Los guardias solamente apuntaban la fecha y la hora. De vez en cuando apartaban un coche de la fila, pero normalmente sólo para hacerle un par de preguntas y dejarle seguir luego. Yo no podía entender el pánico de Mcintosh respecto a todo esto.
—¡Tío —me dijo—, hemos pasado!
Vancouver no estaba lejos. Mcintosh paró delante del hotel. Tenía buen aspecto.
Estaba junto al mar. Nos dieron la llave y subimos. Era una habitación agradable con una
nevera y, gracias a algún alma caritativa, en la nevera había cerveza.
—Toma una —le dije.
Nos sentamos y bebimos la cerveza.
—Creeley estuvo aquí el año pasado —dijo él.
—¿Ah, sí?
—Esto es una especie de cooperativa-centro artístico autosuficiente. Tienen gran cantidad de miembros, espacio alquilado y todo eso. Ya se han vendido todas las entradas de tu espectáculo. Silvers dice que podía haber sacado mucho dinero si hubiera subido el precio de la entrada.
—¿Quién es Silvers?
—Myron Silvers. Es uno de los directores.
Ahora estábamos llegando a la parte idiota.
—Te puedo enseñar la ciudad —dijo Mcintosh.
—Está bien, puedo dar un paseo.
—¿Qué hay de la cena? Por cuenta de la casa.
—Sólo un sándwich. No tengo hambre.
Esperé que podría deshacerme de él después de cenar. No es que fuera un mal tipo,
pero la mayoría de la gente no me interesaba.
Encontramos un sitio tres o cuatro manzanas más allá. Vancouver era una ciudad muy limpia y la gente no tenía pinta de vivir en una ciudad grande con todo lo que eso llevaba. Me gustó el restaurante. Pero cuando miré el menú vi que los precios eran algo así como un cuarenta por ciento más caros que en Los Ángeles. Me tomé un sándwich de rosbif y otra cerveza.
Me sentía bien estando fuera de Estados Unidos. Había una verdadera diferencia. Las mujeres tenían mejor aspecto, las cosas parecían más tranquilas, menos falsas. Acabé el sándwich, luego Mcintosh me llevó de vuelta al hotel. Le dejé en el coche y cogí el ascensor. Me duché y me quedé desnudo. Me asomé a la ventana y vi el mar. Mañana por la noche todo habría acabado, tendría su dinero y al mediodía volvería a estar en el aire. Demasiado. Bebí tres o cuatro botellas más de cerveza y me metí en la cama a dormir.
Me llevaron a la lectura una hora antes. Había un chico allí cantando. La gente hablaba mientras él actuaba. Las botellas chocaban, se oían risas. Una buena multitud borracha, mi tipo favorito de personal. Bebimos entre bastidores, Mcintosh, Silvers, yo y un par más.
—Eres el primer poeta masculino que hemos tenido aquí desde hace mucho tiempo
—dijo Silvers.
—¿A qué te refieres?
—Quiero decir que hemos tenido una larga colección de maricas. Es un buen
cambio.—Gracias.
Les leí de verdad. Al final yo estaba borracho y ellos también lo estaban. Nos insultamos y nos reímos los unos de los otros, pero en general estuvo muy bien. Me habían dado el cheque antes de la lectura y eso me ayudó a hacerlo con más alegría.
Luego hubo una fiesta en una gran casa. Pasadas una o dos horas me encontré entre
dos mujeres. Una era rubia, parecía que estuviese tallada en marfil, con unos hermosos
ojos y hermoso cuerpo. Estaba con su novio.
—Chinaski —me dijo después de un rato—, me voy contigo.
—Espera un momento —le dije—, estás con tu novio.
—Oh, mierda —dijo—. ¡No esna die! ¡Me voy contigo!
Miré al chico. Tenía lágrimas en los ojos. Estaba temblando. Estaba enamorado, el
pobre.
La chica del otro lado tenía el pelo castaño. Su cuerpo también estaba bien pero
facialmente no era tan atractiva.
—Ven conmigo —me dijo.
—¿Qué?
—Digo que me lleves contigo.
—Espera un momento.
—Oye, eres muy guapa pero no puedo ir contigo. No quiero hacer daño a tu amigo.
—Que se joda el hijo puta. Es un mierda.
La chica morena me tiró del brazo.
—Llévame contigo ahora o me largo.
—Está bien —dije—, vámonos.
Encontré a Mcintosh. No parecía que estuviese haciendo gran cosa. Supuse que no
le gustaban las fiestas.
—Vamos, Mac, llévanos al hotel.
Había más cerveza. La chica morena me dijo que se llamaba Iris Duarte. Era mitad india y me contó que trabajaba haciendo la danza del vientre. Se puso de pie y me hizo una demostración. Estaba muy bien.
—Necesitas el traje para conseguir el efecto completo —me dijo.
—No, yo no.
—Lo que quiero decir es queyo necesito uno, para que se vea bien, ya sabes.
Parecía india. Tenía nariz y boca india. Aparentaba unos 23 años, con ojos marrones oscuros. Hablaba con calma y tenía un cuerpo espléndido. Había leído tres o cuatro de mis libros. Muy bien.
Bebimos durante otra hora y luego nos fuimos a la cama. Le comí el coño, pero
cuando la monté sólo conseguí agotarme sin resultados. Demasiado.
Por la mañana me lavé los dientes, me eché agua fría en la cara y volví a la cama. Empecé a jugar con su coño. Se humedeció y yo igual. Ataqué. La introduje, pensando en todo aquel cuerpo, todo aquel cuerpo joven y fabuloso. Ella tomó todo lo que yo le daba. Estaba buena, muy buena. Pasado un rato, se fue al baño.
Me estiré pensando lo bueno que había sido todo. Iris reapareció y se volvió a
meter en la cama. No hablamos. Pasó una hora. Lo repetimos.
Nos lavamos y vestimos. Me dio su dirección y número de teléfono, yo el mío. Parecía en verdad encariñada conmigo. Mcintosh llamó a la puerta quince minutos más tarde. Llevamos a Iris a un cruce cercano a su trabajo. Resultó que en realidad trabajaba de camarera; lo de la danza del vientre era una ambición. La besé despidiéndome. Salió del coche. Se dio la vuelta y me dijo adiós con la mano, luego se fue. Contemplé aquel cuerpo mientras se alejaba.
—Chinaski se apunta otro tanto —dijo Mcintosh, mientras tomaba el camino del
aeropuerto.
—No pienses nada —dije yo.
—Yo también tuve algo de suerte.
—¿Sí?
—Sí, me quedé con tu rubia. —¿Qué?
—Sí —se rió—, se vino conmigo.
—¡Llévame al aeropuerto, hijo de puta!
Llevaba en Los Ángeles unos tres días. Tenía una cita con Debra aquella noche.
Sonó el teléfono.
—¡Hank, soyI ris!
—¡Oh,I ri s, qué sorpresa! ¿Cómo te va?
—Hank, voy a volar a Los Ángeles. ¡Voy a verte!
—¡Magnífico! ¿Cuándo?
—Llegaré el miércoles antes del Día de Acción de Gracias.
—¿El Día de Acción de Gracias?
—¡Y puedo quedarme hasta el lunes!
—De acuerdo.
—¿Tienes un lápiz? Te daré mi número de vuelo.
Aquella noche Debra y yo cenamos en un bonito sitio junto al mar. Las mesas estaban apiñadas juntas y la especialidad era el marisco. Pedimos una botella de vino blanco y esperamos la comida. Debra tenía mejor aspecto que otras veces, pero me dijo que se le estaba acumulando mucho trabajo. Iba a tener que contratar a otra chica. Y era difícil encontrar a alguien eficiente. La gente era tan inepta.
—Sí —dije yo.
—¿Qué sabes de Sara?
—La llamé por teléfono. Tuvimos una pequeña pelea. Traté de disculparme.
—¿La has visto después de venir de Canadá?
—No.
—He ordenado un pavo de doce kilos para el Día de Acción de Gracias. ¿Lo
trincharás?
—Claro.
—No bebas mucho esta noche. Ya sabes lo que pasa cuando bebes demasiado. Te
conviertes en un pelele mojado.
—De acuerdo.
Debra se inclinó hacia mí y cogió mi mano.
—¡Mi dulce y querido pelele!
Sólo ataqué una botella de vino después de cenar. La bebimos con lentitud,
sentados en su cama viendo la gigantesca televisión. El primer programa era penoso. El segundo era mejor. Era sobre un pervertido sexual y un chico de granja, subnormal. La cabeza del pervertido era transplantada al cuerpo del granjerito por un doctor loco y el cuerpo escapaba con dos cabezas y se iba a hacer todo tipo de cosas horribles. Me puso de buen humor.
Después de la botella de vino y del chico con dos cabezas monté a Debra y tuve buena suerte. Le pegué una galopada furiosa llena de inesperadas variantes e invenciones antes de disparar finalmente en su interior.
Por la mañana Debra me pidió que me quedara y la esperara hasta que volviera del
trabajo. Me prometió hacerme una exquisita cena.
—De acuerdo —dije yo.
Traté de dormir después de que se fuera, pero no pude. Me preguntaba qué hacer el Día de Acción de Gracias, cómo iba a decirle que no podía estar con ella. Me fastidiaba. Me levanté y di vueltas. Me di un baño. De nada me sirvió. Tal vez Iris cambiase de idea, tal vez su avión se estrellase. Podía llamar a Debra el Día de Acción de Gracias por la mañana diciéndole que iría.
Di vueltas por la casa sintiéndome cada vez peor. Quizás era por quedarme allí en vez de irme a mi casa. Era como prolongar la agonía. ¿Qué clase de mierda era yo? Podía realmente hacer unas cosas desagradables y canallescas. ¿Cuál era mi motivo? ¿Estaba tratando de sentirme culpable por algo? ¿Podía intentar decirme a mí mismo que era meramente una cuestión de investigación, un simple estudio de lo femenino? Simplemente estaba dejando que las cosas ocurrieran sin pensar en ellas. No consideraba nada más que mi propio placer egoísta y barato. Era como un pánfilo e irresponsable escolar. Era peor que una puta; una puta se quedaba con tu dinero y nada más. Yo jugaba con vidas y almas como si fueran mis juguetes. ¿Cómo podía llamarme a mí mismo un hombre? ¿Cómo podía escribir poemas? ¿En qué consistía yo? Era un Sade de quinta fila, sin su intelecto. Un asesino era más consecuente y honesto que yo. O un violador. Yo no quería que mi espíritu sirviera de juguete a alguien para hacer tonterías y cagarse encima. Eso lo sabía bien bajo cualquier circunstancia. La verdad es que yo no era bueno. Me daba cuenta mientras me pateaba de un lado a otro la alfombra.No era bueno. Lo peor es que me hacía pasar precisamente por lo que no era: un buen hombre. Era capaz de entrar en las vidas de la gente porque ellos confiaban en mí. Así hacía mi sucio trabajo. Estaba escribiendoE l
cuento de amor de la hiena.
Me planté en el centro de la sala, sorprendido por mis propios pensamientos. Me encontré sentado en el borde de la cama, llorando. Podía sentir las lágrimas con mis dedos. Mi cerebro era un torbellino, aunque me sentía cuerdo. No podía entender lo que me ocurría.Cogí el teléfono y llamé a Sara a su restaurante.
—¿Estás ocupada? —le pregunté.
—No, acabo de abrir. ¿Estás bien? Tienes una voz rara.
—Estoy en un pozo.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, le dije a Debra que pasaría el Día de Acción de Gracias con ella. Ella
cuenta conmigo, pero ahora ha ocurrido algo.
—¿Qué?
—Bueno, no te lo he llegado a contar. Tú y yo no hemos tenido sexo todavía, ya
sabes. El sexo hace las cosas diferentes.
—¿Qué ocurrió?
—Conocí a una danzarina del vientre en Canadá.
—¿Sí? ¿Y estás enamorado?
—No, no estoy enamorado.
—Espera, viene un cliente, ¿te importa no colgar?
—De acuerdo...
Me senté con el teléfono pegado a la oreja. Estaba todavía desnudo. Miré mi pene:
¡Tú, sucio hijo de puta! ¿Sabes todos los dolores de corazón que creas con tu estúpida
hambre?Seguí sentado cinco minutos con el teléfono en la oreja. Iba a ser una llamada cara.
Por lo menos se la cargarían a Debra.
—Ya estoy —dijo Sara—, sigue contando.
—Bueno, cuando estuve en Vancouver le dije a la bailarina del vientre que viniera
a verme a Los Ángeles.
—¿Y?
—Bueno, ya te he dicho que prometí a Debra pasar el Día de Acción de Gracias
con ella...
—También me lo prometiste a mí.
—¿Sí?
—Bueno,e sta ba s borracho. Dijiste que como cualquier otro americano, no querías
pasar ese día solo. Me besaste y me preguntaste si podíamos pasar la fiesta juntos.
—Lo siento, no recordaba...
—No importa. Espera... viene otro cliente...
Dejé el teléfono y me fui a servir una copa. Cuando regresé al dormitorio vi mi
fláccido vientre en el espejo. Era feo, obsceno. ¿Por qué me toleraban las mujeres?
Cogí el teléfono con una mano y bebí con la otra. Sara volvió.
—Está bien, sigue.
—Bueno, la cosa es que la bailarina del vientre llamó la otra noche. Bueno, en verdad no es una bailarina del vientre, es una camarera. Dijo que iba a venir a Los Ángeles a pasar el Día de Acción de Gracias conmigo. Se la oía tan feliz.
—Tuviste que haberle dicho que tenías un compromiso.
—No lo hice...
—No tuviste cojones.
—Iris tiene un cuerpo fabuloso...
—Hay otras cosas en la vida además de cuerpos fabulosos...
—De cualquier manera, ahora tengo que decirle a Debra que no pasaré la fiesta con
ella y no sé cómo.
—¿Dónde estás?
—Estoy en la cama de Debra.
—¿Dónde está Debra?
—Está en el trabajo. —No pude reprimir un sollozo.
—No eres más que un viejo niño llorón e irresponsable.
—Ya lo sé, pero tengo que decírselo. Voy a volverme loco.
—Te metiste en esto tú solo. Tienes que arreglarlo tú solo.
—Pensé que podrías ayudarme, pensé que a lo mejor podrías decirme qué hacer.
—¿Quieres que te haga el quite? ¿Quieres que telefonee por ti?
—No, no hace falta. Soy un hombre. Llamaré yo mismo. Le voy a telefonear ahora.
Le voy a decir la verdad. ¡Voy a acabar con esta mierda!
—Eso está bien. Cuéntame luego cómo acaba la cosa.
—Es por culpa de mi niñez, sabes. Nunca supe lo que era el amor...
—Llámame más tarde. Sara colgó.
Me serví otro vino. No podía entender qué había ocurrido en mi vida. Había perdido mi sofisticación, había perdido mi mundanidad, había perdido mi dura concha protectora. Había perdido mi sentido del humor respecto a los problemas ajenos. Quería que volviesen todas estas cosas. Quería que las cosas me resultaran fáciles. Pero de algún modo sabía que nunca volverían, por lo menos no de la forma adecuada. Estaba destinado a seguir sintiéndome culpable y desprotegido.
Traté de decirme a mí mismo que sentirse culpable era una especie de enfermedad. Que eran los hombres si n culpa los que hacían progresos en la vida. Hombres que eran capaces de mentir, de engañar, hombres que conocían todos los trucos. Cortés. El no iba jodiendo la marrana por ahí, ni tampoco Vince Lombards Pero por mucho que lo pensara, seguía sintiéndome mal. Decidí acabar con ello. Estaba listo. El trance de la confesión. Era de nuevo un católico. Hazlo y luego espera el perdón. Acabé el vino y telefoneé a la oficina de Debra.
Contestó Tessie.
—¡Hola, nena! ¡Soy Hank! ¿Qué tal?
—Todo muy bien. Oye, ¿no estás enfadada conmigo, verdad?
—No, Hank. Fue un poco brusco, jajaja, pero divertido. Es nu est ro secreto, de
todas formas...
—Gracias. Sabes, yo realmente no...
—Ya sé.
—Bueno, escucha, quiero hablar con Debra. ¿Está ahí?
—No, está en el juzgado, transcribiendo.
—¿Cuándo volverá?
—Normalmente no vuelve a la oficina cuando va al juzgado. En caso de que lo
haga, ¿quieres dejar algún mensaje?
—No, Tessie, gracias.
Aquello lo jodió todo. Ni siquiera podía arreglar nada hablando. Estreñimiento
confesional. Falta de comunicación. Tenía enemigos en las alturas.
Bebí otro vino. Me había preparado para aclarar las cosas y salir del embrollo. Ahora tenía que tragármelo entero. Me sentía cada vez peor. La depresión, el suicidio a menudo eran motivados por una falta de dieta adecuada. Pero yo había estado comiendo bien. Recordé los viejos tiempos, viviendo de una barra de caramelo al día, enviando relatos escritos a mano al Atlantic Monthly y aHa rp er's. En todo lo que pensaba era en comer. Si el cuerpo no se alimentaba, la mente también agonizaba. Pero ahora, en cambio, había estado comiendo condenadamente bien, y bebiendo buen vino. Eso quería decir que lo que ahora pensaba era probablemente lo cierto. Todo el mundo se imaginaba a sí mismo especial, privilegiado, excepcional. Hasta un viejo y feo jorobado regando un geranio en su porche. Yo me había imaginado a mí mismo especial porque había salido de las fábricas a los cincuenta años y me había hecho un poeta. Mierda caliente. Así que me cagaba en todo el mundo igual que todos los patrones y capataces se habían cagado en mí cuando estaba indefenso. Al final venía a ser lo mismo. Era un podrido y jodido borracho consentido con una fama muymen o r.
Mi análisis no curó las quemaduras.
Sonó el teléfono. Era Sara.
—Dijiste que telefonearías. ¿Qué ha ocurrido?
—No estaba.
—¿No estaba?
—Está en el juzgado.
—¿Qué vas a hacer?
—Esperar y decírselo.
—Muy bien.
—No debería mezclarte en toda esta mierda.
—No importa.
—Quiero volver a verte.
—¿Cuándo? ¿Después de la bailarina del vientre?
—Bueno, sí.
—¿Debo darte las gracias?
—Te telefonearé...
—De acuerdo. Te tendré los pañales preparados.
Me sumergí en el vino y esperé. Las 3, las 4, las 5. Finalmente me acordé de
vestirme. Estaba sentado con una copa en la mano cuando llegó el coche de Debra.
Aguardé. Ella abrió la puerta. Llevaba una bolsa con alimentos. Tenía muy buen aspecto.
—¡Hola! —dijo—. ¿Cómo está mi ex pelele?
Fui hasta ella y la abracé. Empecé a temblar y a llorar.
—¿Hank, quép a sa ?
Debra dejó caer la bolsa en el suelo. Nuestra cena. La abracé con más fuerza.
Sollozaba. Las lágrimas caían como vino. No podía parar. Parte de mí estaba allí, la otra
parte quería salir corriendo.
—¿Hank, qué es esto?
—No puedo estar contigo el Día de Acción de Gracias.
—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué problema hay?
—El problema es que yo soy ¡UNA GIGANTESCA MASA DE MIERDA!
Mi culpa se clavó más en mí y tuve un espasmo. Algo me dolía horriblemente.
—Una bailarina del vientre viene desde Canadá a pasar el Día de Acción de
Gracias conmigo.
—¿Una bailarina del vientre?
—Sí.
—¿Es hermosa?
—Sí, lo es. Lo siento, lo siento... Debra me apartó de un empujón. —Deja que guarde la compra.
Cogió la bolsa y entró en la cocina. Oí la puerta de la nevera abrirse y cerrarse.
—Debra —dije—, me voy.
No se oyó nada en la cocina. Abrí la puerta y salí. El Volks arrancó. Encendí la
radio, puse las luces y conduje rumbo a Los Ángeles.
Así que allí estaba, otra vez en el aire, bebiéndome un doble vodka-7. Metido con los vendedores y los ejecutivos. Llevaba mi maletita con camisas limpias, ropa interior, calcetines, tres o cuatro libros de poemas más diez o doce poemas nuevos manuscritos. Y un cepillo de dientes y la pasta. Era ridículo ir a algún sitio para cobrar dinero por leer poesía. No me gustaba y siempre me parecía absolutamente idiota. Trabajar como una muía hasta que tenías cincuenta años en trabajos miserables, sin sentido, y de repente estar volando a través del país con una copa en la mano.
Mcintosh me estaba esperando en Seattle y subimos a su coche. Fue un viaje agradable porque ninguno de los dos habló mucho. La lectura estaba patrocinada de forma privada, yo lo prefería a las patrocinadas por universidades. Las universidades estaban asustadas; entre otras cosas les asustaban los poetas de vida rastrera, pero por otro lado tenían curiosidad por conocerlos.
Había una larga cola en la frontera, con un centenar de coches enfilados. Los guardias solamente apuntaban la fecha y la hora. De vez en cuando apartaban un coche de la fila, pero normalmente sólo para hacerle un par de preguntas y dejarle seguir luego. Yo no podía entender el pánico de Mcintosh respecto a todo esto.
—¡Tío —me dijo—, hemos pasado!
Vancouver no estaba lejos. Mcintosh paró delante del hotel. Tenía buen aspecto.
Estaba junto al mar. Nos dieron la llave y subimos. Era una habitación agradable con una
nevera y, gracias a algún alma caritativa, en la nevera había cerveza.
—Toma una —le dije.
Nos sentamos y bebimos la cerveza.
—Creeley estuvo aquí el año pasado —dijo él.
—¿Ah, sí?
—Esto es una especie de cooperativa-centro artístico autosuficiente. Tienen gran cantidad de miembros, espacio alquilado y todo eso. Ya se han vendido todas las entradas de tu espectáculo. Silvers dice que podía haber sacado mucho dinero si hubiera subido el precio de la entrada.
—¿Quién es Silvers?
—Myron Silvers. Es uno de los directores.
Ahora estábamos llegando a la parte idiota.
—Te puedo enseñar la ciudad —dijo Mcintosh.
—Está bien, puedo dar un paseo.
—¿Qué hay de la cena? Por cuenta de la casa.
—Sólo un sándwich. No tengo hambre.
Esperé que podría deshacerme de él después de cenar. No es que fuera un mal tipo,
pero la mayoría de la gente no me interesaba.
Encontramos un sitio tres o cuatro manzanas más allá. Vancouver era una ciudad muy limpia y la gente no tenía pinta de vivir en una ciudad grande con todo lo que eso llevaba. Me gustó el restaurante. Pero cuando miré el menú vi que los precios eran algo así como un cuarenta por ciento más caros que en Los Ángeles. Me tomé un sándwich de rosbif y otra cerveza.
Me sentía bien estando fuera de Estados Unidos. Había una verdadera diferencia. Las mujeres tenían mejor aspecto, las cosas parecían más tranquilas, menos falsas. Acabé el sándwich, luego Mcintosh me llevó de vuelta al hotel. Le dejé en el coche y cogí el ascensor. Me duché y me quedé desnudo. Me asomé a la ventana y vi el mar. Mañana por la noche todo habría acabado, tendría su dinero y al mediodía volvería a estar en el aire. Demasiado. Bebí tres o cuatro botellas más de cerveza y me metí en la cama a dormir.
Me llevaron a la lectura una hora antes. Había un chico allí cantando. La gente hablaba mientras él actuaba. Las botellas chocaban, se oían risas. Una buena multitud borracha, mi tipo favorito de personal. Bebimos entre bastidores, Mcintosh, Silvers, yo y un par más.
—Eres el primer poeta masculino que hemos tenido aquí desde hace mucho tiempo
—dijo Silvers.
—¿A qué te refieres?
—Quiero decir que hemos tenido una larga colección de maricas. Es un buen
cambio.—Gracias.
Les leí de verdad. Al final yo estaba borracho y ellos también lo estaban. Nos insultamos y nos reímos los unos de los otros, pero en general estuvo muy bien. Me habían dado el cheque antes de la lectura y eso me ayudó a hacerlo con más alegría.
Luego hubo una fiesta en una gran casa. Pasadas una o dos horas me encontré entre
dos mujeres. Una era rubia, parecía que estuviese tallada en marfil, con unos hermosos
ojos y hermoso cuerpo. Estaba con su novio.
—Chinaski —me dijo después de un rato—, me voy contigo.
—Espera un momento —le dije—, estás con tu novio.
—Oh, mierda —dijo—. ¡No esna die! ¡Me voy contigo!
Miré al chico. Tenía lágrimas en los ojos. Estaba temblando. Estaba enamorado, el
pobre.
La chica del otro lado tenía el pelo castaño. Su cuerpo también estaba bien pero
facialmente no era tan atractiva.
—Ven conmigo —me dijo.
—¿Qué?
—Digo que me lleves contigo.
—Espera un momento.
—Oye, eres muy guapa pero no puedo ir contigo. No quiero hacer daño a tu amigo.
—Que se joda el hijo puta. Es un mierda.
La chica morena me tiró del brazo.
—Llévame contigo ahora o me largo.
—Está bien —dije—, vámonos.
Encontré a Mcintosh. No parecía que estuviese haciendo gran cosa. Supuse que no
le gustaban las fiestas.
—Vamos, Mac, llévanos al hotel.
Había más cerveza. La chica morena me dijo que se llamaba Iris Duarte. Era mitad india y me contó que trabajaba haciendo la danza del vientre. Se puso de pie y me hizo una demostración. Estaba muy bien.
—Necesitas el traje para conseguir el efecto completo —me dijo.
—No, yo no.
—Lo que quiero decir es queyo necesito uno, para que se vea bien, ya sabes.
Parecía india. Tenía nariz y boca india. Aparentaba unos 23 años, con ojos marrones oscuros. Hablaba con calma y tenía un cuerpo espléndido. Había leído tres o cuatro de mis libros. Muy bien.
Bebimos durante otra hora y luego nos fuimos a la cama. Le comí el coño, pero
cuando la monté sólo conseguí agotarme sin resultados. Demasiado.
Por la mañana me lavé los dientes, me eché agua fría en la cara y volví a la cama. Empecé a jugar con su coño. Se humedeció y yo igual. Ataqué. La introduje, pensando en todo aquel cuerpo, todo aquel cuerpo joven y fabuloso. Ella tomó todo lo que yo le daba. Estaba buena, muy buena. Pasado un rato, se fue al baño.
Me estiré pensando lo bueno que había sido todo. Iris reapareció y se volvió a
meter en la cama. No hablamos. Pasó una hora. Lo repetimos.
Nos lavamos y vestimos. Me dio su dirección y número de teléfono, yo el mío. Parecía en verdad encariñada conmigo. Mcintosh llamó a la puerta quince minutos más tarde. Llevamos a Iris a un cruce cercano a su trabajo. Resultó que en realidad trabajaba de camarera; lo de la danza del vientre era una ambición. La besé despidiéndome. Salió del coche. Se dio la vuelta y me dijo adiós con la mano, luego se fue. Contemplé aquel cuerpo mientras se alejaba.
—Chinaski se apunta otro tanto —dijo Mcintosh, mientras tomaba el camino del
aeropuerto.
—No pienses nada —dije yo.
—Yo también tuve algo de suerte.
—¿Sí?
—Sí, me quedé con tu rubia. —¿Qué?
—Sí —se rió—, se vino conmigo.
—¡Llévame al aeropuerto, hijo de puta!
Llevaba en Los Ángeles unos tres días. Tenía una cita con Debra aquella noche.
Sonó el teléfono.
—¡Hank, soyI ris!
—¡Oh,I ri s, qué sorpresa! ¿Cómo te va?
—Hank, voy a volar a Los Ángeles. ¡Voy a verte!
—¡Magnífico! ¿Cuándo?
—Llegaré el miércoles antes del Día de Acción de Gracias.
—¿El Día de Acción de Gracias?
—¡Y puedo quedarme hasta el lunes!
—De acuerdo.
—¿Tienes un lápiz? Te daré mi número de vuelo.
Aquella noche Debra y yo cenamos en un bonito sitio junto al mar. Las mesas estaban apiñadas juntas y la especialidad era el marisco. Pedimos una botella de vino blanco y esperamos la comida. Debra tenía mejor aspecto que otras veces, pero me dijo que se le estaba acumulando mucho trabajo. Iba a tener que contratar a otra chica. Y era difícil encontrar a alguien eficiente. La gente era tan inepta.
—Sí —dije yo.
—¿Qué sabes de Sara?
—La llamé por teléfono. Tuvimos una pequeña pelea. Traté de disculparme.
—¿La has visto después de venir de Canadá?
—No.
—He ordenado un pavo de doce kilos para el Día de Acción de Gracias. ¿Lo
trincharás?
—Claro.
—No bebas mucho esta noche. Ya sabes lo que pasa cuando bebes demasiado. Te
conviertes en un pelele mojado.
—De acuerdo.
Debra se inclinó hacia mí y cogió mi mano.
—¡Mi dulce y querido pelele!
Sólo ataqué una botella de vino después de cenar. La bebimos con lentitud,
sentados en su cama viendo la gigantesca televisión. El primer programa era penoso. El segundo era mejor. Era sobre un pervertido sexual y un chico de granja, subnormal. La cabeza del pervertido era transplantada al cuerpo del granjerito por un doctor loco y el cuerpo escapaba con dos cabezas y se iba a hacer todo tipo de cosas horribles. Me puso de buen humor.
Después de la botella de vino y del chico con dos cabezas monté a Debra y tuve buena suerte. Le pegué una galopada furiosa llena de inesperadas variantes e invenciones antes de disparar finalmente en su interior.
Por la mañana Debra me pidió que me quedara y la esperara hasta que volviera del
trabajo. Me prometió hacerme una exquisita cena.
—De acuerdo —dije yo.
Traté de dormir después de que se fuera, pero no pude. Me preguntaba qué hacer el Día de Acción de Gracias, cómo iba a decirle que no podía estar con ella. Me fastidiaba. Me levanté y di vueltas. Me di un baño. De nada me sirvió. Tal vez Iris cambiase de idea, tal vez su avión se estrellase. Podía llamar a Debra el Día de Acción de Gracias por la mañana diciéndole que iría.
Di vueltas por la casa sintiéndome cada vez peor. Quizás era por quedarme allí en vez de irme a mi casa. Era como prolongar la agonía. ¿Qué clase de mierda era yo? Podía realmente hacer unas cosas desagradables y canallescas. ¿Cuál era mi motivo? ¿Estaba tratando de sentirme culpable por algo? ¿Podía intentar decirme a mí mismo que era meramente una cuestión de investigación, un simple estudio de lo femenino? Simplemente estaba dejando que las cosas ocurrieran sin pensar en ellas. No consideraba nada más que mi propio placer egoísta y barato. Era como un pánfilo e irresponsable escolar. Era peor que una puta; una puta se quedaba con tu dinero y nada más. Yo jugaba con vidas y almas como si fueran mis juguetes. ¿Cómo podía llamarme a mí mismo un hombre? ¿Cómo podía escribir poemas? ¿En qué consistía yo? Era un Sade de quinta fila, sin su intelecto. Un asesino era más consecuente y honesto que yo. O un violador. Yo no quería que mi espíritu sirviera de juguete a alguien para hacer tonterías y cagarse encima. Eso lo sabía bien bajo cualquier circunstancia. La verdad es que yo no era bueno. Me daba cuenta mientras me pateaba de un lado a otro la alfombra.No era bueno. Lo peor es que me hacía pasar precisamente por lo que no era: un buen hombre. Era capaz de entrar en las vidas de la gente porque ellos confiaban en mí. Así hacía mi sucio trabajo. Estaba escribiendoE l
cuento de amor de la hiena.
Me planté en el centro de la sala, sorprendido por mis propios pensamientos. Me encontré sentado en el borde de la cama, llorando. Podía sentir las lágrimas con mis dedos. Mi cerebro era un torbellino, aunque me sentía cuerdo. No podía entender lo que me ocurría.Cogí el teléfono y llamé a Sara a su restaurante.
—¿Estás ocupada? —le pregunté.
—No, acabo de abrir. ¿Estás bien? Tienes una voz rara.
—Estoy en un pozo.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, le dije a Debra que pasaría el Día de Acción de Gracias con ella. Ella
cuenta conmigo, pero ahora ha ocurrido algo.
—¿Qué?
—Bueno, no te lo he llegado a contar. Tú y yo no hemos tenido sexo todavía, ya
sabes. El sexo hace las cosas diferentes.
—¿Qué ocurrió?
—Conocí a una danzarina del vientre en Canadá.
—¿Sí? ¿Y estás enamorado?
—No, no estoy enamorado.
—Espera, viene un cliente, ¿te importa no colgar?
—De acuerdo...
Me senté con el teléfono pegado a la oreja. Estaba todavía desnudo. Miré mi pene:
¡Tú, sucio hijo de puta! ¿Sabes todos los dolores de corazón que creas con tu estúpida
hambre?Seguí sentado cinco minutos con el teléfono en la oreja. Iba a ser una llamada cara.
Por lo menos se la cargarían a Debra.
—Ya estoy —dijo Sara—, sigue contando.
—Bueno, cuando estuve en Vancouver le dije a la bailarina del vientre que viniera
a verme a Los Ángeles.
—¿Y?
—Bueno, ya te he dicho que prometí a Debra pasar el Día de Acción de Gracias
con ella...
—También me lo prometiste a mí.
—¿Sí?
—Bueno,e sta ba s borracho. Dijiste que como cualquier otro americano, no querías
pasar ese día solo. Me besaste y me preguntaste si podíamos pasar la fiesta juntos.
—Lo siento, no recordaba...
—No importa. Espera... viene otro cliente...
Dejé el teléfono y me fui a servir una copa. Cuando regresé al dormitorio vi mi
fláccido vientre en el espejo. Era feo, obsceno. ¿Por qué me toleraban las mujeres?
Cogí el teléfono con una mano y bebí con la otra. Sara volvió.
—Está bien, sigue.
—Bueno, la cosa es que la bailarina del vientre llamó la otra noche. Bueno, en verdad no es una bailarina del vientre, es una camarera. Dijo que iba a venir a Los Ángeles a pasar el Día de Acción de Gracias conmigo. Se la oía tan feliz.
—Tuviste que haberle dicho que tenías un compromiso.
—No lo hice...
—No tuviste cojones.
—Iris tiene un cuerpo fabuloso...
—Hay otras cosas en la vida además de cuerpos fabulosos...
—De cualquier manera, ahora tengo que decirle a Debra que no pasaré la fiesta con
ella y no sé cómo.
—¿Dónde estás?
—Estoy en la cama de Debra.
—¿Dónde está Debra?
—Está en el trabajo. —No pude reprimir un sollozo.
—No eres más que un viejo niño llorón e irresponsable.
—Ya lo sé, pero tengo que decírselo. Voy a volverme loco.
—Te metiste en esto tú solo. Tienes que arreglarlo tú solo.
—Pensé que podrías ayudarme, pensé que a lo mejor podrías decirme qué hacer.
—¿Quieres que te haga el quite? ¿Quieres que telefonee por ti?
—No, no hace falta. Soy un hombre. Llamaré yo mismo. Le voy a telefonear ahora.
Le voy a decir la verdad. ¡Voy a acabar con esta mierda!
—Eso está bien. Cuéntame luego cómo acaba la cosa.
—Es por culpa de mi niñez, sabes. Nunca supe lo que era el amor...
—Llámame más tarde. Sara colgó.
Me serví otro vino. No podía entender qué había ocurrido en mi vida. Había perdido mi sofisticación, había perdido mi mundanidad, había perdido mi dura concha protectora. Había perdido mi sentido del humor respecto a los problemas ajenos. Quería que volviesen todas estas cosas. Quería que las cosas me resultaran fáciles. Pero de algún modo sabía que nunca volverían, por lo menos no de la forma adecuada. Estaba destinado a seguir sintiéndome culpable y desprotegido.
Traté de decirme a mí mismo que sentirse culpable era una especie de enfermedad. Que eran los hombres si n culpa los que hacían progresos en la vida. Hombres que eran capaces de mentir, de engañar, hombres que conocían todos los trucos. Cortés. El no iba jodiendo la marrana por ahí, ni tampoco Vince Lombards Pero por mucho que lo pensara, seguía sintiéndome mal. Decidí acabar con ello. Estaba listo. El trance de la confesión. Era de nuevo un católico. Hazlo y luego espera el perdón. Acabé el vino y telefoneé a la oficina de Debra.
Contestó Tessie.
—¡Hola, nena! ¡Soy Hank! ¿Qué tal?
—Todo muy bien. Oye, ¿no estás enfadada conmigo, verdad?
—No, Hank. Fue un poco brusco, jajaja, pero divertido. Es nu est ro secreto, de
todas formas...
—Gracias. Sabes, yo realmente no...
—Ya sé.
—Bueno, escucha, quiero hablar con Debra. ¿Está ahí?
—No, está en el juzgado, transcribiendo.
—¿Cuándo volverá?
—Normalmente no vuelve a la oficina cuando va al juzgado. En caso de que lo
haga, ¿quieres dejar algún mensaje?
—No, Tessie, gracias.
Aquello lo jodió todo. Ni siquiera podía arreglar nada hablando. Estreñimiento
confesional. Falta de comunicación. Tenía enemigos en las alturas.
Bebí otro vino. Me había preparado para aclarar las cosas y salir del embrollo. Ahora tenía que tragármelo entero. Me sentía cada vez peor. La depresión, el suicidio a menudo eran motivados por una falta de dieta adecuada. Pero yo había estado comiendo bien. Recordé los viejos tiempos, viviendo de una barra de caramelo al día, enviando relatos escritos a mano al Atlantic Monthly y aHa rp er's. En todo lo que pensaba era en comer. Si el cuerpo no se alimentaba, la mente también agonizaba. Pero ahora, en cambio, había estado comiendo condenadamente bien, y bebiendo buen vino. Eso quería decir que lo que ahora pensaba era probablemente lo cierto. Todo el mundo se imaginaba a sí mismo especial, privilegiado, excepcional. Hasta un viejo y feo jorobado regando un geranio en su porche. Yo me había imaginado a mí mismo especial porque había salido de las fábricas a los cincuenta años y me había hecho un poeta. Mierda caliente. Así que me cagaba en todo el mundo igual que todos los patrones y capataces se habían cagado en mí cuando estaba indefenso. Al final venía a ser lo mismo. Era un podrido y jodido borracho consentido con una fama muymen o r.
Mi análisis no curó las quemaduras.
Sonó el teléfono. Era Sara.
—Dijiste que telefonearías. ¿Qué ha ocurrido?
—No estaba.
—¿No estaba?
—Está en el juzgado.
—¿Qué vas a hacer?
—Esperar y decírselo.
—Muy bien.
—No debería mezclarte en toda esta mierda.
—No importa.
—Quiero volver a verte.
—¿Cuándo? ¿Después de la bailarina del vientre?
—Bueno, sí.
—¿Debo darte las gracias?
—Te telefonearé...
—De acuerdo. Te tendré los pañales preparados.
Me sumergí en el vino y esperé. Las 3, las 4, las 5. Finalmente me acordé de
vestirme. Estaba sentado con una copa en la mano cuando llegó el coche de Debra.
Aguardé. Ella abrió la puerta. Llevaba una bolsa con alimentos. Tenía muy buen aspecto.
—¡Hola! —dijo—. ¿Cómo está mi ex pelele?
Fui hasta ella y la abracé. Empecé a temblar y a llorar.
—¿Hank, quép a sa ?
Debra dejó caer la bolsa en el suelo. Nuestra cena. La abracé con más fuerza.
Sollozaba. Las lágrimas caían como vino. No podía parar. Parte de mí estaba allí, la otra
parte quería salir corriendo.
—¿Hank, qué es esto?
—No puedo estar contigo el Día de Acción de Gracias.
—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué problema hay?
—El problema es que yo soy ¡UNA GIGANTESCA MASA DE MIERDA!
Mi culpa se clavó más en mí y tuve un espasmo. Algo me dolía horriblemente.
—Una bailarina del vientre viene desde Canadá a pasar el Día de Acción de
Gracias conmigo.
—¿Una bailarina del vientre?
—Sí.
—¿Es hermosa?
—Sí, lo es. Lo siento, lo siento... Debra me apartó de un empujón. —Deja que guarde la compra.
Cogió la bolsa y entró en la cocina. Oí la puerta de la nevera abrirse y cerrarse.
—Debra —dije—, me voy.
No se oyó nada en la cocina. Abrí la puerta y salí. El Volks arrancó. Encendí la
radio, puse las luces y conduje rumbo a Los Ángeles.
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CHARLES BUKOWSKI MUJERES NOVELA COMPLETA
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