jueves, 31 de marzo de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 51

Sólo conocí un estudiante en la Universidad que me gustara: Robert
Becker. El quería ser escritor.

—Voy a aprender todo lo que aquí me pueden enseñar sobre el arte de escribir. Va a ser como desmontar completamente un coche y luego montarlo de nuevo.
—Eso parece mucho trabajo —dije.
—Voy a hacerlo.
Becker era dos o tres centímetros más bajo que yo pero era rechoncho y
de fuerte complexión, con grandes hombros y brazos.
—Tuve una enfermedad infantil —me dijo—, tuve que estar en cama
durante un año apretando dos pelotas de tenis, una en cada mano. Sólo por

hacer eso he llegado a ser como soy.
Tenía un trabajo como mensajero nocturno y se pagaba las clases.
—¿Cómo obtuviste tu trabajo?
—Conocí a un tipo que conocía a un tipo.
—Seguro que te puedo dar una tunda.
—Quizás sí, quizás no. Sólo me interesa escribir.
Estábamos sentados en una habitación situada por encima del prado. Dos

chicos estaban mirándome.
Uno de ellos habló:
—¡Oye! —me preguntó—. ¿Te importa si te pregunto algo?
—Adelante.
—Bueno, solías ser un mariquita en la escuela elemental, me acuerdo de

ti. Y ahora eres un tío duro. ¿Qué pasó?
—No lo sé.
—¿Eres cínico?
—Probablemente.
—¿Eres feliz siendo cínico?
—Sí.
—¡Entonces no eres un cínico, porque los cínicos no son felices!
Los dos chicos ejecutaron unos pasos de vodevil y se fueron riendo.
—Te han hecho quedar mal —dijo Becker.
—No, exageraban demasiado.
—¿Eres cínico?
—Soy infeliz. Si fuera cínico, probablemente me sentiría mucho mejor.
Salimos de la habitación. Las clases se habían terminado. Becker quería
guardar sus libros en la taquilla. Nos acercamos hasta ellas y los guardamos.

Becker me pasó cinco o seis hojas de papel.
—Toma, lee esto. Es una narración breve.
Nos acercamos de nuevo a mi taquilla, la abrí y le tendí una bolsa de

papel.
—Toma un trago...
Era una botella de oporto.
Becker dio un sorbo y yo otro.
—¿Siempre guardas una botella en tu taquilla? —me preguntó.
—Lo intento.
—Escucha, esta noche libro. ¿Por qué no vienes y te presento a algunos

de mis amigos?
—La gente no me cae muy bien.
—Estos son tipos diferentes.
—¿Sí? ¿Dónde nos vemos? ¿En tu casa?
—No. Aquí, te escribiré la dirección... —empezó a escribir en un trozo de

papel.
—Escucha, Becker, ¿a qué se dedican esos amigos tuyos? —quise saber.
—Beben —dijo Becker.
Me guardé el papel en el bolsillo.

Esa noche después de cenar leí la narración de Becker. Era buena y me sentí celoso. Contaba cómo por la noche llevaba un telegrama en su bicicleta a una mujer hermosa. Su estilo era objetivo y claro y suavemente pudoroso. Becker reconocía estar influenciado por Thomas Wolfe, pero no se lamentaba y exageraba como hacía Wolfe. Su narración tenía sentimiento pero sin estar subrayado en letras de neón. Becker sabía escribir; sabía escribir mejor que yo.

Mis padres me habían conseguido una máquina de escribir y yo había intentado escribir algunas narraciones breves, pero sólo conseguí historias amargas y confusas. No es que fueran muy malas, pero parecían implorar, no tenían vitalidad propia. Mis historias eran más oscuras y extrañas que la de Becker, pero no servían. Bueno, una o dos de ellas me parecían buenas, pero creo que acerté por casualidad en lugar de dirigirlas desde el principio. Becker era claramente mejor. Quizás intentaría dedicarme a la pintura.

Esperé hasta que mis padres se hubieron dormido. Mi padre siempre roncaba fuertemente. Cuando le oí, abrí la ventana del dormitorio y me deslicé fuera cayendo sobre los arbustos de bayas. Al lado tenía el sendero y anduve lentamente en la oscuridad. Luego subí por la calle Longwood hasta la 21.a, torcí a la derecha y subí la colina por Westview hasta donde finalizaba la línea del «W». Pagué mi billete y anduve hasta la trasera del tranvía, me senté y encendí un cigarrillo. Si los amigos de Becker eran tan buenos como la narración que me había dado a leer, entonces iba a ser una noche de órdago.

Becker estaba ya en la dirección de la calle Beacon. Sus amigos estaban desayunando. Fui presentado. Estaba Harry, estaba Lana, estaba Tragón, Apestoso, estaba Pájaro de las Ciénagas, Ellis, Cara de Perro y, finalmente, estaba el Destripador. Todos sentados en torno a una gran mesa de desayuno. Harry tenía un trabajo legítimo en algún lugar, él y Becker eran los únicos que estaban empleados. Lana era la mujer de Harry, Tragón —su
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hijo— estaba sentado en una alta banqueta. Lana era la única mujer de la
reunión. Cuando me la presentaron, miró directamente a mis ojos y sonrió.

Todos eran jóvenes, delgados, y fumaban y liaban cigarrillos.
—Becker nos habló de ti —dijo Harry—. Dice que eres un escritor.
—Tengo una máquina de escribir.
—¿Vas a escribir sobre nosotros? —preguntó Apestoso.
—Prefiero beber.
—Perfecto. Vamos a hacer un concurso de bebida. ¿Tienes algún dinero?
—preguntó Apestoso.
—Dos dólares...
—Vale, la apuesta entonces es de dos dólares. ¡Que cotice todo el
mundo! —dijo Harry.
Eso hacía dieciocho dólares. El dinero tenía buen aspecto tirado sobre la

mesa. Apareció una botella junto con unos pequeños vasos.
—Becker nos dijo que tú crees que eres un tipo duro. ¿Eres un tipo duro?
—Claro.
—Bien, vamos a verlo...

La luz de la cocina era muy brillante. El whisky era puro, un whisky amarillo oscuro. Harry llenó los vasos. Semejante delicia. Mi boca, mi garganta, no podían esperar. La radio estaba encendida. «¡Oh, Johnny, oh,
Johnny, cómo sabes amar!» cantaba alguien.
—¡Hasta el hígado! —dijo Harry.
No había modo que yo perdiera. Podía beber durante días. Nunca había
tenido demasiado de beber.

Tragón tenía un diminuto vaso frente a él. Al alzar nosotros los nuestros y beberlos, él alzó el suyo y bebió. Todo el mundo pensó que era divertido, yo no creí que fuera muy divertido el que un enano así bebiera, pero no dije

nada.
Harry sirvió otra ronda.
—¿Has leído mi narración corta, Hank? —preguntó Becker.
—Sí.
—¿Qué te pareció?
—Es buena. Estás preparado. Todo lo que necesitas ahora es un poco de
suerte.
—¡Hasta el hígado! —dijo Harry.
La segunda ronda no fue ningún problema, todos la ingerimos, incluso

Lana.
Harry me miró.
—¿Te gustaría vomitar la bebida, Hank?
—No.
—Bien. En caso que lo hicieras, tenemos a Cara de Perro para evitarlo.

Cara de Perro era dos veces más grande que yo. Era tan hastiante estar en el mundo. Cada vez que mirabas a tu alrededor, siempre había algún tipo listo para destrozarte sin darte tiempo a respirar. Miré a Cara de Perro.
—¡Hola, compañero!
—Compañero tu padre —contestó—. Limítate a beberte la copa.
Harry rellenó los vasos saltándose el de Tragón, sin embargo, lo que
aprecié. Muy bien, los alzamos y bebimos. Entonces Lana pasó de la
competición.
—Mañana alguien tendrá que limpiar todo esto y despertar a Harry para
que trabaje —dijo.

Se sirvió la siguiente ronda. Justo en ese momento se abrió la puerta de sopetón y un chico grandón y bien parecido de unos 22 años entró corriendo en la habitación.
—Mierda, Harry —dijo—, ¡escóndeme! ¡Acabo de atracar una maldita
gasolinera!
—Mi coche está en el garage —replicó Harry—. ¡Túmbate en el suelo del
asiento trasero y quédate ahí!

Bebimos. Se sirvió otra ronda. Apareció una nueva botella. Los dieciocho dólares aún estaban en el centro de la mesa. Todos seguíamos en el asunto excepto Lana. Iba a hacer falta mucho whisky para derrotarnos.
—Oye —pregunté a Harry—, ¿no nos vamos a quedar sin bebida?
—Muéstrale, Lana...

Lana abrió las puertas superiores de un armario. Pude ver hileras e hileras de botellas de whisky, todas de la misma marca. Parecía ser el botín producto del asalto a un camión, y probablemente lo era. Y esos eran los miembros de la banda: Harry, Lana, Apestoso, Pájaro de las Ciénagas, Ellis, Cara de Perro y el Destripador, tal vez Becker y, seguramente, el chaval joven que se escondía ahora en el asiento trasero del coche de Harry. Me sentí honrado por beber con una parte tan activa de la población de Los Angeles. Dedicaría mi primera novela a Robert Becker. Y sería una novela mejor que la de «El Tiempo y el Río».
Harry siguió sirviendo rondas y seguimos trasegándolas. La cocina estaba
azulada por el humo de los cigarrillos.

Pájaro de las Ciénagas se retiró el primero. Tenía una larguísima nariz y sólo sacudió la cabeza, no más, no más, y todo lo que podías ver era su narizota oscilando entre la humareda azul.
Ellis fue el siguiente en caer derrotado. Tenía mucho pelo en el pecho
pero, evidentemente, no en sus pelotas.

Cara de Perro se retiró a continuación. Pegó un salto hasta el fregadero y vomitó. Al escucharle, Harry tuvo la misma idea y saltó hasta el cubo de basura, donde vomitó.
Con eso quedábamos Becker, Apestoso, Destripador y yo.
Becker fue el siguiente. Tan sólo cruzó los brazos sobre la mesa, apoyó la
cabeza, y se quedó frito.
—La noche es aún joven —dije—. Normalmente bebo hasta que sale el
sol.—¡Claro —dijo Destripador—, y también cagas en un cesto!

—Por supuesto, y tiene la forma de tu cabezota.
Destripador se levantó.
—¡Tú, hijo de perra! ¡Te voy a partir el culo!
Me lanzó un golpe a través de la mesa, falló y tiró la botella. Lana cogió

una fregona y limpió el suelo de líquido. Harry abrió otra botella.
—Siéntate, Des, o perderás la apuesta —dijo Harry.
Harry sirvió otra nueva ronda. La hicimos desaparecer.
Destripador se puso en pie, anduvo hasta la puerta trasera, la abrió y se
quedó mirando al cielo.
—Oye, Des, ¿qué demonios estás haciendo? —preguntó Apestoso.
—Estoy comprobando si tenemos luna llena.
—Bueno, ¿la hay?
No hubo respuesta. Oímos cómo caía por los escalones y aterrizaba sobre

el seto. Le dejamos allí.
Con eso quedábamos Apestoso y yo.
—Todavía no he visto a nadie derrotar a Apestoso —dijo Harry.
Lana acababa de acostar a Tragón. Volvió a la cocina.
—¡Jesús, hay cuerpos caídos por todos lados!
—Sirve más, Harry —dije yo.

Harry llenó el vaso de Apestoso y luego el mío. Sabía que no era capaz de bebérmelo, así que hice lo único que podía hacer. Pretendí que era algo fácil coger el vaso y beberlo de un trago. Apestoso se quedó mirándome.
—Vuelvo en seguida. Tengo que ir al cagadero.
Nos quedamos sentados esperando.
—Apestoso es un buen tipo —dije—. No deberías llamarle así. ¿Cómo se

ganó el apodo?
—No sé —contestó Harry—, alguien se lo puso.
—Ese chico escondido en tu coche. ¿Va a salir alguna vez?
—No hasta mañana.
Seguimos sentados esperando.
—Creo —dijo Harry— que es mejor que echemos un vistazo.

Abrimos la puerta del baño. Daba la impresión de que Apestoso no estaba en él. Entonces le vimos. Se había caído en la bañera. Sus pies sobresalían en un extremo. Sus ojos estaban cerrados y estaba

completamente ido. Volvimos a la mesa.
—El dinero es tuyo —dijo Harry.
—¿Qué tal si me dejáis contribuir algo por las botellas de whisky?
—Olvídalo.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, por supuesto.
Recogí el dinero y lo guardé en mi bolsillo delantero. Luego miré el vaso

de Apestoso.
—Es una pena desperdiciar este trago —dije.
—¿Quieres decir que vas a bebértelo? —preguntó Lana.
—¿Por qué no? Un trago para el camino...
Lo hice desaparecer.
—Muy bien, muchachos, ¡ha sido fantástico!
—Buenas noches, Hank.

Salí por la puerta trasera pasando por encima del cuerpo de Destripador. Encontré un callejón trasero y torcí a la izquierda. Anduve por él y vi un sedán Chevrolet de color verde. Me tambaleaba un poco a medida que me acercaba a él. Aferré la manija de la puerta trasera para afirmarme. La maldita puerta no estaba cerrada y se abrió de golpe haciéndome caer sobre la acera. Había luna llena y yo me di un fuerte golpe en el codo. El whisky me había subido de golpe. Me parecía imposible levantarme, pero tenía que hacerlo. Se suponía que yo era un chico duro. Me levanté y me caí contra la puerta medio abierta, afeitándome a ella, apoyándome en la manija. Permanecí un rato afirmándome y luego me senté en el asiento trasero del coche. Permanecí otro rato dentro. Luego comencé a vomitar. Me salió todo, vomité y vomité, cubriendo toda la trasera del Chevrolet. Luego volví a sentarme otro rato. Después me las arreglé para salir del coche. No me sentía tan mareado. Saqué mi pañuelo y limpié el vómito de mis pantalones y zapatos lo mejor que pude. Cerré la puerta del coche y seguí andando por el callejón. Tenía que encontrar el tranvía de la línea «W». Lo encontraría.

Y lo hice. Me subí en él. Bajé en la calle Westview, anduve por la 21.ay doblé al Sur por la Avenida Longwood hasta el número 2.122. Ascendí por el sendero del vecindario, encontré el arbusto de las bayas, trepé por encima de él y a través de la ventana abierta hasta entrar en mi dormitorio. Me desvestí y me metí en la cama. Debía de haberme tomado cerca de un litro de whisky. Mi padre roncaba aún, sólo que en ese momento de una forma más estruendosa y horrenda. De todos modos caí dormido.

Como siempre, llegué a la clase de Inglés del señor Hamilton con treinta minutos de retraso. Eran las 7.30 de la mañana. Me quedé fuera de la puerta y escuché. Estaban oyendo a Gilbert y Sullivan de nuevo. La misma canción sobre el mar y la Armada de la Reina. Hamilton no se cansaba de ellos. En el instituto tuve un profesor de Inglés que sólo nos hablaba de Poe, Poe, Edgar Allan Poe.
Abrí la puerta. Hamilton se acercó al tocadiscos y levantó la aguja. Luego
anunció a la clase:

—Cuando el señor Chinaski llega, sabemos que son las 7.30. El señor Chinaskisiempre llega a tiempo. El único problema es que es el tiempo incorrecto.
Hizo una pausa mirando a todas las caras de su clase. Parecía muy, muy
digno. Luego bajó la vista hasta mí.

—Señor Chinaski, da igual que llegue usted a las 7.30 o no llegue en absoluto. De cualquier modo le voy a calificar con una «D» en este curso 1.° de Inglés.
—¿Una «D», señor Hamilton? —pregunté con mi famoso gesto de burla—
. ¿Por qué no una «F»?
—Porque la «F», a veces, puede implicar la palabra «follar». Y no creo
que usted valga siquiera un polvo.
La clase entera aulló y rió y pateó y bramó. Yo me di la vuelta y salí
cerrando la puerta tras de mí. Crucé el vestíbulo oyendo aún sus carcajadas.

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miércoles, 30 de marzo de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 50

Todo el mundo hacía gimnasia a la misma hora. La taquilla de Baldy estaba en la misma fila que la mía y separada por otras cuatro o cinco taquillas. Me acerqué a la mía antes que los demás. Baldy y yo teníamos un problema similar. Odiábamos los pantalones de lana porque picaban terriblemente, pero a nuestros padres les encantaba que lleváramos prendas de lana. Yo había resuelto el problema, para Baldy y para mí, y le había hecho partícipe de mi secreto. Todo lo que tenías que hacer era llevar el pijama bajo los pantalones de lana.

Abrí la taquilla y me desvestí. Me quité los pantalones y el pijama y escondí el pijama en la parte de arriba de la taquilla. Me puse los pantalones de gimnasia justo cuando los otros chicos estaban comenzando a entrar.
Baldy y yo teníamos grandes anécdotas con los pantalones del pijama,
pero la de Baldy era la mejor. Había salido con su chica una noche para

bailar un poco y a la mitad de un baile su chica preguntó:
—¿Qué es eso?
—¿Qué es qué?
—Hay algo que sobresale de la pernera de tu pantalón.
—¿Qué?
—¡Dios Santo! ¡Llevas elpi jama bajo tus pantalones!
—¿Oh? Oh, eso... se me debe de haber olvidado...
—¡Me voy ahora mismo!
Nunca volvió a citarse con Baldy.
Todos los chicos se estaban poniendo la ropa de gimnasia. Entonces

Baldy entró y abrió su taquilla.
—¿Cómo te va, compañero? —le pregunté.
—Oh, hola, Hank...
—Tengo clase de Inglés a las 7 de la mañana. Es un buen modo de

comenzar el día, sólo que deberían llamarla clase de «apreciación musical».
—Oh, sí, Hamilton. He oído hablar de él. Je, je, je...
Me acerqué a él.

Baldy se había desabrochado los pantalones. Di un tirón y se los bajé. Aparecieron unos pantalones de pijama listados en verde. Intentó subirse los pantalones, pero yo era demasiado fuerte para él.
—¡MIRAD, COMPAÑEROS, MIRAD! JESUCRISTO, ¡AQUÍ TENÉIS UN TIPO QUE VIENE A
CLASE EN PIJAMA!
Baldy estaba forcejeando. Su rostro estaba cárdeno. Un par de chicos se
acercaron a mirar. Entonces yo hice lo peor. Pegué un manotazo a su pijama
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y lo bajé.
—¡Y VED ESTO!¡EL CABRONCETE NO ES SÓLO CALVO, SINO QUE APENAS TIENE POLLA!

¿QUÉ VA A HACER EL POBRECITO CUANDO SE ENFRENTE A UNA MUJER?
Un chicarrón que estaba cerca de mí dijo:
—Chinaski, ¡eres una basura!
—Sí —dijeron otros dos tipos—. Sí... sí... —oí varias voces más.
Baldy se subió los pantalones. Estaba llorando:
—¡Chinaski también lleva pijama! ¡Fueél quien hizo que yo los llevara!
¡Mirad en su taquilla, sólo mirad en su taquilla!
Baldy corrió hasta mi taquilla y abrió la puerta de par en par. Sacó toda
mi ropa pero no aparecieron los pantalones del pijama.
—¡Los ha escondido! ¡Los ha escondido en algún lugar!

Dejé mis ropas en el suelo y salí al campo cuando pasaban lista. Yo estaba en la segunda fila. Hice un par de flexiones y advertí que otro chicarrón estaba detrás de mí. Oí cómo pronunciaban su nombre, Sholom

Stodolsky.
—Chinaski —me dijo— eres una basura.
—No te metas conmigo, chaval. Tengo un temperamento muy inquieto.
—Bueno, pues me meto contigo.
—No me piques mucho, gordinflón.
—¿Conoces el sitio que hay entre el edificio de Biológicas y los campos de

tenis?
—Lo he visto.
—Te veré allí después de la gimnasia.
—Vale —contesté.

No aparecí. Después de la gimnasia pasé del resto de mis clases y cogí los tranvías necesarios para llegar a la plaza Pershing. Me senté en un banco y esperé ver algo de acción. Tuve que esperar mucho hasta que, finalmente, un ateo y un religioso comenzaron a discutir. No eran muy buenos. Yo era un agnóstico. Los agnósticos no tienen mucho que discutir. Dejé el parque y anduve bajando la Séptima hasta llegar a Broadway. Ese era el centro de la ciudad. No parecía haber gran cosa allí, sólo gente que esperaba que cambiaran los semáforos para que pudieran cruzar la calle. Entonces advertí que me comenzaban a picar las piernas. Me había dejado el pijama escondido en la taquilla. Había sido un día jodidamente estúpido desde el principio al fin. Salté a un tranvía de la línea «W» y me senté en la parte trasera mientras rodaba en dirección a casa.

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lunes, 28 de marzo de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 49

Busqué un trabajo durante todo el verano pero no pude encontrar ninguno. Jimmy Hatcher consiguió uno en una fábrica de aviones. Hitler estaba actuando en Europa y creando trabajos para los parados. Estuve con Jimmy el día que llenamos nuestros impresos de ingreso. Los rellenamos de igual modo, la única diferencia estaba en que en donde ponía «Lugar de Nacimiento» yo escribí Alemania y él Reading.

—Jimmy obtuvo un trabajo. Proviene del mismo instituto que tú y tiene tu edad —dijo mi madre—. ¿Por qué no conseguiste trabajo en la fábrica de aviones?
—Pueden distinguir a los que no les gusta trabajar —dijo mi padre—.
¡Todo lo que él desea hacer es sentarse sobre su culo haragán en el

dormitorio y escuchar su música sinfónica!
—Bueno, al chico le gusta la música. Eso es algo.
—¡Pero no haceNADA con esa afición! ¡No la convierte en algo útil!
—¿Qué debería hacer?
—Tendría que ir a un estudio de radio y decirles que le gusta ese tipo de

música y que le dieran trabajo radiándola. —Cristo, no se hace así, no es tan fácil. —¿Cómo lo sabes? ¿Lo has intentado? —Te lo puedo decir, así no se consigue.
Mi padre se introdujo en la boca una gran tajada de carne de cerdo. Una
grasienta porción colgaba de sus labios mientras mascaba. Era como si

tuviera tres labios. Luego lo deglutió todo y miró a mi madre.
—Ves, mamá, el chico no quiere trabajar.
Mi madre me miró:
—Henry, ¿por qué no tomas tu comida?

Finalmente se decidió que me matricularía en la Universidad de la Ciudad de Los Angeles. No había que abonar una fianza escolar y se podían comprar libros de segunda mano en la cooperativa de libros. Mi padre estaba simplemente avergonzado porque yo no trabajaba, y el ir a estudiar me haría obtener algo de respetabilidad. Eli LaCrosse (Baldy) había estado allí durante un curso. El me aconsejó.

—¿Cuál es la carrera más jodidamente fácil de aprobar? —le pregunté.
—Periodismo. Sus asignaturas son muy fáciles.
—De acuerdo. Seré periodista.
Miré el programa universitario.
—¿Y en qué consiste eso del Día de Orientación del que hablan aquí?


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—Oh, sáltate todo eso, es una mierda.
—Gracias por advertirme, compañero. En su lugar iremos a ese bar que

está al otro lado del campus y nos tomaremos un par de cervezas.
—¡Totalmente de acuerdo!
—Claro.

Tras el Día de Orientación venía aquel en que te apuntabas en las materias que te interesaban. La gente corría arriba y abajo frenéticamente con papeles y cuadernos. Yo había llegado en el tranvía. Cogí el «W» hasta Vermont y luego el «V» en dirección Norte hacia Monroe. No sabía adonde iba toda esa gente ni lo que tenía que hacer yo. Me sentí mareado.
—Perdóname... —pregunté a una chica.
Ella giró la cabeza y siguió andando enérgicamente. Pasó un chico
corriendo y le así por el cinturón, deteniéndole.
—Oye, ¿qué demonios estás haciendo? —preguntó.
—Cállate. ¡Quiero saber qué coño pasa! ¡Quiero saber qué tengo que

hacer!
—Te lo explicaron todo ayer en Orientación.
—Oh...

Le solté y salió corriendo. Yo no sabía qué hacer. Pensé que sólo tenías que llegar hasta algún sitio y decirle a alguien que querías apuntarte a Periodismo, al curso de Iniciación Periodística, y ellos me darían una tarjeta con mi programa de clases. No era así. Esos tipos sabían lo que tenían que hacer y no hablarían. Me sentí como si estuviera otra vez en la escuela primaria, separado del grupo que sabía más de lo que yo sabía. Me senté en un banco y observé a la gente correr de arriba abajo. Quizás podía inventármelo todo. Les diría a mis padres que iba a la Universidad de la Ciudad de Los Angeles y vendría todos los días a tumbarme en el césped. Entonces vi a ese chico corriendo hacia mí. Era Baldy. Le cogí por el cuello.

—¡Oye, oye, Hank! ¿Qué te pasa?
—¡Te voy a dar para el pelo, gilipollas!
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
—¿Cómo coño me apunto a clase? ¿Qué tengo que hacer?
—¡Pensé que lo sabías!
—¿Cómo?¿Cómo iba a saberlo? ¿Acaso he nacido con ese conocimiento
adquirido y etiquetado, listo para consultarlo cada vez que lo necesite?
Le arrastré hasta un banco, sujetándolo aún por el cuello de su camisa.
—Ahora exponme, de forma clara e inteligente, todo lo que hay que
hacer y cómo. ¡Explícamelo bien y por ahora no te zurro!
Así Baldy me lo explicó todo. Al instante tuve mi día de Orientación
concentrado. Todavía le sujetaba por el cuello.
—Por ahora te voy a dejar. Pero algún día resolveré este asunto. Vas a
pagar por andar jodiéndome. No sabrás cuándo, pero caeré sobre ti.

Le dejé ir. Fue corriendo a reunirse con los que ya corrían. Yo no tenía necesidad de inquietarme o darme prisa. Iba a obtener las peores aulas, los peores profesores y el peor horario. Con lentitud fui paseando mientras me apuntaba a mis clases. Parecía que yo era el único estudiante despreocupado de todo el campus. Empecé a sentirme superior.
A las 7 de la mañana tenía clase de Inglés. Eran las 7.30 y yo estaba resacoso mientras permanecía en pie fuera del aula, escuchando junto a la puerta. Mis padres habían pagado mis libros y yo los había vendido para bebérmelos. Me escapé por la ventana del dormitorio la noche anterior y me acerqué al bar del barrio. Tenía una palpitante resaca de cerveza. Aún me sentía borracho. Abrí la puerta y entré. Me quedé de pie. El señor Hamilton, el profesor auxiliar de Inglés, estaba situado frente a la clase cantando. Funcionaba un tocadiscos y la clase cantaba a coro con el señor Hamilton. La canción era de Gilbert y Sullivan:

Ahora soy el gobernante de la Armada de la Reina...
He copiado todas las órdenes con letra redondilla...
Ahora soy el gobernante de la Armada de la Reina...
Permaneced pegados a vuestras mesas y nunca salgáis a la mar...
Y siempre seréis los gobernantes de la Armada de la Reina...

Fui hasta el fondo de la clase y encontré un asiento vacío. Hamilton apagó el tocadiscos. Estaba vestido con un traje blanco y negro y su camisa era naranja chillón. Se parecía a Nelson Eddy. Entonces se quedó mirando a

la clase, miró su reloj de pulsera y se dirigió a mí:
—¿Es usted el señor Chinaski?
Asentí con la cabeza.
—Llega usted con treinta minutos de retraso.
—Sí.
—¿Llegaría usted con treinta minutos de retraso a una boda o un funeral?
—No.
—¿Por qué no? Si no le importa explicarnos...

—Bueno, si el funeral fuera el mío, tendría que ser puntual. Si la boda fuera la mía, sería mi funeral. —Siempre fui rápido con la lengua, nunca aprendería.
—Mi querido señor —dijo el señor Hamilton—, hemos estado escuchando
a Gilbert y Sullivan para aprender a pronunciar bien. Por favor, levántese.
Me levanté.
—Ahora, cante por favor, «Permaneced pegados a vuestras mesas y no
salgáis nunca a la mar y siempre seréis los gobernantes de la Armada de la

Reina».
Seguí plantado en mi sitio.
—¡Bien, comience, por favor!
Canté toda la frase y me senté.
—Señor Chinaski, apenas pude oírle. ¿No podría usted cantar con un

poco más de energía?
Me levanté de nuevo, aspiré todo un océano de aire y vociferé:
—¡SI QUIERRES SER EL GOBERNANTE DE L'ARMADA DE LA
REBINA, PÉGATE ALA MESA Y NUUNCA BAYAS AL MAARRR!

La había cantado al revés.
—Señor Chinaski —dijo el señor Hamilton— siéntese, por favor.
Me senté. La culpa la tenía Baldy.

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domingo, 27 de marzo de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 48

—¿Así que no pudiste mantener un empleo siquiera una semana?
Estábamos comiendo albóndigas y espaguettis. Mis problemas siempre se
discutían a la hora de cenar. La hora de la cena era casi siempre un

momento desgraciado.
No respondí a la pregunta de mi padre.
—¿Qué pasó? ¿Por qué te dieron la patada en el culo? —insistió.
No respondí.
—Henry, ¡contesta a tu padre cuando te habla! —chilló mi madre.
—¡No supo aguantar, eso es todo!
—Mírale la cara —dijo mi madre—, toda raspada y cortada. ¿Te pegó tu

jefe, Henry?
—No, madre...
—¿Por qué no comes, Henry? Parece que nunca tienes hambre.
—No puede comer —dijo mi padre—, no puede trabajar, no puede hacer
nada... ¡No merece ni que le den por culo!
—No deberías hablar así en la mesa, papaíto —reconvino mi madre.

—¡Bueno, es la pura verdad! —mi padre tenía una enorme pelota de espaguettis enrollada en su tenedor. Introdujo la masa en su boca y empezó a mascar, y mientras batía sus mandíbulas alanceó una albóndiga y se la metió en la boca, luego volvió a abrirla para añadir un pedazo de pan francés.
Recordé lo que Iván había dicho en Los hermanos Karamazov: «¿Quién
no desea asesinar a su padre?»

Mientras mi padre mascaba toda esa masa de comida, una larga hebra de espaguetti colgaba de una esquina de su boca. Al fin se dio cuenta y sorbió la hebra ruidosamente. Después cogió su taza de café, echó dos grandes cucharadas de azúcar, alzó la taza y bebió un largo sorbo que inmediatamente escupió sobre su plato y el mantel.
—¡Esta mierda está demasiadocaliente!
—Deberías tener más cuidado, papaíto —dijo mi madre.

Peiné todo el mercado del trabajo, como solían decir ellos, pero era una rutina monótona e inútil. Tenías que conocer a alguien para obtener un trabajo, aunque fuera el de cobrador de autobús. Por eso todo el mundo era lavaplatos, la ciudad entera estaba llena dé lavaplatos sin trabajo. Me sentaba con ellos por las tardes en la playa Pershing. Los evangelistas también estaban allí. Algunos tenían tambores, otros guitarras, y los arbustos y rincones estaban plagados de homosexuales.

—Algunos tienen dinero —me dijo un joven vagabundo—. Ese tipo me llevó a su apartamento y estuve dos semanas. Podía comer y beber todo lo que quisiera y me compró algunas ropas, pero me la mamó hasta dejarme seco, al cabo de un tiempo no podía ni tenerme en pie. Una noche cuando él dormía me arrastré fuera de allí. Fue horrible. Una vez me besó y le aticé un golpe que lo envió a través de la habitación. «Si vuelves a hacer eso —le dije—, ¡te mataré!»

La Cafetería Clifton era un sitio agradable. Si no tenías mucho dinero, te dejaban que pagaras lo que pudieras. Y si no tenías ningún dinero, no pagabas. Entraban algunos vagabundos y holgazanes y comían bien. El propietario era un viejo rico fuera de lo corriente. Yo nunca pude aprovecharme de ellos y comer hasta inflarme. Pedía un café y pastel de manzana y les pagaba veinticinco centavos. A veces me tomaba un par de rollitos de crema. El sitio era tranquilo y fresco, así como limpio. Había una gran fuente y podías sentarte cerca de ella e imaginar que todo iba bien. La Cafetería Philippe también era un sitio agradable. Podías tomarte un café por tres centavos y hacer que te lo rellenaran varias veces. Te sentabas todo el día sin parar de beber café y nunca exigían que te fueras, tuvieras el aspecto que tuvieras. Sólo pedían a los vagabundos que no trajeran su vino para beberlo allí. Los sitios como ese te proporcionaban un poco de esperanza cuando no tenías ninguna.

Los tipos de la plaza Pershing discutían todo el día acerca de si existía Dios o no. La mayoría de ellos no sabían exponer bien sus argumentos, pero de vez en cuando se enfrentaban algún religioso y un ateo que sabían hablar, y entonces montaban un buen espectáculo.

Cuando tenía algunas monedas solía ir al bar del sótano detrás del cine. Yo tenía 18 años pero me servían igual. Tenía el aspecto de tener cualquier edad. A veces parecía que tenía 25 y otras me sentía como si fuera un treinteañero. Llevaba el bar un chino que jamás hablaba con nadie. Todo lo que yo necesitaba era la primera cerveza, y después los homosexuales comenzaban a invitarme. Entonces me tomaba unos whiskies. Les sangraba unos cuantos whiskies y cuando se acercaban a mí me ponía antipático, les empujaba y salía. Al cabo de un tiempo me calaron y ya no me sirvió el sitio.

La biblioteca era el sitio más deprimente de los que iba. Me había quedado sin libros para leer. Al rato tan sólo aferraba algún libro gordo y me iba por ahí a mirar a las chicas. Siempre había una o dos en el edificio. Me sentaba a tres a cuatro sillas de distancia, pretendiendo que leía el libro, intentando parecer inteligente, deseando que alguna chica enganchara conmigo. Sabía que yo era feo, pero pensé que si aparentaba ser lo suficientemente inteligente tendría alguna oportunidad. Nunca funcionó. Las chicas sólo tomaban notas en sus cuadernos y luego se levantaban y salían mientras yo observaba cómo sus cuerpos se movían mágica y rítmicamente bajo sus limpios vestidos. ¿Qué habría hecho Máximo Gorky bajo esas circunstancias?
En casa siempre era igual. Nunca surgía la pregunta hasta después de los

primeros bocados de comida. Entonces mi padre me preguntaría:
—¿Encontraste trabajo hoy?
—No.

—¿Preguntaste en algún sitio?
—En muchos. Algunos de ellos los he visitado por segunda o tercera vez.
—No me lo creo.

Pero era cierto. También era cierto que algunas compañías ponían anuncios en el periódico todos los días y no tenían ningún trabajo que ofrecer. De ese modo el departamento de empleo de esas compañías tenía algo que hacer. También así se desperdiciaba el tiempo y se jodian las esperanzas de muchos desesperados.
—Encontrarás un trabajo mañana, Henry —decía siempre mi madre...

ENLACE " CAPITULO 49 "

sábado, 26 de marzo de 2011

LITERATURA CONTEMPORÁNEA,UNO de CHARLES BUKOWSKI

Me emborraché una vez y se lo
conté a ella.
Cómo había vivido
en una choza de papel en Atlanta
renta semanal de un dólar veinticinco
sin luz
sin agua
sin sanitario
sin calefacción

sin nada en mis
bolsillos
ni siquiera un
centavo

helaba

sin amigos

mis padres a 3,000
millas de distancia
se negaban a
enviarme dinero

solamente
una carta de mi padre
de seis páginas
recordándome
mis fracasos
mi rechazo
a enfrentar
la realidad

de mi estupidez
de querer
ser un escritor

todos mis manuscritos
me eran devueltos
de las revistas

pesaba
198 libras y entonces
llegué a pesar 133

había un alambre
colgando sobre mi
cabeza
un alambre que alguna vez
albergó
una bombilla

alcancé aquel
alambre
sin saber si tenía vida
o no

agité mi mano
acercándola
más y
más
y después me detuve

vi algunos periódicos
en el suelo

no tenía papel
para escribir
y tiempo atrás había empeñado
mi máquina de escribir

noté que
cada página del
periódico tenía un ancho y blanco
margen en los
bordes

tenía un
trozo de lápiz

recogí el
periódico
y con el pedazo de lápiz
comencé a escribir
palabras
en los bordes

sentado en el umbral
congelándome a la luz de la luna
para poder
ver
escribí a lápiz
en todos los bordes
de todos los periódicos
en aquella choza.

me emborraché
una noche
y de nuevo le conté a ella
sobre la choza

ella dijo
"nunca antes había
escuchado esa historia."

ella entonces subió
a su nuevo Fiat de diez mil dólares
que le regalé
en su cumpleaños
y condujo hasta
el supermercado de la esquina
para comprar nuestra
cena
de esa noche.

Charles Bukowski.

viernes, 25 de marzo de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 47

Los primeros tres o cuatro días en Mears-Starbuck fueron idénticos. De hecho, la similitud era un valor muy de fiar en Mears-Starbuck. El sistema de castas era algo plenamente aceptado. No había un solo vendedor que hablara con un almacenista, fuera de dos o tres frases superficiales. Y eso me afectaba. Pensaba sobre ello a medida que empujaba mi carrito por ahí. ¿Acaso era que los vendedores eran más inteligentes que los almacenistas? Ciertamente estaban mejor vestidos. Me molestaba que creyeran que su fachada era tan valiosa. Quizás si yo hubiera sido un vendedor me sentiría del mismo modo. No me preocupaba gran cosa de los otros almacenistas. Ni de los vendedores.

Ahora, pensé mientras empujaba el carrito, tengo este trabajo. ¿Es esto todo? No me extraña que la gente robe bancos. Había demasiados trabajos humillantes. ¿Por qué demonios no era yo un alto magistrado o un concertista de piano? Porque se necesitaba mucha preparación y costaba dinero. De todos modos, yo no quería ser nada. Y lo estaba consiguiendo.
Metí mi carrito en el ascensor y pulsé el botón.

Las mujeres querían a los hombres que ganaban dinero, querían hombres de éxito. ¿Cuántas mujeres de categoría vivían en chabolas de techo de uralita? Bueno, de todos modos yo no quería a ninguna mujer. No para vivir con ella. ¿Cómo podían los hombres vivir con las mujeres? ¿Qué importaba eso? Lo que yo quería era vivir en una cueva en el Colorado con víveres y comida para tres años. Me limpiaría el culo con arena. Cualquier cosa, cualquier cosa que evitara que me ahogase en esta existencia monótona, trivial y cobarde.
El ascensor subió. El albino aún lo controlaba.
—Oye, he oído que tú y Mewks os disteis un recorrido por los bares

anoche.
—Me invitó a algunas cervezas. No tengo un centavo.
—¿Os acostasteis?
—Yo no.
—¿Por qué no me lleváis con vosotros la próxima vez? Os mostraré cómo
conseguir echar un polvo.
—¿Y qué es lo que tú sabes?
—He estado por ahí. La semana pasada me conseguí una muchacha

china. Y sabes, es tal como dicen.
—¿Qué es lo que dicen?
Llegamos al sótano y se abrieron las puertas.

—No tienen la raja del coño vertical, sino horizontal.
Ferris me estaba esperando.
—¿Dónde demonios has estado?
—En la Sección de Jardinería.
—¿Qué hiciste, fertilizar las fucsias?
—Sí, solté una mierda en cada tiesto.
—Escucha, Chinaski...
—¿Sí?
—Las bromas aquí, las hago yo. ¿Entiendes?
—Entiendo.
—Bien, toma esto. Es un pedido para la Sección de Caballeros.
Me pasó la hoja del pedido.
—Localiza estos artículos, entrégalos, obtén una firma y vuelve.

La Sección de Caballeros estaba dirigida por el señor Justin Phillips Junior. Era un tipo bien criado y cortés de unos veintidós años. Se erguía muy erecto, tenía pelo negro, ojos negros y labios gruesos. Desgraciadamente apenas tenía pómulos, pero casi no se advertía. Su tez era pálida y vestía trajes oscuros con camisas pulcramente almidonadas. Las vendedoras le adoraban. Era sensible, inteligente y sagaz. También poseía una cierta antipatía, como si su antecesor se la hubiera pasado. Una vez rompió con la tradición para hablarme:
—Es una pena, ¿no?, que tengas esas feas marcas en la cara.

Mientras rodaba con mi carrito en dirección a la Sección de Caballeros, Justin Phillips estaba en pie muy erguido, con su cabeza levemente inclinada, mirando —como hacía la mayor parte del tiempo— arriba y abajo como si viera cosas que nosotros no distinguíamos. Quizás yo no reconocía la casta de alguien sólo con verle. Verdaderamente daba la impresión de que estaba por encima de lo que le rodeaba. Era un truco magnífico si podías realizarlo y encima te pagaban por ello. A lo mejor era eso lo que les gustaba a las chicas y a la Dirección. Realmente era un tipo demasiado bueno para lo que estaba haciendo, pero de todos modos lo hacía.
Llegué a su altura.
—Aquí está su pedido, señor Phillips.

Hizo como si no me viera, lo que me dolía por un lado y era un buen asunto por otro. Repuse los artículos que faltaban en los estantes mientras él miraba a un punto situado por encima del ascensor.

Entonces oí unas risas argentinas y alcé la vista. Provenían de una pandilla que se había graduado conmigo en Chelsey. Estaban probándose jerseys, pantalones y varias cosas más. Los conocía de vista solamente, ya que no habíamos hablado durante nuestros cuatro años de instituto. Su cabecilla era Jimmy Newhall. Había sido el centrocampista de nuestro equipo de rugby y no le habían derrotado en tres años. Su pelo era de un bonito color amarillo y el sol o las luces de las aulas colegiales parecían estar resaltando siempre sus reflejos. Tenía un poderoso cuello sobre el que se asentaba el rostro del adolescente perfecto esculpido por algún maestro. Todo en él era como debiera de ser: nariz, barbilla y demás rasgos. Y un cuerpo perfecto en consonancia con el rostro. Los que le rodeaban no eran tan perfectos como él, pero se aproximaban mucho. Revoloteaban alrededor
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probándose jerseys y riéndose, esperando ir a la Universidad del Sur de
California o la de Stanford.
Justin Phillips firmó mi recibo y me dirigí hacia el ascensor cuando oí una

voz:
—¡OH CIELOS, CIELOS, TIENES UN GRAN ASPECTO CON ESA INDUMENTARIA!
Me detuve, giré sobre mis talones e hice un saludo rutinario con mi mano

izquierda.
—¡Miradle! ¡El chico más duro de la ciudad después de Tommy Dorsey!
—Con su aspecto logra que Gable parezca un fontanero.

Dejé mi carrito y volví por mis pasos. No sabía lo que iba a hacer, tan sólo me planté frente a ellos, mirándolos. No me gustaban, nunca me habían gustado. Podrían parecer dioses para otros, pero no para mí. Había algo en sus cuerpos comparable a los de las mujeres. Eran cuerpos delicados que no se habían enfrentado a ninguna prueba. Eran unos bellos don nadie. Me enfermaban. Les odiaba. Eran parte de la pesadilla que siempre, de un modo u otro, me había acosado.
Jimmy Newhall me sonrió.
—Oye, almacenista, ¿cómo es que nunca formaste parte de nuestro

equipo?
—No era eso lo que yo quería.
—No hay huevos, ¿eh?
—¿Sabes donde está el parking en el tejado?
—Claro.
—Nos veremos allí...
Se encaminaron hacia el parking mientras yo me quitaba el delantal y lo

tiraba dentro del carrito. Justin Phillips Junior me sonrió.
—Querido chaval, te van a zurrar la badana.
Jimmy Newhall estaba esperándome rodeado por sus compañeros.
—¡Mirad al chico del almacén!
—¿Creéis que lleva ropa interior de señora?

Newhall estaba plantado al sol con su camisa y camiseta quitadas. Metía estómago y sacaba pecho. Tenía buen aspecto. ¿Dónde demonios me había metido? Sentí cómo temblaba mi labio inferior. Ahí, sobre el tejado, sentí miedo. Miré a Newhall, los dorados rayos del sol iluminaban su rubio cabello. Le había visto muchas veces sobre el campo de rugby. Había visto cómo ganaba muchas carreras de 50 y 60 yardas mientras yo deseaba que ganara el otro equipo.
Ahora estábamos mirándonos el uno al otro. Me dejé la camisa puesta.

Seguíamos plantados enfrentándonos.
Newhall dijo por fin:
—De acuerdo, ahora voy a por ti.
Empezó a moverse hacia adelante. Justo entonces apareció una viejecita
vestida de negro portando un montón de paquetes. Sobre su cabeza llevaba

un pequeño sombrero verde.
—¡Hola, chicos! —dijo la vieja.
—Hola, abuela.
—Maravilloso día...
La diminuta anciana abrió la puerta de su coche y metió dentro los

paquetes. Luego se giró hacia Jimmy Newhall.
—¡Oh, quémagní fico cuerpo tienes, hijo mío! ¡Apuesto a que podrías ser
Tarzán de los Monos!
—No, abuela —dije—, perdóneme pero él es elMono y los que están con
él son su tribu.
—Oh —dijo ella. Montó en su coche, lo arrancó y esperamos hasta que
salió del parking.
—Vale, Chinaski —dijo Newhall—, en el instituto eras famoso por tus
desprecios y tu maldita bocaza.Ahora voy a recetarte la cura.

Newhall saltó hacia adelante. Estaba preparado. Yo no tanto. Creí ver un pedazo de cielo cayendo sobre mí erizado de puños. Era más rápido que un mono, más rápido y más grande. No pude ni lanzarle un puñetazo, sólo sentí sus puños y eran duros como roca. Mirando de soslayo a través de mis ojos entrecerrados podía ver cómo sus puños volaban y aterrizaban. Dios mío, tenía potencia, parecía no acabar nunca y yo no tenía lugar donde meterme. Empecé a pensar que a lo mejor yo era un mariquita, que quizás debiera serlo y entonces rendirme.

Pero a medida que siguió golpeándome, mi miedo desapareció. Sólo estaba asombrado por su fuerza y energía. ¿De dónde la sacaba un cerdo como él? Estaba pleno. No pude ver nada más, mis ojos se cegaron con relámpagos rojos, verdes y púrpura, y entonces algo ROJO estalló dentro de mí... y sentí cómo me derrumbaba.
¿Es así como sucede?
Caí sobre una rodilla. Oí pasar un avión por encima. Deseé estar en él.
Sentí que algo corría por mi boca y barbilla... era sangre cálida manando de

mi nariz.
—Déjale, Jimmy, está acabado...
Miré a Jimmy.
—Tu madre es una pajillera —le dije.
—¡TE MATARÉ!

Newhall se abalanzó sobre mí antes de que me pudiera levantar. Me cogió por la garganta y rodamos y rodamos hasta quedar debajo de un Dodge. Oí cómo su cabeza se golpeaba contra algo.
No sé contra qué se dio, pero oí el crujido. Sucedió muy rápidamente y

los demás no se dieron cuenta.
Me levanté y Newhall también.
—Voy a matarte —dijo.

Newhall movió los puños como si fueran aspas de un molino. Esta vez no era tan terrible. Golpeaba con la misma furia pero había perdido algo. Ahora era más débil. Cuando me atizaba, no veía ya relámpagos de colores. Podía ver el cielo, los coches aparcados, las caras de sus amigos y a él mismo. Yo siempre había tardado en arrancar. Newhall estaba aún intentando cumplir su amenaza pero era mucho más débil. Y yo tenía unas manos pequeñas; pequeños puños que eran armas terribles.
Qué tiempos tan frustrantes fueron aquellos años: tener el deseo y la
necesidad de vivir pero no la habilidad.
Incrusté un derechazo en su estómago y le oí boquear, por lo que le
agarré por la nuca con mi izquierda y clavé otra derecha en la boca de su estómago. Entonces lo aparté de mí y le apliqué el un dos sobre su escultórico rostro. Vi la mirada de sus ojos y fue fantástico. Le estaba dando algo que nunca le habían dado. El estaba aterrorizado. Aterrorizado porque no sabía cómo encajar la derrota. Decidí acabar con él lentamente.
Entonces alguien me golpeó en la nuca. Fue un golpe fuerte. Me di la

vuelta y miré.
Era su amigo pelirrojo, Carl Evans.
Vociferé señalándole con el dedo:
—¡Maldito cabrón, apártate de mí! ¡Me enfrentaré con vosotros uno por
uno! ¡En cuanto termine con este menda tú serás el siguiente!

No me llevó mucho tiempo acabar con Jimmy. Incluso intenté realizar algunas fintas y bailoteos a su alrededor. Le propinaba algunos golpes cortos, saltaba en torno suyo y luego comenzaba a atizarle de pleno. El aguantó muy bien durante un rato y pensé que no podría acabar con su resistencia, cuando entonces me dirigió esa extraña mirada que parecía decir: oye, mira, quizás debiéramos ser amigos y tomarnos un par de cervezas juntos. Entonces se derrumbó.
Sus amigos se acercaron, le recogieron y, sosteniéndole, hablaron con él:
—¡Oye, Jim! ¿Estás bien?
—¿Qué es lo que te ha hecho el hijo de puta, Jim? Vamos a hacerle
pedazos, Jim. Tan sólo dínoslo.
—Llevadme a casa —replicó Jim.
Me quedé mirando cómo bajaban las escaleras sujetándole entre todos,
mientras uno de ellos llevaba su camisa y camiseta...
Fui al piso bajo para recoger mi carrito. Justin Phillips estaba

esperándome.
—No creí que regresaras —dijo sonriendo desdeñosamente.
—No confraternice con los trabajadores no cualificados —le contesté.

Cogí el carrito y empecé a arrastrarlo. Mis ropas estaban revueltas y mi cara no tenía precisamente buen aspecto. Anduve hasta el ascensor y pulsé el botón. El albino subió en el tiempo debido. Las puertas se abrieron.
—La noticia se ha esparcido —dijo—. He oído que eres el nuevo campeón
mundial de los pesos pesados.
Las noticias viajan velozmente en los lugares donde nunca sucede gran

cosa.
Ferris y su oreja rebanada me estaban esperando.
—¿Acaso te dedicas a zurrar la badana a nuestros clientes?
—Sólo a uno.
—No tenemos modo de saber cuándo empezarás con otro.
—Ese tipo me retó.
—Nos importa un comino. Todo lo que sabemos es que estás despedido.
—¿Y qué pasa con mi cheque?
—Lo recibirás por correo.
—Muy bien, hasta la vista...
—Un momento, necesito la llave de tu taquilla.
Saqué mi llavero que sólo tenía una llave, la saqué y se la entregué a
Ferris.
Anduve hasta la puerta del vestuario de los empleados y la abrí de par en par. Era una pesada puerta metálica que se abría con dificultad. Mientras lo hacía, dejando entrar así la luz del sol, me giré y dirigí un pequeño saludo a Ferris. No respondió. Sólo me devolvió la mirada. Luego la puerta se cerró. De algún modo me caía bien.

ENLACE " CAPITULO 48 "

jueves, 24 de marzo de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 46

Los tiempos aún eran duros. Nadie se sorprendió más que yo cuando Mears-Starbuck telefoneó y me pidió que me presentara a trabajar el lunes. Me había recorrido la ciudad trabajando en docenas de cosas. No había nada más que pudiera hacer. Yo no quería un empleo, pero tampoco quería vivir con mis padres. Mears-Starbuck tendría mil actividades distintas. No me podía imaginar cuál de ellas me tocaría. Era una compañía de grandes almacenes con edificios en muchas ciudades.

El lunes siguiente, ahí iba yo andando al trabajo con mi comida dentro de una bolsa de papel marrón. El gran almacén estaba sólo unas manzanas más arriba de mi antiguo instituto.

Todavía no entendía por qué me habían escogido. Tras rellenar varios formularios, la entrevista duró sólo unos minutos. Debí de dar las respuestas correctas.
Con la primera paga que tenga, pensé, me voy a alquilar una habitación
cerca de la Biblioteca Pública de Los Angeles.

Mientras andaba, no me sentí tan solo. Y no lo estaba. Advertí que un hambriento perro vagabundo me seguía. La pobre criatura estaba terriblemente delgada, podía ver cómo se marcaban las costillas a través de su piel. La mayor parte de su pelo se había caído. Lo poco que quedaba colgaba en pequeños jirones y parches. El perro estaba apaleado, acobardado, solitario, asustado, una víctima del homo sapiens.

Me detuve y me arrodillé ofreciéndole la mano. Saltó hacia atrás.
—Ven aquí, compañero, soy tu amigo... ven, ven aquí...
Se acercó. Tenía unos ojos inmensamente
—¿Qué es lo que te han hecho, muchacho?

Se acercó aún más, arrastrándose sobre la acera, tembloroso, meneando la cola con rapidez. Entonces se abalanzó sobre mí. Era bastante grande, al menos lo que quedaba de él. Sus patas delanteras me empujaron de espaldas y me quedé tendido sobre la acera mientras me lamía la cara, la boca, las orejas, la frente. Le separé de un empujón, me levanté y limpié mi cara.
—¡Tranquilo! ¡Necesitas algo de comer! ¡COMIDA!
Metí la mano en mi bolsa y saqué un bocadillo. Lo desenvolví y le di una
porción.
—¡Una parte para ti y otra para mí, compañero!
Dejé su porción sobre la acera. Se acercó, olisqueó y luego se dio la
vuelta, cabizbajo, mirándome por encima del hombro a medida que se
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retiraba.
—¡Oye, espera, compañero! ¡Es crema de cacahuete! ¡Ven aquí, toma un
poco! ¡Oye, muchacho, ven aquí! ¡Vuelve!

El perro se acercó de nuevo con suma cautela. Encontré un bocadillo de bologna, partí una porción, quité la capa de mostaza barata y la situé sobre la acera.
El perro se acercó al pedazo, la olisqueó con el morro y se dio la vuelta,
marchándose. Esta vez ni siquiera giró la cabeza. Aceleró bajando la calle.
No era de extrañar que me hubiera sentido deprimido toda la vida. No
me estaba alimentando correctamente.
Anduve hacia los grandes almacenes. Era la misma calle que recorría
cuando iba al instituto.

Llegué. Encontré la entrada de servicio, empujé la puerta y me introduje. Pasé de la luz brillante del sol a la penumbra. Mientras enfocaba la vista, divisé a un hombre en pie a pocos metros de mí. Le habían rebanado media oreja hacía ya algún tiempo. Era muy alto y delgado, con unas pupilas del tamaño de una cabeza de alfiler de color gris destacando sobre unos ojos incoloros. Un hombre extremadamente alto y delgado, pero de forma repentina, justo encima de su cinturón, descollaba una abombada barriga. Toda la grasa de su cuerpo estaba ahí concentrada mientras que el resto había desaparecido.
—Soy el superintendente Ferris —dijo—, supongo que usted es el señor

Chinaski.
—Sí, señor.
—Llega usted con cinco minutos de retraso.
—Me retrasé porque... Bueno, me detuve a dar de comer a un perro
vagabundo —dije haciendo una mueca.

—Esa es una de las excusas más tontas que jamás he oído, y eso que llevo aquí treinta y cinco años. ¿No podía emplear alguna excusa mejor que esa?
—Acabo de empezar, señor Ferris.
—Y casi ha acabado. El reloj está ahí encima y las fichas aquí. Coja su
ficha y marque en el reloj.
Encontré mi ficha. Henry Chinaski, empleado n.° 68.754. Me acerqué
hasta el reloj pero no sabía lo que tenía que hacer.
Ferris se aproximó y se detuvo tras de mí, mirando el reloj.
—Ahora lleva usted seis minutos de retraso. Cuando se retrase diez
minutos, perderá una hora de paga.
—Supongo que será mejor llegar con una hora de retraso.
—No se haga el gracioso. Si quiero un cómico, escucho a Jack Benny. Si
llega usted con una hora de retraso, pierde la jornada completa.
—Lo siento, pero no sé cómo se utilizan estos relojes marcadores.

¿Dónde he de introducir la ficha?
—¿Ve esta ranura?
—Sííí.
—¿Qué?
—Quería decir que sí.
—De acuerdo. Esa ranura se utiliza para el primer día de la semana. Hoy.

—Ah.
—Tiene que introducir su ficha aquí de este modo...
La introdujo y luego la extrajo.
—Entonces, cuando su ficha está ahí dentro, baja esta palanca.
Ferris bajó la palanca, pero la ficha no estaba dentro de la ranura.
—Entiendo. Vamos allá.
—No, espere.
Sostuvo la ficha enfrente mío.
—Ahora bien, cuando fiche para comer, ha de hacerlo en esta otra
ranura.
—Sí, entiendo.
—Cuando fiche a la vuelta, introdúzcala en la siguiente ranura. Dispone
de treinta minutos para comer.
—Treinta minutos, suficiente.

—Ahora, para fichar a la salida, utilice esta última ranura. Esto significa que hay que fichar cuatro veces al día. Luego se va usted a su casa, a su habitación o adonde sea, duerme, vuelve, y ficha otras cuatro veces cada jornada laboral hasta que le despidan, se muera o se jubile.
—Lo he entendido.

—Y quiero que sepa que ha retrasado usted mi charla a los nuevos empleados, de los cuales forma usted parte. Yo soy el encargado aquí. Mi palabra es ley y sus deseos no significan nada. Si no me gusta algo de usted: la forma en que se ate los zapatos, se peine o se tire pedos, le pondré de patitas en la calle, ¿entendido?
—¡Sí, señor!

Una joven entró contoneándose exageradamente sobre sus zapatos de altos tacones, melena castaña ondeando tras de sí. Estaba vestida con un traje ceñido. Sus labios eran grandes y expresivos aunque excesivamente maquillados. Extrajo su ficha con un gesto teatral, fichó y, respirando con más lentitud, devolvió la ficha a su lugar.

Lanzó una ojeada sobre Ferris.
—¡Hola, Eddie!
—¡Hola, Diana!

Obviamente Diana era una vendedora. Ferris se acercó a la chica y comenzaron a hablar. No pude oír sus palabras, pero sí sus risas. Luego se separaron. Diana se acercó al ascensor que la llevaría hasta su puesto. Ferris se me acercó con mi ficha en su mano.

—Voy a fichar ahora, señor Ferris —le dije.
—Lo haré por usted. Quiero que empiece inmediatamente.
Ferris insertó la ficha en el reloj y aguardó. Yo también esperé. Oí el click

del reloj y él bajó la palanca. Luego devolvió la ficha al fichero.
—¿Cuánto me he retrasado, señor Ferris?
—Diez minutos. Ahora sígame.
Fui tras él.
Vi a todo un grupo esperando.

Cuatro hombres y tres mujeres. Todos eran viejos y parecían tener problemas de salivación. Pequeñas manchas de baba se habían formado en las comisuras de sus bocas, la baba se había secado volviéndose blanca y pastosa para luego ser cubierta por otra nueva capa. Algunos de ellos eran demasiado delgados, otros demasiado gordos. Algunos eran miopes y otros temblaban. Un viejo con una camisa de colores chillones tenía una joroba en su espalda. Todos sonreían y tosían mientras daban chupaditas a sus cigarrillos.
Entonces me di cuenta de cuál era el mensaje.

Mears-Starbuck buscaba empleadosestables. La compañía no se preocupaba en rotar la plantilla (aunque esos nuevos reclutas obviamente no iban a ir a otra parte que no fuera el cementerio, hasta entonces habrían de ser empleados agradecidos y leales). Y a mí me habían escogido para que continuara con ellos. La señorita de la oficina de empleo me había valorado como si perteneciera a ese patético grupo de perdedores.
¿Qué pensarían mis ex-compañeros de instituto si me vieran? A mí, uno
de los chicos más duros de los que se graduaron.

Me acerqué y me planté con mi grupo. Ferris se sentó en una mesa dándonos la cara. Un chorro de luz caía sobre él desde un travesaño situado encima de su cabeza. Inhaló el humo de su cigarrillo y nos sonrió.
—Bienvenidos a Mears-Starbuck...

Parecía que iba a hacer una reverencia. Quizás se acordaba de cuando comenzó a trabajar con los grandes almacenes treinta y cinco años atrás. Hizo unos cuantos anillos de humo y observó cómo ascendían en el aire. Su oreja medio rebanada parecía impresionante iluminada desde arriba.

El tipo de al lado, una especie de regaliz humano, incrustó su afilado codo en mi costado. Era uno de esos individuos cuyas gafas parecen estar siempre a punto de caerse. Era aún más feo que yo.
—¡Hola! —susurró—. Soy Mewks, Odell Mewks.
—Hola, Mewks.
—Escucha, muchacho, cuando acabemos de trabajar, demos una ronda

por los bares. Quizás levantemos alguna chica.
—No puedo, Mewks.
—¿Tienes miedo de las chicas?
—Es por mi hermano. Está enfermo. Tengo que cuidarle.
—¿Enfermo?
—Peor. Tiene cáncer. Mea por un tubo a una botella sujeta en su pierna.
Entonces Ferris comenzó otra vez:
—Empezarán a trabajar con un salario de cuarenta y cuatro centavos a la

hora. No tenemos sindicato aquí. La dirección cree que lo que es bueno para la compañía, es bueno para ustedes. Somos como una familia dedicada al servicio y al beneficio. Todos ustedes recibirán un descuento del diez por ciento en cada artículo que compren aquí...
—¡Oh,MUCHACHO! —dijo Mewks en alta voz.
—Sí, señor Mewks, es un buen trato. Si usted se preocupa por nosotros,
nosotros nos preocuparemos por usted.

Podía permanecer en Mears-Starbuck cuarenta y siete años, pensé. Podría vivir con una amante loca, dejar que me cortaran la oreja izquierda y quizás heredar el trabajo de Ferris cuando él se retirara.
Ferris habló acerca de las vacaciones y los días libres que teníamos
concedidos, y luego terminó su discursito. Nos indicaron cuáles eran nuestras batas y nuestras taquillas, y nos condujeron al almacén del sótano.
Ferris también trabajaba ahí abajo. El respondía a los teléfonos. Cada vez
que respondía al teléfono, lo sujetaba con su mano izquierda —aplicándoselo

a su rebanada oreja— y enfundaba su mano derecha en el sobaco izquierdo.
—¿Sí? ¿Sí? ¿Sí? ¡En seguida va!
—¡Chinaski!
—Sí, señor.
—Departamento de ropa interior...
Entonces recogería la lista, vería cuáles y cuántos artículos hacían falta.
Nunca hacía esto mientras estaba al teléfono, siempre después.
—Localice estos artículos, entréguelos en el Departamento de ropa
interior, haga que firmen aquí y vuelva.
Sus discursitos nunca cambiaban.

Mi primera entrega iba destinada al Departamento de ropa interior. Localicé los artículos pedidos, los coloqué en mi pequeño carrito verde con sus cuatro ruedas neumáticas y lo empujé hacia el ascensor. El ascensor estaba en un piso superior y pulsé el botón y permanecí esperando. Al cabo de algún tiempo pude ver el suelo del ascensor mientras descendía. Era muy lento. Por fin llegó al nivel del sótano. Se abrieron las puertas y apareció un albino tuerto manejando los controles. Jesús.

El me miró.
—¿Nuevo aquí, no? —preguntó.
—Sí.
—¿Qué es lo que piensas de Ferris?
—Creo que es un gran tipo.
Seguro que esos dos vivían en la misma habitación y cocinaban por

turnos.
—No puedo llevarte arriba.
—¿Por qué no?
—Tengo que ir a cagar.
Salió del ascensor y se perdió.

Ahí me quedé esperando. Así era como normalmente funcionaban las cosas. Eras un gobernador o bien un basurero, un funámbulo de la cuerda floja o un ladrón de bancos, un dentista o un frutero, eras esto o lo otro. Tú querías trabajar bien, controlabas tus tareas y luego tenías que plantarte a esperar a algún gilipollas. Ahí estaba yo plantado, vestido con mi bata y al lado de mi carrito verde mientras el ascensorista cagaba.
Entonces me di cuenta, claramente, porqué los niños ricos y forrados

siemprese reían. Ellos sabían.
El albino volvió.
—Fue magnífico. Me siento quince kilos más ligero.
—Muy bien. ¿Podemos irnos ahora?
Cerró las puertas y ascendimos hasta la planta de ventas. Abrió las
puertas.
—Buena suerte —dijo el albino.
Empujé mi carrito por los pasillos buscando el Departamento de ropa
interior, a una tal señorita Meadows.
La señorita Meadows estaba esperando. Era esbelta y de aspecto magnífico. Parecía una modelo. Tenía los brazos cruzados. Mientras me acercaba, advertí que sus ojos eran de un profundo color esmeralda y tenían un poso de sabiduría. Debería conocer a gente como esa. Tales ojos, tal clase. Paré mi carrito frente a su máquina registradora.

—Hola, señorita Meadows —sonreí.
—¿Dónde demonios se había metido? —preguntó.
—Me llevó algún tiempo.
—¿No se da cuenta de que tengo clientes esperando? ¿No se da cuenta
de que intento dirigir un departamento con eficiencia?

Los vendedores cobraban diez centavos a la hora más que nosotros, aparte de comisiones. Me faltaba por descubrir que nunca nos hablaban de modo amistoso. Hombres o mujeres, todos eran iguales; creían que cualquier familiaridad era un insulto.
—Estoy del humor adecuado para telefonear al señor Ferris.
—Lo haré mejor la próxima vez, señorita Meadows.

Situé los artículos en su mostrador y le entregué el formulario para que firmara. Garabateó furiosamente su firma sobre el papel y, luego, en lugar de entregármelo en mano lo tiró dentro de mi carrito verde.
—Cristo, ¡no sé dóndeencuentran gente como usted!
Tiré de mi carrito hasta el ascensor, pulsé el botón y esperé. Las puertas

se abrieron y rodé a su interior.
—¿Cómo te fue? —me preguntó el albino.
—Me siento quince kilos más pesado —le respondí.
El sonrió con una mueca, se cerraron las puertas y descendimos.
A la hora de cenar, esa noche, mi madre dijo:
—Henry, ¡estoy tan orgullosa de que tengas un trabajo!
Yo no respondí.
Mi padre dijo:
—Bueno, ¿no estás contento de tener un trabajo?
—Sííí.
—¿Sí? ¿Eseso todo lo que sabes decir? ¿No te das cuenta de cuántos

hombres están sin trabajo hoy día?
—Muchos, supongo.
—Entonces debieras de estar agradecido.
—Mirad, ¿no podemos limitarnos a comer?
—También debieras de agradecer la comida. ¿Sabes cuánto cuesta esta

cena?
Aparté el plato de mí:
—¡Mierda, no puedo comer esta porquería!
Me levanté y fui hasta el dormitorio.
—¡Voy a buscarte y te enseñaré lo que es bueno!
Me detuve en seco:
—Estaré esperándote, viejo.

Entonces seguí mi camino. Entré y esperé. Pero sabía que no iba a venir. Puse el despertador para levantarme a tiempo. Tan sólo eran las 7.30 de la tarde, pero me desvestí y me metí en la cama. Apagué la luz y todo quedó en penumbra. No había nada que hacer, ningún sitio adonde ir. Mis padres pronto irían a la cama y apagarían sus luces.

A mi padre le gustaba el refrán: «Quien temprano se acuesta y temprano
se levanta, sabiduría, riqueza y salud alcanza.»
Pero en él no había funcionado en absoluto. Decidí que tenía que intentar

hacerlo al revés.
No me podía dormir.
¿Y si me masturbaba a la salud de la señorita Meadows?
Demasiado fácil.
Me revolqué en la oscuridad, esperando que algo sucediera.

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martes, 22 de marzo de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 45

El Día de la Graduación. Nos pusimos nuestros birretes y togas para estar a la altura de «la Pompa y sus Circunstancias». Supongo que en esos tres años algo debimos de aprender. Nuestras capacidades lingüísticas probablemente habían mejorado y habíamos crecido de tamaño. Yo todavía era virgen. «Oye, Henry, ¿no has saboreado una cerecita todavía?» Y yo diría: «No hay modo.»
Jimmy Hatcher se sentaba a mi lado. El director estaba dando su
discursito y realmente arañaba el fondo del viejo barril de mierda.
—América es la gran tierra de la Oportunidad y cualquier hombre o mujer

que lo desee tendrá éxito...
—Lavaplatos —dije yo.
—Perrero —replicó Jimmy.
—Ladrón —dije.
—Basurero —siguió Jimmy.
—Celador de un manicomio —dije.
—América es valerosa. América fue construida por los valientes... La
nuestra es una sociedad justa.
—Justa para unos pocos —dijo Jimmy.
—...una sociedad decente, y todos los que buscan el tesoro que yace al
final del arco iris hallarán...

—Una mierda arrastrándose sobre patas peludas —sugerí. —¡...y puedo decir, sin vacilar, que esta Clase en particular del Verano de 1939, apenas una década posterior a la gran Depresión, esta promoción del Verano del 39 ha madurado más en las virtudes del coraje, el talento y el amor que
ninguna otra clase que yo haya tenido el placer de ser testigo!
Los padres, madres y parientes aplaudieron frenéticamente; tan sólo
unos pocos estudiantes secundaron la ovación.
—Promoción del Verano de 1939, estoy orgulloso de vuestro futuro.
Estoysegu ro de vuestro futuro. ¡Ahora sois enviados a vuestra gran
aventura.
Muchos de ellos se encaminaban a la Universidad para seguir sin trabajar
al menos otros cuatro años.
—¡Y envío mis plegarias y bendiciones con vosotros!

Los estudiantes honoríficos fueron los primeros en recibir sus diplomas. Salieron uno por uno. Abe Mortenson fue llamado y obtuvo el suyo. Yo aplaudí.
—¿Dónde acabará él? —preguntó Jimmy.

—Contable de costos de alguna empresa fabricante de repuestos para

automóvil en algún lugar cerca de Cardena, California.
—Un trabajo para toda la vida... —dijo Jimmy.
—Una mujer para toda la vida —añadí.
—Abe nunca será un miserable...
—Ni tampoco feliz.
—Un hombre obediente...
—Un cuello duro...
—Pelotillero...
—Estirado...
Cuando acabaron con los estudiantes de honor, comenzaron con

nosotros. Me sentía incómodo sentado allí. Deseé largarme.
—¡Henry Chinaski! —fui llamado.
—Funcionario público —le dije a Jimmy.
Subí y crucé el escenario, cogí el diploma y estreché la mano del director.
Era viscosa como el interior de una pecera sucia.
(Dos años más tarde se descubrió que manipulaba los fondos del colegio.
Pasó por el tribunal, fue declarado culpable y acabó en la cárcel.)
Pasé frente a Mortenson y su grupo honorífico mientras volvía a mi
asiento. El miró a su alrededor y me tendió un dedo de modo que yo sólo

pudiera verlo. Me quedé desconcertado. Era algo tan inesperado.
Regresé y me senté al lado de Jimmy.
—¡Mortenson me ha enseñado eldedo!
—¡No! ¡No melo creo!
—¡Hijo de puta! ¡Me ha jodido el día! ¡No es que valiera mucho, pero me

lo ha estropeado totalmente!
—¡No puedo creer que tuviera los cojones de hacerte tal cosa!
—No es su modo de actuar. ¿Crees que alguien le dirige?
—No sé qué pensar.
—¡Sabe que le puedo partir en dos sin despeinarme!
—¡Destrózale!
—¿Pero es que no ves que me ha vencido? Me ha derrotado con la
sorpresa.
—Todo lo que tienes que hacer es darle mil patadas en el culo.
—¿Crees que ese hijo de puta ha aprendido algo leyendo todos esos
libros? Yo sé que no hay nada en ellos, porque me los he leído salteando las

páginas de cuatro en cuatro.
—¡Jimmy Hatcher! —fue anunciado su nombre,
—Cura —me dijo.
—Granjero avícola —le respondí.

Jimmy se levantó y obtuvo su diploma. Yo aplaudí fuertemente. Cualquiera que pudiera vivir con una madre como la suya merecía un espaldarazo. Volvió a su sitio y pudimos ver cómo todos esos chicos y chicas forrados de pasta se levantaban y obtenían los suyos.

—No puedes culparles porque sean ricos —dijo Jimmy.
—No, a quienes acuso es a sus padres.
—Y a sus abuelos.
—Sí, y me encantaría coger sus coches nuevos y sus lindas chavalas y darle por culo a la justicia social.
—Sí —dijo Jimmy—, creo que la gente sólo piensa en las injusticias
cuando les suceden a ellos.

Los chicos y chicas cargados de oro desfilaron por el escenario. Yo permanecía sentado preguntándome si darle un puñetazo a Abe o no. Podía verle volar, aún vestido con su toga y birrete, víctima de mi gancho de derecha. Y todas las chicas pensarían: «¡Dios mío, este Chinaski ha de ser unt o ro en el ring!»

Por otro lado, Abe era poca cosa. Apenas se notaba que estaba allí. No ganaría nada dándole un puñetazo. Decidí no hacerlo. Ya había roto su brazo y sus padres no habían demandado a los míos. Si ahora le partía la cabeza, seguramente nos demandarían. Se llevarían el último centavo de mi padre. No es que me importara. Era por mi madre: ella sufriría locamente, sin razón ni sentido.

Entonces acabó la ceremonia. Los estudiantes abandonaron sus asientos y salieron. Se encontraron con sus padres y parientes sobre la explanada delantera. Hubo un montón de abrazos y besuqueos. Vi a mis padres

esperando. Me acerqué a ellos y me detuve a un metro de distancia.
—Vámonos de aquí —les dije.
Mi madre me estaba observando.
—Henry, ¡estoy tan orgullosa de ti!
Entonces mi madre giró la cabeza.
—¡Oh, allí van Abe y sus padres! ¡Son una gente tanag ra dab le!. ¡Oh,
Señora Mortenson!

Ellos se pararon y mi madre corrió a abrazar a la señora Mortenson. Fue la señora Mortenson la que decidió no demandarnos tras pasarse largas horas hablando por teléfono con mi madre. Se decidió que yo era un tipo algo trastornado y que mi madre ya había sufrido demasiado conmigo.
Mi padre estrechó las manos del señor Mortenson y yo me acerqué a

Abe.
—Muy bien, mamahuevos, ¿qué querías decir al mostrarme tu dedo?
—¿Qué?
—¡Eldedo!
—No sé de qué me hablas.
—¡El dedo!
—Henry, ¡realmente no sé de lo que me hablas!
—Muy bien, ¡Abraham, es hora de irnos! —dijo su madre.

La familia Mortenson partió muy unida. Me quedé mirándoles. Entonces comenzamos a acercarnos a nuestro viejo coche. Anduvimos hacia el Oeste hasta llegar a la esquina y doblamos hacia el Sur.

—¡Ese chico de los Mortenson sabe bien cómoap licarse! —dijo mi padre. ¿Cómo vas tú alog rarlo jamás? Nunca te he vistofijarte en un libro de texto, no digamos en suinte ri or.
—Algunos libros son estúpidos —contesté.

—¡Oh, sonestúpidos!. ¿No es así? ¿Entonces no quieres estudiar? ¿Qué es lo quepuede s hacer? ¿Paraqu é sirves? ¿Qué es lo quepuedes hacer? ¡Me ha costado miles de dólares criarte, alimentarte, vestirte! Supón que te abandono en la calle. ¿Qué harías?
—Cazar mariposas.

Mi madre comenzó a llorar. Mi padre paseó con ella arriba y abajo del lugar donde estaba aparcado nuestro coche de diez años de antigüedad. Mientras yo esperaba en pie, los coches nuevos de las otras familias rugieron al pasar frente a nosotros rumbo a cualquier parte.
Entonces pasaron andando Jimmy y su madre. Ella se paró.
—¡Oye, espera un segundo! —le dijo a Jimmy—. Quiero felicitar a Henry.
Jimmy esperó y Clare se aproximó. Acercó su cara a la mía y habló en
voz baja de modo que Jimmy no la oyera:
—Escucha, cariño, cuandorealmen te quieras graduarte, yo puedo darte

el diploma.
—Gracias, Clare, quizá te vea.
—¡Te voy a arrancar las pelotas, Henry!
—No lo dudo, Clare.

Volvió adonde estaba Jimmy y se fueron calle abajo. Un coche viejo se acercó rodando, se detuvo y paró el motor. Podía ver a mi madre llorando, unos gruesos lagrimones caían por sus mejillas.
—Henry, ¡entra! —aulló— ¡entra o me moriré!

Me aproximé, abrí la puerta trasera y me subí al asiento. El motor arrancó y salimos. Ahí estaba yo, Henry Chinaski, Promoción del Verano de 1939, dirigiéndome hacia un futuro brillante. No, siendo conducido. En el primer semáforo el coche se ahogó. Cuando se puso en verde, mi padre aún intentaba arrancar el motor. Alguien detrás nuestro tocó el claxon. Mi padre logró arrancar el coche y nos movimos de nuevo. Mi madre había dejado de llorar. Volvimos a casa en el más completo silencio.

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lunes, 21 de marzo de 2011

"LA GENTE PARECE FLORES AL FIN" DE CHARLES BUKOWSKI


El poemario en el que se recogen los últimos versos inéditos del polémico Charles Bukowski. Escritos al final de su vida, se muestra divertido, mordaz y resignado ante la muerte.
Estaba dispuesto a desaparecer, pero no le dejan. Quince años después de su fallecimiento los archivos infinitos del prolífico escritor norteamericano Charles Bukowski no quieren callar. La duda sobre el suministro de los inéditos que deja caer gota a gota su última mujer y heredera del negociado Chinaski, Linda Lee, no hace más que crecer con la aparición de un nuevo volumen póstumo. Y van cinco desde que el maestro de lo ingrato muriese de leucemia en 1994. Con el extenso poemario La gente parece flores al fin, que lanza esta semana Visor en las librerías españolas, sus últimos poemas sin publicar, llegamos al episodio en retirada del padre de lo que terminaría siendo la realidad más sucia de la literatura.
John Martin, el editor al que Bukowski le fue fiel hasta la muerte por haberle ofrecido a los 45 años de edad dejar su trabajo en el departamento de correos gracias a un sueldo mensual como escritor, es el encargado de husmear entre sus archivos. Martin ha sabido administrar el eco de la voz del escritor para que no se acabe nunca. Los poemas todavía resuenan. Buenos tiempos estos para que vuelva el gran tentador del fracaso.
La gente parece flores al fin está compuesto por más de 130 poemas, a los que uno llega con la curiosidad de ver si en sus últimos días fue capaz de mantener la leyenda del gruñón amante de los hipódromos, el boxeo y las borracheras. Si la obsesión por las mujeres puede mantenerle todavía en pie a los 60 y 70 años de edad, si sigue odiando con tanta templanza y tanto pasotismo. Una vez leídos, deja claro que el hígado por el que Bukowski pasaba las cintas de su máquina de escribir Underwood, y untarlas de bilis, está a pleno rendimiento.
Un poco de algodón para hacer la prueba: “Buena suerte, viejo amigo/ no resulta fácil,/ estamos pegados a nuestros cojones, y no hay más,/ estamos cautivos de nuestros cojones,/ y yo debería refrenarme un poco/ cuando se trata de mujeres”, escribe en el poema Le miro los cojones al gato. Este fragmento basta para ver la resignación con la que Bukowski empaña sus últimas palabras. Podría entenderse este libro como un testamento literario, en el que incluso llega a aceptar que “el whisky acelera el corazón, pero desde luego no ayuda a la mente”.
Sin embargo, sus últimas palabras no son su testamento. Ese lo hizo desde su primer escrito. En novela, cuento o poema, siempre vivió la página como una última oportunidad, como el “último minuto” al que se refiere una y otra vez en estas últimas páginas. “Hay que morir unas cuantas veces antes de poder/ vivir de verdad”, suelta más aforístico que nunca, en este expolio final de su archivo. A pesar de repetir los mismos fantasmas que siempre lo acecharon “Las mujeres muertas, los amores intoxicados, los borrachos en su agonía”. En La gente parece flores al fin es consciente, más que nunca, de que le queda el descuento.
El probable último poemario es el testimonio del odio sostenido que mantuvo con vida a Bukowski hasta el último suspiro. Odio sobre todo a la monotonía, arma letal. Odio también a sus vecinos. Alguien que destripa al “hombre que corta el césped ahí enfrente”, teme convertirse en lo que más odia: un ser interesado en el béisbol, las películas del oeste y las hojas de la hierba. “¿Eso es todo lo que ves, esas hojas de hierba? ¿Eso es todo lo que oyes, el zumbido del cortacésped?”, le pregunta lleno de sarcasmo. Alguien que escribe una loa a un contestador automático es un huraño que no quiere malgastar su tiempo con tonterías, ni con molestias. A los 60 años sigue siendo un solitario empedernido que no soporta ni el recuerdo de las mujeres por las que pasó.
La gente parece flores al fin también desvela que mantuvo un ritmo frenético de escritura hasta el último momento. Apunta que corrige y destruye una y otra vez, incluso, llega a sentirse amenazado por la falta de creatividad cuando a los sesenta y tantos escribe que por primera vez se ha “quedado en blanco”. Hay cosas que a ciertas edades uno podría permitirse, como fallar. O hasta arrepentirse, y seguir el ejemplo de Bukowski: “El whisky acelera el corazón/ pero desde luego no ayuda a/ la mente”, debería estar borracho para renegar de esta manera del alcohol, impensable en sus primeros libros.

domingo, 20 de marzo de 2011

A LA PUTA QUE SE LLEVÓ MIS POEMAS de CHARLES BUKOWSKI

Algunos dicen que debemos eliminar del poema
los remordimientos personales,
permanecer abstractos, hay cierta razón en esto, pero
¡Por Dios!
¡Doce poemas perdidos y no tengo copias!
¡Y también te llevaste mis cuadros, los mejores!
¡Es intolerable!
¿Tratas de joderme como a los demás?
¿Por qué no te llevaste mejor mi dinero? usualmente
lo sacan de los dormidos y borrachos, pantalones enfermos en el rincón.
La próxima vez llévate mi brazo izquierdo o un billete de cincuenta,
pero mis poemas no.
No soy Shakespeare
pero puede que algún día ya no escriba más,
abstractos o de los otros;
Siempre habrá dinero y putas y borrachos
hasta que caiga la última bomba,
pero como dijo Dios,
cruzándose de piernas:
"veo que he creado muchos poetas
pero no tanta poesía".

Charles Bukowski.

sábado, 19 de marzo de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 44

Podía ver el camino que se abría frente a mí. Yo era pobre e iba a continuar siéndolo. Pero tampoco deseaba especialmente tener dinero. No sabía qué es lo que quería. Sí, lo sabía. Deseaba algún lugar donde esconderme, algún sitio donde no tuviera que hacer nada. El pensamiento de llegar a ser alguien no sólo no me atraía sino que me enfermaba. Pensar en ser un abogado, concejal, ingeniero, cualquier cosa por el estilo, me parecía imposible. O casarme, tener hijos, enjaularme en la estructura familiar. Ir a algún sitio para trabajar todos los días y después volver. Era imposible. Hacer cosas normales como ir a comidas campestres, fiestas de Navidad, el 4 de Julio, el Día del Trabajo, el Día de la Madre... ¿acaso los hombres nacían para soportar esas cosas y luego morir? Prefería ser un lavaplatos, volver a mi pequeña habitación y emborracharme hasta dormirme.
Mi padre tenía un plan maestro. Me dijo:

—Hijo mío, cada hombre debería de comprar una casa en su vida. Cuando muera, su hijo heredaría esa casa. Más adelante ese hijo compra su propia casa y luego muere. Entonces su hijo hereda dos casas. Ese otro hijo pronto adquiere la suya propia y entonces ya tiene tres casas...

La estructura familiar. O cómo vencer a la adversidad a través de la familia. El creía en eso. Coge la familia, mézclala con Dios y la Nación, añade diez horas de trabajo diario, y tienes todo lo que necesitas.

Observé a mi padre, sus manos, su rostro, sus cejas, y supe que ese hombre no tenía nada que ver conmigo. Era un extraño. Mi madre no existía. Yo era un maldito. Mirando a mi padre no vi nada más que una insipidez indecente. Peor aún, él tenía mayor miedo a fracasar que el resto de la gente. Siglos de sangre campesina y de educación campesina. Las características sanguíneas de los Chinaski se habían debilitado por unos cuantos siervos de la gleba que empeñaron sus vidas en pequeños logros fraccionarios e ilusorios. No hubo ningún hombre en el árbol genealógico que dijera: «¡No quiero una casa, quieromil casas yaho ra mismo!»

Mi padre me había enviado a ese instituto para ricos deseando que se me pegara el aire de los dirigentes mientras observaba a los muchachos ricachones haciendo chirriar sus cupés color crema y acompañando a chicas de trajes brillantes. Sin embargo aprendí que los pobres normalmente permanecen en la pobreza. Que los jóvenes ricos husmean el hedor de los pobres y aprenden a encontrarlo divertido. Tienen que reírse, porque de lo contrario sería demasiado aterrador. Han aprendido eso a lo largo de los
152

siglos. Nunca perdonaré a las chicas por meterse en esos cupés color crema con los ríentes muchachos. No podían evitarlo, por supuesto, pero siempre pensabas que tal vez... Pero no. No había tal vez. El bienestar económico significaba victoria, y la victoria era la única realidad.
¿Qué mujer elige vivir con un lavaplatos?

Durante toda mi estancia en el instituto traté de no pensar mucho en como me podrían ir eventualmente las cosas. Parecía mejor evitar pensarlo...

Finalmente llegó el día de la Promoción de los Mayores. Se celebró en el gimnasio de las chicas y con música en vivo, una verdadera banda. No sé por qué, pero esa noche me acerqué andando —recorriendo las dos millas y media desde casa de mis padres—, me planté en la oscuridad y miré hacia adentro a través de la malla metálica que cubría la ventana. Me quedé asombrado. Todas las chicas parecían adultas, majestuosas, amorosas en sus vestidos largos; todas eran bellas. Y los chicos enfundados en sus esmóquines tenían un aspecto formidable, bailando todos tan erguidos, cada uno de ellos sosteniendo a una chica en sus brazos y con sus caras aplastadas contra el pelo femenino. Todos danzaban magníficamente y la música sonaba límpida, fuerte y hermosa.

Entonces me vi reflejado en el cristal, granos y marcas cubriéndome la cara, la camisa deshilachada. Era como si un animal de la selva hubiera sido atraído por la luz. ¿Por qué había venido? Me sentí mal. Pero seguí mirando. El baile acabó. Hubo una pausa. Las parejas hablaban entre sí con soltura. Todo era natural y civilizado. ¿Dónde habían aprendido a conversar y bailar? Yo no podía ni conversar ni danzar. Todo el mundo sabía algo que yo desconocía. Las chicas eran tan bonitas, los muchachos tan bien parecidos. Era tan difícil mirar de cerca a una de esas chicas, y no digamos estar solo con ellas. Mirar en sus ojos o bailar con ellas era algo más allá de mi alcance.

Y sin embargo sabía que lo que estaba viendo no era tan simple ni bonito corrió aparentaba. Había que pagar un precio por todo ello, una falsedad social en la cual se podía creer fácilmente, pero que podía ser el primer paso que condujera a un callejón sin salida. La banda de música comenzó a tocar de nuevo y los chicos y chicas bailaron mientras las luces giraban por encima de ellos lanzando destellos dorados, rojos, azules, verdes y otra vez dorados sobre las parejas. Mientras las observaba, me dije a mí mismo: «Algún día comenzará mi baile. Cuando llegue ese día, yo tendré algo que ellos no poseen.»

Pero empezó a ser demasiado para mí. Los odié. Odié su belleza, su juventud sin problemas, y mientras los miraba danzar a través de los remansos de luz mágicamente coloreada, abrazándose entre ellos, sintiéndose tan bien, como niños inmaculados en gracia temporal, los odié porque tenían algo que yo aún desconocía, y me dije a mí mismo de nuevo:
«Algún día seré tan feliz como cualquiera de vosotros, ya lo veréis.»

Ellos siguieron bailando y yo repetí mi promesa.
Entonces oí un ruido tras de mí.
—Oye, ¿qué estás haciendo?
Era un viejo con una linterna. Tenía una cabeza como la de una rana.

—Estoy viendo el baile.

Sostuvo la linterna justo bajo su nariz. Sus ojos eran redondos y grandes. Brillaban como los de un gato bajo la luz de la luna. Pero su boca era seca y marchita y la cabeza redonda. Tenía una peculiar redondez en todos sus miembros que recordaba a una calabaza que intentara parecer inteligente.

—¡Mueve tu culo de ahí!
Me enfocó con la linterna.
—¿Quién es usted? —pregunté.
—Soy el guarda nocturno. ¡Mueve tu culo de ahí antes que llame a la

policía!
—¿Por qué? Esta es la Promoción de los Mayores y yo soy uno de ellos.
Enfocó la linterna a mi cara. La banda tocaba «Púrpura intensa».
—¡Mierda! —dijo—. ¡Al menos tienes 22 años!
—Estoy en las listas de este año. Clase de 1939, promoción de

graduados, Henry Chinaski.
—¿Por qué no estás dentro bailando?
—Olvídelo. Me voy a casa.
—Hazlo.

Me di la vuelta y empecé a andar. Su linterna enfocó el camino siguiéndome con su haz de luz. Salí del campus. Era una noche templada y agradable, casi calurosa. Creo que vi algunas luciérnagas, pero no estoy seguro.

ENLACE " CAPITULO 45 "

viernes, 18 de marzo de 2011

" LA SENDA DEL PERDEDOR " de Charles Bukowski


Nada descubro si digo que la prosa de Charles Bukowki es directa y descarnada, en todos los sentidos, tanto estilíscamente, donde no pierde el tiempo con figuras retóricas de dudosa utilidad, como narrativamente, mostrando situaciones de gran crudeza si ocultar todo lo que tienen de escalofriantes.
Quizá por eso se le considera uno de los últimos autores malditos de la literatura norteamericana, su falta de reparos a la hora de mostrar un submundo de seres miserables, su propia biografía salpicada de episodios truculentos y la leyenda que acrecienta todas estas circunstancias hacen de él uno de esos autores de culto que atraen y repelen con la misma fuerza.
LA SENDA DEL PERDEDOR muestra en cierto modo la forja de esas miserias, cuenta la infancia y adolescencia de Henry Chinaski, el alter ego literario del propio Bukowski. El entorno de la familia Chinaski no puede estar más degradado. Emigrantres alemanes, intentan conseguir en Estados Unidos lo que en su Alemania natal les parecía negado; una vida llevadera y sin sobresaltos, pero al poco de llegar a la tierra prometida, se desata la gran crisis de los años 20 y todo se viene abajo. El padre del joven Henry, un hombre brutal y poco dado a la sutileza, pierde su empleo pero un orgullo mal entendido le obliga a ocultarlo, saliendo todas las mañanas puntualmente hacia un trabajo inexistente. La madre, un ser apocado y sin personalidad, acepta pequeños trabajos, a cual peor pagado. Las frustraciones de ambos se vuelcan hacia el joven Henry, y las humillaciones y palizas son moneda común. Si eso fuera poco, en el colegio, su carácter retraído y poco dado a la socialización le va convirtiendo poco a poco en un apestado social, y sus relaciones con compañeros y profesores se hacen difíciles y poco satisfactorias.
La llegada de la adolescencia no arregla nada, el instituto, donde las diferencias sociales se van perfilando, el joven Chinaski constata definitivamente que el dinero, las mujeres y las comodidades de la buena vida son algo que tendrá vedado para siempre, por si eso fuera poco, se manifiesta un serio problema con el acné, de tal magnitud que precisa de un prolongado y doloroso tratamiento hospitalario. Su paso a la universidad no hace más que confirmar el destino que le espera; empleos humillantes y mal pagados, alcoholismo, miseria.
El libro, sin embargo, no cae en la autocompasión, el relato de las cuitas del joven Chinaski es totalmente aséptico, no se ocultan los episodios más sordidos pero Bukowski tampoco se recrea en ellos, tampoco hay una valoración moral de los mismos, ni extrae una moraleja tras los desenlaces, son episodios que son mostrados, que conforman las piezas de lo que será el trayecto vital de Chinaski, sin entrar a discutir si son buenos o malos, solo exponerlos como elementos que pueden ayudar a comprender (no justificar, ni mover a la compasión) lo que el Chinaski adulto será.
LA SENDA DEL PERDEDOR es una novela que puede llegar a impresionar por la falta de moralidad de muchos de sus personajes, que hay que ver más desde la amoralidad que desde la inmoralidad, perdidos en una vorágine de falta de ilusiones y total pasividad, pero siendo como es, una pequeña galería de los horrores, la presentación aséptica de los mismos, resulta muy atractiva por el mismo hecho de no juzgarlos, de mostrarlos como la realidad miserable que le toca vivir a mucha gente y de la que hacen poco por salir.

jueves, 17 de marzo de 2011

MUERTO OTRA VEZ de CHARLES BUKOWSKI

Ben me habló por teléfono y dijo
"corre el rumor que has muerto. La revista Hustler
ha recibido
3 o 4 llamadas"
"bien", le dije, "a lo mejor los muertos no lo saben,
a la mejor finalmente estoy muerto".

Hace cinco años alguien lo inició:
"murió Bukowski".

Ahora comienza de nuevo,
me quieren muerto,
parece que estoy mucho en los pensamientos de aquellos
que anhelan mi muerte.

para algunos es irritante
que un hombre casi de sesenta
continúe escribiendo.
debería darles ánimos en lugar
de rencor.

Moriré, amigos, no cabe
la menor duda.

pero creo que la historia de nuestras calles
será menos fea
si celebramos
de los hombres
sus vidas
también.

Charles Bukowski.

miércoles, 16 de marzo de 2011

"LA SENDA DEL PERDEDOR" DE CHARLES BUKOWSKI - CAPITULO 43

Jimmy Hatcher empleaba parte de su tiempo trabajando en una tienda de ultramarinos. Mientras ninguno de nosotros obteníamos trabajo, él siempre estaba empleado. Con su carita y su tipo nunca tenía problemas para encontrar trabajo.
—¿Por qué no vienes a mi apartamento después de cenar esta noche? —

me preguntó un día.
—¿Para qué?
—Robo toda la cerveza que quiero y la llevo a casa. Podemos bebérnosla.
—¿Dónde la tienes?
—En el refrigerador.
—Muéstramela.
Estábamos casi a una manzana de distancia. Recorrimos el camino
andando. En el vestíbulo Jimmy dijo:

—Espera un minuto, voy a ver el correo. —Sacó su llave y abrió el buzón. Estaba vacío. Lo cerró de nuevo—. Mi llave abre el buzón de esta mujer. Mira.
Jimmy abrió un buzón, extrajo una carta y la abrió. Me leyó la carta.

«Querida Betty: Sé que este cheque te llega con retraso y que has estado esperándolo. He perdido mi trabajo. Encontré otro, pero está peor pagado. De todos modos aquí está el cheque. Espero que todo te vaya bien. Con cariño, Don.»

Jimmy cogió el cheque y lo miró. Lo rompió en pedacitos junto con la carta y se guardó los trozos en el bolsillo de su cazadora. Luego cerró el buzón.
—Vamos.
Fuimos a su apartamento y entramos en la cocina, donde abrió el

refrigerador. Estaba repleto de latas de cerveza.
—¿Lo sabe tu madre?
—Claro. Ella se la bebe.
Cerró la nevera.
—Jim, ¿tu padre se saltó los sesos por culpa de tu madre?
—Sí. El estaba al teléfono y contó que tenía una pistola. Dijo: «Si no
vuelves conmigo, voy a suicidarme. ¿Volverás conmigo?» Y mi madre

contestó: «No.» Hubo un tiro y eso fue todo.
—¿Qué es lo que hizo tu madre?
—Colgó el teléfono.
—De acuerdo. Te veré esta noche.

Les dije a mis padres que iba a casa de Jimmy para hacer unos deberes

con él. El tipo de deberes que me gustaban, pensé para mis adentros.
—Jimmy es un chico agradable —dijo mi madre.
Mi padre permaneció callado.

Jimmy sacó la cerveza y comenzamos a beberla. Realmente me gustaba. La madre de Jimmy trabajaba en el bar hasta las dos de la mañana. Teníamos el apartamento para nosotros solos.

—Tu madre tiene un tipo magnífico, Jim. ¿Cómo es que muchas mujeres tienen unos cuerpazos fantásticos y otras parecen deformes? ¿Por qué no tienen todas un tipazo?
—Dios, no lo sé. Quizás si todas las mujeres fueran iguales, nos

aburrirían.
—Bébete alguna más. Bebes demasiado despacio.
—De acuerdo.
—A lo mejor, después de unas pocas cervezas te daré una paliza que te

siente bien.
—Somos amigos, Hank.
—No tengo amigos. ¡Bébetela!
—De acuerdo. ¿Cuál es la prisa?
—Tienes que trasegarlas a toda máquina para que te hagan efecto.
Abrimos algunas latas más de cerveza.
—Si yo fuera mujer, andaría por ahí con las faldas bien alzadas para

excitar a todos los hombres —dijo Jimmy.
—Me enfermas.
—Mi madre conoció a un tipo que se bebía su meada.
—¿Qué?

—Sí. Se emborrachaban durante toda la noche y luego él se tumbaba en la bañera y ella le meaba en la boca. Luego él le entregaba veinticinco dólares.
—¿Te contó ella eso?
—Desde que murió mi padre, ella se confía en mí. Es como si yo hubiera

tomado su puesto.
—¿Quieres decir que...?
—Oh, no. Tan sólo me hace confidencias.
—¿Como las de ese tipo en la bañera?
—Sí, como ésas.
—Cuéntame algo más.
—No.
—Venga hombre, bebe más. ¿Hay alguien que se coma la mierda de tu

madre?
—No hables de ese modo.
Terminé mi lata de cerveza y la arrojé al otro lado de la habitación.
—Me gustó esta dosis. Voy a por otra.
Me acerqué a la nevera y traje un paquete de seis.
—Soy un hijo de puta realmente duro —dije—. Tienes suerte de que te

deje revolotear a mi alrededor.
—Somos amigos, Hank.
Le puse una lata de cerveza bajo su nariz.


148
—¡Venga, bébete esto!

Fui al baño para mear. Era una habitación muy afeminada, con toallas de brillantes colores y azulejos rosas. Incluso el retrete era de color rosa. Ella se sentaba sobre el retrete con su culo blanco y enorme y su nombre era

Clare. Miré mi polla virginal.
—Soy un hombre —dije—. Puedo darle por culo a cualquiera.
—Necesito pasar al baño, Hank... —Jim llamó a la puerta.
Entró en el baño y oí como vomitaba.
—Ah, mierda... —dije yo y abrí otra lata de cerveza.
Al cabo de unos minutos Jim salió y se sentó en una silla. Estaba muy
pálido y yo le metí una lata de cerveza bajo las narices.
—¡Bébela! ¡Sé un hombre! ¡Si eres lo suficientemente hombre como para

robarlas, has de serlo también para bebértelas!
—Deja que me recupere un poco.
—¡Bébela!
Me senté en el sillón. Emborracharse era magnífico. Decidí que siempre
me emborracharía. Todo lo vulgar de la vida desaparecía y quizás si te

apartabas de ello muy a menudo, no te convertirías en un ser vulgar.
Miré a Jimmy.
—Bebe, tío mierda.
Tiré mi lata vacía al otro extremo de la habitación.
—Dime algo más de tu madre, chaval. ¿Qué es lo que ella decía acerca

del tipo que bebía su meado en la bañera?
—Ella decía: cada minuto nace un mamón.
—Jim.
—¿Sí?
—¡Bebe! ¡Sé un hombre!
Alzó su lata de cerveza y luego salió corriendo hacia el baño donde le oí
vomitar de nuevo. Volvió al cabo de un rato y se sentó en la silla. No tenía

buen aspecto.
—Tengo que tumbarme —dijo.
—Jimmy —dije—, pienso esperar hasta que llegue tu madre.
Jimmy se levantó de la silla y empezó a dirigirse al dormitorio.
—Cuando llegue, pienso follármela, Jimmy.
No me oyó. Tan sólo se metió en el dormitorio.
Fui a la cocina y volví con más cerveza.
Me senté y bebí la cerveza esperando a Clare. ¿Dónde estaba esa puta?
No me podía permitir esas faltas, yo era el patrón de un disciplinado barco.
Me levanté y anduve hasta el dormitorio. Jim estaba tumbado boca abajo
sobre la cama con todas sus ropas puestas, incluso los zapatos. Volví a salir.

Bueno, era obvio que ese chico no tenía estómago para la bebida. Clare necesitaba un hombre. Me senté y abrí otra lata de cerveza. Bebí un largo sorbo. Encontré un paquete de cigarrillos en la mesita del café y encendí uno.

No sé cuántas cervezas más bebí mientras esperaba a Clare, pero finalmente oí cómo se abría la puerta. Ahí estaba Clare con su cuerpazo y su pelo brillantemente rubio. Su cuerpo sealzab a sobre unos zapatos de alto tacón y se tambaleaba un poco. Ningún artista podía haber imaginado algo mejor. Las lámparas, las sillas, la alfombra, las paredes... todo la miraba

mientras ella permanecía en pie...
—¿Quién demonios eres? ¿Qué significa esto?
—Clare, por fin nos encontramos. Soy Hank, el amigo de Jimmy.
—¡Sal de aquí!
—¡Voy a quedarme, nena —me reí—, tenemos algo entre tú y yo!
—¿Dónde está Jimmy?
Entró corriendo en el dormitorio y luego salió.
—¡Pequeño cabrón! ¿Qué ha pasado aquí? Cogí un cigarrillo, lo encendí e

hice una mueca.
—Estás más guapa cuando te enfadas...
—No eres nada más que un pequeñajo borracho de cerveza. Vete a casa.
—Siéntate, nena. Tómate una cerveza. Clare se sentó. Me sorprendí

mucho cuando lo hizo.
—Tú vas a Chelsey, ¿no es verdad? —preguntó.
—Sí, Jimmy y yo somos compañeros.
—Tú eres Hank.
—Sí.
—Me ha hablado de ti.
Le ofrecí a Clare una lata de cerveza. Mi mano temblaba.
—Aquí tienes, bebe un trago, nena.
Abrió la cerveza y bebió un sorbo.
Miré a Clare, alcé la cerveza y comencé a excitarme. Era toda una mujer,
con un tipazo a lo Mae West y con el mismo tipo de vestido ajustado.
Grandes caderas, magníficas piernas. Y los senos; unas tetas asombrosas.
Clare cruzó sus fantásticas piernas y la falda se subió un poco. Abrí otra
lata, tomé un sorbo y la miré, sin saber si fijarme en las tetas, las piernas o

en su rostro cansado.
—Siento que tu hijo se haya emborrachado, pero tengo que decirte algo.
Ella giró la cabeza para encender un cigarrillo, luego volvió a mirarme.
—¿Sí?
—Clare, te quiero.
No se rió. Sólo me devolvió una pequeña sonrisa inclinando las comisuras
de su boca.
—Pobre chaval. No eres más que un pollito fuera del cascarón.

Era verdad, pero me enfureció. Quizás porque era verdad. La somnolencia y la cerveza creaban otra imagen. Tomé otro sorbo, la miré y dije:
—Corta el rollo. Súbete la falda. Enséñame alguna pierna. Enséñame algo

de carne.
—Sólo eres un niño.
Entonces lo dije. No sé de dónde me salieron las palabras, pero lo dije:
—Podía partirte en dos, nena, si me das la oportunidad.
—¿Sí?
—Sí.
Entonces lo hizo. Como si no fuera nada. Descruzó sus piernas y se subió
la falda.
No llevaba bragas.

Vi sus abundantes muslos. Ríos de carne. Tenía una gran verruga sobresaliente en la cara interior de su muslo izquierdo. Y una jungla de pelo enmarañado entre las piernas, pero no era amarillo brillante como el de su cabeza, era marrón y festoneado de gris, viejo como un arbusto reseco,

inanimado y triste.
Me levanté.
—Me tengo que ir, señora Hatcher.
—¡Cristo, creí que querías tener un poco defie sta!
—No con su hijo en la otra habitación, señora Hatcher.
—No te preocupes por él, Hank. Está pasado de vueltas.
—No, señora Hatcher. Enverd ad tengo que irme.
—Muy bien, ¡sal de aquí, maldito enano!
Cerré la puerta tras de mí, crucé el vestíbulo del edificio de apartamentos
y salí a la calle.
Pensar que alguien se había suicidado por eso.
La noche de repente pareció magnífica. Anduve hasta la casa de mis
padres.

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