sábado, 30 de abril de 2011

"UNA DAMA SALVAJE" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Monk entró. Aquello parecía más polvoriento y oscuro que los bares de siempre. Se dirigió al extremo más alejado de la barra y se sentó junto a una rubiales que estaba fumando un cigarrillo y bebiéndose una Hamm's. Cuando Monk se sentó, ella se tiró un pedo.
—Buenas noches —dijo él—. Me llamo Monk.
—Yo, Mud —dijo ella, lo que revelaba su edad de inmediato.

Cuando Monk se sentó, surgió un esqueleto de detrás de la barra, donde había estado sentado en un taburete. El esqueleto se acercó a Monk. Monk pidió un whisky con hielo y el esqueleto estiró los brazos y empezó a prepararlo. Derramó un poquito de whisky en la barra, pero logró servir lo que había pedido Monk y coger el dinero de éste, meterlo en la caja y devolver el cambio justo.

jueves, 28 de abril de 2011

LOS LOCOS SIEMPRE ME HAN AMADO de CHARLES BUKOWSKI

Y los subnormales
a lo largo de párvulos
primaria
secundaria
universidad
los no queridos
se prendían
de mí.
los mancos
los epilépticos
los tartamudos
los tuertos,
cobardes
misántropos
asesinos
fenómenos
y ladrones.
en el trabajo y en
el ocio
siempre atraje
a los indeseables. me encontraban
y se prendían de mí. aún lo
hacen.
ahora en este vecindario
hay uno que me ha
encontrado.
él merodea
empujando un carrito de supermercado
lleno de basura:
latas abolladas, cintas de zapatos,
bolsas vacías de papas fritas,
envases de leche, periódicos, portaplumas…
“hey, cuate, cómo estás?”
me detengo y conversamos
un rato
luego me despido
pero él
me sigue.
paso las cantinas
y los burdeles…
“manténme informado,
cuate, manténme informado,
quiero saber qué pasa.”
él es mi novedad.
nunca lo he visto
conversar
con nadie más.
el carrito traquetea
un momento
detrás de mí
entonces algo
cae.
él se detiene
para recogerlo.
entretanto yo
camino por
la puerta principal
del hotel verde de la esquina
cruzo a lo largo
del vestíbulo
y salgo por la puerta
trasera
hay un gato
enmierdándolo todo ahí dentro
absolutamente encantador,
me sonríe.

Charles Bukowski.

miércoles, 27 de abril de 2011

"BESASTE A LILLY" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Era un miércoles por la noche. La televisión no había sido gran cosa. Theodore tenía cincuenta y seis
años. Su mujer, Margaret, cincuenta. Llevaban veinte años casados y no tenían hijos. Ted apagó la luz. Se

desperezaron en la oscuridad.
—Bueno —dijo Margie—, ¿es que no me vas a dar el beso de buenas noches?
Ted suspiró y se volvió hacia ella. Le dio un beso rápido.
—¿Llamas a eso un beso?
Ted no contestó.
—Aquella mujer del programa era igual que Lilly, ¿verdad?
—No sé.
—Sí sabes.
—Escucha, no empieces, que habrá follón.
—Lo que pasa es que no quieres analizar las cosas. Sólo quieres cerrarte como una lapa. Sé sincero.

domingo, 24 de abril de 2011

"EL GRAN POETA" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Fui a verle. Era el gran poeta. El mejor poeta narrativo desde Jeffers; aún no había cumplido los
setenta y ya era famoso en todo el mundo. Sus dos libros más conocidos quizá fuesen Mi pena es mejor que
la tuya, ¡ja!y El chicle que murió de tristeza. Había enseñado en varias universidades, había ganado todos
los premios, incluido el Nobel. Bernard Stachman.

Subí las escaleras de la YMCA. El señor Stachman vivía en la habitación 223. Llamé. «¡PASE, COÑO, PASE!», gritó alguien desde dentro. Abrí la puerta y entré. Bernard Stachman estaba en la cama. Flotaba en el aire un olor a vómito, vino, orines, mierda y alimentos podridos. Sentí náuseas. Corrí al cuarto de baño, vomité; luego salí.
—Señor Stachman —dije—. ¿Por qué no abre una ventana?
—Buena idea. Y nada de «señor Stachman», mierda, me llamo Barney.
Estaba impedido. Tras un gran esfuerzo, logró incorporarse en la cama y aposentarse en la silla que
había al lado.
—Ahora, listo para una buena charla —dijo—. Era lo que estaba esperando.
Junto a su codo, en la mesa, había una jarra de un galón de tinto italiano llena de cenizas de
cigarrillos y polillas muertas. Aparté la vista, luego miré otra vez. Tenía la jarra en la boca, pero la mayor parte del vino se le derramaba por la camisa y los pantalones. Bernard Stachman posó la jarra.

viernes, 22 de abril de 2011

SE BUENO de CHARLES BUKOWSKI

Siempre se nos pide
entender el punto de vista de otra persona
sin importar
cuán anticuado
tonto
o
detestable sea.

se nos pide
ver
su más completo error
su vida desperdiciada
con
benevolencia,
especialmente
si son
ancianos.

pero la edad es la suma
de nuestro quehacer.

ellos han envejecido
equivocadamente
porque han vivido
fuera de foco,
se han rehusado a
ver.

¿que no es su culpa?

¿de quién entonces?
¿mía?

se me pide ocultar
mi punto de vista
de ellos
por miedo a su
miedo.

la edad no es un crimen

pero la vergüenza
de una vida
desperdiciada
deliberadamente
entre tantas
vidas
desperdiciadas
deliberadamente

lo es.

Charles Bukowski.

jueves, 21 de abril de 2011

"UN PAR DE GIGOLOS" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Ser gigoló es una experiencia muy extraña, sobre todo si no eres profesional.

La casa tenía dos plantas. Comstock vivía con Lynne en la planta de arriba. Yo vivía con Doreen en la planta de abajo. La casa estaba en un sitio muy guapo, al píe de Hollywood Hills. Las dos damas eran ejecutivas, tenían trabajos muy bien pagados. La casa estaba provista de buen vino, buenos alimentos y un perro de culo raído. Había también una sirvienta negra, grande, Retha, que se pasaba casi todo el tiempo en la cocina, abriendo y cerrando la puerta de la nevera.

Cada mes llegaban las revistas adecuadas en la fecha prevista, pero Comstock y yo no las leíamos. Lo único que hacíamos era andar por allí tumbados, luchando contra la resaca, esperando que llegara la noche, cuando las damas nos darían vino y cena, que cargarían a sus respectivas cuentas de gastos.

Comstock decía que Lynne era la importante productora cinematográfica de unos grandes estudios. Comstock llevaba boina, pañuelo de seda, un collar de turquesas, barba, y tenía unos andares sedosos. Yo era un escritor atascado con la segunda novela. Tenía vivienda propia en un edificio de apartamentos destartalado y cochambroso de Hollywood Este. Pero apenas iba por allí.

lunes, 18 de abril de 2011

"GRITA CUANDO TE QUEMES" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Henry se sirvió un trago y miró por el ventanal la desolada y ardiente calle de Hollywood. Dios santo, había llevado una vida de perros, y aún estaba como al principio. La muerte estaba al lado, la muerte siempre estuvo allí. Había cometido un tonto error y había comprado un periódico underground, en el que aún andaban divinizando a Lenny Bruce. Había una foto suya, muerto, justo después de estirar la pata. Sí, por supuesto, a veces Lenny había sido ingenioso como con su «¡No puedo llegar!»..., aquélla había sido su obra maestra. Pero en realidad, Lenny no había sido nada del otro mundo. En fin, todos acabamos muertos. Es pura matemática. Nada nuevo. Todo consiste en esperar, ése es el problema.

Sonó el teléfono. Era su chica.
—Oye, hijo de puta, estoy harta de tus borracheras. Ya tuve bastante con mi padre...
—Oh, vamos, no es para tanto.
—Lo es, y no voy a aguantarlo más.
—Deliras, palabra.
—No, estoy harta, me oyes, estoy harta. Te vi en la fiesta, mandando a por más whisky, por eso me
fui. Ya estoy harta, no voy a aguantar más...

sábado, 16 de abril de 2011

ATRAPADO de CHARLES BUKOWSKI

No desvistas mi amor
podrías encontrar un maniquí:
no desvistas el maniquí
podrías encontrar
mi amor.

hace mucho que ella
me ha olvidado.

se está probando un nuevo
sombrero
y parece más
coqueta
que nunca.

ella es una cría
y un maniquí
y muerte.

no puedo odiar
eso

ella no hizo
nada
fuera de lo normal.

yo sólo quería
que lo hiciera.

Charles Bukowski.

viernes, 15 de abril de 2011

"EXACTAMENTE NO FUE BERNADETTE" DE CHARLES BUKOWSKI (RELATO COMPLETO)


Me envolví en una toalla el pene ensangrentado y telefoneé al consultorio del médico. Tuve que descolgar y marcar con la misma mano con que sujetaba el teléfono descolgado, mientras con la otra aguantaba la toalla. Y mientras marcaba el número, una mancha roja comenzó a empapar la toalla. Se puso la recepcionista del consultorio.
—Ah, señor Chinaski, es usted. ¿Qué le pasa ahora? ¿Ha vuelto a perder los tapones dentro de los

oídos?
—No, esto es un poquito más grave. Necesito que me dé hora inmediatamente.
—¿Qué le parece mañana por la tarde a las cuatro?
—Señorita Simms, es una situación de emergencia.
—¿Pero de qué naturaleza?
—Por favor, debo ver al doctorinmediatam ente.
—Está bien. Venga y procuraremos que le vea.
—Gracias, señorita Simms.
Me fabriqué un vendaje provisional haciendo tiras de una camisa limpia. Por suerte, tenía un poco de

esparadrapo, pero era viejo y estaba amarillento y no pegaba bien. No me resultó fácil ponerme los pantalones. Era como si tuviera una erección gigante. Sólo pude subirme la cremallera hasta la mitad. Logré llegar al coche, sentarme y salir hacia el consultorio. Al salir del aparcamiento, dejé estremecidas a dos señoras viejas que salían del oftalmólogo de la planta baja. Logré entrar en el ascensor solo y llegar a la tercera planta. Vi que venía alguien por el corredor, me volví de espaldas y fingí beber agua de un pilón metálico. Luego, enfilé el pasillo y llegué al consultorio. La sala de espera estaba llena de gente sin problemas serios: gonorrea, herpes, sífilis, cáncer o cosas por el estilo. Me fui directo a la recepcionista.

—Hola, señor Chinaski...
—¡Por favor, señorita Simms, no es ninguna broma! Es una emergencia, se lo aseguro. ¡Dése prisa!
—Podrá entrar usted, en cuanto el doctor acabe con el paciente que está atendiendo ahora.
Me quedé plantado junto a la pared divisoria que separaba la recepción de la sala de espera y esperé.

En cuanto salió el paciente, entré como una bala en el consultorio del médico.
—¿Qué pasa, Chinaski?
—Una emergencia, doctor.
Me quité los zapatos, los calcetines, pantalones y calzoncillos, me eché sobre la camilla.
—¿Qué tiene usted aquí? ¡Vaya vendaje!
No contesté. Con los ojos cerrados sentía al médico quitarme el vendaje.

—Sabe —dije—, conocí a una chica en un pueblecito. Tenía menos de veinte años y estaba jugando con una botella de Coca Cola. Se la metió por allí y no podía sacarla. Tuvo que ir al médico. Ya sabe cómo son los pueblos. La cosa se corrió. Le destrozó la vida. Quedó condenada. Nadie se atrevería ya a tocarla. La chica más guapa del pueblo. Acabó casándose con un enano que iba en silla de ruedas porque tenía una especie de parálisis.
—Esa es una vieja historia —dijo el médico, desprendiendo el último trozo del vendaje—. ¿Cómo le ha pasado esto?
—Bueno, se llamaba Bernadette, 22 años, casada. Cabello largo y rubio; se le cae continuamente

sobre la cara y tiene que retirárselo. ..
—¿Veintidós años?
—Sí, vaqueros...
—Es una fea herida.

—Llamó a la puerta. Preguntó si podía entrar. «Claro», le dije. «Estoy lista», dijo. Y entró corriendo en mi cuarto de baño, y sin cerrar la puerta del todo se bajó los vaqueros y las bragas, se sentó y se puso a mear. ¡OOH! ¡JESÚS!
—Calma, calma. Estoy desinfectando la herida.
—Sabe, doctor, la sabiduría llega a una hora infernal... cuando la juventud se ha ido, la tormenta se
ha alejado y las chicas se han marchado a su casa.
—Muy cierto.
—¡AY! ¡UY! ¡JESÚS!
—Por favor. Hay que limpiarlo bien.

—Salió y me dijo que anoche, en su fiesta, yo no había resuelto el problema de su desdichada aventura amorosa. Que, en vez de eso, había emborrachado a todo el mundo y me había caído sobre un rosal. Que me había rasgado los pantalones, me había caído de espaldas y me había dado en la cabeza con un pedrusco. Un tal Willy me había llevado a casa y se me habían caído los pantalones y luego los calzoncillos, pero que no había resuelto el problema amoroso. Dijo que el problema había desaparecido, de todos modos, y que al menos yo había dicho un par de verdades.

—¿Dónde conoció a esa chica?
—Vino a la lectura de poesía en Venice. La conocí después, en el bar de al lado.
—¿Puede recitarme un poema?
—No, doctor. En fin, ella dijo: «No puedo más, hombre.» Se sentó en el sofá. Me senté enfrente en
la butaca. Ella bebió su cerveza y me lo explicó: «Le quiero, sabes, pero no puedo establecer ningún
contacto. No habla. Le digo: "¡Háblame!", pero, santo cielo, no hay forma, no habla. Me dice: "No se trata
de ti, es otra cosa." Y no hay modo de sacarle de ahí.»
—Ahora voy a coserle, Chinaski. No será agradable.

—Sí, doctor. En fin, se puso a hablarme de su vida. Me dijo que se había casado tres veces. Le dije que no parecía tan gastada. Y me dijo: «¿No? Pues he estado dos veces en un manicomió.» Le dije: «¿Tú también?» Y ella dijo: «¿Has estado en un manicomio?» Y yo dije: «Yo no; algunas mujeres que he conocido.»

—Ahora —dijo el médico—, un poquito de hilo. Eso es todo. Hilo. Trabajo de aguja.
—Hostias, ¿no hay otra forma?
—No, es una fea herida.

—Me dijo que se había casado a los quince años. La llamaban puta por ir con aquel tipo. Sus padres le decían que era una puta, así que se casó con el tipo, para fastidiarles. Su madre era una borracha que iba de manicomio en manicomio. Su padre le pegaba sin parar. ¡OOOOHH DIOS SANTO! ¡POR FAVOR! ¿QUE HACE?
—Chinaski, no he conocido a ningún hombre que tuviera tantos problemas como usted con las
mujeres.

—Luego, conoció a la lesbiana. La lesbiana la llevó a un bar homosexual. Dejó a la lesbiana y se fue con un chico homosexual. Vivieron juntos. Discutían por el maquillaje. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Por favor! Ella le robaba el lápiz de labios a él y luego se lo robaba él a ella. Luego, se casaron...
—Habrá que dar bastantes puntos. ¿Cómo se lo hizo?

—Estoy explicándoselo, doctor. Tuvieron un hijo. Luego se divorciaron y él se largó y la dejó con el crío. Consiguió un trabajo, tenía un canguro para el niño, pero el trabajo no le rendía mucho y después de pagar el canguro apenas le quedaba dinero. Tenía que salir de noche y hacer la calle. Diez billetes por polvo. Siguió así un tiempo. Pero aquello no tenía salida. Luego, un día, en el trabajo (trabajaba para Avon) empezó a gritar y no había forma de pararla. La llevaron a un manicomio. ¡CUIDADO! ¡CUIDADO! ¡HOMBRE, POR FAVOR!
—¿Cómo se llama la chica?
—Bernadette. Salió del manicomio, vino a Los Angeles y conoció a Karl y se casó con él. Me contó que le gustaba mi poesía y que se quedaba admirada al verme conducir mi coche por la acera a noventa por hora después de mis lecturas. Luego dijo que tenía hambre y la invité a una hamburguesa con patatas fritas,
así que me llevó a un MacDonald. ¡HOMBRE, POR FAVOR! ¡VAYA MÁS DESPACIO! ¡O BUSQUE
UNA AGUJA BIEN AFILADA, POR DIOS!
—Ya casi he terminado.

—En fin, nos sentamos a una mesa con nuestras hamburguesas, las patatas fritas, el café, y entonces Bernadette me contó lo de su madre. Estaba preocupada por su madre. Estaba preocupada también por sus dos hermanas. Una hermana era muy desgraciada y la otra era simplemente tonta y se sentía satisfecha. Luego, estaba el crío y a ella le preocupaban las relaciones de Karl con el crío...
El doctor bostezó y dio otra puntada.

—Le dije que llevaba demasiada carga sobre las espaldas, que lo que tenía que hacer era dejar que la gente se las apañara. Entonces me di cuenta de que la chica estaba temblando y le dije que sentía haberle dicho aquello. Le cogí una mano y empecé a acariciársela. Luego le acaricié la otra. Deslicé sus manos por mis muñecas arriba, por debajo de las mangas de la chaqueta. «Lo siento —le dije—. Lo único que haces es preocuparte por los demás, eso no tiene nada de malo.»
—¿Pero cómo fue? ¿Cómo se hizo usted esto?

—Bueno, cuando bajábamos las escaleras, la llevaba cogida de la cintura. Ella aún parecía una estudiante de bachiller, una colegiala, aquel pelo largo y rubio y sedoso; aquellos labios tan sensibles y atractivos... El único sitio donde asomaba el infierno era en sus ojos. Estaban en un perpetuo estado de conmoción.
—Por favor, vaya a los hechos —dijo el médico—. Ya casi he terminado.

—Bueno, el caso es que cuando llegamos a mi casa, había en la acera un imbécil, con un perro. Le dije que siguiera con el coche un poco más arriba. Aparcó en doble fila y le eché la cabeza hacia atrás y la besé. Le di un largo beso, retiré los labios y luego le di otro. Ella me llamó hijo de puta. Le dije que le diera una oportunidad a un viejo. La besé otra vez. Un beso de verdad. «Eso no es un beso —dijo—. ¡Eso es lujuria, casi una violación!»
—¿Y qué pasóentonces?
—Salí del coche y ella dijo que me telefonearía a la semana siguiente. Entré en casa yentonces fue

cuando sucedió.
—¿Cómo?
—¿Puedo ser franco con usted, doctor?
—Pues claro.
—Pues, en fin, de mirar aquel cuerpo, y aquella cara, el pelo, los ojos..., oírle hablar, luego los besos,
me puse... muy caliente.
—¿Y?
—Entonces fue cuando cogí el jarrón. Es de mi medida, me va perfecto. Así que la metí y empecé a
pensar en Bernadette. Todo iba muy bien hasta que el maldito chisme se rompió. Ya lo había usado antes

varias veces, pero supongo que esta vez estaba demasiado excitado... Es una mujer tan atractiva...
—No se le ocurra nunca meter el chisme en nada que sea de cristal.
—¿Me curaré, doctor?
—Sí, podrá usted volver a utilizarlo. Ha tenido suerte.
Me vestí y me fui. Aún me hacía daño el roce con los calzoncillos. Subiendo por Vermont paré en la
tienda. No tenía nada de comer. Hice un recorrido con el carro y compré hamburguesas, pan, huevos.

Tengo que contárselo algún día a Bernadette. Si me lee, lo sabrá. Lo último que he sabido de ella es que se fue con Karl a Florida. Quedó embarazada. Karl quería que abortase. Ella no quiso. Se separaron. Ella sigue aún en Florida. Vive con el amigo de Karl, Willy. Willy hace pornografía. Me escribió hace un par de semanas. Aún no le he contestado.

lunes, 11 de abril de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 58 (ÚLTIMO)

Realicé varias incursiones prácticas por los barrios bajos para prepararme ante el futuro. No me gustó lo que vi. Entre sus hombres y mujeres no había ninguna osadía o brillantez especial. Deseaban lo que todo el mundo deseaba. Existían también ciertos obvios casos mentales a los que permitían deambular sin perturbarlos. Yo había observado que tanto en el extremo muy rico o muy pobre de la sociedad, a menudo se permitía que los locos se mezclaran libremente con los demás. También sabía que yo no era completamente sano. Todavía sabía, como cuando era niño, que albergaba algo extraño en mi interior. Me sentía como destinado a ser un asesino, un asaltante de bancos, un santo, un violador, un monje, un ermitaño. Necesitaba algún sitio aislado para esconderme. Los barrios bajos eran desagradables. La vida del hombre normal y sano era tediosa, peor que la muerte. Parecía no haber alternativa posible. Y la educación también era una trampa. La poca educación a la que me había permitido acceder me había hecho más suspicaz. ¿Qué es lo que eran los doctores, abogados y científicos? Tan sólo eran hombres que habían permitido que los privaran de su libertad de pensar y actuar como individuos. Volví a mi cobertizo y bebí...

Ahí sentado bebiendo consideré la idea del suicidio, pero sentí un extraño cariño por mi cuerpo, por mi vida. A pesar de sus cicatrices y marcas, me pertenecían. Me miraría en el espejo del armario y sonriendo burlonamente diría: si te vas a ir de esta vida, puedes llevarte a ocho, diez o veinte contigo...

domingo, 10 de abril de 2011

LA DUCHA de CHARLES BUKOWSKI

Nos gusta ducharnos después
(a mí me gusta el agua más caliente que a ella)
y su rostro siempre está suave y lleno de paz
y ella me lava primero
me extiende el jabón por las pelotas
las levanta
las aprieta,
luego me lava la pistola:
“¡oye esto sigue duro!”
luego me lava el vello de ahí abajo,
el ombligo, la espalda, el cuello, las piernas,
yo sonrío sonrío sonrío,
y después la lavo yo a ella…
primero su cosita,
me pongo detrás, mi pistola en sus nalgas
suavemente enjabono los vellos de su cosita,
lavo ahí con un movimiento suave
tal vez me detenga más de lo necesario,
luego las piernas por detrás, el trasero,
la espalda, el cuello, la hago girar, la beso,
enjabono los pechos, luego el ombligo, el cuello,
las piernas por delante, los tobillos, los pies,
y luego su cosita, una vez más, para que me dé suerte…
otro beso, y ella sale primero,
se seca, a veces canta mientras yo sigo allí
pongo el agua más caliente
disfrutando los buenos momentos del milagro amoroso
luego salgo…
normalmente es por la tarde y todo está tranquilo,
y mientras nos vestimos hablamos sobre qué otra cosa
podríamos hacer,
pero el estar juntos resuelve casi todo,
en realidad, lo resuelve todo
porque mientras esas cosas estén resueltas
en la historia de una mujer y
un hombre, es diferente para cada cual,
mejor y peor para cada cual…
para mí, es tan espléndido como para recordarlo,
tras la marcha de los ejércitos
y de los caballos que pasan por las calles afuera,
tras los recuerdos del dolor y el fracaso y la desdicha:
Linda, tú me has traído esto,
cuando te lo lleves
hazlo lenta y suavemente
hazlo como si estuviera muriéndome en sueños en lugar de
en vida, amén.

Charles Bukowski.

sábado, 9 de abril de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 57

Un día, después de la clase de Inglés, la señorita Curtis me pidió que me quedara.

Tenía unas piernas magníficas y ceceaba al hablar. Había algo producido por la combinación del ceceo y sus piernas que me ponía caliente. Debía de tener unos 32 años, era culta y tenía estilo, pero al igual que todos los demás era una maldita liberal y eso demostraba poca originalidad o carácter; sólo adoración por Franky Roosevelt. Me gustaba Franky a causa de sus programas para los pobres durante la Depresión. El también tenía estilo. Realmente no creo que le importaran un bledo los pobres, pero era un gran actor, con una magnífica voz al servicio de una excelente oratoria. Pero quería meternos en la guerra. Así él entraría en los libros de Historia. Los presidentes en tiempo de guerra tenían más poder y, después, se les dedicaban más páginas. La señorita Curtis era una réplica del viejo Franky, sólo que con mejores piernas. El pobrecito Franky no tenía piernas bonitas pero sí un maravilloso cerebro. En muchos otros países hubiera sido un dictador prepotente.

Cuando salió el último estudiante, me acerqué a la mesa de la señorita Curtis. Ella me sonrió. Yo había observado sus piernas durante horas y ella lo sabía. Ella sabía lo que yo quería y que no tenía nada que enseñarme. Sólo había dicho una cosa que yo memoricé. No era idea suya, obviamente, pero me gustó:
—No se debe sobreestimar la estupidez de la masa.
—Señor Chinaski —dijo mirándome— tenemos ciertos estudiantes en esta clase que piensan que son muy listos.
—¿Sí?
—El señor Felton es nuestro alumno más inteligente.
—De acuerdo.
—¿Qué es lo que le preocupa?
—¿Qué?
—Hay algo... que le molesta.
—Tal vez.
—Este es su último semestre, ¿no es cierto?
—¿Cómo lo sabe usted?

viernes, 8 de abril de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 56

En la fachada de una pensión vi un cartel que anunciaba habitaciones libres y paré el taxi. Le pagué al taxista, me acerqué al porche y toqué el timbre. Tenía un ojo amoratado por la pelea, abierta la ceja del otro, la nariz hinchada y los labios partidos. Mi oreja izquierda tenía un color rojo brillante y cada vez que me la tocaba una descarga eléctrica sacudía mi cuerpo.
Un viejo vino a abrir la puerta. Llevaba una camiseta y parecía que se la
hubiese rociado con chile y judías. Su pelo era gris y estaba despeinado,
necesitaba un afeitado y fumaba un cigarrillo babeado que apestaba.
—¿Es usted el dueño? —pregunté.
—Aja.
—Necesito una habitación.
—¿Trabaja?
—Soy escritor.
—No tiene aspecto de escritor.
—¿Y qué aspecto tienen los escritores?
No respondió.
Luego dijo:
—2.50 $ por semana.
—¿Puedo verla?
Eructó y dijo:
—Sígame...
Cruzó un espacioso vestíbulo. No había alfombra en el suelo. El parquet
de madera crujía y se hundía al pisarlo. Oí la voz de un hombre que provenía de una de las habitaciones.
—¡Chúpamela, pedazo de mierda!
—Tres dólares —contestó una voz de mujer.
—¿Tres dólares? ¡Te voy a dar por culo!
Sonó una fuerte bofetada y ella chilló. Seguimos andando.

jueves, 7 de abril de 2011

MIS AMIGOS de CHARLES BUKOWSKI

Éste da clases
ése vive con su mamá.
a aquel lo mantiene su padre alcohólico
con cara enrojecida y cerebro de mosquito.
éste se mete anfetaminas y fue mantenido por
la misma mujer durante 14 años.
ése escribe una novela cada diez días
y al menos paga el alquiler.
éste va de un lugar a otro
durmiendo en sofás, bebiendo y
parloteando.
éste imprime sus libros en una
fotocopiadora.
ése vive en el baño
de un hotel abandonado en Hollywood.
éste aprendió a conseguir una beca tras otra,
su vida es un constante llenar formas
éste es simplemente rico y vive en los mejores
lugares y toca en las mejores puertas.
ése desayunó con William Carlos
Williams.
y éste enseña
y ése enseña
y éste sabe como hacer sus textos
y habla con una cruel y dominante voz.

los hay en todos lados,
todos son escritores.
y casi cada escritor es un poeta.
poetas, poetas, poetas, poetas, poetas, poetas
poetas poetas poetas poetas poetas poetas
la próxima vez que suene el teléfono
será un poeta.
la próxima persona en la puerta
será un poeta.
éste enseña
y ése vive con la mamá
y ése escribe la vida de
Ezra Pound.
oh, hermanos, somos lo más asqueroso y lo
más bajo de la creación.

Charles Bukowski.

miércoles, 6 de abril de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 55

Un par de noches más tarde Becker vino a verme. Supongo que mis padres le dieron mis señas o me localizó a través de la Universidad. Yo tenía anotados mi nombre y dirección en la oficina de empleo de la Universidad bajo el calificativo de «trabajos no especializados». «Trabajaré en cualquier cosa honesta», había escrito en mi tarjeta. Nadie llamó.
Becker se sentó en una silla mientras yo servía un poco de vino. Llevaba
puesto un uniforme de los marines.
—Veo que te han cogido —dije.
—Perdí mi trabajo con la Western Union. Era la única solución que me

quedaba.
Le pasé su bebida.
—¿Entonces no eres un patriota?
—Demonios, no.
—¿Por qué los marines?
—Oí hablar de la dureza de su campamento. Quise ver si era capaz de
pasar la prueba.
—Y lo hiciste.
—Lo hice. Hay unos cuantos locos ahí. Hay peleas casi todas las noches.

Nadie las detiene. Casi se matan los unos a los otros.
—Me gusta eso.
—¿Por qué no te unes a nosotros?
—No me gusta levantarme temprano por las mañanas y recibir órdenes.
—¿Y cómo te lo vas a hacer?
—No lo sé. Cuando se me acabe el último centavo, me acercaré a las

colas de la Beneficencia.
—Hay tíos verdaderamente raros en los marines.
—Los hay en todos los sitios.
Le serví a Becker otro vino.
—El problema es —dijo— que no tienes mucho tiempo para escribir.
—¿Todavía quieres ser escritor?
—Claro. ¿Y tú qué?
—También —contesté—, pero es bastante desesperanzador.
—¿Quieres decir que no eres lo suficientemente bueno?
—No, son ellos los que no son suficientemente buenos.
—¿Qué es lo que quieres decir?
—¿Lees las revistas? ¿Los libros de «Mejores Narraciones Cortas del
Año»? Al menos hay una docena de ellos.

—Sí, los leo...
—¿Lees el New Yorker? ¿ElHarp er's? ¿ElAtl antic?
—Claro...

—Estamos en 1940. Todavía están publicando basura del sigloXIX, pesada, elaborada, pretenciosa. O bien te entra dolor de cabeza leyéndola o bien te quedas dormido.
—¿Qué es lo que falla?
—No son más que trucos y lugares comunes, pequeños jueguecitos de

intriga.
—Da la impresión de que te han rechazado.
—Sé que merechazarían. ¿Para qué gastar en sellos? Necesito vino.
—Voy a abrirme camino —dijo Becker—. Verás un día mis libros en los
escaparates.
—No hablemos de escribir.
—He leído tus cosas —dijo Becker—. Estás demasiado amargado y odias

todas las cosas.
—No hablemos de escribir.
—Si miras a Thomas Wolfe...
—¡Maldito sea Thomas Wolfe! ¡Suena como una vieja al teléfono!
—Vale, ¿quién es tu autor?
—James Thurber.
—Ese destripador de la clase media alta...
—Elsabe que todo el mundo está loco.
—Thomas Wolfe habla de la tierra...
—Sólo los gilipollas hablan sobre las tareas del escritor...
—¿Me estás llamando gilipollas?
—Sí...
Le serví otro vino y luego otro más para mí.
—Eres un tonto por ponerte ese uniforme.
—Primero me llamas gilipollas y luego tonto. Pensé que éramos amigos.
—Y lo somos, sólo que no creo que te estés cuidando.
—Cada vez que te veo tienes una copa en las manos. ¿Aeso le llamas
cuidarte?
—Es el mejor método que conozco. Sin la bebida hace tiempo que me
hubiera cortado mi maldito cuello.
—Eso es un cuento.
—Es un cuento que funciona. Los predicadores de la plaza Pershing

tienen su Dios. ¡Yo me bebo la sangre del mío!
Alcé mi vaso y me bebí hasta la última gota.
—Te estás escapando de la realidad —dijo Becker.
—¿Y por qué no?
—Nunca serás un escritor si huyes de la realidad.
—¿De qué coño hablas? ¡Eso es lo quehacen los escritores!
Becker se puso en pie.
—Cuando me hables, no alces la voz.
—¿Qué prefieres hacer, levantarme la polla?
—¡Tú no tienes polla!
Le cogí de improviso con un derechazo que aterrizó tras su oreja. El vaso

voló de su mano y él cruzó la habitación tambaleándose. Becker era un tío fuerte, mucho más que yo. Chocó con la esquina de la cómoda, giróse, y estrellé otro puñetazo contra su rostro. Se quedó balanceándose cerca de la ventana abierta y tuve miedo de volverle a atizar porque podía caerse a la calle.

Becker intentó recomponerse sacudiendo la cabeza para aclararse.
—Vale ya —dije—, peguémonos otro trago. La violencia me da náuseas.
—De acuerdo —contestó Becker.

Cruzó la habitación y recogió su vaso. El vino barato que yo bebía no estaba cerrado con corcho sino con un tapón a rosca. Desenrosqué el tapón de otra botella. Becker me tendió su vaso y lo rellené. Me serví otro vaso y posé la botella. Becker vació el suyo. Yo el mío.
—Sin rencor —dije.

—Demonios, no, compañero —dijo Becker mientras posaba el vaso. Justo entonces me clavó un derechazo en el estómago. Me doblé y al hacerlo me cogió por la nuca, agachándome aún más, y me propinó un rodillazo en la cara. Caí de rodillas, la sangre manando de mi nariz y empapando mi camisa.
—Sírveme otro trago, compañero —dije—, y pensemos que ya ha pasado
todo.
—Levántate —replicó Becker—, eso era sólo el capítulo primero.

Me puse en pie y avancé hacia Becker. Bloqueé su gancho justo a la altura de mi codo y le aticé un directo en la nariz. Becker se tambaleó hacia atrás, Ambos sangrábamos abundantemente por la nariz.

Salté sobre él. Ambos luchamos ciegamente. Paré algunos puñetazos pero me incrustó otro en la boca del estómago. Me agaché y entonces le propiné un gancho en la barbilla. Fue un magnífico golpe. Un golpe de suerte. Becker cayó de lado y chocó contra la cómoda. Su nuca se estrelló contra el espejo y el espejo saltó hecho añicos. Estaba grogui. Le tenía en mis manos. Le aferré por la pechera de su camisa y le aticé un derechazo tras su oreja derecha. Cayó sobre la alfombra donde se mantuvo a cuatro patas. Crucé la habitación y me serví otro vaso con mano insegura.
—Becker —le dije—, suelo pegarme cerca de dos veces por semana. Tan
sólo me entraste de mala manera.
Vacié mi vaso. Becker se levantó. Se quedó un rato mirándome. Luego
vino a mi encuentro.
—Becker —dije— escucha...

Hizo una finta con su derecha y me atizó en la boca con la izquierda. Comenzamos a pegarnos de nuevo. No nos defendíamos apenas. Sólo nos pegábamos y pegábamos y pegábamos. Me tiró sobre una silla y la silla se desmoronó. Me puse en pie y le paré mientras venía. Osciló hacia atrás y le incrusté otro derechazo. Se estrelló contra la pared y toda la habitación se sacudió. Saltó hacia adelante y me golpeó en la frente. Vi lucecitas verdes, amarillas, rojas... Entonces me dio en las costillas y luego un derechazo en la cara. Yo disparé mi derecha y fallé.
Maldita sea, pensé, ¿es que nadieoye todo este ruido? ¿Por qué no
vienen y paran la pelea? ¿Por qué no llaman a la policía?
Becker se abalanzó de nuevo contra mí. No pude parar su derechazo circular y todo se acabó para mí...

Cuando volví en mí, estaba oscuro, era de noche y yo estaba justo debajo de la cama. Sólo sobresalía mi cabeza. Debí de haberme arrastrado hasta ahí. Yo era un cobarde. Había vomitado encima. Me arrastré desde debajo de la cama.

Eché un vistazo al espejo roto y a la silla destrozada. La mesa estaba al revés. Intenté ponerla bien. Me caí al suelo. Dos de las patas de la mesa no estaban encajadas. Intenté arreglarlas lo mejor que pude. Me mantuve en pie un momento y caí de nuevo. La alfombra estaba roja de vino y vómito. Encontré una botella de vino caída sobre ella. Quedaba un poco. Lo bebí y eché un vistazo a mi alrededor buscando más. No había nada. Nada más que beber. Puse la cadena de la puerta. Encontré un cigarrillo, lo encendí y me paré frente a la ventana mirando a la calle Temple. Hacía buena noche.
Entonces alguien dio golpes en la puerta.
—¿Señor Chinaski?
Era la señorita Kansas. No estaba sola. Oí otras voces susurrantes.

Estaba con sus pequeños amigos morenos.
—¿Señor Chinaski?
—¿Sí?
—Quiero entrar en su habitación.
—¿Para qué?
—Quiero cambiarle las sábanas.
—Estoy enfermo. No puedo dejarla entrar.
—Sólo quiero cambiar las sábanas. Serán sólo unos minutos.
—No. No puedo dejarla entrar. Venga mañana.

Les oí susurrar. Luego oí cómo bajaban al vestíbulo. Me senté en la cama. Necesitaba malamente un trago. Era sábado por la noche y la ciudad entera estaba borracha.
¿Y si podía escabullirme y salir?

Me acerqué a la puerta y la abrí de golpe, dejando la cadena puesta, para atisbar por la rendija. En la cima de las escaleras estaba uno de los filipinos, el amigo de la señorita Kansas. Tenía un martillo en sus manos y estaba arrodillado. Me miró, hizo una mueca y clavó un clavo en la alfombra. Pretendía estar claveteando la alfombra. Cerré la puerta.

Realmente necesitaba beber algo. Di vueltas por la habitación. ¿Por qué todo el mundo podía estar bebiendo excepto yo? ¿Cuánto tiempo iba a tener que estar en esa maldita habitación? Abrí la puerta de nuevo. La escena era la misma. El filipino me miró, hizo una mueca y clavó otro clavo en el suelo. Cerré la puerta.
Cogí mi maleta y empecé a meter mis pocas pertenencias.

Todavía tenía un poco del dinero que había ganado jugando, pero sabía que no era suficiente para pagar por los estropicios de la habitación. Ni ganas que tenía de hacerlo. Verdaderamente no había sido mía la culpa. Debían de haber parado la pelea. Y encima Becker había roto el espejo...

Ya había hecho la maleta y la sujetaba con una mano mientras sostenía mi máquina de escribir portátil con la otra. Esperé unos segundos frente a la puerta y luego miré de nuevo hacia afuera. El filipino seguía allí. Quité la cadena de la puerta, la abrí de golpe y corrí hacia la escalera.

—¡Eh! ¿Adonde va? —preguntó el hombrecillo. Aún seguía arrodillado sobre una rodilla. Comenzó a alzar el martillo y le golpeé en la cabeza con la máquina de escribir. Sonó horriblemente. Bajé las escaleras, crucé el vestíbulo y salí a la calle.

Quizás había matado al tipo.
Bajé corriendo por la calle Temple. Divisé un taxi libre y salté dentro.
—Bunker Hill —dije— ¡y rápido!.

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martes, 5 de abril de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 54

Encontré una habitación en la calle Temple, en el distrito Filipino. Costaba 3.50 dólares a la semana y estaba en un segundo piso. Pagué a la patrona —una rubia de edad mediana— la renta de una semana. El retrete y la bañera estaban en el piso de abajo, pero tenía un orinal para mear.

En mi primera noche descubrí un bar justo a la derecha de la entrada. Me agradó enormemente. Todo lo que tenía que hacer era subir las escaleras y estaba en casa. El bar estaba lleno de hombrecillos oscuros, pero no me molestaban. Había oído toda clase de historias acerca de los filipinos: que les gustaban las chicas blancas, rubias en particular, que llevaban estiletes, que como todos tenían el mismo tamaño ahorraban entre siete para comprarse un buen traje y se turnaban para llevarlo durante la semana... George Raft había dicho por ahí que los filipinos crearon la moda de situarse en las esquinas haciendo girar pequeñas cadenas de oro de quince o

diecinueve centímetros, cada cadena simbolizando el tamaño del pene.
El camarero era filipino.
—Tú eres nuevo aquí, ¿no? —preguntó.
—Vivo arriba. Soy estudiante.
—No doy crédito.
Eché unas monedas sobre la barra.
—Dame una Eastside.
Volvió con la botella.
—¿Dónde puede uno conseguir una chica? —pregunté.
Recogió las monedas.
—No sé nada —replicó mientras se dirigía a la caja registradora.

La primera noche cerré el bar. Nadie me importunó. Unas pocas rubias salieron con los filipinos. Los hombres eran bebedores tranquilos. Se sentaban en pequeños grupos con las cabezas juntas, hablando y riendo suavemente. Me gustaban. Cuando el bar cerró, me levanté y el camarero me dijo: «Gracias.» Eso nunca se hacía en los bares americanos. Al menos no me lo hacían a mí.
Me gustaba mi nueva situación. Todo lo que ahora necesitaba era dinero.

Decidí seguir yendo a la Universidad. Al menos estaría en algún sitio durante el día. Mi amigo Becker había abandonado sus estudios. No había nadie que me importara mucho excepto, quizás, el profesor de Antropología, un conocido comunista. No enseñaba demasiada Antropología. Era un tipo grandón, accesible y agradable.
—Voy a explicaros cómo se fríe un buen filete —dijo a la clase—, primero dejáis que la sartén se ponga al rojo, luego bebéis un sorbo de whisky y después se vierte una capa de sal en la sartén. Echáis el filete dentro y dejáis que se haga un poco, pero no demasiado. Luego se le da la vuelta y se hace por el otro lado, bebéis otro sorbo de whisky, sacáis el filete y os lo coméis inmediatamente.
Una vez, cuando estaba tendido en el césped del campus, se acercó y se
tumbó junto a mí.
—Chinaski, tú no crees en toda esa palabrería nazi que esparces por ahí,

¿no es verdad?
—No podría decirlo. ¿Se cree usted toda su porquería?
—Por supuesto que sí.
—Buena suerte.
—Chinaski, no eres más que una viruta vienesa.
Se levantó, sacudiéndose la hierba y las hojas, y se fue...

Sólo llevaba dos días en Temple Street cuando Jimmy Hatcher me encontró. Golpeó en mi puerta una noche y cuando la abrí ahí estaba con otros dos chicos, compañeros de su fábrica de aviones, uno llamado Delmore

y el otro Pies Rápidos.
—¿Por qué le llaman Pies Rápidos?
—Cuando le dejes dinero, te enterarás.
—Entrad... ¿Cómo demonios me has encontrado?
—Tus padres te han hecho seguir por un detective privado.
—Maldita sea, saben cómo quitarle a un hombre la alegría de vivir.
—Quizás estén preocupados.
—Si están preocupados, que me envíen dinero.
—Alegan que te lo beberás.
—Entonces deja que se preocupen...

Entraron los tres y se sentaron en la cama y en el suelo. Tenían un quinto de botella de whisky y algunos vasos de papel. Jimmy sirvió el whisky.
—Tienes una cueva agradable.
—Es fantástica. Puedo ver el Ayuntamiento cada vez que saco la cabeza
por la ventana.
Pies Rápidos sacó una baraja de cartas del bolsillo. Estaba sentado en la

alfombra. Alzó la vista para mirarme.
—¿Juegas?
—Todos los días. ¿Tienes marcada la baraja?
—Oye, hijo de perra.
—No me provoques o te arranco la cabellera para colgármela en el

abrigo.
—¡Vamos, hombre, estas cartas son legales!
—Sólo juego al poker y al 21. ¿Cuál es el límite?
—Dos pavos.
—Echemos a suertes quién lleva la mano.

Me la llevé yo y dispuse que jugáramos en la forma habitual. No me gustaba demasiado el poker abierto, se necesitaba mucha suerte en esa modalidad. Mientras servía las cartas, Jimmy sirvió otra ronda.
—¿Cómo te lo montas, Hank?

—Hago trabajos escritos para otros.
—Brillante.
—Sí...
—Oíd, chicos —dijo Jimmy—, os dije que este tipo era un genio.
—Sí —dijo Delmore. Estaba sentado a mi derecha y le tocaba empezar.
—Apuesto veinte centavos —dijo.
Le seguimos en la apuesta.
—Tres cartas —pidió Delmore.
—Una —dijo Jimmy.
—Tres —pidió Pies Rápidos.
—Servido —repliqué.
—Otros veinte —dijo Delmore.
Los demás se plantaron pero yo dije:
—Subo a dos dólares y te las veo.
Delmore pasó, Jimmy pasó. Pies Rápidos me miró:
—¿Y qué más ves por la ventana, aparte del Ayuntamiento?
—Limítate a jugar. No estoy aquí para parlotear sobre el escenario o la

gimnasia.
—De acuerdo —dijo—, no sigo.
Puse mis cartas boca abajo y recogí las de los demás.
—¿Qué es lo que tienes? —preguntó Pies Rápidos.

—Paga por verlas o llora para siempre —dije mientras mezclaba mis cartas con las demás y barajaba, sintiéndome como Clark Gable antes que Dios le debilitara cuando el terremoto de San Francisco.

El servicio cambió de manos pero mi suerte se mantuvo la mayor parte del tiempo. Acababan de cobrar en la fábrica aeronáutica. Nunca lleves un montón de dinero a la morada de un pobre. El sólo puede perder lo poco que tiene. Por otro lado, es matemáticamente posible que pueda ganar todo lo que traigas. Lo que debes hacer, con el dinero y con los pobres, es no dejar que se acerquen demasiado.
De algún modo sentía que la noche iba a ser larga. Delmore abandonó
pronto y se fue.
—Camaradas —dije—, tengo una idea. Las cartas son demasiado lentas.
Juguemos a emparejar monedas, diez pavos la tirada, el número impar

gana.
—Vale —dijo Jimmy.
—Vale —contestó Pies Rápidos.
El whisky se había acabado. Estábamos atacando una botella mía de vino
barato.
—De acuerdo —dije—, tirad las monedas bien alto. Cazadlas con la palma

de la mano. Cuando diga «descubrid», comprobaremos el resultado.
Las tiramos al aire y las recogimos.
—¡Descubrid! —dije.
Yo era impar. Mierda. Veinte dólares, así de fácil.
—¡Tirad! —dije. Así hicimos.
—¡Descubrid! —dije.
Vencí otra vez.
—¡Tirad! —dije.

—¡Descubrid!
Pies Rápidos ganó.
Yo gané la siguiente vez.
Entonces le tocó a Jimmy.
Yo gané las otras dos veces.
—Esperad —dije—, tengo que mear.
Fui hasta el lavabo y meé. Habíamos acabado con la botella de vino. Abrí
la puerta del armario.
—Tengo otra botella de vino aquí —les dije.
Saqué casi todos los billetes de mi bolsillo y los tiré en el cajón. Volví,

abrí la botella y serví a todo el mundo.
—Mierda —dijo Pies Rápidos mirando su cartera—, estoy casi en la ruina.
—Yo también —dijo Jimmy.
—Me pregunto quién se llevó el dinero —repliqué yo.
No eran buenos bebedores. La mezcla del vino y el whisky fue mala para
ellos. Estaban tambaleándose un poco.
Pies Rápidos se cayó contra la cómoda tirando un cenicero al suelo. Se

partió en dos.
—Recógelo —dije.
—No recojo mierda —contestó.
—¡He dicho que lo recojas!
—No recogeré mierda.
Jimmy extendió la mano y recogió el cenicero.
—Salid de aquí —advertí.
—No me puedes echar —replicó Pies Rápidos.
—Muy bien —dije—, ¡tan sólo abre tu bocazaotra vez más, diuna
palabra más, y no serás luego capaz de sacar tu cabeza del agujero del culo!
—Vámonos, Pies Rápidos —dijo Jimmy.
Abrí la puerta y enfilaron por ella con paso inseguro. Les seguí hasta el

arranque de la escalera. Nos quedamos en pie unos instantes.
—Hank —dijo Jimmy—. Te veré de nuevo, tómatelo con calma.
—Muy bien, Jim...
—Escucha —empezó a decirme Pies Rápidos—. Tu...

Le aticé un directo a la boca. Se cayó de espaldas por las escaleras botando y dando vueltas. Era más o menos de mi mismo tamaño, un metro noventa y dos, y se podía oír el estrépito que causaba en toda la manzana. Dos filipinos y la patrona rubia estaban en el vestíbulo. Miraron a Pies Rápidos que yacía en el suelo, pero no se acercaron a él.
—¡Le has matado! —chilló Jimmy.
Bajó corriendo las escaleras y dio la vuelta al cuerpo de Pies Rápidos.
Pies Rápidos sangraba por la nariz y la boca. Jimmy sostuvo su cabeza y

alzó la vista para mirarme.
—Esto no ha estado bien, Hank...
—Sí. ¿Qué vais a hacer?
—Creo —dijo Jimmy— que volveremos para darte una buena...
—Espera un minuto —repliqué.
Volví a mi habitación y me serví un vaso de vino. No me gustaban los
vasos de papel de Jimmy y había estado bebiendo en una tarrina usada de gelatina. La etiqueta estaba aún pegada a un costado, manchada de
suciedad y vino. Volví a salir del cuarto.
Pies Rápidos estaba reviviendo. Jimmy le ayudaba a ponerse en pie.
Luego pasó el brazo de Pies Rápidos por encima de su hombro. Se quedaron

ahí plantados.
—¿Qué es lo que decías? —pregunté.
—Eres un tío feo, Hank. Necesitas que te enseñen una lección.
—¿Quieres decir que no soy guapo?
—Quiero decir que te comportas como un guarro...
—¡Llévate a tu amigo de aquí antes de que baje y acabe con él!
Pies Rápidos alzó su ensangrentada cabeza. Llevaba una florida camisa

hawaiana que ahora estaba salpicada de sangre.
Me miró y luego habló. Apenas pude oírle. Pero le oí. Sólo dijo:
—Voy a matarte...
—Sí —añadió Jimmy—, vendremos a por ti.
—¿AH sí, MAMONES? —vociferé—. ¡No ME VOY A NINGUNA PARTE! ¡CUANDO
QUERÁIS ME ENCONTRARÉIS EN LA HABITACIÓN NÚMERO 5! ¡OS ESTARÉ ESPERANDO!
HABITACIÓN NÚMERO 5. ¿OS ACORDARÉIS? ¡Y LA PUERTA ESTARÁ ABIERTA!

Alcé la tarrina de gelatina y bebí el vino. Luego les arrojé la tarrina. Lancé la tarrina con todas mis fuerzas pero mi puntería fue mala. Rebotó en la pared de la escalera, luego en el vestíbulo y pasó entre la patrona y los dos filipinos.
Jimmy se giró con Pies Rápidos camino hacia la salida y comenzaron a
andar lentamente. Fue un trayecto tedioso y agónico.
Volví a oír a Pies Rápidos; medio gimiendo y medio llorando, decir: «¡le
mataré... le mataré!»
Por fin cruzaron la puerta y desaparecieron.

La rubia patrona y los dos filipinos aún seguían en el vestíbulo mirándome. Yo estaba descalzo y llevaba cinco o seis días sin afeitarme. Necesitaba un corte de pelo. Sólo me peinaba una vez al día, por la mañana, y luego no me preocupaba más. Mis profesores de gimnasia siempre se estaban metiendo con mi postura:
—¡Tira loshombros hacia atrás! ¡Por qué miras alsuelo! ¿Qué coño hay
ahíab ajo?

Yo nunca crearía ninguna moda o estilo. Mi camiseta blanca estaba manchada con vino y repleta de quemaduras de cigarrillos y puros, con círculos de sangre y vómito. Además eramuy pequeña y no cubría mi ombligo. Y mis pantalones también me iban pequeños y no llegaban a cubrirme el tobillo y se ceñían fuertemente.
Los tres estaban plantados ahí abajo mirándome. Les devolví la mirada.
—¡Oíd, muchachos, subid a beber un trago!

Los dos hombrecillos se miraron e hicieron muecas. La patrona, una Carole Lombard desvaída, me miró impasible. Señorita Kansas, la llamaban. ¿Estaría enamorada de mí? Llevaba zapatos rosas de tacón alto y un traje de brillantes lentejuelas negras que me lanzaban pequeños destellos. Sus pechos eran algo que un mero mortal jamás podría ver, sólo los reyes, dictadores, gobernantes y filipinos.
—¿Alguien tiene un cigarrillo? —pregunté—. Me he quedado sin ninguno.

El hombrecillo oscuro que estaba en pie a un lado de la señorita Kansas hizo un leve movimiento con su mano derecha hacia el bolsillo de su chaqueta y un paquete de Camel saltó en el aire del vestíbulo. Hábilmente cogió el paquete con la otra mano. Con el invisible golpecito de un dedo en la base del paquete un cigarrillo sobresalió, largo, verídico, singular y expuesto, listo para ser cogido.
—¡Vaya, mierda, gracias! —dije.

Empecé a bajar las escaleras, di un paso en falso, casi me caigo y hube de agarrarme al pasamanos para enderezarme, reajustar mis percepciones y seguir bajando. ¿Estaba borracho? Me acerqué al hombrecillo que sostenía el paquete e hice una pequeña reverencia.

Cogí el Camel, lo tiré al aire, lo recogí y me lo embutí en la boca. Mi moreno amigo permaneció inescrutable, su mueca desaparecida al bajar yo las escaleras. Mi pequeño amigo se inclinó hacia adelante, cubriendo con el cuenco de sus manos una llama, y encendió mi cigarrillo.
Inhalé, exhalé.
—Escuchad, ¿por qué no subís todos a mi habitación y nos tomamos un
par de tragos?
—No —dijo el tío enano que había encendido mi cigarrillo.
—Quizás podamos oír a Beethoven o Bach en la radio. Soy un tío
educado, ¿sabéis? Soy estudiante...
—No —dijo el otro hombrecillo.
Pegué una gran calada del cigarrillo y luego miré a Carole Lombard, alias
señorita Kansas.
Luego volví a mirar a mis dos amigos.
—Ella esvuestra. Yo no la quiero. Ella es vuestra. Tan sólo venid arriba.
Beberemos un poco de vino. En la magnífica habitación número 5.

No hubo respuesta. Yo me balanceaba un poco sobre mis pies a medida que el vino y el whisky luchaban por poseerme. Dejé que el cigarrillo colgara de la comisura de mi boca mientras enviaba una voluta de humo. Continué oscilando el cigarrillo de ese modo.

Yo ya sabía lo de los estiletes. En el poco tiempo que llevaba ahí había visto dos representaciones con estilete. Desde mi ventana una noche, asomado para oír las sirenas, vi un cuerpo justo debajo de la ventana en la acera de la calle Temple, iluminado por la luna y los faroles. Y en otra ocasión también otro cuerpo. Noches del estilete. Una vez fue un blanco y la otra uno de ellos. En cada una de ellas la sangre corría por el pavimento, sangre verdadera, fluyendo por el suelo hasta caer en un sumidero, podías ver cómo goteaba en el sumidero sin sentido alguno... podía cabertanta sangre en un solo hombre.

—De acuerdo, amigos míos —les dije—. Sin rencor. Beberé solo.
Me di la vuelta y comencé a subir la escalera.
—Señor Chinaski —oí que decía la voz de la señorita Kansas.
Me giré y la miré, flanqueada como estaba por mis dos pequeños amigos.
—Vaya a su habitación y duerma. Si causa usted alguna otra molestia,

llamaré al Departamento de Policía de Los Angeles.
Me giré y seguí subiendo la escalera.
No es posible vivir en ningún lado, ni en esta ciudad, ni en este sitio, ni
en esta jodida existencia es posible la vida.
Mi puerta estaba abierta. Entré. Quedaba un tercio de botella de vino
barato.
—¿Quizás quedaba otra botella en el armario?

Abrí la puerta del armario. Ninguna botella. Pero sí decenas y veintenas de billetes por todos lados. Había un rollo de veinte metido en un par de zapatos viejos con agujeros en la suela; y en el cuello de una camisa colgaba un billete de diez; y en una vieja chaqueta otros diez asomaban en un bolsillo. La mayor parte del dinero estaba en el suelo.
Recogí un billete, lo metí en el bolsillo de mi pantalón, fui hasta la puerta,
la cerré y di vueltas a la llave; luego bajé la escalera camino al bar.

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domingo, 3 de abril de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 53

Yo solía volver de clase bajando la colina de Westview. Nunca llevaba libros en la mano. Aprobé mis exámenes asistiendo a las clases y adivinando las respuestas. Jamás tuve que empollar los exámenes y conseguí las calificaciones «C» de aprobado. Y mientras bajaba la colina me metí en una enorme tela de araña. Empecé a romperla y quitármela de encima mientras buscaba a la araña. Entonces la vi: era una enorme y negra hija de puta. La aplasté. Había aprendido a odiar a las arañas. Cuando fuera al infierno, me devoraría una araña.

Durante toda mi vida en ese vecindario me había metido en telas de arañas, me habían atacado los cuervos y había vivido con mi padre. Todo era eternamente triste, sombrío y maldito. Incluso el tiempo era un tiempo de perros. O era insoportablemente cálido durante semanas o, si llovía, llovía durante cinco o seis días. El agua anegaba los jardines y penetraba en las casas. Quienquiera que fuera el que diseñó el sistema de drenaje, probablemente había sido bien pagado por su ignorancia en la materia.

Y mis propios asuntos iban de mal en peor, tal como cuando nací. La única diferencia era que ahora podía beber de vez en cuando, aunque nunca lo suficiente. El beber era lo único que evitaba que un hombre se sintiera desplazado e inútil. Todo lo demás era luchar y luchar, abriéndose paso a tajos. Y nada era interesante, nada. Todo el mundo era igual, reprimiéndose y controlándose. Y yo tenía que vivir con esos mamones el restode mis días, pensé. ¡Dios mío! Todos tenían un agujero en el culo y órganos sexuales y bocas y sobacos. Se sentaban y charloteaban y eran tan estúpidos como la cagada de un caballo. Las chicas tenían buen aspecto vistas a distancia, con el sol filtrándose entre sus ropas y cabellos. Pero cuando se acercaban y mostraban sus cerebros a través de la cháchara de sus bocas, te sentías con ganas de excavar una trinchera en una colina y esconderte con una ametralladora. Verdaderamente nunca sería capaz de ser feliz, casarme y tener hijos. Demonios, ni siquiera podía obtener trabajo como lavaplatos.

A lo mejor podría ser un asaltante de bancos. Algo realmente emocionante. Algo con relumbre y pasión. Sólo tenemos una oportunidad. ¿Por qué ser un limpiaventanas?
Encendí un cigarrillo y seguí bajando la colina. ¿Era yo el único en
agobiarme por un futuro sin posibilidades?

Vi otra de esas grandes arañas negras. Yacía en su telaraña justo a la altura de mi cara y en medio del camino. Cogí el cigarrillo y lo aplasté contra ella. La enorme araña se agitó de tal modo que las ramitas del arbusto donde afianzaba su telaraña se movieron. Saltó de su telaraña y cayó sobre la acera. Asesinas cobardes, todas eran unas cobardes asesinas. La aplasté con el zapato. Un día útil, había matado dos arañas y trastocado el equilibrio de la naturaleza, ahora nos iban a devorar los mosquitos y las moscas.

Seguí bajando la colina, estaba cerca del final cuando un gran arbusto empezó a agitarse. La Reina de las Arañas me perseguía. Avancé a su encuentro.
Mi madre saltó a la acera desde detrás del arbusto. —¡Henry, Henry! ¡No
vayas a casa, no vayas a casa, tu padre te matará!
—¿Y cómo va a hacerlo? Puedo darle de azotes en el trasero.
—¡No, estáfurioso, Henry! ¡No vayas a casa, te matará! ¡Te he estado
esperando durante horas!
Los ojos de mi madre se habían ensanchado por el miedo y tenían un

bello color castaño.
—¿Qué está haciendo en casa tan temprano?
—¡Tenía dolor de cabeza y le concedieron la tarde libre!
—Creí que estabas trabajando, ¿acaso no has encontrado un nuevo

trabajo?
Ella había conseguido por fin trabajo como guardesa de una casa.
—¡Vino y me recogió! ¡Estáfurio so! ¡Temata rá!
—No te preocupes, mamá, si intenta algo en contra mía voy a darle una

patada en el culo, te lo prometo.
—Henry, ¡ha encontrado tus narraciones y las ha leído!
—Jamás le pedí que lo hiciera.
—¡Las encontró en un cajón! ¡Las ha leído todas!

Yo había escrito diez o doce historias cortas. Dale a un hombre una máquina de escribir y se convierte en escritor. Había escondido las narraciones bajo el papel del fondo del cajón donde guardaba mis calzoncillos y calcetines.
—Bueno —dije—, el viejo ha estado rebuscando y se ha quemado los
dedos.
—¡Dijo que iba a matarte! ¡Dijo que ningún hijo suyo podía escribir
historias semejantes y vivir bajo el mismo techo que él!

La cogí por el brazo.
—Vamos a casa, mamá, y veamos qué es lo que hace...
—¡Henry, ha tirado todas tus ropas sobre el césped, toda tu ropa sucia,
tu máquina de escribir, tu maleta y tus narraciones!

—¿Mis narraciones?
—Sí, esas también...
—¡Le mataré!
Me separé de ella, crucé la calle 21 y bajé por la Avenida Longwood. Ella

me siguió.
—¡Henry, Henry, no vayas a casa!
La pobre mujer se aferraba a mi camisa.

—Henry, escucha, ¡consíguete una habitación en cualquier sitio! ¡Henry, tengo diez dólares! ¡Coge estos diez dólares y alquila una habitación en algún sitio!
Me giré. Ella sostenía los diez dólares en la mano.

—Olvídalo —contesté—, voy a ir.
—¡Henry, coge el dinero! ¡Hazlo por mí! ¡Hazlo por tu madre!
—Bueno, de acuerdo...
Cogí los diez y me los embutí en el bolsillo del pantalón.
—Gracias, es un montón de dinero.
—Está bien así, Henry. Te quiero, Henry, pero tienes que irte.

Corrió delante mío mientras me acercaba a casa. Entonces lo vi: todo estaba esparcido por el césped, todas mis ropas, limpias y sucias, la maleta abierta, calcetines, pijamas, camisas, un abrigo viejo, todo tirado por todos lados, sobre el césped y la acera. Y vi cómo el viento se llevaba mis manuscritos arrojándolos contra el sumidero y contra todas partes.
Mi madre corrió por la acera hasta la casa y yo grité de forma que
pudiera oírme:
—¡DILE QUE SALGA AQUÍ, QUE VOY A PARTIRLE LA CABEZA EN DOS!

Primero recogí mis manuscritos. Ese era el más bajo de los golpes, hacerme eso a mí. Era la única cosa que no tenía derecho a tocar. A medida que recogía las hojas del sumidero, del césped y la acera, comencé a sentirme mejor. Recogí todas las que pude, las metí en la maleta asentándolas bajo un zapato, y luego rescaté la máquina de escribir. Su maletín se había roto pero parecía estar bien. Miré todos mis andrajos esparcidos en derredor. Dejé la ropa sucia y los pijamas, que sólo eran un par, y de los desechados por él. No había gran cosa más que recoger. Cerré la maleta, recogí la máquina de escribir y comencé a andar. Pude ver dos caras atisbando tras las cortinas. Pero en seguida me olvidé mientras subía por Longwood, cruzaba la calle 21 y subía la colina de Westview. No me sentía muy distinto a como siempre me había sentido. Ni alegre ni deprimido; todo parecía ser sólo una continuación. Iba a coger el tranvía «W», cambiar de línea luego e ir a algún lugar del centro.

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sábado, 2 de abril de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 52

La guerra estaba yendo bastante bien en Europa. Al menos para Hitler. La mayoría de los estudiantes no se pronunciaban sobre el tema. Pero los profesores auxiliares eran casi todos izquierdistas y antihitlerianos. Parecía no haber derechistas entre los profesores, exceptuando al señor Glasgow, de Económicas, y lo era con discreción.

Lo correcto, intelectual y popular, era ir a la guerra contra Alemania para detener el avance del fascismo. En mi caso no tenía ningunas ganas de ir a la guerra para salvar mi modo actual de vida o el posible futuro que me esperaba. Yo no tenía Libertad. No tenía nada. Con Hitler quizás obtuviera un coño de cuando en cuando y una paga semanal de más de un dólar. Además, como había nacido en Alemania, tenía una cierta lealtad natural y no me gustaba ver cómo equiparaban a todos los alemanes con monstruos e idiotas. En los cines aceleraban las imágenes de las noticias para hacer que Hitler y Mussolini parecieran locos frenéticos. También, con todos los profesores en contra de Alemania, descubrí que personalmente me era imposible simplemente estar de acuerdo con ellos. Sin sentirme alienado, pero sí naturalmente contrariado, decidí oponerme a sus puntos de vista. Nunca había leído el Mein Kampf ni tenía deseos de hacerlo. Para mí, Hitler sólo era otro dictador, sólo que, en vez de mis regañinas a la hora de cenar, probablemente me volara los sesos o las pelotas si iba a la guerra a intentar pararle.

Algunas veces, cuando los profesores hablaban y hablaban sobre los horrores del nazismo (nos enseñaron a escribir «nazi» con «n» minúscula, incluso si encabezaba una frase) y el fascismo, yo me ponía en pie de un brinco y soltaba algún comentario:
—¡La supervivencia de la raza humana depende de una selección
responsable!
Lo que significaba: vigila con quién te vas a la cama; pero yo sólo sabía
eso. Realmente mosqueaba a todo el mundo.
No sé de dónde sacaba mis discursitos:
—Uno de los errores de la democracia es que el voto universal da lugar a
un líder común que nos conduce a una vida vulgar, apática y predecible.

Evitaba cualquier referencia directa a los judíos y los negros, los cuales nunca me habían ocasionado ningún problema. Todos mis problemas provenían de los blancos no judíos. Por lo tanto yo no era un nazi por temperamento o elección; fueron los profesores los que me hicieron seguir esa línea por parecerse y pensar como ellos y encima tener un prejuicio antialemán. Además yo había leído por ahí que si un hombre no creía o entendía verdaderamente la causa a la cual se adhería, de algún modo podía ser más convincente, lo que me daba una considerable ventaja sobre los profesores.

—Entrenad un caballo de tiro para convertirlo en uno de carreras y obtendréis un híbrido que no es ni veloz ni fuerte. ¡Una nueva Raza Dominadora surgirá de la selección premeditada y útil!

—No hay guerras buenas o malas. Lo único malo de una guerra es perderla. En todas las guerras ambos lados creen pelear por una Buena Causa. No se trata de saber quién tiene o no la razón, ¡se trata de comprobar quién tiene los mejores generales y el mejor ejército!
Me encantaba. Podía demostrar todo lo que me daba la gana.

Por supuesto estaba separándome más y más de las chicas. Pero de todos modos nunca había estado cerca. Creí que a causa de mis arrebatados discursos estaba solo en el campus, pero no fue así. Algunos más me habían escuchado. Un día, mientras me encaminaba a la clase de Reportajes de Actualidad, oí que alguien seguía mis pasos. Nunca me gustó que nadie me siguiera de cerca. Por eso me giré mientras andaba. Era el Delegado general de los estudiantes, Boyd Taylor. Era muy popular entre los estudiantes, el único tipo en la historia de la Universidad que había sido elegido Delegado por segunda vez.
—Oye, Chinaski, quiero hablar contigo.

Nunca me había fijado mucho en Boyd, era el típico joven americano bien parecido y con un futuro garantizado, siempre vestido con corrección, simpático y gentil, con cada pelo de su bigote perfectamente atusado. No tenía idea de cuál era su atractivo para los estudiantes. Se puso a mi lado y anduvo conmigo.
—¿No crees que no es bueno para ti, Boyd, que te vean caminar

conmigo?
—Ese es mi problema.
—De acuerdo. ¿Qué pasa?
—Chinaski, esto es sólo entre tú y yo, ¿entiendes?
—Claro.
—Escucha, no tengo fe en las acciones o ideales de tipos como tú.
—¿Entonces?
—Pero quiero que sepas que si ganáis, aquí y en Europa, aceptaría con
agrado estar a vuestro lado.
Sólo pude mirarle y reír.
Se quedó plantado mientras yo seguía andando. Nunca te fíes de un
hombre que tiene el bigote perfectamente igualado...

También otros habían estado escuchando. Saliendo de la clase de Reportajes de Actualidad, me encontré con Baldy que estaba con un chico de un metro cincuenta de alto por noventa centímetros de ancho. La cabeza del chico estaba hundida en sus hombros, tenía un cráneo totalmente redondo, orejas pequeñas, cabello perfilado, ojos de guisante y una boca pequeña y húmeda.
Un desquiciado, pensé, quizás un asesino.
—¡OYE, HANK! —aulló Baldy.

Me aproximé.
—Creí que habíamos acabado, LaCrosse.
—¡Oh, no! ¡Todavía quedangran des cosas por hacer!
¡Mierda! ¡Baldy también era uno de ésos!
¿Por qué la idea de la Raza Superior no atraía más que a los disminuidos
mentales y físicos?
—Quiero que conozcas a Igor Stirnov.
Me acerqué y nos dimos la mano. El apretó la mía con todas sus fuerzas.

Realmente me hizo daño.
—Suéltame —dije— o te voy a partir el cuello.
Igor me soltó.
—No confío en la gente que estrecha las manos con blandura. ¿Por qué lo
haces tú?
—Hoy estoy débil. Quemaron mi tostada del desayuno y al mediodía se

me cayó el batido de chocolate.
Igor se volvió hacia Baldy.
—¿Qué le pasa a este chico?
—No te preocupes por él. Actúa a su modo.
Igor volvió a mirarme.
—Mi padre era ruso blanco. Durante la Revolución le mataron los rojos.

¡Tengo que vengarme de esos bastardos!
—Ya veo...
Entonces otro estudiante se nos acercó.
—¡Oye, Fenster! —aulló Baldy.

Fenster se aproximó. Nos dimos la mano. Yo apenas apreté. No me gustaba dar la mano. El nombre de Fenster era Bob. En una casa de Glensdale iba a celebrarse una reunión, Americanos por el Partido Americano. Fenster era el representante por la Universidad. Fenster se fue y Baldy se inclinó para susurrarme en el oído:
—¡Son nazis!

Igor tenía un coche y cuatro litros de ron. Nos encontramos frente a la casa de Baldy. Igor pasó la botella. Buen licor, realmente quemaba las membranas de mi garganta. Igor conducía el coche como si fuera un tanque, sin detenerse en las señales de stop. La gente tocaba el claxon mientras pisaban el freno e Igor les blandía una pistola réplica de las de verdad.
—Oye, Igor —dijo Baldy—, muestra tu pistola a Hank.
Igor estaba conduciendo. Baldy y yo estábamos sentados atrás. Igor me
tendió la pistola. La miré.
—¡Es fantástica! —dijo Baldy—. La talló en madera y la pintó con betún

de zapatos. Parece de verdad, ¿no es cierto?
—Sí —contesté—. Incluso ha perforado un agujero en el cañón.
Devolví la pistola a Igor.
—Muy bonita —dije.
Me volvió a pasar el ron. Me pegué un trago y pasé la botella a Baldy. El
se quedó mirándome y dijo:
—¡Heil Hitler!
Fuimos los últimos en llegar. Era una casa grande y bonita. En la puerta
nos salió al paso un tipo gordo que tenía el aspecto de alguien que se había pasado toda la vida comiendo castañas junto al fuego. Parecía que los padres no estaban por ahí. Su nombre era Larry Kearny. Le seguimos a través del caserón y bajamos una escalera larga y oscura. Todo lo que yo podía distinguir eran los hombros y la nuca de Kearny. Evidentemente era un tipo bien alimentado y parecía mucho más saludable que Baldy, Igor o yo mismo. A lo mejor podíamos aprender algo allí.

Llegamos al sótano y encontramos varias sillas. Fenster nos hizo un signo aprobatorio con la cabeza. Había otros siete tipos que no conocía. Sobre un estrado se alzaba una mesa. Larry subió al estrado y se plantó tras la mesa. Detrás suyo, sobre la pared, se extendía una bandera americana. Larry se irguió muy erecto.

—¡Ahora juraremos nuestra lealtad a la bandera americana!
¡Dios mío! —pensé—. ¡Me he equivocado de sitio!
Nos alzamos y proferimos nuestros juramentos, pero yo me paré después
de «juro por»... y no dije qué.

Nos sentamos. Larry comenzó a hablar parapetado tras la mesa. Explicó que, ya que era la primera reunión que él presidía, cuando tuviéramos dos o más reuniones, cuando nos conociéramos entre nosotros, podríamos elegir un presidente. Pero mientras tanto...

—Nos enfrentamos, en América, a dos severas amenazas a nuestra libertad. Por un lado el azote del comunismo y por otro el alzamiento negro. A menudo trabajan conjuntamente. Nosotros, verdaderos americanos, nos reunimos aquí en un intento de contrarrestar este azote, esta amenaza. ¡Ha llegado hasta tal punto que ninguna chica blanca y decente puede andar por la calle sin ser acosada por un macho negro!
Igor pegó un brinco.
—¡Los mataremos!

—Los comunistas quieren arrebatarnos la riqueza por la que tanto hemos trabajado, por la que nuestros padres se desvivieron ysus padres antes que ellos se mataron a trabajar. ¡Los comunistas quieren entregar nuestro dinero a todo negro, homosexual, vagabundo, asesino y exhibicionista que camina por nuestras calles!
—¡Los mataremos! —¡Hemos de detenerlos! —¡Nos armaremos!
—Sí, nos armaremos. ¡Nos armaremos y reuniremos aquí para formular
un Plan Maestro para salvar a América!
El grupo entero aplaudió. Dos o tres vociferaron: «¡Heil Hitler!» Entonces
llegó el momento-de-conocernos-entre-nosotros.

Larry nos pasó unas cervezas frías y formamos pequeños corros para charlar, sin decirnos gran cosa, excepto que necesitábamos hacer mucho tiro al blanco para luego saber utilizar nuestras armas cuando llegara el momento.

Cuando fuimos a la casa de Igor tampoco parecía que estuvieran en ella sus padres. Igor cogió una sartén, puso en ella cuatro trozos de mantequilla y comenzó a derretirlos. Cogió el recipiente del ron, vertió una cantidad generosa y la calentó junto a la mantequilla.
—Esto es lo que beben los hombres —dijo. Luego observó a Baldy—.
¿Eres un hombre, Baldy?
Baldy ya estaba borracho. Se mantenía muy erguido con los brazos cayéndole a los costados.
—¡Sí, SOY UN HOMBRE! —y comenzó a llorar. Las lágrimas se deslizaron por
su rostro—. ¡Soy UN HOMBRE! —Se mantenía muy erguido y mientras rodaban

los lagrimones vociferaba—: ¡HEIL HITLER!
Igor me miró fijamente.
—¿Eres un hombre?
—No lo sé. ¿Está ya listo ese ron?
—No sé si confiar en ti. No estoy seguro de que seas uno de los nuestros.

¿Acaso eres un espía doble? ¿Eres un agente del enemigo?
—No.
—¿Eres uno de nosotros?
—No lo sé. Sólo estoy seguro de una cosa.
—¿Cuál es?
—No me caes bien. ¿Está ya preparado el ron?
—¿Ves? —dijo Baldy— . ¡Te dije que era un tipo despreciable!
—Veremos quién es el más despreciable cuando se acabe la noche —
contestó Igor.

Igor vertió la mantequilla derretida junto al hirviente ron, luego apagó el fuego y removió la mezcla. No me caía bien él, pero ciertamente era distinto y eso me gustaba. Encontró tres copas grandes y azules, con letras rusas inscritas en ellas. Vertió el ron con mantequilla en las copas.
—Muy bien —dijo— ¡bebeoslo!
—Mierda, está hirviendo —dije mientras trasegaba la copa. Estaba
demasiado caliente y atufaba a mantequilla.

Observé cómo Igor se bebía la suya. Vi sus pequeños ojos de guisante asomar por el borde de la copa. Se las arregló para trasegarlo mientras ríos de mantequilla con ron caían por las comisuras de su boca. El estaba estudiando a Baldy. Baldy permanecía plantado en píe observando su copa. Yo sabía desde tiempo antes que Baldy no tenía una afición natural a la bebida.

Igor miraba fijamente a Baldy.
—¡Bébelo!
—Sí, Igor, sí...

Baldy alzó la copa azul. Lo estaba pasando mal. Estaba demasiado caliente para él y no le gustaba cómo sabía. La mitad del contenido se deslizó por su barbilla y cayó sobre su camisa. La copa vacía se estrelló

contra el suelo de la cocina.
Igor se plantó frente a Baldy.
—¡Tú no eres un hombre!
—¡SOY UN HOMBRE, IGOR!¡SOY UN HOMBRE!
—¡MIENTES!
Igor le golpeó con un revés y la cabeza de Baldy cayó hacia un lado.
Propinó otro revés y enderezó la cabeza de Baldy. Este se puso firmes

manteniendo los brazos rígidos a los costados.
—Soy... un... hombre... Igor permaneció frente a él.
—¡Haré un hombre de ti!
—Vale —le dije a Igor—, déjale solo.
Igor salió de la cocina. Me serví otro ron. Era una bebida asquerosa pero
no había nada más.
Igor entró en la cocina. Estaba empuñando un revólver, un revólver de

verdad de seis tiros.
—Vamos a jugar ahora a la ruleta rusa —anunció.
—Sí, con el coño de tu madre —contesté.
—Yo jugaré, Igor —dijo Baldy—. ¡Jugaré! ¡Soy unho mbre!
—De acuerdo —contestó Igor—, sólo hay una bala en el revólver. Giraré
el tambor y te pasaré el revólver.
Igor dio vueltas al tambor y entregó el revólver a Baldy. Baldy lo cogió y
apuntó a su cabeza.
—Soy un hombre... soy un hombre... ¡lo haré! —Comenzó a llorar de
nuevo—. ¡Lo haré... porque soy un hombre...!
Baldy desvió la boca del revólver de su sien. Apuntó a otro sitio y apretó
el gatillo. Sonó un click.
Igor volvió a coger el arma, giró el tambor y me la tendió. Yo se la
devolví.
—Tú primero.
Igor volvió a girar el tambor, sostuvo el revólver contra la luz de modo
que viera la recámara y luego se lo aplicó a la sien. Sonó un click.
—Magnífico —dije—. Has mirado en la recámara para ver dónde estaba la

bala.
Igor dio vueltas al tambor y me pasó el revólver.
—Es tu turno.
Le devolví el arma.
—Guárdatelo —le repliqué.
Me aproximé a los fuegos para servirme otro ron. Mientras lo hacía sonó
un disparo. Miré al suelo. Al lado de mi pie, en el suelo de la cocina, había

un agujero de bala.
Me giré en redondo.
—Si vuelves a apuntarme con esa cosa otra vez, te mataré, Igor.
—¿Ah sí?
—Sí.

Permaneció frente a mí sonriendo. Lentamente comenzó a elevar el revólver. Yo esperé. Al poco lo bajó. Ya bastaba por esa noche. Fuimos hasta el coche e Igor nos llevó hasta casa. Pero primero paramos en el Parque Westlake, alquilamos una barca y remamos por el lago hasta acabarnos el ron.Con el último sorbo, Igor cargó el revólver y efectuó varios disparos contra el fondo de la barca. Estábamos a treinta metros de la orilla y tuvimos que nadar...

Era muy tarde cuando llegué a casa. Me arrastré sobre el arbusto de las bayas y trepé por la ventana. Me desvestí y fui a la cama mientras en la habitación próxima mi padre roncaba.

ENLACE " CAPITULO 53 "

viernes, 1 de abril de 2011

MI COLEGA de CHARLES BUKOWSKI

Para ser un chico de 21 años en Nueva Orleans yo no valía mucho
la pena: Tenia una pequeña habitación que olía a
meados y muerte
pero quería estar allí, y habían
dos adorables chicas al final del vestíbulo quienes
no paraban de golpear a mi puerta y gritar. "Levántate!
Hay cosas buenas allá afuera !"

"Lárguense," les decía, pero eso solo las
estimulaba más, me dejaban notas bajo la puerta y
pegaban flores con cinta adhesiva al
pomo de la puerta

Yo estaba metido en vino barato y cerveza verde y
demencia...

Conocí al viejo tío de la habitación de
al lado, de algún modo yo me sentía viejo como
él; sus pies y tobillos estaban hinchados y no podía
atarse los zapatos.

Cada día sobre la una del mediodía salíamos a dar un paseo
juntos y era un paseo muy
lento: Cada paso era doloroso para
él.

Cuando nos acercábamos al bordillo, yo le ayudaba a
subir y bajar
agarrándole por el codo
y por la parte de atrás de su
cinturón, lo conseguíamos.

Me gustaba: nunca me cuestiono
sobre que hacia o que dejaba de
hacer.

El debería de haber sido mi padre, y lo que más me gustaba
era lo que decía una y
otra vez: "Nada vale la
pena".

Era un
sabio.

Aquellas chicas jóvenes deberían
de haberle dejado a él
las notas y las
flores.

Charles Bukowski.